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Fanatismo. De los usos de una idea

Fanatismo. Dos usos de uma ideia

Fanaticism. On the Uses of an Idea

Alejandro Sánchez Lopera*


* Politólogo. Magíster en Investigación en Problemas Sociales Contemporáneos de la Universidad Central y en Literatura Latinoamericana de la Universidad de Pittsburgh. Candidato a Doctor en Literatura de la Universidad de Pittsburgh. E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.


Editorial: Universidad del Rosario
Autor: Alberto Toscano
Traducción al español: Alejandro Sánchez y Chris Nielsen
Ciudad: Bogotá
Año: 2013
Número de páginas: 269


El siglo XX termina con el auge de la condena simplista a las prácticas religiosas, por parte de académicos ilustrados élites y gente del común. La religión nos dejó en la pobreza, la ignorancia y el atraso, dicen unos. En la guerra que acabará con el mundo, dicen otros. Tal como lo muestra el libro de Alberto Toscano, profesor del Goldsmiths College de la Universidad de Londres, la religión no es un simple arcaísmo, sino un problema por pensar y experimentar. Un problema global. El autor nos propone recorrer determinados episodios cruciales en la vida de una idea. Los usos y abusos de la idea de fanatismo que, en su despliegue, está poblada de sujetos (no individuos), verdades (no dogmas) e historias (no esencias). Este libro nos convoca a buscar formas imaginativas para construir ese problema. En ese sentido, la cuestión no es la falsedad de la religión, sino los grados de verdad que puede alcanzar una abstracción determinada (en este caso, una abstracción religiosa). La invitación, entonces, es a dejar de creer que la religión es una creencia del desdichado, del pobre o del supersticioso. El primer capítulo del libro, "Figuras del extremismo", y su descripción del zealot (sectario) norteamericano del siglo XIX, muestra precisamente que el fanatismo no es un azote que distingue a las periferias.

La religión deja de ser así el hincarse ante una orden, estatua o emblema. Y la creencia intransigente de algunos, irreductible al mundo dado, deja de ser antisocial. La religión y la creencia radical se convierten así en este libro, en prácticas que cuestionan lo que presuntamente es el cuerpo social: una llaga por sanar; una bestia por domar; un enjambre por cazar. Para hacer creer que esto es verdad, los poderes no cesan de proclamar que la religión es un mito, y que la militancia es un dogma. Es como si ahora fueran los poderes los que señalaran la mistificación, enunciando de esta manera su máxima mortal: no produzcas verdades, para que así, acates las existentes.

El autor, a su vez, nos recuerda cómo la religión no es obra de una conspiración clerical. En efecto, la intoxicación no proviene de la fe, sino de asumir la religión sin referencias materiales, esto es, en términos ideales: como anota Toscano en el capítulo 5, "El choque de las abstracciones: revisitando a Marx en torno a la religión", Marx recordaba la impotencia de la crítica religiosa convencional que "enfrenta fantasmas con fantasmas". Por el contrario, la operación crítica de Marx con respecto a la religión es inscribirla dentro de un estilo de trabajo que intenta diseccionar las abstracciones, para luego estallarlas. Esta disección es mundana: "Cuando Marx escribe que la religión es una teoría del mundo, está planteando un punto propiamente dialéctico: la religión provee una imagen invertida de la realidad porque la realidad como tal está invertida" (183). Es entonces la realidad lo que habría que perturbar.

Toscano igualmente refuta rigurosamente la asociación de Marx con el cliché de la religión como opio del pueblo, del cual, además, surgen las distintas aristas del personaje: Marx pastor, Marx fanático, Marx Cristo. Este libro, por el contrario, propicia otro Marx. Se puede seguir la bella afirmación de Deleuze, la bestia más hermosa que haya sobrevolado la meseta del pensamiento, en su texto inacabado La grandeur de Marx: el momento en que "algo" como la teoría marxista se hace real, es el momento en que ese algo aparece como "nombre común". Como lúcidamente lo anota Toscano, la crítica de la religión y del fanatismo toca un punto central del mundo: la cuestión del sujeto. Ni fantasmas ni simulacros, sino materia corporal y afectiva que de vez en cuando coagula en la insumisión, la huida o el anonimato. Esto es, el sujeto opuesto al nombre propio. El sujeto, esa singularidad que vive en el instante colectivo, aquello que se instala "entre acontecimiento y acontecimiento", es lo que recorre las guerras sobre la razón y el fanatismo. El sujeto es lo que en últimas hay que capturar para que no blasfeme más; hay que cazar, como ayer, a todos los irredentos. Y en ese momento, muchos filósofos, pensadores y escritores no dudan en acudir a la policía. O en encarnarla ellos mismos. Por eso, en el capítulo 4, "La revolución del Oriente: islam, He-gel, psicoanálisis", el autor señala los riesgos de convertir la teoría social crítica, y especialmente el psicoanálisis, en una "clínica secular" (165), en lugar de mantener su función de técnica atea, de "empresa radical del desengaño", diría Deleuze.

Es en contra de ese nombre común que se alza la retórica y la experiencia que rodea al enunciado "fanatismo". Toscano nos alerta sobre los riesgos de hacer pasar las metáforas y las analogías por explicaciones (el fascismo y el almirante que comanda la excepción estaban prefigurados desde siempre, dicen muchos). Y sobre las arrogancias de quienes pasan de escribir acerca del Imperio romano a los bolcheviques en unas pocas páginas. Esta tentación procede de todas las aristas ideológicas posibles como lo muestra el libro en el capítulo 1 y 6: Monnerot, Arendt, Löwith, Sloterdijk, Schmitt, Agamben. Aparecen allí lógicas invariables o núcleos; en definitiva, emerge el placer que causa la búsqueda incesante del origen; la guerra infinita contra las genealogías y contra la multiplicación incontenible de puntos de vista. El destierro de la experiencia en últimas. En este libro es posible palpar las formas en que esas analogías y huellas indelebles terminan por alimentar los prejuicios sociales, por ser cómplices de quienes aman el mundo jerárquico y siempre dicen: lo que le falta al humano es progreso, o plomo. Estas analogías entran así en sintonía con los prejuicios que circulan en los medios masivos de comunicación, en las conversaciones del club, en la moral cotidiana de la obediencia. A través del enunciado y la experiencia del fanatismo, pasan pues todos los personajes imaginables: el agente colonial; el desvergonzado, el predicador, el centinela, el político de profesión, el agitador, el moralista. Y todas las asociaciones probables: el comunismo es un crimen, la militancia es algo abyecto, la historia es una compulsión de atrocidades, la religión es el éxtasis del miserable. Alberto Toscano es traductor al inglés de Antonio Negri —Descartes político (2007) y de varios de los libros fundamentales del filósofo francés Alain Badiou, en especial, su libro más inquietante y creativo: Lógicas de mundos (2009). Quizás, por eso, evita encontrar rápidas analogías, raíces, derivaciones que expliquen el hoy a través de un cómodo viaje al origen; evita hallar la gran traducción del mundo en una sola cifra, la aparición del gran exégeta que comprenda por fin la signatura del mundo (227). Toscano abre así el proceso de traducción de fenómenos históricos pertenecientes a distintas épocas, a una relación basada en la suspensión y la disyunción, en la discontinuidad (225). Una discontinuidad, por supuesto, no reducida al esquema normalidad/excepción.

En esa dirección, y en contravía de ese modo analógico de pensamiento, Alberto Toscano se inscribe en un estilo de trabajo y un modo de lectura que se atreven a habitar el pluralismo sepultado en los grandes nombres: al hablar de entusiasmo y superstición en el marco de la Ilustración, en el capítulo 3, "Delirando con la razón: fanatismo e Ilustración", recurre a David Hume; entretanto, Kant es descrito como "el fanático" (124). Al hablar de Marx, recurre a Ernst Bloch (capítulo 2) para abordar la heterogeneidad temporal, los múltiples tiempos que a distintas velocidades coexisten en el tiempo presente. Su lectura está así en sintonía con la manera en que Spinoza define el inicio de su Tratado político:

[...] me he esmerado en no ridiculizar ni en lamentar ni en detestar las acciones humanas, sino en entenderlas. Y por eso he contemplado los afectos humanos, como son el amor, el odio, la ira, la envidia, la gloria la misericordia y las demás afecciones del alma, no como vicios de la naturaleza humana, sino como propiedades que le pertenecen como el calor, el frío, la tempestad, el trueno y otras cosas por el estilo a la naturaleza del aire (Spinoza, 1986: 80-81).

Spinoza lo llama introducción del método, esto es, una lectura antimoralista y contrasacerdotal, en contra de aquella que condena y desprecia la vida por lo que es. Un método en contra de ese cuerpo atormentado que lo único que quiere es legislar sobre el mundo, que lo único que ansía es la majestad de la decisión. Una distancia frente a esa moral que se place en juzgar la vida (como irracional, atrasada, civilizadora), para, al final, poder sojuzgarla a través de la sanción del tribunal. No de otra manera se puede explicar la fascinación que causa Carl Schmitt: autoridad, no multiplicidad. El recorrido del libro de Toscano nos deja la inquietud por aquello que hay de una política y experiencia del acontecimiento (a mediados del siglo XX), a una política de fin de siglo de lo mesiánico, de la gracia o del "milagro". Por eso, más que un programa de investigación sobre la razón y sus límites, horrores o posibilidades, este libro sobre fanatismo es una crítica del derecho de crueldad que parece permear a quienes aún hoy deliran con la razón.


Referencias bibliográficas

  1. SPINOZA, Benedictus, 1986, Tratado político, Madrid, Alianza Editorial.

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