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De la invisibilidad del subalterno a la hipervisibilidad de los excluidos. Un desafío a la ciudad neoliberal*

Do subordinados invisibilidade dos excluídos hiper-visibilidade. Um desafio para a cidade neoliberal.

From the subordinates invisibility to the excluded hyper-visibility. A challenge to the neoliberal city

Verónica Gago**


* Este artículo se inscribe en la investigación de tesis de doctorado en curso, titulada "Mutaciones en el trabajo en la Argentina pos 2001: entre la feminización y el trabajo esclavo", adelantada gracias a una beca Conicet, periodo 2006-2011.

** Licenciada en Ciencia Política, Universidad de Buenos Aires (UBA). Actualmente finaliza el Doctorado en Ciencias Sociales (UBA) como becaria del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet). Docente en la Facultad de Ciencias Sociales de la misma Universidad, Buenos Aires (Argentina). E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla. .


Resumen

La Salada, una feria de ferias, se ha consolidado recientemente en los bordes de Buenos Aires. A partir de sus dinámicas y magnitud, el artículo se pregunta: 1) si es éste un lugar de disputa donde los idearios e imaginarios de modernidad fracasan y se reinventan; 2) si se visibiliza allí la derrota de una modernidad inclusiva y normativa, paralela a formas de inclusión fuera de la norma; 3) si, más que una cartografía de la exclusión, hay una proliferación de formas de consumo, producción de imágenes, negociación de reglas y construcción de una visibilidad determinada; y 4) se cuestiona si en La Salada se ejerce un sabotaje de la hegemonía de lo visual desde un espacio de producción de lo visual.

Palabras clave: feria, economía popular, neoliberalismo, migración, Argentina, consumo, economía informal.

Resumo

La Salada, uma feira de feiras, tem se consolidado recentemente nas imediações de Buenos Aires. Com base em sua dinâmica e magnitude, o artigo indaga: 1) se este é um lugar de disputa onde os ideários e imaginários da modernidade fracassam e se reinventam; 2) se ali é possível visibilizar a derrota de uma modernidade inclusiva e normativa, paralela a formas de inclusão fora da norma; 3) se, mais que uma cartografia da exclusão, há uma proliferação de formas de consumo, produção de imagens, negociação de regras e construção de uma visibilidade determinada; e 4) pergunta-se sobre a existência em La Salada de uma sabotagem da hegemonia do visual desde uma área de produção do visual.

Palavras-chave: Feira, economia popular, neoliberalismo, migração, Argentina, consumo, economia informal.

Abstract

La Salada, fair of fairs, have been recently strengthened in the skirts of Buenos Aires. Based on its size and relationships, the article states the following questions: 1. Is this a quarreling place where the modern ideology and imaginaries fail and are rebuilt; 2. Is there visible the defeat of an inclusive and normative modernity, parallel to forms of inclusion out the rule; 3. Is there a proliferation of consumerist forms, production of images, negotiation of rules and construction of a certain visibility more than a cartography; and 4. Is the hegemony of the visual sabotaged in La Salada, from a place where the visual is produced.

Key words: fair, popular economy, neoliberalism, migration, Argentina, consuming, informal economy.


Es habitual en las ciencias sociales asociar economía informal con economía invisible y marginal. Incluso su mote de ser una economía que funciona "en negro" (es decir, fuera de los parámetros legales y tributarios de la economía formal) revela ese supuesto carácter de economía oculta, en las sombras. Proponemos, en cambio, pensar estas economías como no marginales, capaces de un trato íntimo con la heterogeneidad metropolitana (modalidades que van del autoempleo al comercio ilegal), y especialmente centrales en tanto despliegan un dilema en torno a su visibilización. Al ser cada vez más masivas y callejeras, estas economías informales oscilan entre la hipervisibilización y la invisibilidad. El interrogante, dicho de modo sucinto, puede rastrearse entre quienes pretenden erradicarlas y quienes proponen su reconocimiento como parte de las dinámicas urbanas actuales. Al mismo tiempo, su visibilidad está cargada de dilemas que toman la forma de estereotipos y prejuicios, pero también por la dificultad de nombrar prácticas que mixturan circuitos mercantiles, modalidades de sobrevivencia familiar, emprendimientos que se apropian de saberes autogestivos, y una informalidad que hace de la independencia un valor. La pregunta nos lleva, hipotetizamos, al régimen de visibilidad que la ciudad neoliberal suscita, y al modo en que éste es subvertido y reconfigurado por ciertas prácticas populares.

Para desarrollar este problema, nos basaremos en una investigación en curso sobre la feria La Salada, caracterizada por organismos internacionales como la feria ilegal más grande de América Latina. Crecida al calor de la crisis de 2001 en Buenos Aires, Argentina, llevada adelante sobre todo por migrantes, constituye un polo de consumo masivo y transnacional.

Ha sido objeto de un film reciente, Hacerme feriante (Julián D'Angiolillo, 2010), que también nos proponemos reseñar a propósito del tipo de régimen de visibilidad que propone la feria, y cómo este problema puede ser pensado desde este material fílmico. Estas referencias funcionarán en el texto en un nivel paralelo (simultáneamente interno y externo, en letra cursiva), abriendo una línea, zigzagueante, de interrogación.

La multiplicación del trabajo

La proliferación de mercados informales es parte de una descomposición del mundo del trabajo en su fase fordista, donde predominaba el trabajo asalariado. El neoliberalismo en la región impulsó una serie de reformas estructurales que obligaron a miles de desempleados a buscarse formas de supervivencia y trabajo por fuera del universo tradicional del empleo, que se volvió cada vez más estrecho y excluyente (Coriat, 1992).

Si la crisis del trabajo asalariado ha dado lugar a enunciados que hablan del "fin del trabajo" (Rifkin, 1997), sabemos que esa crisis no se expresa en la llamada desaparición del trabajo, sino en la disolución de ciertas formas —políticas, organizativas, contractuales, etcétera— que lo caracterizaron en la etapa fordista. Como lo indican Hardt y Negri (2004), asistimos al fin de una era signada por la hegemonía de la industria. En Argentina, la fase neoliberal de las últimas décadas reorganizó las modalidades laborales según las dinámicas de la globalización, la flexibilidad y la reconfiguración del papel de los mercados nacionales (Sassen, 2006; Basualdo, 2001). El trabajo asalariado estable entra en crisis en favor de un continuum heterogéneo que va de la desocupación a una amplia gama de trabajos precarios, informales, etcétera. Al mismo tiempo, retornan formas de trabajo que se consideraban extinguidas o estrictamente marginales.

En síntesis: el trabajo asalariado ha perdido su hegemonía. Y, en este sentido, según sostienen algunos autores, la situación contemporánea se caracteriza por la emergencia de nuevas formas de actividades dependientes que mezclan de un modo inédito una liberación de las normativas de su dependencia fordista con nuevas formas de servidumbre a los vaivenes del mercado (Moulier-Boutang, 2006). En este punto, la multiplicación de la realidad laboral se replica como multiplicación de planos, escalas y dimensiones que vuelven heterogéneo el espacio global surcado por distintos movimientos migratorios que alteran la división internacional del trabajo (Mezzadra y Neilson, 2008). Así, el actual impulso capitalista logra competitividad y dinamismo a fuerza de articularse de modo flexible con verónica gago | de la invisibilidad del subalterno a la hipervisibilidad de los excluidos. un desafío a la ciudad neoliberal prácticas, redes y atributos que históricamente caracterizaron los flujos de trabajo no pago.

Esto permite pensar los mercados de trabajo como un conjunto "pluriarticulado" donde conviven formas mixtas e híbridas. Como señala Federici (2004), hoy, al igual que en los inicios del capitalismo, se replican momentos de acumulación originaria en los que se despliega una "línea de montaje global" que, como entonces,

[...] conectó a los trabajadores esclavizados y asalariados de maneras que anticiparon el uso que el capitalismo hace hoy en día de los trabajadores asiáticos, africanos y latinoamericanos como proveedores de productos de "consumo baratos" (abaratados por los escuadrones de la muerte y la violencia militar) para los países capitalistas "avanzados" (147).

Para pensar estas cuestiones, surge toda una epistemología fronteriza, como la llamó Gloria Anzaldúa, a partir de los desplazamientos (de territorio, de oficios, de lenguas, entre otros), la cual se caracteriza sobre todo por una "tolerancia para la ambigüedad" (1999). Desde esa ambigüedad, es posible abrir una perspectiva para comprender cómo se diluyen las fronteras entre empresarialidad y política, entre comunidad y explotación, entre tradición e innovación, entre formas de trabajo asalariadas y no asalariadas. Y, en este sentido, cómo se reorganizan las perspectivas de visibilidad e invisibilidad de un campo surcado por tales desplazamientos y zonas limítrofes.

Álvaro García Linera (2008) refiere a esta heterogeneidad de formas productivas para el caso boliviano como un "nuevo orden empresarial", capaz de combinar y subordinar talleres familiares, trabajo a domicilio, emprendimientos informales y redes de parentesco, de manera que unifique "en forma escalonada y jerarquizada estructuras productivas de los siglos XV, XVIII y XX" (270). A ese ensamblaje lo llama modernidad barroca, poniendo de relieve otro punto importante de discusión. En la medida en que el trabajo servil o semiesclavo (de la maquila al taller textil) es un segmento importante de las economías transnacionales en la globalización capitalista, lo ratifica como un componente (pos)moderno de la organización del trabajo, y no como una rémora arcaica de un pasado superado, premoderno o precapitalista. De allí, su decisiva actualidad.

A su vez, tales dinámicas protagonizadas en nuestro país por mano de obra migrante proveniente de Bolivia, dan lugar a una reconfiguración espacial a través de "nuevas geografías transfronterizas de la centralidad y la marginalidad", constituidas por tales procesos territoriales (Sassen, 2006). Esta forma de entender los procesos geopolíticos desestabiliza la división centro-periferia, tal como era entendida hace treinta años: como una segmentación fundamentada en la distinción entre Estados nacionales. La feria es un espacio complejo y un lugar-laboratorio para observar algunos de estos cambios.

Un mercado en expansión

La Salada fue caracterizada como la feria ilegal más grande de América Latina. Está dividida en tres sectores-galpones, bautizados Urkupiña —en honor a la Virgen cochabambina—, Punta Mogotes —doble falso del tradicional balneario marplatense— y Ocean — también como referencia balnearia, actualizada por el sentimiento de inmensidad oceánica que despierta ver la feria en todo su despliegue—. Además, tiene todo un sector de ventas a cielo abierto, de mayor precariedad, llamado La Ribera.

Ubicada a la vera del Riachuelo, en Lomas de Zamora, partido de La Matanza, bordea con la ciudad de Buenos Aires. Son veinte hectáreas de terrenos rellenos con basura, cercanos a la laguna La Salada, que extiende su nombre a la "feria de ferias". Ese mismo espacio funcionó a mediados de los cincuenta, durante el primer peronismo, como complejo recreativo. Hoy tiene, aunque completamente transformado, algo de aquel espíritu: lo "visitan" clases pobres y medias bajas de todo el país, y también de países vecinos, y no se puede excluir una dimensión recreativa de ese inmenso paseo de compras nocturno, donde se surte un consumo popular en expansión.

En La Salada se encuentra de todo: fundamentalmente ropa y calzado, pero también electrodomésticos y celulares, juguetes, discos compactos de música y películas, útiles escolares, bolsos y carteras. Atravesada por la vía del ferrocarril, allí se arman y se desarman dos veces por semana casi treinta mil puestos, según estimaciones de sus organizadores, que son visitados por un millón de personas cada vez.

Fue fundada a principios de los noventa por migrantes bolivianos. Hoy siguen siendo mayoría. Es un polo de venta y distribución, mayorista y minorista, para negocios y otras ferias (se calculan unas trescientas en todo el país), ahora denominadas saladitas, que se multiplican por distintos lugares, replicando en otros barrios y ciudades la mercadería y la forma-feria de La Salada1. Además, es lugar de acopio para la reventa ambulante.

La Salada también recibe contingentes de compradores de Perú, Chile, Uruguay y Bolivia, que luego comercializan la mercadería en sus propios países. En este sentido, tiene una concentración territorial determinada en ese predio pero, al mismo tiempo, se expande a través de múltiples relocalizaciones.

Su carácter transnacional entonces es doble: 1) por la composición mayoritariamente migrante de sus hacedores (feriantes) y 2) por la circulación regional de lo que allí se vende. Hay un tercer punto fundamental que desarrollaremos más adelante: su articulación con las grandes marcas de ropa, muchas de éstas exportadoras.

El film Hacerme feriante, de Julián D'Angiolillo (2010), muestra las escenas de aquel balneario en su época de esplendor, a mediados del siglo pasado. Familias robustas en piscinas multitudinarias, el fin de semana como espacio de ocio merecido. Sobre esas imágenes de felicidad en blanco y negro se monta luego la reconversión de ese espacio en la última década como ámbito multitudinario de otro tipo. La arquitectura que despliega La Salada es retratada aquí por una serie de planos que muestran cómo se encastran fierros, luces, lonas y, como si se tratase de un campamento de diseño perfecto, se enciende en plena noche una comunidad inmensa de transacciones.

¿De la invisibilidad del subalterno a la hipervisibilidad de los excluidos?

La clásica mudez con que se representa al subalterno —con su contraparte de invisibilización— deja lugar, en las últimas décadas, según hipotetiza Beatriz Jaguaribe (2007), a una hipervisibilidad fundada en nuevas "estéticas del realismo". Éstas surgen para narrar la experiencia metropolitana, las vidas anónimas, en un mundo global saturado de imágenes mediáticas. Para el caso de Brasil que analiza Jaguaribe, coexisten con prácticas mágicas y con un imaginario carnavalesco. Pero estos códigos del realismo, "como forma narrativa de lo cotidiano", tienen características no tradicionales: no son utópicas, no son avaladas por culturas letradas y "son representaciones de intensidad dramática que fortalecen una pedagogía de la realidad para lectores-espectadores alejados de los códigos letrados".

A diferencia del realismo de otras décadas, no hay un experimentalismo estético, sostiene la autora, aunque sí la voluntad de desmontar clichés. La proliferación visual tiene un costado, en la sugerente argumentación de Jaguaribe, de "inclusión visual": de visibilizar sujetos y experiencias que, apoyándose en la legitimidad del testimonio y en la presunción de su autenticidad, explotan una nueva capacidad de producir imágenes.

¿Puede decirse, entonces, que las nociones de invisibilización y mudez adolecen de cierto anacronismo a la hora de pensar los mundos subalternos en las ciudades latinoamericanas? Jaguaribe sostiene que la moda de los favela tours, por ejemplo, se debe a que, en el capitalismo contemporáneo, la pobreza, la exclusión y la violencia local son también resimbolizadas como parte de "comunidades auténticas". Hay un punto señalado por la socióloga brasileña para las favelas que nos interesa poner a prueba para La Salada: ¿son estos espacios lugares privilegiados de disputa en la medida que en éstos los idearios e imaginarios de modernidad fracasan y se reinventan? ¿Visibilizan, entonces, la derrota de una modernidad inclusiva y normativa al tiempo que experimentan formas de inclusión fuera de la norma? ¿Puede decirse que hay más que una cartografía de la exclusión para pensar, la proliferación de otras formas de consumo, de producción de imágenes, de negociación de reglas y de construcción de una visibilidad determinada? ¿Hay un sabotaje de la hegemonía de lo visual desde el propio interior de lo visual?

Hacerme feriante muestra un continuo movimiento, desplazamientos de miles de personas, una infinidad de articulaciones políticas, mercantiles y vinculares que hacen posible ese funcionamiento complejo. "Hacerme feriante" son palabras que delatan ese frenesí, esa economía en movimiento, ese hacerse en estado de transitoriedad y, a la vez, de consumación permanente. Lo que el film narra es un inmenso paisaje de ocupación y apropiación de un espacio que se suponía abandonado, que ha sido repoblado de un modo inesperado y que, por detrás y a un ritmo más lento, las instancias gubernamentales intentan comprender. Y, en ese ajetreo, se despliega la construcción de una ciudad que no se opone a la ciudad neoliberal. Pero que sí la desafía. Que la duplica pero también la sabotea. Que se superpone con ésta a la vez que abre el horizonte de un tiempo-espacio distinto.

Salada TOUR

El interior de las ferias que funcionan en los galpones se ha ido acondicionando progresivamente. Hoy los puestos y los pasillos están enumerados y señalizados con carteles. A pesar de ser estructuras móviles, los puestos son metálicos, tienen techo fijo y están iluminados. Esto no quita la sorpresa de ver cómo, en un mismo día, se puebla y se desmantela un espacio tan densamente cargado de objetos, sonidos, personas, transacciones, colores, olores y dinero. Lo mismo pasa afuera, con los puestos al aire libre, más desprovistos frente a los avatares del clima.

Las cifras de La Salada son enormes y complejizan las asociaciones más convencionales entre informalidad y pobreza. Durante 2009 sus ventas recaudaron cerca del doble que los shoppings: casi 15 mil millones contra 8.500 millones de los centros comerciales (según datos oficiales del Instituto Nacional de Estadística y Censos —Indec—)2. Hay que tener en cuenta que, a diferencia de los shoppings, la feria abre sólo dos veces a la semana y funciona por la noche hasta el mediodía del día siguiente (miércoles-jueves y domingo-lunes). Y, a diferencia del ambiente aséptico y uniforme de los centros comerciales clásicos, La Salada destila toda clase de aromas culinarios, porque abundan los platos típicos del altiplano, aunque también los vernáculos choripanes. Además, todo sucede al ritmo altisonante del reggaeton, el folclore o la cumbia que ayudan, entre otras cosas, a combatir el sueño cuando cae la madrugada y empieza a hacerse paso el cansancio.

En esas dos jornadas llegan, de manera permanente durante toda la noche, "combis", colectivos (de larga distancia) y autos particulares que se estacionan al borde del Riachuelo. Muchos se han convertido en especialistas en trasladar a quien quiera hacer su Salada tour. Todo un ejército de personas se ocupa del estacionamiento y la seguridad, otras/os tantas/os proveen comidas y bebidas para feriantes y consumidores. Estos son emprendimientos a la intemperie, pero que operan como logística básica, de comodidad y seguridad, para los miles de puestos y visitantes y, a la vez, funcionan como otra cantera de puestos de trabajo u oportunidades de negocio.

La organización interna de la feria, con asambleas periódicas y dirigentes por sectores, es compleja y está a cargo de las negociaciones con el municipio. También se ocupa del entramado organizativo que requiere el minucioso armado-desarmado de la feria: desde el cobro y control de los puesteros hasta la organización de los carreros que llevan la mercadería de los puesteros a sus lugares, así como la coordinación horaria con los ómnibus que vienen de ciudades lejanas, etcétera.

La magnitud de La Salada desacredita también las clásicas asociaciones entre economía informal y microescala. Aun así, La Salada no puede hacerse visible sin, al mismo tiempo, cuestionar cierto régimen de lo visible en la ciudad neoliberal. A eso se debe, creemos, el debate por su nominación: ¿feria clandestina?, ¿ilegal?, ¿de microemprendedores?, ¿para ciertas clases sociales? La primera forma en que esa visibilidad logra imagen-palabra es a través del cliché de los medios masivos. Sobre ésta recaen todos los prejuicios asociados con la migración, la pobreza y la marginalidad. Modos de visibilizar que descalifican, modos de mostrar que condenan. ¿Qué significa producir imágenes que den cuenta de un modo de hacer ciudad que desacata la idea unilateral del mercado de la ciudad neoliberal? En Hacerme feriante se muestra una ciudad hecha de múltiples escalas, capaz de articular de modo no convencional las relaciones entre la unidad doméstica y el barrio, entre los centros urbanos y los pueblos del interior, entre la escala nacional y su creciente desnacionalización, entre la dimensión festiva y la comercial, entre la autoorganización y la producción de nuevas autoridades que rearman territorios hasta hace poco considerados desiertos.

Lo que la crisis hace visible

La feria, cuya figura estelar y paradigmática es La Salada, es una modalidad de comercio informal que crece a partir de la crisis de 2001, y que debe enmarcarse en los efectos del neoliberalismo en el país. La desocupación masiva de la década del noventa y el empobrecimiento progresivo, que tuvo su pico durante la crisis, difundieron los emprendimientos informales, las formas de intercambio al estilo del trueque3, y diversas modalidades impulsadas por un heteróclito ejercicio de la empresarialidad popular y autogestiva. Se consolidaron así instituciones económicas de nuevo tipo, que combinan la iniciativa empresarial con condiciones de alta informalidad —e ilegalidad en varios casos—. Un dato decisivo y de relieve en La Salada es el protagonismo migrante que aporta saberes y modalidades de hacer, proveniente de formas comunitarias que se mixturan con el cuentapropismo urbano. En este sentido, la mayoría boliviana en La Salada arrastra y contamina a Buenos Aires con una larga y profunda tradición feriante.

Una hipótesis para pensar la novedad de La Salada es analizarla como instancia que logra combinar una microeconomía proletaria de pequeñas transacciones y, al mismo tiempo, ser base de una red trasnacional de producción y comercio (mayoritariamente textil). Y esto porque en ésta tiene lugar la venta al por menor, el menudeo comercial, que posibilita diversas estrategias de sobrevivencia para revendedores pero también suculentos negocios para pequeños importadores, fabricantes y feriantes, además de dar espacio a un consumo masivo. A la vez, se trata de una economía que se articula con marcas de primera línea, que centran su producción en el llamado circuito de talleres textiles de trabajo esclavo4. Si en los noventa la industria textil fue desmantelada por las importaciones favorecidas por la convertibilidad peso-dólar, tras la crisis, con el fin de la paridad cambiaria y la devaluación del peso argentino, la industria se revitalizó pero ya sobre nuevas bases: tercerizando su producción en los llamados talleres textiles clandestinos, poblados en su mayoría por trabajadoras/es bolivianos.

La cuestión de las marcas va al centro del sabotaje de lo visible: la mercadería que se vende en La Salada hace del prototipo de la distinción, un símbolo que se multiplica y, en esa proliferación, se vacía y se resignifica. Hacerme feriante pone en escena distintos dispositivos y momentos de la copia (de DVD, por ejemplo). Ésta será luego presentada, copiada y vendida en la feria La Salada, como copia de la copia de la copia, poniéndose a la par del modo de producción "salado". Las condiciones de circulación del film se inscriben en el interior de lo que muestra, lo que genera una interioridad con lo que visibiliza y con el modo en que prolifera esa forma de visibilizar.

La polémica de lo falso y los escraches a las marcas

Bautizada como la Ciudad del Este del conurbano, La Salada suma acusaciones y polémicas por el origen de lo que en ésta se vende. Por un lado, por el modo de fabricación de la mercadería textil, que proviene de los talleres clandestinos. Por otro, por la falsificación de marcas que ostentan muchas de las prendas y calzados. Sobre las prendas y calzados de marca, a su vez, hay una doble acusación: o son falsas ("truchas") o son robadas. En el segundo caso supone que son "verdaderas" pero robadas y comercializadas de manera ilegal. De todas maneras, ambos estatutos se vuelven difusos en el recinto de La Salada.

Y es que este punto es paradójico porque son los talleres y costureros los que realizan las prendas verdaderas y las falsas, revelando el núcleo de la producción de diferencia inmaterial que caracteriza al capitalismo posmoderno (Lazzarato, 2006). Esto se debe a que las grandes marcas tercerizan su producción y contratan a los talleres clandestinos para la confección de buena parte de su producción5, siempre a través de intermediarios, lo que las desresponsabiliza legalmente. Es un modo de abaratar costos y una forma más de flexibilización a través de la descentralización productiva.

A su vez, las mercancías consideradas "verdaderas" que se comercializan en La Salada llegan por distintas vías: 1) porque provienen de un lote de producción que pertenece a los talleres que perdieron en la competencia a la que los impulsa la marca que entrega la tela, los cortes y las etiquetas, y que después de repartir el trabajo entre varios establecimientos, sólo compra a aquel que lo hace más rápido, dejando vacante un lote "verdadero"; 2) porque algunas fábricas textiles pagan horas "extras" a sus empleados o premios por productividad con prendas para que éstos puedan luego revenderlas; 3) porque los dueños de talleres hacen más producción que la encargada por una marca para luego comercializarla de modo independiente. Todas estas son formas de desdoblamiento de los circuitos de circulación y venta de la producción "original".

Además, están las "falsificaciones" de etiquetas y marcas propiamente dichas. Todo esto provee una imagen compleja del significado variable de las nociones de original y copia, de falso y verdadero, de muchas de las mercancías que hoy luchan por su "exclusividad", y por conservar sus signos de distinción.

Una tercera situación la constituyen los talleristas que crean marcas propias para vender sus prendas en La Salada. De hecho, una opción no es excluyente de la otra. Un mismo puesto puede combinar distintas prendas, de distintas procedencias.

"Está mal falsificar —se sincera Castillo—, pero también está mal que te vendan una imagen que la gente no puede comprar. La gente quisiera comprarse una remera de $80, pero si lo hace no come. Va y compra la de ocho pesos con el logo trucho". Sin embargo, asegura que la feria "no perjudica a la cadena comercial" con las imitaciones (Barral, 2010: s/p).

Las condiciones de explotación en la industria textil y su estrecho vínculo con la moda, "muy cercana a la fábrica de la opinión y donde se elaboran las marcas de la diferencia social" (Rancière, 2010: 61)6, confiere a los costureros la posibilidad también de boicotear, paralelizar y denunciar las tácticas de las marcas. Los escraches (denuncias públicas y callejeras) sobre las marcas fueron parte de ese tipo de campaña, a través de la cual se buscaba visibilizar un circuito económico que ensambla economía legal y clandestina, pero que exige su invisibilización para realizar eficazmente el consumo. Estos escraches se proponían a la vez ridiculizar las diferenciaciones entre negocios caros y ferias cuando la mercadería, al fin y al cabo, es la misma7.

En el film Hacerme feriante casi no hay voces. Muy pocas. Se evita, sobre todo, la voz en off explicativa. No es que la imagen la reemplace. Se exhibe un funcionamiento. Se describe el movimiento de un montaje, como si quien hace un film y quien hace una feria compartieran, finalmente, algo muy similar: una destreza de montaje, un ejercicio de componer materiales con capacidad de exhibición, y un desafío a la imagen-marca como estereotipo, como imagen ya hecha.

Deslocalizaciones y reterritorializaciones

Desplazamiento territorial es un nombre alternativo con el que algunos migrantes bolivianos llaman a su recorrido en América Latina. Ese desplazamiento tiene origen, muchas veces, en la deslocalización que el neoliberalismo impuso a las comunidades en Bolivia a mediados de los ochenta, sobre todo, a la clase trabajadora minera. Esta deslocalización tuvo una política complementaria de relocalización, que generó como efecto no sólo la desestructuración de tales comunidades, sino también la difusión de elementos comunitarios y de organización popular en los espacios urbanos de Bolivia por la migración de esas poblaciones hacia las principales ciudades y, de un modo más lejano, hacia la propia ciudad de Buenos Aires. Un proceso similar de deslocalización sufrieron varias poblaciones en Argentina ante el cierre de la industria extractiva de petróleo estatal. Fueron los trabajadores desocupados de esas ciudades los que iniciaron el movimiento piquetero que luego se difundió por todo el país. Los efectos de tales desplazamientos (deslocalización-relocalización como procesos de desterritorialización-reterritorialización) revierten su costado de descomposición de la trama social a través de la dispersión de elementos organizativos que se recomponen como fuerzas decisivas de una nueva economía popular, y de innovadoras formas de organización social.

En el caso particular de la migración boliviana, también migra y se reformula un "capital comunitario", caracterizado por su ambigüedad: capaz de funcionar como recurso de autogestión, movilización e insubordinación, y también como recurso de servidumbre, sometimiento y explotación.

Una empresarialidad específica surge de la informalización que explotan los talleres textiles y que se prolonga en La Salada, la cual valoriza elementos doméstico-comunitarios, pone en juego dinámicas de autoorganización y nutre redes políticas concretas. Tal empresarialidad combina competencia y cooperación, y da un estatuto fundamentalmente ambivalente a sus modalidades operativas. Competencia: intrínseca a la lógica de proliferación y fragmentación de los talleres que proveen de prendas, por medio de intermediarios, a las grandes marcas. Cooperación: la representación unificada como economía boliviana frente a las denuncias (mediáticas y de determinadas organizaciones) por trabajo abusivo, abroquelan las entidades que reúnen a los dueños de talleres. Estas entidades, sin embargo, no se exhiben como laborales o empresariales, sino como representantes comunales-comunitarios.

Debido a esta misma formulación comunal de su estructura asociativa, se conforma un empresariado político-social que asume una gestión cuasi integral de la mano de obra: traslado, vivienda, comida, salud, empleo, ocio, etcétera. La figura del trabajador asalariado libre es puesta en cuestión por la misma lógica de funcionamiento —es decir, de rentabilidad— en favor de una modalidad que en el lenguaje mediático fue difundida como trabajo esclavo8.

Por su intermedio se viabiliza la ayuda a los recién llegados, se consiguen viviendas, se comunican contactos, funcionan como bolsa de trabajo y como agencia de sepelios, pero también interviene a la hora de hacer reclamos al gobierno local, y se constituyen corporativamente frente a organizaciones políticas, mediáticas y empresariales argentinas. Su efectividad está dada por una suerte de "poder de gueto": en la medida en que confinan la red en la que el taller textil es funcional a la "economía boliviana", se erigen como defensores y garantes de esa economía. Pero, a la vez, como esa economía se presenta como indisociable respecto de un ethos cultural, también validan su representatividad como legítimos intérpretes de esas culturas y tradiciones9. No es casual que la mayoría de las organizaciones que reúnen a talleristas tengan nombres de asociaciones culturales más que empresariales.

Esta empresarialidad explota la pertenencia comunitaria en un doble aspecto. Uno, más literal: va directamente a las comunidades en Bolivia a reclutar trabajadores. Dos, más ampliamente: una vez en el taller textil, las cualificaciones del trabajo refieren a un saber-hacer comunitario: la implicación de la familia entera, la relación con el empleador basada muchas veces en una confianza también familiar [se le llama tío y no jefe o patrón], la interpelación de saberes y modalidades ancestrales de esfuerzo y labor colectiva, dan lugar a una cualificación flexible, capaz de enormes sacrificios y privaciones, que funciona como sustento material y espiritual de un tipo de explotación de la fuerza de trabajo que la vuelve extremadamente rentable como eslabón primero de la fabricación textil10.

Si tales deslocalizaciones y desplazamientos están en la base de la heterogeneidad metropolitana actual, ¿qué modos encuentran de hacerse visibles en el sentido de hacer valer su capacidad productiva en la ciudad y su capacidad constructiva de ciudad? Estas dinámicas requieren de una capacidad nueva de ver, capaz de superposiciones y lógicas contradictorias. ¿Cómo afectan estas dinámicas el paisaje de lo urbano? Lo que presenta Hacerme feriante es la centralidad de lo que clásicamente se denomina periferia. Trastoca el imaginario del suburbio como espacio de un consumo restringido para dar lugar a un despliegue de objetos, ceremonias, flujos de personas, dinámicas políticas, territoriales y comerciales que conectan ese punto alejado del centro de la ciudad, con una infinidad de otras localizaciones geográficas, nacionales y transnacionales, en una red que desborda claramente la geografía del barrio bonaerense.

Neoliberalismo y economía informal

En Argentina no hubo un desarrollo del sistema micro-financiero como en Bolivia, donde el impulso al micro-crédito fue parte de las políticas neoliberales, y logró capturar y capitalizar una extensa red de microprácticas populares vinculadas con el comercio, los servicios y la producción comunal (Toro, 2010). Como parte del programa de ajuste estructural y privatizador, Bolivia promovió el autoempleo y la economía informal desde sus políticas públicas de un modo impensable para Argentina, donde la cultura del trabajo (clave del peronismo) retrasó y obstaculizó tal valoración positiva de esas dinámicas, a pesar de que, también aquí, el neoliberalismo desmanteló los grandes núcleos de trabajo asalariado formal, y dio lugar a cifras récord de desempleo.

En Argentina, esa economía informal se hizo visible y adquirió la escala de fenómeno de masas por efecto de la crisis, a partir de la fuerte desmonetización que vivió el país11. Se difundieron desde entonces una serie de instituciones económicas novedosas (de ahorro, intercambio, préstamo y consumo), que mixturan estrategias de sobrevivencia con nuevas formas del empresariado popular y formas brutales de explotación. La reactivación económica de los últimos años no las hizo desaparecer. Por el contrario, son pieza clave de nuevas articulaciones político-económicas. El conglomerado que funciona entre La Salada y los talleres textiles clandestinos es una de éstas12.

Proponemos algunas hipótesis para pensar la expansión de esta economía informal que combina la pequeña escala de negocios familiares, con fábricas y talleres chicos y medianos (que no aspiran a cambiar de escala), y circuitos comerciales para la importación y exportación. Esta economía, como señalamos más arriba, tensa la lógica de lo visible/invisible, y permite ser pensada como alteración del régimen de lo visible.

  1. La informalización de la economía es, sobre todo, una fuerza de desempleados y mujeres que puede leerse como una respuesta "desde abajo" a los efectos des-posesivos del neoliberalismo. Podemos sintetizar un pasaje: del padre proveedor (la figura del trabajador asalariado, jefe de familia, y su contraparte: el Estado proveedor) a figuras feminizadas (desocupados, mujeres, jóvenes y migrantes) que salen a investigar y a ocupar la calle como espacio de sobrevivencia. En ese pasaje, a su vez, se produce una nueva politización: son actores que toman la calle como espacio público cotidiano y doméstico al mismo tiempo, rompiendo con la clásica escisión topográfica entre lo privado como privado de calle, y lo público. Su presencia callejera hace mutar el paisaje urbano.
  2. Las ciudades se ven transformadas por esta nueva marea informal, predominantemente femenina, que con su trajín y sus transacciones redefinen el espacio metropolitano, la familia y el lugar de las mujeres. Es inescindible la presencia migrante que también tiñe las dinámicas de estas economías. Las iniciativas de la economía informal constituyen una trama que abarata y posibilita la vida popular en las ciudades (Galindo, 2010).
  3. Al ser economías con amplio dinamismo, la cuestión de la temporalidad es decisiva. La estrategia económica de un/a trabajador/a puede ser informal por temporadas (vinculado con calendarios de eventos, acontecimientos, estaciones, etcétera) sin resignar aspiraciones de formalización, también parciales y temporales. En este sentido, la discontinuidad es uno de sus signos característicos.
  4. El neoliberalismo explota y aprovecha esa nueva (micro) escala de la economía, pero también las clases populares, o los pobres de las ciudades, desafían la ciudad y, muchas veces, luchan por producir situaciones de "justicia urbana", conquistando un nuevo "derecho a la ciudad" y, en ese sentido, redefiniéndola.

Una mirada como la de Hacerme feriante es capaz de descubrir instituciones populares (económicas y políticas) que alteran definitivamente el paisaje de lo que entendemos por hacer social. En este punto, la "inclusión visual" que explicita la película es la de un "hacerse", una institucionalidad experimental y en movimiento.

Emprendedores, empresarios y ciudadanos

"La Salada, ¡es argentina!" dice la tapa del primer número (octubre de 2010) de la revista orgánica de La Salada (La Salada Libre). Esa frase sintetiza un conflicto de muchas aristas. Por un lado, la queja de varias agrupaciones empresariales argentinas, congregadas en la Confederación de la Mediana Empresa (CAME) que denuncian la imposibilidad de competir con las condiciones de fabricación, venta y distribución de La Salada. La acusación hacia los trabajadores extranjeros (talleristas, costureros y feriantes) como responsables de esa competencia es explícita, aun cuando la mayoría de ese entramado migrante trabaja, aunque no sólo, para marcas "argentinas".

Una segunda posición es la representada por cierta retórica del liberalismo político que no condena a priori la informalidad, ya que la considera una suerte de zona de contención para los sectores pobres. Alfonso Prat Gay, ex candidato a legislador por la Coalición Cívica y Social, ex presidente del Banco Central y funcionario de la banca JP Morgan durante la crisis del 2001, es quien ha asumido personalmente tal defensa de La Salada. Su argumento central es considerar "emprendedores" a quienes participan de la mega feria. Agrega que si no estuvieran allí serían potencialmente delincuentes: "Si seguimos desalentando La Salada, estaremos fomentando el paco y la violencia en las villas". Señala que se trata de la "informalidad de los excluidos": "Definir como ilegalidad la informalidad de los vulnerables […] es decirles que como ser pobre es ilegal, delinquen de facto". Su pedido es de estricta coherencia neoliberal: "Es imposible —sostiene— estar a favor de la microempresa y en contra de La Salada" (Gay, 2009).

Por el contrario, los comerciantes argentinos argumentan que el Gobierno debería defenderlos a ellos por ser los representantes de la industria nacional. La CAME emitió una solicitada para refutar a Prat Gay. Su texto, sucinto y claro, dice:

Rechazamos enérgicamente las afirmaciones del Dr. Pray Gay, publicadas en el diario Clarín el 31 de marzo de 2009, que justifican el contrabando, la evasión tributaria, la falsificación y la informalidad extrema que se practican en La Salada.

El comercio y la industria organizados consideran que a los grupos sociales excluidos —hoy usados por fuertes intereses clandestinos— se les deben ofrecer opciones productivas para integrarse.

La propia Comunidad Europea calificó a La Salada como la feria ilegal más grande del mundo (CAME, s/f: s/p).

Osvaldo Cornide, titular de esa entidad, señala: "Todos los empresarios, emprendedores y ciudadanos que estábamos preocupados por la competencia desleal que genera la venta clandestina en el comercio organizado, quedamos más preocupados luego de leer el artículo del doctor Alfonso Prat Gay" (Cornide, 2009: ).

El título del artículo sintetiza el nudo del combate: "La venta clandestina no es un 'emprendimiento'". La enumeración que hace Cornide traza un estatuto de igualdad entre "empresarios, emprendedores y ciudadanos" que excluye y traza la frontera con aquellos que pueblan La Salada y que Cornide considera que se dedican a actividades clandestinas e ilegales. Sólo que en la CAME se sienten traicionados por quien diluye esa frontera:

Sorprende que sea el ex presidente de una institución como el Banco Central quien minimice el sentido ético de lo que significa la cultura de "pagar impuestos", de "respetar los derechos", de "combatir la piratería", y de encontrar salidas laborales dignas a los emprendedores que están en esos predios (Cornide, 2009: s/p).

El pedido de fiscalización del empresario impugna a La Salada como organización productiva. La ubica como un mero efecto del subdesarrollo, emplea un lenguaje de pobreza (habla de los feriantes como excluidos, carenciados, vulnerables) para borrar el carácter "emprendedor" de sus hacedores, y rechaza la feria como alternativa económica, sobre todo, señalando su "indignidad".

La Salada es consecuencia de una debilidad social profunda que persiste en la Argentina. Pero hay que fiscalizar lo que se vende, regularla y buscar la manera de desnudar a quienes regentean esas ferias, que son grandes y poderosas mafias económicas. Debemos buscar opciones para los grupos sociales excluidos. Pero quienes creemos en un país productivo, en un país donde la dignidad sea un derecho para todos, nos resistimos a pensar en La Salada como alternativa. El subdesarrollo no se supera con más subdesarrollo y la vulnerabilidad no se combate con más vulnerabilidad. Las familias carenciadas merecen oportunidades. No los conformemos con las opciones disponibles, dispongamos para ellos opciones mejores (Cornide, 2009: s/p).

Jorge Castillo, administrador de uno de los sectores de La Salada, respondió la invectiva empresarial diciendo que en los comercios del centro de la ciudad también había una elevada informalidad. De este modo, puso de relieve la condición informal como intrínseca a toda la economía y a todas las zonas de la ciudad, y no como cualidad exclusiva de sectores marginales y de barrios periféricos.

La feria se revela como zona promiscua. Y, al mismo tiempo, revela esa condición de la ciudad como tal. La promiscuidad —sin connotación moral— a la que nos referimos, expresa el carácter abigarrado del espacio de la feria. Efecto de la indistinción que surge de la recombinación continua de circuitos mercantiles, modalidades de sobrevivencia familiar, emprendimientos que se apropian de saberes autogestivos, y una informalidad que hace de la independencia un valor. La informalidad es sobre todo heterogeneidad: autoempleo, microempresas, contrabando, actividades clandestinas. Sin embargo, la informalidad no puede pensarse como lo otro radicalmente distinto de la formalidad. Son modalidades que hoy se contaminan mutuamente y, sobre todo, se articulan y complementan. Por tanto, más que opciones contrapuestas, conviene analizarlas en sus ensamblajes concretos. En este punto se diluye también el binomio clásico entre economías visibles y economías sumergidas, en favor de una articulación de visibilidades más compleja que la ciudad neoliberal explota y, al mismo tiempo, la excede.

Espacio y valor

¿Puede decirse que este tipo de economías funciona como agente de reestructuración del capital y del espacio urbano (Samaddar, 2009)13?

Las tarifas de los puestos varían por sector (tabla 1). Un informe de 2007, realizado por Renacer (Valencia, 2007), el periódico más grande de la comunidad boliviana en Argentina, sirve para proyectar esos valores, aun si hoy hay que traducir los números a pesos debido a la inflación:

La Salada consta de cuatro ferias, tres legales y una ilegal. Las legales son Punta Mogote, Ocean y Urkupiña, que están reconocidas por la Municipalidad y pagan impuestos. Estos espacios reúnen 6.000 puestos que se alquilan por entre $100 y $150. La feria ilegal, en cambio, no paga impuestos. Sus 4.000 puestos, que están en terrenos provinciales en la ribera del Riachuelo, se alquilan por entre $25 y $60. Entre los feriantes hay dos niveles: el que tiene varios puestos o unos puestos grandes y empleados, y el feriante que alquila un pequeño espacio (s/p).

Tabla 1. Precios de alquiler y venta de puestos por feria

Feria Horarios de Atención Alquiler de puestos Venta de puestos
Feria Ocean Lunes y jueves de 2:00 a. m. hasta las 12: 00 m. $150 y $200 por jornada y según la ubicación Supera los 50.000 dólares
Feria Punta Mogote Lunes y jueves 2:00 a.m. hasta las 12:00 m. $150 y $200 por jornada y según la ubicación Supera los 50.000 dólares
Feria Urqupiña Domingos y miércoles hasta el medio día del jueves, y domingos $50 y $100 por jornada según la ubicación Supera los 25.000 dólares
Puestos ambulantes
La Rivera
Domingos y miércoles $25 y $40 No están en venta

Fuente: Valencia (2007)

Estas cifras, que fueron elevándose sin pausa, llevan a una comparación que el diario La Nación tituló así: "En La Salada, el metro cuadrado es más caro que en Puerto Madero":

En las zonas mejor ubicadas de La Salada, el complejo que se levanta a orillas del Riachuelo y que fue definido por la Unión Europea como un emblema mundial del comercio ilegal, el metro cuadrado ya es más caro que en Puerto Madero. Llegan a pedir hasta 80.000 dólares por un puesto muy básico de apenas cuatro metros cuadrados […].
Punta Mogote, una de las tres principales ferias del predio, ubicado a pocas cuadras del puente La Noria, acaba de inaugurar una nueva nave que reúne 216 locales comerciales. Antes de finalizar la obra, los puestos por estrenarse fueron ofrecidos a los más de 300 socios que integran la sociedad por comandita que es la dueña de la feria.
Los socios —en su gran mayoría son los propios comerciantes que atienden los negocios— terminaron suscribiendo íntegramente la ampliación del capital accionario, y el precio de venta "desde el pozo" fue de 20.000 dólares por puesto, a razón de 5.000 dólares el metro cuadrado. En La Salada, igualmente destacan que en la actualidad los valores de reventa se cuadruplicaron y que para acceder a la titularidad de los locales más buscados hay que desembolsar US$80.000, lo que implica que el metro cuadrado en una de las zonas más pobres del partido de Lomas de Zamora cotiza a 20.000 dólares (Sainz, 2009).

El cálculo es que el metro cuadrado de edificios de oficinas en Puerto Madero no llega a los US$5.000, por lo que La Salada lo cuadriplicaría. La Salada y Puerto Madero simbolizan dos polaridades urbanas, paradigmáticas de los desarrollos simultáneos y antagónicos que caracterizan a las metrópolis globales. Como lo señaló Saskia Sassen en un artículo reciente:

Esta combinación de tendencias tiene lugar, con niveles variables de intensidad, en todas las ciudades del mundo que se volvieron "globales". Vi el reverso de este proceso a inicios de los 80 como la realización de las "periferias en el centro" del sistema económico internacional; intenté enfatizar que las mismas tendencias estructurales que producen esos edificios espectaculares en las ciudades globales también producen esa pobreza creciente. Buenos Aires hizo todo esto mucho más visible que Londres, Nueva York o Tokio, en simultáneo. En Buenos Aires los dos extremos tienen lugares de alta visibilidad: Puerto Madero para los ricos y La Salada para los más pobres. La multiplicación menos visible de las comunidades cerradas es en realidad mucho más nociva de lo que es Puerto Madero (una rehabilitación arquitectónica de gran prestigio de un viejo puerto muerto en un espacio de alta calidad para oficinas y comercios) (Sassen, 2011: s/p).

Sin embargo, la valorización de los puestos en La Salada, como expresión numérica de las posibilidades de negocios que ofrecen, muestran una paradójica desmesura respecto a la valorización del espacio urbano: las zonas más depreciadas y tradicionalmente pobres son objeto de nuevos conglomerados comerciales que las valorizan en una economía popular expansiva y transnacional. Sus organizadores estiman que en los 8 días promedio de feria que se realizan por mes se facturan unos 1.200 millones de pesos aproximadamente.

A su vez, desde 2009, La Salada abrió la posibilidad de venta por Internet. Según el portal Fortunaweb, los dos sitios electrónicos de la feria facturan "alrededor de US$9 millones semanales en ventas". Y agrega:

Los portales Mercadolasalada.com y Ferialasalada.com concentraron ahora la atención de inversores que buscan comprar alguno de estos sitios. Jorge Castillo, representante de la Cámara de Comercio de La Salada, admitió a El Cronista que negocia la venta de Mercadolasalada.com. Según el ejecutivo la proyección de crecimiento de estos portales supera a las de otros sitios de compra similares como Mercadolibre.com o MasOportunidades.com. En seis meses superaron los dos millones de visitas (Fortunaweb, 2010).

En esta línea, La Salada está planificando la emisión propia de tarjetas de crédito. Es necesario resaltar el complejo sistema de conexiones y desconexiones respecto de la economía formal. Esto es: no se trata de dos sistemas rígidamente diferenciados y autónomos, sino que se recombinan pragmáticamente. Lo hacen de forma inestable (variable en el tiempo) pero sistemática (es decir, no de modo casual). De allí la utilidad de la noción de ensamblaje (Sassen, 2011) para analizar estas economías-territorios. La relación con las grandes marcas de la industria textil es un caso claro de esa recombinación. A su vez, la ambigua situación tributaria de la feria La Salada es una emergencia de esa mixtura, un síntoma de ese carácter recombinado.

La imagen de la polaridad centro-periferia se desvanece. La figura del espacio abierto desreglado cede a una coordinación compleja de una infinidad de flujos. Una festividad y una mística que acompaña (vírgenes, santos, milagros, ekekos) la bonanza. Finalmente, un modo del progreso urbano que escapa de los planes y de los planos.

Conclusiones

Nos proponemos dejar algunas preguntas abiertas sobre un territorio-ensamblaje. La feria La Salada no puede pensarse por fuera de otras situaciones, que constituyen un mismo territorio, una misma economía: nos referimos al taller textil clandestino y a la villa. En la villa se localiza una política de autogestión y de negociación permanente con la autoridad estatal (en sus diversas escalas: nacional, municipal, barrial) que ha logrado formas inéditas de autogobierno. La importancia económica del taller textil clandestino como núcleo de la economía migrante se entreteje (directa o indirectamente) en y con toda la economía habitacional, espacial, informal y migratoria que se asienta en la villa. La feria a su vez es el espacio donde se realiza parte de la mercancía que se produce en los talleres, pero también la prolongación de una tradición comercial que ha cruzado las fronteras y que incluye técnicas de sabotaje de las formas mercantiles o, por lo menos, usos múltiples de las cosas (del contrabando a lo trucho).

Pensar esta economía como un ensamblaje permite dar cuenta de los cambios de escala y de ritmo (o cambios espaciotemporales), de la reorganización de los modos de decir, hacer y ver que es siempre una reorganización de los marcos sensibles que definen la interpretación de los bienes comunes.

En este sentido, partimos de la idea de que un territorio se construye más allá de un espacio definido y circunscripto de antemano, sobre el cual se aterrizarían luego una serie de componentes materiales e inmateriales. Definimos territorio como lo que emerge de una combinación de discursos, tecnologías, alianzas y modos de hacer que organizan de manera original, no preexistente, un plano de ensamblaje de elementos heterogéneos que se vinculan mutuamente, constituyendo una trama contingente de recorridos, usos, conflictos y afectos (Deleuze y Guattari, 1994; DeLanda, 2006). En este sentido, un territorio es también efecto de una producción de jurisprudencia: es decir, una relación determinada entre producción de derecho y situaciones concretas.

A partir de este territorio, se abren una serie de preguntas por investigar: ¿cómo se gobiernan estos procesos? ¿Qué formas de autoridad rigen sobre estos territorios? ¿Qué tipo de norma política los organiza? ¿Qué informan sobre las dinámicas actuales de producción de valor? ¿Qué circuitos monetarios y no monetarios se entrecruzan? ¿Hay una producción de nuevos derechos? ¿Mutan las formas de propiedad? ¿Qué tácticas y estrategias de construcción de poder ponen en juego?

A su vez, nos permite conjeturar que en la feria se despliega un modo de visibilidad de las economías clásicamente nominadas como ocultas, clandestinas, que obliga a complejizar el modo de cartografiar-visibilizar los espacios de la ciudad neoliberal. En especial, teniendo en cuenta los modos en que esas economías constituyen, en sí mismas, ambiguas modalidades de conexión y sabotaje, proliferación y alteración de los circuitos de producción, circulación y consumo de las ciudades atravesadas por las políticas neoliberales que transformaron nuestro continente en las últimas décadas.

¿Una mirada inmanente a estos procesos sería capaz de valorar lo que en ellos hay de ciudad futura aquí y ahora? Hacerme feriante hace visible desde un lugar no exterior, incorporándose a la dinámica feriante, entendiendo sus pliegues, participando y confundiéndose con su modo de producción y de circulación. La película, le han confesado los dirigentes de La Salada a su director, es actualmente usada como "carta de presentación" por los feriantes, además de que se copia y se vende en sus puestos. Como dispositivo de visibilización, el realizador queda incluido en la primera persona del título. De modo que producir una mirada es producir un lugar de enunciación que se deja atravesar por un proceso, un devenir. Finalmente, él también, en el transcurso de la filmación y en su proyección y distribución, se hace feriante.

Notas

1 "'Saladitas', ferias polémicas que se multiplican en Capital", artículo de Nora Sánchez, (2010). Allí señala: "El fenómeno de La Salada se abre paso en Capital, impulsado por la pérdida del valor adquisitivo de los salarios. Las 'saladitas' porteñas no son tan económicas como la de Ingeniero Budge, pero ofrecen sus productos sin cruzar el Riachuelo [...]. Una de las precursoras fue el Paseo Trocadero, en Lavalle al 900. O la de Constitución, en Santiago del Estero al 1.700, con pedido de habilitación en trámite a nombre de 'Centro Comercial La Alborada' pero conocida como 'La Saladita'. Los feriantes pagan de $800 a $1.500 por mes para alquilar un puesto, donde ofrecen malas copias de marcas conocidas de ropa. Unos botines para chicos con el logo de Nike 90 cuestan $80, una campera etiquetada No Fear $40 y un jogging 'Adidas' $20" (s/p).

2 Véase "La Salada vende más que los shoppings" (Barral, 2010).

3 Hay que tener en cuenta que durante la crisis argentina, cinco millones de personas vivieron gracias a las redes del trueque. Por entonces también se multiplicaron las ferias de usados, las compras comunitarias y los comedores y merenderos populares.

4 Algunas referencias para situar el uso de "trabajo esclavo": esta modalidad refiere a un complejo circuito por medio del cual, los/as migrantes bolivianos/as llegan a Argentina para trabajar en los talleres textiles clandestinos. Las ofertas de trabajo circulan por radios, contactos familiares y "agencias de empleo". Pero las condiciones son sumamente irregulares: quienes "contratan" a estos trabajadores retienen sus documentos, pagan su viaje, y como viven donde trabajan, también les descuentan la comida y el alquiler. De modo que de los primeros salarios (a veces hasta el primer año) se "descuentan" esos gastos, con cuentas sumamente discrecionales a cargo de los patrones. Los trabajadores viven "endeudados" toda la primera parte de su estadía. Otra característica del trabajo que motiva el debate alrededor de la "esclavitud" es que se trabaja a "cama caliente", es decir, con turnos rotativos durante las veinticuatro horas. Además, cada trabajador cumple jornadas de trabajo que llegan hasta las catorce e incluso dieciséis horas. La arbitrariedad de los horarios, las amenazas de deportación si se fugan, así como las malas condiciones alimentarias y sanitarias son parte de la economía del taller. El calificativo de trabajo esclavo fue impulsado por los medios de comunicación, pero también retomado por organizaciones que denuncian estas modalidades laborales, incluso la trata de personas.

5 En la página electrónica de la organización La Alameda (véase http://laalameda.wordpress.com) puede consultarse la lista de primeras marcas que fueron denunciadas por esta organización y la Unión de Trabajadores Costureros (UTC), por usar "trabajo esclavo" en la producción de sus prendas.

6 Esto lo nota Rancière a propósito de los sastres y la singularidad de sus reclamos en el siglo XIX en Francia.

7 Se cantaba entonces: "¡Qué cagada, qué cagada, compras caro en Santa Fe lo mismo que se vende en La Salada!".

8 Para discutir esta noción, véase especialmente Colectivo Simbiosis y Colectivo Situaciones (2011).

9 Otros temas clave de la población migrante que son leídos y resueltos dentro de esta lógica comunitaria son las denuncias por trata, el aborto (y cuestiones de salud en general: de la tuberculosis a las emergencias odontológicas) y el envío de remesas.

10 La comunidad también puede ser usada como imagen organizativa para los trabajadores urbanos desde otro punto de vista. Al respecto, y discutiendo reformas en favor de la flexibilización laboral y sindical en Bolivia, dice Óscar Olivera, dirigente fabril de Cochabamba y líder de la Guerra del Agua de 2000: "La comunidad y el sindicato. Ahora bien, nosotros tenemos unas raíces ancestrales que se refieren al concepto de comunidad. Ese sentir y actuar de la comunidad se está perdiendo y nosotros queremos recuperarlo. Desde nuestra perspectiva, el sindicato puede ser una réplica urbana de la comunidad, es decir que nadie nos pueda fragmentar ni dividir, que las decisiones se toman colectivamente y por consenso, que debe de haber una rotación en las responsabilidades, que pueda ser revocado el cargo, en fin, tal y como funciona en las comunidades andinas" (Olivera, 2010: s/p, cursivas mías). Como se ve, los rasgos comunitarios que señala Olivera no tiene nada que ver con la tradición comunitaria que se invoca como argumento cultura-lista en la explotación de los talleres textiles.

11 Hay que recordar que en plena crisis, y tras el corralito bancario, funcionaron diversas monedas locales, algunas provenientes de las experiencias de trueque, con reconocimiento municipal; otras formas de intercambio fueron los bonos emitidos por diversos gobiernos provinciales para pagar a sus empleados.

12 Sin embargo, esta modalidad de trabajo se extiende a otros rubros. Especialmente, en el sector agrícola. En el verano de 2011, salieron a la luz por diversas denuncias las condiciones de "trabajo esclavo" en que se desempeñan cientos de trabajadores rurales contratados por multinacionales como Du Pont y Nidera. Véase el informe publicado por Página/12: "Campo fértil para la explotación laboral" (Aranda, 2011).

13 "The political economy around urban migrant workers has more implications in terms of accumulation. Studies have noted how the local in the figurative sense of the term becomes the site of accumulation specially in a context where a majority of urban migrant workers are engaged in construction industry, including clearing of lands and the waste disposal and recycling industry, including garbage clearence. Involving huge amount of cash transaction, such a site of labour become an 'autonomous' local economy by itself, influencing local politics and effecting the grid of national politics and the overall accumulation of wealth and capital" (Samaddar, 2009: 37). Siguiendo la referencia del autor, hay que notar la presencia en Buenos Aires del fenómeno cartonero, un verdadero ejército de recicladores, surgidos tras la crisis, y elemento clave también de una reproletarización. Aquí no se trata de migrantes sino de pobladores del conurbano.


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