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Acción colectiva juvenil: de movidas y finalidades de adscripción

Juventude ação coletiva: movimentos e objetivos do destacamento

Youth collective action: of ascriptions movements and finalities

Óscar Aguilera Ruiz*


* Doctor en Antropología Social y Cultural. Académico del Instituto de Ciencias Sociales, Universidad Católica del Maule (Chile). Investigador Clacso en el Grupo de Trabajo Juventud y Nuevas Prácticas Políticas en América Latina. E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.


Resumen

El artículo presenta una propuesta teórico-metodológica para analizar la acción colectiva juvenil basada en una investigación etnográfica, con tres agrupaciones juveniles de Chile, desde las categorías expresividad, gestión política e identidades. El estudio presenta la diversidad de prácticas agregativas juveniles, que aquí se denominan finalidades de adscripción.

Palabras clave: acción colectiva, juventud, finalidades de adscripción, agrupaciones juveniles, prácticas agregativas.

Resumo

O artigo apresenta uma proposta teórico-metodológica, fundamentada em uma investigação etnográfica, para analisar a ação coletiva juvenil. A investigação foi realizada com três grupos de jovens do Chile e abrangeu, desde o ponto de vista das categorias de expressividade, gestão política e identidades. O estudo mostra a diversidade das práticas associativas juvenis, denominadas pelo autor como finalidades de adesão.

Palavras chave: ação coletiva, juventude, finalidades de adesão, agrupamentos juvenis, práticas associativas.

Abstract

This article presents a theoretical-methodological proposal to analyze the youth collective action based on ethnographic research, in three youths groups in Chile, from three categories: expressiveness, political management, and identities. The study presents a diversity of aggregative youth practices, that we called ends of ascription.

Key words: collective action, youth, ends of ascription, youth groups, aggregative practices.


¿Qué significa "movidas"? ¿Es sólo la voz sustantiva del verbo mover, o es la primera de las metáforas con que se intentará dar cuenta del complejo mundo de las prácticas políticas de los/as jóvenes? Un poco de ambas sería la respuesta correcta. Según la Real Academia de la Lengua, movida remite semánticamente a unas dimensiones temporales precisas, a las incidencias o accidentes con que se puede desarrollar una actividad, donde hay una discusión apasionada, y, particularmente en Latinoamérica, remite a un conjunto de significados asociados con la diversión, la conspiración (cons-pirar, respirar juntos, según el latín) y participar de acciones que muchas veces pueden no ser legítimas o legales. Remite a un conjunto de acciones que se desarrollan individual o colectivamente, pero que siempre refieren algún grado de cercanía, confianza o amistad. Llevado al plano colectivo, lo que distingue a las movidas de otros tipos de acción juvenil es su carácter informal, no estructurado o con escasa participación de grupos organizados1.

Si he querido poner el acento en la ambigüedad de una palabra como movida, es precisamente porque da cuenta de manera metafórica, pero elocuente a la vez, del conjunto de procesos, relaciones y afectividades de las que está compuesta la acción colectiva juvenil. Lejos de tratarse de una cuestión explícita, la acción colectiva muchas veces constituye una zona ambigua teórica y empíricamente, como lo demuestran el conjunto de teorías y enfoques con que se pretende analizar este fenómeno constituyente de lo social y tributario de lo cultural2.

Por lo tanto, el término movidas remite a las acciones colectivas que los jóvenes deciden emprender en conjunto, y que muchas veces son producto de una serie de procesos individuales y colectivos que nos hacen mover y nos facilitan los marcos y motivaciones posibles para la acción.

Este proceso de conceptualización y teorización fue acompañado de una estrategia etnográfica multilocal (Marcus, 2001) que implicó en un primer momento la realización de observaciones participantes con tres organizaciones juveniles de Santiago de Chile en el periodo 2004-2005:

  1. La Funa: es una agrupación que funciona en forma de colectivo y que integran distintas organizaciones juveniles y políticas. Sus objetivos son denunciar (funar, en argot) a los militares y civiles que participaron en violaciones a los derechos humanos durante la dictadura militar. A través de acciones de denuncia pública y difusión del historial del funado en su propio barrio, pretenden subsanar la falta de enjuiciamiento de estas situaciones.
  2. ACES: es una coordinadora de centros de estudiantes secundarios de Santiago. Ha sido la principal protagonista de las movilizaciones estudiantiles desde 1998 en adelante. Su forma de organización en asambleas, el articular a estudiantes que provienen de colegios periféricos y su nivel de movilización callejera ha permitido que cobre mayor protagonismo que otras organizaciones estudiantiles del mismo sector y que responden más bien a patrones clásicos de representación estudiantil y política.
  3. Legua York: es un centro social y cultural que tiene aproximadamente ocho años de historia, y que reúne a jóvenes que realizan actividades culturales como el muralismo, los grafitis o la música hip-hop. Su ubicación en una zona de Santiago de alta estigmatización por el tráfico de drogas que tiene asociado, y la capacidad de gestión cultural y económica de La Legua York son elementos interesantes que nos permitieron evaluar de mejor forma las relaciones entre los colectivos juveniles y el mundo institucional. En la actualidad, el grupo musical del mismo nombre es la expresión pública más reconocida de esta experiencia de organización juvenil.

En una segunda etapa, y en el contexto de la movilización estudiantil secundaria de 2006, se participó de las distintas instancias de acción política desplegadas por los estudiantes secundarios, se revisó la prensa del periodo 2000-2006 que aludía en sus informaciones a las prácticas políticas juveniles (escuelas en toma, asambleas nacionales y regionales, manifestaciones callejeras) y, finalmente, se desarrollaron ocho grupos focales y ocho entrevistas en profundidad en las ciudades de Santiago, Valparaíso y Concepción, que nos permitieron acceder a las finalidades de adscripción y los procesos constituyentes de la acción colectiva juvenil.

Todo este despliegue metodológico posibilitó la construcción de las siguientes dimensiones analíticas que nos permitieron analizar las prácticas juveniles: expresividades, gestión política e identidades. Y a partir de estas dimensiones generamos una matriz comprensiva de las finalidades de adscripción y lógicas de acción colectiva juvenil.

Expresividades y políticas de visibilid

Expresar, manifestar, visibilizar. Nociones que remiten todas a la forma en que aparece frente a nosotros un grupo de jóvenes haciendo algo: los vemos, están allí, se hacen presentes, se visibilizan a través de un conjunto de lenguajes y estrategias que remiten todos a las características culturales que presentan las grupalidades juveniles3, así como aquellas otras que nos hablan de la manera en que la sociedad va construyendo y constituyendo a los distintos grupos sociales que en ella conviven.

Esto necesariamente debe ser analizado desde sus distintos niveles de organicidad, porque no todos los grupos juveniles se encuentran en un mismo plano: agrupaciones juveniles o "cabros de esquina"4, colectivos juveniles, movimientos juveniles o adscripciones identitarias. La distinción analítica nos permitirá precisar los grados de articulación social de las propuestas políticas construidas desde el campo cultural, así como hacer operativas tres categorías analíticas de la dimensión expresiva: las políticas de visibilidad, la performance y manifestación política y la subjetividad juvenil.

Políticas de visibilidad

La escena comunicacional se convierte en un analizador central de las luchas por la constitución de las visibilidades, a la vez que en un verdadero marco estructural de la construcción de la política juvenil5. De allí que nos proponemos problematizar una doble dimensión comunicacional en la construcción de la acción colectiva juvenil contemporánea: las políticas comunicativas desplegadas por los actores institucionalizados sobre el mundo juvenil, y aquellas que despliegan los propios actores juveniles en su intento por desarrollar estrategias comunicacionales como componentes centrales en las condiciones de posibilidad de la propia acción (tanto en su constitución como en su permanencia).

La principal característica que define la relación entre comunicación y jóvenes es su desconocimiento como actores sociales y la negación de voz propia6, pues siempre son otros los que hablan por la juventud a través de los medios. Es así como sostenemos que en la sociedad se reproducen las formas de relación que fueran formuladas por Rodríguez (2002) y que conceptualiza como una estructura paradójica de comunicación:

  1. La juventud debe ser obediente: la idea del sometimiento sociocultural a las normas y valores de la sociedad expresa un primer marco de relación con los jóvenes.
  2. La juventud debe ser auténtica: es el modelo ofrecido fundamentalmente por el sistema comunicativo global, que ofrece las condiciones simbólicas para la rebeldía y la confrontación con la normativa siempre y cuando ésta rebeldía quede circunscrita a pequeños circuitos que no incidan disruptivamente en la vida social.
  3. La juventud no tiene voz: carecer de palabras, no tener un discurso público, es la principal característica de los jóvenes en nuestra sociedad. No logran constituirse en sujetos del discurso y de discurso, y en compensación se les asigna la categoría de espectáculo (el artista, o el protagonista de la página policial, o el beneficiario de políticas sociales).

Por otra parte, la visibilidad que puede llegar a tener el conjunto de actividades que realizan las distintas agrupaciones cobra mucha importancia debido a que el trabajo que realizan se vuelve muy invisible para el resto de las personas que no están involucradas directamente en éstas. Este problema radica tanto en las formas en que llevan a cabo sus actividades (muchas veces esta actividad más soterrada es intencionada) y en que no construyen los espacios simbólicos de encuentro con otros actores (institucionales, generacionales).

Es por ello que en primera instancia es necesario determinar el lugar simbólico que la comunicación juvenil aspira a construir. Los convocados a la conversación social juvenil son muy pocos –los integrantes de la organización y su círculo más cercano–, no aparecen otros actores en sus diseños y en sus productos, y cuando emerge la figura del otro (adulto, institucional), con el cual hay que relacionarse, sólo surge en forma estereotipada.

En este sentido, una política de comunicación juvenil necesariamente debe involucrar más aspectos que las opiniones y visiones asumidas por los jóvenes sobre la democracia7. El que existan diversas demandas y necesidades comunicativas en la juventud nos obliga a pensar en políticas que se hagan cargo en su integralidad de estos procesos: los jóvenes no sólo buscan debatir sobre el país que quieren (opinión pública), sino mostrar lo que hacen (difusión institucional), o sus formas de expresar la particularidad juvenil (identidad y estilos). Como podemos apreciar, el análisis de esta dimensión trasciende con creces el plano explícitamente político de las iniciativas, y avanza hacia una dimensión implícitamente subjetiva de las prácticas juveniles y sus formas de comunicabilidad a través de diversas acciones que se mueven en un rango que va desde promover la discusión a partir de lo generacional (opinión y ciudadanía juvenil) hasta la escenificación de determinadas sensaciones o la resolución de cuestiones de carácter instrumental (expresividad juvenil).

Performance y manifestación política

La acción colectiva, entendida en términos coloquiales como "cosas que hacen en conjunto un grupo de personas"8, entraña dificultades analíticas que no siempre aparecen debidamente planteadas en los estudios sobre la participación política de los jóvenes. Es así como suelen otorgarse definiciones externas a lo que significan las prácticas o se presupone una unidad y totalidad en el sentido que los actores participantes le otorgan a su acción social.

Sin embargo, tal unidad y semejante totalidad subyacente en las prácticas no existen, y nos encontramos frente a movilizaciones y acciones colectivas que responden a diversos intereses de acuerdo con el lugar de emplazamiento de los actores, incluso muchas veces responde a estados emocionales que no siempre aparecen visibilizados y que muestran que muchas de las acciones colectivas están constituidas de una heterogeneidad que vuelve más rico el análisis de esos procesos de producción simbólica en la sociedad. Me parece pertinente vincular esta perspectiva con la producción antropológica sobre el ritual9, como forma de comprender a cabalidad las orientaciones culturales que los jóvenes despliegan en sus acciones: por ejemplo, en las adscripciones10 a determinados estilos queda en evidencia que la dimensión movilizadora de los rituales no siempre está preestablecida u obedece a una repetición mecánica. De otra manera, se adhiere a unas determinadas identidades así como se construyen otras nuevas.

Con ocasión de las manifestaciones convocadas en agosto de 2007 por la Central Unitaria de Trabajadores de Chile, la columna de la marcha se distribuyó según los criterios clásicos de espacialidad política: la vanguardia de izquierda encabezando (los partidos políticos tradicionales) y con participación de agrupaciones juveniles partidarias, en tanto las agrupaciones de izquierda más heterodoxa marchaban atrás, con fuerte presencia de colectivos juveniles autonomistas y anarquistas, observándose un enfrentamiento simbólico por el sector que agrupara más adeptos. Lo interesante de esta situación etnográfica fue la irrupción de un grupo de estudiantes y profesores universitarios que no se ubicó en ninguna de las columnas, y más bien optó por utilizar el espacio intermedio donde la ausencia de personas marcaba la invisible frontera entre las agrupaciones mayoritarias. Mientras el grupo de adelante coreaba "el pueblo unido, jamás será vencido", el grupo de atrás cantaba "el pueblo unido, avanza sin partido", lo que generaba un segundo nivel de significación que alteraba la ritualidad tradicional, hasta que finalmente el grupo que iba en medio comenzó con su propia consiga que decía "el pueblo vencido, jamás estuvo unido", con lo que daba una nueva vuelta de tuerca que molestó tanto a los grupos de vanguardia como a los que supuestamente reivindicaban para sí otra forma de pensar la política.

Al revisar las trayectorias de algunas de las agrupaciones juveniles pudimos observar cómo de las prácticas iniciales se avanza, a partir de estas performance, hacia la construcción de discursividades más complejas que van produciendo sentidos políticos sobre las propias prácticas.

La creación de la presencia

La forma en que las/os jóvenes aparecen en la escena social no es independiente de los repertorios de movilización que emplean (Tilly, 2002). Ahora bien, el estudio de las prácticas políticas de los jóvenes no opera en el vacío, por lo que parece pertinente utilizar la noción de campo político que desarrolla Bourdieu (2001).

Al respecto, propongo analizar los repertorios de la acción juvenil y las modalidades simbólicas y performativas de creación de la presencia a partir de los ejes espacios y lugares y estéticas.

En primer lugar, la distinción entre espacio y lugar la retomo de la discusión desarrollada por distintos autores vinculados con las ciencias humanas y sociales (De Certau, 1999; Oslender, 2002). Esta distinción me permite avanzar hacia un análisis de los procesos en los cuales las prácticas de acción colectiva se transforman en movimientos sociales. Sostengo aquí que la creación de la presencia juvenil está por ahora acotada, en términos generales, al desarrollo de una política de lugares, es decir, de orientaciones subjetivas y derivadas de localizaciones territoriales en las que tanto individuos como comunidades desarrollan profundos sentimientos de apego a través de sus experiencias y memorias (Oslender, 2002). Esta política del lugar, que nos habla en muchos casos de experiencias colectivas fuertemente emocionales y de constitución de comunitas (Turner, 1988), necesariamente tendríamos que complementarla con una política del espacio, entendido en los términos de Bourdieu como campo, o en los términos culturales de De Certau (1999) como escenario, y que permita fijar a los agentes sociales concretos su mapa de referencias, su propia cartografía, con la ubicación que tienen sus prácticas sociales en el plano más amplio y, por lo tanto, inscribir sus acciones colectivas de lugar en una trayectoria temporal-espacial más amplia y que implique el reconocimiento de sus interlocutores, tanto antagónicos como aliados, y la necesaria concepción dinámica que tienen las acciones colectivas.

Una acción colectiva encuentra perfectamente su lugar en el marco de determinadas prácticas, pero no se transformará en una práctica política que incide en el entorno en tanto no se construya ese mapa global de referencias y significados sociales vinculados con una práctica aparentemente aislada como la de alimentarse. Por tanto, la noción de espacio puede resultar útil tanto para el análisis como para la acción política, y se convierte en un interesante analizador sociocultural que permite vincular las cuestiones de orden estructural (el poder, el sistema económico) con el campo de las subjetividades (la agencia humana, en este caso la agencia juvenil) y así superar las dicotomías resultantes de tener estructuras sin sujetos, o sujetos sin estructura.

Un segundo proceso que nos permite aproximarnos a la creación de la presencia, como parte de las dimensiones expresivas que reconocemos en la constitución de la acción colectiva juvenil, es la dimensión estética. Entiendo la estética como un segundo momento de visibilización de la acción colectiva juvenil; vemos unas maneras de llevar el pelo, de marcar el cuerpo, artefactos tecnológicos, los usos y marcas que dejamos en la ciudad, etc. Estos procesos, lejos de operar en forma autónoma, muchas veces se remiten recíprocamente en un juego de espejos entre los jóvenes, y de ellos con los dispositivos institucionales y del mercado. Al respecto, parece pertinente señalar cómo a partir de un análisis de cuestiones de orden estético se configuran también formas de "presentación en sociedad" (Goffman, 2006) que van configurando sentidos y adscripciones identitarias más profundas que desembocan en la constitución de estilos juveniles.

Movilizaciones y protesta social

En este punto, y siguiendo a Tilly (2002), podemos señalar que las acciones juveniles no siempre presuponen el establecimiento de un conflicto (nudo central en la definición de movimiento social); es más, podemos señalar que las acciones de los jóvenes se mueven entre la afirmación de una determinada adscripción identitaria y las demandas que sí afectan a un número de actores mayor. Ahora bien, me parece que esta distinción en las modalidades de los repertorios de la acción colectiva no debe pensarse de forma excluyente, o mejor dicho, como dos polos opuestos, y más bien las articularía en un continuum entre afirmación identitaria y conflicto social, fundamentalmente a partir del poder performativo que previamente hemos descrito.

Entonces, si utilizamos la distinción sólo para efectos analíticos, tendríamos que reconocer estas dos posibilidades de acción colectiva y movilización juvenil. En un primer caso tendríamos aquellas cuestiones derivadas fundamentalmente de la realización, creación y sostenibilidad de espacios de sociabilidad juvenil a partir de la reunión de jóvenes que adhieren a un determinado estilo cultural.

Emergen así formas de movilización colectiva como tocatas y conciertos que constituyen procesos fundamentalmente autogestionados y de relacionamiento horizontal con otras agrupaciones juveniles, la realización de eventos mayores donde se establecen relaciones de cooperación con la institucionalidad. Los repertorios comunes a esta primera posibilidad de acción colectiva juvenil son la realización de carnavales y pasacalles11, escenificaciones y performance callejera, conciertos y realización de tocatas, fiestas temáticas, etc. De esta forma se configura lo que podríamos denominar una forma de movilización colectiva lúdica.

Pero en segundo lugar, tenemos también las formas más comunes y recurrentes de ritualizar la práctica política, y que se encuentran enmarcadas en la consecución de demandas que afectan los intereses de un conjunto más amplio de actores institucionales y grupales, lo que configuraría la situación clásica de conflicto (Tilly, 2002). Los movimientos estudiantiles (universitarios y secundarios), aquellos que se movilizan en función de la recuperación de edificios y equipamiento público para uso cultural de las asociaciones de jóvenes y de vecinos, los precarios intentos de articulación de jóvenes trabajadores y pobladores que reivindican trabajos estables y no precarizados como es la norma de inserción laboral de los jóvenes chilenos, y la posibilidad de acceder a vivienda en condiciones preferenciales y no por vía del sistema bancario privado, despliegan las formas más convencionales de movilización y protesta social: la marcha y el desfile público (tanto en fechas emblemáticas, como el 1° de mayo o el 11 de septiembre, como en movilizaciones específicas), la interpelación de las autoridades institucionales correspondientes (ministerios, Palacio de La Moneda, etc.).

En síntesis, la movilización y protesta juvenil oscila pendularmente entre adscripciones identitarias y conflicto social, y en su repertorio entre formas lúdicas y violentas, entre formas clásicas y otras emergentes, modificando el repertorio de movilización y acciones de contestación juvenil al menos en tres procesos articulados mutuamente:

  • El paso de una protesta social masiva, a la acción específica de grupos que encaran directamente y sin mediaciones institucionales a sus objetos de demanda.
  • Una reconfiguración de la especialidad política en la que se manifiesta el conflicto, en tanto ya no se recurre sólo a la tradicional marcha o desfile en lugares céntricos, sino cada vez más se desarrollan acciones descentradas geográficamente y muchas veces replegadas hacia el interior de espacios semipúblicos (colegios en toma, casas ocupadas, parques públicos ocupados).
  • La sustitución de planificaciones centralizadas por acciones de protesta localizadas que desde una visión externa parecen espontáneas pero que requieren una gran coordinación, como las movilizaciones estudiantiles.

Subjetividad y política

Las formas de entender y nombrar la participación juvenil por parte de sus propios actores no se realiza por fuera de las condiciones de participación que presenta la sociedad en su conjunto. Por lo tanto, la principal forma de ubicar históricamente la subjetividad social respecto a la acción colectiva (de la sociedad en general, y de los jóvenes en particular) se encuentra en las características culturales que promueve el modelo neoliberal, y que han ido modificando las disposiciones individuales respecto a la política y la vida social.

Tanto así, que la denominación común que tienen una buena parte de las acciones colectivas de los jóvenes está marcada por desafección, o como me cuenta una joven rockera de Valparaíso "[…] yo soy una desesperanzada, po, con eso […]" donde "eso" es la política entendida como transformación social. En ese desfase entre lo que cotidianamente hacen los jóvenes desde sus respectivos lugares, y la acción institucionalizada de la política, se ha instalado una brecha significativa para la cual no existen todavía los puentes necesarios.

Al respecto, sostengo que al menos hay tres procesos socioculturales que inciden fuertemente en la forma en que los/as jóvenes se vinculan con los espacios políticos institucionalizados.

En primer lugar, un modo de relación adultocéntrico y paradójico en que la promesa de futuro se realiza sobre la base de hipotecar y ceder el presente. Las narrativas respecto a que "el deber" de la juventud sería el "prepararse para" va progresivamente desalojando de la contingencia a los propios sujetos que observan cómo su capacidad de agencia es secuestrada o al menos reducida a una dimensión puramente expresiva y no deliberante.

En segundo lugar, la indiferenciación de proyectos políticos que se presentan en la sociedad. Se trata de una brecha cultural de profundo alcance respecto a lo que se entiende por política, los medios y mecanismos utilizados para desarrollarla y los fines que se propone alcanzar.

En tercer lugar, existe un poderoso operador cultural que viene reconfigurando las prácticas políticas y las relaciones intersubjetivas: el consumo. No se trata de negar la capacidad reflexiva que envuelven nuestras prácticas culturales de consumo, sino más bien mostrar los nuevos contextos en los que opera. Así como es común observar afiches llamando a la movilización estudiantil, encontramos a las agentes de ventas de los bancos y casas comerciales ofreciendo tarjetas de crédito a jóvenes que aún no desarrollan una vida laboral activa12.

Dimensión de gestión política

Si tuviéramos que caracterizar con una sola frase el principal rasgo de la acción colectiva juvenil, esa frase tendría que ser la "búsqueda de la política". Esta definición de la acción de los jóvenes hombres y mujeres está muy vinculada con la necesidad de revivir, dotar de vida y, por tanto, de significado, lo que la actual sociedad piensa, define y construye como práctica política.

Esta búsqueda de la política remite, como hemos podido apreciar a lo largo de este artículo, tanto a las formas de aprendizaje político (socialización y/o cultura política), como a los contenidos y definiciones propias de lo político (ontopolítica), así como a los procedimientos y modos de acción que decidimos realizar (agencia).

En este sentido, propongo analizar la gestión política juvenil a partir de cuatro recorridos que permitan observar la forma en que los/as jóvenes de hoy encaran sus modos de relación con la sociedad (sus pares y el mundo adulto), y los mecanismos que ensayan para imaginar precisamente un mundo mejor desde la práctica cotidiana: las relaciones de género, las relaciones de poder, las relaciones de nuevas oportunidades para la acción y la emergencia de colectivos juveniles, así como las relaciones de continuidad de las organizaciones y su articulación en redes más amplias.

Relaciones de género

El gran déficit de los estudios sobre juventud es el vinculado con la dimensión de género; es como si hablar de jóvenes supusiera hablar de jóvenes hombres13. La excepción al respecto la constituye el trabajo de Maritza Urteaga, quien ha investigado las culturas juveniles desde una perspectiva de género (Urteaga, 1996 y 2002). Pero, asimismo, este vacío investigativo también se reproduce cuando se pregunta por la participación política y la acción colectiva juvenil, por lo que nos encontramos con una doble invisibilización de las mujeres.

Una de las características que presenta el tema de género dentro de las organizaciones juveniles es precisamente su visibilización. Mientras para algunos jóvenes no es tema, es decir, no aparece como una cuestión relevante a la hora de pensar las formas de agrupamiento juvenil, entre otros el tema aparece como más relevante.

Esta situación de invisibilización hacia fuera se reproduce dentro de las organizaciones también, cuando las mujeres, a pesar de llevar la conducción en términos organizacionales, no asumen una visibilidad en términos políticos ante otras organizaciones con las que se articulan, con instituciones o incluso frente a los propios medios de comunicación. Sin embargo, este proceso, incluso en las agrupaciones más tradicionales, comienza a ser resquebrajado por la acción de las propias mujeres jóvenes que ven como aparecen subordinadas nuevamente, ahora no por "la sociedad", sino por sus propios amigos.

En ese contexto de doble exclusión cultural, por mujeres y por jóvenes, no es de extrañar entonces la "sorpresa" que provoca la aparición de mujeres jóvenes como líderes sociales o políticas, aunque esa mayor visibilización aparezca como algo excepcional y que, en su reverso, sólo naturaliza las imágenes culturales construidas sobre la mujer.

Pero decíamos anteriormente que la participación de las mujeres jóvenes en sus agrupaciones no puede ser entendida por fuera de sus anclajes socioculturales específicos, como forma de no caer en generalizaciones que idealicen de una u otra manera la participación juvenil en su dimensión de género. En algo que ya había sido estudiado por los investigadores de Birmingham respecto al lugar que tienen las mujeres dentro de las culturaspunk y skinhead (Willis, 1988), y que ha sido profundizado en el caso latinoamericano por investigadoras de juventud como Maritza Urteaga (2000 y 2007), la matriz simbólica de estos estilos condiciona fuertemente y tensiona la inclusión de las mujeres que forman parte de estas grupalidades.

Lo importante para destacar respecto a la relación entre estilos juveniles y género es precisamente la visibilidad creciente que va adquiriendo esta situación entre las generaciones más jóvenes, lo que genera conflictos y tensiones no resueltos administrativamente a través de sistemas de cuotas o cargos de representación generados por discriminación positiva, sino más bien procesados políticamente por las propias mujeres en primer lugar, y, en segundo término, en el desarrollo de disputas contrahegemónicas (de género) dentro de los propios grupos juveniles.

Finalmente, el tema de las identidades de género y las sexualidades son cuestiones que aún no encuentran "un lugar" en las organizaciones más tradicionales como los partidos políticos, a diferencia de las organizaciones menos tradicionales donde estos asuntos se conversan independientemente de que el discurso sea o no llevado a la práctica.

Las relaciones de poder

Aun cuando el tema del poder es permanentemente vigilado y se vuelve objeto de preocupación para los jóvenes, y se ensayan distintas modalidades para no estratificar ni construir relaciones jerárquicas, se reconoce que es un asunto "inevitable" y, por tanto, requiere de una adecuada gestión. De allí que el poder en las agrupaciones juveniles esté repartido entre sus integrantes, convirtiendo, por ejemplo, la toma de decisiones en una actividad compartida, y aunque esta característica tiene sus excepciones, es bastante general. Incluso en organizaciones "más tradicionales y politizadas", se generan procesos de progresiva autonomía y descentralización respecto a las decisiones.

Sin embargo, existen algunas agrupaciones que funcionan a partir de una lógica más jerárquica y estratificada, lo que coincide con una acción colectiva estructurada a partir de organizaciones adultas. Un caso paradigmático son las agrupaciones juveniles que participan alrededor de organizaciones religiosas, donde si bien la autoridad se expresa de un modo más flexible, se comparten las opiniones, pero sólo decide uno de los integrantes.

Una experiencia interesante por destacar, y que impugna ciertos prejuicios instalados respecto a la horizontalidad y transparencia que posibilitan las nuevas tecnologías, es lo que ocurre a partir de las propias comunidades virtuales que se estructuran fundamentalmente a partir de ciertas adscripciones simbólicas, donde nos encontramos con una reorganización de las relaciones de poder y la consiguiente paradoja de convivir en un espacio "descentralizado" (y descentrado) con altas "centralizaciones" (y concentraciones) a la hora de la toma de decisiones respecto a las acciones que emprenderá una determinada comunidad.

De allí que sea necesario profundizar en ciertos pliegues que provocan este tipo de prácticas, y en un espacio en el que aparentemente no se desarrollan, pero que se encuentran afectadas de la misma manera que las prácticas en las comunidades constituidas principalmente a partir de la materialidad de la experiencia de encuentro. O en otras formas de grupalidad juvenil en las que la acumulación de ciertos capitales sociales y culturales (Bourdieu, 1990) permite que se ocupen posiciones privilegiadas y de liderazgo en su interior14. Específicamente en lo que se refiere a la distinción entre núcleos fundadores y núcleos emergentes, tanto dentro de cada grupalidad como en los momentos de articulación en redes más amplias.

El que el primer objetivo de una agrupación juvenil sea la preocupación por el modo de gestión política, lo que la convierte en una tarea política permanente y cotidiana, se debe fundamentalmente a que la propia acción colectiva juvenil se transforma en sí misma (como acción) en la evidencia de la propuesta política que se le presenta a la sociedad. Dicho de otra manera y siguiendo a Melucci (1999), "el movimiento es el mensaje".

Nuevas oportunidades para la acción y la emergencia de los colectivo

Llegado a este punto, me parece necesario detenerme brevemente en el análisis de una de las formas organizativas mayoritarias entre las juventudes en la actualidad: los colectivos. Una aclaración previa: estas modalidades organizativas lejos de ser leídas como unidad y totalidad (en cuanto a sus objetivos), esconden tras de sí una multiplicidad de sentidos de acción política15. Por lo tanto, propongo aquí utilizar el sentido del términocolectivo sólo en una dimensión organizativa, que no dice mucho de las orientaciones políticas que animan su constitución, pero que sí evidencia, a partir de la orgánica adoptada, una potente señal (un mensaje) respecto a las nuevas formas de constitución del vínculo social entre los/as jóvenes.

Un colectivo presenta como característica principal y más visible la cantidad de participantes que se involucran; desde colectivos de tres o cuatro integrantes que comienzan a funcionar como núcleos de estudios de pensamiento social, y, por otra parte, otros que se constituyen a partir de actividades precisas como alguna acción territorial por desarrollar en el plano cultural. En ambos casos, la opción es formar y constituir pequeñas grupalidades sobre la base de orientaciones para la acción colectiva muy precisas, que van desde la necesidad de nuevas formas de expresión de los contenidos, hasta aquellos que se articulan sobre la base del rechazo a determinados modelos de vínculo político propuesto a los jóvenes.

Una segunda característica que reconocemos es que los integrantes de los colectivos intentan romper la dicotomía cotidianeidad/política, incluso redefinir las relaciones entre público y privado como punto de partida para la concepción de política con que trabajan. Los casos emblemáticos lo constituyen los grupos juveniles articulados con prácticas de autogestión comunitaria, ya sea en modalidades de casas okupadas o en barrios populares.

Una tercera característica está vinculada a aquellas cuestiones derivadas del respeto a la individualidad de los participantes, generando un proceso que intenta posibilitar incluso su desarrollo personal. Desde esa perspectiva, la propia posibilidad de reconocimiento de la palabra constituye además de una forma política, un proceso de constitución y gestión de sí mismo.

En cuarto lugar, la densidad de los vínculos y las relaciones entre los integrantes se profundiza, constituyendo verdaderas comunidades emocionales como señalamos anteriormente.

Asimismo, una quinta característica está relacionada con las confianzas que se generan entre los participantes y que los lleva, entre otros factores incidentes, a enfrentar con vehemencia cada una de las discusiones que emprenden. La confianza, como valor central en las prácticas juveniles, permite entender también las desilusiones que se producen cuando ese valor es traicionado o atacado por alguna práctica o sujeto.

Estas cinco características presentadas, y que emergen de las propias prácticas y discursos de los jóvenes que participan de estas modalidades de agrupación, constituyen un marco adecuado para comprender empíricamente el ciclo de constitución, decisión y ejecución de las actuales acciones colectivas de los jóvenes, pero también tienen un conjunto de debilidades que desarrollaremos en el próximo punto. No obstante, a modo de síntesis, nos permiten señalar, al igual que un joven okupa de Santiago de Chile, que […]

el colectivo, creo yo, que es importante la coordinación por ser un grupúsculo chico, cachai, creemos que es super importante la coordinación, creemos que generar un lazo así como redes de colectivos, cachai, es bueno así, la discusión de ideas, tener una, siempre tener una autonomía como colectivo, cachai, llegar a conclusiones, cachai, en cuanto a estrategias cachai de hacer algo, pero la autonomía de cada colectivo no se altera, no se interviene, por eso creemos nosotros que la, que son huevas' que después, el colectivo como forma de organización (Pablo).

Relaciones de continuidad de las agrupaciones y articulación en r

El propio origen de las agrupaciones juveniles (ya sea por reactividad o por proactividad) marca un primer corte en las posibilidades de continuidad: mientras es más probable que una grupalidad se mantenga debido a que sus propósitos son más bien proactivos respecto al campo en el que se instala, la existencia de los grupos que se articulan a partir del rechazo (reactividad) es tendencialmente menor. Es el caso de las numerosas coordinadoras y agrupaciones que se han constituido a partir de eventos emblemáticos y que concitan el rechazo de algunos sectores juveniles: reuniones multilaterales como la APEC, Cumbre Iberoamericana de Presidentes, entre otras.

Pero lo que tendríamos que señalar al respecto es que estamos en presencia de una transformación que altera el propio escenario (la definición de lo político), los actores (quiénes están legitimados para actuar) y las relaciones que se constituyen entre quienes concurren a la arena política (¿representación o participación?).

Este cambio respecto a los modelos representativos de organización política es lo que, a modo de hipótesis interpretativa, origina la inestabilidad y discontinuidad en las prácticas de los jóvenes, al no encontrar un "modo de relación política" que escape a las figuras de la representación.

La refundación de los colectivos16es algo que aparece en la práctica como una cuestión que amenaza la estabilidad y continuidad del grupo. Es común que los objetivos por los cuales se constituyen vayan variando en el tiempo de acuerdo con el grado de cumplimiento de los objetivos propuestos. Pero una segunda razón por la cual los colectivos y agrupaciones de este tipo son refundadas o modifican sus objetivos originales, es la composición heterogénea de los integrantes, así como de las motivaciones diversas que los hacen incorporarse en algún momento a estas organizaciones. Lo que se releva aquí es que los objetivos (individuales o colectivos) se modifican y eso obliga a replantear la orgánica adoptada.

Estos modos o lógicas de gestión política permiten apreciar entonces la dificultad de encontrar articulaciones más amplias y que trasciendan la acción particular que desarrollan las agrupaciones juveniles. De allí que el conjunto de prácticas de articulación o de constitución de alianzas quede circunscrita a relaciones informales, fundamentalmente mediadas por amistades que participan de otras iniciativas o por casos de doble militancia17(algo que se va volviendo cada vez más frecuente), o por coincidencias coyunturales basadas, por ejemplo, en compartir un determinado territorio, que son unificadas por el enemigo común que se tiene.

Sin embargo, esa informalidad de las relaciones que se construyen entre las agrupaciones juveniles hace que ese "algún momento" siempre quede relegado a un futuro improbable y que sólo emerja en el contexto de visibilización y/o aparición de oportunidades políticas generadas por las coyunturas de convocatorias a protestas sociales o fechas emblemáticas que reúnen a diversos sectores en recuerdo de hechos ocurridos durante la dictadura. Pero pasados "esos momentos", regresa el modo de trabajo "hacia dentro" de cada colectivo u organización, lo que sigue estando como "el" objetivo pendiente sobre todo en aquellos que tienen un accionar más politizado.

Pero asimismo, este tipo de lógica se replica en aquellas agrupaciones y jóvenes que participan en espacios "menos ideologizados" y que tienen una característica más de trabajo comunitario y de voluntariado. Un aspecto interesante por destacar a su vez, es que se generan "invisibles redes" entre el aparato estatal y las agrupaciones juveniles. En el contexto de esta investigación pudimos conocer a muchos jóvenes profesionales, hombres y mujeres, que además formaban parte de agrupaciones de la sociedad civil y a partir de esa doble condición incluso gestionaban recursos que beneficiaban mutuamente a las contrapartes.

Esta situación de apoyo "desde la institucionalidad" rompe asimismo con la imagen de grupos antagónicos que no tendrían relación mutua, convirtiendo a algunos jóvenes en "mediadores informales" entre el aparato político público y las agrupaciones juveniles. En ambos casos, como señalamos anteriormente, la confianza se constituye en el eje articulador de las alianzas extragrupales; nos juntamos con quienes construimos un vínculo afectivo basado en la confianza y la reciprocidad, y ese modelo que puede permitir fundar un colectivo, intenta ser trasladado al plano más amplio de relación con instituciones y organizaciones juveniles y adultas.

Dimensiones identitaria

Para aproximarnos a las dimensiones identitarias asumimos el riesgo de analizar un conjunto de procesos que no son conmensurables de antemano, y que dependen en buena medida "del punto de vista del actor". De allí que este apartado se haya escrito siguiendo las propias distinciones que los jóvenes realizan para referirse a la continuidad yo-nosotros-ellos que enmarca sus prácticas: nos referimos a los ejes estéticas y estilos juveniles y afectividades y consensos éticos.

Estéticas y estilo

El estilo18, para los jóvenes, es algo más que una moda. Es parte integral de su vida, y la estética es el punto de partida hacia la construcción de un estilo de vida diferente. Esta distinción émica permite comprender los diversos sentidos y significados que se construyen en las prácticas colectivas, pues si bien se realiza esta distinción entre estética (moda) y estilos, y posteriormente se generarán comprensiones distintas entre estilos y política, estas operaciones de delimitación identitaria sólo son realizadas a partir de la propia trayectoria biográfica que les permite a los/as jóvenes articular los distintos componentes de manera progresiva: nadie "nace", "nos vamoshaciendo". Y es a partir de la apariencia en el vestir y en los accesorios utilizados que se marca una primera diferenciación respecto al mundo social.

De esta manera, las estéticas entendidas como moda son quizás la primera forma de presentarse en y frente al mundo, y a partir de allí comenzamos a complejizar la relación entre identidades individuales e identidades colectivas. Lo cierto es que dentro de los grupos juveniles que se constituyen a partir de estos denominadores comunes que definimos como estilos, la discusión respecto a cómo entender y cómo definir el estilo, va articulando a su vez las prácticas colectivas que se emprenden.

Esta complejidad para caracterizar unitariamente un estilo juvenil viene dada en primer término por los procesos internos por los que un joven hombre o mujer adscribe a éstos: la trayectoria constituye así uno de los principales marcadores y jerarquizadores de las posiciones que ocupan dentro de cada grupalidad. Lo mismo ocurre con aquellos jóvenes que declaran múltiples adscripciones y, por lo tanto, obliga a un ejercicio demarcador que priorice "una identidad" por sobre "su otra identidad", como les ocurre, por ejemplo, a los jóvenes rockeros de origen cristiano.

En segundo lugar, dentro de los estilos tampoco aparecen claramente definidos los posicionamientos respecto a ciertos temas como la violencia, el consumo de drogas, la sexualidad, etc., lo que va ampliando el menú de ofertas disponibles exponencialmente. Así tenemos el caso de jóvenes straight edge que se declaran veganos, no tienen relaciones prematrimoniales y están más cerca de corrientes "espirituales", y, por lo tanto, el punto de partida para la construcción identitaria es la persona; otra vertiente de este estilo juvenil, sin descuidar los componentes básicos de alimentación y no consumo de alcohol y drogas, pone el acento en la construcción de una colectividad y, por tanto, están más cercanos a la construcción de proyectos políticos y de acción colectiva que no tienen sólo que ver con el cuidado del cuerpo.

Para otro conjunto de jóvenes que forman parte de un determinado estilo juvenil, lo más importante es saber de música; eso implica escuchar bastante, estudiar, buscar, conocer. Una de las distinciones más importantes que ellos/as hacen es en relación con aquellos que no saben de música, pero que se sienten parte de los distintos movimientos o movidas musicales: esto marca la diferencia entre ser realmente, entre adscribir a un estilo, o ser "posero" y andar a la moda; lo primero es digno de respeto y lo segundo de rechazo.

Lo mismo ocurre si preguntamos por la variable de género dentro de los estilos juveniles, en tanto los estilos se han asociado por lo general con experiencias masculinas; serían principalmente los hombres los que saben más de música, conocen primero a las bandas y se interesan por este tipo de cosas, más tempranamente que las mujeres. Esta idea es debatida por las jóvenes que son parte de estas agrupaciones y que, en cierta medida, deben pelear y defender su posición, defender sus conocimientos y su trayectoria musical, frente a sus pares hombres, lo que provoca además distinciones entre las propias mujeres. Nos referimos de manera preferente a culturas juveniles rockeras o punkies donde existe una creciente incorporación de mujeres a estos tipos de grupalidades.

Lo importante de estas diferenciaciones que se van produciendo dentro de cada estilo es que permiten un progresivo nivel de conocimiento y construcción de visiones de mundo por parte de los jóvenes que adscriben a estas grupalidades, y que en la medida en que estos van haciéndose más experimentados (y menos jóvenes), algunos aspectos que anteriormente eran centrales como la vestimenta o la adopción en toda su radicalidad de las diversas estéticas se van relativizando. En la medida en que el mundo juvenil (sus estéticas y formas de vida) se van relacionando y mezclando con el mundo adulto (por ejemplo, del trabajo), este tipo de puestas en escena espectacularizadas va desapareciendo y/o se construyen estrategias de ocultamiento, aunque siempre guardando las distinciones y diferencias. En estos jóvenes lo que permanece es el estilo de vida, como concepción integral de mundo.

Por último, es necesario observar la manera en que los distintos estilos juveniles definen las formas de participar que tienen los jóvenes, pues las modalidades de participación y acción colectiva que desarrollan no son independientes de esas configuraciones culturales que denominamos estilos juveniles. Por el contrario, se encuentran íntimamente articuladas, de manera que preguntarse por "lo que los jóvenes hacen juntos" es interrogar precisamente esos marcos socioculturales que posibilitan un campo determinado de posibilidades o repertorios de acción social.

Afectividades y consensos ético

En la constitución del "nosotros" que caracteriza a las distintas agrupaciones juveniles, la variable afectividad aparece recurrentemente en los modos de significar las prácticas que desarrollan los jóvenes. Este tipo de indicadores, lejos de constituir una novedad en el estudio de los fenómenos colectivos19, adquieren importancia hoy en día en tanto muchas de las acciones colectivas que los jóvenes emprenden pasan más que por compromiso con una colectividad política, por una relación con una comunidad afectiva.

Estas afectividades que sienten con sus organizaciones están relacionadas con los valores compartidos, el encuentro con personas que comparten similares experiencias, con la posibilidad de generar lazos de amistad dentro de éstas, lazos que, en definitiva, permiten construir proyectos mayores. Y aunque la amistad no sea la motivación que "los lleva" a involucrarse, sí es un proceso que tarde o temprano aparece en las relaciones cotidianas que establecen, y va perfilando no sólo una imagen de los demás, sino que también va caracterizando al conjunto de la grupalidad. Por ejemplo, pensemos en los distintos atributos que el imaginario colectivo ha adjudicado a los jóvenes punkeros (individualmente rabiosos, colectivamente violentos) y en el polo opuesto a loshippies (individualmente amables, colectivamente pacíficos). Por lo mismo, sería un error significar la afectividad solamente de una manera armoniosa o amorosa (Alberoni, 1996), pues la misma afectividad es capaz de despertar desinterés, o incluso rabia.

Desde esta perspectiva, las formas de relacionarse que las/os jóvenes tienen, sobre todo en lo que respecta a los vínculos de amistad y amor que construyen cotidianamente y en colectivo, evidencian una significativa ruptura con los modelos tradicionales de hacer política, en tanto estas dimensiones son las que definen las posibilidades de acción y la permanencia en los grupos de los jóvenes, incluso antes que la adscripción e identificación con los "objetivos más racionales".

Finalmente, señalamos que es clave para los jóvenes que la discursividad propuesta sea capaz de ser vivida cotidianamente, y los tipos de vinculación que se producen son el resultado precisamente de la mayor o menor cercanía con la práctica del discurso sustentado: es lo que denominamos consenso ético. De esa manera, junto con la amistad emerge la confianza como valor central en la práctica juvenil.

Se va configurando un consenso ético respecto a los valores20 que sustentan la práctica colectiva, y quizás allí radique la clave interpretativa de las actuales formas de acción colectiva juvenil. Con esto nos queremos referir a la existencia de un conjunto acotado de valores compartidos entre los integrantes de una determinada agrupación y que no serían contradictorios mutuamente, todo lo cual posibilita la estabilidad y compromiso del grupo, y es la tarea principal por asegurar en determinados tipos de agrupaciones. Se produce, de esta manera, un reencantamiento de la política, ahora desde la ética. Es por ello que resultan absolutamente dolorosos los momentos en que esas confianzas, y esas transparencias, son quebradas por parte de algún integrante o de algún grupo de sujetos.

Pero lo que en primer momento aparece como una virtud (la coherencia) fácilmente se puede convertir en un estigma (inconsecuente), cuando se traiciona la coherencia, o en fundamentalismo, cuando se la lleva hasta las últimas consecuencias. Esta noción de consenso ético puede ayudarnos a su vez a comprender las militancias múltiples que adoptan en la actualidad los jóvenes hombres y mujeres; como son pocos los valores que sustenta cada organización, mientras no entren en contradicción unos con otros se puede participar de más de un espacio sin sentirse traicionando a nadie: es así como tenemos jóvenes que se dedican a las artes circenses y por esa vía tienen su propia grupalidad y sus propios espacios y temas de relación, pero a la vez son veganos y desarrollan su práctica con otro conjunto de jóvenes, y a partir de allí se vinculan con movimientos animalistas que reclaman el fin del sufrimiento de los animales.

Por lo mismo, definir cuáles son los valores que movilizan una determinada acción y, por esa vía, buscar compatibilidades con otras causas a las cuales sumarse, es un ejercicio muy delicado que al parecer requiere necesariamente una dosis de relativismo en las creencias centrales de la agrupación.

Acción colectiva juvenil y finalidades de adscripción

Asumir que la acción colectiva es un punto de llegada antes que un punto de partida en el análisis de las prácticas juveniles, implicó no simplemente describir "lo que hacen los jóvenes" e interpretar de manera más fiel posible los significados de esas acciones, sino devolver el camino y preguntarse en primer lugar qué los hace (a los jóvenes) hacer lo que hacen. En segundo lugar, supuso un desplazamiento no sólo teórico sino metodológico: ¿qué es lo que tendríamos que observar?, ¿cuáles serían los conceptos pertinentes para observar este "hacer" juvenil? Y aquí nuevamente surgía el obstáculo epistemológico de quedarnos atrapados en las formas más evidentes de acción colectiva juvenil: las organizaciones y agrupaciones tradicionales. Es por ello que fue necesario problematizar las dimensiones empiristas de estudio de la acción colectiva y sustituirlas por dimensiones más cercanas a lo cultural y lo simbólico como posibilitadoras de acciones colectivas. De allí que hayamos trabajado con el concepto de agregaciones juveniles (Urteaga, 2000), en el entendido de que el énfasis está puesto en los mediadores simbólicos que permiten constituir "un nosotros", una "grupalidad" que siempre es imaginada (Anderson, 1993).

Por lo tanto, a partir de las dimensiones expresivas, de gestión política e identitarias, he procedido a construir un mapa que nos aproxime a la diversidad de prácticas agregativas juveniles que he denominado finalidades de adscripción, que no son excluyentes mutuamente como hemos podido apreciar en el transcurso de este artículo, pero que sí nos permiten diferenciar y especificar los objetivos centrales que movilizan la acción de los jóvenes en la contemporaneidad.

La primera finalidad de adscripción reconocida es aquella que tiene como propósitos centrales la politización y el cambio social, y está compuesta fundamentalmente por aquellas agrupaciones juveniles ligadas a prácticas de la política más tradicional, con lo que nos encontramos en este caso con una diversidad de formas orgánicas como los colectivos, las juventudes políticas y las organizaciones estudiantiles.

La segunda finalidad de adscripción reconocida es aquella cuyo sentido central se orienta al trabajo comunitario en territorios claramente definidos, y que intenta poner en marcha procesos participativos con las comunidades, compuesta por diversos colectivos urbanos culturales, sociales y artísticos, que muchas veces transitan a contrapelo del sistema dominante y no necesariamente en contraposición (a veces incluso pueden dialogar con la institucionalidad, por ejemplo, recibiendo financiamiento o apoyo de instancias gubernamentales). Nos referimos aquellos grupos que expresan su politicidad a través de prácticas de tipo cultural y social. Entre ellas podemos mencionar algunas experiencias de grupos okupas y casas libertarias, que han levantado algún tipo de trabajo comunitario especialmente a través de la implementación de diversos talleres artísticos y educacionales en los que participan tanto los jóvenes miembros de la organización como los vecinos circundantes.

La tercera finalidad de adscripción es aquella que está orientada a la satisfacción inmediata de ciertas carencias a través del trabajo de voluntariado. Está compuesta por agrupaciones con altos niveles de institucionalización, creadas y dirigidas en su mayoría por personas adultas; aquí se ubican agrupaciones vinculadas con espacios religiosos como parroquias y templos evangélicos, quienes participan de centros deportivos, y los jóvenes que forman parte de organizaciones dedicadas a la beneficencia.

Una cuarta finalidad está definida por la expresividad de ciertos elementos simbólicos comunes, que se hace visible ante el resto de jóvenes y de la sociedad gracias a una estética que posee caracteres bien definidos, y que han sido vinculados con movimientos contraculturales denominados también culturas juveniles espectaculareso tribus urbanas. Estas agregaciones juveniles expresan la política de lo cotidiano, de la situación, del corto plazo, de quienes no tienen (en general) una posición militante, y que poseen un germen de politicidad distinto y diferenciado del germen de la politización: metaleros, dark, góticos, rasta regge, hip hoperos, punk, otaku, skin, y todos aquellos jóvenes que utilizan el cuerpo como resistencia. Además, expresan su parecer y desarrollan participación a través de acciones de tipo artístico vinculadas con los estilos a los cuales adscriben, realizando tocatas, festivales, talleres de música o simplemente encuentros en ciertos focos donde pueden consumir diversos productos culturales específicos.

Lejos de quedar atrapados en una fascinación juvenilista y adultocéntrica que niegue historicidad a las prácticas al invisibilizar las tensiones que atraviesan a los/as jóvenes, se trata de reconocer en estos procesos las claves comprensivas para el conjunto de la sociedad. Sólo de esa forma, la escritura de lo político en relación con los mundos juveniles no sólo hablará de desencantos y derrotas, sino también de espejos y deseos: sólo así podremos abrir puertas a una sociedad construida desde la democracia intergeneracional y el respeto a las diversas formas de vida.


Notas

1 Sobre el análisis de aquellas modalidades no estructuradas de acción social que despliegan las/os jóvenes en América Latina, y que ahí hemos conceptualizado como movidas, véase los trabajos de Valenzuela (2009), Reguillo (2000) y Urteaga (2000).

2 Un buen texto sobre el tema lo constituye Acción colectiva. Un modelo de análisis (Morales, 1999). Allí, el autor realiza una revisión de perspectivas teóricas para entender el fenómeno de la acción social y nos lleva a lecturas que van desde la visión del estructural-funcionalismo, pasando por la fenomenología y el interaccionismo simbólico, para terminar con las teorías de los movimientos sociales (Touraine) y de la acción colectiva (Melucci). Desde estas perspectivas, Morales centra sus ejes de análisis en el dilema de las ciencias sociales respecto del sistema y el actor, el orden y las libertades; del constreñimiento que ejerce la estructura sobre el actor; y de las posibilidades de invención que tiene éste en dicha estructura.

3 Se utiliza la noción descriptiva de grupalidades juveniles para referirse al conjunto de formas empíricas que adopta el estar juntos de las/os jóvenes. La más evidente al ojo del analista externo es la organización, que se caracteriza por su estructuración de las prácticas (rutinas, códigos, liderazgos). Sin embargo, existen otro conjunto de expresiones de grupalidades juveniles en que las prácticas no se encuentran demasiado estructuradas (redes simbólicas, adscripciones identitarias). Ambas formas de grupalidad juvenil son objeto del análisis que aquí presentamos.

4 Cabros de esquina refiere a la modalidad coloquial para referirse a agrupaciones juveniles informales y fundadas en la amistad que se desarrolla en los territorios de residencia. En el caso colombiano se le denomina parche, en México el símil sería banda.

5 Como señala Reguillo, la producción de visibilidad debemos entenderla como "el acceso al espacio público en condiciones equitativas de enunciación de los propios movimientos sociales […] lo que estará en juego es en qué medida los movimientos sociales serán capaces de generar las condiciones para dejar de ser 'rehenes de la fotografía' que los medios de comunicación producen sobre ellos" (2005: 55).

6 Las acciones colectivas juveniles aquí estudiadas remiten todas a construcciones colectivas de sentido, nos referimos a visiones comunes que orientan la actuación de las/os jóvenes. Desde esa perspectiva es que comprendemos a la juventud como actor social. En la base teórica de esta afirmación se encuentran los trabajos de Faletto (1986), Aguilera (2003), Valenzuela (2009), entre otros.

7 La política de comunicación juvenil remite a aquellos procesos simbólicos y comunicativos que despliegan tanto las/os propios jóvenes como el mundo adulto e institucionalizado. Se trata de una lectura que visibiliza fundamentalmente los modos de relación social entre los distintos grupos generacionales que se proponen a través de dichos procesos.

8 Esta forma de acceder al análisis de la acción colectiva está influenciada por la utilización de la teoría, fundamentada en términos metodológicos, lo que implicó trabajar con sucesivos procesos de teorización de los que esta definición no es más que el punto de partida.

9 En general, aunque no exentas de debate, algunas propiedades formales de los rituales serían repetición(tiempo, espacio, contenido, de forma), acción (implica hacer algo y no sólo decir o pensarlo, por lo tanto, no es espontáneo), estilización (acciones, símbolos extraordinarios o usados de modo inusitado, hay una complacencia en fascinar, desconcertar y confundir, no en pocas ocasiones producen disonancias cognoscitivas), orden (eventos organizados de personas o elementos culturales, tienen un principio y un fin, no excluyen momentos de caos y espontaneidad), estilo presentacional evocativo (intentan producir un estado de alerta manipulando símbolos y estilos sensoriales), dimensión colectiva (tienen un significado social, las reglas exigen que sean reconocidas públicamente y que sean transmitidas por actores pertinentes), felicidad e infelicidad (de la realización del ritual), multimedia (utilizan heterogéneos canales de expresión), tiempo y espacio singulares (fragmentan el fluir de la vida cotidiana) (Díaz, 1999).

10 La noción de adscripción que utilizamos es tributaria de Reguillo (2000) y remite a aquellas modalidades de agregación juvenil donde el componente simbólico y de sentido, o la red simbólica como la define Valenzuela (2009), son lo que define el estar juntos antes que la sistematicidad u organicidad de sus prácticas.

11 La relación entre carnaval y conflicto social está ampliamente documentada en las ciencias sociales y humanas, y también en los fenómenos empíricos que hemos observado. El último de estos ocurrió precisamente en Valparaíso en el mes de diciembre cuando en el marco de la realización de los carnavales culturales se produjeron violentos enfrentamientos entre jóvenes y policías producto de la ocupación de plazas y parques como lugares de fiesta pública con el consiguiente consumo de alcohol asociado. La acción policial para desmantelar estas fiestas espontáneas generó una fuerte reacción de los jóvenes que se tradujo en enfrentamientos durante las dos primeras noches de carnaval y tal como ha venido ocurriendo en años anteriores.

12 Los resultados de la V Encuesta Nacional de la Juventud muestran que los principales problemas de los jóvenes chilenos se refieren al endeudamiento, con un 25% de los jóvenes con deudas en casas comerciales y entidades financieras, 55% mujeres, la mayor tasa de acuerdo con la variable género. Este proceso afecta principalmente a jóvenes de sectores medios y bajos.

13 En el caso chileno, los estudios sobre juventud presentan con mayor profundidad esta característica. Quizás el único campo en donde podemos encontrar estudios sobre la materia es la sexualidad y sus problemáticas asociadas: proyectos de vida, embarazo adolescente y juvenil, etc. Lo privado aparece entonces como "lugar" de enunciación y teorización de la vida juvenil en su dimensión de género, provocando un gran descuido por aquellas cuestiones "públicas".

14 De acuerdo con Bourdieu, el concepto de capital social remite al conjunto de recursos disponibles por parte de un sujeto y que están enmarcados en una red de relaciones recíprocas e institucionalizadas. Esto implica al menos la existencia de una grupalidad a la cual se pertenece, que además posee elementos comunes y cuyos vínculos son permanentes.

15 Una investigación desarrollada por el Centro de Estudios Socioculturales (CESC, 2003, Chile) tiene como objetivo analizar "el paso de los movimientos sociales a los colectivos". Creo que allí radica una confusión teórica y metodológica a la vez, en tanto se confunden nociones de planos teóricos (movimientos) con nociones de planos empíricos (colectivos), y, por lo mismo, resulta difícil sostener una tesis de dicha naturaleza, más aún en el momento de realizar empíricamente una investigación sobre la base de estas premisas. De hecho, en conversación personal, pues no hay publicaciones todavía, los investigadores me cuentan que tuvieron que dejar de investigar colectivos y comenzar a estudiar las formas de participación juvenil en general.

16 La refundación alude al cambio de los objetivos que persigue el colectivo. Siguen los mismos integrantes, quizás mantengan las mismas rutinas organizaciones, pero se dedican "a otros temas" y no a los que originalmente dieron origen a la agrupación.

17 Si algo constituía la forma clásica de participación política era la exclusividad en la militancia. O se estaba en el territorio, o se participaba del movimiento estudiantil. Así como existía exclusividad territorial, también reconocemos una exclusividad en torno a un solo conflicto: o de clase, o de género. Eso, a la luz de las evidencias acumuladas, es lo que hoy en los mundos juveniles se encuentra en retirada.

18 El uso del concepto de estilo en los relatos juveniles es coincidente con la conceptualización utilizada por autores como Hedbige (2003) y Douglas (1998), entre otros, en cuanto a considerarlo una gramática que posibilita organizar la posición del sujeto en la sociedad.

19 Al respecto, podemos señalar los trabajos de Weber, Durkheim y Simmel.

20 La idea del consenso ético la he recuperado de Margaret Mead, a propósito de su estudio sobre la sexualidad de los jóvenes en Samoa. Ver Adolescencia, sexo y cultura en Samoa (1985).


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