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Jóvenes: cuerpos significados, sujetos estudiados

Jovens: corpos significados, indivíduos estudados

Young people: bodies meanings, subjects studied

Manuel Roberto Escobar C.*


* Magíster en Educación Comunitaria. Estudiante del Doctorado en Estudios Latinoamericanos de la Universidad Nacional Autónoma de México, UNAM. E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.


Resumen

El presente artículo propone un acercamiento a tres de los principales sentidos sobre el sujeto joven que han delineado momentos y perspectivas de los estudios elaborados en el marco de la línea de investigación en Jóvenes y Culturas Juveniles del IESCO - Universidad Central. Un primer aspecto es la irrupción de los jóvenes: de la violencia a las culturas juveniles. El otro es el paso de "la identidad" a las experiencias de subjetivación. En tercer lugar, se desarrolla la propuesta de una corporalidad juvenil en disputa. Para finalizar, se proponen algunos retos metodológicos que en concordancia con estos planteamientos han enfrentado varias de las investigaciones en el tema de juventud aquí referenciadas.

Palabras clave: jóvenes, culturas juveniles, subjetividad, subjetivación, corporalidad, metodologías de investigación.

Resumo

O presente artigo propõe uma aproximação a três dos principais sentidos sobre o sujeito jovem que têm delineado momentos e perspectivas dos estudos elaborados no marco da linha de pesquisa em Jovens e Culturas Juvenis do IESCO – Universidade Central. Um primeiro aspecto é o irrompimento dos jovens: da violência às culturas juvenis. O outro é a passagem da "identidade" às experiências de subjetivação. Em terceiro lugar, desenvolve-se a proposta de uma corporalidade juvenil em disputa. Para finalizar, propõem-se alguns desafios metodológicos que em concordância com estas propostas têm enfrentado várias das investigações no tema da juventude aqui referenciadas.

Palavras-chaves: jovens, culturas juvenis, subjetividade, corporalidade, metodologias de pesquisa.

Abstract

This article is an approach to three different meanings about the youths that have been studied by IESCO – Universidad Central in the framework of Youths and Juvenile Cultures research. The first aspect is youths break into: from violence to juvenile culture. The second one is going from "the identity" to subjetivation experiences. The third one develops the idea of a struggle for a juvenile body. Finally, as a consequence of the approaches reported here, it suggests some methodological challenges that several researches have met while studying this subject matter.

Key words: youths, juvenile culture, subjectivity, subjectivation, body, research methodology.


¿Qué nos lleva a describirnos como adultos o jóvenes? ¿Cuáles signos lo señalan en el cuerpo? ¿Qué interpretaciones damos a una u otra condición? A nivel simbólico, el dúo adulto-joven se vincula estrechamente con otros pares constitutivos de las sociedades occidentales, tales como mismidadalteridad, orden-caos, bien y mal, incluso con el de masculinidad-feminidad... El par en mención se impregna de las atribuciones de significado de estos binarismos, y aporta a las representaciones de estas sociedades, a las maneras como se imaginan la acción humana (Serret, 2001). Y es que la categorización como joven inevitablemente refiere a las interacciones entre las fuerzas del poder, el saber y el deseo, que constituyen a los sujetos y que son fundantes de la cultura.

La noción de joven aparece como pareja simbólica de la de adulto. Sin embargo, lejos de ser un par complementario, ambas categorías suelen evocar significados opuestos en virtud de los adjetivos que a cada una se le imputan. Con frecuencia, y por qué no decirlo con bastante ligereza, lo joven es esbozado como antítesis de lo adulto. Mientras que lo segundo es referido como autónomo, capaz del ejercicio de la libertad y gobernado por la razón, lo primero parece ser definido por la carencia de tales atributos, y/o por estar en proceso de adquirirlos: su potencia se atribuye más al impulso, al afán de sensaciones, a una supuesta y explícita proximidad al deseo... En esa lógica, lo adulto florece como encarnación del orden, mientras que lo joven más bien alude al caos: de ahí la urgencia de educarle, de "encauzar" su energía, de "brindarle orientación", de hacerle parte de un modelo de civilización predominante.

Joven y adulto emergen entonces como espejo de alteridad. Al marcar los propios atributos, surge la diferencia del otro, los contornos de una noción delimitan la opuesta, los movimientos de una ponen en tensión lo designado en la otra, de manera que el par juega un papel tanto de negación como de constitución: "El afuera no es el otro. El otro se constituye gracias a una armonía espacio-temporal que establece una zona de intercambio con lo mismo" (Garavito, 1999: 118). ¿Cómo configurar los límites de lo joven sin establecer –así sea arbitrariamente– las fronteras de lo adulto? ¿Cómo abordar al joven sin un correlato imaginario del adulto?

Dicho par simbólico deriva lugares y funciones sociales específicas, que si bien no llegan a concretarse plenamente, operan como ideales, como derroteros para las identidades normalizadas. Si, como se ha dicho, la juventud es una creación de la modernidad (Margulis y Urresti, 1998), los dispositivos institucionales y las tecnologías del yo1 que caracterizan dicha sociedad se esfuerzan una y otra vez por disciplinar ese cuerpo significado como joven, por forjarlo dócil hasta incorporar sus fuerzas en la máquina socioproductiva. Por tanto, hacer del joven un sujeto con plena inserción social sigue siendo un empeño de las instituciones y políticas occidentales. Lo joven aplica como concreción de las bondades de este modelo civilizatorio (por ende, se lo designa como promesa de futuro, motor del cambio social, sujeto de derechos, etc.) y, al mismo tiempo, también personifica las desgracias de la trasgresión de dicho orden, se torna en algo así como nodo simbólico de todos los males (un joven también puede ser portador de violencia y muerte, hedonista, consumidor, adicto, etc.)2. No en vano la escuela se sigue preguntando por su papel en la conformación de las subjetividades juveniles, los programas del Estado buscan incidir en la participación de estos "nuevos" ciudadanos tanto como en su "desviación" delincuencial, las ciencias de la salud y la población se inquietan sobre su sexualidad y su reproducción, la Iglesia interroga los múltiples sentidos de trascendencia que circulan en ellos/as, etc. En consecuencia, de la singularidad juvenil –con su variedad de expresiones y manifestaciones– las sociedades occidentales contemporáneas esperan una inserción educativa, laboral y familiar que precisamente es lo que define el ideal de un adulto productivo y consumidor. Lo paradójico es que dichos lugares son cada vez menos probables para la adscripción de buena parte de las personas del planeta, lo que no evita que los ideales de sujeto operen con fuerza: constituyen el cuerpo, circunscriben la experiencia e incluso definen los procesos sociales.

Sin embargo, el cuerpo se resiste una y otra vez. En la práctica social existen muchos gradientes y matices entre el par joven-adulto. Si bien cotidianamente pesan unos imaginarios estereotipados de uno y otro, las formas de encarnar lo joven y lo adulto varían, oscilan, son plurales. Las designaciones polares pierden así la universalidad de representación y la homogeneidad de este par simbólico se desgrana en diversidades. Por ejemplo, al "mundo adulto" se le propone cada vez más la posibilidad de poseer los rasgos de los/as jóvenes. Un adulto juvenil se va abriendo paso, al extremo que la vitalidad, la lozanía y el afán de experiencia se constituyen en fetiches que circulan en el mercado contemporáneo para quien pueda poseerlos; no son ya atributos exclusivos de la juventud. Por su parte, los "mundos juveniles" se visibilizan a medida que su presencia y propuestas interpelan el hoy: constituyen huella en el presente más que tránsito hacia el futuro, se habla incluso de la emergencia del joven como un nuevo sujeto social. Así, la heterogeneidad emerge en su esplendor. Ni la totalidad de los jóvenes son "promesa de futuro" o "rebeldes sin causa", ni todos los adultos se constituyen en sinónimo de adaptación y autonomía, de manera que los imaginarios sobre unos y otros se multiplican.

El punto es que el nombramiento de un sujeto como joven, y la significación del cuerpo respectivo, implica ejercicios de poder. Si bien la juventud resulta "un concepto vacío fuera de su contexto sociocultural" (Valenzuela, 1998: 38), no se trata simplemente de un significante hueco que se llene de asignaciones. Las consecuencias son más que teóricas, constituyen formas de lo social e inciden en la conformación de las subjetividades. Los distintos predicados que se dan a ese sujeto joven configuran sentidos vitales, prácticas sociales e incluso identidades. El efecto de esas nociones es performativo en el sentido de que producen las realidades que enuncian3, tienen la fuerza de constituir experiencias específicas en que la categoría joven toma diversos significados. Por tanto, el surgimiento de los/as jóvenes como sujetos con determinados contenidos y lugares sociales amerita interrogantes sobre los poderes implicados, tanto como por los momentos sociohistóricos que hacen posible tal emergencia.

Lo joven es entonces una categoría construida socialmente, construcción que obviamente no está exenta de tensiones; es una categoría que no alude a un universal ni a una generalización, sino que justamente se configura con significaciones plurales y contextuales, que además van cambiando. De hecho, las distintas acepciones sobre el joven, los distintos sentidos que implica un nombramiento u otro, con frecuencia entran en conflicto, se contraponen, implican maneras contradictorias y hasta opuestas de entender las narrativas vitales, las trayectorias existenciales y los lugares sociales de dicho sujeto. Así, la categoría joven está en permanente disputa, hay luchas por su uso, por su apropiación, por la predominancia de unos significados sobre otros. La pugna se da en distintos registros de la vida social. Un buen ejemplo está en el plano teórico, en donde se debate constantemente sobre los/as jóvenes, se los investiga desde variadas perspectivas y disciplinas, se configuran lentes epistemológicas y metodológicas para estudiarles. La academia se ha abierto a la especialización en el tema, incluso existimos "expertos/as" en este asunto. Las interpretaciones de aquí surgidas –investidas de la rigurosidad de un conocimiento producido desde las ciencias sociales– tienen consecuencias en diversos niveles; una de las más evidentes es alimentar las decisiones políticas hacia ellos/as.

Obviamente, además de la academia muchas otras instituciones entran en esta apropiación de la categoría joven, buscando designarle e intervenir según el sentido que consideran debe prevalecer. Pero también ingresan las/os propios jóvenes. La cuestión de las identidades juveniles cobra para ellos/as una importancia más que teórica. La apropiación, creación y resignificación de los significados circulantes sobre lo que es un joven les atañe en tanto posibilita su acceso a escenarios, a recursos, les inmiscuye en las relaciones de poder que les determinan. Hay en especial una lucha por la apropiación de la palabra, por apoderarse también de sus efectos performativos, por hacer visibles sus ideales y cosmovisiones, sus subjetividades. La tensión con los vectores que las/os constituyen pasa muy centralmente por la interpelación a la representación: una y otra vez cuestionan la legitimidad de la voz de quienes dicen hablar en su nombre, liderar sus intereses y sus saberes.

Algunos/as jóvenes dan sus luchas por la apropiación de la categoría en el orden participativo que la institucionalidad les propone, por ejemplo, en escenarios como la escuela y los sistemas de participación juvenil, y mediante formas colectivas del tipo organización juvenil (Escobar y Mendoza, 2005). Unos asumen modos mucho más simbólicos y singulares, signados por prácticas estéticas que también son éticas, como es el caso de la variedad de culturas juveniles que emergen en los contextos urbanos (Marín y Muñoz, 2002). Otros se expresan en dinámicas, en las que la trasgresión de la ley no es para nada un asunto exclusivamente juvenil (Salazar, 1998), y en donde la vida y la muerte constituyen concepciones centrales en su experiencia vital (Serrano, 2004). Ciertos quizás interpelan en el plano más individual, desde sus decisiones y entornos más personales. Y de otros simplemente no sabemos (por ejemplo, desconocemos notoriamente la experiencia juvenil en los distintos contextos rurales).

La disputa por el nombramiento, por el sentido de lo que es o no ser joven es entonces central en la experiencia social contemporánea. El interrogante por los/as jóvenes, por las significaciones atribuidas y encarnadas, y sus consecuencias para la vida social cotidiana, nos aboca a indagar las posibilidades de la existencia en el interjuego entre la potencia del cuerpo y las fuerzas que buscan constituirlo. El presente artículo busca entonces aproximarse a unos sentidos particulares que han "impregnado" la categoría joven desde la experiencia de una línea de investigación que por más de diez años ha estado centralmente abocada al asunto. Se pretende presentar algunos de los planteamientos, con sus desplazamientos y tensiones, que han señalado buena parte del quehacer de varias personas que se vincularon de distintas maneras y en diferentes momentos con esa apuesta que formalmente se denominó línea de investigación en Jóvenes y Culturas Juveniles del Instituto de Estudios Sociales Contemporáneos, IESCO (antes DIUC), en la Universidad Central de Bogotá. Se asume que este recorrido constituye una interpretación particular, y quizás hasta sesgada, de quien escribe sobre pensamientos, búsquedas y procesos que, por supuesto, no solo atañen a este grupo de investigación, sino a otros/as pensadores sobre el tema en Colombia con quienes hemos coincidido en varios espacios y tiempos.

La irrupción de los jóvenes: de la violencia a las culturas juveniles

Para el caso de Colombia, los estudios suelen señalar que los jóvenes "surgieron" en la década de los ochenta cargados de imágenes de violencia: acarreaban la muerte y el desconcierto social justo cuando demográficamente parecían aumentar. Incluso hay coincidencia en que su irrupción pública tuvo en el país como hito el asesinato el 30 de abril de 1984 del entonces ministro de justicia Rodrigo Lara Bonilla por dos jóvenes que se movilizaban en moto (Salazar, 1998; Martín-Barbero, 1998; y Perea, 1998). El fenómeno del sicariato propició que se constituyeran en "objeto" de una preocupación social hasta el momento inusitada, que convocó la intervención del Estado –con la creación de políticas y programas específicos– así como a la academia y sus procesos de investigación de tales realidades. Tampoco hay que obviar la espectacularidad de los medios de comunicación, que hicieron visible casi exclusivamente un solo imaginario del joven (el sicario, de sectores populares, vinculado a la delincuencia del narcotráfico y al control territorial de las urbes, se superpuso a otros jóvenes existentes, como por ejemplo, las organizaciones juveniles de corte comunitario y/o artístico con gran tradición en varias regiones del país pero con escasa visibilidad). Como consecuencia, surgió "un nuevo relato sobre los jóvenes del país [...] así como nuevas estrategias institucionales para la producción de dicho sujeto" (Quintero, 2005: 98).

Pero si bien, "ratificando la constante trágica de Colombia la juventud se convierte en actor público mediante la activación de la violencia" (Perea, 1998: 130), otras imágenes surgieron ampliando la polifonía de significados circulantes sobre dicho sujeto. Hacia 1990 la cultura política nacional asistió a una iniciativa en buena parte agenciada por ciertos jóvenes universitarios y vinculados a la formación en leyes: la convocatoria a la Asamblea Nacional Constituyente. La invitación a esta reforma de la carta constitucional del país impregnó la noción del joven con protagonismo en la ciudadanía democrática y como esperanza de las transformaciones hacia el futuro. Pronto esta imagen, más cercana a la vida y al orden social, se contrapuso a la del sujeto inmerso en las tramas de la muerte y el caos. Todo un dispositivo orientado hacia las "políticas de juventud" extendió un horizonte departicipación juvenil en aras de incentivar esta acepción de la política.

Una "tercera" imagen que apareció con fuerza hacia finales del siglo XX en los escenarios urbanos del país fue la de un joven cuya experiencia vital se narraba estrechamente atravesada por músicas y objetos culturales relacionados. Serrano (2000) señala cómo los modos de acceso al consumo, particularmente en los jóvenes de ingresos medios y altos, implican ciertas dinámicas de apropiación de los objetos culturales en que la posesión constituye un marcador del lugar social del grupo desde una lógica del "gusto y del tener", posible de satisfacer en las redes del mercado. Sin embargo, otra manera se da cuando el consumo se vincula a expresiones de corte alternativo, como por ejemplo, las culturas del rock. En ambos casos se instaura un orden del estilo como referente fundamental en la conformación de identidades, estilo que va más allá de modas o apariencia para constituirse en modo de presentarse ante los otros, de ponerse en escena, de performancia de identidad. Como lo propone Ángela Garcés:

Las culturas juveniles urbanas ofrecen un campo de investigación que supone el surgimiento de nuevos procesos de socialización e identificación grupal, ello implica un proceso de visibilización del joven durante el siglo XX. Para reconocer ese proceso, es necesario revisar la tensión entre el mundo del consumo juvenil y el mundo undergound. Considerando que mientras el primero posiciona la juventud paradigmática de la sociedad del bienestar, el segundo, se relaciona con la juventud marginal. Y entre unos y otros, jóvenes incluidos o excluidos, veremos que no es lo mismo participar de la sociedad desde dentro que desde sus márgenes (2005: 43).

Los primeros estudios se orientaron al vínculo de los jóvenes con el rock en nuestros contextos, con lo que la presencia de las industrias culturales se hizo evidente en términos de la configuración de "nuevas" formas y estilos de vida tanto individuales como colectivos. Pronto, las denominadas culturas juveniles atrajeron la mirada académica. Estudios sobre grupos metal, hardcore, punk, skinhead, hip hop, góticos, etc., enunciaron un joven muy protagónico en la producción de significados y símbolos sociales. Emergieron como constructores de culturas singulares, con cosmovisones y prácticas diferenciadas, y con formas de socialidad que no se pueden entender como previas a la adultez. La temporalidad del actor social cambió en tanto sus producciones culturales se orientaron a la construcción de narrativas y referentes para el presente, y no simplemente a la incorporación por etapas o procesos de los códigos necesarios para insertarse en la cultura dominante. Por tanto, el énfasis se trasladó de los procesos de socialización juvenil al agenciamiento cultural de los propios jóvenes.

Mientras que categorías como las de subculturas o contraculturas pacieron entender estos grupos como reactivos a las "anomalías" societales e identitarias generadas por la modernidad industrial, con un énfasis en su marginalidad y oposición respecto a los órdenes culturales predominantes, los trabajos de investigadores como Marta Marín y Germán Muñoz resaltaron una perspectiva de las culturas juveniles que las entiende esencialmente como creación, tanto de nuevas formas de comunidad, como de variados modos de existencia, de marcos de referencia y de saberes singulares. Constituyen algo así como apuestas desde la estética, pero estética de la existencia y no simplemente del estilo como forma vacía y recepción pasiva del consumo. Tampoco se explican sólo como agrupaciones neotribales en las selvas de cemento, en donde las hordas des-identificadas de jóvenes establecerían afinidades emocionales efímeras como reacción al individualismo utilitario de estas sociedades. Si se entiende un tránsito desde la modernidad racional, institucional y disciplinaria a unas sociedades en donde el poder ya no sólo busca concentrar a los sujetos en espacios cerrados (como la escuela, el ejército, la prisión o el hospital) con miras a la regularización y homogenización necesaria para un capitalismo de producción industrial, sino que además se apropia de las mentalidades, los flujos de la comunicación cotidiana y la generalidad de las relaciones sociales (Hardt y Negri, 2002), las culturas juveniles quizá resultan un ejercicio de creación resistente a este biopoder que apunta al control de la vida en su totalidad y desde su interior mismo. Así:

Al sujeto contemporáneo no sólo le cabe liberarse, sino también crearse, y en ese proceso definir prácticas de libertad, es decir, formas aceptables de existencia [...] No se trataría solamente de ejercer unos derechos determinados sino de definir nuevas formas de ser y existir (Marín y Muñoz, 2002: 21-22).

La noción de culturas juveniles pone entonces el acento en una potencia de autoconstitución de la subjetividad juvenil. Sin embargo, el concepto enfrenta varias dificultades. Una es la generalización con que pareciera utilizarse frecuentemente. En los dos estados del arte ya referido, sobre la investigación en juventud tanto de Bogotá como de Colombia, realizados desde el IESCO, se destaca un forzamiento de esta categoría para realidades juveniles que quizá no lo son. Toda agrupación juvenil no intenta formas y actos de creación propios, singulares y contextuales. Por ejemplo, el consumo y la resignificación simbólica de músicas trasnacionales puede estar presente en muchos jóvenes pero limitándose a un carácter lúdico, con lo que los estilos se tornan simplemente en modas. En tanto prime la forma, el estereotipo pesa más que el fondo de lo que se quiera significar. Por dar un ejemplo, no todo joven que usa cabello en forma de cresta hace parte de la cultura punk, ni todo punkero expresa indefectiblemente su concepción del poder con un atuendo.

El otro asunto en tensión respecto de la noción de cultura juvenil es el de la dimensión política. Tal vez habría que sopesar el lugar de lo político en cada cultura juvenil en particular, y en los escenarios y modos específicos en que se presenta. Es evidente que varias de ellas confrontan la certeza de la representación y la primacía de lo institucional sobre la acción política en la cotidianidad de los sujetos. También interpelan ejercicios de poder centrados en el autoritarismo, así como en la homogeneidad de la expresión y la participación que se considera como ciudadanía legítima. Además, re-significan lo público dotando de sentidos políticos tanto los territorios inmediatos como las prácticas artísticas. Sin embargo, no se puede obviar la reproducción en algunas dimensiones de ellas de los órdenes que cuestionan. Piénsese en la primacía del modelo masculino machista en varias de las culturas del hip hop o en ciertos rasgos de fascismo de algunas vertientes skin head. Incluso el recurso a la violencia es asunto muy cuestionable en varias culturas juveniles.

En la medida en que el énfasis del sujeto no está esencialmente en la institución, y dado el ímpetu que la acción de ciertas culturas juveniles pone en el orden simbólico, es posible, como ya se dijo, pensar en prácticas de resistencia que anidan tanto en el cuerpo como en la experiencia y el territorio inmediato de los sujetos. La fuerza está en el nivel de lo micropolítico, donde se interpelan y horadan los poderes dominantes pero de manera singular, variada y cambiante. La diferencia emerge así como posibilidad política concreta y contigua a la subjetividad, como potencia de fuga, como deslinde de órdenes sociopolíticos que se constituyen hegemónicos y naturalizados. Sin embargo, se avizora un riesgo de fragmentación social en tanto la posibilidad de constitución de horizontes políticos comunes (que no iguales) más allá de las particulares concepciones de cada cultura juvenil, puede resultar no sólo difícil sino pertinente para sistemas, como por ejemplo, el neoliberalismo. La fragilidad de la memoria en estos colectivos, en tanto recuperación de los orígenes globales y locales de su cultura, de los procesos e hitos que la han configurado, incluso de los personajes que la han liderado, es un asunto crítico en varias de las culturas juveniles, y explica esa reiterada adscripción tan sólo desde el registro de un estilo desconectado de los referentes ideológicos que lo soportan. La cooptación y trivialización de las disidencias de las culturas juveniles pueden entonces abrirse paso: "Los símbolos de la era de la globalización poseen otros modos de significar. Se mueven animados por un nomadismo incesante, desconectados de las prácticas sociales de referencia. En este contexto ¿cómo construimos sentido?" (Perea, 2007: 44).

De la "identidad" a las experiencias de subjetivación

Una pregunta que trasiega los estudios sobre los/as jóvenes, tanto como las prácticas sociales con ellos/as, es laidentidad. Dicha categoría se ha utilizado para explicar aspectos variados, desde sus comportamientos sexuales hasta sus acciones políticas. En tanto producto de la conjunción de las fuerzas del poder con formas específicas del saber, la identidad del joven suele aparecer como problemática: aquí y allá, en uno y otro grupo o situación, tiende a escapar de las normalizaciones y las estrategias que el poder-saber le impone, con lo que reiterativamente se tensionan los procesos de socialización de las instituciones, sus prácticas formales de subjetividad y su intento de fijar la identidad (la escuela es una buena muestra de esto). Es preciso aclarar que dicha tensión no es generalizable a todos los/as jóvenes, tampoco es constante en aquellos que la ocasionan, ni siempre es "exitosa" en términos de que devenga en resistencia. Tampoco obedece necesariamente a un proceso intencionado o regido por la voluntad del sujeto. Sin embargo, su aparición en algunos jóvenes y culturas juveniles irrumpe en los órdenes de la subjetividad, mostrándonos que las maneras de ser y existir que presuponemos como normales, esperables, casi naturalizadas, no lo son; y que siempre existen posibilidades de fuga, de escape, de interpelación a los poderes que someten al sujeto4.

En términos de la relación entre poder-saber y constitución del sujeto, a la producción de una subjetividad rígida, consolidada como "la" identidad, se oponen formas de subjetivación juvenil que pliegan tales órdenes e intentan ubicarse externamente a ellos: algo así como identidades liminales, que oscilan entre el adentro y el afuera5. Específicamente, aludo aquí a procesos de subjetivación en los que de manera particular los/as jóvenes ponen en conflicto los presupuestos de aquella identidad moderna que privilegia un modelo civilizatorio y lo hace universal mediante la preeminencia de un sujeto ideal: racional, blanco, adulto, burgués, varón, heterocentrado, patriarcal, etc. Ante la pretensión de esa identidad consolidada, correspondiente a un yo nítido, unívoco del sujeto, a partir del cual la subjetividad juvenil es indagada para determinar la autenticidad del sujeto –su fidelidad a sí mismo en términos de su propia sujeción al modelo prevaleciente–, emergen pluralidades de subjetivación.

Siguiendo al filósofo Edgar Garavito, y sus interpretaciones de Foucault, "sucede que la identidad es una forma del saber y una estrategia del poder" (1999: 135). En su concepto, pese a la multiplicidad de maneras del poder, su presentación puede darse en tres formas que no son excluyentes ni aisladas: la dominación, la explotación y lasujeción. En la primera hay un factor ético-cultural que prevalece para la colonización de unos pueblos sobre otros cuya diferencia es anulada. En la segunda, el énfasis está en la dinámica político-económica que separa al trabajador de aquello que produce. En la sujeción el factor relevante es éticoexistencial, en tanto se somete al sí mismo a una identidad que le es impuesta sutilmente por otro. Quizás es esta tercera forma de presentación del poder la que con más frecuencia ponen en tensión ciertas expresiones juveniles, lo que no obvia resistencias relacionadas con la clase y con la etnia. Aspectos tanto éticos como estéticos evidencian luchas juveniles contra la sujeción. La potencia de la re-creación de estéticas, de la enunciación de éticas particulares radica entonces en la extrañeza que evidencian estos jóvenes respecto de una identidad que no sólo les resulta incómoda, sino que sobre todo interpelan por sus consecuencias para la convivencia humana. Ser racionales, productivos para un incesante consumo, y estables en la díada pareja-familia no constituyen trayectorias vitales deseables por todos/as, ni consideradas como indefectiblemente convenientes para la sobrevivencia del planeta. La extrañeza juvenil ante esos "proyectos de vida" se acompaña además por ciertos distanciamientos de los saberes de las disciplinas hegemónicas y sus prescripciones para el sujeto. Miradas alternativas, cosmovisiones variadas, contradictorias y, tal vez, hasta bizarras, circulan destituyendo la verdad del conocimiento tanto como la unidireccionalidad de la existencia.

En consecuencia, hemos planteado distancias con aquellas perspectivas que asumen a los/as jóvenes, sus expresiones, estéticas y acciones, sus culturas, como construcciones momentáneas de una subjetividad inacabada, inmadura, incompleta; y que, por tanto, sus saberes son menos valiosos que los de las disciplinas científicas, el "mundo adulto" y/o los acerbos culturales que las instituciones tratan de inculcar. Desde tal enfoque se corre el riesgo de una visibilidad de lo juvenil que deriva en la escucha y la "tolerancia" de expresiones valoradas como exóticas pero de bajo rango. El encuentro con una alteridad así ilegítima e incompleta se torna inviable, con lo que la negación de ese otro signado como joven aparece para desvirtuarlo. Se ha preferido la noción de subjetivación a la de identidad, para dar cuenta de unos procesos que no asumen la identificación como una esencialidad que se consolida definitivamente en una etapa o momento de la vida, ni de manera homogénea y desconectada de las dinámicas de poder. Los procesos de subjetivación serían más bien una posibilidad permanente en toda la trayectoria vital de un sujeto: se transforman más allá de un supuesto paso por condiciones universales de cognición, de desarrollo moral o psicosexual, se articulan en estrecha relación con las condiciones discursivas que operan en una época y contexto específicos. Por ejemplo, un o una joven se puede narrar desde el rap, el hardcore o lo gótico, porque tales discursos, tales concepciones de cultura y de sujeto circulan en su época, y son susceptibles de resignificación en las condiciones socioculturales en las que él o ella están. No es un asunto de inmadurez o carencia, sino que constituye sentidos circulantes a los que justamente no sólo se adscriben jóvenes: permean también adultos narrados como artistas, cantantes, productores, aficionados, etc. Pero además, es posible que tal subjetivación implique una creación en sí mismos de diferencia, de un nuevo modo de existencia que les dé otra idea de sí y otros saberes, y les separe de lo idéntico normal y esperado, reivindicando muchas otras maneras de ser y de interpretar en el mundo.

Entender que los procesos de subjetivación de los/as jóvenes son contingentes e incluso mutables, no quiere decir necesariamente que nos hallemos ante la destrucción del sujeto y nos aboquemos a una subjetividad errante. El punto es que estas narrativas de los/as jóvenes parecieran ser flexibles y proclives al cambio a lo largo de la trayectoria vital. Dan una enunciación de la subjetividad pero no siempre definitiva, y sobre todo, no acabada. Se encuentra en permanente renovación y adaptación. De hecho, si bien aparecen culturas radicales, que expresan su adscripción identitaria como algo "para toda la vida" e irreconciliable con otros grupos definidos como sus contrarios u opositores (es el caso de algunas "barras bravas" que no se relacionan entre sí más allá del "tropel", o ciertos grupos de metal que rechazan a los hip hop y viceversa), con frecuencia sorprende encontrar agrupaciones donde lo "inconciliable" coexiste6. Por ejemplo, son varios los integrantes de culturas hip hop que no excluyen su amistad con jóvenes de otras agrupaciones; también surgen grupos donde se combina la narrativaskin head (cabeza rapada) de corte obrero o naturalista con ideologías y estéticas punkeras, e incluso con jóvenes que se nombran simpatizantes más que miembros.

Corporalidad juvenil en disputa

El cuerpo es el locus en el que algunos/as jóvenes tensan el poder y el saber que los circunda. Esto no constituye una generalidad, no ocurre en todos ni todo el tiempo. Es más bien una singularidad, una "revolución" en un microcosmos subjetivo y particular. Es un suceso, un acontecimiento, en que se mueve la propia subjetividad, pues cuestiona las fuerzas que actúan sobre ella, con lo que a los poderes de sujeción se les opone un proceso de subjetivación, de resistencia. Entonces, esa identidad en la que el sí mismo habitualmente se reconoce, deja de darse por sentada, y pasa a ser mirada con extrañeza. Extrañamiento sobre la propia condición, sobre el relato de sí, los lugares sociales que se ocupan, y por supuesto, sobre los otros y las fuerzas del entorno que determinan al sujeto. Entonces éste interviene, creando en sí mismo formas de existencia diferentes, distintas a las normalizadas y/o a las predominantes. Formas de re-creación de la existencia, a veces alternativas, a veces radicales, con frecuencia contradictorias, variadas.

Nos encontramos con el cuerpo como categoría nodal para la comprensión de las subjetividades a propósito de la relación jóvenes e institución. De una parte, ha emergido toda una constelación de sentidos políticos en los atuendos e inscripciones que ciertos jóvenes portan en su cuerpo. La apatía hacia la institucionalidad del Estado, la desconfianza hacia los sistemas democráticos de representación y frente a los vicios de la tradición política local, no siempre implica un abandono de la subjetividad política: las reivindicaciones como sujeto social, las críticas a la sociedad, las demandas de inclusión y protagonismo, literalmente se trasladan al cuerpo, se encarnan en tatuajes, adornos, vestuarios, estilos y puestas en escena extremadamente dotados de significado. Ejemplifiquemos con el caso del prendedor, que con una señal de tránsito de prohibición tacha la imagen de un policía. El significado producido interpela específicamente el autoritarismo de las fuerzas armadas, su arbitrariedad, a veces el rechazo a la obligatoriedad del servicio militar en el ejército estatal, es decir, toda una posición política.

De otra parte, al preguntarnos por las identidades en el contexto de la escuela pública en la ciudad de Bogotá7, el cuerpo apareció como la zona privilegiada en la que se materializan las disputas por la subjetividad juvenil, donde se encarna la pugna entre los sentidos de las fuerzas sociopolíticas que actúan en el escenario escolar. Procesos de subjetividad en lucha con procesos de subjetivación, sujeción y dominio, en contraste con desasimiento y resistencia, se expresan una y otra vez en el día tras día del cuerpo del o la joven.

En la escuela contemporánea encontramos el cuerpo dócil que tan exhaustivamente describió Foucault (2008). Jóvenes cuyo cuerpo es aquietado en escenarios físicamente separados del resto de la sociedad, compelidos a permanecer varias horas al día en muy pocos espacios (no se transita libre y fluidamente por el colegio) y a cumplir horarios, tareas y funciones específicas, según unos roles distribuidos. Cuerpo que hace filas, formaciones, izadas de bandera, bajo formas castrenses (incluso presenciamos alguna conmemoración de "el día del soldado") y también celebraciones eucarísticas en una educación que, sin embargo, se define como laica. Cuerpo cuya mente, forma física y fuerzas se intenta perfeccionar y hacer rendir, en la idea de hacerle "útil a la sociedad". Cuerpo con vestuario uniforme –literalmente uniformado–, examinado hasta el detalle para ubicar la infracción a la homogeneidad del atuendo: un maquillaje que no corresponde, un adorno que no cabe, un tatuaje que se nota, un corte de pelo que se destaca demasiado, un largo –de falda– o un ancho –en el pantalón– que no encajan en la medida adecuada, etc., etc. Es también un cuerpo intervenido pedagógicamente, incluso manipulado para su rendimiento por técnicas de adiestramiento como en la educación física. Cuerpo depositario del conocimiento occidental (un curriculum con gran intensidad en matemáticas, física, química, historia "nacional" y universal, geografía... y muy poca en filosofía, estética y artes) y además analizado por disciplinas científicas como la psicología y la sexología. En fin, cuerpo cuya producción se orienta hacia una subjetividad adaptativa en el sentido de la normalidad de la mayoría, que incluso se torna cuerpo institucional (por ejemplo, cuando se expresa la identificación con el colegio en rivalidades deportivas o peleas contra los "otros" de un colegio "enemigo"). Cuerpo que debiera resultar presto a la obediencia, la eficacia y el orden.

Sin embargo, las fuerzas que actúan en el cuerpo del joven no sólo son disciplinares. También hallamos en la escuela un poder cuyo control proviene ya no de la institución sino de los flujos del mercado, y que se instala en la interioridad del sujeto propiciando la autoconfiguración del cuerpo hacia modelos dominantes. La blanquitud se impone como representación ideal del esquema y la experiencia corporal, con lo que el cuerpo mestizo y afro queda subordinado al modelo anglocéntrico que los medios de comunicación y las industrias trasnacionales del entretenimiento circulan como el ideal contemporáneo de belleza:

Podemos llamar blanquitud a la visibilidad de la identidad ética capitalista en tanto que está sobredeterminada por la blancura racial, pero por una blancura racial que se relativiza a sí misma al ejercer esa sobredeterminación [...] Es la compostura de los personajes, una compostura que denotablanquitud, y no blancura de raza, lo que impresiona en la representación de la nueva dignidad humana (Echeverría, 2007: 19).

Parecerse a esos cuerpos modelos, simular su blancura, modales, estilos y consumos se convierte entonces en derrotero para la subjetividad de algunos/as. Así, se emulan personajes del espectáculo forzando el vestuario y el cuerpo mismo de acuerdo con las posibilidades de consumo que se tengan. Madonna, Britney, Rebeldes, Eminem, y tantos más se asientan en la propia corporeidad así sea mediante copias y marcas "piratas".

Estas dos formas de presentación del poder, entre otras tantas, coexisten tensamente en el cuerpo joven. Con frecuencia logran la sujeción, con lo que la corporeidad se configura desde una subjetividad plegada a la normatividad institucional y/o al modelo del consumo. Sin embargo, en esa pugna por la producción de un cierto sujeto u otro, también entran los propios jóvenes. No son simplemente depositarios pasivos de las intenciones de las fuerzas que buscan determinarlos. Hay malestares, oscilaciones, resistencias hacia esos significados del "deber ser". Como ya se ha reiterado a lo largo de este escrito, siempre emergen aquí y allá subjetivaciones que se deslindan de tales imperativos, que resignifican territorios, roles, prácticas y consumos, y configuran diferentes sentidos de existencia: creaciones estéticas, perspectivas éticas, saberes y narraciones vitales variadas, con niveles de criticidad y de interpelación a aquello que busca la fijación y la homogeneidad.

Trazados metodológicos

Para cerrar este tránsito por algunos de los sentidos que han orientado la investigación en juventud de unos personajes y grupos de investigación específicos, es importante plantear algunos de los retos metodológicos que las perspectivas expuestas implican.

En tanto en estas investigaciones se ha dado un papel central a la cultura, las metodologías han enfrentado varios retos. De una parte, se ha procurado rastrear la experiencia juvenil reconociendo el papel protagónico de los/as jóvenes en la creación de significados en contextos y culturas específicas. Jóvenes rockeros en el centro de una ciudad como Bogotá o vinculados a un grupo de hip hop en la zona de Ciudad Bolívar; cristianos que confluyen en un coliseo justo al lado del estadio El Campín donde la barras bravas se disputan emociones y territorios en torno a los equipos de futbol de un país como Colombia; otros escolarizados en colegios distritales de ciertas localidades de la ciudad capital, con matices y distinciones pese a ser "el mismo" proyecto de educación estatal, etc. Siempre una tras otra investigación en busca de la especificidad, de adentrarse en esa particularidad que implica ser joven aquí y ahora. Por ello, la generalización de los/as jóvenes como un todo homogéneo de la misma época y espacio nos ha sido difícil. Quizá compartimos esa idea de que lo más universal que tienen los humanos es precisamente su singularidad, su diferencia.

El trabajo con el relato de los/as jóvenes ha sido esencial. La narración autobiográfica, volcada a la propia experiencia juvenil, permite aproximarse a los vectores socioculturales que configuran la trayectoria vital de estos actores, así como a los acontecimientos de la cotidianidad que se constituyen en memoria. En este sentido, los relatos de estos/as jóvenes, si bien fragmentarios, circulares, no necesariamente coherentes, nos hablan de las posibilidades de la existencia. Siguiendo a Alicia Lindón (1999), las ideas, los valores, las creencias, el ethos de una cultura, el conocimiento de sentido común, esbozan el campo de una subjetividad social en cuya re-creación participan cotidianamente los/as jóvenes. Su memoria interpela los relatos predominantes de lo social, disputa las pretensiones de univocidad y totalización.

Sin embargo, lo juvenil irrumpe en las tramas de significación social no sólo desde el relato oral. Sus creaciones estéticas se tornan claves no sólo para la expresión de unas maneras particulares de ser y de comprender el mundo; ponen de manifiesto la otredad, la pluralidad de mundos posibles siempre que se viabilice una intersubjetividad en la que ellos/as sean también interlocutores legítimos. Por esto, la producción cultural de los/as jóvenes se tornó un aspecto central en el diseño metodológico y no un resultado accesorio o adicional al proceso de investigación. Es decir, se ha buscado el rastreo no sólo en los relatos de ellos/as, sino además en aquello que producen desde los diversos lenguajes. Objetos y obras entendidos como creación de cultura (videos, fotografías, composiciones musicales, carteleras, fanzines, grafitis, escenas teatrales, performance, etc.), efectuadas por los/as jóvenes participantes en las investigaciones, en donde caben por supuesto las cartografías de sus contextos y territorios existenciales, denotan una extensión de aquello que Borges nombró como extensiones del cuerpo (1979), en términos de su significación y de sus posibilidades de comunicación con "ese/a otro/a" como forma de construir el mundo8. Estos lenguajes de los/as jóvenes (verbales, gestuales, visuales, grafológicos, etc.) conducen, tal vez, a apostarle a ese nuevo paradigma en el cual existen "nuevas maneras de pensar sobre nosotros mismos, nuestra relación mutua y la sociedad en la que vivimos" (Barnett, 1998: 268). Así, las apuestas metodológicas se impregnan de acción creativa significada por unos sujetos activos en la investigación, más que investigados.

Una consideración final a propósito de lo metodológico sería la del sentido mismo de la investigación. ¿Para qué investigar en el tema juventud? ¿Por qué investigar con los jóvenes? Una vez terminada la investigación, ¿qué surge en los/as jóvenes? ¿Cómo les afecta a ellos/as y a nosotros las/os investigadores ese proceso vivido? Desde cierta perspectiva se entendió la investigación como un dispositivo que interpela en distintos niveles laproducción de lo juvenil. José Fernando Serrano, a partir de los planteamientos del español Martín Criado (1998), destaca que la posesión diferenciada de los capitales económicos, culturales, sociales y simbólicos configura una red compleja de inclusiones y exclusiones que marcan los cursos vitales de los jóvenes. Por tanto, "la pregunta por la producción de lo juvenil busca entonces situar la juventud en el sistema productivo para ver la forma en que las y los jóvenes negocian y determinan los pasos entre esos momentos vitales, entender cómo toman tales decisiones y cómo resisten o generan posiciones contradictorias en el sistema" (Serrano, 2004: 49).

Otra posibilidad es entender la investigación como un dispositivo que incide de manera micropolítica en el orden sociocultural en que están los sujetos. Cuando en el proceso confluyen diversos lenguajes, la potencia creativa del cuerpo posibilita una acción que puede ser asumida de variadas maneras. La corporalidad y sus apuestas éticoestéticas al ser "convocadas" en la investigación, pueden quedarse en el plano básico de la construcción de una información cuya utilidad radica en su interpretación por las/os investigadores. Otra manera es considerar esas creaciones como formas de "expresión" de lo juvenil, viables en el contexto en tanto no desborden el orden social establecido. Murales, fotografías, audiovisuales, bailes... pluralidad cultural juvenil es entonces bienvenida en tanto "desfogue" pero no como confrontación.

Sin embargo, resulta interesante que la producción cultural juvenil, con sus modos estéticos y sus planteamientos éticos, puede evidenciar la homogenización y las relaciones de poder en las que los sujetos viven cotidianamente. Entonces, más allá de la expresión juvenil, hay una potencia de apertura y de extrañamiento respecto de los sentidos que se reifican cotidiana e inadvertidamente como el deber ser sociocultural. Así, ahondar en los vectores que configuran la propia experiencia de un/a joven trastoca, así sea momentáneamente, la red de interacciones no sólo entre los/as jóvenes, sino con otros actores sociales, con lo que la indagación por la diferencia como aspecto central de la vida en colectivo posibilita como mínimo el asombro y quizá la pregunta crítica por quiénes somos en sociedad.


Citas

1 Acudo a la noción de dispositivos de Foucault, entendidos como prácticas de sí (tecnologías del yo) y como usos del cuerpo (tecnologías corporales). Así, los dispositivos disciplinarios actúan no sólo sobre el cuerpo sino en el sujeto mismo, por ejemplo, en su sexualidad.

2 Refiero aquí nociones de joven halladas en las investigaciones Juventud. Estado del arte. Saber joven: miradas a la juventud bogotana, 1990-2000 que coordinó José Fernando Serrano (2003) y Estado del arte del conocimiento producido sobre jóvenes en Colombia 1985- 2003, coordinado por Manuel Roberto Escobar C. (2004).

3 El sentido de performatividad es el propuesto por Judith Butler, quien enfatiza en la eficacia del lenguaje, en tanto aquello que se enuncia y se reitera termina por tener efectos de sentido social (sentidos siempre en disputa y efectos más allá de la intención inicial). Ver su libro Cuerpos que importan (2008).

4 Pienso en los frecuentes ejemplos de culturas juveniles cuya adscripción identitaria entra en conflicto en distintos niveles con las instituciones socializadoras. Jóvenes punk en franca tensión con el orden de la escuela y con las lógicas de seguridad de las ciudades occidentales, objetores de conciencia que se oponen a una subjetividad castrense impuesta por un servicio militar obligatorio en el ejército estatal, jóvenes gay en confrontación con la identidad heterosexual esperada por sus familias, jóvenes veganos en tensión con los hábitos "carnívoros" de la tradición culinaria latinoamericana, incluso jóvenes emo en franca ruptura con los modelos binarios masculino-femenino del heterosexismo patriarcal.

5 Propongo el término identidades liminales para recalcar procesos de subjetivación en los que el sujeto se distancia, se separa, del orden de poder-saber dominante que le define, relatándose en los límites, en las fronteras, sin necesariamente salirse del todo, pero siempre en contraste con la búsqueda de "la" identidad consolidada. Es decir, procesos de subjetivación en los que tales fuerzas se ubican en pliegues del afuera, que son también el adentro, y que cumplen con tres de las características planteadas por Garavito (1999: 132-133): hay creación de diferencia, se presenta pérdida de contacto con las formas del saber y con las fuerzas movilizadas por el poder, y la subjetivación es contingente. Otra posibilidad cercana, pero no similar, es comprender ciertos jóvenes y culturas juveniles más bien como identidades contingentes, posicionales, configuradas en torno al contexto y a las direcciones de sentidos circulantes (y variables) en el momento sociohistórico. La categoría de identificaciones, propuesta por Stuart Hall, podría resultar pertinente para aproximarse a configuraciones que no aluden a un yo como núcleo estable, rígido y cuya completud se supone consustancial a la adultez: "El concepto acepta que las identidades nunca se unifican y, en los tiempos de la modernidad tardía, están cada vez más fragmentadas y fracturadas; nunca son singulares, sino construidas de múltiples maneras a través de discursos, prácticas y posiciones diferentes, a menudo cruzadas y antagónicas. Están sujetas a una historización radical, y en un constante proceso de cambio y transformación" (Hall, 1996: 17).

6 Al respecto, ver el estudio piloto del 2005 "Agrupaciones, culturas juveniles y escuela en Bogotá. Estudio piloto", Bogotá, IESCO-Universidad Central/Secretaría de Educación Distrital, SED.

7 En los dos estudios sobre las relaciones entre jóvenes y escuela que refiero en este artículo, el cuerpo emergió como un locus esencial donde se manifiesta la disputa por la subjetividad juvenil. No se trata sólo de educar un cuerpo joven de una u otra manera, sino de "encarnar" proyectos de subjetividad que pretenden ser dominantes (ante lo cual surgen resistencias de los sujetos mismos).

8 Una descripción más detallada de este planteamiento se puede consultar en el "Capítulo 1: metodología", que elaboró el investigador Javier Tatis Amaya para el informe final de investigación "Agrupaciones, culturas juveniles y escuela en Bogotá: hacia la construcción de alternativas pedagógicas" (2006), que reposa en el centro de documentación del IESCO-Universidad Central.


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