Spanish English Portuguese

 

  Versión PDF

 

Editorial

La revista NÓMADAS No. 27 plantea un debate sobre el papel contemporáneo de la Universidad en la producción de conocimiento. En particular se convocan perspectivas que indagan por las tensiones y retos de la institución universitaria en los órdenes y contextos socioeconómicos vigentes, sobre la situación de las ciencias sociales en la academia, y en torno a sus dificultades y potencialidades para producir un conocimiento crítico respecto de los modelos sociales predominantes: un conocimiento plural, con voces y marcos éticos y epistemológicos diversos. A modo de apertura al monográfico, se proponen en esta ocasión las reflexiones de Jesús Martín Barbero, quien escribe como editorialista invitado.

 

PENSAR CRÍTICAMENTE ESTE ROTO PAÍS o cómo poner las ciencias sociales a convivir con la incertidumbre

Mi contribución aquí es hacer una corta y doble reflexión sobre lo que significa eso que llamamos pensamiento crítico. Pensar críticamente es pensar de manera autónoma, ‘con la propia cabeza’, viviendo y valorando la libertad no sólo en el plano de la voluntad sino en el de la razón. Pensar con autonomía significa ser capaz de tomar distancia de todas las formas de poder, de chantaje y cooptación que los diversos regímenes políticos han ido configurando a lo largo de toda la historia. Y si la capacidad de crítica resulta proporcional a la autonomía y toma de distancia de los distintos poderes, entonces la otra cara del pensamiento crítico, en una primera aproximación, reside en la capacidad de indignación y rabia frente a lo intolerable, ya sea en el terreno de la desigualdad social, política o cultural. Y es esta segunda faceta la que hace visible en este país lo ancha que es la ausencia de una masa crítica frente a tantos hechos y situaciones intolerables, capaz de indignarse pública, colectivamente.

Hace algún tiempo, en un foro internacional sobre “Diversidad cultural y convergencia digital” en Brasilia, tuve un debate sobre este tema a propósito de cómo la velocidad a la que pasan los cambios hoy, especialmente los cambios tecnológicos, nos está exigiendo tomar distancia para poder entender qué en esos cambios hay de fondo y qué hay de pura lógica mercantil y trampa comercial. Pero el debate no terminaba sino que empezaba precisamente ahí, pues crítico no tiene nada que ver con pensamiento apocalíptico, esa tramposa mezcla de determinismo tecnológico y pesimismo cultural y político tras de la cual tantos académicos e intelectuales desconcertados esconden lo que Raimond Williams (1990) destapó en Políticas del modernismo: su miedo a un futuro alternativo que trae consigo la pérdida de sus privilegios. El pensamiento crítico no puede entonces ahorrarse el debate que hemos venido introduciendo algunos en las ciencias sociales de América Latina: cuánta distancia es necesaria para poder decir algo medianamente libre, y a cuánta distancia la crítica se transforma en alejamiento que impide compartir con lo que viven, sienten y sufren la mayoría de aquellos en cuyo nombre se hace la crítica.

¿Dónde termina la distancia que te hace libre y empieza la distancia que te hace tramposo, en tanto tú ya no estás viviendo las desazones, inestabilidades e incertidumbres que atraviesa la inmensa mayoría de los ciudadanos de este país? Para ser capaces de pensamiento crítico hay que empezar por asumirnos tan precarios de certidumbres como casi todos los humanos, más allá de lo cual la crítica se torna arma de legitimación de una asimetría que si autoriza a pontificar es precisamente porque se instala por encima y por afuera de la precariedad existencial que habita el común de la gente. Que claro tenía esto esa crítica radical que fue Hanna Arendt (1960) al hacer uno de sus más fuertes reproches sobre eso: “nada, ni en el cristianismo, ni en el marxismo nos preparó para convivir con la incertidumbre”. ¡Paradoja!, si la física fue capaz de hacer del principiode incertidumbre la clave de su mayor desarrollo ya va siendo hora de que las ciencias sociales abandonen un principio de crítica que las hace impermeables a la incertidumbre, pues se justifica en certezas que tienen más que ver con saberes doctrinales que con las inestabilidadessocioculturales de los ciudadanos de hoy. Así, el pensamiento crítico tiene tanto de autonomía como de indignación –capacidad de indignación– y por lo tanto de pasión, y no solo de ascetismo y rigor intelectual.

Mi segundo modo de aproximación al pensamiento crítico tiene que ver con la continuidad que exige un pensar anclado en la investigación, más exactamente en la investigación colectiva; que es aquella que no puede existir sin asunción de una herencia y sin entrega del testigo a la generación siguiente, esto es, la investigación que le apuesta al tiempo largo. El pensamiento crítico que se construye en una investigación así representa la presencia de un cierto talante –concepto que tomo de un autor no especialmente crítico pero sí buen acuñador de términos, Ortega y Gasset (1945)– compartido por los diversos sujetos de un colectivo; y que, como el estilo, es algo que se adquiere con el tiempo, al irlo construyendo. Sólo esa especie de disposición crítica o talante, es lo que puede posibilitar que una investigación de largo alcance lo sea a la vez de largo aliento. Sin ello, sólo podremos compartir fórmulas o instrumentos incapaces de posibilitar que un trabajo largo en el tiempo se sostenga en una línea de pensamiento, sin que ella se pervierta convirtiéndose en pre-juicios doctrinarios.

Es sólo un pensamiento con memoria el que se sabe necesitado de un mínimo horizonte de futuro. Dicho de otra manera, es un proyecto de largo alcance el que es capaz de vislumbrar y apostarle al futuro. Y ahí está el verdadero sentido de lo que llamé continuidad, pues de lo que se trata no es de mera sucesión sino de travesías: un pensamiento cuya continuidad atraviesa rupturas sin disolverse pero también sin conservarse, sin guardarse “en conserva”. De ahí lo difícil de una investigación crítica que no desemboque en el mero lenguaje de la denuncia, sino que ponga ésta en un discurso muy distinto y mucho más complejo, el del diseño de alternativas.

De eso tuve también una aleccionadora experiencia en el seminario de Brasilia al que me referí antes. Frente al rating que asegura la denuncia y la proclama en ese tipo de encuentros que mezclan intelectuales con políticos, fue un sudafricano, compañero de cárcel de Mandela por muchos años y después ministro de educación, quien nos alertó sobre la infecundidad de un pensamiento crítico que, a nombre de gloriosos pasados –pesadamente etnocéntricos como desde los que hablaron varios centroeuropeos– nos impide asomarnos al futuro, por más opaco que se atisbe y más peligroso que nos parezca…a primera vista. Pues de lo que más necesitadas están nuestras sociedades es de un pensamiento que baje a la calle y dibuje figuras, por borrosas que sean, con las que construir proyectos colectivos de futuro. De lamentos y pseudoprofecías están llenas la ciencias sociales hoy, pero lo que la ciudadanía ‘de a pie’ espera de la investigación social son alternativas posibles.

Jesús Martín-Barbero


Contáctenos

Instituto de Estudios Sociales Contemporáneos – IESCO

Carrera 15 No. 75-14, pisos 6° y 7°

Bogotá, Colombia

Tels. (+57-1) 3239868 ext. 1613 – 1615

Correos electrónicos: nomadas@ucentral.edu.co