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La batalla por el pensamiento propio en Colombia*

A batalha pelo próprio pensamento na Colômbia

The battle for own thinking in Colombia

Gabriel Rerstrepo**
Natalia Castellanos***
Santiago Restrepo***


* Resumen del informe final de la consultoría realizada para el Departamento Nacional de Planeación, a quien los autores agradecen la libertad de investigación y expresión. Aclaramos que algunos conceptos críticos no comprometen a dicha institución, como tampoco a la Asociación Colombiana de Sociología o a la Red de Facultades de Sociología, Recfades, ni al Departamento de Sociología de la Universidad Nacional ni a la misma Universidad, ni al IECO, donde el investigador principal trabaja. Se trata de una investigación en curso, no concluida, pero con buen grado de avance.

** Sociólogo y escritor. Profesor del Instituto de Estudios en Comunicación y Cultura IECO, Universidad Nacional. Investigador principal del proyecto. E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

*** Antropóloga y Magíster en Antropología de la Universidad de los Andes. E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

****Antropólogo y Magíster en Economía de la Universidad de los Andes. E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.


Resumen

El tema fundamental del artículo es la relación de los departamentos de sociología y la profesión académica, con la organización de la comunidad sociológica colombiana y, en particular, con la sociología profesional, aplicada en campos distintos a la profesión académica universitaria. Al trazar un mapa del nexo entre la sociología y el mercado laboral en Colombia, se tensiona el lugar de la sociología académica, sus modos de producción de conocimiento y su relación con la sociedad y el Estado, a partir de la idea de usos prácticos de la sociología.

Palabras clave: conocimiento, usos y prácticas, sociología, mercado laboral, profesiones.

Resumo

O tema fundamental do artigo é a relação dos departamentos de sociologia, a profissão acadêmica, com a organização da comunidade sociológica colombiana e, em particular, com a sociologia profissional aplicada em campos distintos à profissão acadêmica universitária. Ao traçar um mapa do nexo entre a sociologia e o mercado de trabalho na Colômbia, tensiona-se o lugar da sociologia acadêmica, os seus modos de produção de conhecimento e a sua relação com a sociedade e o estado, a partir da idéia de “usos práticos” da sociologia.

Palavras-chaves: Conhecimento, usos e práticas, sociologia, mercado de trabalho, profissões.

Abstract

The main topic of this article is the relation between the departments of Sociology and the academic profession with the organization of the Colombian sociological community, and in particular with the professional sociology applied in fields other than the university academic profession. When mapping the nexus between sociology and labor market in Colombia, the place of academic sociology, its ways of producing knowledge, and its relation with sociology and the state are tensed, from the point of the “practical uses” of sociology.

Key words: knowledge, uses and practices, sociology, labor market, professions.


En la actualidad no tienes doctrina. Y un hombre sin doctrina se parece más a un hombre.
Gao Xingjian

Una pregunta filosófica y vital se impone como preámbulo a partir del epígrafe de este ensayo: ¿qué puede producir la “muerte social” en un pensador, como la experimentada por Nietzsche? (Sloterdijk, 2000). En principio, la soledad, luego un camino existencial desasido para abonar un método excéntrico. Y quizás, como en Nietzsche, el riesgo de la locura. Y más en Colombia, donde conocer en medio de antagonismos y secretos rompe los lazos sociales. Pero no hay más remedio para un pensamiento que, partiendo del desbordamiento, explore la posibilidad de un centro.

En esta investigación en curso, aquí resumida, se traza un mapa del nexo entre la sociología y el mercado laboral. El tema fundamental es la relación de los departamentos de sociología y la profesión académica, con la organización de la comunidad sociológica colombiana y, en particular, con la sociología profesional aplicada en campos distintos a la profesión académica universitaria. Aunque el estudio no se centra en la profesión académica, el concepto impone una definición, porque lo que interesa es examinar la profesión no académica universitaria. Y como indica el principio de Whitehead cuando dice que los hechos son tales según un orden de selección, vale su sentencia: un sistema se puede definir tanto por lo que incluye, como por lo que excluye (Whitehead, 1944). Por lo cual, es preciso distinguir la comunidad académica de la comunidad profesional.

El concepto de profesión académica remite a dos fuentes: Talcott Parsons, a quien influyó Whitehead en la noción de sistema, y el sociólogo Fernando Uricoechea. El sociólogo norteamericano, quien dedicó su obra a exaltar y estudiar el papel de la comunidad académica universitaria dentro de lo que llamó la revolución educativa del siglo XX, definió el concepto de comunidad académica así:

La comunidad académica no es un microcosmos de la sociedad, sino una parte diferenciada de ella. Esta diferenciación concierne a la obligación de desarrollar el valor de la racionalidad cognitiva. El desarrollo de esta pauta de valor distingue a la organización social del sistema académico y de sus instituciones de otros tipos de organizaciones sociales: el mercado económico, la burocracia administrativa y las organizaciones políticas democráticas (Parsons, 1973: 203, trad. G.R.).

No importa que esos valores trasvasen su pauta colegial (discusión racional de distintos puntos de vista) a corporaciones, mercado, burocracia, administración y organizaciones políticas. Es parte de un tema hoy inevitable: las relaciones entre saber y poder. ¿Cómo el saber se instituye en poder? ¿Cómo un saber puede no ser poder y aspirar a serlo? ¿Cómo en todo poder hay una constelación de saber que se propone como hegemónico? El asunto apunta a uno de los debates más candentes en la Colombia actual: la visión de lo que se llama despectivamente “la tecnocracia”. Visto de modo positivo, el concepto de tecnocracia se refiere a lo que Delors en un informe de Unesco denominó, al esbozar los cuatro pilares básicos de la educación “el saber hacer” (1996: 94-97). Uno de los grandes problemas culturales de Colombia deriva de la contrarreforma: no sólo se devalúa el saber, sino más aún el “saber hacer”: ello incluye una visión negligente frente a la empresa, la innovación tecnológica y las dimensiones aplicadas de la economía y otras ciencias sociales.

En otra definición, Parsons reitera este perfil de la pauta colegial, pero señala su distinción con la profesión no académica:

La profesión académica es aquel grupo interesado principalmente en el complejo cognitivo: con el avance, perpetuación y transmisión de conocimiento y con el desarrollo de significativas competencias cognitivas. Aunque el complejo académico es relevante para otros campos dentro del sistema académico, especialmente por medio de su función de enseñanza a aquellos que no están destinados ellos mismos a ser profesionales académicos, la profesión académica constituye el núcleo del sistema académico moderno (Parsons, 1973: 109-110. Itálica del autor, subrayado nuestro).

Indiquemos que en Estados Unidos “El número total de graduados [college graduates], que incluyen bachellor of arts y otros grados mayores como maestrías y doctorados ascendió entre 1993 y 2003 a un total de 40.621.000 con un incremento de 40% en la década”. Con un factor importante: un aumento de 12% fue en ciencia e ingeniería. De la suma total, el equivalente del bachelors alcanzaba la cifra de 32.575.000, los magísteres son 8.675.000, los doctores 1.271.000 y los profesionales 2.270.000. En relación con la pauta de empleo de los graduados universitarios de Estados Unidos en general. “El sector de la industria y los negocios empleó a la mayoría de graduados trabajadores (67%), seguido por las instituciones educativas (22% [lo que llamamos la comunidad académica] y luego el gobierno (11%)” (Kannankutty, 2006: trad. G.R.). De los 7.l156.000 que trabajaban en la educación (comunidad académica), la mayoría, 4.875.000, lo hacían en la educación preuniversitaria. El resto, 2.003.000, laboraban en colleges de cuatro grados, hospitales universitarios o centros de investigación académicos asociados, más 295.000 que lo hacían en los colleges de dos años: esta hiperbólica cifra de 2.098.000 compone en Estados Unidos la profesión académica universitaria.

El objetivo de la investigación aquí condensada y aún no concluida, es examinar los problemas de inserción y de movilidad laboral de la sociología profesional no académica universitaria, es decir, más allá de la comunidad académica universitaria dedicada a formar sociólogos para el mercado laboral1 y que, en Colombia, está constituido principalmente por el estado2, a diferencia de Estados Unidos donde, según se ha indicado, el gobierno es el destino de apenas el 11%. El examen contrasta fuentes oficiales y gremiales del mercado laboral de la sociología, concluyendo que son dispares y deficientes, y al mismo tiempo, indaga sobre los nexos entre teoría o investigación “pura” e investigación “aplicada”, donde todavía hay muchas brechas. También acoge la distinción entre disciplina y profesión, siendo la primera el campo acotado por un saber canónico y académico y la segunda su ejercicio práctico.

El estudio también organiza algunas ideas en torno a la influencia de la sociología y las ciencias sociales en la formación de los estudiantes de educación secundaria y en especial de educación media: la retroalimentación entre los distintos escalones de la educación es fundamental en la constitución de una sociedad del conocimiento. Además, las obstrucciones en la relación entre la educación superior y la educación básica y media, retardan la formación de ciudadanía a partir de estándares de racionalidad crítica, déficit asociado con los enormes problemas de gobernabilidad y fortalecimiento de la democracia.

Por definición residual, entonces, la sociología profesional se ejerce en ámbitos no académicos: principalmente en el estado y, en menor medida, en organizaciones no gubernamentales. Aunque la sociología académica puede ser “aplicada”, bien porque “no hay nada más práctico que una teoría”, bien porque se desarrollan consecuencias prácticas de la teoría, o porque se ejerce desde la Universidad la consultoría como ocurre cada vez más frecuentemente y a veces es denunciado (ante todo en las universidades públicas, que pese a ser del estado aspiran a mantenerse a raya contra su principal fuente de financiación y de empleo de profesionales), la sociología profesional se distingue de la académica por su vocación aplicada, una incluso en la cual, por las exigencias transversales el conocimiento sociológico, no se distingue de las competencias de otras profesiones, configurando lo que algunos llaman “mundo posdisciplinario”, refiriéndose al campo del trabajo corporativo y en especial al de servicios y diseño (Kelley, 2005: 8), y otros, desde perspectivas críticas “poscoloniales” como teorías sin disciplina (Castro- Gómez y Mendieta, 1998). Lo que cuenta aquí es la ductilidad para adaptarse a distintas circunstancias laborales y, por lo tanto, una formación en la competencia de competencias que es aprender a aprender en un modelo de educación permanente.

Aunque el término sea un poco vago, hablamos de los usos prácticos de la sociología y si el concepto no fuera polémico, de tecnología social (De Paulo, 2004). Lo es porque remite a la pretensión de la sociología positivista de ser una suerte de “ingeniería social”, aspiración no del todo superflua, pero que en los círculos académicos colombianos se estima como asunto de menor monta: el positivismo nunca fue crucial aquí como lo fue en Brasil, México o Argentina, debido a la barrera del modelo que el investigador principal ha denominado epidemio-teológico de la Regeneración (Restrepo et al., 1997, ver anexo al final del ensayo, publicado por primera vez3): ello mismo apunta a sospechar posiciones religiosas en estucos seculares, marxistas e incluso posmodernos. Hoy se emplea el concepto de tecnocracia gubernamental en una forma despectiva en muchos medios universitarios. Esta resistencia “criolla” al positivismo camufla el residuo colonial del divorcio entre especulación y práctica, en un talante propio de la España de la Contrarreforma y también indica un divorcio entre nuestra existencia y nuestra conciencia, posible de describir por la maravillosa distinción entre estar y ser: estamos donde no somos y somos donde no estamos, expresión que desde el barroco americano alude a la dificultad de conciliar nuestra conciencia occidental con la existencia afro e indoamericana o mestiza, pero también una inadecuación entre un pensamiento simple y una complejidad constitutiva. Esta inadecuación va de lado y lado: el estado, cuyo saber a veces es demasiado signado por un paradigma económico simple, neo-walrrasiano como lo llama Jorge Iván González, ciego a la etnografía, por ejemplo en el estudio de la pobreza, tanto como al saber académico, que elude toda significación de lo que produce la llamada “tecnocracia”.

Estos conceptos están subsumidos en una teoría de la acción social como drama elaborada por el investigador principal: la acción social es una puesta en escena donde actores (poblaciones y sujetos) se entraman en sistemas de acción (familias estratificadas en función de dinero y poder, influencia y prestigio) con libretos culturales y en condiciones de espacio y tiempo complejos. Frente a la herencia parsonsiana, nuestra teoría de acción es más heurística y se amolda a las singularidades de América Latina, como la atención a los fantasmas, a los palimpsestos, a las aporías y a los imaginarios, fundada en la sucesión de siete modelos de cultura, socialización y formación del sujeto (Restrepo et al., 1997, ver anexo).

La segunda fuente para precisar el concepto de comunidad académica es el trabajo de Uricoechea La profesionalización académica en Colombia. Historia, estructura y procesos (Uricoechea, 1999). En sus términos, “Harold J. Perkin acuñó para la profesión académica –compuesta por muchas disciplinas y muchas profesiones con arraigo académico– el nombre de profesión clave en razón de que en una sociedad profesionalizada y fundada en el conocimiento especializado, los profesores universitarios se habían convertido en los educadores y formadores de las otras profesiones” (Uricoechea, 1999: 3).

El concepto remite de nuevo al citado trabajo clásico de Parsons (1973), pero el mérito de Uricoechea es allegar otras fuentes y realizar una aplicación original a Colombia, aunque ocho años después de su publicación, las cifras deben revisarse. Siguiendo a Weber, Uricoechea distingue el concepto de oficio del concepto de profesión en términos del control del conocimiento:

como todo grupo ocupacional tiende a buscar el control de su conocimiento y habilidad técnica, lo que distingue a las profesiones en este sentido no es tanto el control técnico –como es el caso de los oficios–, sino el control del conocimiento en que se funda esa experticia, a saber, el conocimiento abstracto. A diferencia del caso de los oficios, las habilidades de la profesión surgen, en cambio, de una familiaridad con un cuerpo abstracto de conocimientos. Así pues, el control de la ocupación equivale al control del conocimiento que genera las técnicas (Uricoechea, 1999: 1-2).

Digamos que la ampliación de la profesión académica es un componente crucial de la revolución digital, en la cual los servicios, y en especial los que integran conocimientos múltiples, agregan valor a la producción y a la reproducción de la sociedad, donde se destacan los más directamente relacionados con la ciencia, la tecnología y la técnica. Como señala un estudio del Education Testing Service, sistema de evaluación adscrito a la Universidad de Princeton (ETS, 2007), la producción industrial ha caído dramáticamente frente al alza de los servicios, tendencia más acentuada de lo que señalaba ya Daniel Bell hace un cuarto de siglo (Bell, 1976).

Ello acentúa aún más el papel de la generación de conocimiento aplicado en la producción económica y a la reproducción social y el papel de la comunidad académica como agente de ellas. Uricoecha se sitúa en lo característico de la revolución digital frente a las anteriores revoluciones tecnológicas: la industrial y la eléctrica. Según la misma distinción, la profesión académica está, en relación con la profesión aplicada, determinada en mayor medida por la mayor complejidad de un saber abstracto que, empero, como teoría, posee relevancia práctica, siendo ambas mucho más complejas que un oficio. Digamos que la complejidad va de la técnica, a la tecnología y a la ciencia. Pero añadamos que hoy en día lo crucial es la retroalimentación entre ciencia, tecnología y técnica, pues avances en la técnica o en la tecnología, incluso en la tecnología social, pueden ser fundamentales para incidir en cambios científicos.

En términos de Uricoechea, “la expansión del cuerpo docente universitario en Colombia ha sido espectacular. Ha ascendido de unos 3.500 profesores en 1960 a prácticamente 52.000 para 1989” (Uricoechea, 1999: 5). Aunque la cifra mencionada por Uricoechea es importante y se ha elevado a cerca de 84.000 en el pico más alto de 2004 (SNIES, 2006), todavía es muy marginal respecto a la “hiperbólica cifra de 2.098.000 que compone en Estados Unidos la profesión académica universitaria”, sin contar otros factores decisivos como el número de doctores o de investigaciones y publicaciones que son considerados de modo crítico por Orozco (2007), y teniendo en cuenta que de todos los profesores universitarios apenas un 22% son de tiempo completo (SNIES, 2006).

Un matiz que deberá ser empleado para modificar las interpretaciones tanto de Fernando Uricoechea como de los climas de opinión en relación con el tema de la diferencia de expansión de la universidad privada (Uricoechea menciona un mayor crecimiento relativo del cuerpo docente allí, así como de matrículas4) y la universidad pública, es que durante los últimos cinco años se ha revertido la dinámica de crecimiento de una y otra: según estadísticas de MENSNIES, la proporción de estudiantes matriculados en educación superior ha pasado de un 32.9% en la pública y un 67.1% en la privada en 1995, a una en la cual de 1.212.317 estudiantes inscritos en 2005, 48.5%, ya figuraban en la pública contra 51.5% en la privada, y lo más importante, con un porcentaje de crecimiento de 19.7% de la matrícula pública frente una tasa de menos de 2% de privada.

La anterior discrepancia muestra una verdad sociológica de crucial importancia para examinar el problema de las mentalidades en Colombia: los cambios sociales son mucho más rápidos que la conciencia para admitirlos. Los imaginarios son de tal obstinación que impiden admitir nuevos hechos. Esto será fundamental para interpretar las discusiones en torno a la llamada “tecnocracia”, pero quizás también para ponderar la resistencia de la dirigencia económica a considerar cambios en las ciencias sociales y su importancia para comprender una sociedad tan compleja que no se puede encuadrar en teorías unidisciplinares.

Los cambios en la matrícula oficial y privada en educación superior desnudan las vacuidades retóricas respecto de la “privatización” de la educación superior (SNIES, 2006). Estas tendencias son corroboradas en otro estudio:

Generalidades del comportamiento del acceso a la educación superior entre 2000-2005. La participación oficial aumenta, mientras que la participación privada disminuye. El grueso de la matrícula se concentra en áreas tales como ciencias sociales, derecho y ciencias políticas, economía, administración, contaduría y afines, ingeniería, arquitectura, urbanismo y afines, mientras que la matrícula en matemáticas, ciencias naturales y ciencias de la salud es un tanto reducida. La distribución social de la matrícula muestra una diferencia de acceso preocupante al nivel socioeconómico, con un sesgo en contra de los tres quintiles con menores ingresos. Se encuentra un grado importante de concentración de la oferta de programas en las principales ciudades y departamentos (Orozco, 2007).

De nuevo, el interés de este trabajo no es empero la profesión académica sociológica, y ni siquiera su función como matriz de educadores y formadores de las otras profesiones, sino más bien el modo en el que el saber práctico generado por estas otras profesiones incide o no en dicha función y cómo constituye por sí mismo un cuerpo de conocimiento práctico de mucho valor. Se sitúa esta indagación en el otro polo del examen de Fernando Uricoechea, invirtiendo la jerarquía para sugerir que los cambios técnicos y tecnológicos en los programas sociales (pongamos por caso: cuentas sociales, participación comunitaria, Escuela Nueva) pueden inducir transformaciones importantes en la sociología como cuerpo científico y enriquecer la teoría sociológica. Porque, insistamos, hoy en día lo propio de la revolución digital es la fluidez e influencia de la ciencia a la tecnología y la técnica y de la técnica a la tecnología y la ciencia. En el caso de Colombia, podría indicarse que todo lo que la “tecnocracia” gubernamental ha acumulado en términos de un saber y de un saber hacer en el tema de la reducción de la pobreza, no ha entrado de modo general en el horizonte de la sociología o de las ciencias sociales académicas.

El supuesto que preside esta indagación y que es corroborado en los avances, faltando todavía un buen trecho del camino investigativo, es que la sociología profesional no académica ha realizado contribuciones importantes al desarrollo social colombiano en dimensiones cruciales de la formulación y el seguimiento de las políticas sociales públicas. No obstante, éstas no han sido debidamente reconocidas, no sólo por el estado, sino por la misma Universidad o por la profesión académica y, por lo tanto, no se han incorporado en la formación de los sociólogos, ni en la imagen pública laboral de la sociología, como tampoco se reflejan en la educación de los estudiantes de secundaria que se orienta más hacia la ideología, los valores enseñados en abstracto o a las creencias vagas que a una formación crítica y realista. Algunas de las innovaciones prácticas han surgido no sólo en el estado, sino en el trabajo de base de movimientos sociales, como la Investigación Acción Participativa de Orlando Fals Borda y otros que, pese a ser hoy un paradigma mundial, tardó más de un cuarto de siglo en ser apenas reconocida por la sociología académica colombiana, sin que se pueda decir que ha sido integrada en el horizonte de sus enseñanzas.

Una tesis se expone de entrada para validar esta aproximación. Dolidos por nuestros desgarramientos, los colombianos no poseemos aún la serenidad para apreciar que hemos sido en muchos campos fuente de programas de alcance mundial: la educación a distancia con la Acción Cultural Popular, ACPO, fue desde 1947 aproximadamente, pionera en el mundo; lo mismo que el Icetex fue antecedente mundial del crédito educativo masivo desde 1950; por su parte, la planeación educativa desde 1957, como está fehacientemente demostrado, anticipa el Instituto de Planificación de la Educación de la Unesco; otro tanto ocurrió con la acción comunal y la Investigación Acción Participativa, y con la formación masiva en el trabajo junto con Brasil en el SENA desde 1958 y muchas otras dimensiones, y para mencionar un hecho de enorme trascendencia, la Escuela Nueva, impulsada por la socióloga Vicky Colbert, según la página de la Fundación Escuela Nueva Volvamos a la Gente, “fue seleccionada por el Banco Mundial en 1989 como una de las 3 reformas más exitosas en los países en desarrollo alrededor del mundo que impactó las políticas públicas”. En el 2000, el Informe de Desarrollo Humano de Naciones Unidas la seleccionó como una de los tres mayores logros en el país5. La entrevista realizada en esta investigación a Vicky Colbert (septiembre 13 de 2007) muestra cuánto tesón e iluminación fueron necesarios durante décadas para consolidar un programa de cambio social efectivo más potente que miles de proclamas revolucionarias, porque ha elevado la calidad de la educación rural, en muchos casos superando a escuelas tradicionales urbanas, mediante una aproximación etnográfica al contexto.

El trabajo se encamina en lo fundamental a exaltar trayectorias de sociólogos/as pertenecientes a la comunidad profesional no académica que han contribuido al cambio social mediante programas nacionalmente pertinentes y mundialmente relevantes, de modo que sirven como modelos en la formación de nuevos profesionales, académicos y no académicos, propiciando una retroalimentación mayor entre la sociología académica y la profesional, lo mismo que conducen a la elaboración de guías para la formación de nuevos ciudadanos de educación secundaria por medio de la influencia en la comunidad académica no universitaria de maestros/as de educación media y, al mismo tiempo, ofrecen perspectivas nuevas de incorporación de los/as sociólogos/as al mercado laboral.

Un ejemplo de la importancia laboral y social de estas proyecciones se puede señalar ahora: el Programa de Desarrollo Humano, con sus antecedentes en la Misión Social, ha logrado elaborar un sistema de indicadores de calidad de vida muy completos para todos los municipios del país y perfila un programa de asistencia municipal, de enorme urgencia dados los marcos constitucionales de descentralización, pero también los niveles de deterioro de la democracia local por la violencia y la corrupción. El investigador principal sabe cuánto hay de desviación en culturas locales propicias a la corrupción familiar y comunal, entrelazada con poderes locales no siempre civiles: un trabajo a fondo en un municipio de Córdoba sirvió como laboratorio para examinar con microscopio los dramas locales, en una región que presenta frente al país los peores indicadores de calidad de vida.

Pero el investigador principal también pone en el otro lado de la balanza lo que está tentado a denominar clientelismo tecnocrático dirigido de arriba hacia abajo y que, si bien focaliza el gasto y lo lleva a donde se necesita, presenta el inconveniente de no generar o hacerlo lentamente sociedad civil municipal, en la medida en que establece una dependencia frente al estado y, en particular, frente al providencialismo presidencial, sin alterar la política local6. Y se muestra perplejo por estas tensiones entre culturas locales con clientelismo familiar y vecinal y culturas “tecnocráticas” efectivas en términos de desarrollo social, pero con escaso saldo de creación de tejido social, aunque no se desconoce la innovación de Familias en Acción al crear comunidad a través del juego.

La sociología y las ciencias sociales de Colombia nacieron en el siglo XIX con la Comisión Corográfica y en el XX con la Misión de Cultura Aldeana con una vocación de proyectarse en la transformación municipal. Hacia el futuro, habría allí un campo de enorme trascendencia, siempre que la sociología académica acoja de un modo más decisivo los conceptos y técnicas acumulados en el estado para realizar intervenciones sociales, entre ellos por cierto los generados a buena hora por los programas Acción Social y Familias en Acción, fundados en los soportes de cuentas sociales elaborados por la Misión Social primero, y luego por el Programa de Desarrollo Humano. Las mismas cuentas sociales son obra de sociólogos como Oscar Fresneda, Jesús Duarte, Diego Yépez y otros, lo mismo que los trabajos del censo deben mucho a los sociólogos Carlos Becerra, Alejandro González, Norma Pubiano, entre otros.

Para reconocer el campo de las aplicaciones prácticas de la sociología en programas sociales de gran importancia, se recopilan hojas de vida de sociólogos/as que hayan participado en la elaboración de políticas públicas relativas a las condiciones de acción (espaciotiempo); a los actores de la acción (sujetos, poblaciones); a las tramas de acción (economía, política, sociedad, familia y comunidad); o a los libretos de la acción (religión, ética pública, estética, ciencia y tecnología), según la clasificación de la teoría de la acción social como drama o performance. Con estas hojas de vida se realizan entrevistas para presentarlas en forma de relatos biográficos a través de un libro de tono narrativo para uso de la educación media, de modo que la sociología sea considerada como una aventura intelectual de mucha importancia, y la construcción de un saber relevante como uno de los modos del heroísmo contemporáneo. Es indispensable cambiar la pasión por la política minúscula por la pasión por el saber, como vía de realización de la política entendida como fortalecimiento de una sociedad civil magra como la colombiana, algo que ha de nacer en el ámbito municipal y en la educación.

Es preciso insistir en la especificidad de este trabajo en curso: no se trata tanto de examinar ni el estado académico de la profesión, tarea que ya se ha hecho en parte (Ramírez y Restrepo, 1997; Vizcaíno, 2006); ni la situación general de la investigación en sociología a través del tiempo, tarea parcialmente realizada (Restrepo, 2002a); ni las influencias teóricas en parte tratadas aquí y allá (Cataño, 1980; Vizcaíno, 2006); ni los estados del arte en distintos asuntos, de los que dio cuenta el “IX Congreso nacional de sociología”, aunque su información sea tenida en cuenta; ni la organización gremial en sí misma, aunque su historia marcada por la discontinuidad se ha reconstruido; sino las intersecciones entre la sociología académica y la sociología profesional tal como ésta se ejerce principalmente en el estado en cooperación con otras disciplinas como la economía, el trabajo social, la antropología, la psicología, y tal como ha sido practicada en los gobiernos nacionales y locales, ponderando los enormes avances en el desarrollo de políticas públicas sociales en las que se enlazan compromisos nacionales y mundiales, principalmente del sistema de Naciones Unidas: Cuentas Sociales 1986-1993; Misión Social; Metas del Milenio; programas de Acción Social, incluyendo allí el de Familias en Acción; Programa de Desarrollo Humano; Misión para el Diseño de una Estrategia para la Reducción de la Pobreza y la Desigualdad; Centro Regional para América Latina y el Caribe en apoyo del Global Compact (Pacto Global) y el Plan Visión Colombia 2019.

Como la palabra estado se ha empleado para designar el ámbito de ejercicio profesional por excelencia de la sociología, se impone una aclaración. El estado se concibe como entidad de mayor complejidad y abstracción que el Gobierno, pues comprende las ramas ejecutiva (Gobierno propiamente dicho en sus distintos niveles espaciales), legislativa y judicial, mas los distintos organismos del poder público que conforman un cuerpo con autonomía relativa (Contraloría, Procuraduría y otros). Es verdad que la sociología profesional se aplica más a la rama ejecutiva, Gobierno, aunque el único doctorado existente en sociología es el de la Universidad Externado de Colombia en Sociología Jurídica, relativo efectivamente al poder judicial. Pero la distinción se impone porque en un país con mucha importancia de la figura presidencial y del Ejecutivo en general, se tiende a confundir Gobierno con estado y esto constituye una equivocación grave sobre el carácter de nuestras instituciones democráticas, pues un Gobierno es la expresión temporal de una figura fiduciaria o de larga duración como es el estado. Dicha confusión proviene de la época del radicalismo y aún de la Regeneración, sin haber sido matizada por la reforma constitucional de 1910 que equilibró los poderes y las siguientes que tendieron a lo mismo, y está en el fundamento de una suerte de fetichismo que suele atribuir a los gobiernos todos los males del mundo y desconocer la construcción lenta y compleja de un estado que pugna por hallar un equilibrio entre política, nación y territorio.

En este sentido, suscribimos las reflexiones del columnista del tiempo Mauricio García Villegas, cuando dice:

La sociedad civil es, ante todo, un sentimiento de unidad e independencia de la población frente al poder público. Desde allí, los gobernantes son vistos como lo que son, es decir, como sus mandatarios, no como sus patrones, ni como sus padres; menos aún, como sus redentores. Por eso se les respeta y se les aprecia cuando hacen las cosas bien, pero se les critica y se les juzga cuando se equivocan o se corrompen. La sociedad civil tiene muy clara la diferencia que existe entre aquellos –los que gobiernan– y las instituciones que representan. Sabe muy bien que una cosa es estar encargado de ejercer el poder público y otra muy distinta, ser ese poder público. El Presidente no es lo mismo que la Presidencia. El Gobierno puede representar al Estado, pero no es el Estado. La Presidencia y el Estado son instituciones permanentes, que están en la Constitución y que la sociedad civil defiende con independencia de que los encargados de ejercer el poder político, es decir, los gobernantes, sean buenos o malos. Los miembros de la sociedad civil se sienten cerca de las instituciones, pero guardan una prudente distancia frente a los gobernantes. Eso les permite salir en defensa de las instituciones cuando los gobernantes atentan contra ellas (García, 1997: páginas editoriales, cursivas de G.R).

La expresión, teóricamente correcta, es empero socialmente débil, porque los imaginarios colombianos son tan persistentes en la dependencia de un Virrey, Presidente o figura providencial, como tan débil en la práctica es la sociedad civil, disgregada y fragmentada en muchos localismos y particularismos.

Aunque el referente fundamental de la sociología es el estado y más en particular el Gobierno en sus distintos niveles, es muy importante indicar que en tanto comunidad académica, comunidad gremial y comunidad profesional, es o sería parte fundamental de la sociedad civil y agente potencial de procreación y aglutinación de la misma: fue esta la idea del francés Emile Durkheim al pensar la sociología y en general, el papel de las profesiones como grupo intermedio entre el estado y los individuos, de gran valor junto con otros grupos intermedios y movimientos sociales para constituir una sociedad civil y un orden democrático diferenciado y pluralista, más allá del predicamento positivista original que veía, tocado por la Ilustración, en los ingenieros y en la técnica la cohesión de un nuevo orden. Frente a ellos, el juicio de Durkheim era claro: la técnica (y añadimos, el mercado) no puede instaurar por sí misma un orden moral social. En esto coincide, aunque con una visión más secular y compleja, con la polémica de Caro contra nuestros positivismos ingenuos decimonónicos, muy descoloridos. Que estas asociaciones, como muchas otras, sean débiles, apunta al mayor deslumbramiento que posee el Gobierno como encarnación de todo el estado, pero a la vez indica una agenda de fortalecimiento en la que deben participar instituciones como Colciencias, el Icfes, los ministerios de Cultura, de Educación y de Comunicaciones: promover las asociaciones profesionales como medios de expresión de la sociedad civil. Y es una agenda muy distinta a la de un socialismo ingenuo que predica el fortalecimiento abstracto del estado o a la de un liberalismo a rajatabla que predica la libertad de individuos o mercados.

Otra distinción se impone: después del Acto Legislativo No. 1 de 1986 que instituyó la elección popular de alcaldes y otros temas de autonomía municipal, y que propiamente desmontó antes de la Constitución de 1991 la de 1886, en el mismo centenario de ésta, es clave distinguir entre Gobierno central, Gobierno departamental y Gobierno municipal. Dicho Acto, que se puso en práctica con la primera elección de alcaldes, hace dos décadas (efemérides que se ha pasado por alto), promovió una mayor flexibilidad política que incide en marcos y estrategias para los programas económicos y sociales con muchas variantes, como las que se han experimentado en Bogotá en los últimos veinte años, que contrastan con la degradación de muchos poderes locales. La sociología profesional no ha sido ajena al juego de posibilidades creada por estos “senderos que se bifurcan”, para emplear una metáfora de Borges. Pero para indicar una tarea hacia el 2019, en la reconstitución de los poderes municipales y locales hay un enorme potencial para el desarrollo de la sociología, si sabe entroncarse con las agendas nacionales, regionales y locales de lucha contra la pobreza y de fortalecimiento de la democracia desde el municipio, por no hablar de lo que significaría la reintegración de excombatientes tras una solución del conflicto armado y la consolidación de la convivencia regional y municipal.

Hay que añadir, empero, que pocos sociólogos trabajan en las ramas legislativa o judicial, lo mismo que en los movimientos sociales y mucho menos en la empresa privada7, por ejemplo, y ello es notable, escasísimos en empresas de consultoría o de opinión: lo cual da cuenta, todavía, del carácter neoborbónico que pesa como imaginario persistente en nuestras instituciones públicas, para emplear un término que Marco Palacios retoma de Frank Safford (Palacios, 2002: 262). Pero también hay que insistir en la tradicional concentración temática de la sociología en el asunto del estado o del Gobierno y su descuido de otros tópicos importantes de la vida civil, pongamos por caso el deporte, la fiesta, la moda, la belleza, la cocina, salvo en algunas líneas más duras que corresponden a la sociología de la empresa, como el libro clásico de Alberto Mayor Mora (1984), de la industria, en los trabajos de Anita Weiss o en los trabajos hechos por Valero (1999), y, en los últimos tiempos, algunos elementos de los estilos de vida contemporáneos, como juventud, género y otros.

Los avances de esta investigación señalan otro punto problemático: no solamente existe poco intercambio de ideas entre la academia sociológica y el ejercicio profesional de la sociología en el ámbito más común de su realización que es el estado, sino incluso una incomprensión recíproca que oscila entre la indiferencia y la hostilidad. En oposición a otras disciplinas como el derecho, la ingeniería, la administración o la economía, donde esa relación es fluida, en la sociología es escasa por las distintas razones que hemos refrendado. Este aislamiento es proclive a generar una pauta muy contraria al “ideal de lo práctico” (Safford, 1989), a diferencia de la orientación más bien pragmática de la economía o de la ingeniería. Si en algunos casos esa distancia puede dar lugar a la elaboración de teorías o de líneas de investigación que precisan de larga duración y demuestran su utilidad sólo al cabo de mucho tiempo, validando el dicho kantiano de que “no hay nada más práctico que una buena teoría”, en otros se traduce más en un mundo de creencias casi religioso contra un pensamiento templado por las restricciones y transacciones propias de enfrentarse a dilemas de acción. En la excelente entrevista realizada por los investigadores a Javier Sáenz, figura crucial porque sus puntos de vista son posmodernos, es decir, múltiples, dice del Departamento de Sociología de la Universidad Nacional: “Básicamente es un departamento institucionalmente cristiano. ¿Qué quiere decir esto? Que es un departamento en el que ha dominado históricamente la búsqueda de la Verdad, y el juego de la verdad en Occidente, sólo es posible con altos niveles de abstracción, de teorización” (entrevista a Javier Sáenz, septiembre 2007).

La propia experiencia del investigador principal de haber ejercido una actividad en los dos ámbitos, lo habilita para comprender “lo mejor y lo peor de los dos mundos” (Restrepo, 1994) y proponer reconocimientos mutuos, mediación difícil porque en un país caracterizado por las oposiciones antagónicas, estar “entre” y no “en” es recelado como una ambigüedad condenable.

Uno debe esforzarse para mencionar al menos ocho profesionales de la sociología que hayan pasado por el estado en posiciones de alta responsabilidad técnica, y que hayan retornado posteriormente al oficio académico de tiempo completo, mientras que no es difícil recordar muchos nombres en la economía u otras profesiones que han cambiado de ámbitos profesionales a académicos y viceversa8. Ello para no decir que sólo hay tres casos de sociólogos, Orlando Fals Borda (Secretario Técnico del Ministerio de Agricultura, presidente honorario del Polo Democrático), Jaime Niño (Director del Icfes e Icetex, Ministro de Educación) y Víctor Reyes Morris (Representante a la Cámara), que alcanzaron puestos de responsabilidad política, caso diferente al del Brasil en donde el sociólogo Cardoso, discípulo y colega de Alain Touraine, ejerció la presidencia. Y aunque en este filtro haya factores de la política y la cultura que trascienden el juego de una disciplina profesional, no deja de ser muestra elocuente también de una cierta clausura de la misma sociología frente a la acción práctica, y de un recelo de la sociedad frente a la sociología como poder, sin duda derivado de la decisión de Camilo Torres Restrepo de unirse a la guerrilla.

De hecho, una de las acusaciones que emergen de los medios académicoas es la de la alta movilidad de la “tecnocracia” entre la Universidad de los Andes, el estado y en particular el DNP e instituciones como Fedesarrollo. Resulta, empero, que la propia universidad pública renunció en los años sesentas a desempeñar un papel de orientación estratégica de la planeación, cuando Lauchlin Currie propuso esta alianza. En la investigación se medita con detenimiento sobre una pregunta contrafáctica: ¿qué hubiera ocurrido si se hubieran aliado el impulso de la modernización universitaria de Mario Laserna y José Félix Patiño, con los carismas y liderazgos sociales del católico Camilo Torres Restrepo y el protestante Orlando Fals Borda, el saber de Lauchlin Currie, Darío Mesa, Luis Ospina Vásquez y Jaime Jaramillo Uribe? Otro hubiera sido el resultado: millones de vidas salvadas y un saber más creativo en instituciones fuertes. Pero la pregunta es nula, porque la fascinación por la violencia cercenó estas posibilidades. Aunque la sociología colombiana no tuvo cortes tan dramáticos como en el Cono Sur, Nicaragua o Cuba, la situación fue muy distinta a Argentina y Chile porque allí institutos como el Torcuato di Tella en Buenos Aires y la Corporación de Investigaciones Económicas para Latinoamérica (Cieplan) de Santiago de Chile mantuvieron relaciones fructíferas entre economía y sociología, aún en condiciones exteriores hostiles. ¡Y ello, gracias al apoyo de la Fundación Ford, expulsada por un movimiento estudiantil de la Universidad Nacional que abortó lo que prometía ser uno de los centros más dinámicos de América Latina en reflexión sociológica crucial! La Fundación Ford, que apoyó estos centros y que fuera expulsada de la Universidad Nacional, fue crucial en el nacimiento de instituciones como Fedesarrollo, el Instituto SER y el CEDE, entre otros.

La impermeabilidad frente a la práctica ya ha sido tema de indagación en la sociología clásica. En el libro El Antiguo Régimen, Tocqueville (1952) diferenciaba el talante pragmático, escéptico y predispuesto a transar propio de los ingleses, del francés ilustrado que, lejano frente al estado, figuraba mundos posibles pero poco probables. Por supuesto, no es asunto de elegir en abstracto porque el pensamiento de lo posible posee un propio valor heurístico como estrategia de conocimiento (no hay un gas perfecto, ni ausencia de fricción, ni contrato social natural, pero estas ficciones han sido útiles para sondear la realidad)9, sino de describir dos estilos que son, de modo exacto, paralelos en Colombia, y que por serlo no sopesan sus diferencias. Este es un tema recurrente en todos los balances respecto a la investigación teórica de largo aliento y la investigación aplicada y la consultoría, incluso en la economía, donde el asunto ha sido considerado en forma más fina (Bejarano, 1996; Gómez, 1995: Gómez y Jaramillo, 1997). Pero también cabría hablar de la resistencia de un saber hecho poder frente a visiones o perspectivas distintas, que se rige, en extremo y en caricatura, por supuesto, por esta observación de Henry Adams: “La capacidad de ignorar distingue al hombre práctico” (Adams, 2001: 88).

La investigación ha estimado el número posible de sociólogos en Colombia, a través de muchos cálculos tortuosos dada la discontinuidad: hoy habría de 6.000 a 8.000, un número poco mayor que el de antropólogos, pero muchísimo menor, quizás en una cuarta parte, del número de trabajadoras sociales, cuyo oficio es más práctico. Tras una serie de ponderaciones, se prevé que para el año 2019 la comunidad sociológica podría situarse en cerca de 20.000 sociólogos si se producen reformas sustanciales en la educación superior, entre ellas la muy resistida de graduar la formación básica de dos años de estudios generales, dos años de estudios profesionales, dos de maestría o cuatro de doctorado. Tareas prioritarias para estos 20.000 sociólogos serán la intervención en la transformación de la vida de los cerca de 1.100 municipios del país, en un programa que siga las huellas de lo que se propuso la Comisión de Cultura Aldeana. Sería un modo de crear sociedad civil. La participación de la sociología en empresas tendería a aumentar.

Se habla de reformas urgentes en la Universidad en relación con la sociología y a las ciencias sociales, porque como se expone en la investigación en un capítulo extenso, la resistencia a adoptar el modelo universitario de Estados Unidos no tiene justificación alguna, aunque sea comprensible la resistencia desde la Reforma de Córdoba de 1918: pero se ha arrojado al niño (un modelo universitario que, se quiera o no, es el mejor del mundo) con el agua sucia (la comprensible reacción frente a rasgos imperiales de Estados Unidos).

Al ponderar las anteriores relaciones y otras que se consideraron en la investigación, es inevitable referirse a las constelaciones ideológicas en las cuales las pasiones son muy fuertes, tanto más en un país que ha sido formado en mentalidades maximalistas de catecismos desde el que escribiera Astete en 1599 y en cánones minimalistas de ética desde el Manual de urbanidad y buenas costumbres (1852) de Manuel Antonio Carreño (Restrepo, 2005), problema acentuado por los juegos de suma cero: para ganar alguien algo ha de quitarle algo a otro; por el bajo grado de confianza interpersonal, con la alarmante cifra de 10% (Cuellar, 2000), que aunque con un aumento extraordinario de confianza en los últimos años, según la investigación de capital social del sociólogo John Sudarsky, todavía muestra mucha penuria en creación de sociedad civil; por la primacía de la competencia sobre la cooperación; y por las fragmentaciones de la sociedad colombiana. Como toda tesis, la que expuso Marco Palacios en el final del ensayo citado, puede ser discutible, pero contiene muchas intuiciones iluminadoras y por ello se justifica esta extensa cita:

En una entrevista que concedió lord Skidelsky a The Economist el 9 de diciembre de 2000, a raíz de la aparición del tercero y último volumen de su biografía de John Maynard Keynes, sostuvo que, pese al poderío de la prosa y la lógica del gran economista, la pertinencia de sus pensamientos provino del desorden mundial que reinaba al comenzar la década de 1940. El biógrafo recordó cómo en 1940 Keynes había escrito en tono pesimista que, por primera vez desde la ilustración, “Hobbes nos dice más que Locke”. Guardadas todas las distancias y advirtiendo que ninguno de estos dos grandes clásicos ingleses del pensamiento político moderno fue realmente conocido por Caro y Núñez, la fascinación que la Regeneración ejerció sobre muchos espíritus del siglo XX colombiano pareció estribar, precisamente, en ese mensaje premonitorio: en tiempos turbulentos un pensamiento como el de Hobbes nos dice más que el de Locke. Y no creo que las actuales circunstancias colombianas, en que estamos recogiendo las siembras del último medio siglo, estén para la lógica del sujeto político libre de Locke, que ya da por supuesto el estado. Parecen inclinarnos más hacia la lógica de Hobbes de armar primero el estado para que enseguida pueda erguirse y ascender el sujeto político libre (Palacios, 2002: 278).

La expresión “armar primero el estado” suena bastante dura, pero quiere decir lo que Max Weber consideraba como la razón de ser de una entidad política en un territorio: obtener el monopolio absoluto de la fuerza para ejercer la justicia con carácter abstracto e impersonal. La mayor parte de los estados y de los pueblos ha pasado por allí para acceder con alto precio a la modernidad: Estados Unidos con la Guerra de Secesión y Lincoln, Alemania con Bismark y Japón con la reforma Meiji en 1870. Nuestro destino no es diferente del de la lucha de las naciones por hacerse merecedoras de esta gracia, cuya hora quiera el destino que llegue más pronto que tarde y ojalá con mayor decisión política que militar, aunque esto depende de la voluntad de negociar de la insurgencia, de la cual no hay señas.

Por esta razón, en los tiempos largos cualquier investigador de la historia de las mentalidades hallará que son excepcionales la mesura “liberal” o, digamos, de corte clásico, de pensadores como Carlos Arturo Torres con su libro Idola Fori (1969) o aún Jaime Jaramillo Uribe con su formidable volumen El pensamiento colombiano en el siglo XIX (1982). Precisamente, por la ausencia de estos valores que, luego de un espíritu militante, encarnara Uribe Uribe antes de su asesinato trágico en 1914, pagamos un alto precio para situarnos con dignidad ante nosotros y ante el mundo. La pugnacidad resultante de “nuestros viejos y queridos odios” es la que explica en su mayor parte por qué nuestras instituciones modernas, entre ellas las universitarias, no pasan de un cierto nivel de dilemas más bien anacrónicos.

De todas las expresiones anteriores, surge un ideario: la sociología ha de jugar un papel crucial tanto en la consolidación de un estado democrático mediante la creación de una sociedad civil como expresión autónoma de la nación y como parte de uno de los tantos cuerpos intermedios entre ella y el estado, si supera sus propias disensiones y su divorcio entre disciplina y profesión. Es allí donde cobran vigencia los frentes de acción vinculados a la transformación de la educación básica, secundaria y media, lo mismo que aquéllos que buscan la reducción de la pobreza, la organización de la comunidad y la intervención en la transformación de la vida municipal. Sustituir el espíritu de militancia antagónico por una militancia por la convivencia es un imperativo que requiere de nuevas brújulas axiológicas y epistemológicas.

Para ello, la mayoría de edad en las ciencias sociales reclama unas ciertas condiciones de “universalidad” que promuevan una autoconciencia elevada a la máxima potencia señalada por algunas de las vías de trabajo más maduro del pensamiento del siglo XX: la primera, la mirada crítica frente a la orientación axiológica del investigador, Wertbeziehung, que implica un desprendimiento o autocrítica de los propios de juicios de valor, Werturteil, basada en una ética de responsabilidad contra una ética de convicción (Weber, 1965), y que obliga a considerar los hechos incómodos y, por tanto, la permanencia en una libertad de valor, Wertfreiheit (Weber, 1967), algo que está muy lejos de la “objetividad” a rajatabla como se leyó en Estados Unidos a Weber, malinterpretando el sentido de su “neutralidad valorativa”. Tal distinción es de crucial urgencia en la formación social de los estudiantes de secundaria y en especial de educación media y en la generación de una confianza en la razón como medio de dirimir controversias en la sociedad colombiana10.

La segunda referencia es la teoría de la reflexividad que tanto importa para el pensamiento y la acción en sociedades contemporáneas, sociedades de riesgo permanente, como Colombia ante el riesgo de recaer en umbrales de violencia, y que demandan una observación de tercer grado de todos los sujetos y con mayor razón de los “intelectuales”, ya implícita en Max Weber. Dicha reflexión potenciada exige, como señalan los dichos, pensar más de tres veces antes de enunciar el pensamiento, pasarlo por tres cedazos de crítica propia mediante el contraste de ideas opuestas.

La tercera es la obra clásica de Henry Adams, La educación de Henry Adams, tan ignorada en Iberoamérica pese a ser Adams el autor del libro de no ficción más decisivo en lengua inglesa del siglos XX, según la Modern Library, junto al Ulises de Joyce en ficción (Adams, 2001; Restrepo, 2000: 5), En ella el autor formula el curso de su vida no sólo como un aprender a aprender o una formación continua, mucho antes de que se acuñaran estos conceptos, sino como un aprender a desaprehenderse, es decir, como una permanente crítica a sí mismo, casi semejante a la que inscribe Darwin en su Autobiografía: “He intentado componer el relato de mí mismo (...) como si hubiera muerto y estuviera mirando mi vida desde otro mundo” (1993: 6). Al modo de ver del investigador principal, en este libro clásico Adams prefiguró la fuerza de la educación como pivote de la revolución de Estados Unidos en el siglo XX, y necesitamos por ello aprender muy bien lo que su figura representó como épica solitaria por hacer de la educación propia un modelo de vida.

La cuarta, quizás la más radical por su carácter existencial, casi poético y muy oriental, es lo que Heidegger denominó Gelassenheit (1994), palabra casi intraducible11 pero que entraña una experiencia de desasimiento que implica aceptar el desgarramiento de perder la seguridad del mundo como ya interpretado, y una experiencia de soltar las amarras que anclan en un estado de la existencia.


MODELOS DE CULTURA, SOCIALIZACIÓN Y FORMACIÓN DEL SUJETO
Modelo Poder Saber/Metáfora Profesión Expresión
1. Indígena Carcicazo Mítico Shamán Rito-Oralidad
Ciudad letrada colonial-dominación estamental
2. Colonial
Teo-estético-sexual
Vierreinato Religioso-legal pero con puesta en escena neobarroca Notario-clérigo Escrituras-ciudad-castas
Ciudad letrada
Sermón-Catecismo
Procesiones. Fiestas
Ciudad letrada señorial y presidentes gramáticos-explotación y efectos de la primera revolución tecnológica
3. Señorial
Cuadratura del “bien”.
1810-1880
Monismos centro/región
Jacobismo hispánico
Códigos culturales:
derecho, ética, etiqueta, ideologías, religión
Gramático-ideológico
Civil/confesional
Abogados
Manual de urbanidad
Atenas Suramericana
Ciudad letrada del bipoder (explotación y sujetamiento social), efectos de la segunda revolución tecnológica
 4. Salud pública*
1880-1948
Modelo Epidemio-Teológico
Corporativo: regeneración Paradigma médico
Discurso fisiológico
Discurso higiénico
Discurso de salvación
Médicos y sacerdotes, cura de cuerpos y de almas De prensa a radio.
Balcón, púlpito, confesionario y consultorio.
Ciudad letrada tecnócrata. Bipoder telemátco. Efecto de globalización bajo tercera revolución tecnológica
5. Tecnocrático:
1948 a 1968
Presidencialismo
Telemático
Cáclulo
Técnica
Ingenieros, arquitectos, economistas, estadísticos Planes de desarrollo, urbanismo
6. Cibernético 1969-1989 Dirección a distancia
High command
Sistemas control remoto
Globalización
Renovación curricular
Administradores, publicistas, redes, psicólogos, conductistas, científicos naturales Televisión, computador, video programadores, publicidad, espectáculo
De la ciudad letrada a la ciudad democrática: construcción glocal de una cultura de transducciones múltiples
7. Democrácito Democracia de representación y de participación** Saber sociocultural. El afecto como piedra de toque del sistema social Creadores e intelectuales “traumáticos” Mediaciones culturales
Traumas

* Inspirada en la fisiología de Claude Bernard y en la metáfora de lo normal y lo patológico, su expresión típica fue el discurso de la lepra. Se condensó en la imagen de la higiene, y su momento de clímax fue la pandemia de gripa en 1918. El ápice se situó en el 9 de abril de 1948 en Colombia y se condensó en la prohibición de la chicha, pero se recicló con el discurso de la Guerra Fría.

** Puede extrañar que se diga democracia representativa, cuando lo que se dice es que la Carta de 1991 se propuso pasar de una democracia de representación a una de participación. Empero, ha habido democracia monista de simulacro: no se ha institucionalizado la democracia de gobierno y de oposición; el ejercicio del poder es más presidencial que estatal (el Ejecutivo prima sobre los otros poderes, primero por el legado virreinal, luego por el monismo político, después por el ejercicio de la planeación y, en fin, por el manejo de estados de excepción, relacionados con las condiciones de violencia o con el discurso de la seguridad combinado con una suerte de clientelismo tecnocrático).


La quinta, en sentido análogo a la anterior, pero más sociológica, es la vivencia de los “intelectuales” franceses tendiente a sufrir el desclasamiento y el descentramiento para poder pensar un centro como lugar de la común unidad republicana (Serres, 1995; Restrepo, 2002a, 1: 43-50).

La sexta referencia es pasar de un estado de pensamiento caracterizado por una “simplicidad compleja”, dominado por dilemas simples (individuo contra sociedad, mercado contra estado, “infraestructura contra superestructura”) a una “complejidad organizada” que considera de modo simultáneo distintas causalidades y relaciones recíprocas en un sistema incluyente (Bell, 1976). Esto equivale a pasar de un pensamiento disyuntivo propio del paradigma de la simplicidad, a un pensamiento inclusivo y convergente propio de la complejidad transdisciplinaria contemporánea (Morin, 2000). Esta posición es de absoluta importancia epistemológica, ética, estética y política en Colombia.

Si algo enseñan los conflictos por la distribución de recursos en Colombia, como los recientes, es que en la puja de intereses predomina más la convicción no crítica que la discusión serena de los puntos de vista encontrados, por supuesto con excepciones notables. Contra la simplicidad de las oposiciones un creador tramático, como lo ha denominado el investigador principal, transforma el padecimiento en pasión, la dificultad en oportunidad, y se guía por el predicado de Hegel: “hallar la rosa de la razón en la razón de la cruz”.


Citas

1 Un estudio más amplio sobre movilidad sería muy interesante, si se toma en cuenta que se puede distinguir entre movilidad social ascendente o descendente, movilidad ocupacional, movilidad territorial y otras. Por ejemplo, la movilidad ascendente en la sociología y en la universidad pública debe ser alta (estudiantes de estratos 1 a 3 que ascienden por su profesión a estratos 3, 4 o 5), pero no reconocida, factor que está en la base de las disputas por los costos y subsidios de la educación superior (Vélez, 1996), pero también por las luchas por influencia y prestigio. También sería muy interesante examinar la movilidad geográfica, en especial hacia el futuro, por el desplazamiento de profesionales hacia la atención de problemas regionales y municipales. Uno de los asuntos más críticos de esta polémica es que los estudiantes de educación superior pública consideran su origen de estratos bajos, pero ignoran su destino en estratos más altos. Juzgan por su pasado y no por su futuro y desestiman las percepciones que son contundentes en el sentido de que la carrera laboral completa ha situado a estudiantes de estratos uno y dos en estratos tres, cuatro, cinco y hasta seis a lo largo de la historia sin que, salvo excepciones, haya retorno para la universidad que los formó.

2 Aunque concedo mucha importancia al estado, prefiero no poner esta palabra en mayúscula para evitar una sacralización excesiva del concepto del tipo hegeliano, marxista e incluso keynesiano. Nos parece esencial hallar un sano equilibrio entre estado como regulador y sociedad civil, incluido el mercado como mediación económica.

3 Este cuadro ha sido bitácora y matriz desde 1997 para muchas publicaciones que precisan los contornos de siete modelos de cultura, socialización y formación del sujeto en términos de las relaciones entre saber y poder.

4 “Las tasas del crecimiento han sido superiores en el sector privado que en la práctica triplicó su volumen de 1975 (10.190 profesores) a 1988 (28.251), mientras que el sector oficial sólo duplicó su contingente para esos mismos años (de 10.963 a 19.739). En segundo lugar, para 1988 casi la mitad del profesorado de las universidades oficiales (48) goza de una dedicación de tiempo completo en dramático contraste con las universidades privadas donde esta categoría sólo corresponde a una décima parte (12%)” (Uricoechea, 1999: 5-6).

5 Ver <http://www.volvamos.org/index.php>, página consultada el 30 de agosto de 2007. La Escuela Nueva recibió además este año el Skoll Awardees, dotado con un millón de dólares y, luego, en septiembre 27 de este año, la Escuela Nueva fue exaltada dentro de la Global Clinton Iniciative en su primera entrega de premios mundiales como una de las más exitosas experiencias de cambio social en el mundo, entre más de 400 propuestas presentadas.

6 Ver El tiempo, domingo 9, 2007: 1, 8, Nación: “En Bucaramanga [el presidente Uribe] prometió inyectar mayores recursos al programa Familias en Acción para inclinar la balanza del 2010 a su favor. ‘Confío que la situación fiscal nos ayude a subir en 2009 de millón y medio de Familias en Acción a 2 millones y así preparar una decisión que tiene que tomar el país en el 2010’”. Aunque acuerdo en un ciento por ciento en evitar los riesgos de un retorno de lo que con no poca razón llama socialbacanería, estimo que falta sustentar la democracia menos en un mesianismo presidencial que en una democracia con raíces locales. Ni el estatismo de Chávez, ni el presidencialismo típico de Colombia de sello aún regeneracionista pese a la Constitución de 1991 convienen como cartas de navegación en un mundo y una sociedad tan complejos.

7 Los ejemplos de vinculación estratégica de antropólogos/as y sociólogos/as en las empresas privadas con alta densidad de servicios en Estados Unidos y en países con alta industrialización en general, empiezan a ser un tema fundamental de las nuevas ciencias sociales en el mundo. Para la antropología, ver la visión de IDEO, una de las 25 empresas más innovadoras del mundo, en: Kelley (2005). En el caso de la sociología, ver Greene (2007), que entrevista al sociólogo de Microsoft sobre el tema que ahora se denomina cibersociología.

8 Javier Sáenz, jefe de la Unidad de Desarrollo Social del DNP; Armando Borrero, Consejero de Seguridad de Presidencia de la República; Rocío Londoño, directora del Instituto Distrital de Cultura y Turismo durante el segundo período de Antanas Mockus como alcalde de Bogotá; Álvaro Camacho, en el Observatorio de Cultura Ciudadana de Bogotá y con participaciones en distintos diseños de planes sociales (Lora y et al., 1992) o relativos al tema de narcotráfico; y Víctor Reyes Morris y María Cristina Ocampo. En economía sobresalen nombres de la Universidad Nacional, para no mencionar el caso más dinámico de Los Andes, tales como Kalmanovitz, Bejarano, Jorge Iván González, Luis Bernardo Flórez y muchos otros.

9 Aunque, aclaramos, también se reflejan a menudo como ideas motrices, no pocas veces con consecuencias desastrosas. La novela de la cual se tomó el epígrafe de este trabajo es un gran ejemplo de ello: “el gran salto adelante” propuesto por Mao Tse Tung, terminó en una hambruna con cerca de treinta millones de personas muertas como consecuencia de él. Esto para no mencionar casos como el de Pol Pot en Camboya.

10 Los resultados de la Encuesta de Cívica Internacional en 1997 (Torney-Purta et al., 1999: Restrepo, 2002: 3), y luego las pruebas de “Comprensión y Sensibilidad Ciudadana” (SED, 2000), lo mismo que seis años después y desde otras perspectivas, las pruebas comprender (SED, 2007), indican una orientación en términos de estereotipos, escasa relación de comprensión del mundo moral como un problema complejo y conductas guiadas por lo “políticamente correcto”, según los micro climas ideológicos imperantes: en resumen, mucha heteronomía.

11 La traducción del libro al español como serenidad es muy equivocada. La serenidad puede producirse tras la Gelassenheit, pero ésta implica una voluntad contra la voluntad que supone un desasimiento tan activo como el de Henry Adams. Es la posición de Miró en pintura: “Mi tendencia hacia el despojamiento, ejercida en tres ámbitos: el modelado, los colores y la figuración de los personajes.” Y la de Watanabe, poeta peruano japonés: la poética del refrenamiento.


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