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¿Disciplinar o poblar? La intelectualidad colombiana frente a la biopolítica (1904-1934)*

Disciplina ou pessoas? A intelectualidade colombiana contra a biopolítica (1904-1934)

Discipline or people? The Colombian intelligentsia against biopolitics (1904-1934)

Santiago Castro-Gómez**


* Este artículo es parte de la investigación en marcha “Capitalismo y biopolítica en Colombia (1900-1934)” que se inició el 15 de enero de 2006 con la financaición de la Universidad Central – IESCO-UC-.

** Doctor en Filosofía por la Johann Wolfgang Goethe Universität de Frankfurt. Coordinador de la línea de investigación de Conocimientos e Identidades Culturales del IESCO-UC. Profesor del Instituto Pensar de la Pontificia Universidad Javeriana. Email: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.


Resumen

Este artículo presenta el dilema de la intelectualidad hegemónica en Colombia (médicos, higienistas, abogados) durante las primeras décadas del siglo XX frente al problema de cómo gobernar la población. Mientras que unos creían que la población existente era ingobernable (por encontrarse sometida a un proceso de degeneración racial), otros pensaban que las falencias raciales podrían corregirse a través de medidas disciplinarias y biopolíticas aplicadas por el Estado. Unos y otros, sin embargo, reproducían el mismo imaginario colonial de la “limpieza de sangre” (blancura) que persistió durante todo el siglo XIX.

Palabras clave: intelectualidad, gubernamentalidad, colonialidad, biopolítica, Colombia, siglo XX.

Resumo

Este artigo apresenta o dilema da intelectualidade hegemônica na Colômbia (médicos, higienistas, advogados) durante as primeiras décadas do século XX frente ao problema de como governar a população. Enquanto que alguns acreditavam que a população existente era ingovernável (por encontrar-se submetida a um processo de degeneração racial), outros pensavam que as falências raciais poderiam ser corrigidas através de medidas disciplinárias e biopolíticas aplicadas pelo Estado. Outros, no entanto, reproduziam o mesmo imaginário colonial da “limpeza de sangue” (brancura) que persistiu durante todo o século XIX.

Palavras-chaves: intelectualidade, governamentalidade, colonialidade, biopolítica, Colômbia, século XX.

Abstract

This article presents the dilemma of hegemonic intellectuality in Colombia (physicians, hygienists, lawyers) had during early the 20 th Century facing the problem of how to govern the people. While some of them believed that the existent population was ungovernable (because it was subdue to a racial degeneration process), others believed that the racial failures could be corrected by disciplinary and biopolitical measures applied by the State. Both, however, reproduced the same colonial imaginary of “cleaning of the blood” (whitening) that lasted all along the 19 th Century.

Key words: intellectuality, governmentalily, coloniality, biopolitics, Colombia, 20 th Century.


En este artículo propondré que los intelectuales colombianos de comienzos del siglo XX se hallaban divididos entre dos lecturas muy distintas del bios: de un lado estaban los médicos y abogados formados en la escuela positivista del siglo XIX, para quienes la vida era el simple resultado de leyes biológicas previas a todo tipo de manifestación cultural o social y, por tanto, resistentes a la acción disciplinaria del Estado; del otro lado estaban aquellos que consideraban la vida como ligada directamente al trabajo y a la salud física, elementos que debían ser colocados como prioridad de las políticas de gobierno. De esta doble lectura se genera entre los intelectuales hegemónicos un doble entendimiento de la biopolítica: “gobernar para poblar” y “gobernar para disciplinar”.

La época elegida para esta lectura (1904-1934) es interesante por varias razones: 1) es el momento en que Colombia se conecta definitivamente con la economía mundial capitalista gracias a la exportación del café; 2) la industrialización del país requería, como consecuencia de esto, el despliegue estatal de una serie de políticas de control sobre la vida de la población; 3) tales biopolíticas hacían indispensable el concurso de las “ciencias de la vida” para el diagnóstico de los “males” poblacionales y para favorecer la emergencia de una clase obrera sana y en disposición de trabajar; 4) además, es el momento en el que se consolida entre la intelectualidad colombiana la hegemonía de los discursos de la medicina y la biología sobre los viejos discursos de la gramática y la literatura; 5) es también el momento en que se produce el primer debate académico y político entre las nacientes disciplinas sociales del país1. Asistimos, pues, a la gestación de un espacio propiamente disciplinario e institucional conocido luego como las “ciencias sociales”.

1. Gobernar es poblar

Desde mediados del siglo XIX el concepto de los médicos se hizo cada vez más necesario para el Estado colombiano, debido a que las epidemias frecuentes amenazaban la salud de los trabajadores, sobre todo en las áreas tropicales, lo cual hacía peligrar la incipiente economía de exportación. Poco a poco, y en la medida en que los gramáticos eran desplazados de la hegemonía del conocimiento (que habían conservado durante casi todo el siglo XIX), los médicos empezaron a verse a sí mismos como los nuevos apóstoles de la República, los herederos de Caldas, Mutis, Zea y Lozano. Ellos eran ahora los encargados de continuar la obra de aquellos mártires de la patria y de señalar a la nación el camino del progreso bio-social, ya que éste requería de un pueblo sano, trabajador y bien alimentado (Obregón, 1992: 70 y 84). No debemos olvidar que hacia comienzos del siglo XIX, la medicina social se hallaba muy influenciada por los modelos de análisis provenientes de la biología. En países como Brasil, Cuba, México y Argentina se empezó a considerar la herencia biológica –y en especial la herencia racial– como una de las causas que explicaban las “anormalidades” de la población. La nueva ciencia de la eugenesia, apoyándose en ideas médicas y biológicas, se centraba en buscar un control de las razas para lograr una “mejora” general de la población y prevenir la propagación de los “menos aptos” (García et al., 1992; Camargo, 1999).

En Colombia, la influencia del discurso biológico se revela de forma clara en la conferencia inaugural de la cátedra de Clínica de Patología Mental pronunciada el 11 de agosto de 1916 en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional por el médico Miguel Jiménez López. Allí se muestra la importancia de realizar un estudio socio-patológico sobre el aumento progresivo de las enfermedades mentales, los suicidios y el alcoholismo en Colombia. Según Jiménez López, la herencia racial es la causa principal que explica este incremento de las patologías mentales. Su tesis es muy similar a la defendida por el argentino Carlos Octavio Bunge en su libro Nuestra América de 1903, texto seguramente conocido por Jiménez López: la mezcla de razas se opone al proceso de selección natural y no es ventajosa para el perfeccionamiento físico y moral de la población, debido a que supone un cruce de elementos hereditarios dispares. Las “leyes de la biología” no favorecen el cruce de individuos de razas pertenecientes a especies distintas, porque en este proceso se pierden los caracteres originales de las razas que se mezclan. Bunge habla en este sentido del mestizaje como causante de una degeneración paulatina de la raza (Bunge, 1994: 117). Es el caso de América, escenario en donde se produjo el cruce de dos razas pertenecientes al mismo género (humano) pero no a la misma especie (pues descendían de diferentes “troncos”)2. De este modo, el cruce hispano-indio conlleva necesariamente una degeneración racial, pues todo mestizo físico es un mestizo moral y, por tanto, un degenerado desde el punto de vista mental y espiritual.

En su conferencia inaugural, Jiménez López señala que los caracteres originarios de las razas que se mezclaron en Colombia no favorecieron un “cruzamiento feliz” desde el punto de vista biológico. De un lado, las razas indígenas que poblaban el territorio se hallaban en un estado cultural de franca decadencia a la llegada de los españoles. En comparación con los aztecas en México y con los incas en el Perú, los chibchas –el pueblo más avanzado de la Colombia precolombina– eran un pueblo “degenerado precozmente” debido al uso ritual de bebidas fermentadas como la chicha. Esto hizo de ellos un “rebaño manso, envilecido y apocado”, incapaz de ofrecer resistencia alguna frente al conquistador europeo (Jiménez, 1916: 224-225). De otro lado, los españoles constituían una raza forjada en medio de las guerras de Reconquista en la península ibérica, psicológicamente abiertos a las acciones más violentas y abominables. Se trataba, pues, de una raza compuesta por “tipos anormales, de una emotividad enfermiza, pasionales y pervertidos morales” (226). No es de extrañar, entonces, que del cruce de estas dos “razas deficientes” haya nacido un pueblo marcado por la resignación, la impotencia y la impetuosidad reflexiva:

Persiste, en consecuencia, a través del cruce secular de nuestros progenitores, la viciación primordial de su psiquismo, la que reforzada por causas accidentales [como la falta de educación, el alcoholismo y la alimentación deficiente], surge con frecuencia en todas las esferas de nuestra población, ya bajo forma de locuras del gran grupo de las llamadas locuras constitucionales, ya bajo la forma de degeneraciones inferiores, ya con el carácter de neurosis, bien como enfermedades de la emotividad o de la voluntad (Jiménez, 1916: 227, énfasis mío).

A esto debe sumarse la nefasta influencia de la geografía colombiana en la psicología de sus habitantes. Los paisajes montañosos de los Andes, por el cuadro monótono que ofrecen, favorecen la depresión y la melancolía, en tanto que el fuerte calor de los climas tropicales despierta pasiones encendidas y formas expansivas de locura. A esto se debe también el incremento de la tasa de suicidios en todo el país, así como la tendencia a la criminalidad y a todo tipo de desequilibrios. Al final de su conferencia, Jiménez López llama la atención a los políticos sobre la tendencia degenerativa del pueblo colombiano. Basta comparar la estructura moral de los conquistadores y de los héroes de la Independencia con los colombianos de hoy para darse cuenta de que el “vigor y la fibra nacionales” se han venido apagando con el tiempo y que, de no tomarse los correctivos necesarios, al país le espera “el más sombrío de los destinos que un pueblo pueda confrontar” (Jiménez, 1916: 233).

Este juicio pesimista de Jiménez López sobre las tendencias degenerativas de la raza no era aislado ni exótico, sino compartido por una porción no despreciable de médicos y abogados del país. Muchos de ellos seguían las tesis de Lombroso, para quien el acto delictivo es efecto directo de un organismo anormal e incurablemente enfermo. Es el caso del doctor Martín Camacho, miembro de la Academia Nacional de Medicina, quien el 2 de septiembre de 1916 pronunció en Bogotá un discurso titulado “Criminología”. El propósito de esta intervención es presentar ante la comunidad científica las “nuevas teorías criminológicas” desarrolladas por Lombroso y sus discípulos. Tales teorías, dice Camacho, parten de un principio fundamental: el determinismo, es decir la ley de causa y efecto. En el universo físico no existe efecto sin causa, y esto vale también para el universo psíquico y social (Camacho, 1916: 266). Lo cual significa que un acto delictivo no se explica por el “libre albedrío” del criminal, sino que es producto de condicionamientos somáticos. Son irregularidades en la estructura orgánica lo que explica por qué alguien tiene tendencias criminales o manifiesta determinadas perversiones sexuales. Esto se ve claramente en los animales, por ejemplo cuando el cisne se aparea con la oca y el bisonte con la vaca. Sólo algún tipo de disfunción orgánica puede explicar que individuos pertenecientes a razas y especies diferentes se crucen entre sí, produciendo una prole degenerada.

De igual forma, la criminalidad pertenece al tipo de las anormalidades hereditarias, ya que es producto de una degeneración física y moral que se transmite de padres a hijos. “El delincuente nato –escribe Camacho– no es más que el delincuente por herencia […] La criminalidad se hereda, no solo de padres delincuentes, sino también de padres epilépticos, dipsómanos, dementes, etc.” (Camacho, 1916: 298-299). Por eso resulta importante saber cuál es la historia biológica de un criminal, para poder determinar qué tipo de disfunciones orgánicas recibe por herencia. Muchas de esas disfunciones son de carácter antropométrico, en especial deformaciones del cráneo que afectan su coeficiente intelectual. Personas con el cráneo demasiado pequeño, voluminoso, ovalado y oblicuo tienden a manifestar tendencias criminales. Camacho señala que “al clasificar las formas del cráneo, es preciso no perder de vista las modalidades étnicas, pues de otro modo pudiera uno llegar a conclusiones erróneas” (274). Esto debido a que algunas deformaciones craneanas suelen ser típicas de ciertas razas, como por ejemplo el progeneísmo, “que es una desviación del prognatismo característico de las razas negras” (275). Hasta la misma sabiduría popular reconoce que el comportamiento anormal de ciertas personas se relaciona con su origen étnico:

Las influencias etnológicas son de observación diaria y vulgar, así es que sólo las tocaré de paso. “Ese es un judío”, dicen las gentes para designar a un usurero; “negro no la hace limpia” es frase con que se expresa entre nosotros el mal concepto en que se tiene a los individuos de la raza africana; “es más desconfiado que un indio” dice quien desea ponderar la suspicacia de alguno; “serio como un inglés”, “parlanchín como un francés”, “sucio como un chino”, “embustero como un egipcio”, “ladrón como un gitano”, y otras cien frases por el estilo, dejan ver que aun el vulgo explica ciertos rasgos de carácter por meras influencias étnicas (Camacho, 1916: 292).

Pero no sólo es el factor étnico el que explica el comportamiento del criminal nato, sino también las influencias climáticas. Algunas razas degeneran rápidamente debido a su patológica adaptación a los condicionamientos geográficos, y de ellas cabe esperar una mayor frecuencia de los delitos violentos. Camacho piensa que “nuestro país se presta singularmente para estudiar la influencia de las condiciones geológicas y sobre todo orográficas” sobre la criminalidad. En países tropicales y montañosos como Colombia, donde no hay estaciones, abundan los delitos de sangre en las tierras cálidas y los delitos contra la propiedad en las zonas frías (Camacho, 1916: 292). Además, hay que tener en cuenta que Colombia se halla en un período bastante crítico de su evolución social, pues está saliendo apenas de la etapa “militar” de la civilización para ingresar en la etapa “industrial”, según la clasificación de Spencer (Ibíd., 293). Las sociedades que viven en la etapa militar son en extremo violentas, pues la guerra es su ocupación permanente; en ellas no se ha producido aún esa suavización de las costumbres propia de las sociedades industriales. Es la época del hombre-tigre y “en ella prevalecen los delitos de sangre, los que entrañan abuso de la fuerza y los que proceden de la cólera o de la venganza” (294).

Al final, Camacho llega a una conclusión pesimista. Si tanto la herencia biológica como las influencias geográficas son tan adversas, no parece haber muchas razones para ser optimistas frente al futuro social, económico y moral del país: “Hay individuos que nacieron para el delito, como nacen los peces para el agua, y no existe poder humano capaz de torcer la ley a que los sometió la naturaleza” (Ibíd.: 299). Por desgracia, el número de “incurables” es bastante grande en Colombia y ello deja a la sociedad entera frente a un dilema pavoroso: “o los descarta brutalmente, como quien corta un miembro gangrenado, o se deja sacrificar por ellos. A los médicos sólo nos corresponde plantear la dificultad […] tócales a otros escoger entre los dos cuernos del dilema” (300). La tarea del “buen gobierno” es evaluar la situación con objetividad –es decir con ayuda de la ciencia– y tomar una decisión al respecto.

Como decíamos antes, el pesimismo de médicos como Jiménez López y Camacho frente a las posibilidades biológicas de la raza colombiana era compartido también por los juristas. Poco a poco se imponía en algunos círculos intelectuales la creencia de que los asesinatos violentos en Colombia se debían a la manifestación patológica de rasgos degenerativos de la raza. Es el caso, por ejemplo, del análisis que hace el abogado Felipe Paz sobre un homicidio perpetuado el 24 de octubre de 1920 en la ciudad de Montería, cuando un hombre en alto estado de embriaguez asesinó a machetazos a cuatro mujeres, entre ellas tres niñas, prendió fuego a su vivienda, hirió a un caballo, acuchilló a tres vacas, mató a dos burras y persiguió a varias personas que quisieron detenerlo. En su análisis, denominado “Un caso de criminalidad morbosa”, Paz afirma que el Derecho Penal ha experimentado una evolución significativa con respecto al modo en que antiguamente se consideraban los móviles de un crimen. Ahora, según Paz, los criminalistas consideran los aportes de ciencias como la biología y la psicología social para iluminar los aspectos raciales y psíquicos del criminal. Por esta razón, es preciso considerar cuál es la herencia biológica del asesino de Montería. Paz señala que se trataba de un hombre cuyo abuelo paterno era mulato y gran tomador de aguardiente, su abuela paterna “descendía derechamente de los aborígenes”, su bisabuelo paterno era indio puro y también gran bebedor, mientras que su madre “es hija natural de una mujer de color y de un rico propietario rural, de pura sangre española” (Paz, 1921: 79). Apoyándose en el juicio de renombrados médicos franceses, Paz llega a la siguiente conclusión:

Los antecedentes atávicos tienen una particular significación. Sin considerar lo impropicio de un cruzamiento de tres razas tan diferentes entre sí –indígena, blanca y negra–, encontramos, tanto en la rama paterna como en la materna, una tradición constante de alcoholismo, complicada con la neurosis […] Por poco observadores que seamos, todos podemos atestiguar que los vicios y estigmas patológicos de los individuos son determinante de la degeneración en su prole. El vulgo ha reconocido la fatalidad de la herencia en una pintoresca frase: “hijo de tigre – reza el adagio– sale pintado (Paz, 1921: 80-81).

En esta misma dirección se mueven los argumentos presentados varios años después por Julián Caballero en su tesis “Etiología del delito del hurto”, presentada para optar por el grado de Doctor en Derecho en la Universidad Nacional. Allí se afirma que la tendencia al robo, uno de los delitos más frecuentes en Colombia, puede examinarse desde la herencia biológica. En el capítulo VIII de la tesis titulado “Influencia racial en el delito del hurto”, Caballero dice que los pueblos chibchas que poblaron el actual territorio de Colombia, no conocían el robo antes de la llegada de los españoles. Este delito sólo se incorporó a su carácter durante la época de la Colonia, cuando asimilaron la tendencia delictiva de la psicología hispánica. El indio precolombino era un elemento sano y trabajador, pero su carácter empezó a corromperse debido al mestizaje biológico con el español. Es sólo entonces cuando prácticas como el robo y el alcoholismo aparecen como manifestaciones patológicas de la degeneración racial en Colombia (Caballero, 1939: 54-55).

Pero además de la influencia racial, la tendencia al hurto se explica también por la influencia perniciosa del medio ambiente en la “psicología nacional”. Según Caballero, las condiciones climatológicas del país (zonas montañosas con mucho frío, zonas bajas con mucho calor, zonas selváticas con mucha humedad) hacen que el movimiento orgánico de la vida se manifieste de forma patológica:

El clima influye en las determinaciones de la actividad delictiva, favoreciendo el desarrollo de los delitos de sangre en las partes calientes y de los delitos contra la propiedad en las regiones frías de este país […] El calor favorece las manifestaciones de la vida, desencadena las pasiones, da vigor y fuerza a todos los organismos, y aunque en muchísimo menor escala que en ningún otro ser, también atiza en lo interior del hombre los instintos de lucha y salvajismo. Entonces la carne se despierta, sobreviene el desbordamiento de las pasiones y pide a gritos que se le atienda y escuche. […] El frío hace consumir un gran número de calorías y como consecuencia de este fenómeno se produce un desgaste orgánico, de ahí el hambre que se hace sentir en las regiones frías. El individuo de estas regiones siente la necesidad de reparar esos desgastes y como muchos no tienen lo suficiente para conseguirlo, se dedican entonces al hurto y a los demás delitos contra la propiedad, como único medio para satisfacer sus necesidades primordiales (Caballero, 1939: 61).

Se hace necesario entonces aplicar ciertos correctivos que permitan, a lo sumo, desacelerar el proceso de la decadencia racial. En la memoria presentada dos años después al Congreso Médico Nacional reunido en Cartagena, Miguel Jiménez López desarrolla una terapéutica para contener la degeneración biológica del pueblo colombiano. Se trata de una serie de medidas de orden biopolítico, implementadas por el Estado y destinadas a levantar el nivel biológico y moral de la población. Algunas medidas buscan combatir las “causas accidentales”, es decir, los factores medioambientales del problema, como son la mala educación, los malos servicios de salud, la ausencia de una legislación laboral, etc., mientras que otras son más radicales, pues buscan combatir los factores hereditarios de la decadencia racial. Entre las primeras, el médico boyacense menciona las siguientes: implementar un sistema de higiene pública y privada que obligue a todos, pero en especial a las mujeres, a la adquisición de hábitos de aseo corporal. Un pueblo mugroso y sucio no puede aspirar a disfrutar de los beneficios de la industrialización. En segundo lugar, el Estado debe instruir a la población sobre el tipo de alimentación que más le conviene según el clima en que se encuentre. Un pueblo desnutrido no puede sino generar personas ociosas, con tendencia a la imbecilidad y el cretinismo. De igual forma, el Estado debe combatir con todos los medios represivos a su disposición el consumo de bebidas fermentadas, en especial la chicha. La lucha antialcohólica es tan importante como la lucha antisifilítica, antituberculosa y antileprosa. En cuarto lugar, se hace indispensable una reforma completa del sistema educativo en el país, pues los colegios se limitan a ofrecer una educación dirigida sólo hacia el intelecto pero que no tiene en cuenta el desarrollo corporal. Niños y adolescentes con una constitución física endeble serán toda la vida seres débiles, mentalmente subdesarrollados e incapaces de mostrar el temple que demanda el progreso económico del país. Finalmente, el Estado debe velar por crear mejores condiciones laborales para la clase trabajadora, pues su salud resulta clave para la creación de riqueza. El obrero industrial debe recibir garantías para su trabajo, pues sería un gran error tratarle de forma similar al agricultor y al jornalero, que destruyen su salud con largas jornadas de trabajo sin descanso (Jiménez, 1920: 36-38).

Todas estas medidas, como bien ha señalado Zandra Pedraza (1997: 117), estaban centradas en el control y gobierno sobre el cuerpo. El advenimiento de la sociedad industrial requería un aumento de la vitalidad corporal de la población, es decir, la adquisición de una serie de competencias físicas y mentales para funcionar en la sociedad del trabajo. Sin embargo, Jiménez López está convencido de que la degeneración biológica no puede ser contenida sólo por el disciplinamiento. Ni la erección de panópticos sociales ni la implementación de medidas represivas sobre el cuerpo podrán evitar la decadencia de la raza colombiana, ya que ésta se debe más a factores hereditarios que a factores medioambientales. Por eso, en opinión del médico, “todos los anteriores son medios que conspiran a retardar, cuando más, nuestra decadencia y a levantar temporalmente el nivel biológico y moral de nuestro pueblo. Son, pues, recursos puramente paliativos para el mal que nos aqueja” (Jiménez, 1920: 38, énfasis mío). Si se quiere atacar el mal de fondo, será necesario apelar a un recurso mucho más drástico y definitivo: la transfusión de sangres.

En efecto, Jiménez López dice que para levantar definitivamente el “vigor” del pueblo colombiano, es indispensable favorecer “una corriente copiosa de inmigración de razas sanas, fuertes y disciplinadas por hábitos seculares de trabajo y exentas, en cuanto sea posible, de las enfermedades sociales que están determinando nuestra regresión (Ibíd., 1920: 39). Esta es la consecuencia directa de una lectura mecanicista del bios: la herencia biológica determina la constitución mental de una raza, y estas características son virtualmente inalterables, pues se reproducen a través de esa misma herencia. El problema de Colombia no es entonces primariamente de orden social o económico, sino de carácter biológico. Por eso, la solución a este problema no puede ser otra que “rejuvenecer la raza” mediante su cruzamiento con razas superiores. Para poner fin al “agotamiento vital” de la población, se hace necesario importar sangre fresca. Para ello, el político debe asesorarse del científico con el fin de evitar fatales errores:

Considerada etnológicamente, la inmigración a nuestros países debe sujetarse, desde luego, a las tres condiciones en que ha resumido Le Bon la probabilidad de un buen cruzamiento: 1. que las razas sometidas al cruce no sean muy desiguales numéricamente; 2. que no difieran demasiado en sus caracteres; y 3. que estén sometidas por largo tiempo a idénticas condiciones ambientales. Se debe, a mi modo de ver, agregar, en nuestro caso, una cuarta condición: que una de las razas presente caracteres orgánicos y psicológicos capaces de compensar las deficiencias de aquella que se quiere mejorar (Jiménez, 1920: 40).

El médico, el biólogo, el sociólogo y el etnólogo se unen para reflexionar sobre la “química de las razas” y asesorar científicamente al estadista, creando así el “campo” de lo que luego serán las ciencias sociales. Por supuesto, la aplicación de estos criterios “científicos” conlleva una taxonomía eurocéntrica de las razas: en la cúspide de la jerarquía mundial se hallan las razas indoeuropeas, seguidas en orden descendente por las asiáticas, las americanas y las africanas. No es extraño entonces que las ciencias sociales hayan “nacido” en nuestro medio reproduciendo el eurocentrismo epistémico que marcará su trayectoria hasta finales del siglo XX. En el caso que estamos considerando, Jiménez López lo tiene bien claro: el Estado debe favorecer la inmigración de personas que permitan blanquear y europeizar la población. Estas personas deben reunir una serie de requisitos científicamente determinables:

Queda indicado con esto que el más deseable para regenerar nuestra población es un producto que reúna, en lo posible, estas condiciones: raza blanca, talla y peso un poco superiores al término medio entre nosotros; dolicocéfalo; de proporciones corporales armónicas; que en él domine un ángulo facial de ochenta y dos grados aproximadamente; de facciones proporcionadas para neutralizar nuestras tendencias al prognatismo y al excesivo desarrollo de los huesos malares; temperamento sanguíneo-nervioso, que es especialmente apto para habitar las alturas y las localidades tórridas; de reconocidas dotes prácticas; metódico para las diferentes actividades; apto en trabajos manuales; de un gran desarrollo en su poder voluntario; poco emotivo; poco refinado; de viejos hábitos de trabajo; templado en sus arranques por una larga disciplina de gobierno y de moral; raza en que el hogar y la institución de la familia conserven una organización sólida y respetada; apta y fuerte para la agricultura; sobria, económica, sufrida y constante en sus empresas […] Creo que las razas que más se aproximan a este desideratum son algunas de las que pueblan las regiones centrales de Europa, en las cuales se han mezclado y atemperado felizmente los caracteres de los pueblos meridionales y septentrionales del Viejo Continente. En Suiza, en Bélgica, en Holanda, en Baviera, en Wurtemberg, en el Tirol sería acertado buscar el personal de nuestra inmigración (Jiménez, 1920: 41).

De este modo, Jiménez López se aparta del modelo típico de las sociedades modernas (“gobernar es disciplinar”) para quedarse con un modelo adaptado a poblaciones mestizas y racialmente inferiores: “gobernar es poblar”, tal como lo formulase Alberdi casi un siglo antes. Pero poblar con razas europeas, ya que así lo exigen los cánones científicos de una “política biológica de la inmigración”3. Es por eso que cuando en 1929 el Ministro de Industrias solicitó a la Academia Nacional de Ciencias un concepto sobre los efectos que podría traer la colonización del Meta por un contingente de dos mil inmigrantes japoneses, Jiménez López responde con una extensa memoria titulada La inmigración amarilla a la América, en la cual desaconseja enfáticamente la medida. Las razas asiáticas no son aptas para mezclarse con las razas mestizas de América Latina, porque refuerzan elementos biológicos degenerativos que ya están presentes en éstas. Un buen ejemplo es el caso del Perú, donde el cruce entre inmigrados japoneses de sangre mongólica y razas nacionales (indios, cholos y negros) ha sido particularmente catastrófico. Los híbridos resultantes de estas mezclas “presentan deformidades físicas y morales que confinan ya con lo deforme” (Jiménez, 1929: 26). Pero la culpa de este experimento biopolítico fracasado no la tiene el Estado peruano sino las leyes de Mendel. Aunque a primera vista podría parecer que la laboriosidad del japonés, su gran inteligencia, su estoicismo sin igual y su fuerza de voluntad podrían inyectar un impulso vigoroso a la decaída y voluble moralidad tropical, las cosas no son tan fáciles como parecen. El poder secreto de las leyes de la herencia es mayor que el poder biopolítico del Estado. Y este poder de la naturaleza establece lo siguiente: dos razas con características biológicas defectuosas no deben ser mezcladas, porque tales características se transmiten degenerativamente a sus descendientes. Por eso, el concepto emitido por el médico boyacense y dirigido al Ministro de Industrias resulta categórico:

Muy deseables serían en nuestra población algunos de los excelentes atributos mentales y morales del pueblo japonés, como son la sobriedad, el espíritu de disciplina, la abnegación, la laboriosidad, la gran facultad asimilativa; pero en razón de la experiencia adquirida en la América y apoyados por consideraciones de biología general, tememos que tales condiciones no predominarían ni con mucho en un producto de cruce asiático- americano. Los hechos aquí señalados son suficientes para formular esta doctrina: no obstante las altas condiciones del pueblo japonés, que son un ejemplo y un motivo de admiración para el mundo civilizado, una inmigración en masa de colones japoneses no es aconsejable desde el punto de vista étnico para Colombia, ni en general para los países indo-ibéricos (Jiménez, 1929: 35).

Se necesitan entonces inmigrantes blancos, europeos, industriosos y honestos. Tal es la posición de algunos intelectuales que no obstante apartarse de la tesis de la degeneración de la raza, le dan luz verde a la política de transfusión de sangres. Es el caso del profesor Luis López de Mesa, cuyos argumentos están más cerca de la sociología que de la psicología social y la biología. Su intervención en el “debate sobre las razas” deja muy en claro que las influencias raciales del país son tan numerosas y el clima del territorio tan variado, que no es posible hacer generalizaciones como las presentadas por el médico Jiménez López. Al postulado general de la “degeneración de la raza”, López de Mesa responde con la pregunta: ¿cuáles razas y en qué climas? En su opinión, algunas razas en algunas regiones están degenerando en Colombia, mientras que otras razas en otras regiones manifiestan signos de vitalidad. Así, los pobladores que descienden de la raza blanca española y habitan en regiones ubicadas entre los mil quinientos y los tres mil metros de altura sobre el nivel del mar (como, por ejemplo, los antioqueños) son personas aptas para impulsar la industrialización del país, mientras que los pobladores que descienden de las razas aborígenes y/o habitan en regiones ubicadas por debajo de los mil quinientos metros de altura, han sufrido grande merma tanto en su psicología como en su fisonomía (López de Mesa, 1920a: 86-87). Es en estas regiones en particular donde se debe favorecer la entrada de inmigrantes blancos y europeos, especialmente de alemanes (aunque sean protestantes), pues ellos contribuirían a levantar el vigor decaído de la población en aquellos lugares. Si se logra aplicar esta política, estimulando al mismo tiempo la productividad de la población local racialmente más apta, el porvenir del país sería por completo brillante: “El capital extranjero va llegando, y va llegando nueva sangre de inmigración, sobre todo alemana, cuyas virtudes domésticas darían entre nosotros óptimos frutos de selección” (López de Mesa, 1920b: 86-87).

2. Gobernar es disciplinar

La intervención salomónica de López de Mesa es un camino intermedio entre la lectura determinista ofrecida por Jiménez López y otra lectura diferente, en la que la vida es considerada como fuerza expansiva, antes que como fruto de leyes biológicas y presociales. De acuerdo con esta segunda lectura, no es del todo cierto que la raza colombiana se halle en un proceso inevitable de degeneración. Una cosa es reconocer que Colombia se halla frente a una “tragedia biológica” de gravísimas consecuencias, otra muy distinta es afirmar que esa tragedia es como la de los griegos: un destino natural del que no podemos escaparnos. Desde este punto de vista, la repoblación del territorio por razas más vigorosas no es la solución al problema, sino el fortalecimiento biopolítico de la raza ya existente. Por eso, a pesar del título casi fatídico de su libro La tragedia biológica del pueblo colombiano, el médico liberal Laurentino Muñoz escribe lo siguiente:

No es que el colombiano sea étnicamente inferior, ni que el trópico inhiba la mente o consuma la energía: la influencia del sol ardiente no es causa de decadencia orgánica, pero sí lo son las enfermedades, los vicios, las condiciones antihigiénicas del suelo, la nutrición defectuosa o insuficiente. Un pueblo bloqueado por el paludismo, anemia tropical, pian, sífilis, blenorragia, tuberculosis, alcoholismo, intemperante y abandonado sentido común, no es precisamente promesa ni pequeña ni extraordinaria (Muñoz, 1934: 34).

Aquí se plantea ya la diferencia con la tesis biologicista de Jiménez López y sus colegas: no se trata de desconocer la miseria fisiológica en la que se encuentran la mayoría de los colombianos; se trata, más bien, de reconocer que la causa de estos problemas no es de orden biológico sino social y que el Estado puede intervenir por medio de dispositivos disciplinarios para mejorar la situación. Las fuerzas vitales del pueblo colombiano están agotadas, pero pueden ser reanimadas. Todo lo que se requiere es voluntad política por parte de las elites para implementar los correctivos necesarios. En opinión de Laurentino Muñoz, un pueblo enfermo e ignorante carece ciertamente de vitalidad y empuje, pero las campañas de educación e higiene podrían “redimir el conglomerado étnico en nuestro país; de otro modo, con la mediocridad racial, nunca llegará para nosotros la prosperidad ni la civilización” (Muñoz, 1934: 14).

También el educador Rafael Bernal Jiménez advierte que los devotos del determinismo geográfico y racial no consiguen explicar los graves problemas del país. Aunque es cierto que el pueblo colombiano presenta un evidente y escandaloso atraso civilizatorio con respecto a los países europeos, esta situación no se debe primordialmente a la herencia biológica sino al tipo diferente de evolución social. Mientras que en Europa el modo de civilización ha sido evolutivo, producto de un desarrollo interno de más de cuatro mil años, en América ha sido transpositivo, ya que aquí el factor impulsor del desarrollo ha sido externo: la importación de la cultura occidental. Es por eso que mientras la población colombiana vive todavía en un estadio neolítico, vencida por las enfermedades y las contingencias naturales, el campesino europeo –para no hablar de su elite ilustrada– ha aprendido a no ser inferior al medio ambiente sino que lo domina por medio del trabajo. Tal es el “vigor racial” que aquí necesitamos y que debe ser “inyectado” a la población a través de la educación y la higiene:

Tal como se presenta hoy el núcleo social colombiano, la primera necesidad consistiría en una gran cruzada de vigorización racial, desplegada hacia todos los frentes en que viene siendo atacada la vitalidad física de nuestra población. Debería llamarse a todo el cuerpo médico del país y ponerlo en orden de batalla para dirigir esta nueva conquista de la vida. El médico debe ocupar el papel central durante toda esta tambaleante adolescencia de nuestra República (Bernal, 1949 [1934]: 207, énfasis mío).

La vida es entonces el problema, pero no la vida entendida desde el punto de vista de la herencia biológica, sino la vida en tanto que acción creativa sobre la naturaleza. Una acción que se manifiesta, principalmente, a través del trabajo productivo. Por eso, el énfasis de los intelectuales vitalistas es el de crear las condiciones sociales para la emergencia y expansión de la clase obrera en el país, pues están convencidos de que el trabajo es el mejor correctivo para la supuesta “decadencia de la raza”. Laurentino Muñoz lo tiene claro: “El trabajo es una necesidad fisiológica: el músculo se atrofia en la quietud y en la inactividad se consume el organismo; no hay nada más agotador que no hacer nada; el holgazán, el individuo improductivo es por sí mismo un tipo inmoral” (Muñoz, 1934: 288). La función del Estado es inyectar vida a la población, capacitándola para desarrollar creativamente su fuerza productiva, ya que “la liberación económica es la base de la liberación espiritual” (Ibíd., 128):

Si contara el país con generaciones trabajadoras, de carácter, con la independencia del esfuerzo personal, si la masa, el tipo medio de la juventud tuviera un concepto claro y definido del trabajo, entonces nuestra nacionalidad sería un derrotero de la civilización, una esperanza de la especie, o al menos un grupo étnico en capacidad de lucha, de animación (Muñoz, 1934: 128, énfasis mío).

Un buen ejemplo de esta lectura vitalista del bios es la tesis para optar por el grado de Doctor en Derecho y Ciencias Políticas escrita en 1922 por Humberto Videla Jara, en la que reflexiona sobre la disolución de la familia en Colombia. Examinando la tendencia del pueblo colombiano a practicar la unión libre y a tener relaciones sexuales antes del matrimonio, Videla Jara dice que tales tendencias son contraproducentes para los intereses económicos de la nación. Apoyado en la autoridad de Malthus, nuestro flamante candidato al doctorado recomienda la creación de un estatuto jurídico que favorezca los matrimonios tardíos y castigue la promiscuidad sexual con el fin de promover la selección de los más aptos para trabajar. La prohibición estatal del matrimonio antes de los veinte años y el castigo ejemplar de las relaciones extramatrimoniales después de esa edad permitiría que los obreros no se casaran tan jóvenes y concentraran sus mejores fuerzas vitales en la producción de riquezas, aun después de consumado el matrimonio (Videla, 1922: 10-29). Es decir que la política del Estado debe concentrarse en crear las condiciones jurídicas y sanitarias para la reproducción de obreros antes de que estos nazcan. Una biopolítica estatal que ayude a la naturaleza en su proceso de selección natural. Por eso recomienda la implementación de un código sanitario semejante al que rige en Chile, en el que se castiga con altísimas multas la contaminación venérea, pues esto ayudaría a “proteger la reproducción de nuestra raza contra toda causa de contaminación” (Ibíd.: 45). Como conclusión de su tesis, Videla Jara hace suya la opinión del médico argentino Augusto Orrego Luco publicada en el diario La Nación de Buenos Aires:

Conservar el vigor natural de la raza es la mejor manera de combatir los contagios, ya que es preferible evitar una afección que atacarla. Nuestro pueblo ha sido abandonado a su propia suerte y en él han echado raíces todos los males; pero aún no puede decirse que haya entrado en decadencia […] La acción profiláctica contra la degeneración de la especie debe ser auxiliada por una amplia difusión de los conocimientos útiles a este objeto: se debe llamar la atención del pueblo sobre la influencia ejercida por el estado físico y mental de los padres en el momento de la concepción […] Es necesidad vital para el porvenir de la raza que los Estados provean con urgencia a mejorar el medio de vida obrero, con objeto de suprimir todas las causas que obran extrínsecamente sobre el organismo de los padres, debilitándolo o empobreciéndolo (Videla, 1922: 45-46, énfasis mío).

También Laurentino Muñoz se pronuncia a favor de una intervención activa del Estado en la vida íntima de la población. Cuando se trata de prevenir la difusión de enfermedades y otras dolencias que minen la vitalidad del pueblo trabajador, es deber del Estado “intervenir en la vida de los sexos” para “impedir las uniones antieugenésicas” (Muñoz, 1934: 284). Esto significa, por ejemplo, que el Estado benefactor puede proclamar una ley que prohíba que los enfermos de sífilis o de tuberculosis contraigan matrimonio y tengan relaciones sexuales, con el fin de evitar la propagación de la enfermedad al resto de la población. El nacimiento de personas enfermas debe ser evitado, como forma de abrir el camino a la procreación de los más aptos para el trabajo corporal. El juicio de Muñoz es tajante a este respecto: “un alcohólico, un sifilítico o un blenorrágico en estado de contaminación, no tienen derecho alguno para la procreación; por el contrario, los más elementales deberes sociales les prohíben toda unión sexual” (285). El supremo deber del Estado es proteger la salud física de la clase obrera, pues “un pueblo enfermo está incapacitado para el trabajo redentor, en cualquier sentido que se le considere, de modo que debe principiarse por una gigantesca campaña de higienización” (33).

El disciplinamiento de la población debe ser organizado estatalmente como un “plan de vida nacional” que sirva para despertar el vigor de nuestra raza. Tal es la conclusión a la que llegan los intelectuales que rechazan el determinismo biológico de Jiménez López y contemplan el futuro con optimismo. Las cosechas no se pierden por falta de trabajo sino por ausencia de estímulos y garantías estatales para el campesino; los obreros no producen por causa de alguna degeneración racial, sino por hambre y falta de servicios de salud; las capacidades intelectuales de la población no se desarrollan por efectos de la inferioridad biológica, sino por la ausencia de un sistema eficaz de educación pública. No es la biología sino el trabajo y la cultura los elementos que forjan el carácter de una raza. Por eso, es necesario fortalecer el Estado y convertirlo en una máquina productora de “sujetos modernos”, capaces de afrontar el reto de la industrialización. Tal sería la misión que se impondría el gobierno liberal de la “revolución en marcha”. Los saberes tradicionales y todos los conocimientos producidos por “sujetos premodernos” serían vistos desde entonces como pertenecientes a la prehistoria de la ciencia occidental; como “obstáculos epistemológicos” que impedían el acceso de la población a los nuevos conocimientos y experticias demandados por la nueva sociedad del trabajo. Y en esta tarea de expropiación estatal y de “limpieza epistémica”, los nuevos saberes expertos de las ciencias sociales deberían cumplir un papel fundamental.

Pero los titulares de estos nuevos saberes no eran todos los “intelectuales” que actuaban en Colombia durante aquella época. Existían también pensadores subalternos que no estaban involucrados en la lucha por el capital simbólico vigente en el campo intelectual, y que no fueron invitados por los estudiantes de la capital a participar en el “debate sobre las razas”. Personajes como el intelectual indígena Quintín Lame, quien planteó la necesidad de que la clase dirigente del país reconociera la existencia de epistemes alternativas. Para Lame, la modernidad a la que debía encaminarse Colombia era una que en lugar de promulgar la asimilación de los indígenas al modo de vida hegemónico (la “inclusión del otro”), fuera capaz de reconocer la legitimidad de los resguardos indígenas y de sus autoridades, así como la validez de sus formas de producción de conocimientos (Espinosa, 2004). Sin embargo, la modernidad que triunfó en el país fue aquella que arrastraba consigo las viejas herencias coloniales. Por eso, tal como había ocurrido en la Colonia, el movimiento encabezado por Lame fue descalificado por los medios periodísticos y perseguido brutalmente por las fuerzas estatales. Incriminado por estar promoviendo una “guerra de las razas”, Lame fue acusado de sedición en 1917 y permaneció en la cárcel hasta 1921, mientras que los intelectuales de la capital continuaban debatiendo sobre la degeneración de la raza.


Citas

1 Me refiero al debate sobre las razas en los años veinte, un tema bien estudiado en la academia colombiana durante las últimas dos décadas (Holguín, 1984; Helg, 1989; Sáenz / Saldarriaga / Ospina, 1997; Pedraza, 1997; Camargo, 1999; Calvo et al., 2002; y Noguera, 2003).

2 Bunge sigue aquí las tesis del paleontólogo argentino Florentino Ameghino, para quien el continente americano, durante la era mesozoica, fue una gran masa de tierra ubicada en el hemisferio sur, que se prolongaba hasta lo que hoy es Australia. De ahí nace un “tronco” del género humano que permaneció aislado del tronco que evolucionó en África, Asia y Europa. Tanto Ameghino como Bunge rechazaban la teoría de la emigración hacia América por el estrecho de Bering.

3 Jiménez López se inspira en la Ley Johnson de 1924 promulgada por el gobierno de los Estados Unidos, en la que se limita la entrada de extranjeros con carácter de inmigrantes a aquellas personas que, por sus atributos morfológicos y funcionales, puedan ser asimilables por la población nativa y contribuir al perfeccionamiento de la raza. También se inspira en el caso de Sudáfrica: “Las jóvenes nacionalidades del África del Sur, aunque invadidas de tiempo atrás por una porción no escasa de sangre africana e indostánica, han adoptado a su turno para el futuro una política de selección, a base de exclusión de todo elemento de color” (Jiménez, 1929: 7).


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