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Eu tenho visto a noite

I have seen the night

 

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Santiago Arboleda Quiñonez

Profesor de la Universidad Andina Simón Bolívar, Quito (Ecuador). Doctor en Estudios Culturales Latinoamericanos. E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

AUTOR:
Manuel Zapata Olivella

EDITORIAL:
Los Andes

CIUDAD: Medellín

AÑO: 1953

NÚMERO DE PÁGINAS: 182

El relato de viajes He visto la noche, de acuerdo con su autor, Manuel Zapata Olivella (1922-2004), fue escrito en 1946, cuyo material recoge su deambular por los Estados Unidos, incorporando estremecedoras experiencias que se desgajan en un anecdotario punzante enmarcado en agudas reflexiones que nos enmudecen, nos entristecen, por momentos nos hacen trastabillar con breves destellos de esperanza, en el fragor de su torrente narrativo. Apareció en medio del mundo posterior a la Segunda Guerra Mundial, aún humeante.

Fueron cuatro años de vagabundaje, después de abandonar su carrera de medicina, recorriendo varias regiones del país, especialmente la costa Pacífica hasta Panamá; atravesó Centroamérica para anidar temporalmente en la capital mejicana, sin más que unos pocos harapos que protegían su máquina de escribir en la maleta, borradores de una novela1, de artículos periodísticos, las manos vacías y a cuestas su ilusión de ser el escritor que había recorrido América palmo a palmo.

Por Ciudad Juárez fue a parar a Los Ángeles, después de un frustrado intento de ingresar a los Estados Unidos como reportero de una revista mejicana, para cubrir el traslado masivo en tren de jóvenes mejicanos explotados sin tregua en las cosechas del sur ante la devastación de la Guerra. Obligado a vender su máquina de escribir, nos dice Manuel Zapata: “[…] a las cuarenta y ocho horas de permanecer en los Estados Unidos, comencé una lucha desesperada para no caer en los oscuros sótanos de la miseria” (1968: 34).

El ángel de los vagabundos lo contuvo siempre al borde del abismo, del cual en diferentes facetas y nombres tenemos la estela tras cada página: Jorge, quien lo llevó a vivir en su apartamento cuando dormía en las calles; Paulina, quien le buscó trabajo en el hospital como aseador de enfermos; Nancy, quien le dio de comer después de varios días sin probar bocado, mientras dormía entre la estación del tren y el subway de Nueva York; o Langston Hughes, quien lo conectó con las tertulias de Harlem, ubicándolo como profesor de español a domicilio; y Ciro Alegría, quien le tendió la mano, incluso prestándole su máquina de escribir para que sacara en limpio algunos textos. En fin, Zapata consagra la existencia de este ángel, personaje invisible pero palpable en la terca esperanza de los famélicos.

La oscuridad de que nos habla es la larga noche del colonialismo, del racismo, en su prolongación después de la abolición legal de la esclavitud en 1865 por las leyes Jim Crow, bajo la doctrina “separados pero iguales”. La exclusión, el linchamiento, la injusticia contra la población afronorteamericana a lo largo y ancho del país, pero acendrada de manera virulenta en los estados del sur. El hambre es el máximo personaje en su narración, acompañada de la insalubridad, la sordidez y la repugnancia ante la total humillación y desposesión.

Publicado por primera vez en 1953 por la editorial Los Andes, tuvo una segunda edición en 1962, en Cuba, y una tercera en 1968 por la Editorial Bedout. Sin embargo, como lo ha destacado el profesor Laurence Emmanuel Prescott, varios de los relatos que integran este libro habían sido publicados por Zapata desde 1947, especialmente en la desaparecida revista Sábado, de la ciudad de Bogotá. Cuarenta y ocho microrrelatos conforman este periplo, a través de los cuales el autor, sin darnos fechas —quizá intuyendo el eterno retorno de esta tiniebla—, sólo guiándonos por las descripciones de la época, nos diagnostica la situación límite de estos expoliados, desde luego su propia situación; en una relación en la cual se funden cuerpos mutilados, espectrales, vestidos por la mugre con los paisajes nauseabundos de los barrios negros, que denuncia las geografías del horror y el odio, creadas por la demencia de la “supremacía blanca”: “Harlem, sin embargo, me contagiaba su amargura. Me dolían sus casas apilonadas donde se guarnecían cientos de inquilinos, sucios y cansados por el trabajo, sin alegría en sus horas de descanso” (137). Acerca del barrio negro de Atlanta:

Me bastó con doblar una esquina para que aparecieran a mi vista una multitud de casas hechas con fragmentos de cajas de madera. En una de ellas, ocho o más niños me veían asomados a la puerta. Creí que se trataba de una escuela, pero me engañaba. Realmente era una minúscula casa de vecindad, cuyo número de habitantes podía calcularse con sólo contar el número de pequeñuelos desnudos, indiferentes al juego, a pesar de su corta edad. (169)

Es la mirada del antropólogo-médico andariego, que años antes que Fanon, bajo el concepto de negrofobia,el cual hilvana el libro, avizora el ambiente mórbido y la atmósfera psicológica de resentimiento y lucha organizada, tejida en respuesta a estas relaciones de segregación racial. Pero no todo es lamento. En éste también hay resplandores del ambiente festivo al calor del jazz, el blues, los intercambios culturales entre jóvenes de diferentes procedencias, el orgullo negro a través del deporte, el arte, la religión y los ámbitos políticos que sintetizan los anteriores, en una rica intersección entre reivindicaciones sindicales, de clase y raza. Urdimbre que sería antecedente del movimiento por los derechos civiles y, por qué no decirlo, caldo nutricio para el surgimiento de las panteras negras ante la desolación de muerte sembrada por el Ku Klux Klan en la avanzada del jimcroísmo. Otro neologismo usado por Zapata Olivella para la interpretación de esta realidad.

El Mills’s Hotel, escenario de concentración de los menesterosos, deviene en icono de comunidad y solidaridad, donde rudamente fraternizan en el oficio del rebusque para comer los desperdicios de los restaurantes, donde los dejan lavar platos. Aquí emergen varios personajes, destaquemos dos. Antonio, puertorriqueño, había cursado varios años de derecho:

Estos son todos los derechos que nos dan a cambio de la colonización —me decía cuando le pasaba los platos para que los secara” […] “irónicamente comentaba que por ser portorriqueño, la cocina le pertenecía por derecho constitucional. —Eso está inscrito en la Carta de los EEUU. (113-120).

Uno de los modelos por seguir por la comunidad afroamericana es Eugenio. Lavaba platos en la noche, investigaba en la biblioteca pública y estudiaba química y matemáticas en la Universidad de Columbia, además de dar clases gratuitas y formación política a sus hermanos negros: “Tenemos que cambiar el culto del campamento por el de la ciencia […]. No se trata de un problema racial sino de clases. Ahí está la solución” (115-116).

Esta discusión, con plena vigencia, ha sido sorprendida sin solución concreta por el recrudecimiento de la noche, ha retornado la tiniebla, que amenaza con convertir los sueños de liberación de la población afroamericana en pesadillas. Asesinatos policiales selectivos de personas afronorteamericanas, respaldados por la impunidad y los discursos antilatinos y racistas del candidato presidencial republicano Donald Trump. Setenta años después de escrito este libro, la noche espanta al desempolvarse victoriosas las capuchas blancas en el Misisipi en pleno gobierno del primer presidente negro de los Estados Unidos, Barak Obama, quien perplejo tartamudea.

Inspirados en su larga tradición política de lucha, la respuesta de los jóvenes afroamericanos articulados desde el 2013 en el movimiento global Vidas Negras Importan (BLM, por sus siglas en inglés), no se ha hecho esperar. Las protestas se han multiplicado, denunciando también las atrocidades cometidas en Brasil y en otros países de América, África y Europa. La contienda por la vida está abierta, en la forja de derechos realmente aplicables a toda la humanidad, respetando la diversidad de sus relaciones y entornos.

Si aún no han tenido el vertiginoso placer de sumergirse en He visto la noche, con las palabras del joven Manuel Zapata Olivella, los invito a que lo hagan: “Estoy en pleno ejercicio de mi profesión médico-social y aquí habré de permanecer hasta cuando las nuevas fuerzas que emergen de la sociedad, extirpen el tumor que convierte a la mayor parte de los hombres en miembros gangrenados” (182).

Nota

  1. Lo que después de una minuciosa corrección orientada por el peruano Ciro Alegría, sería su novela Tierra mojada (1947). Este dato hace suponer que su estancia en los Estados Unidos debió ser más o menos de un año, entre 1945-1946.


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