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Por una ética de la existencia en la escritura del profesor universitario*

Para uma ética da existência na redação do professor universitário

For an Ethics of Existence in the Writing Production of an University Professor

 

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María Nancy Ortiz Naranjo**

Resumen

El artículo parte de constatar que los criterios de publicación en las humanidades dependen de una academia vinculada con el dispositivo tecnocientífico. Así, la tecnología del desarrollo plantea al profesor universitario como un empresario de sí que se capitaliza a sí mismo y a su corporación por medio de la publicación de artículos, desde una perspectiva competitiva. Concluye que la narración emerge como una de las formas discursivas de resistencia posible a este funcionamiento, a partir de la cual los textos dejan de constituirse como artefactos de datos para adquirir la condición de cuerpos vivos, tensionados por una ética de la existencia.

Palabras clave: escritura académica, desarrollo, gubernamentalidad, producción de conocimiento, humanidades, narración, resistencia.

Resumo

O artigo começa com a observação de que os critérios de publicação nas humanidades dependem de uma academia ligada ao dispositivo tecnocientífico. Assim, a tecnologia do desenvolvimento coloca o professor universitário como empresário que capitaliza a si próprio e a sua corporação através da publicação de artigos, desde uma perspectiva competitiva. Conclui que a narrativa surge como uma das formas discursivas de resistência possíveis contra essa operação, das quais os textos deixam de ser constituídos como artefatos de dados para adquirir a condição de corpos vivos, coagidos por uma ética da existência.

Palavras-chave: escrita acadêmica, desenvolvimento, governança-mentalidade, produção de
conhecimento, humanidades, narração, resistência.

Abstract

The article begins by establishing that the criteria for publication in Human Sciences depends on an academy linked to techno-scientific devices. Thus, the technology of development defines the university professor as an entrepreneur who capitalizes themselves and their company through the publication of articles, from a competitive perspective. The article concludes that the narrative emerges as one of the possible discursive forms of resistance in this operation from which the produced texts cease to be constituted as artifacts of data and acquire the condition of living bodies, permeated by an ethics of existence.

Key words: academic writing, development, governmentality, production of knowledge, humanities, narration, resistance.

* Este artículo hace parte de los primeros resultados de la investigación en curso: “Investigación y prácticas de escritura: emergencias de lo narrativo en la formación de maestros/as”, financiada por el Comité para el Desarrollo de la Investigación de la Universidad de Antioquia (CODI), y la Facultad de Educación de la Universidad de Antioquia (Colombia)
** Profesora de tiempo completo de la Facultad de Educación, Universidad de Antioquia, Medellín (Colombia). Doctora en Ciencias Humanas y Sociales de la Universidad Nacional de Colombia; Magíster en Educación, Licenciada en Español y Literatura. E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

Quién profesa en la Universidad

El profesor universitario contemporáneo se plantea como un académico eficiente, sabe que la calidad de su trabajo está medida por el impacto de sus publicaciones, por la cantidad de veces que sus artículos científicos han sido citados en otros textos del mismo tipo, y tiene muy claro que con ello aporta una valiosa cuota en el posicionamiento de su institución, en la aparición de esta última en los rankings internacionales. De modo que los productos de escritura académica, concebidos como información, capitalizan al sujeto que los produce y a su Universidad.

Esto ha llegado incluso hasta el campo de las humanidades, donde hasta hace relativamente poco no era frecuente la referencia a productos, pero en el que las prácticas de escritura y publicación se abocan, cada vez más, a un asunto de ascenso personal, profesional e institucional, “a mecanismos formales de modernización del sistema universitario, como los procesos de acreditación” (Silva, 2007: 208), en desmedro de su carácter ético, estético y existencial. Se trata de aumentar la calidad y el impacto de la producción de conocimiento basándose, paradójicamente, en criterios ajenos a los contenidos propios de los textos producidos, como por ejemplo, el factor de impacto1.

Así, los criterios para designar la calidad se basan en parámetros cuantitativos de citas, que cuantifican la producción y circulación de la información, desde el presupuesto de que las publicaciones científicas —independientemente de los principios y tradiciones del campo de conocimiento al que pertenecen— caen en desuso con cierta rapidez. Si bien este factor de impacto ha recibido bastantes críticas2, nada ha impedido que continúe siendo el índice bibliométrico más usado en la evaluación de la producción científica y en el otorgamiento de financiación de investigaciones (Mendoza y Paravic, 2006).

Lo anterior ya empieza a afectar directamente los procesos de publicación, edición y escritura de las humanidades en la Universidad y, desde luego, el ethos de la relación del profesor universitario con la escritura misma, ahora inscrita en un dispositivo tecnocientífico, cuyo régimen de verdad gravita sobre el discurso del desarrollo como avance progresivo, lineal y ascendente. Y aunque está claro que la Universidad ha sido siempre un territorio surcado por múltiples relaciones de poder, en tanto cada época y cada contexto tienen sus propias demandas para ésta, por tratarse de un espacio de creación de pensamiento, es preciso que los poderes que la habitan entren en tensión con su posibilidad de cuestionamiento, proposición y profesión3 pública.

En efecto, para Jacques Derrida, la Universidad “debería seguir siendo un último lugar de resistencia crítica —y más que crítica frente a todos los poderes de apropiación dogmáticos e injustos” (2002: 12).

Pero, ¿quién tiene tiempo de profesar en la Universidad ahora que todos estamos tan ocupados, produciendo una academia que equipara “trabajador competitivo con sujeto pensante” (Quintar, 2007: 2)? Tal vez esta profesión resistente de la que habla Derrida no esté por fuera del terreno de los mismos textos que han sido incautados por esa mirada competitiva. Quizá nuestra principal resistencia se encuentre en la desinstrumentalización de la propia escritura para entender que es condición de posibilidad del pensamiento, no sólo un medio para comunicarlo y, menos, un producto mercantilizable.

Cuando el análisis no sólo pasa por una crítica de la dimensión macro del poder, sino que además se pregunta por lo micro y lo molecular, por el cuerpo y el deseo del mismo sujeto de análisis, se hace indispensable activar una ética de la existencia, que lleva equiparado un movimiento de diferenciación frente a determinada identidad uniforme.

Y aquí el discurso cumple un papel vital, porque tensiona las relaciones de saber-poder institucionalizadas y propicia el movimiento de sus límites. En este punto, la formadel discurso funciona como puerta en cuyo umbral se erige la potencia del pensamiento, que trasgrede cualquier policía discursiva. Se desplaza así la urgencia de determinar cuál es el género o la tipología textual autorizada para decir la verdad, porque las formas discursivas tienen indefectiblemente que alterarse para profesar algo hasta el momento impensado.

Desarrollo, educación y conocimiento

Lo presentado hasta el momento nos conduce ineludiblemente hacia la pregunta por cómo pudo filtrarse el régimen de verdad del desarrollo en las prácticas de publicación y escritura académica. Un breve recorrido histórico nos muestra que las estrategias de poder de la tecnología del desarrollo en el campo de la producción de conocimiento han sido eficaces precisamente porque han conseguido anudarse siempre a distintos saberes que las legitimen. Aunque inicialmente el discurso del desarrollo en Colombia tuvo un tono salvador y pastoral, de modo gradual fue adquiriendo un matiz gubernamental que favoreció su incidencia sobre la subjetividad y las formas discursivas de los escritos de los profesores universitarios, y encauzó sus prácticas de escritura y publicación hacia una dinámica competitiva.

La invención del desarrollo, para usar la expresión de Arturo Escobar (2007), encajó en la coyuntura de posguerra gracias a la configuración de un saber que se dio, según el mismo autor, principalmente por su engranaje con distintas disciplinas y conocimientos (economía, planificación, demografía, salud pública, nutrición, ciencias agrícolas, etcétera), y por su correspondiente profesionalización, lo que posibilitó “remover de la arena política todos los problemas y concebirlos dentro de la esfera aparentemente neutra de la ciencia” (2007: 20-21).

El punto de emergencia de todo este régimen de verdad no se ubica tanto en las políticas promulgadas como en el emprendimiento de acciones cuya racionalidad hizo explícitas las conexiones entre proyecto económico, proyecto político y saber científico-social.

Tal es el caso de la Misión Currie, producida entre el 11 de julio y el 5 de noviembre de 1949, cuyo discurso, en efecto, estuvo cubierto por un tono salvador, en el marco de una tecnología de poder pastoral4 que implicaba la intervención sobre la carencia y la ignorancia, por medio de la planeación y la educación. A pesar del auge de los modelos liberales de ese momento, que suponían la menor regulación estatal posible de la economía, en Colombia se experimentaba todavía un intervencionismo interno del Estado, que no era más que una réplica del intervencionismo mesiánico del cual el país era también receptor.

Con la consolidación de la economía del desarrollo y la planeación, los antiguos estilos de investigación fueron desprestigiándose gradualmente, en tanto “no podían satisfacer la necesidad de construcción de modelos y de investigación empírica que la nueva ciencia planteaba” (Escobar, 2007: 157). Este acontecimiento propició la articulación entre una búsqueda pragmática del conocimiento, dispuesta para su instrumentalización en el campo productivo, y una idea de ciencia centrada sólo en lo positivo, en los hechos verificables, en lo empírico y en la experiencia entendida como comprobación. Fue, quizá, este entrecruce estratégico en la búsqueda de tangibles lo que hizo posible el enganche entre ciencia y tecnología.

Lo tangible, además, es susceptible de ser contabilizado y de adquirir la condición de dato; de ahí también el auge de la estadística y su papel en la legitimación de la política pública. En esta dinámica, los datos son aptos para ser traducidos al lenguaje de la planeación, y gracias a ello esta tecnología se erige por encima de otros saberes culturales que, desde esta óptica, se asumen como inferiores.

Más tarde, en la década de los ochenta afloró una gran crisis que puso en duda los enfoques de desarrollo económico imperantes hasta los años setenta. Las prácticas estatistas y redistributivas empezaron a dar paso a la liberalización de la economía, a la privatización de empresas estatales y a políticas de reestructuración y estabilización bajo el control de organismos financieros tales como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional.

Ésta fue, en gran medida, una crisis de endeudamiento que trajo consigo políticas de austeridad (principalmente en los campos de la salud y la educación) y el ingreso al círculo vicioso de tener que pagar préstamos anteriores con el dinero de deudas nuevas. En este período no desapareció el discurso sobre el desarrollo, lo que sucedió es que se acomodó estratégicamente a las nuevas circunstancias, en las que se hacía necesario, para salir de la crisis, la aplicación de un conjunto de reformas desde un núcleo de doctrinas y retóricas que sustentaban un aparente acuerdo global popularizado por los medios académicos y periodísticos como el Consenso de Washington (Gentili, 1996). Se trató de la “aceptación” de la racionalidad de gobierno neoliberal, cuyo principio regulador debía ahora ser el mercado.

Durante los años ochenta, Colombia ya experimentaba un tipo mixto de política económica, que empezaba a comprometerse con el libre mercado y el neoliberalismo, pero que a la vez mantenía prácticas propias del intervencionismo estatal (Martínez, 2004). Y, sin embargo, dichas prácticas se ponían ya en tela de juicio porque “a los ojos de los economistas neoliberales, no hacen otra cosa que generar una ‘cultura de mutuas dependencias’ en la que los individuos hipotecan su libertad al Estado y éste asume la función de pastor de las almas” (Castro-Gómez, 2010: 175).

Así empieza a emerger un arte de gobierno desde el cual es muy importante incidir en el ambiente, de manera que los gobernados se sientan en libertad de elegir. Se trata de una máquina de producción de subjetivación que no necesita imponer una ley a los hombres, sino disponer el saber y el poder de forma que sean aceptados libremente,“es decir, utilizar tácticas más que leyes, o, como mucho, utilizar al máximo leyes como tácticas; hacer de modo que, por ciertos medios, tal o cual fin se pueda alcanzar” (Foucault, 2010: 846-847).

Fue desde esta perspectiva que las ideas de salir adelante, progresar, ascender o escalar llegaron a constituir metas deseables, profundamente arraigadas en el deseo del sujeto que se convirtió en empresario de sí, “gestor de sí, un sujeto activo, exitoso, capaz de crear y administrar sus potenciales ganancias” (González, 2015: 209).

Aquello que en la década de los cincuenta y los sesenta fue enunciado desde un tono salvador, que implicaba el sacrificio y el “pago de un alto precio”, fue cambiando hacia un optimismo frente a la idea de que el desarrollo podría cobijar a todos, en la medida en que fuera calando en los cuerpos, hasta hacerse gubernamental; es decir, hasta hacer con diversas técnicas que los sujetos, desde su deseo, optaran por una forma de vida determinada.

Esto es totalmente visible en el texto Colombia: al filo de la oportunidad (República de Colombia, 1994), que constituye el informe conjunto de la Misión de Ciencia, Educación y Desarrollo, conocida como la Misión de Sabios, convocada en 1993 por el entonces presidente de la República, César Gaviria. Mientras en los documentos producidos en el contexto de la Misión Currie la tecnología de poder pastoral es la predominante, el discurso en la Misión de Sabios, en cambio, tiende hacia la instauración de una gubernamentalidad. En esta vía, la educación sigue orientándose en función del desarrollo, pero ahora éste es sostenible, equitativo y participativo.

De este modo, afloran nuevas formas de capitalismo que ya no tienen en su discurso la negación de la diversidad. Así pues, empieza a ser explícito el reconocimiento del carácter pluricultural y multiétnico del país, pero se trata de un reconocimiento encaminado hacia la competitividad.

Subjetivarse, escribir, vivir

Como hemos podido apreciar, actualmente la academia se mueve por un dispositivo tecnocientífico, compuesto por dos máquinas: ciencia y tecnología5. Pero no es cualquier idea de ciencia la que le sirve al dispositivo, sino aquélla que de forma estratégica se deja engranar con la tecnología por medio de la bisagra discursiva del desarrollo y sus correspondientes valores y prácticas.

Lo planteado hasta aquí nos ha permitido ver de qué manera este discurso ha ido tomando fuerza en nuestro contexto gracias a que ha conseguido adaptarse, sobreviviendo a los cambios nacionales e internacionales, perfilando institucionalidades, pero también instalándose en las prácticas, en la cotidianidad, en los imaginarios, en las narrativas, en el deseo, las expectativas y las maneras de actuación de los sujetos implicados, por medio de diferentes tecnologías, entre éstas la de la planeación, que a nivel macro y micro condiciona y parametriza actividades tales como la investigación, dentro de programas y proyectos que la sujetan a las agendas, cronogramas e intereses de las entidades financiadoras.

Efectivamente, en Colombia, en el marco de la institucionalización de esta tecnología, se funda Colciencias en 1968, entidad que, más que reconocer o hacer explícito el vínculo entre desarrollo industrial y ciencia-tecnología, lo que ha hecho es recoger información, planear estrategias, promover la creación de metodologías y organizar programas y convocatorias desde una racionalidad “volcada hacia la eficiencia y competitividad empresarial en el mercado, estimulación directa de la demanda por medio de la empresa privada, y el vínculo entre productores y usuarios de conocimiento y técnicas” (Jaramillo et al., 2013: 242). Esto ha generado más que una relación dinámica, la subordinación de la ciencia a los intereses productivos y económicos del capital mundial.

Pero, ¿cómo negar que todo esto haya generado alteraciones en la escritura de los profesores universitarios, principalmente en la de aquellos provenientes de las humanidades, un campo caracterizado por la pluralidad discursiva y la diversidad de escenarios de publicación? Sin embargo, el artículo científico, sujeto a los dictámenes de la indexación, viene erigiéndose como un imperativo por encima de cualquier otro género. Aquí está implicada una concepción de escritura a partir de la racionalidad instrumental, cuya validez se basa en la aplicación de un método que separa claramente sujeto de objeto, y sustenta sus aserciones exclusivamente sobre los datos de base empírica. Determinados juegos de saber y poder favorecieron que dicha concepción se instalara como única verdad en las prácticas de evaluación y publicación, por encima de otras que emparentan la escritura con formas de construcción de pensamiento alejadas de la demostración y que se acercan más a lo indicial, lo conjetural, lo analógico, lo aporístico, lo ensayístico o lo narrativo.

Aunque la idea de artículo (Aufsatz en alemán, article en francés) ya existía en las humanidades mucho antes de que el boom de la indexación irrumpiera en la cotidianidad de la academia, éste no puede considerarse, sin más, como sinónimo de lo que ahora se conoce en lengua anglosajona como paper (Santos, 2012: 204), que en castellano corresponde al artículo científico, como informe de investigación dividido en “introducción, materiales y métodos, resultados y discusión” (IMRAD), no obstante, esto no significa que el tradicional artículo de las humanidades no tenga ningún punto de encuentro con el artículo científico (paper) de la actualidad. Lo claro es que para el mundo de las indexaciones, este último tiene un valor superior porque, desde sus supuestos, es el que se acerca más al proceso científico.

Desde esta óptica, en manuales de estilo y reglamentos de publicación es constante la exhortación al uso u omisión de ciertas formas gramaticales y sintácticas, para mantener las reglas de una escritura que deja de ser ejercicio de pensamiento, para volverse informe aséptico en el que, como lo sugiere el Comité Internacional de Editores de Revistas Médicas, hay que “relacionar las conclusiones con los objetivos del estudio, evitando hacer afirmaciones rotundas y sacar conclusiones que no estén debidamente respaldadas por los datos” (Icmje, 2010: 19).

Y a pesar de que dentro y fuera de las humanidades se han debatido ampliamente las limitaciones del positivismo como marco general para brindar comprensiones sobre las realidades sociales y humanas,

[…] la ciencia actual todavía se legitima apelando a los datos, que se verifican una y otra vez en una búsqueda interminable de la verdad a través de la eliminación y el error. Y en su mayoría, las ciencias de la mente y la cultura (la psicología y la antropología) se han embarcado en la misma empresa. (Ingold, 2015: 14)

Es evidente que quienes pensamos desde la orilla de las humanidades no nos sentimos cómodos dentro del actual engranaje tecnocientífico, y quisiéramos poder frenar toda esta avalancha de “calidad e impacto”, en la cual las reglas del juego siempre dejan en desventaja cualquier texto que se desvíe de sus retóricas demostrativas y parametrales. Pero esto no es tan fácil dadas las potentes estrategias de las que el dispositivo se vale, y los intereses políticos y económicos que están en juego.

Y, sin embargo, esas escrituras resistentes que consiguen mantener su profesión dentro del dispositivo —para transformar un espacio es necesario habitarlo— introducen la diferencia porque más que informar o rendir cuentas de procedimientos investigativos autorizados, reactivan la práctica investigativa como ejercicio ético-estético de la incertidumbre y la pregunta. Se trata de textos que nos muestran la pasión de decir, profundamente emparentada con la producción de saber, como un compromiso con el acervo cultural, histórico y científico de la humanidad, pero, además, en contacto con esas regiones en donde reside aquello que no somos, que no hemos sido, aquello que reposa en nuestras sombras, en nuestro afuera, aposento de lo impensado.

Si las estrategias de poder del discurso competitivo —ensambladas a partir de una idea de ciencia centrada en la experimentación empírica, la demostración y la consecución de resultados tangibles y generalizables— son muy eficaces es porque justamente han conseguido calarse en nuestro cuerpo y en el de nuestros escritos de manera gubernamental; no obstante, es en la extensión de nuestro propio deseo y nuestra propia subjetivación que se incuba también la resistencia, capaz de producir una manera de ser y estar en la Universidad, de escribir, una forma de habitar la academia que permita no ser expulsado de ésta, pero que a la vez propicie la fuga y, por qué no, su transformación microfísica.

Ahora bien, profesar desde los bordes, cual equilibrista, sin ceder por completo a la normalización del adentro, sin caer al abismo del afuera, parece una tarea imposible. ¿Cómo bordear un régimen de verdad? En lo que concierne a la escritura, sólo podrá ser escribiendo, ensayando, argumentando, narrando, creando, afinando la estrategia retórica y, a la par, arriesgándose en la imagen, conduciendo el pensamiento al límite de las formas.

Gracias a que ningún dispositivo se encuentra totalmente cerrado y entre sus mallas de poder-saber siempre hay discontinuidades, intersticios, fugas, la vida se cuela en el discurso y se escapa al control del orden del discurso y su juego de reglas. Y aquí nos referimos a la vida como una fuerza activa no sujeta a los ritmos temporales, a los parámetros y prescripciones del deber ser de un régimen; vida como transformación, movimiento, lucha, devenir, capaz de abrir salidas diferentes a las que están clausuradas por el poder, y así encontrar un modo de fuga para respirar, cuando se experimenta la asfixia de un adentro normalizador, para desplegar la vida y profesar.

Desde esta perspectiva, subjetivarse es desinstalarse, moverse de un modo de existencia que empieza a cristalizarse (en la medida en que se acerca a una identificación sustancial y uniforme), hacia otro, tocado por un acontecimiento de vida que pliega el afuera de dicha cristalización. Subjetivarse es respirar, cuando todo está dado para la asfixia; es moverse, cuando todo aboca a la petrificación; es diferenciarse, cuando todo está dispuesto para la homogenización; subjetivarse es vivir.

Así, la subjetivación, en tanto elaboración ética y estética de la existencia, se mueve entre el poder que existe en el adentro de determinado régimen de verdad y la orilla que lo separa del afuera. La salida puede ser total, muerte o locura —no necesariamente clínicas—, si la huida de dicho poder no puede frenarse y luego de cruzar la línea se queda completamente varada en el irrespirable vacío del afuera(Deleuze, 1987: 126).

En el homenaje que hace a Michel Foucault, Gilles Deleuze plantea que la subjetivación reafirma la vida en los pliegues y escapa de esa peligrosa aventura con la muerte: “[…] lo más lejano deviene interior al transformarse en lo más próximo: la vida en los pliegues […] Aquí en esa zona de subjetivación, cada cual deviene maestro de su velocidad, relativamente maestro de sus moléculas y de sus singularidades” (Deleuze, 1987: 158).

Cuando un profesor universitario encuentra recursos para profesar en las páginas que escribe, cuando se descubre otro, luego de ese movimiento deja de ver la escritura como un simple instrumento informativo de la academia para la que trabaja, y se da cuenta de que es academia viva, compromiso con el pensamiento; por más que el dispositivo pretenda cerrarse, la escritura le recordará constantemente que no todo está dicho, que no todo está pensado.

En la búsqueda de la resistencia: emergencia de lo narrativo

La metodología que da lugar a este trabajo combina una analítica del poder y la resistencia, desde una perspectiva genealógica (Foucault, 1983). Hasta el momento, se ha producido aquí una problematización de las relaciones entre los discursos del desarrollo y la producción de conocimiento, y ubicamos en su intersección un régimen de verdad en el cual se implican el saber y el poder, así como unas condiciones de posibilidad que hicieron propicia su emergencia.

En la labor genealógica salimos a la búsqueda de indicios y de marcas en los cuerpos-textos que nos remitan a otras formas de subjetivación y, por lo tanto, a otras verdades silenciadas o sepultadas por la relación de fuerzas vigente. Con un espíritu histórico, la genealogía permite problematizar la emergencia de tal juego de fuerzas y, a la vez, nos ayuda a recordar que hay otras escrituras posibles en el horizonte académico, que existen y han existido otras formas de pensar y escribir en la Universidad. Aquí es crucial el contacto con las formas de esas escrituras resistentes que no constituyen una abrupta oposición al régimen de lo normal, sino que reafirman la vida en los bordes.

Esto se da en la medida en que sea posible captar la argumentación en “el paso de lo habitual a lo inhabitual y el retorno a un habitual de otra índole, producido por el argumento en el momento mismo en que se acaba” (Perelman y Olbrechts-Tyteca, 1989: 273). Resistirse es alterar la normalidad del régimen en la particularidad del texto, sin que éste se perciba como un cuerpo monstruoso o esquizofrénico, lo cual no sólo introduce la diferencia en el texto como pieza del dispositivo, sino en el dispositivo como conjunto. Así, en el seno del texto se produce una nueva habitualidad que dinamiza el régimen de verdad y sus esquemas de percepción.

La diferenciación, el desvío e, incluso, hasta el delirio son necesarios para la creación en la academia, “como procesos que arrastran las palabras de un extremo a otro del universo. Se trata de acontecimientos en los lindes del lenguaje” (Deleuze, 1996: 10-11); esto es necesario para escapar del centro, para bordear el régimen de verdad establecido y plegar algo del afuera en el adentro. Pero, para evitar que un texto sea expulsado del dispositivo (en este caso, para evitar que deje de ser considerado académico), debe cuidar no entrar en estado esquizofrénico; es decir, evitar crear a tal punto una realidad paralela, que ésta le impida darse cuenta de que se salió del dispositivo, que cayó totalmente en el afuera, en un movimiento en el que “las palabras ya no desembocan en nada, ya no se oye ni se ve nada a través de ellas, salvo una noche que ha perdido su historia, sus colores y sus cantos” (Deleuze, 1996: 11). Un texto esquizofrénico se queda sin elementos de significación-comunicación dentro del régimen de verdad del dispositivo.

Al bordear los límites, el texto corre el riesgo de la monstruosidad, la locura o, más aún, de exponerse a la muerte; en todo caso, en esa exposición riesgosa, reafirma la vida dentro del dispositivo. Para que el empleo de una forma (sintáctica, semántica o pragmática) que se desvía de lo normal consiga ser resistente, debe —más que llamar la atención por su carácter insólito— agitar el texto y crear una tensión. De nada valdría aquí realizar un inventario con aquellas figuras retóricas que tendrían esa fuerza inmanente, ya que ésta nunca se produce por fuera de un contexto argumentativo.

Por esta razón, es difícil citar fragmentos de escrituras resistentes, sin correr el peligro de descuartizar el cuerpo del texto y exhibir de manera aislada una parte que es insurrecta, bella o insólita, sólo en relación con ese contexto que sacude resistentemente. No obstante, me atreveré a referenciar un caso, únicamente para captar la emergencia de lo narrativo, como una de las trasgresiones de los tonos en que la academia suele profesar.

En esta vía, encontramos el artículo titulado “Cartas a Clotilde”, escrito por el profesor Alberto Echeverri y publicado en la Revista Colombiana de Educación de la Universidad Pedagógica Nacional en el 2004. En este texto presenciamos la emergencia de Clotilde, un personaje cuyos padres fueron víctimas de la violencia de los años cincuenta, una mujer que deviene en el texto funcionaria de Estado, rectora, investigadora, maestra de una escuela normal y profesora de ciencias. El accionar y el discurrir de Clotilde como un personaje con una mirada y una voz distancia el artículo de los parámetros del experimento científico y nos pone de cara, más bien, frente a una trama en la cual la gran conjetura parece ser a lo largo del discurso: formar es preservar la vida del otro. “Cartas a Clotilde” consigue dar vida a un personaje, poco importa disertar en torno al carácter ficticio o no de su existencia, aquí el texto dice dibujando un rostro:

Tu edad cronológica oscila entre los cincuenta y los sesenta años; tu cuerpo existe desde tiempos inmemoriales en un cuento de García Márquez titulado La siesta del martes en donde la protagonista principal está poseída por un luto perpetuo. Siempre de negro el cuerpo de Clotilde parecía demasiado viejo para ser la madre de sus alumnos y alumnas, “a causa de las venas azules en los párpados y del cuerpo pequeño, blando y sin formas, en un traje cortado como una sotana”. Apoderémonos de la descripción que da cuenta de la atmósfera del personaje: “Tenía la serenidad escrupulosa de la gente acostumbrada a la pobreza” (García Márquez, 1999: 32). (Echeverri, 2004: 256-257)

La referencia al mundo literario no es menos válida que al científico; “si la ficción trata de algo no puede ser de algo que no sea factual. Ficción y no ficción no se diferencian por tratar de cosas reales e irreales respectivamente, sino por tratar de modo diferente sobre cosas reales” (Bermejo, 2008: 25). Y, así, el artículo de Echeverri al perfilar a Clotilde, a la par, va delineando el concepto de rostro magisterial:

Mi indagación se centra en preguntarme por las condiciones que hacen posible que los componentes de la práctica pedagógica se expresen como rostro magisterial. Es lo mismo que preguntarme, ¿cuáles son las condiciones que dan a luz a Clotilde? […] no se debe confundir el rostro magisterial con la cara, cutis, la tez o una imagen publicitaria del rostro; el rostro magisterial es paisaje, enunciados, prácticas, luchas estratégicas, imágenes, territorios, luz y oscuridad (p. 257). La historia a que vengo aludiendo es la plataforma o sustento material de la reconfiguración, y ésta, a su vez, la plataforma de las imágenes. Y el ayuntamiento de enunciados, prácticas, relatos e imágenes confluye en la visibilidad en donde toma la forma de rostros magisteriales, cuya corporalidad puede leerse como un habitus docente que gesta arraigo, pertenencia; en fin, efectos simbólicos que se traducen en normas de conducta práctica. (2004: 258)

Dentro de esta trama, Clotilde es vista moviéndose por distintos pueblos de Antioquia (Comalas6), y desde allí adquiere voz para hablarle a Echeverri, que se desdobla aporísticamente como autor, enunciador, narrador y, gracias a esa voz de Clotilde, también como personaje: “Y añadió Clotilde: ‘No te preocupes Echeverri. A los de mi escuela tampoco les llegarías con tus peroratas, lee con atención las palabras en donde las sembró el poeta Jaramillo Escobar’” (Echeverri, 2004: 260).

La narración busca más que solucionar problemas, descubrirlos, y ello la instaura como un terreno en el que brota con mayor fuerza el lenguaje de la posibilidad que el de la prescripción. El como si cumple aquí un papel vital; si bien la narración familiariza, acerca lo no conocido, no está dentro de sus pretensiones resolverlo del todo, porque la narración deja siempre la puerta entreabierta.

De acuerdo con Paul Ricoeur (2006), aunque la narración convive constantemente con proposiciones lógicas, en vez de estar movilizada por explicaciones causales, es una trama la que hace que el acontecimiento inesperado, imprevisto, anticanónico, pronto se inserte en una secuencia que dará lugar a una forma de comprensión nueva.

Hay relato en tanto algo acontece, algo no predecible irrumpe, algo que no puede explicar, de buenas a primeras, la lógica. Es la trama la posibilitadora del engranaje, de la ligazón del sentido. Basado en Walter Benjamin, Ricoeur afirma que la trama “‘rescata’ el origen de la ‘caída’ en la insignificancia […]. Por imposible que sea de coordinar en un todo el surgir del acontecimiento narrativo, no se agota en su efecto de ruptura, de corte; implica potencialidades de desarrollo” (2006: 141).

En este sentido, Michael Connelly y Jean Clandinin (1995), retomando a Welty, plantean que el sentido de la narrativa se estructura entre la trama y su escenario, el espacio en el que la acción ocurre, que es el aliento de la ficción, tan cerca de nuestras vidas como la tierra que podemos coger y dejar caer en nuestros dedos, algo que podemos sentir y oler. Volvamos al texto de Echeverri, para apreciarlo:

En el occidente Clotilde trabajó en la ENS Ifigenia, situada en la Comala II. En esta polvorienta población, la agonía se cernía implacable: cierre del matadero municipal y la cárcel, traslado de la Fiscalía, una avenida de quintas coloniales donde vivió su clase acaudalada (fruto del auge de la extracción del oro) agonizaba. Un viento de muerte y ternura, mezclado con aires de vallenato y rancheras cuenta los enfrentamientos entre guerrilleros y paras […] la agonía del pueblo se ve matizada por la vitalidad que se desprende del cuerpo de las jóvenes en el día. Al recorrer cimbreantes la plaza, y por el vuelo de las brujas que en las noches te mecen la hamaca y agitan la imaginación. Los cuerpos de las jóvenes y las brujas guardan en su intimidad los aromas del río y el inconfundible olor del café en maduración que desciende de las montañas.

Los aromas se mezclan en las disputas entre los miembros de la fuerza pública y los brazos armados de los poderes locales, por los cuerpos de las jóvenes. Entre los pobladores de todas las comalas circula un axioma que forma el sentido común de la infancia y la juventud, y guía la acción didáctica de las fuerzas del orden, reza de la siguiente manera: “¡Dejad que los niños vengan a mí!, que detrás vienen las mamás, las viudas y las solteras”. Con toda razón Liliana Cavan, en su película La piel, nos muestra cómo los derrotados de la guerra son los niños y las mujeres. (2004: 267)

Diferentes maneras de pensar deben traducirse en distintas formas de escribir. Un saber en tensión es un saber en trama, que se mueve entre el concepto y la imagen porque “donde el entendimiento fracasa, la imaginación sigue teniendo el poder de ‘presentar’ (Darstellun) la Idea. Es esta ‘presentación’ de la Idea por la imaginación la que obliga al pensamiento conceptual a pensar más” (Ricoeur, 2001: 399-400).

A modo de cierre

Este trabajo nos ha permitido observar que la escritura del profesor universitario no es homogénea, que está poblada de tensiones, como signos de movimientos de las relaciones de poder que atraviesan la academia, de saberes que no sólo responden a la aplicación estricta de un método validado en un tiempo determinado, sino a la experiencia como acontecimiento en el que pensamiento, ética y estética se tocan y se alteran. Aquí, el lenguaje no es únicamente un instrumento para representar la realidad, es una forma de construirla, y el método, más que ley o código externo al sujeto de saber, es entrada, paso y camino, como su etimología lo sugiere.

En efecto, el método, como elaboración ética y estética que busca saber, puede entenderse como camino cuya entrada, al igual que en el cuento Ante la ley de Franz Kafka, está custodiada por un guardián que nos advertirá que es poderoso, y que si logramos vencerlo, nos toparemos con otros centinelas, cada uno más fuerte que el anterior. Ninguna fuerza molar podrá derribar ese poder vigilante, porque la entrada está hecha para una sola persona, aquélla que ha llegado a su umbral y ha decidido franquearlo, o morir esperando la autorización de ingreso.

Quien no quiera resignarse, se arriesgará a entrar porque siente que ese camino hay que andarlo, y sea lo que sea aquello que acontezca en esa andanza, nunca será equiparable a un cúmulo de datos huérfanos, desprovistos de contexto. Dado que en un proceso investigativo el resultado, hallazgo, enigma, secreto, o como quiera llamárselo, emerge en estrecha imbricación con las condiciones de posibilidad y las tensiones de una trama que lo hacen ser de un modo particular, para comprender lo acontecido no sólo hay que conocer los caminos que condujeron a ello, sino también recorrerlos, vivirlos, construir una experiencia propia en éstos por medio de la palabra. Por esta razón, no estamos de cara a un saber generalizable, pero eso no lo hace un saber inferior, en absoluto; lo convierte en reto cognitivo, porque le exige al lector desatar sus propias capacidades analógicas, comprender, haciendo parte de, abriéndose una ruta.

Notas

  1. Fue Eugene Grafield quien planteó tal indicador en 1963 para aplicarlo en las publicaciones científicas en la revista Science, poco después de fundar la primera compañía de bases de datos: el Institute for Scientific Information (ISI) (Mendoza y Paravic, 2006), que ahora lleva el nombre de Thomson Reuters ISI y que, según José Santos (2014), se trata de una empresa privada que no oculta sus fines de lucro, al confeccionar y vender bases de datos de más de 12.000 revistas científicas de todas las disciplinas.

  2. Entre otras críticas e interrogantes tenemos: ¿es posible medir la calidad en función del número de citas recibidas? ¿Que el índice de citación sea tan importante para calcular el impacto favorece la típica práctica de autocitación o la de “cítame que yo te citaré”? Por tanto, no puede haber una relación absoluta entre el factor de impacto y la calidad. Es muy cuestionable el período de dos años para calcular el factor de impacto, ello desconoce las dinámicas y tradiciones propias de la citación en el campo de las humanidades. En ISI el inglés es la lengua hegemónica y en esta base de datos es muy reducido el número de revistas indexadas procedentes de zonas “periféricas”. A lo anterior se suma la polémica sobre los efectos que se desatan de tales arbitrariedades de la indexación en los procesos de selección y evaluación de las revistas, por ejemplo, “teniendo dos trabajos bien evaluados, existe la inclinación de elegir el artículo cuyo autor es más conocido, pues ese autor dará mayores dividendos a la hora de citar la revista” (Mendoza y Paravic, 2006: 17).

  3. Profesar es, tanto en francés como en inglés y castellano, declarar abierta y públicamente lo que, por supuesto, desborda el mero conocimiento tecnocientífico (Derrida, 2002). Por esta y otras razones, enseñar no es sólo exponer un saber, es, ante todo, exponerse (Barthes, 1986).

  4. El poder pastoral, de acuerdo con Foucault, es una vieja tecnología cristiana de poder que el Estado occidental moderno retoma y orienta hacia “la salvación (como opuesta al poder político) […]. Ya no se trata de guiar a la gente a su salvación en el otro mundo, sino más bien de asegurarla en este mundo. Y en este contexto, la palabra salvación adquiere varios sentidos: salud, bienestar (es decir, riqueza suficiente, nivel de vida), seguridad, protección contra accidentes” (1988: 9).

  5. Echeverría afirma que —aunque sigue habiendo ciencia y tecnología de manera separada, y no todas las disciplinas se han emparentado del mismo modo ni con los mismos ritmos con las dinámicas tecnológicas— “la propuesta de la tecnociencia […] tarde o temprano afectará a todas las disciplinas científicas e ingenierías” (2005: 10).

  6. El nombre de Comala es tomado de la novela Pedro Páramo, de Juan Rulfo.

Referencias bibliográficas

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