Utopias: entre o possível e o provável

Utopias: between what is possible and what is probable

 

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Editorial

Imaginemos por un instante un mundo sin utopías. Sin máximos para grupos, colectivos o sociedades; sin horizontes trazados por humanos; sin conceptos para orientar la vida, para calentar el ánimo. Una vida sin ideal, sin destino o sin sueños, sin nada realmente extraordinario, difícilmente podría ser una vida.

La filosofía comienza con el asombro, decía Aristóteles en La metafísica (2000), y otro tanto podemos decir de la humanidad que comienza cuando supera su limitación material, cuando busca otros mundos, atrayentes, novedosos y, sobre todo, cuando los comparte, cuando los entrega en palabras o en estética plena. Y es que sin asombro no hay pregunta, y los interrogantes sobre la vida nos conducen a no lugares, a escenarios, no para la supervivencia, sino a estados mentales que dan sentido a la vida.

Las preguntas nacidas de los no lugares no son preguntas sobre el aquí y el ahora, son especulaciones sobre el pasado, el futuro, y también sobre los no tiempos: la pregunta se convierte en especulación, pasa a estar ésta misma sin tiempo, donde el pasado y el futuro se entrecruzan conduciendo al presente a su antojo. Sin lugar y sin tiempo, cargan al presente de realidad: lo hacen bailar frente a los ojos, en los teatros cambiantes de la eutopía y de la distopía, bailando en un “buen” lugar o un “mal” lugar… pero cargado de sentido, y con ello, gozando de libertad.

Frente a las ciencias que intentan dominar —antes, durante y después—, están las propias ciencias del embelesamiento, en el arte y en el discurso, en las ciencias ocultas, en las no ciencias y en las ciencias humanas, con lo posible, con las respuestas últimas: todas son ciencias del asombro.

La admiración es una pasión primitiva que surge como fruto del contacto con aquellas cosas nuevas que no se dejan aprisionar en los esquemas ya conocidos por nosotros. La búsqueda de su sentido es la base de las utopías que no dejan de acompañarnos y de prolongar el asombro a través de los siglos. Y es utopía porque exige distanciarse, mirar de lejos y de frente, desde adentro pero en aislamiento… como la isla del mismo nombre… en un mar que le da sentido. Y se llamó utopía desde el siglo XVI, pero fueron cronotopías o protoutopías desde tiempos cercanos al siempre.

Y fue utopía El Dorado, y el mercado libre, y lo fue el Nuevo Mundo, también el marxismo y el socialismo, la República y la Nueva Atlántida, y Shangri-lá, el Reino de Cristo, los falansterios y el Paraíso. Y de las utopías surgieron la primera huerta, el primer jardín infantil y la primera biblioteca, y también los estremecimientos puros, sin discurso ni norma.

Todas las utopías, con o sin palabras, son revolucionarias. Al enunciarlas nos hacen ver el mundo de una manera distinta. Porque —como quedó enunciado en el mapa que dio origen a esta edición— éstas tienen largas y profundas raíces dentro de las ciencias sociales como horizonte de sentido o como proyecto de sociedad futura, por eso, en este número, NÓMADAS invita a posturas críticas contemporáneas que introducen una fuerte tensión entre lo utópico y lo instrumental, al tiempo que sostienen la idea según la cual, cuando las utopías son reducidas a fines utilitarios, pierden su esencia. Queremos hacer eco de esta postura y recordar que la utopía consiste en un gesto creador de mundo y que poco importa para qué o a quién le sirve. Quien imagina la utopía deviene demiurgo, su enunciación es al mismo tiempo un gesto creador: un acto de habla. La verdadera utopía escapa a la lógica de los medios y fines, y abre un espacio para entregarse a los goces de la medialidad pura.

En este número de NÓMADAS que honra a los revolucionarios, a los asombrados, a los estremecidos y a sus creaciones, presentamos todo el espectro de bailarines y danzas, en mundos del bien y del mal —según quien los mire—, porque el que baila está en éxtasis, ha visto con los ojos cerrados el flujo del no tiempo concentrado en el no espacio. Y en su baile es una isla la que ha visto, pero viene a presentarse él mismo como puente, para llevarnos.

Y todos son nómadas. En este número los hemos agrupado en tres ejes: el primero de éstos reúne a los seres que a veces aparecen como magos y otras como científicos, buscando la fuerza que une o desune la materia, transformando, transubstanciando. En el segundo eje están los utópicos morales, que van de los héroes a los villanos, buscando la fuerza que une y separa a los humanos y a las sociedades, mostrando vulnerabilidades propias y capacidades deseables. Y el tercer eje es el de las visiones, el de los viajes entre mundos y dentro del mundo, el de quien busca el alma, porque “el alma es, en cierto modo, todo” como lo expone Aristóteles en Acerca del alma.

Los distintos textos parecen un archipiélago, un conjunto de islas con un origen geológico común, en el que diversas versiones del ou y del topos convergen. Así, hacer emerger esta sucesión de islas utópicas nos ha permitido conjurar en un mismo volumen artículos que exploran desde la irrupción del “Nuevo Mundo” y su impacto en la invención de lo utópico, hasta la cultura digital y las implicaciones heterotópicas de series como Black Mirror, o la noción de espacialidad en Star Wars.

Abrimos entonces un espacio para el diálogo de saberes construidos desde los márgenes, entre las humanidades, las ciencias sociales y las artes, con el fin de resaltar la importancia de los procesos creativos en la construcción del mundo social contemporáneo. Le apostamos a una mirada distinta que provoque reflexiones críticas acerca del gesto creador que implica toda enunciación. Se trata en consecuencia de una invitación a desplazar los lugares tradicionales de la academia para mirar aquéllos más marginados, donde se construyen imaginarios de mundos y sujetos alternativos.

Porque, aunque nuestro archipiélago no es real, en este momento en el que parecemos estar viviendo la distopía de la posverdad no hay nada más poderoso que un imaginario, y es precisamente eso lo que está en juego en esta edición: la construcción, desde lo utópico y lo heterotópico, de una nueva alteridad.

Quedan, pues, ante una edición completamente experimental, donde el único topos que quedó despoblado fue precisamente el común, pero se trata de un volumen construido como un ejercicio polifónico y audaz donde lo utópico finalmente tuvo un lugar.


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