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Estrategias de reescritura en la revista Casa de Las Américas (1989- 1999)*

Estratégias de reescrita na revista Casa de las Américas (1989-1999)

Strategies of rewriting in the Casa de las Américas magazine (1989-1999)

Nadia Lie**


* Este trabajo es fruto de una investigación más amplia sobre los contactos interculturales en el Caribe, que llevo a cabo con el Dr. Lieven D’hulst (literaturas francófonas) en la Universidad de Lovaina (Katholieke Universiteit Leuven), financiada por el Fondo Nacional de Investigación Científica, de Bélgica (proyecto No. GO12703).

** Profesora e investigadora de Estudios Literarios e Identidades Posnacionales en la Katholieke Universiteit Leuven de Bélgica. E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.


Resumen

Suele decirse que la cultura cubana en los años noventa se caracteriza por un desfase entre la crítica literaria por un lado, y la producción literaria misma, por el otro. Si la literatura se renueva, los críticos literarios en Cuba quedarían ciegos ante tal evolución. Este artículo presenta una crítica a esta visión general del campo literario cubano que se centra en el discurso de la revista ‘Casa de las Américas’. Igualmente, a partir de un análisis del discurso, el artículo dedica atención a la intrincada relación de la Revista con el discurso pos-estructuralista. Termina con una reflexión general sobre las posiciones que asume la intelectualidad cubana en la época (¿pos?) revolucionaria.

Palabras clave: análisis del discurso, crítica literaria, (¿pos?) revolución cubana.

Resumo

Acostuma-se dizer que a cultura cubana nos anos noventa se caracteriza por uma defasagem entre a crítica literária por um lado, e pela própria produção literária, por outro. Se a literatura se renova, os críticos literários em Cuba ficariam cegos perante tal evolução. Este artigo contribui com uma observação crítica a esta visão geral do campo literário cubano, ao centralizar-se no discurso da revista “Casa das Américas”. Igualmente, a partir de uma análise do discurso, o artigo dedica a atenção à intrincada relação da Revista com o discurso pós-estruturalista. Termina com uma reflexão geral sobre as posições que assume a intelectualidade cubana na época (pós?) revolucionária.

Palavras-chaves: análise do discurso, crítica literária, (pós?) revolução cubana.

Abstract

Usually one says that the Cuban culture in the Nineties is characterized by an unbalanced angle between the literary critic by the one hand, and the same literary production, by the other. If literature renews, the literary critical in Cuba would be blind before such evolution. This article shows a critical note to this general vision of the Cuban literary field according to the speech of the journal “Casa de las Américas”. Also, by using the analysis of discourse, the article pays attention to the intricate relationship between the Journal and the poststructuralist thought. It finishes with a general reflection about the positions that the Cuban intellectuality assumes at the time (post?)revolutionary.

Key words: analysis of discourse, literary critical, Cuban (post?) revolution.


Suele decirse que el campo literario cubano se caracteriza en los años noventa por un desfase entre la producción literaria, por un lado, y la crítica literaria, por el otro. Mientras que la literatura experimentó una especie de “boom”, debido a una clara renovación de técnicas y de temas (Reinstädler & Ette, 2000: 7), la crítica literaria en Cuba habría quedado al margen de esta transformación. Estancamiento y ceguera ideológica serían las palabras más apropiadas para calificarla (Fowler, 1999: 19; Zurbano, 1999: 37).

En este contexto, adquiere un interés especial investigar la posición que ocupa Roberto Fernández Retamar, uno de los críticos literarios más conocidos (y más identificados con el régimen), frente a esta situación. De un estudio de Roberto Zurbano, publicado en 1999, se deduce que el caso de Fernández Retamar es ambivalente. Por un lado, afirma Zurbano que la renovación literaria no implicaba solamente la aparición de nuevos valores estéticos, sino que ella se manifestaba también en la revisión crítica de la estética de los setenta, tal como había sido formulada y legitimada por intelectuales orgánicos como Retamar. Desde este punto de vista, pues, Retamar estaría asociado a los valores antiguos, en proceso de revisión. Por otro lado, la revista Casa de las Américas, en gran parte dirigida por él1, aparece mencionada por Zurbano como fuente de inspiración posible para una crítica literaria más apropiada a la nueva estética. De haberse fijado más en esta publicación, afirma Zurbano, los jóvenes críticos en Cuba habrían estado mejor preparados para su nueva tarea (1999: 39-40). Desde esta perspectiva, entonces, Retamar se acerca a la renovación interna del campo literario en Cuba. En definitiva, aparece vinculado tanto al fenómeno de la renovación como a la estética en extinción. Sería tanto viejo como joven en el contexto anteriormente esbozado.

En esta contribución, me propongo indagar la posición supuestamente ambivalente de Retamar, enfocando el discurso periodístico de la revista Casa de las Américas en los años noventa, es decir, en los años que preceden inmediatamente la publicación del artículo de Zurbano. Empezaré con el año 1989, año conmemorativo del trigésimo aniversario de la Revolución Cubana, para terminar en 1999, cuando se celebran los 40 años de la misma revolución. Para quienes estén menos informados sobre la revista, les recuerdo brevemente que Casa se fundó en 1960 bajo la dirección de Antón Arrufat, y estuvo en el centro de los debates ideológicos y artísticos a lo largo de los años sesenta, entre otras cosas, gracias a la presencia de escritores como Julio Cortázar y Mario Vargas Llosa, quienes integraban el comité de redacción junto a los críticos literarios Angel Rama y Emmanuel Carballo. Después del caso Padilla, la revista perdió mucho de su atracción intelectual, debido también a la disolución del comité de redacción. Esto muestra el gran impacto que tienen eventos y discusiones de la escena cubana sobre una publicación que aspira a ser latinoamericana, es decir, transnacional. Por ese motivo, quisiera empezar mi análisis enfocando los comentarios sobre la literatura cubana en la revista, para luego examinar su discurso sobre la teoría literaria en general. En un tercer apartado, indicaré cómo se entretejen ambos discursos.

La crítica literaria cubana

Una primera observación que cabe hacer es que la literatura cubana no queda soslayada en la revista Casa, contrariamente a lo que podría pensarse a partir de los estudios sobre la crítica literaria en Cuba. Desde el primer número del período estudiado, la revista señala la aparición de una nueva generación de escritores por boca de un visitante, el crítico uruguayo Hugo Achugar. Su testimonio recibe amplia atención en la sección “Al Pie de la Letra” (CA, No. 172-173: 145-147). Al final de dicho período, Casa incluso dedica una entrega entera a la nueva literatura cubana. La entrada de los nuevos valores literarios por otro lado, puede explicarse por un cambio en la dirección de la revista: desde 1989 hasta 1991, el joven escritor Arturo Arango, uno de los representantes de la nueva literatura, toma el relevo de Retamar como director de la publicación. Este cambio es presentado por el mismo Retamar como consecuencia natural de su propia promoción a un rango superior: el de presidente de la institución Casa de las Américas. El artículo de Hugo Achugar, sin embargo, menciona cambios semejantes en otros organismos que hacen pensar en una liberalización de la política cultural. El que sea un visitante extranjero quien hace el comentario, y no alguien de la misma revista, puede indicar que se trata de una transformación todavía prudente y delicada. El uso de testimonios directos en la sección “Al pie de la Letra”, donde se reproducen fragmentos de artículos divulgados en otras publicaciones, para comentar impunemente cambios en la política nacional corresponde a una estrategia regular de la revista (Lie, 1996: 189 et pássim).

La idea de la liberalización también aparece durante el IV Congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC) en 1989, donde se insiste en la necesidad de vincular la política de la “rectificación” en curso con un ambiente de mayor “audacia intelectual” (CA, No. 181: 96). El término “Quinquenio Gris” (1970- 1975), propuesto por Ambrosio Fornet en 1987 en una nota a pie de página de una entrega de Casa, conoce ahora una amplia circulación en textos sobre la literatura cubana, donde parece justificar una actitud autocrítica con respecto a los errores de la década de los setenta. Y si bien Retamar vuelve a sustituir a Arturo Arango como director de la revista en 1991, la orientación de la misma parece haber sufrido una renovación duradera: los temas de la homosexualidad, de la religión y del catolicismo, de lo barroco y del cosmopolitismo y, especialmente, de la cultura urbana y habanera entran a la revista.

La despedida de Arango como director de la publicación, tuvo lugar en un momento en el que las autoridades decidieron retirar de los cines cubanos la película crítica y satírica, Alicia en el pueblo de Maravillas (1991). Sin embargo, el discurso sobre la literatura cubana en Casa había cambiado y siguió evolucionando, aunque de manera menos perceptible de lo que había ocurrido en los años anteriores. Ambrosio Fornet, por ejemplo, aparece en las páginas de Casa con un comentario irónico acerca de su incorporación a la Academia Cubana (CA, No. 207), al igual que con análisis críticos de la representación del tiempo histórico en la novelística cubana (CA, No. 191). Los comentarios sobre autores cuyos libros arrojan una luz crítica sobre la Revolución (como Jesús Díaz o Luis Manuel García) aparecen con cierto retraso, pero no queda claro si esto se debe a una coerción político-ideológica. Quizás, la palabra más adecuada para calificar la política editorial de la revista en estos años sea “cautela”, por oposición a la “audacia” del período de Arturo Arango. Mientras que bajo la dirección de Arango, la revista no tenía miedo de entrevistar a personalidades cubanas sobre escritores disidentes, o de dejar espacio a una polémica sobre lo barroco, o, incluso, de adornar textos bastante politizados con ilustraciones frívolas, la revista empieza a emitir críticas de una manera más indirecta después del cambio en la redacción. A modo de ilustración, sigue aquí el final de un artículo de Reinaldo Montero, sobre el libro Habanecer de Luis Manuel García:

Ahora viene una página de letra confusísima, aunque descifrable si me esmero, donde aparece la tesis del escritor outsider, que no es un escritor representante de su país, ni de una ideología, ni de una idea de la literatura, en fin, que es lo más horrible que le puede pasar a cualquier hijo de vecino, y también quedan unas cuantas líneas sobre la historia como tema colectivo, el hombre como tema del ombligo, si es que ahí dice ombligo, y la pasión que es lo único que vale la pena. Pero no. Termino aquí mismo, que trabajar cansa, y ya estoy pasado de cuartillas, y además, noto que habanece (Reinaldo Montero, “De La Habana y su crónica”, CA 196: 128)2.

El concepto “escritor outsider” y la definición que se le da apuntan a una evolución discursiva más profunda, que se lee detrás de la reinterpretación de autores y la aparición de nuevos temas y valores literarios. Me refiero, más concretamente, a la aparición de un tercer espacio dentro del discurso cultural cubano, o, por lo menos, al intento de ahondar una tercera posición. El discurso cultural siempre se estructuró en función del célebre dicho de Fidel Castro, recogido en el discurso “Palabras a los intelectuales” de 1961: “Dentro de la revolución, todo; contra la revolución, nada” (Castro, 1991). El que Castro usara una oposición no excluyente en cuanto a las preposiciones (dentro/contra y no dentro/ fuera o pro/contra) se relaciona, a mi modo de ver, con otro pasaje en el mismo discurso. En efecto, en “Palabras a los intelectuales”, Castro propone una clasificación de los intelectuales en tres categorías: los revolucionarios, los contrarrevolucionarios y los no-revolucionarios. En lugar de un sistema dual y binario, propuso una estructura tripartita. Dicho de otra manera, se podía estar dentro de la Revolución como intelectual “revolucionario”, lo cual quería decir totalmente identificado con el régimen, o como intelectual “no-revolucionario”, lo cual se aplicaba a aquellos más alejados de la ideología oficial. En 1961, Castro estimaba que los intelectuales propiamente revolucionarios representaban el 1 % solamente, así que la idea era que la gran mayoría de ellos no estaba identificada con el régimen y, sin embargo, tenía derecho de seguir creando y expresándose dentro de la Revolución. Esta posición intermedia también daba cabida a los intelectuales izquierdistas extranjeros, como Sartre, que apoyaban la Revolución cubana como “fellow-travellers”. Ahora bien, ya antes del caso Padilla se observa que las tres posiciones se reducen casi imperceptiblemente a dos: desde 1969, el mensaje es que quien no esté claramente a favor de la Revolución, está en contra de ella y, por eso, es su enemigo. Paralelamente, la noción de “compañeros de ruta” desaparece del discurso cubano. Publicaciones como Casa bien dejan de aparecer, bien producen una relectura de sus artículos destinada a demostrar su línea consecuentemente ortodoxa. Así, por ejemplo, la antología que la revista publica con ocasión de su décimo aniversario, ofrece una selección bien determinada de artículos que elimina los textos más críticos.

En los años noventa, en cambio, los textos sobre Cuba y sobre temas más generales (como el socialismo o la homosexualidad) destacan una crítica casi sistemática de las oposiciones binarias, sin, por tanto, utilizar el término “revolucionario”. Así, González Roy deconstruye la oposición entre “individuo” y “sociedad” en un texto que critica la burocracia (CA, No. 178); Emilio Bejel cuestiona las fronteras entre homosexuales y heterosexuales en Cuba y otras partes del mundo (CA, No. 196); Fornet pone en duda la distinción cronológica entre quienes escribían antes y quienes escribían después de la Revolución (CA, No. 191); Pablo Armando Fernández relativiza la diferencia entre los Estados Unidos y Cuba (lo “externo” y lo “interno”) (CA, No. 181: 104); Fernando Ainsa reflexiona sobre la dificultad de deslindar historia y ficción (CA, No. 202); John Beverley usa el concepto de “casta” para demostrar la posición intermedia que ocupaba el converso Rojas en la España de la Inquisición (CA, No. 178), etcétera. En todos estos casos, el blanco privilegiado lo forman las oposiciones rígidas que habían caracterizado el discurso sobre la estética cubana en los setenta y ochenta. Conscientemente o no, casi todos los textos publicados en Casa en los años noventa manejan estas distinciones con suma prudencia o incluso explícitamente las rechazan.

Otros dos conceptos se vinculan con esta crítica indirecta de la ortodoxia revolucionaria. El primero es “sinflictismo”, un término acuñado otra vez por Ambrosio Fornet (CA, No. 191: 16), ahora para referirse a la supuesta ausencia de conflictos internos en la persona revolucionaria. Esta persona, u “hombre nuevo” como solía llamarse en los sesenta, adhería sin dudas ni desgarramientos a las instrucciones revolucionarias. Fue este ideal, según Fornet, el que explica las prácticas de autocensura en los setenta, al igual que una orientación más bien sociológica en la literatura (véase el género del testimonio, por ejemplo). La nueva estética, en cambio, favorece un estilo claramente “intimista” que dedica atención a la complejidad de la vida interna del sujeto revolucionario, el cual adquiere además cuerpo y sexualidad. Tal evolución hace eco a la defensa del individuo en el ensayo de González Roy (CA, No. 178) y apunta a la deconstrucción de la ortodoxia revolucionaria arriba mencionada, pero ahora a nivel de la persona humana.

Otro concepto –el segundo– es “posibilismo”; refiere a la exploración de los límites de la censura bajo el franquismo, trasladada ahora al terreno cubano (Bejel, CA, 196: 18). Por un lado, la noción implica que se reconoce la existencia de prácticas de censura en Cuba en la década de los setenta, cuando siempre se había negado tal existencia; por otro lado, se sugiere que la censura haya sido relativa en cuanto a su efecto. “Posibilismo” implica así que la línea divisoria entre afirmaciones “revolucionarias” y “contrarrevolucionarias” se explora y corroe, por lo cual se rebasa profundamente el sistema dual que había emergido con el Quinquenio Gris. Finalmente, las ambigüedades intrínsecas del artículo sobre Luis Manuel García, la reaparición de entrevistas realmente críticas a determinadas personas, artículos como “Jesús Díaz y la interrogación”, y –al nivel literario– la preferencia por las obras con final abierto en la nueva estética, ejemplifican un enfoque nuevo y más abierto al lector, con quien se espera restaurar un auténtico diálogo.

Aunque las transformaciones discursivas son sutiles, producen un efecto muy claro. Si Ambrosio Forntes todavía limitaba su referencia a la existencia de una novela cubana fuera de la Isla a una nota a pie de página (CA, No. 196: 12), cinco años después Víctor Fowler defiende su decisión de limitarse a la poesía cubana producida en la Isla en términos casi opuestos: lo normal sería integrar también la diáspora en su ensayo, pero

(…) esto que, a primera vista puede parecer un necio prurito nacionalista o insistencia en el enconamiento ideológico, cambia por completo de signo si se piensa que uno de los vacíos mayores en lo que respecta a la información acerca del desarrollo cultural en Cuba, es relacionado con lo que pueda estar sucediendo entre sus creadores jóvenes (CA, No. 215: 11).

Lo que todavía constituía una sugerencia peligrosa y excepcional en 1994, aparece como la solución normal de un problema frecuente en la crítica literaria en 1999. El rasgo distintivo del período examinado es, pues, la reaparición paulatina de una tercera posición en el campo cultural cubano, una posición en la que puede insertarse el nuevo tipo de escritor –intensamente autocrítico y autorreflexivo–.

La teoría literaria en los noventa

Mientras la cultura cubana está tratando de liberarse de los cánones de la estética revolucionaria ortodoxa, la década de los noventa atestigua el éxito internacional de Retamar en las universidades extranjeras. Paradójicamente, debe este éxito a un ensayo temprano de su mano, el ensayo Calibán que se publicó en la revista Casa en 1971. En realidad, el tema principal de este, el cual establece una fuerte oposición entre Calibán (como símbolo de la Revolución) y Próspero (como símbolo de Occidente), concuerda con la instauración y legitimación del nuevo modelo dual en el discurso cultural cubano alrededor del año 1970. Se trata del mismo modelo que los escritores cubanos están tratando de revisar y rechazar en los noventa. Fuera de Cuba, sin embargo, el ensayo fue leído como texto programático, que combatía las lecturas formalistas y abogaba por una crítica literaria más atenta al contexto histórico. Es esta dimensión la que le da al ensayo en los noventa una nueva actualidad y atrae a sus páginas teóricos tan conocidos como: John Beverley, Walter Mignolo, David Saldívar, Beatriz González Stephan, González Echevarría y Josefina Ludmer. Paralelamente, se importan artículos traducidos de Said, Hulme y Mary-Louise Pratt3.

Con algunas excepciones, los nombres mencionados refieren a académicos norteamericanos y británicos de sensibilidad izquierdista. Quizás haya sido un paso más pequeño para ellos publicar en una revista, cuyo nombre evocaba todavía los sueños revolucionarios de antaño. Además, varios de sus textos contienen referencias a Retamar y especialmente a su interpretación de La Tempestad. Said integra a Retamar en “la cultura de la resistencia” en un capítulo de Culture and Imperialism que se traduce en Casa (No. 200); González Stephan aplica el concepto de la cultura calibanesca a la literatura de mujeres (CA, No. 185); Saldívar propone otra concepción de los estudios americanistas inspirándose en “the school of Caliban” (CA, No. 204) y Peter Hulme afirma que América Latina generalmente está ausente del debate poscolonial, con la notable excepción de los críticos caribeños (CA, No. 202). En cuanto a Mignolo, legitima el uso de su propio concepto de “posoccidentalismo” refiriéndose a otro ensayo del mismo Retamar (CA, No. 204). Sumamente crítico con respecto a los intelectuales “burgueses” fuera de Cuba, blasfemándolos a través del símbolo de Calibán –el personaje que blasfema–, el ensayo del mismo nombre empieza a funcionar en los noventa de manera opuesta: como una especie de imán que atrae (o permite atraer) un abanico de enfoques nuevos a la revista: feminismo, estudios subalternos, poscolonialismo, estudios interamericanos y posmodernismo. Lo que se abre camino en las páginas de Casa es, para sintetizarlo, el pensamiento postestructuralista.

Aunque preocupados por otros temas e inconscientes de la evolución coetánea en Cuba, los pensadores postestructuralistas que publican en Casa comparten con sus colegas cubanos una misma sensibilidad: el rechazo de categorías jerárquicas y del pensamiento logocéntrico, la negación del sujeto transparente, el énfasis en el carácter artificial de conceptos culturales como “la nación”. Al mismo tiempo, la acogida del postestructuralismo en la revista muestra una evolución de formas más militantes (feminismo, subaltern studies…) a formas menos politizadas (deconstrucción, pensamiento fronterizo…). Y si John Beverley critica severamente a González Echevarría por su posición supuestamente neutra en política (CA, No. 199), el crítico cubano exiliado a Estados Unidos es invitado, poco después, a contribuir a la revista con un análisis de la novela de la selva (CA, No. 201). De la misma manera, el posmodernismo deja de ser el tema peligroso de principios de los noventa (como en el ensayo de Sánchez Vázquez sobre el socialismo y el posmodernismo (CA, No. 175)), para recibir una calurosa defensa por parte de Offelia Schutte a finales de la misma década (CA, No. 210).

La deconstrucción postestructuralista de los conceptos de “sujeto”, “nación” y –en un nivel más profundo– “modernidad” lleva a una nueva comprensión crítica del proyecto de Casa, tal como éste se había formulado en los años sesenta. La asociación entre la vanguardia estética (o “boom”) y la política –fundamento del proyecto original de Casa– aparece en los textos de Beverley como una asociación altamente problemática, sintomática de la lógica de la modernidad y su fe en el papel emancipador de la literatura. Ni hablar de lo que implica la crítica de Spivak con respecto a los intelectuales deseosos de representar el “sujeto subalterno” (véase su “Can the subaltern speak?”): este cuestionamiento radical, por supuesto, afecta el meollo de lo que había sido el programa de Casa: representar a los que queden sin voz, a los oprimidos y los silenciados.

Estrategias sintácticas y remodelación revolucionaria

No sorprende, en este contexto, que una de las últimas publicaciones de Retamar en el período examinado tenga por título “Del derecho y deber de volver a empezar” (CA, No. 214). En este texto, publicado con ocasión del cuadragésimo aniversario de la Revolución, Retamar alude vagamente a errores antiguos y concluye que “si hemos sabido ser los mismos y otros (…), tenemos el derecho de volver a empezar” (CA, No. 214: 145).

No queda claro en qué consistirá este proyecto, ni para los lectores, ni para Retamar; se limita a citar a Borges afirmando, que “no sabemos nada del futuro, salvo que diferirá del presente” (Borges citado en CA, No. 214: 144). Ante todo, su texto refleja el paso del tiempo y un proyecto más fundamental: sobrevivir en los tiempos que corren o, por lo menos, intentarlo. Simultáneamente, su texto hace eco al pensamiento postestructuralista por la típica referencia a la relación dinámica entre el “yo” y el “otro”. El mismo tipo de alusión ya aparece unos años atrás, cuando Retamar propone releer su ensayo Calibán no como una réplica vehemente contra un grupo de intelectuales desdeñables (Fuentes, Rodríguez Monegal…), sino más bien como un diálogo consigo mismo (CA, No. 191). El título del ensayo de 1999 (Del derecho y deber de volver a empezar), sin embargo, contiene todavía otra clave para los lectores cubanos: alude a uno de los ensayos fundadores de la nueva literatura cubana. En efecto, en 1992, Leonardo Padura publicó en La Gaceta de Cuba el “Del derecho de nacer”, reivindicando para la nueva generación el derecho de ser diferente de, y sobre todo, más crítica que la generación anterior. El último ensayo de Retamar en nuestro período proporciona, desde esta perspectiva, un nexo sintáctico entre los dos discursos que coexisten en la revista –el que versa sobre la literatura cubana y el que trata de temas de teoría literaria–. Cierra, además, un ciclo de publicaciones de textos más antiguos sobre Casa, que databan de los sesenta, en la sección “Páginas salvadas”; todos éstos volvían a inscribir la noción de libertad y amistad en su discurso, revisando las despedidas desgarradoras que había impuesto el Quinquenio Gris. Los textos sobre Roque Dalton, Angel Rama y Julio Cortázar son ilustrativos al respecto. Por su parte, Retamar se presenta en una entrevista como “poeta” antes que como “intelectual”, y como un joven discípulo de Lezama Lima en los años que precedían la Revolución (CA, No. 181). Redescubierto por la nueva generación como influencia mayor, Lezama Lima –escritor marginalizado en los setenta– aparece aquí como eslabón entre la vieja y la nueva estética en los noventa.

De un modo diferente, Zurbano detecta en las páginas de Casa de las Américas ideas importantes para poner al día la crítica literaria en Cuba (CA, No. 215). Afirma que los nuevos poetas han sufrido la fuerte influencia de pensadores como Derrida, Foucault y Barthes, y si bien los nombres de estos teóricos no aparecen explícitamente en Casa, es cierto que están en la base de la sensibilidad teórica que la caracteriza en los noventa. No extraña, pues, que Víctor Fowler, al presentar la nueva poesía al público de Casa en 1999, recurra a la metáfora del caníbal que también había inspirado a Retamar en el ensayo Calibán. Los críticos literarios, afirma Fowler, deberían seguir leyendo la teoría literaria de manera salvaje, canibalizándola y así descolonizándose de las categorías literarias marxistas que se desploman al entrar en contacto con la nueva estética de los noventa (CA, No. 215: 12).

Conclusiones

En una entrevista aparecida en marzo de 2005, Luis Manuel García, director de Encuentro –revista publicada en Madrid que intenta fomentar el diálogo entre los escritores cubanos residentes en la Isla y aquellos de la diáspora– distingue tres tipos de intelectuales bajo el régimen castrista: aquellos intelectuales orgánicos que claramente lo apoyan; los que disienten abiertamente y, a causa de ello, sufren severas consecuencias represivas; y por último, los que califica como “los que se hacen los bobos” [los estafadores/ bufones], aquellos que exploran de manera estratégica los límites de la represión pretendiendo ignorarlos, y en el caso de ser descubiertos, admiten humildemente su error evadiendo así la persecución política (De Greef, 2005: 33-34).

En esta entrevista, Retamar aparece mencionado como un ejemplo de “intelectual orgánico” (Ibíd.: 33). Sin embargo, si tenemos en cuenta lo expuesto anteriormente, podría también asociárselo con la figura del que “se hace el bobo”. Si disentir abiertamente del régimen es todavía peligroso, lo mismo ocurre en el caso de un acuerdo incondicional, en un momento en que Cuba está ingresando en una era Pos-Castro y en el que el clima cultural y político está caracterizado por “el cambio de fortuna”. En este contexto, los “intelectuales orgánicos” podrían desarrollar similares estrategias de supervivencia a las de los llamados “tricksters”, explorando las zonas de lo decible y lo pensable, practicando el discurso del “posibilismo” que, así como permitiría a los “trickster” sobrevivir a la represión, posibilitaría al intelectual orgánico sobrevivir en un futuro que se presenta imprevisible.

La incorporación de artículos y ensayos de prestigiosos teóricos literarios extranjeros no sólo otorga prestigio al medio en el que son publicados sino también a su director, quien obtiene reconocimiento académico en el exterior. Al mismo tiempo, la publicación del pensamiento posestructuralista en la revista inaugura nuevos espacios discursivos en el contexto cubano, posibilitando alianzas estratégicas. La conciencia de que conceptos cruciales que subyacían tras la ortodoxia revolucionaria (la transparencia del sujeto, el realismo, el nacionalismo entre otros) son construcciones, y que, por lo tanto, son susceptibles de ser reconstruidos o disociados de las prácticas sociales, está marcadamente presente en las páginas de Casa, tanto en las nuevas obras literarias cubanas como en el discurso teórico. Por esta razón, la extendida idea de que el campo literario cubano de los noventa se caracteriza por un marcada divergencia entre discurso literario y discurso crítico debería ser revisada: el desfase entre el discurso literario, por una parte, y los discursos sobre la literatura o la teoría en general, por otra, al menos en el caso de Casa de las Américas, es mucho menor del que cabría esperar.


Citas

1 Para un estudio detallado de la Revista bajo la dirección de Antón Arrufat (1960- 1965), véase Lie (1996: 113-153).

2 Otro ejemplo se halla en una nota a pie de página, añadida por Ambrosio Fornet para indicar que “la novela revolucionaria cubana” no corresponde siempre a “novela escrita por autores que viven en Cuba” (CA 196, 1994).

3 El ensayo de Retamar también se vuelve a editar en versión inglesa, con un prólogo de Fredric Jameson. Sobre la traducción al inglés y su vínculo con el modelo dual aquí descrito, véase Lie (2003).


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  26. ZURBANO TORRES, Roberto, “La crítica literaria cubana: hacia una búsqueda de sí y de la(s) poética(s) del fin de siglo”, en: Casa de las Américas, No. 215, abriljunio, 1999, pp. 37-43.

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