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Del final del sistema-mundo capitalista hacia un nuevo sistema-histórico alternativo: la utopística de Immanuel Wallerstein

Do fim do sistema-mundo capitalista a um novo sistema histórico alternativo: o utopismo de Immanuel Wallerstein

From the end of the capitalist world-system to a new alternative historical system: the utopianism of Immanuel Wallerstein

Ramón Grosfoguel*


* Docente investigador del Departamento de Estudios Étnicos, UC-Berkeley. E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.


Resumen

Para entender el pensamiento “utopístico” de Immanuel Wallerstein primero es necesario diagramar un breve recuento de su perspectiva teórica, mejor conocida como “sistema-mundo”. No pretendo aquí una síntesis exhaustiva de esta perspectiva sino mencionar aquellos aspectos relevantes a nuestro tema, para luego exponer el pensamiento de Wallerstein con respecto al fin del capitalismo histórico y la transición hacia un nuevo sistema-histórico.

Palabras clave: sistema-mundo, utopística, Immanuel Wallerstein.

Resumo

Para entender o pensamento “utopístico” de Immanuel Wallerstein, primeiro é preciso diagramar uma breve recapitulação de sua perspectiva teórica melhor conhecida como “sistema-mundo”. Não pretendo aqui realizar uma síntese exaustiva desta perspectiva senão mencionar aqueles aspectos relevantes ao nosso tema, para então expor o pensamento de Wallerstein com respeito ao fim do capitalismo histórico e a transição em direção a um novo sistemahistórico.

Palavras chave: sistema-mundo, utopística, Immanuel Wallerstein.

Abstract

In order to understand Immanuel Wallerstein’s “utopistic” thought, it is necessary, first, to make a brief account of his theoretical perspective which is better known as “world systems theory”. Here, I do not try to make an exhaustive synthesis of this perspective but to mention those aspects more important, and, then, to expose Wallerstein’s thought with respect to the end of the historical Capitalism and the transition towards a new historical-system.

Key words: world-system approach, utopistic, Immanuel Wallerstein.


Liberalismo: geocultura hegemónica del sistema-mundo

La perspectiva conocida como “sistema-mundo” (“world-system approach”), que el sociólogo estadounidense Immanuel Wallerstein ha desarrollado en las últimas cuatro décadas, es una de las aportaciones teóricas más críticas, sugestivas y provocadoras de la actualidad. Wallerstein es un intelectual comprometido con los “condenados de la tierra”, que ha hecho un cuestionamiento radical a la epistemología de las ciencias sociales, al eurocentrismo, a los mitos de la historiografía occidental con respecto al ascenso de Occidente, a la visión evolucionista de los sistemas sociales, al desarrollismo, a la conceptualización liberal del sistema capitalista y al socialismo estatista. Sus aportaciones en términos analíticos y conceptuales son enormes. Su trilogía de sociología histórica acerca de la formación del presente sistema-mundo moderno/ capitalista (trilogía que cubre desde 1450 hasta 1840) es lectura imprescindible para cualquiera que quiera comprender y transformar los complejos procesos histórico-sociales de dominación y explotación que vivimos desde hace 500 años.

La perspectiva del sistema-mundo representa un grito de protesta contra las perspectivas liberales tanto de las ciencias sociales como de la izquierda reformista y/o radical. Según Wallerstein (1991a; 1991b), el liberalismo ha sido la ideología dominante del sistema-mundo durante los últimos doscientos años, y su punto de referencia fundamental es la Revolución Francesa que marca una ruptura ideológica con el pasado y crea la geocultura del liberalismo como ideología dominante. El liberalismo, entre otras cosas, se caracteriza por:

  1. La idea de progreso: El mundo se mueve teleológicamente hacia mayor progreso. Cada país va en una línea ascendente hacia un mejoramiento de sus condiciones de vida políticas, sociales y económicas encaminadas a la libertad, igualdad y fraternidad. Los cambios ocurren paulatinamente a través de reformas al Estado, o revolucionariamente a través de la transformación radical del Estado. Las teorías de modernización de derecha y de izquierda forman parte de esta ideología.
  2. La ideología desarrollista: Promueve la idea de que cada país es autónomo uno de otro y se desarrolla en una línea ascendente (teorías de modernización de derecha) o desde modos de producción precapitalistas (comunismo primitivo, esclavismo, feudalismo, etc.) hacia modos de producción capitalistas, socialista y, finalmente, comunistas (teorías de modernización de izquierda). La unidad de análisis es el estado-nación, entendido como la cultura de los individuos y las políticas de desarrollo del Estado o la clase social que controla dicho Estado dentro de las fronteras jurídico- políticas que delimitan un país. Dependiendo de si el discurso es liberal de derecha o liberal de izquierda, se enfatizará uno u otro de estos aspectos. La presuposición principal es que el desarrollo descansa sobre lo que ocurre al interior de cada estado- nación, sin vinculación fundamental o sin reconocimiento de las determinaciones de las estructuras de poder globales.

A partir de la Primera Guerra Mundial, el liberalismo ha producido dos ideologías desarrollistas: la wilsoniana y la leninista (Wallerstein, 1995). En lo que concierne a la primera, tuvo sus inicios durante el gobierno del presidente norteamericano Woodrow Wilson quien, a nivel formal, fue el primer gobernante del imperialismo en reconocer el derecho de las naciones a la autodeterminación. La idea era consentir la soberanía de los países coloniales para que cada uno pusiera en marcha las políticas que le permitieran alcanzar los niveles de desarrollo económico, político y social de Occidente. A partir de la Segunda Guerra Mundial, este reconocimiento desembocó en el proyecto desarrollista de la Guerra Fría del presidente norteamericano Harry Truman. Durante este periodo, el estado norteamericano financió directamente esfuerzos universitarios para formular teorías de la modernización que tuvieran legitimidad “científica” (deberíamos mejor decir “seudo-científicas”) y le dieron carácter de “cientificidad” al desarrollismo. Igualmente, incentivó una serie de políticas al interior de los estados nacionales destinada, por un lado, a cambios en la cultura, de “tradicional” a “moderna” y, por otro, a la industrialización mediante estrategias que incentivaran la inversión extranjera. Estas dos políticas fueron centrales durante la Guerra Fría.

En lo que concierne a la segunda, el lema del leninismo sobre el “derecho de la naciones a la autodeterminación” y su énfasis en las revoluciones anti-imperialistas en Oriente, especialmente después del fracaso de la revolución en Europa y en Alemania, compartió con el Occidente capitalista el modelo de desarrollo basado en fórmulas políticas “adecuadas” al nivel del estado-nación. Según este lema, mediante una revolución que garantizara la toma del poder por parte de un partido proletario y/o un movimiento de liberación nacional, los países “subdesarrollados” alcanzarían su verdadera independencia, es decir, la industrialización y lograrían niveles de desarrollo similares a los de los países “desarrollados”. Siguiendo la fórmula leninista, los movimientos antisistémicos que se tomaron el poder del Estado implementaron, entonces, políticas desarrollistas que, al reproducir la premisa de que el desarrollo ocurre a nivel del estadonación, terminaron transformándose en movimientos conservadores donde se anclaron las nuevas elites “capitalistas de estado” las cuales, en alianza con el imperio soviético, se convirtieron en burguesías estatales.

Como podemos ver, según Wallerstein (1995), ambas ideologías son similares en lo que respecta a que privilegian como unidad de análisis el estado-nación y subestiman las relaciones de explotación y dominación del sistema-mundo, en las que el desarrollo y el subdesarrollo son las dos caras de la misma moneda. En efecto, en el sistema- mundo capitalista no hay desarrollo en una región sin que ocurra subdesarrollo en alguna otra. Justamente, el “progreso” de Europa y Euro-Norteamérica es efecto de la dominación y la explotación que han ejercido sobre las regiones no-europeas (Wallerstein, 1974; 1980).

De acuerdo con Wallerstein (1974; 1979), el sistema-mundo capitalista se inauguró con la expansión colonial europea a fines del siglo XV, que produjo una división internacional del trabajo entre centros, semi-periferias y periferias, con la cual conformó una red jerárquica y permitió a las regiones de los centros desarrollarse a expensas de la explotación del trabajo de las regiones periféricas. Igualmente, las formas, primero, esclavistas y, luego, semi-feudales que se establecieron en la periferia no fueron una secuencia histórica de modos de producción, sino resultado de las formas de trabajo que el sistema-mundo moderno capitalista implantó en el centro y reprodujo en la periferia. De ahí que Wallerstein abandone la noción de “sociedad” como categoría analítica, asociada con las fronteras jurídico- políticas de los estados-nación y emplee la categoría de “sistemamundo” o “sistemas históricos”, propuesta por Fernand Braudel, para referirse a una unidad de análisis de escala espacial más amplia y de escala temporal más larga (larga duración).

Según Wallerstein (1979; 1991a; 1995), el cambio de unidad de análisis tiene grandes consecuencias: una de ellas, por ejemplo, conduce a atribuir el carácter de gran mito del siglo XX a la vieja estrategia de izquierda de “toma del poder” del Estado para construir el “socialismo en un solo país”. Ello, porque la izquierda ha partido de un razonamiento falso que se basa en asumir que el capitalismo, en última instancia, es un sistema nacional mientras que el capitalismo internacional tiene por función tratar las disputas entre diversos capitalismos nacionales divididos entre imperialistas y semi-coloniales. Por tanto, cualquier país, a través de una revolución, puede construir autárquicamente el “socialismo en un solo país”. Si bien, agrega el autor, estas revoluciones han traído reformas importantes para sus respectivos pueblos (mejores condiciones de salud, educación, vivienda, etc.), no han cambiado la naturaleza de las relaciones capitalistas de explotación y dominación ni la estructura de la división internacional del trabajo. De ahí que el llamado “campo socialista” nunca haya estado afuera sino adentro del sistemamundo capitalista y que el “desarrollismo” haya formado parte de su lógica reproductiva, en tanto enfoca la solución de un problema sistémico global en políticas estatales a nivel nacional.

Crisis terminal del capitalismo histórico

Para Wallerstein (1974; 1979) el sistema-mundo capitalista se desenvuelve cíclicamente y no de manera evolutiva. Hay períodos de expansión (fase A) y períodos de contracción (fase B). Durante la fase B, el sistema-mundo entra en crisis y se abren períodos de posibilidades para la movilidad ascendente y descendente al nivel de la división internacional del trabajo. Algunos países descienden del centro hacia la semi-periferia o periferia, mientras otros ascienden de la periferia a la semi-periferia o centro. No importa cual grupo específico de países ascienda o descienda, lo importante es que dicha estructura se reproduce constantemente en la larga duración del sistema- mundo capitalista y se estructura de forma piramidal con un pequeño grupo de países del centro arriba, un reducido grupo de países en la semi-periferia en posición intermedia y una gran mayoría de países localizada abajo. Justamente, la inmensa mayoría de la población mundial se encuentra en la parte inferior de la división internacional del trabajo, es decir, en la periferia. Por ello, el argumento de Wallerstein (1991a; 1998) según el cual el presente sistema solamente ha funcionado para una minoría y no ha funcionado para la mayoría de la población del planeta. Peor aún, en comparación con sistemas-mundo anteriores, el actual, en muchos sentidos, ha sido el peor, sobre todo, a nivel de: la capacidad de destrucción ecológica planetaria, la capacidad de destrucción de los mecanismos de subsistencia para la reproducción de la vida humana, la desigualdad de ingresos y la capacidad tecnológica de guerra y matanza de seres humanos.

En el presente sistema-mundo, casi siempre el ascenso o descenso de un país o grupo de países en la jerarquía de la división internacional del trabajo ocurre en periodos de crisis y a partir de guerras imperiales o revoluciones (Wallerstein, 1979). Las guerras son una de varias maneras de resolver las crisis cíclicas del sistema. Además de ellas, el sistema resuelve las crisis mediante la conquista de nuevos territorios, la incorporación como asalariados de más población, la mercantilización cada vez mayor de la reproducción de la fuerza de trabajo, el debilitamiento cada vez mayor de las barreras proteccionistas de los estados-naciones, la externalización de costos por medio de la incorporación masiva de la naturaleza a los procesos de acumulación con sus consecuencias destructivas, etc. Estos mecanismos de reproducción sistémica que Wallerstein llama “tendencias seculares” resuelven la crisis en el corto plazo, pero la agravan en el largo plazo al llegar a un punto de no retorno donde el sistema entra en crisis terminal.

Según Wallerstein (1995; 1998), con los levantamientos de los movimientos del 1968, el consenso neo-liberal de Washington a principios de los ochenta y la caída del muro de Berlín en 1989 se ha llegado a un momento de crisis terminal, porque dichos acontecimientos hicieron picadillo la ilusión liberal desarrollista. Mi primera reacción cuando por primera vez escuché al autor pronosticar el fin del capitalismo histórico en 50 años fue asemejar su presupuesto a una “predicción” sobre el fin del capitalismo, típica de la Segunda y Tercera Internacional. Sin embargo, mirado con más detenimiento y sin confundirlo con las viejas profecías del kautskismo o el leninismo, el argumento wallersteiniano es más profundo de lo que a primera vista aparenta.

Para Wallerstein (1991a; 1995; 1998), los sistemas-históricos tienen un comienzo, un largo período de reproducción incesante más o menos estable y un fin. El fin de los sistemas-históricos ocurre cuando las tendencias seculares que resuelven las crisis cíclicas de corto plazo llegan a su punto de asymptote, en el que no solo no solucionan las crisis cíclicas inmediatas, sino que empeoran las crisis sistémicas en el largo plazo. Por ejemplo, una tendencia secular del sistema ha sido resolver el aumento en el costo de la fuerza de trabajo expandiéndose hacia nuevos territorios e incorporando mano de obra más barata. Esto tiene la ventaja de resolver la crisis cíclica en el corto plazo pero, en el largo plazo, tiene la desventaja de que, llegado el momento, como es el caso hoy en día en que el sistema ha conquistado todos los espacios planetarios, no tiene hacia donde más expandirse para resolver las crisis cíclicas. Lo anterior aumenta la capacidad de negociación de los trabajadores a nivel mundial (es importante insistir que Wallerstein no está hablando aquí a nivel de un estado-nación) frente al capital y, por tanto, hay presión para el aumento global de los salarios, lo que también disminuye globalmente las ganancias. Hoy día, cuando el capital re-localiza sus inversiones hacia la periferia ya no lo hace por medio del empleo de mano de obra esclava o semi-servil, sino que tiene que utilizar el mecanismo más caro de remuneración de la fuerza de trabajo en el sistemamundo capitalista: el trabajo asalariado (Wallerstein, 1979). Aunque todavía paga salarios más baratos en la periferia que en los centros, el hecho de que se vea obligado a pagar salarios es ya un costo mayor para el capital.

Un segundo ejemplo es la manera como el capitalismo está operando al excluir de los gastos estatales los costos que acarrea el uso y destrucción de la naturaleza. Hoy día, dada la crisis fiscal de los estados y la escasez de recursos naturales, los costos de los bienes naturales, cada vez más exorbitantes, requieren ser asumidos por el capital, lo que disminuye sus ganancias. Lo mismo ocurre con la reproducción de la fuerza de trabajo. Contrario a lo que señalan los “manuales marxistas”, el sistema-mundo capitalista ha funcionado históricamente a través de la incorporación de obreros asalariados en hogares semiproletarizados. De esta forma, la reproducción de la fuerza de trabajo no ha dependido enteramente del mercado, sino del trabajo nomercantilizado, gratuito, de los miembros del hogar (Wallerstein, 1979). Esto ha permitido al sistema pagar salarios por debajo de la media de subsistencia, sin que los obreros dejen de reproducir su fuerza de trabajo. Con la creciente mercantilización de todos los productos de subsistencia y la acelerada desruralización del mundo, las formas no-mercantilizadas de reproducción de la fuerza de trabajo se han reducido significativamente. Esto produce una fuerte tendencia sistémica a aumentar los costos de reproducción de la fuerza de trabajo y la presión sobre el capital para incrementar los salarios, lo cual, en el largo plazo, afecta los niveles de ganancia. Otro mecanismo sistémico en crisis identificado por Wallerstein es el creciente déficit fiscal de los estados-nacionales. La manera tradicional de funcionamiento del capital ha sido forzar a los estados- nación a asumir muchos de sus costos, al mismo tiempo que ha buscado limitar los impuestos estatales sobre sus ganancias. Con el déficit fiscal de los estados, los costos de producción y reproducción del capital, que antes eran su responsabilidad, son asumidos cada vez más por el propio capital. Algunos ejemplos de lo anterior, van desde los costos de agua y electricidad hasta los de seguridad. Por último, Wallerstein le concede una importancia extraordinaria a la crisis de la geocultura liberal y a su idea de progreso. La crisis del liberalismo hace que las masas no tengan esperanza de futuro en el sistema y busquen salidas que lo ponen en jaque. Los fundamentalismos integristas así como los movimientos radicales antisistémicos son un síntoma de la falta de fe en la idea de progreso y en la capacidad del sistema para resolver los problemas sociales del mundo (Cfr. Wallerstein, 1998: 45-47).

Bifurcación hacia un nuevo sistéma-histórico

Su argumento está basado en el análisis de una serie de procesos históricos mundiales y mecanismos sistémicos que demuestra cómo las tendencias seculares del sistema han llegado al punto de asymtote, por lo cual entramos en un punto irreversible, de no retorno, de bifurcación, de incertidumbre, de fin del presente sistema-mundo capitalista hacia un nuevo (o nuevos) sistema(s)-histórico(s) que, contrario a las profecías leninistas, no tienen garantías, es decir, podrían ser mejores o peores que el presente sistema-mundo capitalista.

Wallestein (1995; 1998; 2003) caracteriza los primeras cinco décadas del siglo XXI como un momento de transición, de bifurcación hacia el fin no sólo de la hegemonía estadounidense sino del presente sistema- histórico. Usando la “teoría del caos” desarrollada por Ilya Prigogine y la escuela de Bruselas, habla de un periodo de incertidumbre y bifurcación (Wallerstein, 1991a). Dependiendo del éxito o fracaso de nuestra agencia social y de las intervenciones de los movimientos sociales anti-sistémicos en este momento de bifurcación, la transición hacia un nuevo sistema-histórico puede llevar a un mejor o a un peor sistema. Nada predeterminará ni garantizará el futuro. Se trata de un período de incertidumbre. Puede haber un nuevo sistema histórico más justo e igualitario, o uno más explotador y opresivo. Si es correcta la apreciación de Wallerstein (1998) de la presente situación histórica, es urgente abordar nuestra acción como sujetos colectivos y repensar nuestras utopías para crear mundos alternativos.

Como ha demostrado Wallestein (1974, 1979) en su sociología histórica, la transición entre el feudalismo y el mundo moderno en Europa no fue como las narrativas marxistas y liberales la han caracterizado: una clase burguesa que emerge en las ciudades y, a través de reformas o revoluciones, desplaza a la aristocracia feudal. Por el contrario, fue la misma aristocracia feudal que en su búsqueda de soluciones a la crisis del viejo sistema, creó un nuevo sistema-histórico, el “sistema-mundo Europeo/Euro-norteamericano capitalista/patriarcal moderno/colonial” (Grosfoguel, 2005). Las elites capitalistas transnacionales del siglo XXI podrían seguir la misma estrategia que la aristocracia feudal de fines del siglo XV y reinventarse, mediante la creación de un nuevo sistema-histórico peor que el que vivimos, para así preservar sus privilegios, dado que cuentan con un nivel de riqueza y de poderío militar nunca vistos en el pasado de la humanidad. Por tanto, Wallerstein enfatiza en que las clases dominantes, sin luchar, no van a ceder su poder ni a renunciar a sus privilegios.

Utopística

Para Wallerstein, durante los largos períodos de reproducción sistémica, los sistemas-históricos operan con relativa estabilidad, a pesar de las crisis cíclicas que los atraviesan y de los movimientos anti-sistémicos que los retan. La lucha de los movimientos anti-sistémicos tiene muy pocas posibilidades de destruir el sistema-histórico durante los largos siglos de su reproducción estable aunque, en el largo plazo, sí puede modificar algunos de sus mecanismos. Es únicamente durante los momentos de crisis terminal, cuando aparece en su más cruda expresión la debilidad y crisis de los mecanismos estructurales de reproducción sistémica, que la acción de los sujetos colectivos adquiere una importancia decisiva para la transformación hacia un nuevo sistema-histórico. Estos son los momentos de oportunidad para la transformación social que Wallerstein llama “kairos” o el TiempoEspacio transformacional (“transformational TimeSpace”). Momentos donde, para usar la expresión de Wallerstein, el factor “libre albedrío” de los grupos e individuos tiene la posibilidad de crear un impacto en el mundo. Es precisamente en estos períodos de crisis terminal sistémica, cuando las luchas de los movimientos anti-sistémicos pueden hacer la diferencia para la creación de un nuevo sistema- histórico más justo y más igualitario que el anterior. De ahí la importancia que Wallerstein le adscribe a la “utopística”.

Wallerstein insiste en que la creación de un programa destinado hacia un nuevo sistema histórico alternativo jamás podría ser el resultado de la ideas de un individuo, sino que será necesariamente el resultado de un debate mundial. Por eso, se limita a sugerir algunos elementos que considera indispensables en este debate, sin pretender dar una respuesta exhaustiva y final al asunto. El Foro Social Mundial es uno de esos espacios que identifica como fundamentales. Sitúa el debate mundial entre el “espíritu de Porto Alegre” o espíritu de los movimientos anti-sistémicos frente al “espíritu de Davos” o espíritu de los privilegiados del sistema.

Uno de los elementos centrales del debate es pensar en una “racionalidad substantiva” que, partiendo del sistema-mundo existente, pueda concebir el potencial de un nuevo sistema-histórico alternativo que sea más igualitario, más justo y más democrático que el actual. Por eso, insiste en que la tarea no es hacer utopía sino “utopística”. Mientras define la primera como “sueños del cielo que nunca pueden existir en la tierra”, la “utopística” es “… una serie de evaluaciones sobre alternativas históricas, el ejercicio de nuestro juicio como racionalidad sustantiva en torno a sistemas históricos alternativos posibles” (Wallerstein, 1998:1-2).

A partir de su evaluación crítica sobre los desastres de la experiencia socialista del siglo XX, Wallerstein (1995; 1998: 66-69) propone, como uno de los elementos principales para el debate mundial, pensar en estructuras que den primacía a la maximización de la calidad de vida para todos, al mismo tiempo en que se limitan las formas de violencia colectiva, de manera que cada cual tenga el más amplio espacio de opciones y decisiones individuales sin que se amenace la sobrevivencia y la igualdad de derechos de los demás, en lugar de hacer de la incesante e infinita acumulación de capital (“ceaseless and endless accumulation of capital”) la lógica primaria de las decisiones políticas y sociales. Lo anterior supone hacer extensivo a toda la humanidad (no solamente para una minoría definida racialmente como eurodescendientes/ blancos o en términos de género como hombres, que es lo que ocurre con el capitalismo histórico, (Wallerstein, 1983)) los ideales liberales de democracia, igualdad, derechos individuales, civiles y sociales dentro de un sistema igualitario, sin explotación del trabajo y sin dominación clasista/racista/sexista que provea formas institucionales radicales de decisión democrática más allá de las formas tradicionales liberales burguesas de democracia y toma de decisiones. En otras palabras, es necesario cambiar las relaciones de poder en la producción y, por consiguiente, transformar los incentivos de trabajo de una primacía en la remuneración material hacia la primacía de una combinación de incentivos morales/ honores y, sobretodo, del control sobre el propio tiempo de trabajo.

Conclusión

Aunque la predicción de Wallerstein acerca de que el sistemamundo capitalista terminará en los próximos 50 años sea incorrecta y que dicho sistema terminara, por ejemplo, en 25 o en 150 años, ello es secundario en relación con su señalamiento más fundamental, aquel de la crisis terminal e irreversible de los mecanismos de reproducción sistémica que han llegado a un punto de asymptote. Las contradicciones sistémicas que Wallerstein identifica son cruciales para entender los procesos de caída del presente sistema y de apertura de bifurcación hacia uno nuevo que puede ser mejor o peor que el presente. Ningún sistema histórico es eterno. De ahí la importancia que él le adscribe a la “utopística” en este momento de transición.

El hecho de que ninguna guerra, revolución o sublevación haya derrocado el sistemamundo capitalista durante los largos siglos de reproducción incesante del mismo, le da validez empírica a la tesis de Wallerstein de que la acción de los sujetos sociales y los movimientos anti-sistémicos no tiene una efectividad transformadora hasta el momento de crisis terminal y bifurcación. Sin embargo, me queda la duda de ¿hasta qué punto esto no es tanto un efecto de la eficiencia de los mecanismos de reproducción, sino un resultado del fracaso de los movimientos anti-sistémicos o una combinación de ambos? Si la tesis de Wallerstein es correcta, entonces el sistema operaría con un fuerte determinismo estructural durante los largos siglos de reproducción y expansión y la acción de los sujetos, el libre albedrío, sólo tendría efectos transformadores en el momento de bifurcación. Esta tesis, aunque parece tener sentido y corresponder a los hechos históricos, es problemática pues le atribuye al sistema un determinismo tan fuerte que excluye cualquier efecto de la acción de los agentes sociales en la realidad, excepto en períodos de bifurcación sistémica. ¿Hasta qué punto, si Napoleón o Hitler hubieran triunfado en sus guerras expansionistas, el sistema-mundo capitalista se hubiera transformado en un imperio-mundo desde principios del siglo XIX con el primero o desde mediados del siglo XX con el segundo? De la misma forma, ¿hasta qué punto, si los levantamientos indígenas en el siglo XVI hubieran triunfado en las Américas, el capitalismo hubiera constituido una división internacional del trabajo, un mercado mundial y, por tanto, un sistema-mundo? Igualmente, ¿si las revoluciones proletarias de finales del siglo XIX y principios del XX hubieran triunfado en Europa, hasta qué punto la crisis terminal del sistema no hubiera ocurrido antes? En mi opinión, los actores sociales tienen siempre el potencial de destruir el sistema. El problema es que en las luchas de poder políticas, no hay nada predeterminado ni garantizado y entran variables de violencia e ideología que neutralizan las posibilidades de movilización anti-sistémica.

Por último, tengo otras preguntas que van dirigidas a los elementos que Wallerstein aporta para el debate mundial que propone. Tengo la sospecha de que sus propuestas, las cuales en principio me parecen importantes de considerar, todavía están atrapadas en una epistemología eurocéntrica occidental. ¿Por qué seguir pensando en crear un solo sistema histórico alternativo y no en una diversidad de sistemas históricos alternativos? ¿No es, acaso, el lema de los Zapatistas “un mundo donde otros mundos sean posibles” y el lema de una buena parte del Foro Social Mundial de “no uno sino otros mundos son posibles” un llamado a una multiplicidad de sistemas históricos alternativos? Al proponerse alternativas monosistémicas, ¿no se incurre en la reproducción de un esquema eurocéntrico? Por otro lado, la idea de extender a toda la humanidad los ideales liberales de democracia, igualdad, fraternidad, y libertad, ¿no reproduce una premisa epistémica occidentalista? Cuando grupos indígenas como los Zapatistas reclaman “somos iguales porque somos diferentes”, ello equivale a una noción de “igualdad concreta” que cuestiona el imaginario liberal de “igualdad abstracta” que impuso la Revolución Francesa, en el que se borran los rostros de las personas. Un indígena no quiere ser “integrado” al mundo occidental ni a sus ideales liberales, quiere que su mundo sea tratado con igualdad sin que se borre su diferencia. Los mismo ocurre con las feministas islámicas, con los movimientos afro-caribeños, con los partidos budistas de Asia, y con todos aquellos movimientos anti-sistémicos que parten de epistemologías “otras”. ¿No es acaso fundamental el descolonizar, es decir, criticar desde epistemologías “otras” los propios valores occidentales y abrirse a la diversalidad epistémica y cosmológica del planeta? Por ejemplo, Occidente siempre trató a la naturaleza como un medio para un fin. Partiendo de esta cosmología, terminó desarrollando tecnologías destructivas de la naturaleza. Las cosmologías no-occidentales que siempre trataron a la naturaleza como un fin en sí mismo tienen mucho que aportar en esta discusión. Es decir, para imaginar mundos posibles habría que superar la pretensión de crear un solo sistema histórico alternativo universal como solución. Si se continúa partiendo desde la cosmología y epistemología occidental para imaginar mundos posibles, si se continúa reproduciendo una fuerte sordera ante las epistemologías otras no-occidentales, corremos el riesgo de imitar, desde la izquierda, los diseños globales occidentales que se han impuesto por persuasión y/o por la fuerza al mundo no-occidental. ¿No fue el socialismo del siglo XX precisamente un diseño global/occidental/colonial, que se impuso como modelo único posible de alternativa frente al capitalismo? Habría que pensar desde una “pluriversalidad epistémica” que nos permita imaginar múltiples mundos alternativos posibles frente al mono-mundo capitalista. Como dice Walter Mignolo (2000), parafraseando a Edouard Glissant: “el reconocimiento de la diversidad epistémica de los humanos conduce a la diversalidad como proyecto universal”.


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