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Un futuro presente: las luchas territoriales

Um futuro presente: lutas territoriais

A present future: territorial struggles

Diego Domínguez*
Pablo lapegna**
Pablo Sabatino***


* Licenciado en sociología (UBA). Master en Políticas Públicas (Flacso). Investigador del grupo de Ecología Política, Comunidades y Derechos, Instituto Gino Germani, Universidad de Buenos Aires. Becario Junior del Programa Regional de Becas CLACSO-ASDI 2003. E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

** Licenciado en sociología (UBA). Candidato a doctor en Sociología (State University of New York, Stony Brook). Becario junior del Programa Regional CLACSO-ASDI 2005. E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

*** Licenciado en sociología (UBA). Candidato a master en Investigación Social (UBA). Becario en el Grupo de Estudios Rurales, Instituto Gino Germani, Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires. Becario semi-senior del Programa Regional CLACSO-ASDI 2006. E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.


Resumen

Desde la década de 1970 se empezó a operar un cambio en Argentina, que modificaría su estructura social y económica, pero también su configuración territorial. Se trata de una gran transformación en las territorialidades, pero principalmente en su espacio agro-rural. Nuestra hipótesis señala que se está desplegando en los mundos rurales una racionalidad productiva que instaura territorialidades excluyentes, entrando en conflicto con otras formas de territorialización, como aquellas que –entre otras– desenvuelven las agriculturas familiares y las comunidades originarias.

Palabras clave: territorio, campesinos, conflictos, agricultura industrial, exclusión, resistencia.

Resumo

Desde os anos 1970 começou-se a operar uma mudança na Argentina, que modificaria não só a sua estrutura social e econômica, mas também sua configuração territorial. Trata-se de uma grande transformação nas territorialidades, mas principalmente no seu espaço agro-rural. Nossa hipótese indica que está se estendendo nos mundos rurais uma racionalidade produtiva que instaura territorialidades excludentes, entrando em conflito com outras formas de territorialização, como aquelas que –entre outras– desenvolvem as agriculturas familiares e as comunidades originárias.

Palavras-chaves: territorio, camponeses, lutas, agricultura industrial, exclusão, resistencia.

Abstract

From the 1970’s a change began in Argentina, which in the meantime modified its social and economical structure, as well as its territorial configuration. It was a big transformation in the territorialities, but mainly in its agro-cultural space. Our hypothesis points out that in the rural worlds there is the manifestation of a productive rationality that establishes excluding territorialities, conflicting with other forms of territorialization, like those that –among others– develop the familiar agricultures and the originating communities.

Key words: territory, peasants, social conflict, industrial agriculture, exclusion, resistance.


… as grandes contradições do nosso tempo passam pelo uso do território
Milton Santos

El desierto verde: una nueva territorialidad

Los trabajos de campo que venimos realizando en Argentina nos han llevado a recorrer distintas regiones y, en ese tránsito, registrar lo que insistimos en nombrar como “proceso de reorganización territorial” del país1. Partir desde Buenos Aires hacia cualquier lugar del llamado “interior” implica recorrer muchos kilómetros, atravesar diversas zonas, paisajes, pueblos, campos de cultivo y de ganadería. Argentina es un país extenso y su gran “pampa húmeda” una llanura excepcional. Sin embargo, las travesías no son en soledad; junto con la actitud de despojo, extrañeza y contemplación frente a la actividad de cada lugar acompaña siempre al viajero una sensación de vacío. El desierto se vuelve tan abrumador que cobra presencia, se pone a nuestro lado y se transforma en un compañero más de romería. Ese “desierto” que se observa desde la ruta no es otra cosa que inmensas extensiones de tierras sembradas con soja transgénica hasta en las “banquinas”. Se trata de una gran “alfombra verde” sobre la que se posan pueblos deshabitados en los cuales, sin embargo, florecen concesionarias de maquinaria agrícola, sedes de empresas contratistas, de laboratorios y “semilleras”, entre algunas “taperas” o ranchos abandonados y grandes silos modernos para el acopio de granos. Este paisaje no ha sido siempre así: una gran transformación ha resultado de la crisis de las economías regionales, de la orientación netamente exportadora que ha cobrado el agro, de la extensión de la frontera agrícola, de la “pampeanización” de las demás regiones del país y de la modificación de la estructura social agraria. Se ha producido una nueva configuración en la apropiación de los espacios, se han redistribuido las actividades económicas y los modos de utilización de los recursos, y adelantando el argumento, digamos que la actual territorialización2 del capital está modificando las territorialidades existentes. ¿Componen estos cambios en las territorialidades una nueva “contradicción”, un nuevo eje abarcativo de lucha y conflicto social?

Este cuestionamiento, que surge de nuestros estudios sobre los conflictos rurales y territoriales en Argentina, se inserta en un debate más amplio dentro de las Ciencias Sociales de América Latina que tiene como nudo problemático el “territorio”. En este debate el territorio es enfocado desde una perspectiva intrínsecamente integradora, que ve la territorialización como un proceso de dominio (político- económico) y/o de apropiación (simbólico-cultural) de los espacios por los grupos humanos. Cada uno de nosotros necesita, como un “recurso” básico, territorializarse (Haesbaert, 2004: 16). La dimensión territorial de las relaciones sociales ha recobrado actualmente un lugar destacado, son ejemplos recientes de esta tendencia los trabajos sobre los procesos de “mundialización” o “globalización”, “localización” y “glocalización” (entre muchos otros, Haesbert, 2004; Milton Santos, 1994; Santos, 2000, 2002; Robertson, 1995), los “movimientos socio-territoriales” o de base territorial (Fernandes, 2005; Zibechi, 2003; Giarracca y Wahren, 2005), las interacciones socioeconómicas y culturales en las zonas de frontera (Grimson, 2000), los mundos de vida de los sujetos en espacios rurales y rururbanos (Giarracca, Mariotti, Barbetta, Bidaseca, Gras y Rivas, 2003) y los territorios que se disputan los modelos agrícolas (Domínguez, Lapegna y Sabatino, 2005).

La relevancia que ha cobrado la cuestión territorial podría relacionarse –más que con su novedad como problema social– con las discusiones que giran en torno a los procesos de “desterritorialización”3 producidos supuestamente por la dinámica del capital global, caracterizada por la libertad de movimiento, su prescindencia del arraigo físico para su reproducción y su proyecto de evadir la responsabilidad por las consecuencias de su accionar localizado. En cambio, como señalamos anteriormente, debe tenerse en cuenta que este interés renovado por “lo territorial” no comprende al territorio en sí mismo, como cosa, como presupuesto, como dato “geográfico”, sino que al problematizarlo lo entiende como el resultado del uso que hacen del espacio los hombres y mujeres. Es decir, el territorio es tomado como objeto de análisis social en tanto construcción humana, un “cuadro de vida” socialmente apropiado:

El mito de la desterritorialización es el mito de los que imaginan que el hombre puede vivir sin territorio, que la sociedad puede existir sin territorialidad, como si el movimiento de destrucción de territorios no fuese siempre, de algún modo, su reconstrucción sobre nuevas bases. (…) Entendemos que no hay individuo o grupo social sin territorio, es decir, sin relación de dominación y/o apropiación del espacio, sea ella de carácter predominantemente material o simbólico (Haesbaert, 2004: 16-339).

Estas nuevas conceptualizaciones que hacen hincapié en las luchas por el territorio pueden aplicarse al análisis de los mundos sociales agrarios de Argentina. Los cambios en el país a partir del impulso de un nuevo “modelo” agrícola están reestructurando el territorio en tanto uso del espacio físico. Dos son los principales procesos que caracterizan esta nueva dinámica: la actual articulación del país al sistema agroalimentario global y las innovaciones tecnológicas de la consolidada “revolución verde” y la reciente “revolución biotecnológica”4. En términos generales esto se traduce en un aumento del control que detenta el capital concentrado sobre las etapas de la producción y la distribución de alimentos y materias primas. En este sentido, se observa que la producción agroalimentaria argentina está siendo cada vez más orientada al mercado internacional con el consecuente aumento de precios en la canasta básica de alimentos para la población local5. Igualmente es evidente que cinco empresas controlan más del 70% de las exportaciones del principal complejo agroindustrial del país (complejo oleaginoso) (Teubal, Domínguez, Sabatino, 2005) o que apenas una empresa transnacional posee la patente del mayor cultivo del país, como es la soja transgénica (soja RR) de Monsanto.

Durante el período llamado de “Industrialización por Sustitución de Importaciones” (entre las décadas de 1940 y de 1970) en el agro convivían las agroindustrias, la gran explotación agropecuaria y los medianos y pequeños productores. Tal persistencia de los agricultores familiares y del campesinado en Argentina –y en los países latinoamericanos– estuvo ligada a su articulación subordinada a los complejos agroindustriales. Es decir, su supervivencia estaría determinada por la necesidad del capital de cubrir la etapa de la producción con sectores de la agricultura familiar (capitalizados o no), ya que por cuestiones de la lógica agropecuaria (ciclo biológico, características climáticas, dificultades para lograr escala, etc.) era funcional hacerlo. Esto sucedía principalmente en actividades como la caña de azúcar, la yerba mate, el algodón, el tabaco, los cereales o la frutihorticultura, entre otras producciones. Este “modelo”, que combinaba la producción para el mercado interno con la exportación, significaba para la Argentina una integración territorial que se expresaba en una relativa homogeneidad cultural de la población rural y urbana, en la provisión de alimentos suficientes y accesibles para las ciudades y en un eficiente sistema de comunicaciones e infraestructura de transportes.

Los cambios en este esquema supusieron la ruptura de los marcos institucionales y las regulaciones estatales que mantenían a los medianos y pequeños productores articulados a los complejos agroindustriales. El capital cada vez más concentrado y capaz de intervenir directamente en la producción agropecuaria a través de la biotecnología (la soja transgénica) tendió así a aumentar la escala productiva, disminuir la demanda de mano de obra y avanzar sobre nuevos espacios físicos aún no explotados (estuviesen o no habitados). Como consecuencia de estos procesos estamos presenciando un desplazamiento territorial de familias rurales: por un lado, de aquellos que van quedando fuera de los complejos agroindustriales, imposibilitados de seguir produciendo para un mercado en el cual ya no pueden competir; por otro, la exclusión de muchos agricultores que deben abandonar los campos debido a la violencia ejercida contra ellos por los poderes económicos y políticos (desalojos, persecuciones, amenazas, atentados, etc.)6 y otros tantos desplazamientos impulsados por la contaminación que se produce en las zonas donde conviven con lo que podríamos llamar “agricultura transgénica”7.

Luchas por el territorio como procesos de reorganización territorial

Más allá de situaciones puntuales, como los conflictos de la década de 1910 en la Patagonia y en la pampa santafesina y bonaerense, o la represión a las Ligas Agrarias en los años setenta, la violencia no ha sido una característica destacada de los mundos rurales argentinos, a diferencia de otros países de América Latina donde sí ocupa un lugar trágicamente significativo.

No obstante, asistimos actualmente –sobre todo desde los años ochenta– a una explosión de conflictos y disputas en el campo, en el marco de un proceso de reorganización territorial. El avance de la agricultura industrial y del agribusiness, de lo cual la “pampeanización” de las demás regiones del país es una de sus expresiones, está desatando conflictos en distintas localidades. Afloran enfrentamientos entre empresarios y campesinos o indígenas en diferentes lugares de las “fronteras” de la región pampeana: Chaco, Córdoba, Chubut, Formosa, Jujuy, Mendoza, Misiones, Neuquén, Río Negro, Salta y Santiago del Estero.

En la provincia de Santiago del Estero tempranamente se sucedieron amenazas de desalojos que fueron resistidas por las comunidades campesinas. Durante los años ochenta estos casos comenzaron a ser comunes y a cobrar visibilidad a partir de las denuncias de los campesinos que ya empezaban a organizarse. Como resultado de estos hostigamientos, en la década de los noventa se conformó el Movimiento Campesino de Santiago del Estero (Mocase). Los conflictos por la tierra en este caso están ligados al proceso de expansión de la frontera agrícola y la valorización de tierras “marginales” con monte, en donde la llegada de empresarios inescrupulosos ha aumentado los focos de conflicto que hoy en día abarcan prácticamente toda la provincia. El primer caso que cobró visibilidad fue el de Los Juríes, en los inicios de la década de 1980. Un hito en la historia del movimiento fue lo acontecido en La Simona, donde se dio uno de los conflictos más significativos para esta experiencia de lucha: los campesinos lograron frenar las “topadoras” que se utilizan para el desmonte y la destrucción de las viviendas y las mejoras realizadas por las familias rurales. Los hechos de La Simona posicionaron a nivel nacional la problemática de la lucha por la tierra mediante las acciones directas de los campesinos y la instalación de la “carpa negra de la resistencia”8. En esta provincia los campesinos enfrentan a menudo el accionar de “guardias blancas” organizadas por empresarios con la connivencia del poder político y judicial local, además de sufrir cotidianamente el acoso de las órdenes judiciales y la policía provincial.

En la provincia de Córdoba, de forma similar, campesinos y grandes empresarios agrícolas se enfrentan en disputas por las tierras y las reservas de agua. Desde mediados de la década de 1990 la región del noroeste de Córdoba fue escenario de la expansión de la frontera ganadera a partir de la (re)localización de productores provenientes de las zonas tradicionales de ganadería en el sureste de la provincia de Córdoba, una región que se veía reconvertida a la agricultura, principalmente por el avance de la soja. De esta manera comenzó a ser corriente en al zona la presencia de empresarios foráneos que reclamaban la propiedad de las lotes. Esto ha generado distintos conflictos por la tierra entre los habitantes y los recién llegados9, ya que los primeros han trabajado y vivido por generaciones en esas tierras, antaño olvidadas y hoy reclamadas por los “propietarios”. Al igual que los campesinos santiagueños, los campesinos cordobeses amparan su derecho a la propiedad de las tierras en la posesión veinteañal10. Por otra parte, el acceso al agua constituye otro factor de conflicto, tal como lo ilustra el caso de Iglesia Vieja, en donde unas ochenta familias campesinas son discriminadas en el uso del agua para riego proveniente del dique Las Pichanas; o el caso de “El Tuscal”, donde 35 familias deben abastecerse de agua potable a más de 25 kilómetros de distancia. Estas luchas han llevado a que las organizaciones locales conformen recientemente el Movimiento Campesino de Córdoba (MCC).

En Formosa, quienes protagonizan las luchas por la tierra son los campesinos nucleados en el Movimiento Campesino de Formosa (Mocafor), surgido a mediados de la década de 1990 como resultado de la ruptura del Movimiento Agrario Formoseño (MAF), cuya dirigencia había sido cooptada por el gobierno provincial (Sapkus, 2004). El eje de los conflictos difiere de los casos anteriores, puesto que las disputas territoriales no se centran en el acceso a la tierra sino en la definición de los usos del territorio: entre una visión propia de la agricultura industrial de exportación (producción de soja transgénica) y una perspectiva campesina de producción (autoconsumo con venta de excedente en ferias locales). Uno de los conflictos paradigmáticos de estos casos ha sido el de Colonia Loma Senés, donde las familias campesinas se vieron afectadas por las fumigaciones realizadas en grandes campos vecinos que producían soja transgénica (Domínguez, Lapegna y Sabatino, 2005).

En la provincia de Mendoza también se registraron casos de conflicto por la tierra y por el agua que tendrían como resultado, en el 2002, la conformación de la Unión de Trabajadores Rurales Sin Tierra (UST). A su vez, en Chaco se han dado, aunque en menor medida, tensiones por la tierra protagonizadas en este caso por la Unión Campesina Porhiajú, que viene reclamando desde hace años la cesión de tierras para poder dar alternativas de vida a las familias campesinas desplazadas.

En síntesis, aquello que se evidencia con base en todos estos casos es el resurgimiento de lo “campesino” como cuestión política en Argentina. Sin embargo, debe considerarse que los ejemplos de conflicto por la tierra no se agotan en los aquí citados, ya que estos cobran visibilidad gracias a la presencia de organizaciones que realizan las denuncias. Por ello, puede suponerse que múltiples deben ser los desalojos de campesinos que quedan silenciados por la ausencia de organización. A su vez, puede verse que la organización campesina va de a poco cobrando mayores grados de agregación que acompañan las distintas escalas del conflicto: desde lo local, pasando por lo provincial, alcanzando finalmente a lo nacional11. Otra constatación que podemos hacer se refiere a que la disputa territorial en estos casos está anclada básicamente en el control efectivo sobre la tierra y el uso de recursos como el monte y el agua, así como en la tensión entre una agricultura industrial y una campesina o familiar.

Es importante mencionar también que entre las luchas que tienen al territorio como centro, existen algunas particularidades como en el caso de los enfrentamientos llevados a cabo por las comunidades indígenas con los terratenientes, las empresas o el mismo Estado. Los ejemplos más significativos son aquellos que se desenvuelven en la Patagonia y en el norte argentino, donde el pueblo Mapuche y los pueblos Kolla, Wichí, Toba, Chorote, Mbya-Guaraní, y sus organizaciones, disputan el territorio con empresarios nacionales y extranjeros12. En todos esos procesos, aquello que se disputa está vinculado con la necesidad de estos pueblos de reafirmar su identidad con base en la soberanía comunitaria sobre un territorio.

Hemos registrado hasta el momento más de cincuenta focos de conflicto territorial en Argentina que involucran a comunidades campesinas o indígenas. Por lo general, como vimos, los conflictos son el resultado de intentos de desalojo. A su vez, el desalojo impulsado por los propietarios asume distintas modalidades: violencia física, instalación de administradores que cobran arriendo a los ocupantes o cesión de pequeñas parcelas dentro del lote en disputa (Barbetta, 2005). Sin embargo, reconocemos otras variantes a partir de las cuales se desencadenan situaciones de desplazamiento de campesinos e indígenas. La contaminación ambiental que generan los cultivos industriales es una de ellas, agravada recientemente por la extensión de los campos de soja transgénica. En algunos casos, las familias abandonan sus campos, ante la imposibilidad de seguir desenvolviendo sus estrategias económicas, puesto que se ven directamente afectadas en su salud o bien se ven perjudicadas por la destrucción de sus cultivos o la muerte de sus animales tras los efectos de la contaminación con herbicidas. Estos procesos de “exclusión” de comunidades indígenas y campesinas conllevan a la emergencia de situaciones de violencia rural. Cuando las situaciones que ponen en riesgo la continuidad de las familias campesinas e indígenas se topan con la resistencia organizada de estas poblaciones, se entabla un conflicto marcado por el incremento de situaciones de violencia pública o privada, legal o ilegal.

Ante este escenario sostenemos que el aumento de la violencia rural en Argentina constituye un síntoma más de un nuevo eje de conflicto social, lo que puede ser pensado como una nueva “contradicción”. Se trata de las luchas por los usos del territorio, por la definición de las formas que adquirirá la territorialidad13. El carácter contradictorio de estos procesos queda evidenciado una vez que se constata que los resultados de las disputas territoriales no son unívocos: en algunos lugares las transformaciones territoriales impulsadas por actores sociales hegemónicos (empresas, grandes propietarios, gobiernos, etc.) logran concretarse en alguna medida; en otras situaciones se entabla una conflictualidad con base en las resistencias que pujan por mantener territorialidades previas. Sin embargo, lo interesante es observar aquellas territorialidades emergentes14 en las que los actores sociales “subalternos” (comunidades campesinas e indígenas, pobladores, etc.) logran movilizar, a partir de la resistencia, estrategias de territorialización definidas y apropiables por ellos mismos en tanto actores locales. Es por todo esto que la contradicción en torno al territorio trasciende la disputa material por un espacio físico, involucrando además una disputa por su concepción como espacio de vida.

Algunas reflexiones finales

La actual movilización campesina e indígena podría leerse como un entramado de luchas de resistencia para no ser despojados de la tierra y para acceder a la misma (con todo lo que ello implica en el nivel de la reproducción material y simbólica de la vida). Lo que parece estar jugando debajo de la emergencia política actual del campesinado y las organizaciones indígenas, es la disputa por la territorialidad, por la definición de los usos y sentidos del territorio. Se trata de una batalla que se da contra el capital (empresas agrícolas, terratenientes, laboratorios, empresas mineras y petroleras, etc.) y muchas veces contra el Estado (como es el caso de los campesinos indígenas). No obstante, no debe interpretarse que las luchas actuales de las organizaciones campesinas e indígenas –por reorganizar la vida en sus propios términos, territorializando y disputando territorialidades y territorializaciones– se mantienen en la escala local. Las organizaciones campesinas, a través de la coordinación de acciones directas o campañas como la de “Reforma Agraria” de Vía Campesina, o las estrategias de producción, comercialización y consumo, avanzan hacia articulaciones en los niveles nacional e internacional, donde llegan a establecer lo que Milton Santos (1994) llama “ampliación de uniones horizontales”:

las uniones horizontales pueden ser ampliadas, mediante las propias formas novedosas de producción y consumo. Un ejemplo es la manera como los productores rurales se reúnen para defender sus intereses, lo que les permitió pasar de un consumo puramente económico, necesario para las respectivas producciones, a un consumo político locamente definido y que también distingue a las regiones (Santos, 1994: 20).

En definitiva, vemos que por un lado existen diversos modos de “producir” territorio y “uniones” territoriales, y que por otro, en el agro las distintas territorialidades se tensionan, libran batallas. Las “uniones horizontales” que realizan los movimientos campesinos entran en conflicto con la territorialización planteada por la agricultura industrial, que a partir de la producción de “uniones verticales” (subordinación de la vida de una localidad a las decisiones tomadas en otras localidades o centros de poder urbanos), constituye territorialidades excluyentes. En las territorialidades excluyentes, se disocia la toma de decisiones sobre el manejo de un territorio de las poblaciones que lo habitan y que, en última instancia, serán quienes asuman las consecuencias de dichas decisiones.

La agricultura industrial, vía desalojo de campesinos y degradación o contaminación ambiental, estaría instalando en los mundos agrorurales lo que Zygmunt Bauman (1999) denomina la “guerra por el espacio”. Una “guerra” que es el resultado de elites que ya no se responsabilizan por la reproducción material de la sociedad y no asumen las consecuencias de sus acciones en los territorios donde las realizan, puesto que se han emancipado de las determinaciones territoriales: “Sacarse de encima la responsabilidad por las consecuencias es la ventaja más codiciada y apreciada que la nueva movilidad otorga al capital flotante, libre de ataduras” (Bauman, 1999: 17).

El agro argentino se ha transformado en una “arena” en donde se expresa como una “nueva contradicción” la disputa territorial. Una disputa que parece extenderse rápidamente, no sólo en el campo15, puesto que finalmente y en última instancia, la lucha por el territorio significa confrontar por la “materialización de la existencia humana”:

Los movimientos socioterritoriales tienen al territorio no sólo como objetivo, éste es esencial para su existencia. Los movimientos campesinos, indígenas, las empresas, los sindicatos y los Estados pueden constituir movimientos socioterritoriales y socioespaciales. Porque crean relaciones sociales para tratar directamente sus intereses y así producir sus propios espacios y sus territorios (Fernandes, 2005: 280).

De asumirse el diagnóstico de “la nueva contradicción” visualizaríamos que aquello que está en juego en los conflictos de lo movimientos campesinos e indígenas tiene un alcance y significado que no se agota en la realidad de estas poblaciones y que, en cambio, se extiende a la vida en las ciudades. Y si queremos estar a la altura del diagnóstico, urge redefinir, en el nivel de la sociedad como un todo, la forma que asumirá la relación del hombre con la naturaleza: el para qué y el para quiénes de la producción de alimentos, pero también el uso de los llamados recursos naturales y, sobre todo, la mismísima concepción de ser humano. Ser coherentes con el diagnóstico nos llevaría a debatir en profundidad las ideas de progreso, ciencia, Estado moderno y globalización neoliberal como organizadores centrales del territorio.


Citas

1 Hacemos aquí clara alusión al Proceso de Reorganización Nacional (PRN), que fue la denominación dada a la dictadura militar que asumió el control del Estado argentino entre 1976 y 1984. No es el objetivo de este trabajo, pero consideramos que, la “reorganización” política y económica de la dictadura, guarda íntima relación con la “reorganización” territorial del país.

2 “…podemos denominar territorialización a las relaciones de dominio y apropiación del espacio, o sea, nuestras mediaciones espaciales del poder, poder en sentido amplio, que se extiende de lo mas concreto a lo mas simbólico” (Haesbaert, 2004: 339).

3 Se trata de un concepto polémico puesto que “un fenómeno o proceso que deje de responder exclusivamente a los mismos referentes territoriales inmediatos que venía haciéndolo hasta recientemente, y comience a ser, o sea crecientemente, o incluso determinantemente marcado por actores, fenómenos o procesos relacionados con otros espacios territoriales, incluso muy alejados geográficamente, no hace de ningún modo que tal proceso o fenómeno resulte ‘des-territorializado’, sino en todo caso ‘re-territorializado’, ‘trans-territorial/izado’, o ‘multiterritorializado’. Porque en cualquier caso esos otros actores sociales, fenómenos o procesos de carácter –digamos– foráneo, que resultan significativos, de ningún modo están flotando en el espacio sideral” (Mato, 2004).

4 Argentina ha adoptado rápidamente las innovaciones biotecnológicas para el agro: posee la segunda superficie implantada con transgénicos a nivel mundial (el 20% de la superficie mundial con OGM), es el tercer exportador mundial de soja, el primero de aceites (ISAAA, 2004).

5 La canasta básica se encuentra prácticamente dolarizada, ya que los bienes que la integran son al mismo tiempo productos de exportación.

6 Al respecto, ver Grupo de Estudios Rurales (2004).

7 Ver el caso de Formosa analizado en Domínguez, Lapegna y Sabatino (2005).

8 Contemporáneamente, en plena ciudad de Buenos Aires, frente al Congreso de la Nación, los docentes habían instalado la “carpa blanca” en defensa de la educación pública.

9 A lo largo de estos últimos años se han producido los siguientes casos que afectan el derecho a la tierra de casi doscientas familias: El Duraznal, El Destino, localidad de Serrezuela, Campo Las Oscuras, Campo El Medanito, Campo San Antonio, Poblado del Chacho, Campo El Puestito en los Baños de Unquillo en la pedanía Quilino, El Tuscal, Paraje las Toscas y el caso Las Verdes, entre otros.

10 La posesión veinteañal es un instrumento legal que reconoce el derecho de propiedad a toda persona que demuestre estar ocupando las tierras en cuestión por un lapso mayor a veinte años, en forma ininterrumpida y pacífica, habiendo realizado mejoras al inmueble.

11 Recientemente se ha conformado en Argentina el Movimiento Nacional Campesino e Indígena, del cual participan el MOCASE de Santiago del Estero, el MCC de Córdoba, la UST de Mendoza, la Red Puna de Jujuy, grupos campesinos de Misiones, Salta y la provincia de Buenos Aires. A su vez, existen otras organizaciones que participan de diferentes nucleamientos de nivel nacional, ya sean centrales gremiales (FTV-CTA), federaciones o coordinadoras (Federación Agraria Argentina y Coordinadora de Organizaciones Campesinas, Indígenas y de Trabajadores Rurales), espacios de encuentro o foros articulados en torno a un eje temático. Estas son situaciones novedosas en el entramado de organizaciones sociales, sobre todo las de carácter campesino o indígena que han logrado tener una visibilidad y presencia nacional.

12 Para mencionar sólo dos ejemplos, podemos recordar la disputa entre comunidades mapuches de la Patagonia y la multinacional Benetton, la cual se apropio de tierras que correspondian a estas comunidades en virtud de su derecho a posesion veinteañal. En la provincia de Salta, en el Noroeste argentino, también se desarrolló una disputa entre empresarios (esta vez nacionales) y comunidades indígenas, ya que el Ingenio San Martín del Tabacal compró tierras que pertenecían a las comunidades Kollas para poder asegurarse así la provision de agua para sus cañaverales y mano de obra para la zafra de la caña de azúcar.

13 Aunque para nosotros forman parte de esta nueva “contradicción”, no estamos incluyendo en el análisis los casos de disputa territorial en pequeñas localidades, como Esquel (Chubut), Calingasta (San Juan) o Gualeguaychú (Entre Ríos), donde el conflicto gira en torno a emprendimientos mineros o de la industria papelera.

14 La noción de “emergente” es utilizada por Boaventura de Sousa Santos para señalar aquellas experiencias sociales que constituyen en alguna medida un campo de experimentación emancipatorio. Aquí retomamos esta noción para referirla a territorialidades no hegemónicas. El carácter “emergente” de estas territorialidades no esta dado por una distinción con lo precedente, puesto que esto sería algo compartido con las nuevas territorialidades hegemónicas, sino más bien por el hecho de estar apelando a la recuperación de prácticas históricas silenciadas, en el marco de apuestas políticas “desde abajo”.

15 Es un ejemplo de esta ampliación la lucha por un “lugar en la ciudad”, por la vivienda, protagonizada por “los sin techo” de las grandes ciudades globales de América Latina: San Pablo, México, Buenos Aires.


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