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Jóvenes contemporáneos: entre la heterogeneidad y las desigualdades

Jovens contemporâneos: entre heterogeneidade e desigualdades

Contemporary youth: between heterogeneity and inequalities

Manuel Roberto Escobar C.*
Nydia Constanza Mendoza R.**


* Psicólogo con maestría en educación comunitaria. Coordinador de la Línea de investigación sobre Jóvenes y culturas juveniles del IESCO–UC (Antiguo DIUC). E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

** Licenciada en Ciencias Sociales con maestría en educación comunitaria y especialización en estudios culturales. Docente investigadora del departamento de Ciencias Sociales de la Universidad Pedagógica Nacional. E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.


Resumen

El presente artículo problematiza la contemporaneidad de los jóvenes, las heterogeneidades que los habitan y los múltiples modos de inequidad y exclusión que el proceso de globalización les genera. Se plantea la pregunta por la producción y exaltación de las singularidades juveniles respecto de la inclusión ilusoria de la que son objeto.

Palabras clave: contemporáneo, globalización, juventud, singularidades, diferencias, desigualdades.

Resumo

O presente artigo problematiza a contemporaneidade dos jovens, as heterogeneidades que os habitam e os múltiplos modos de ineqüidade e exclusão que o processo de globalização lhes gera. Propõe-se a pergunta pela produção e exaltação das singularidades juvenis com relação a inclusão ilusória das que são objeto.

Palavras-chaves: contemporâneo, globalização, juventude, singularidades, diferenças, desigualdades.

Resumen

The next article analyzes the young people contemporary, heterogeneity that make part of them, and many modes of inequity and exclusion that globalization process causes. It asks about production and exaltation of youth singularities concerning to illusory inclusion of these.

Key words: contemporary, globalization, youth, singularities, differences, inequalities


Presentación

El título que orienta las reflexiones que queremos plantear en este artículo parte de algunos supuestos desde los cuales enunciamos los mundos juveniles: contemporaneidad, heterogeneidad y desigualdad. Así, hablamos de jóvenes contemporáneos en tanto reconocemos que las distintas formas de ser joven hoy están atravesadas por profundas transformaciones en su subjetividad, en el marco de un mundo cada vez más globalizado política, cultural y económicamente, y en el que además coexisten, de manera conflictiva, diferentes proyectos de sociedad. De otra parte, el interés por la heterogeneidad y las desigualdades para pensar a los jóvenes surge de evidenciar que la experiencia contemporánea de la juventud implica la referencia a transformaciones socioculturales que producen un sujeto social cuya diversidad está plenamente visibilizada, cuando no exaltada.

Por ello reconocemos que la singularidad de lo juvenil se evidencia actualmente en su pluralidad, aun cuando esto pueda significar fragmentación. Sin embargo, tras la aparente amplitud de un modelo integrador de la diversidad juvenil, surge la sombra de que tales diferencias reciben un tratamiento que las aboca a la marginalidad, cuando no a la exclusión social. La singularidad de lo juvenil nos recuerda entonces que las fronteras difusas, oscilantes y permeables de las subjetividades juveniles no se acompañan de la resolución de las desigualdades materiales y simbólicas de muchos jóvenes.

En este sentido, el presente artículo analiza la contemporaneidad de los jóvenes, las heterogeneidades que los habitan y los múltiples modos de inequidad y exclusión que el proceso de globalización les genera. Para ello, iniciamos evidenciando dos paradojas sutiles pero contundentes de los actuales procesos de constitución subjetiva: de una parte, un interés creciente de organismos internacionales y entidades estatales por el reconocimiento de las diversidades juveniles que operan en el marco de un mundo “desencuadernado”, caracterizado por la fragmentación y la discontinuidad (García Canclini, 2004: 173), bajo la rúbrica de una inclusión ilusoria, medida por el consumo y la “tolerancia” de lo diferente. De otra, la emergencia de múltiples escenarios de visibilización y de lucha de grupos subalternos, entre ellos los jóvenes, que exacerba la conciencia respecto de dramas puntuales en ámbitos locales y/o de causas particulares, pero que contribuyen a un mayor descentramiento del poder simbólico en múltiples agentes y modos de circulación, lo que difumina y multiplica los límites entre un centro y una periferia, y con ello, tal vez imposibilita la profundización de los análisis en torno a los niveles de exclusión social tan extendidos en buena parte de la población juvenil latinoamericana (Hopenhayn, 2001).

La producción de lo juvenil en las sociedades contemporáneas

Han pasado casi dos décadas desde que el tema de la juventud, por lo menos en Colombia, irrumpió como asunto público en variados escenarios, desde los medios de comunicación hasta las instancias estatales creadas específicamente1, pasando por la academia y sus ejercicios de investigación2. Múltiples discursos han nombrado desde entonces a este sujeto, acompañando otro tanto de prácticas sociales especialmente implementadas para ellos y ellas. Así, la emergencia del joven como otro de los “nuevos” sujetos sociales ha transitado primero desde cierta invisibilidad, posteriormente a estereotipos y más recientemente hacia el reconocimiento de sus singularidades. Sin embargo, si bien este interés por abordar lo juvenil ha posibilitado la apertura de algunos espacios de decisión y la definición de políticas específicas, ello no necesariamente ha contribuido a la superación de las grandes inequidades y desigualdades que afectan las condiciones vitales de miles de jóvenes latinoamericanos3.

Al respecto podemos preguntarnos: ¿cómo se enfrentan los sujetos –jóvenes– a las transformaciones políticas, culturales, económicas y simbólicas de las sociedades contemporáneas? y a su vez ¿de qué manera se producen esos sujetos –jóvenes– dentro del capitalismo globalizado? Siguiendo a Marcela Gleizer (1997), un rasgo característico de las sociedades contemporáneas, escenario en el que cobra sentido la pregunta por la producción de las subjetividades juveniles, es su elevado grado de complejidad.

Lo anterior se hace evidente, entre otros aspectos, por la presencia de una gama amplia de significados y perspectivas en donde tienen lugar distintos niveles de formación de la experiencia. En tal sentido, los sujetos deben permanentemente hacer selecciones entre una multiplicidad, variedad y discontinuidad de códigos de comunicación (lo que supone la coexistencia de puntos de vista disímiles) y en el que los sentidos socioculturales e incluso los individuos mismos siempre pueden ser de otro modo: “En lugar de una sociedad afirmada sobre principios universales fijos, hay un pluralismo de espacios sociales regulados por criterios flexibles y contingentes” (Gleizer, 1997: 21).

Tal complejidad, amparada en los acelerados procesos de globalización (en tanto intensificación de las dependencias recíprocas, entre todas las sociedades), modifica los modos de constitución de subjetividades, esto es, las formas de construcción de las identidades y los sentidos atribuidos a la propia acción y la experiencia de sí. Por ejemplo, las identidades juveniles otrora locales se forman ahora en procesos interétnicos e internacionales, entre flujos producidos por las tecnologías y las corporaciones multinacionales, intercambios financieros globalizados, repertorios de imágenes e información creados para ser distribuidos a todo el planeta por las industrias culturales (García Canclini, 2004: 161).

Entonces, las sociedades contemporáneas generan dinámicas y dispositivos para la producción del sujeto joven desde unos órdenes sociales hegemónicos cada vez más globalizados y cualitativamente diferentes del sujeto de la modernidad, respecto de lo cual es posible rastrear las paradojas, fragmentaciones, sujeciones y quizás las resistencias de la experiencia de las juventudes en el momento sociohistórico presente. La producción contemporánea de subjetividades (ya no de sujetos como tales) devela un orden global que actúa no solo en los intercambios del mercado y las culturas, al tiempo que debilita los controles políticos, sino que además ejerce un biopoder que en últimas no sólo disciplina cuerpos u ordena poblaciones, en el sentido de Foucault (1977: 169), sino que construye sujetos específicos, los nomina y enclasa por ejemplo mediante la elaboración de sus necesidades, modelando sus satisfacciones, alicientes y representaciones, configurando incluso hasta sus deseos, al punto de regular la vida misma. En palabras de Hardt y Negri “…el dominio del imperio opera en todos los registros del orden social, penetra hasta las profundidades del mundo social en su totalidad, por consiguiente, el imperio presenta la forma paradigmática del biopoder” (Hardt y Negri, 2002: 15).

Entonces, cuando planteamos el orden capitalista globalizado4 como eje de la experiencia contemporánea de los sujetos, nos referimos no sólo a sistemas socioeconómicos y políticos, sino que reconocemos una perspectiva simbólica evidente: hay aquí un discurso como sociedad sobre las maneras de organizar la vida, de ser sujetos y de percibir la propia experiencia vital5.

Mientras que el capitalismo fordista, industrial cimentó una ideología en la que el pilar central de la organización social era la acumulación, en el actual capitalismo globalizado el consumo es el eje propuesto. Si antes se prometía progreso, bienestar y libertad, ahora se pone el acento en la satisfacción, el placer y la paz. El consumo es entonces una vía de sentido potentemente presentada para la satisfacción del sujeto. Sentirse aceptados, deseados, vinculados, sentir que somos significativos para otros constituyen aspectos de lo humano que suele decírsenos que son posibles de suplir mediante el consumo de objetos, símbolos, información, bienes, servicios, estilos de vida. Literalmente estamos en una sociedad en la que la satisfacción y la pertenencia tienen precios.

Pero como todo goce, la satisfacción es efímera, mutante y necesita una y otra vez maneras de realización. Precisamente, la satisfacción que se nos plantea hoy requiere del cambio continuo, del reemplazo; implica una lógica que va más allá de la compra, el tener no basta, lo que consumimos se torna prontamente desechable y obsoleto. Además, el consumo es hoy supremamente diferenciado (Castells, 1999), en éste nuestra singularidad tiene un espacio, nos es posible afirmarnos y distinguirnos de otros. Nuestras diferencias son entonces exaltadas e incluidas en circuitos “segmentados” del mercado en los que cada singularidad se torna en una vida que necesita espectáculo. La “hiperexperiencia”, la “hiperestimulación” de los sentidos son entonces otras de las características que se apuntalan desde esta ideología capitalista del consumo.

Si a esta primacía del consumo como sentido estructurante de la vida en las sociedades occidentales contemporáneas, y como clave de la interdependencia global de las culturas, le sumamos la debilidad y/o ausencia de otros discursos convocantes y convincentes, los entramados de significación, los tejidos de sentido de la existencia se restringen, con lo que los escenarios para la producción de las subjetividades se empobrecen y quedan cada vez más a merced de las lógicas del mercado. Por tanto, la ciudadanía de los sujetos se va reduciendo a una narrativa como consumidores, lo que implica retos, por ejemplo, en la dimensión del ejercicio político que justamente se aboca hoy a su “resignificación”.

Los jóvenes contemporáneos se producen en el seno de este sentido de sociedad que hemos presentado; son uno de los sujetos en los que más fuertemente se evidencian las complejidades, paradojas y tensiones derivadas de este orden globalizado y su ideología. Estamos hablando de subjetividades juveniles que se generan en el marco de la hegemonía de las industrias mass mediáticas y del entretenimiento, en contraste con instancias socializadoras como la familia y la escuela cuyos sentidos y papel social se van fisurando aunque sigan presentes. Jóvenes cuyos capitales simbólicos son infinitamente amplios, pero cuyas posibilidades de consumo material siguen siendo restringidas para muchos. Sujetos a los que aún se les demanda planear su trayectoria vital, tener un “proyecto de vida”, aunque a la vez les hablemos de flexibilidad y adaptación para un mundo que si bien interconectado no provee a todos ni las inserciones productivas ni las continuidades laborales como para que puedan prospectar de manera lineal una vida sin precariedad.

Sin embargo, variadas subjetividades juveniles que emergen en este escenario de interdependencias e interconexiones planetarias, con frecuencia desiguales y homogenizantes, no necesariamente reproducen pasivamente una ideología del consumo, ni operan bajo una lógica receptiva de los sentidos del neocapitalismo. La diferencia se asoma en los cuerpos y en sus prácticas y, aunque no necesariamente se acompaña de discursos, suele evidenciar malestares y transgresiones respecto de los órdenes hegemónicos globalizantes. Son estos mismos jóvenes los que también nos recuerdan que nuestra sociedad adicta a la racionalidad no nos hizo a todos más felices y nos devuelven a nuestros cuerpos y sus sensaciones, a la mismidad de nuestras emociones y a la singularidad de nuestras vivencias, como sentidos importantes para nuestra experiencia vital. Pero sobre todo, muchos jóvenes contemporáneos, que se debaten y también disfrutan “su experiencia de vida”, nos evidencian que tal vez la vía que llevamos como sociedad no es tampoco la más adecuada.

La exaltación de las singularidades juveniles: ilusión de la inclusión

Las transformaciones que en el plano cultural, político y económico se han presentado en las sociedades actuales y el reconocimiento de sus niveles de complejidad, tal y como lo señalábamos en el apartado anterior, van generando cierto consenso en torno a que como sujetos, los y las jóvenes se hacen visibles a través de multiplicidad de prácticas, formas de expresión y discursos.

Esta visibilidad ha sido posible, además, porque durante la última mitad del siglo XX se presentaron de forma simultánea por lo menos tres procesos: 1) la reorganización económica y productiva de la sociedad por la vía del aceleramiento industrial, científico y técnico, lo que en términos generales significó la retención de los jóvenes durante periodos más largos en las instituciones educativas para establecer un equilibrio con la población económicamente activa; 2) la ampliación de la oferta y el consumo cultural que derivó en la consolidación de industrias culturales, algunas de las cuales focalizaron sus productos exclusivamente en los jóvenes y 3) la consolidación de un discurso jurídico y un conjunto de políticas especialmente orientadas hacia los jóvenes con el ánimo de “ejercer una tutela acorde con el clima político y que al mismo tiempo operara como un aparato de contención y sanción” (Reguillo, 2003: 358).

La exaltación de la singularidad juvenil cobra centralidad en la medida en que se van configurando ciertos dispositivos que hacen posible la emergencia de unos sujetos específicos: los y las jóvenes. Sin embargo, más allá de describir la forma como en casos específicos operan estos tres procesos, resulta clave preguntarse: ¿a quienes interesa esta exaltación de lo juvenil?, ¿qué ganan políticamente estas subjetividades al ser reconocidas en un orden social profundamente complejo? A nuestro modo de ver, esta visibilización ha posibilitado el surgimiento de múltiples modos de pensarse y saberse como jóvenes (Martín - Barbero, 1998, Reguillo, 2000), pero también ha generado de modo perverso una aparente inclusión de la “diversidad” juvenil en el orden social.

Hoy, culturas juveniles otrora juzgadas como rebeldes y en oposición (por ejemplo los metaleros, la cultura hip hop, los punkeros) si bien han ganado presencia en espacios, escenarios y circuitos socialmente “legitimados”, y ya no sólo undergrond, no necesariamente están teniendo plena posibilidad de incidencia y de transformación social a través de las tensiones, demandas e incluso reivindicaciones de sus expresiones e ideologías. Igualmente, los múltiples discursos y mecanismos de participación juvenil, que no sólo “aceptan” sino que convocan estas singularidades y las de muchos otros jóvenes (entiéndanse también organizaciones juveniles de todas las variedades, desde las comunitarias hasta las artísticas), dentro de unos marcos y lugares de acción, aunque se interesan por la expresión y la opinión de los y las jóvenes, no se constituyen en instancias decisorias que logren incidir en las políticas sociales, económicas y culturales que afectan al conjunto de la sociedad (Escobar y Mendoza, 2003).

Quizás, tal y como lo afirma Zizeck (1998), esta problemática, definida por el autor como una lógica multiculturalista, nos plantea una contradicción que se impone hoy. La coexistencia de mundos culturalmente diversos es el modo en que se manifiesta la problemática opuesta: la presencia masiva del capitalismo como sistema mundial, con niveles de homogenización sin precedentes en el mundo contemporáneo. Es como si, dado que el horizonte de la imaginación social ya no nos permite considerar la idea de una eventual caída del capitalismo, la energía crítica hubiera encontrado una válvula de escape en la pelea por diferencias culturales que dejan intacta la homogeneidad básica del sistema capitalista mundial (Zizeck, 1998: 176).

De este modo, podríamos plantear que la producción de subjetividades juveniles contemporáneas, pese a que puede entenderse en su diversidad como un fenómeno de multiplicidad de sentidos emergentes respecto de un orden global, también puede leerse en su cara menos optimista: la de una sociedad en la que toda alteridad tiene cabida siempre y cuando se inserte en unas lógicas de consumo (diferenciado y específico a cada particularidad) y en tanto no genere conflicto al sistema mismo.

Asimismo, es viable interpretar la pluralidad de cada sujeto social en sus especificidades como resistencia a unos poderes globales descentrados. Pero la inquietud es en qué medida tal explosión de singularidad se constituye en interpelación a tales poderes. Entonces, cada expresión de la singularidad juvenil reconocida si bien abre paso a la diferencia en la vida pública, deja a su vez un sujeto social fragmentado, con tal multiplicidad de ideologías y de visiones de mundo que la posibilidad de horizontes compartidos se hace en extremo difícil, justamente en una sociedad en la que el orden del capitalismo globalizado acaba por asumirse como el único sentido factible para todas las culturas.

Es decir, la paradoja consistiría en que la posibilidad de subversión y de trasgresión al orden del consumo global que reside en la singularidad de algunas subjetividades es rápidamente nombrada, categorizada e incluida en circuitos en los que dicha diversidad se visibiliza y tiene cabida, pero en los que se minimiza el interrogante, el cuestionamiento, el conflicto que tal alteridad de fondo plantea a un orden social que termina por “naturalizarse” como el único mundo posible.

Las políticas del reconocimiento se tornan entonces hegemónicas. La exacerbación de la diferencia implica tanto la variedad en las identidades como el etiquetaje, lo que da acceso a ciertos capitales pero no necesariamente resuelve desigualdades. Lo singular recae principalmente en unos sujetos, por ejemplo en los y las jóvenes (¿quién habla hoy de la singularidad de los adultos?), y en los ordenamientos sociales establecidos para ellos.

Probablemente la diversidad juvenil ganó en acceso a capitales simbólicos y relacionales (Bourdie, 1988), pero no en capitales del orden de lo político y muy poco en los económicos. El punto es tal que contemporáneamente los jóvenes son principalmente reconocidos desde el orden estético, lo que se legitima como diferencias que implican sentidos éticos distintos, pero el sentido político de lo juvenil ¿ha logrado canales potentes más allá de la expresión? Nos preguntamos entonces si tal exaltación de la estética juvenil, de sus sensibilidades y sentidos éticos, inmoviliza de fondo las posibles transgresiones a la norma, los cuestionamientos al momento sociohistórico en que se vive, la interpelación a poderes y órdenes hegemónicos.

De este modo, podría decirse que asistimos a una política social caracterizada por un “racismo con distancia” (Zizeck, 1998: 172), que respeta y visibiliza las singularidades juveniles, étnicas, sexuales, de género, de procedencia, etc., sugiriendo niveles de inclusión, dadas las múltiples posibilidades de participación y la libertad de consumo, pero que a su vez deja intactas las profundas desigualdades y formas de exclusión social. Es esta la doble cara del sistema capitalista actual: exacerbación de la singularidad, ilusión de la inclusión.

¿Qué hacer con los fragmentos?

Frente a la complejidad política, cultural y simbólica a la cual asistimos, y la escasez de opciones que logren niveles de articulación social, el panorama tiende a parecer desalentador. Por ello, no está de más visibilizar que las desigualdades sociales no son un asunto que se resuelve en el plano individual y/o en la lógica del mercado sino que ameritan una discusión de fondo respecto del agenciamiento político de los sujetos en los contextos contemporáneos.

Esta discusión, a nuestro modo de ver, si bien pasa por el reconocimiento de las dinámicas de constitución política de los sujetos en procesos cotidianos, singulares e informales, no puede realizarse al margen de los gobiernos locales, nacionales y globales, pues son ellos, a través de las políticas públicas que agencian, quienes están en la obligación de garantizar unas condiciones de vida digna para los habitantes del planeta, entre ellos los y las jóvenes. Desde luego esto no significa que se desconozca el que en distintos escenarios y a través de diferentes estrategias y prácticas (algunas más visibles, otras más anónimas), muchos jóvenes interconectados o no, cotidianamente intentan recomponer los fragmentos para pensarse el mundo de otras maneras, lo cual comienza a evidenciar una potencialidad reflexiva que permitiría desnaturalizar las profundas desigualdades en las que vivimos.

“La reflexividad”6, en tanto reconocimiento de los sujetos de la implicación que tienen en el mundo que habitan, da cuenta de la centralidad que tiene la toma de decisiones, frente a un amplio rango de posibilidades de elección. Por ello, la mirada sospechosa que numerosos jóvenes, mujeres, indígenas y otros grupos subalternos tienen frente al actual sistema, las distancias que toman diferentes organizaciones populares y movimientos sociales respecto a las políticas sociales vigentes y a la inclusión ilusoria del mercado, entre otras muchas manifestaciones, nos devuelven a la pregunta por la tensión constitutiva de las diferencias políticas, culturales, epistémicas e ideológicas que coexisten de manera conflictiva en la sociedad, como un lugar posible para imaginar otros sentidos para nuestras vidas.


Citas

1 En Colombia, por ejemplo, se expidió en 1997 una Ley de Juventud como directriz de “políticas, planes y programas, por parte del Estado y la sociedad civil” para una juventud reconocida como sujeto de unos derechos y deberes consagrados constitucionalmente tan solo seis años atrás. El foco se ubicó en tres tópicos: “promover la formación integral de la juventud, su vinculación activa en la vida económica, política y social, y el ejercicio pleno y solidario de la ciudadanía” (Ley No 375 del 4 de julio de 1997).

2 A partir de un Estado del arte de la investigación cualitativa en juventud en Colombia para el período 1985-2003 (Escobar C., y otros, 2004), es posible afirmar que tal producción de conocimiento especializado constituye un discurso que configura nociones del sujeto joven y construye problemáticas juveniles a partir de los temas por los que indaga. Incompletad, transitoriedad y vulnerabilidad son tres de las principales imágenes que se reiteran una y otra vez en los estudios junto a una noción etárea por la que se naturaliza tal concepción de juventud. Otros enfoques asumen al joven como sujeto portador de una cultura específica (subcultura, microculturas, culturas juveniles…) y también como un actor de ciudadanía en tanto esperanza de la transformación social, motor del cambio social, agente de protagonismo o de actoría social… Más recientemente se nota la emergencia de una representación del joven como sujeto de derechos, a quien la sociedad tendría la obligación de garantizar y/o de resarcir. Lo interesante de estas nociones es que corresponden a ejercicios investigativos que con frecuencia alimentan intervenciones sociales e incluso el diseño de políticas específicas para la juventud.

3 Las juventudes contemporáneas, y en particular las de Latinoamérica, enfrentan grandes inequidades en un mundo globalizado que paradójicamente se anuncia como apertura de posibilidades e interconexiones para todos. Al respecto, el Secretario Ejecutivo de la CEPAL, José Luis Machinea, al presentar una síntesis del Informe Panorama Social de América Latina 2004, plantea que “los jóvenes viven, con mayor dramatismo que el resto de la población, una serie de paradojas y tensiones” tales como:

  • “Tienen más acceso a servicios de salud pero las políticas públicas no se han adecuado a su morbilidad específica.
  • Tienen más acceso a educación y menos acceso a empleo
  • Son más aptos para el cambio productivo pero más excluidos del mismo
  • Tienen más expectativas de autonomía y menos opciones para materializarlas
  • sisten a una multiplicidad del consumo simbólico pero a una restricción del consumo material
  • Tienen más acceso a información y menos acceso a poder” (Noviembre 2004, diapositiva 32)”

El asunto de las desigualdades, la marginalidad y la exclusión social no es entonces simplemente retórica; las posibilidades de vida de no pocos jóvenes continúan hoy seriamente comprometidas. Este mismo informe de CEPAL calcula que en el 2002 la pobreza afectaba al 41% de los jóvenes latinoamericanos (unos 58 millones); de ellos alrededor de 21.2 millones eran extremadamente pobres. Por su parte la tasa de desempleo juvenil, por lo menos en 17 países de América Latina, casi duplica la tasa global; mientras que en el tema de educación se ganó en cuanto a la enseñanza primaria, aunque la brecha en educación secundaria se agudiza en los jóvenes más pobres y en aquellos que viven en zona rural. Por dar un ejemplo, en el 2002 sólo un 34,8 % del rango de población latinoamericana entre 20 y 24 años había terminado la secundaria; para Colombia estos serían tan sólo un 1,6 %. La educación superior fue un logro educativo en la década entre 1990 y 2002 para un escaso 6,5 % de los jóvenes entre 25 a 29 años en 14 países de la región (CEPAL, Panorama Social de América Latina 2004. Capítulo III, “Situación social de la juventud, tensiones y paradojas”).

4 Si bien autores como Daniel Mato (1996) nos recuerdan que la globalización es una tendencia histórica no necesariamente reciente, y resultante de variados procesos simultáneos de alcance planetario –al punto de proponer que se hable de procesos globalizantes o de globalización–, se trata de evidenciar “el creciente desarrollo y complejidad de interrelaciones planetariamente abarcadoras” (Mato, 1996: 13), así como el alcance de las transformaciones socioculturales que se están generando, y de destacar el efecto de homogenización que, por ejemplo, para los países y sujetos latinoamericanos puede conllevar.

5 Se trata entonces de reconocer el lenguaje en su sentido pragmático: los discursos hacen realidades en tanto se sustentan en entramados de significación, son propuestas de cómo vivir lo individual y/o colectivo; se soportan, por tanto, en ideologías concretas (Haidar, 1988).

6 La reflexividad como categoría analítica en Ciencias Sociales connota diferentes acepciones; por ejemplo, para Bourdieu (1995) la influencia de la reflexividad tiene presencia tanto en la teoría como en su propia práctica intelectual, en tanto la producción sociológica la entiende como un autoanálisis, esto es, como una reflexión de la realidad sociohistórica y la posibilidad de la interrelación entre ciencia y sociedad. De igual modo, en los aportes de Jesús Ibáñez (1990) sobre investigación social de segundo orden el concepto de reflexividad da cuenta de cómo el pensamiento influye en la sociedad y sobre el sujeto que piensa. Véase: Mejía Navarrete, Julio. “Perspectiva de la investigación social de segundo orden”, en: Cinta de Moebio, No.14, septiembre de 2002. Facultad de ciencias sociales Universidad de Chile. <http://www.moebio.uchile.cl>

Para efectos del presente artículo la reflexividad se entiende como conciencia de la complejidad social, aplicable a todos los aspectos de la vida social (Gleizer, 1997); lo que no significa que se trate de un proceso exclusivamente racional sino, justamente como nos lo muestran los jóvenes, también implican dinámicas de orden emocional, sensitivo y volitivo.


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