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La construcción de los problemas juveniles

A construção de problemas da juventude

The construction of juvenile problems

Enrique Martín-Criado*


* Doctor en Sociología. Profesor titular de la misma área de la Facultad de Ciencias de la Educación - Universidad de Sevilla (España). E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.


Resumen

La definición de los problemas sociales no depende de las características objetivas de los mismos, sino de dinámicas de construcción donde juegan un papel fundamental los intereses de los actores que intervienen en esta construcción. A su vez, esta definición produce efectos políticos. Se analizan las dinámicas de construcción y los efectos políticos de los “problemas juveniles”.

Palabras clave: Juventud, problemas sociales, construcción social, clases sociales, luchas políticas.

Resumo

A definição dos problemas sociais não depende das características objetivas dos mesmos, mas de dinâmicas de construção onde os interesses dos atores que intervêm nesta construção jogam um papel fundamental. Por sua vez, esta definição produz efeitos políticos. Analisam-se as dinâmicas de construção e os efeitos políticos dos “problemas juvenis”.

Palavras-chaves: Juventude, problemas sociais, construção social, classes sociais, lutas políticas.

Abstracy

The definition of social problems is not an issue which depends primarily on their objective characteristics, but on dynamics of construction in which the interests of the different actors concerned are central to its understanding. This definition has political effects. The article discusses the dynamics of construction as well as the political effects of “youth problems”.

Key words: Youth, social problems, social construction, social class, political struggles.


Cual fenómenos atmosféricos, los problemas juveniles irrumpen periódicamente en nuestras sociedades, haciendo saltar las alarmas y convocando todo tipo de expertos y representantes políticos exigiendo o proponiendo soluciones. Ahora bien, ¿qué implica definir los problemas sociales en términos de edades?; ¿qué implicaciones políticas puede tener esta definición? Es esta cuestión la que pretendo abordar en el presente artículo.

Producción social de los problemas sociales

La existencia de problemas sociales como hechos objetivos, evidentes, forma parte de nuestras categorías de sentido común. Pensamos que si algo es percibido como problema social, ello se debe simplemente a las características objetivas de tal problema. Sin embargo, las cosas no son tan sencillas. Así, el Sida se convierte en problema social –siendo calificado como la plaga del siglo XX– cuando las cifras de afectados son mínimas. En la actualidad, con decenas de millones de infectados a nivel mundial, ocupa un lugar secundario en la prensa occidental. El maltrato de la mujer se ha convertido en problema social en España recientemente, cuando no es nada nuevo. Los problemas sociales no aparecen por las buenas a la opinión pública. Suponen, por el contrario, todo un trabajo político de construcción y selección de un ámbito de la realidad –entre los muchos posibles– como problema social, esto es, como algo que concierne a la totalidad de la población y que exige soluciones políticas urgentes –lo que implica, a su vez, excluir otras situaciones o dejarlas en segundo plano como problemas que exigen soluciones–. Esta construcción no la realiza la sociedad: siempre tiene, como actores privilegiados, determinados grupos sociales u organizaciones que se esfuerzan por imponer la percepción de una determinada situación como problema social. Basta pensar en las enfermedades que se imponen como problemas sociales 1.

La definición de los problemas sociales siempre implica una serie de supuestos sobre qué –o quién– constituye el verdadero problema, y por tanto, cuál puede ser su solución. Esta definición es política: depende de –y altera– la relación de fuerzas entre distintos grupos sociales2. Y esta definición va más allá de una simple selección, entre la multitud de hechos sociales que podrían constituirse como problemas, de un número limitado de ellos. Se trata de estructurar la percepción de la realidad a partir de un sistema de categorías. Todo sistema de categorías opera un recorte en la diversidad de las situaciones reales, lo que supone a su vez dos operaciones: a) una división – de sujetos, objetos o situaciones– en compartimentos estancos; b) una homogeneización de los incluidos en el seno de cada compartimento: los otros rasgos que pudieran diferenciarlos pasan a segundo plano. Esta doble operación nunca es neutra: supone la exclusión de otras formas de categorizar, de construir identidades; selecciona las heterogeneidades pertinentes e impertinentes3.

Decir que los problemas sociales son construcciones no equivale a identificarlos, no obstante, con meras ficciones. Por una parte, porque estas categorizaciones se establecen a partir de hechos sociales preexistentes. Por otra, porque su misma institucionalización les confiere una realidad social que termina convirtiéndolos en algo evidente: son una parte del mundo que habitamos y de los esquemas con que percibimos este mundo. Ello provoca que sea tan difícil cuestionar las categorías a partir de las que se construyen.

La categoría “juventud”

La juventud, como un estadio de la vida bien definido, forma parte de nuestras categorías de sentido común. Sin embargo, no es algo tan evidente: basta recordar las luchas cotidianas por definirse –y por definir a los demás– como joven o viejo, o el hecho de que a la misma edad uno puede ser joven en un ámbito y viejo en otro. En términos sociológicos: una cosa es la edad biológica y otra la edad social. Y aquí hemos de distinguir tres conceptos distintos: la generación, la clase de edad y el uso estratégico de la noción4.

La primera conceptualización sistemática de generación en sociología se la debemos a Mannheim (1993) y ha sido posteriormente desarrollada por Bourdieu (2000: 142- 153). Para hablar de generaciones no basta la contemporaneidad cronológica; es necesario, además, que se den cambios en las condiciones de existencia que provoquen que los individuos sean generados de una manera distinta; esto es, que actúen y piensen de una manera diferente. Así, si en una zona rural los hijos de campesinos tienen una escolaridad más prolongada que los padres y, por cambios económicos, han de trasladarse a trabajar en la ciudad, podemos hablar de cambio generacional: los hijos pensarán y actuarán de manera muy distinta a la de los padres. Si nada hubiera cambiado, si los hijos crecieran en las mismas condiciones de existencia que sus padres, actuarían de adultos de la misma manera: se daría una simple sucesión de cohortes.

Por su parte, las clases de edad son divisiones que se operan con base en una edad definida socialmente: infancia, juventud, vejez… Estas divisiones actúan como performativos: cada una de ellas supone una forma de pensamiento y comportamiento socialmente definida y los sujetos tienden a adecuarse a la definición social de la categoría en que se hallan incluidos. Estas clases de edad varían históricamente, tanto en los comportamientos que se les atribuyen como en el tramo de edad biológica que cubren. Así, la infancia europea contemporánea, un producto del sistema escolar, es muy distinta, en extensión y comportamientos, de la que existió durante mucho tiempo en Europa (Ariès, 1987). Otro producto del sistema escolar es la adolescencia, que se comienza a inventar, en el siglo XIX, en relación con los vástagos de la burguesía y de las clases medias que acuden a la enseñanza secundaria y que a los 14 ó 16 años siguen viviendo en un mundo apartado de los rigores del trabajo y de la vida adulta. Estos adolescentes, a diferencia de sus contemporáneos obreros o de las clases altas, viven como “escolares”, vigilados y apartados de las responsabilidades adultas. Además, se hallan en una situación de “indeterminación de trayectoria”: su posición social futura no está clara. En estas condiciones, algunos de ellos desarrollan crisis de identidad, fruto de esta situación social específica. A partir de este reducido grupo social, y de unas teorías psicológicas del desarrollo del individuo que se remontan hasta Rousseau, se inventa la adolescencia como estadio natural –turbulento y problemático– del desarrollo del individuo. A ello contribuyen en gran medida psicólogos y psiquiatras, que elaboran teorías de la adolescencia a partir de los adolescentes que llegan a sus clínicas. Claro que los únicos adolescentes que les llegan son los que tienen problemas, con lo que la afirmación de que la adolescencia es un período problemático se alimenta circularmente. Una vez definido así, y convencido todo el mundo de que a ciertas edades uno tiene ciertas turbulencias, es normal que tales turbulencias aparezcan, confirmando las expectativas previas.

Las clases de edad varían en función de dinámicas históricas. Así, la duración de la juventud depende de las condiciones para la sucesión, del plazo que han de esperar los nuevos vástagos para acceder a una posición acorde con su origen social. Cuando las oportunidades económicas crecen, y cuando no se depende de la herencia paterna para instalarse por su cuenta, la juventud se acorta; cuando el proceso se invierte, la juventud se prolonga.

Así, hablar de una juventud, ya sea como clase de edad o como generación, que se extendiera de forma homogénea en toda una sociedad es un despropósito. Como generación, porque jamás tenemos un cambio de condiciones de existencia que afecte de forma homogénea a todo el espacio social. Como clase de edad, porque las formas y ritmos de la sucesión son muy distintos en función de los diferentes grupos sociales. Es este despropósito el que se comete comúnmente cuando se habla de problemas “juveniles”. Y aquí entramos en el tercer aspecto de la conceptualización de la edad social: su carácter estratégico.

Dinámicas de construcción de problemas juveniles

Las clases de edad, como toda categoría, pueden manejarse estratégicamente, tanto por los propios jóvenes, como por otros sujetos –u organizaciones–. En el primer caso nos solemos hallar con luchas de sucesión; en el segundo, con luchas políticas más amplias.

En primer lugar, en la medida en que el hecho de ser niño, joven, adulto o viejo supone distintos derechos o deberes, el ser incluido en una clase de edad u otra puede ser objeto de luchas. Normalmente identificamos la utilización estratégica del concepto de joven con su valoración positiva: todo el mundo quiere ser joven. Pero joven, ¿para qué? En el mercado sexual todos queremos ser jóvenes. En otros ámbitos, calificar a alguien de joven es una manera de frenarle: no aspires todavía a tomar responsabilidades, esto es, a ocupar ámbitos de poder. Las luchas por la sucesión suelen definirse en términos de jóvenes y viejos. Para los que ocupan las posiciones de poder, los que aspiran a ellas son todavía demasiado jóvenes: irresponsables, irreflexivos, imprudentes… Para los pretendientes a las posiciones de poder los que están en ellas son demasiado viejos: anquilosados, fosilizados… Buena parte de los estereotipos sobre la juventud que se han repetido en los últimos dos siglos se deben a conflictos generacionales que son conflictos de sucesión. Así, la mitología de la juventud como etapa de la vida rebelde, desapegada de los bienes materiales y los compromisos mundanos, se ha forjado en épocas en que los vástagos de la burguesía o de las clases medias tenían que vivir en estado de juventud porque no podían acceder a las posiciones de poder: épocas, normalmente, de sobreproducción de titulados superiores o medios en relación a las oportunidades de colocación. Los condenados a permanecer jóvenes hacían de la necesidad virtud y elaboraban una mitología de la juventud rebelde, bohemia, romántica, que se ha convertido en un cliché persistente que reaparece con especial virulencia cuando se reproducen las condiciones en que se generó5. La juventud también puede pasar a primer plano de la escena social cuando se da la situación inversa: un grupo de jóvenes utiliza el discurso de la juventud como valor para forzar el ritmo de la sucesión, para apartar a los viejos. Es lo que ocurrió en la Italia fascista: con la subida al poder de Mussolini, la vieja clase política es sustituida por fascistas y arribistas deseosos de hacer carrera rápidamente. La juventud se convirtió en palabra clave de los que accedían al poder, ensalzada como símbolo de lucha generosa, de entrega altruista, de innovación. En ambos casos, un grupo reducido se erige en representante de toda la juventud, imponiendo una visión de su problema generacional específico como problema de todos los jóvenes. Y en estas formulaciones el problema no es la juventud: el problema es la sociedad y la juventud la solución.

Pero la juventud también puede ser una excusa para jugar otros juegos de poder. Así, la mayoría de los problemas juveniles son definidos por grupos u organizaciones compuestos mayoritariamente por adultos. Estas formulaciones suelen ser de dos tipos: o bien la juventud constituye problema, o bien la juventud tiene un problema.

En el primer caso, la juventud suele convertirse en campo de proyección de los temores de cambio social de determinados grupos sociales. Cada vez que se da un cambio social –crisis económica, urbanización, capitalismo de consumo– se proyectaría este cambio en los jóvenes: la crisis produciría delincuencia juvenil, el capitalismo de consumo generaría hedonismo o pérdida de la ética del esfuerzo6… Esta proyección se sustenta en dos dinámicas. En primer lugar, se percibe el cambio generacional a partir de la experiencia de la propia trayectoria social7. En segundo lugar, esta proyección se inscribe dentro de un esquema general: los jóvenes actuales son la imagen del futuro de la sociedad. Este esquema cobra gran centralidad a partir de la construcción de los Estados contemporáneos y se sustenta en la siguiente plataforma de pensamiento: se supone que el Estado está constituido por individuos y que la prosperidad del Estado depende de lo que hagan los individuos. A su vez, se supone que el individuo se forma en las primeras socializaciones y que luego apenas se modifica. El futuro del Estado depende, por tanto, de la socialización de las generaciones jóvenes. A partir de estos esquemas se construyen los sistemas de educación obligatoria: como el futuro del Estado depende de la socialización de los individuos, hay que darles una educación sistemática de acuerdo al Estado que se pretende construir. Y a partir de estos esquemas, infancia y juventud se convierten en metáforas del futuro de la sociedad. Se amplifica así la visibilidad de todo lo que pueda definirse como problema juvenil, así como una serie de políticas de juventud que progresivamente extienden la visión de la juventud como grupo unificado. Cualquier grupo minoritario de jóvenes con comportamientos desviados o llamativos puede entrar a formar parte de la panoplia de problemas juveniles, funcionando como metonimia del conjunto de la juventud. Gracias a la construcción de cada vez más dispositivos y políticas centrados en lo juvenil, por otra parte, se genera un enorme cuerpo de especialistas de juventud cuyo oficio y beneficio dependerán de que existan problemas juveniles.

Con esta última observación entramos en dinámicas que son comunes a los dos tipos de problemas juveniles –los jóvenes son o tienen un problema–: la creación de problemas juveniles por diversos agentes –grupos, organizaciones– que pueden obtener algún tipo de beneficio de ello. Es lo que ocurre con las organizaciones especializadas en juventud: cuantos más especialistas en problemas juveniles, más problemas juveniles se definen. Desde el momento en que se establecen dispositivos institucionales para solucionar un problema social se están constituyendo grupos profesionales cuya existencia social depende precisamente de la importancia del problema que gestionan. Esta constante construcción y ampliación de problemas no debe verse como una estrategia cínica, maquiavélica: simplemente, estas instituciones, y los agentes que en ellas trabajan, categorizan la realidad a partir de las definiciones oficiales de los problemas que han dado lugar a su existencia. Aplicando la rejilla de percepción que está inscrita en su misma posición, se encuentran con multitud de problemas que pueden afectar a la población que gestionan. La misma existencia de instituciones destinadas a solucionar esos problemas sociales refuerza, de manera circular, la creencia en las categorías a partir de las que fueron construidas.

La juventud también puede ser una causa interesante para otros muchos agentes. Los especialistas en educación están siempre prestos a defender que la juventud tiene un problema de falta de educación: el problema se soluciona con más (especialistas en) educación. Los gobiernos conservadores de EE. UU. lanzaron entre 1986 y 1992 una campaña contra el enorme problema del crack que supuestamente estaría destruyendo a la juventud norteamericana. Las estadísticas oficiales no registraron ningún incremento –al contrario, una disminución– de un consumo que permanecía muy minoritario. Pero se logró cambiar la agenda política e ideológica –la causa de la pobreza y la exclusión estaría en la debilidad moral de los individuos que se drogaban– y la asignación del presupuesto estatal, que multiplicó policías y prisiones al tiempo que disminuía gastos sociales. El paro juvenil ha sido un problema social estrella en España en las últimas tres décadas. ¿Qué han conseguido los sucesivos gobiernos con tanta preocupación? Una serie de reformas laborales que han precarizado el trabajo y eliminado muchos derechos laborales en nombre de la lucha contra el paro juvenil (Martín Criado, 1999).

Conclusión

Una de las dimensiones fundamentales de toda acción política es la simbólica: definir cuáles son los problemas, los grupos y apuestas en juego, las soluciones. A partir de esta construcción simbólica, se estructura un campo de posibles, de protagonistas y antagonistas. Es por ello que toda acción política ha de plantearse siempre cuáles son los problemas sociales que vale la pena definir y las categorías a partir de las cuales definirlos. No se trata de denunciar toda imposición de problemática como arbitraria, se trata de tener presente que la misma definición de las problemáticas es una dimensión fundamental de toda acción política. A partir de aquí, podemos plantearnos qué consecuencias generales puede tener el hecho de definir problemas sociales en torno a la categoría juventud. Para ello hemos de volver a lo que implica la doble operación de división / homogeneización de toda categorización. Esta operación es siempre una entre otras muchas posibles: se resalta una forma de agrupar a los sujetos y se pasan a segundo plano otras posibles divisiones. Por ello, ante toda categorización, siempre es pertinente la siguiente pregunta: ¿qué otras opciones excluye y qué consecuencias políticas tiene tal exclusión? En el caso de la juventud, hemos de contemplar las teorías que a lo largo del siglo XX defendieron la juventud como categoría central para comprender la sociedad8. Estas teorías se postularon como alternativas a la marxista: si para ésta la división fundamental de la sociedad era la de clases sociales, para los teóricos de la juventud la división fundamental sería la de edades. En vez de un cambio político y económico por el enfrentamiento entre clases en torno a la propiedad, el cambio social se concebiría como cambio cultural por el relevo de generaciones. La división en edades ha tendido, en muchas teorías y también en muchas prácticas políticas, a pasar a segundo plano la desigualdad social de clases y a sustituir las soluciones económicas y políticas por soluciones culturales. De esta manera, ha permitido soluciones culturalistas o, en muchos casos, subvencionar a los jóvenes de clase media y alta bajo la cubierta de favorecer a los desfavorecidos jóvenes9. En estas jugadas con las edades, ha sido muy corriente que estas políticas hallaran fuerte apoyo entre los jóvenes con titulación universitaria que, en época de sobreproducción de titulados, tienden a ver sus problemas de empleo –de acuerdo a las expectativas que su inversión escolar ha generado– como problemas generales de la juventud, ya sea bajo discursos culturalistas, ya sea bajo la cubierta del radicalismo político. En el consenso por definir los problemas sociales como problemas juveniles se pueden reunir aliados inesperados.


Citas

1 Así, durante la primera mitad del siglo XX el cáncer se constituye como problema social en buena parte de los países europeos. ¿Por qué el cáncer? En parte porque la gente vivía más años y también porque era la enfermedad mortal que más afectaba a las clases altas, es decir, a aquellos grupos que tenían más recursos a su alcance para poder elevar esta enfermedad a la categoría de problema social general. Algo similar ocurrió en los años ochenta con el Sida. Aquí jugó también un papel fundamental el nivel social de los afectados y su capacidad de organización: personas de clase media-alta con recursos para organizarse rápidamente y convertirse en interlocutores de las autoridades sanitarias. Y, por supuesto, jugó también un papel fundamental el hecho de que la enfermedad se detectase primero en Estados Unidos. Estos determinantes son fundamentales para comprender la relevancia pública de un problema y de los medios que pueden reunirse para solucionarlo: así, mientras que la malaria afecta a mucha más población a nivel mundial que el Sida, se beneficia de muchos menos fondos de investigación.

2 Así, se puede detectar un aumento de madres solteras adolescentes. ¿Quién es la víctima? ¿El niño o la madre? En el primer caso, la madre sería culpable; en el segundo, habría que ayudarla. ¿Y cuál es el problema? ¿La promiscuidad adolescente, el embarazo adolescente o la falta de recursos de las madres solteras? Cada definición del problema implica una solución distinta –acabar con la permisividad sexual, o dar educación sexual y promover la planificación familiar, o establecer ayudas económicas para las madres solteras– con distintos efectos políticos.

3 E. P. Thompson (1968), en su investigación sobre la construcción de la clase obrera en Inglaterra, nos pone de relieve la importancia de estas categorizaciones. En el siglo XVIII los asalariados manuales se percibían a través del sistema de oficios. Un asalariado carpintero se veía como alguien distinto a un asalariado zapatero: el sistema de oficios reagrupaba en la misma categoría a todos los que ejercían el mismo oficio –ya fueran patrones o asalariados– y separaba a los de distintos oficios. Mediante un proceso largo, en buena medida político, se va construyendo la categoría de clase obrera: ésta supone concebir como miembros del mismo grupo a todos los asalariados manuales. Frente a los oficios, la categorización en términos de burgueses contra obreros supone una nueva forma de concebir identidades y diferencias, de separar en compartimentos –la identidad de asalariados pasa a segundo plano la división de oficios– y, a partir de aquí, permite plantear un tipo nuevo de luchas laborales y políticas.

4 He desarrollado lo que sigue en Martín Criado, 1998: 72-93.

5 Esto se ha repetido en numerosas ocasiones: desde el movimiento del Sturm un Drang en Prusia a fines del XVIII, hasta los discursos sesentayochistas, pasando por la invención de la bohemia en París en los años 1830.

6 Así, tras la segunda guerra mundial, proliferan en Gran Bretaña multitud de explicaciones del supuesto “carácter problemático” y “violento” de la juventud debido a la violencia de la guerra y los trastornos que supuso en su socialización. Sin embargo, las estadísticas mostraban una disminución de la delincuencia entre los “niños de la guerra”. Según explica John Davis, “tales ‘explicaciones’ probablemente demuestran que los adultos pensaban que los jóvenes deberían haber sido trastornados por la guerra –después de todo había sido la mayor experiencia de la mayoría de la generación paterna–” (1991: 90).

7 Así, los grupos sociales en declive, y fundamentalmente los miembros de más edad con una trayectoria social descendente, suelen pensar la estructura social en términos de degeneración: las cosas van a peor, las generaciones que nos siguen han perdido los valores.

8 He desarrollado esto en Martín Criado, 1998: 21-71.

9 La capacidad que tienen los distintos grupos sociales de beneficiarse de los recursos y ayudas estatales depende en buena medida de sus recursos culturales, informacionales, relacionales y económicos. Por ello, cuando las ayudas estatales no van dirigidas específicamente a los grupos con menos recursos, son estos corrientemente los menos beneficiados por las mismas. Así, cuando las políticas de juventud tienen como criterio único o principal la edad, ignorando que la división de clases y la desigualdad de recursos atraviesa todas las edades, lo corriente es que sean los jóvenes de clases medias los principales beneficiarios de las mismas, con lo que las ayudas sociales terminan revirtiendo en quienes tienen menos necesidad objetiva de las mismas.


Bibliografía

  1. ARIÈS, Philippe, El niño y la vida familiar en el Antiguo Régimen, Madrid, Taurus, 1987.
  2. BOURDIEU, Pierre, Cuestiones de Sociología, Madrid, Istmo, 2000, pp.142-153.
  3. DAVIS, John, Youth and the Condition of Britain. Images of Adolescent Conflict, Londres, The Athlonte Press, 1991.
  4. MANNHEIM, Karl, “El problema de las generaciones”, en: Revista Española de Investigaciones Sociológicas, No. 62, 1993, pp.193-242.
  5. MARTÍN-CRIADO, Enrique, “El paro juvenil no es el problema, la formación no es la solución”, en: Lorenzo Cachón (ed.), Juventudes, mercados de trabajo y políticas de empleo, Valencia, 7imig, 1999, pp.15-47.
  6. ________, Producir la juventud. Crítica de la sociología de la juventud, Madrid, Istmo, 1998.
  7. THOMPSON, E.P., The Making of the English Working Class, Hardmondsworth, Middlesex, Penguin Books, 1968.

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