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Jóvenes rurales y acción colectiva en Colombia

Juventude rural e ação coletiva na Colômbia

Rural youth and collective action in Colombia

Flor Edilma Osorio Pérez*


* Profesora asociada Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá, Facultad de Estudios Ambientales y Rurales, Departamento de Desarrollo Rural y Regional. E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.


Resumen

El texto explora algunas prácticas de acción colectiva de jóvenes rurales en diversas regiones de Colombia. En medio de condiciones muy adversas del sector rural, las y los jóvenes del campo generan y construyen experiencias de diferente orden en el campo político y socio-cultural. Sus percepciones sobre sí mismos, su presente y devenir, se inscriben en el marco marginal al cual se ha relegado el sector rural. Pero, a la vez, buscan superarlo generando cambios que rompen las fronteras rural-urbanas y que los hace visibles en sus contextos locales y regionales.

Palabras clave: Jóvenes rurales, Colombia, acción colectiva, juventud, representaciones.

Resumo

O texto explora algumas práticas de ação coletiva de jovens rurais em diversas regiões da Colômbia. No meio de condições muito adversas do setor rural, as e os jovens do campo geram e constroem experiências de diferente ordem no campo político e sócio-cultural. Suas percepções sobre si mesmos, seu presente e devenir, inscrevem-se no marco marginal ao qual se tem relegado o setor rural. Mas, por sua vez, buscam superá-lo gerando mudanças que rompem as fronteiras rural-urbanas e que os faz visíveis em seus contextos locais e regionais.

Palavras-chaves: Jovens rurais, Colômbia, ação coletiva, juventude, representações.

Abstract

This article explores some practices of collective action carried out for rural young people from diverse Colombian regions. In the midst of strongly adverse conditions of the rural sector, young people from the countryside generate and build experiences within the political and socio-cultural areas. Perceptions of themselves, of their present and future time emerge out the marginality in which the Colombian rural sector is inscribed. However, and at the same time, they are looking for overcome this situation of marginality generating changes that break rural-urban borders and make themselves visible in their local and regional contexts.

Key words: Rural young people, Colombia, collective action, youth, representations.


¿Qué acciones colectivas realizan las y los jóvenes rurales en Colombia? Esta exploración la haremos en tres apartes. En el primero discutiré sobre la categoría de joven y de juventud. En el segundo, caracterizaré brevemente el contexto rural colombiano en relación con los jóvenes. Finalmente, me concentraré en algunas experiencias de acción colectiva de jóvenes en diferentes regiones del país.

¿A quiénes nos referimos como jóvenes rurales? De manera provisional y para efectos prácticos, podemos asumir como jóvenes a hombres y mujeres entre 14 y 26 años1, un criterio cronológico común. El carácter rural estaría dado por unos procesos territoriales muy diversos, cuya construcción social está marcada de manera importante, pero no exclusiva, por la relación con el entorno natural y por la baja densidad poblacional. En la realidad, la frontera rural-urbana es cada vez más difusa, con muchos más matices en las relaciones sociales, en las actividades económicas y con traslapes socioantropológicos diversos.

Sin embargo, las delimitaciones conceptuales tienen implicaciones concretas. Así, por ejemplo, si nos preguntamos cuántos son los jóvenes rurales en Colombia, la respuesta oscila entre los tres y los seis millones de personas2. La fuente censal, la más usada, delimita los cascos urbanos en función de las redes de servicios públicos. El “resto”, que equivaldría a lo rural, para el 2003 correspondía al 28 por ciento de la población nacional (Perfetti, 2003). Pero hay otras propuestas. Por ejemplo, identificar como rurales a los municipios con menos de 10.000 habitantes, con lo cual la población rural pasaría al 42 por ciento (Pérez y Pérez, 2002). Algunas categorizaciones indican que 959 municipios colombianos podrían estar en el conjunto de lo “rural”3, y otras señalan que 797 municipios se situarían por encima del 60 por ciento, según el índice de ruralidad4. Estamos entonces ante la necesidad de un replanteamiento de la categoría tradicional de lo rural5, que implica reconocer las nuevas dinámicas y revalorizar su papel y contribución en la vida de la sociedad colombiana.

¿Qué significa ser joven en el campo? Algunas representaciones propias y ajenas

“Aquí hay muchos jóvenes pero no hay juventud” (Ferro et al., 1999: 149). Esta frase dicha por un joven sintetiza una realidad en la cual, pese a estar en un rango de edad determinado, conocido como joven, ello no significa, necesariamente, que se estén viviendo experiencias usualmente identificadas y difundidas como deseables para esa edad. Es frecuente el imaginario de la juventud como etapa de preparación, con exigencias menores, con cierta irresponsabilidad y disfrute, antes de llegar a la edad de la adultez. Una edad en donde no se es, sino en donde se prepara para ser. Pese a ser una especie de limbo social, la juventud como etapa y las y los jóvenes tienen cada vez más reconocimiento y reafirmación especialmente en entornos urbanos.

Sin embargo, en el campo parece haber cierta inexistencia social de esa edad particular, por su rápida entrada al mundo adulto. Una encuesta a jóvenes en el país encontró varias respuestas sobre el significado de ser joven en Colombia. La diversión, el disfrute y la alegría son los significados más frecuentes (Colombia Joven, 2000). Esa percepción de la juventud como un tiempo de aprendizaje, de ocio y disfrute no parece darse en el campo. “Al no haber juventud, no hay ilusión de vida. Por no (sic) haber juventud es que la persona piensa tantas cosas bonitas, como de progreso, comienza a pensar para luego practicar. En cambio aquí no hay eso. A aprender a trabajar porque no hay más que hacer” (Ferro et al., 1999: 153).

La segunda respuesta en importancia, en la mencionada encuesta, tiene que ver con la utilidad, la responsabilidad y la preparación para el futuro, la cual está muy presente en el sector rural: “Es estar en el campo, que se preocupe por su tierra, ayudar a la comunidad, sacar los proyectos que se realicen en la vereda” (Arcila, 2004: 37). Incluso se afirma como una reivindicación frente a la exclusión:

“Es la persona que vive en el campo pero que tiene los mismos derechos y deberes que tienen los jóvenes urbanos, aún más porque el desarrollo de una organización o grupo o vereda la tiene el campo. Entonces si trabajamos, si sacamos proyectos, si dejamos a un lado la violencia, yo creo que el mundo sería mejor y todos, tanto los jóvenes rurales como los urbanos, tendríamos un mayor futuro y una comunidad en paz y en convivencia” (Ibíd., 2004: 37).

Es necesario recordar que la construcción de las representaciones de la juventud se alimenta en buena parte de la percepción de los otros pobladores, padres y madres, maestros, medios de comunicación y de la sociedad en su conjunto. Así, por ejemplo, en zonas rurales se señala con frecuencia a los hombres jóvenes y foráneos como las mayores amenazas para las buenas costumbres y la tranquilidad de los residentes. Desde el consumo de alcohol, las peleas y asesinatos, la delincuencia común y la organizada en el ambiente de los negocios ilícitos, pasando por las trabajadoras sexuales visitantes semanales los días de mercado, son problemas asignados de manera muy directa a los jóvenes, aunque haya comportamientos similares de muchos adultos. Podríamos leer esto como parte de la discriminación “antijóvenes” que implica una descalificación estructural de la generación anterior a la nueva (Bourdieu, 1984: 172).

Las y los jóvenes en el campo son valorados fundamentalmente como mano de obra, pero son invisibilizados como actores sociales capaces de comprender, opinar y participar. Las reducidas ofertas de servicios se hacen en tanto productores potenciales, dejando de lado las otras dimensiones fundamentales, como sujetos sociales y políticos. La invisibilidad se traduce también en la homogeneización, que oculta la diversidad de problemáticas, potencialidades, sueños y expectativas.

El escenario rural: convergencia de condiciones adversas

Las y los jóvenes rurales en Colombia viven y sobreviven en condiciones generales de gran adversidad, que caracterizaremos rápidamente a partir de cinco aspectos relacionados entre sí: la concentración de la propiedad, la crisis del sector agropecuario, la agudización del empobrecimiento rural, los cultivos de uso ilícito y el conflicto armado.

En el 2001, el 0,4 por ciento de los propietarios controlaba el 61,2 por ciento de la superficie, con fincas de más de 500 hectáreas. En tanto, el 57,3 por ciento de propietarios controlaba solamente el 1,7 por ciento de la superficie, con fincas de menos de 3 hectáreas (Fajardo, 2002: 5). La acumulación de la tierra no se ha corregido desde la década del 60 pues el índice de Gini6, veinte años más tarde, se mantenía por encima de 0,82 (Machado, 1998: 81). Estas dinámicas territoriales de concentración de la tierra, de manera legal e ilegal, conllevan no solo una concentración del capital, sino de la renta política y social. En medio de esta crisis estructural, se desarrollan las crisis semipermanentes, relacionadas con la producción y el empleo (Fajardo, 2002).

Si bien ha habido una ligera recuperación del sector agrícola en Colombia, una mirada de largo plazo señala una crisis sostenida que es producto, entre otras cosas, de la apertura económica iniciada en los años 90. Entre el año 1991 y el 2000 se perdieron 189.355 puestos de trabajo, de los cuales el 19 por ciento se perdió en el último año, debido a la disminución de las áreas cultivadas en un 14 por ciento7. La crisis ha tenido diversos ciclos e impactos diferenciados por sectores y productos. Sin embargo, ya sea en la agricultura empresarial o en la economía campesina, las y los jóvenes rurales ven afectados sus empleos en la agricultura que, según cálculos, corresponden a una cuarta parte de los empleados que tienen entre 19 y 25 años8. Lo sucedido con el algodón y el café ha mostrado impactos regionales severos en la economía y en la dinámica sociocultural de los pobladores rurales, en medio de una recurrente exclusión para los pequeños productores (Salgado, 2004).

Mientras esto sucede en la agricultura lícita, los cultivos de uso ilícito, como la coca y la amapola, mantienen un aumento creciente, expandiéndose por el país. Las cifras sobre cultivos, áreas fumigadas y erradicadas son una arena política de debate, en la medida en que buena parte de la apuesta gubernamental y sus alianzas con el gobierno estadounidense se concentran en este campo. La forma y datos de los registros llevan a cifras muy diferentes entre lo fumigado, lo erradicado y lo sembrado. De allí se desprenden valoraciones y decisiones sobre el éxito o fracaso de tales políticas. Según un último reporte de la CIA “en el país había sembradas a diciembre del año pasado 114.000 hectáreas de coca, la misma cifra que existía a finales del 2003”, pese a que fue el 2004 el año en que más se fumigó (El Tiempo, 2005). Sin embargo, se continúa haciendo caso omiso del ‘efecto globo’, esto es al traslado de cultivos dentro y fuera del país, y al efecto de ampliación del paraguas de ilegalidad (Informe PNUD, 2003).

La crisis del sector se manifiesta también en el aumento del empobrecimiento rural. Así, en la década del noventa se pasó del 64 al 83 por ciento de pobres rurales, con un incremento de diez puntos porcentuales con respecto a la pobreza urbana (Perfetti, 2004). Los ingresos reales de los hogares rurales han disminuido cerca de un 15 por ciento, descenso que ha continuado de manera que, en el 2000, un empleado del sector rural recibía un 24 por ciento de ingresos menos que lo que recibía en 19949. Mientras que el analfabetismo total es de 7,6 por ciento, en las zonas rurales llega al 15,4. La escolaridad urbana es de 8,4 y la rural sólo del 4,5 (Díaz, 2004). La brecha con la ciudad en términos de inequidad en servicios y oportunidades es una característica estructural que alimenta la dinámica migratoria rural-urbana, especialmente de las y los jóvenes.

Pero la desruralización es fruto, además, de otras dinámicas. El conflicto armado que tiene como escenario privilegiado, aunque no exclusivo, al campo y a sus pobladores, ha provocado el desplazamiento forzado de más de tres millones de personas10 de las cuales, en promedio, el 70 por ciento eran pobladores con vínculo rural, en razón de su empleo, su residencia y la tenencia de tierra. Se calcula que el 55 por ciento del total de desplazados es menor de 18 años. Esta estrategia político-militar de homogeneización de la población para controlar el territorio, que se articula con intereses económicos locales y regionales, los cuales imponen su hegemonía por la vía del terror y la muerte, ha significado más de cuatro millones de hectáreas ‘abandonadas’, de las cuales el 57 por ciento son parcelas de menos de 20 hectáreas (Osorio, 2002).

El conflicto armado tiene a las y los jóvenes como sus principales víctimas y victimarios. Las defunciones por homicidios son mayoritariamente de hombres de menos de 30 años. Una estimación conservadora de los menores de 18 años vinculados a los grupos armados como combatientes menciona la escalofriante cifra de 11.000 personas (Human Rigths Watch. 2003: 6). En su mayoría son hombres, si bien la incorporación de las mujeres es cada vez mayor. El 64 por ciento de los desvinculados de grupos armados hasta el 2003 tenían entre 14 y 24 años, lo cual significa que cerca de 24.000 jóvenes están vinculados a las filas de los grupos ilegales11, de los cuales el 79 por ciento tiene origen rural (Gómez, 2003). El ingreso masivo, en el caso de los paramilitares, incluye tanto labores de inteligencia, como trabajo militar y labores en las fincas de los jefes, algunas de ellas relacionadas con cultivos de coca12. Pero ¿cómo autoperciben esta vinculación las y los jóvenes rurales? Veamos algunas respuestas desde ellas y ellos mismos:

“Hay un elemento que es clásico y eso es intrínseco a ser joven, la juventud es propicia a la acción, a la acción contestataria (…), por eso las FARC son una guerrilla joven, incluso la mayoría de los mandos que conforman la línea de mando de los diferentes frentes, son jóvenes de 20, 22, 25 años, que hayan tenido alguna experiencia dentro de la organización. Además hay otro tema y es que en muchas regiones donde opera el movimiento guerrillero, las posibilidades de los jóvenes son muy pocas. El trabajo esclavizante, la pérdida afectiva, la imposibilidad de tener porvenir, de manera tajante los obliga a asumir una actitud de vinculación al movimiento guerrillero” (Ferro y Uribe, 2002: 72).

“Como la mayoría de muchachas vienen del campo, la muchacha del campo tiene muy poco. Si es de extracción popular, ha tenido muy pocas comodidades. Cuando se viene para acá, el movimiento da todo: comida, ropa, y lo que necesitamos nosotras como mujeres: toallas, protectores. La muchacha que viene del campo no tenía esas cosas y, dentro de nuestro sacrificio, nos da una cierta comodidad, no la tenemos que pagar”… (Ferro y Uribe, 2002: 73).

“Mis hermanos sí fueron al colegio, el único que no estudió fui yo (…) Estuve con la familia hasta los nueve años. Luego comencé a andar con los vecinos que trabajaban la amapola y me llevaban a sembrarla. Les ayudaba y me daban cualquier cosa (…) Un día llegó la guerrilla y comenzó a quemar casas cerca de donde vivíamos nosotros, y uno con miedo. Yo no estaba metido en nada, ni mi familia: simplemente la autodefensa pasaba por el lado de la casa (…) Me tocó meterme en el monte sin camisa y sin zapatos y al día siguiente salí todo arañado. Al otro día me encontré con los vecinos, a los que también habían quemado las casas, y estaban en el tema de las autodefensas. Yo les dije que quería ingresar. Me metí y anduve con ellos de lado a lado: yo tenía once años” (González, 2002: 185-187).

Estas historias reflejan un trasfondo de exclusión que se concreta en la pobreza generalizada, pero también en la violencia intrafamiliar, en donde “las familias descubren que el hijo existe cuando se va de la casa”. La escuela “no les sirve para nada” y al vincularse a grupos armados consideran que “ahora sí conseguimos trabajo”13. En estas circunstancias adversas ¿qué prácticas de acción colectiva están realizando las y los jóvenes en contextos rurales, para asumirse como actores sociales? Veámos varios ejemplos.

Saliendo de la invisibilidad: los jóvenes rurales en tanto actores sociales

A partir de algunos estudios en diferentes regiones del país, es posible poner de relieve experiencias colectivas de jóvenes en contextos rurales, a partir de las cuales se han ido posicionando como actores sociales. Reconocer estas experiencias no significa, sin embargo, ignorar sus procesos intermitentes y frágiles, así como la diversidad de protagonismos, de formalidad, de alcances. Pero es claro que las y los jóvenes están confrontando y asumiendo las condiciones adversas de sus entornos, reconfigurando cotidianamente sus propios territorios y superando las limitaciones de pertenencia marcadas por la edad y por sus propias búsquedas personales.

En el Caquetá, departamento del sur del país, zona de cultivo de coca, cuando se pregunta por los jóvenes en la región, se les asocia fácilmente con los “raspachines”. El nombre se deriva del trabajo: “lo que interesa es quitar la hoja, o sea nosotros estamos es raspando el palo”. Pero tiene una connotación peyorativa. Las marchas cocaleras de septiembre de 1996, de gran resonancia nacional e internacional, propiciaron el protagonismo tanto negativo como positivo de los “raspachines”. En tanto que grupo afectado por la fumigación, estuvo presente en las negociaciones con el gobierno y en ese proceso se redefinió el concepto de raspachín y su diversidad14 dándole un significado más positivo frente al conjunto social e institucional.

Las y los jóvenes raspadores de hoja, alcanzaron a configurar cierta identidad colectiva, de manera rápida, no premeditada, ni con proyecciones, dentro de claros forcejeos con el resto de la sociedad local y nacional. Las marchas cocaleras constituyeron ese espacio en el cual se reconfiguraron identidades positivas en torno al valor, al trabajo, y otras negativas frente a las pedreas, los actos delictivos y los desórdenes. En tanto repertorio de presión al estado, las marchas generaron unas relaciones obligadas de mínima organización coyuntural, representatividad, liderazgos y coordinación, tanto entre los jóvenes, como entre estos y los demás grupos, por un objetivo común. La visibilidad de los raspachines se dio en la medida en que se identificaron como grupo y, a la vez, fueron percibidos como una fuerza presente y actuante, con osadía y capacidad para cosas buenas y malas.

En la misma región, vale la pena mencionar una experiencia colectiva liderada por un joven que decidió retirarse de la cadena del narcotráfico a nivel local. La dinámica funcionó alrededor de una emisora comunitaria que animaba un proceso de encuentro alrededor de la cultura, lo deportivo y la capacitación de jóvenes. Al igual que en otros casos, la visibilidad de los jóvenes por esta vía se constituyó en un puente, no siempre premeditado, para vincularse al Concejo Municipal en representación de los jóvenes del pueblo (Ferro et al., 1999).

Otra dimensión colectiva se encontró entre los raspachines a través de formas de solidaridad entre pares, equivalentes quizá a los parches urbanos. Se trata de grupos de jóvenes que se van consolidando en su paso por los plantes de coca. Este es un espacio de socialización importante, que incluye actividades lúdicas, de información, de protección, de presión frente a los incumplimientos del patrón y de construcción de una jerga. Estos grupos son informales y, con frecuencia, sus miembros tienen algún parentesco (Ferro et al., 1999: 206).

Pasando a otra región, el departamento de Cundinamarca, en el centro del país, una experiencia distinta llama la atención: “Mi papá es campesino, igual que mi mamá (…) Los dos primeros años los estudié en el pueblo…

El tercer grado en la vereda (…) Le tocaba a uno madrugar, muchas veces aguantar hambre, llegaba uno de la escuela a hacer tareas y corra a llevar las vacas (…) Mi papá fue 18 años concejal (…) armaron un movimiento de líderes campesinos (…) y empezaron a trabajar” (Santos, 2003: 119). Con jóvenes procedentes de municipios rurales de quince provincias del departamento, la Red de jóvenes Constructores de Paz de Cundinamarca ha avanzado en un proceso que comienza en 1998. En su génesis estuvo muy relacionado con la Gobernación, pero adquiriendo su propia dinámica, en la cual se han mezclado actividades de tipo formativo, productivo y cultural, de orden local, regional, nacional y también internacional. La oportunidad política del movimiento y la confluencia de intereses con el sector gubernamental, alimentado por los jóvenes “híbridos”, que eran tanto miembros de la Red como funcionarios de la Gobernación, son factores que han permitido un avance sostenido y un protagonismo importante.

Esa misma articulación ha sido fuente de crisis y de rupturas, en la medida en que se han mezclado intereses y compromisos que han menoscabado la autonomía de la Red. Según una muestra, las edades de sus miembros, cuyo número es fluctuante, están entre los 17 y los 38 años, en su mayor parte hombres (73 por ciento), con educación universitaria en un 52 por ciento, y un 42 por ciento de bachillerato. El 55 por ciento provienen de municipios eminentemente rurales, apartados de los grandes centros urbanos. Estas ventajas comparativas que influyen en sus posibilidades le dan un carácter de elite local que ha asumido un compromiso con sus lugares de origen y que en varios casos tiene claras ambiciones de entrar activamente en la política local y regional.

En Colombia es frecuente tropezar con grupos de jóvenes que buscan desarrollar actividades de orden cultural, desde las cuales, y pese a ser vistas como “una pérdida de tiempo”, renuevan espacios de encuentro, dinamizan la vida local y también la transgreden con mayor o menor fuerza. Es el caso de la Asociación de Jóvenes de Arabia, Asojara. Arabia es uno de los corregimientos de Pereira, capital del departamento de Risaralda, en el centro del país, hoy afectado por la crisis cafetera. Es una zona que cuenta con buena presencia institucional y oferta de servicios, de la cual Asojara no ha sido ajena. Desde 1999, la Asociación ha realizado diferentes actividades y ha tenido apoyo de diversas instancias. Así se han hecho desde paseos y celebraciones comunitarias, capacitación en salud, hasta festivales de rock y celebraciones navideñas. Han pasado de ser puente con políticos regionales en las elecciones a plantearse como organización apolítica.

En mayo del 2003 se organizan formalmente con 31 asociados. Su lema es “Juntos trabajamos por el bienestar social de los jóvenes”, aunque algunas de sus actividades van más allá de sí mismos. La existencia de Asojara ha facilitado la intervención de varias entidades que quieren prestar servicios en el corregimiento, lo cual a veces ha saturado la misma organización juvenil. La permanencia y ejercicio de su líder, alrededor del cual funcionan las relaciones institucionales y la continuidad del grupo, han impedido rupturas por la rotación de sus miembros, pero han centralizado las decisiones y orientaciones, lo cual cuestiona su sostenibilidad en el tiempo (Arcila, 2004).

Las experiencias mencionadas, a manera de ejemplo, muestran la iniciativa, voluntad y capacidad de jóvenes rurales para constituirse en actores sociales, a través de acciones colectivas de diverso orden. A través de tales acciones colectivas, entendidas como acciones concertadas para lograr propósitos compartidos, se dinamizan sus relaciones sociales, la distribución del poder, los recursos y las oportunidades con el resto de la sociedad local, y se van redefiniendo identidades compartidas, nuevas maneras de manejar los conflictos, intereses generales y motivaciones particulares.

La relación con el Estado aparece como denominador común en tanto adversario, en términos de Touraine. En ese trasegar marcado por la reivindicación, la gestión de recursos y también la denuncia, se va redefiniendo el ejercicio de la ciudadanía, con ciertas ambigüedades y algunas trampas. Mantener su autonomía y su sentido crítico tiene el precio de romper con las redes clientelistas, que a su vez son sus potenciales mecenas. Pero también, confrontar a las autoridades municipales y dar el salto a un campo político no siempre es posible por el control de actores armados ilegales en la región que los pueden llevar a ser señalados como aliados o contrarios de unos u otros. Por ello, es muy posible que algunos grupos de jóvenes se mantengan en espacios reducidos, con metas muy inmediatas, buscando algún reconocimiento social, pero concentrados en mejorar su calidad de vida dentro de las comunidades microlocales (Madera, 2004).

A manera de cierre

En Colombia, ser joven en el campo pasa por una reafirmación colectiva que les permita posicionarse ante la sociedad local, regional y nacional, más allá de la mirada funcional para el mercado de trabajo, de los límites de la edad y de las connotaciones negativas derivadas de un contexto de guerra creciente. Pese a las múltiples condiciones adversas, o quizá a la par con éstas, jóvenes en diversas zonas rurales reinventan, transgreden y resisten la negación o indiferencia social de que son objeto, y siguen ensayando alternativas individuales y colectivas que les permitan un mayor bienestar. Desde diferentes acciones colectivas, hacen visible su papel en el ámbito político y sociocultural, dan muestras de ir más allá del presente inmediato y de sus propias necesidades, para participar y dinamizar su comunidad. Con el referente identitario de “grupo juvenil”, acompañado por la pertenencia territorial, se va definiendo un “nosotros” desde el cual se intentan varias iniciativas. Algunas más autónomas y otras más influenciadas por las “oportunidades políticas” (Tarrow, 1997), se ven acompañadas con frecuencia por el clientelismo y son tocadas, en mayor o menor grado, por la maraña de intereses y presiones propias de la guerra.

Ser joven exige enfrentarse a la homogenización y funcionalidad de la categoría para buscar ser reconocido en su diversidad de experiencias, intereses, alcances, condicionamientos y prácticas. Factores de diferenciación como el género, los subgrupos de edad, las actividades laborales, su vinculación o no al sector educativo, su situación familiar, las características y dinámicas del territorio rural que habita, así como la pertenencia étnica, entre otros, dan forma y color a ese caleidoscopio que es la juventud rural. En esa diversidad ha jugado el acceso cada vez mayor, pero no masivo, de los jóvenes rurales a nuevas tecnologías en comunicación e información, que aporta en la fluidez y conexión con recursos y aprendizajes de otros espacios rurales y urbanos, nacionales e internacionales. Así mismo, su mayor movilidad rural-urbana ofrece posibilidades que pueden activar, de manera impensada y en diversas direcciones, su papel en los entornos locales.

Redescubrir y posicionar a los jóvenes rurales exige avanzar en la comprensión de su quehacer, sus búsquedas y representaciones. Pero ello es inútil si no va de la mano con una reflexión crítica y una decisión, como sociedad nacional, de redimensionar la importancia del sector rural en el país. El ineludible proceso de reconciliación, que tenemos que construir desde un presente histórico de violencia estructural marcado por la violencia política, pasa de manera sustancial por hacer efectivo el papel de los jóvenes rurales, hombres y mujeres, y de la sociedad rural en su conjunto, en tanto protagonistas del hoy y del mañana. Quizá, por esa vía, encontremos claves para gestar espacios de mayor equidad y pluralismo. Quizá, en esa búsqueda, sea posible romper con los ciclos de exclusión y dominación que acompañan nuestra memoria personal y colectiva.


Citas

1 En Colombia la Constitución Nacional reconoce a los jóvenes como sujetos de derechos en su artículo 45. La ley 375 de 1997 o ley de la Juventud, que desarrolla este artículo, establece que, para los fines pertinentes de participación y derechos sociales, se entiende por joven toda persona entre los 14 y 26 años.

2 El cálculo es hecho con base en un total de población proyectado a 2005 de 45’325.260 y una proporción de una cuarta parte que, según el Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas, DANE, está entre los 14 y 26 años.

3 Categorización hecha por el DANE en 1989 y que identifica 14 categorías con dos grandes grupos: el rural con once categorías y el urbano con tres. Cfr. Fundación Social, 1998.

4 Categorización hecha por el Fondo DRI, en donde uno de los índices empleados para identificar prioridades de inversión fue el índice de ruralidad que es el porcentaje de población rural respecto de la población total. Cfr. Fundación Social, 1998.

5 Recientemente el Banco Mundial afirmó que los “sectores rurales de América Latina y el Caribe en promedio resultan dos veces mayores que el tamaño de las cifras oficiales”. Cfr. Perry y Lederman, 2005.

6 El índice de Gini mide el grado de concentración de la propiedad rural al comparar el porcentaje de área acumulada por un determinado número de propietarios. Cfr. Machado, 1998: 81.

7 Las cifras son muy diversas pues para la misma época, por ejemplo, el Ministerio de Agricultura aseguraba haber un aumento del empleo del 8 por ciento en el 99 y del 3 por ciento en el 2000. Cfr. Contraloría.

8 Que son el 77 por ciento de los jóvenes según Colombia Joven.

9 Cálculos de Lora y Herrera citados por Perfetti, 2004.

10 Cálculos de la Consultoría para los Derechos Humanos y el Desplazamiento, CODHES, entre 1985 y el 2003.

11 Bajo el cálculo de que hay cerca de 38.000 combatientes. Gómez, 2003.

12 Observación recogida en trabajo de campo en el Bajo Sinú, 1997-2000.

13 Ferro y Uribe retoman estas afirmaciones de un estudio de once casos hecho por el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar de Florencia, a partir de la denuncia del reclutamiento de menores en el Caquetá.

14 El Acta de Acuerdo señala tres tipos de jornaleros recolectores de hoja de coca: los de tradición campesina, los de tradición jornalera agraria y los itinerantes o andariegos con distinta vocación. Acta de Acuerdo entre el Gobierno Nacional y los Campesinos e Indígenas marchistas del Departamento del Caquetá. Florencia, septiembre 12 de 1996.


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