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Adiós al “rebaño desorientado1”: la comunicación dialógica de Paulo Freire en la era de la globalización corporativa

Adeus ao “rebanho desorientado” comunicação dialógica de Paulo Freire na era da globalização corporativa

Farewell to the “disoriented flock”: Paulo Freire's dialogical communication in the era of corporate globalization

Peter McLaren*
Valerie Scatamburlo-D.Annibale**
Juha Suoranta***
Nathalia Jaramillo****

Traducción del inglés: Ana Rita Romero *****


* Profesor de Educación, Universidad de California, Los Ángeles, EE.UU. E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

** Profesora Asociada, Jefa del Programa en Comunicación y Justicia Social, Departamento de Estudios de la Comunicación, Universidad de Windsor, Ontario, Canadá. E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

*** Profesor de Educación de adultos, Universidad de Joensuu, Finlandia. E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

**** Estudiante Doctorado de Educación, Universidad de California, Los Ángeles, EE.UU. E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

*****Licenciada en Idiomas de la Universidad Nacional de Colombia.


Resumen

En este artículo los autores examinan, desde la obra de Paulo Freire, la comunicación en la sociedad actual y proponen constituir una comunicación revolucionaria dialógica como una fuerza necesaria contra el imperialismo y para el humanismo. Esta propuesta se realiza en un contexto imperial mundial, donde la mayoría de los medios de comunicación favorecen la guerra permanente y la acumulación de capital. Evalúan los medios alternativos en América Latina y los movimientos sociales para dar a conocer nuevos métodos de comunicación en el espíritu de Paulo Freire e imaginar un público más allá del “rebaño desorientado”.

Palabras clave: comunicación, dialógica revolucionaria, Paulo Freire, medios alternativos, imperialismo.

Abstract

In this paper the writers analize, from Paulo Freire’s work, communication in present day society, and propose the constitution of a revolutionary dialogic communication as an esssential way of figthing against imperialism and in favor of humanism. This proposal is done in an imperial world context, where the everlasting war and the accumulation of capital are supported by most of the mass media. Centered in the creation of new communication methods based on Paulo Freire’s ideas, the authors of this article evaluate alternative media and social movements in Latin America, and imagine an audience beyond the “bewildered herd”.

Key words: communication, revolutionary dialogics, Paulo Freire, alternative media, imperialism.


Introducción

A bomba: A terrivel bomba atomica;
E a radio-atividade; Significam terror;
Ruina e calamidade. Se acabassem
com a Guerra; E tudo ficasse unido; O nosso
mundo de hoje; Nao seria destruido
2.

En estos tiempos de guerra preventiva, declarada unilateralmente por George W. Bush y Dick Cheney –los dos han sido apropiadamente descritos como “eminencias de la mafia imperial” (Blum, 2004)–, en flagrante violación de las leyes internacionales, nos sentimos obligados a comenzar con el anterior poema incluido por Paulo Freire (1973: 76-77) como parte del material de estudio en sus campañas de alfabetización en Brasil en la década de 1960. El motivo del poema –el deseo de un mundo unido, sin guerra– podría parecer una fantasía utópica dado el mundo resueltamente distópico que habitamos. Pero, en medio de la carnicería producida por los percances imperialistas alrededor del planeta, estamos de acuerdo con la afirmación de Stud Terkel (2003) de que “la esperanza es lo último que muere”. Confiando en ese sentimiento y al mismo tiempo reconociendo su fragilidad, estamos animados por el perdurable legado de Paulo Freire y las lecciones que aún podemos acopiar de su obra vital. Su voz y su mensaje, como aquellos del autor del poema (un trabajador del campo), con frecuencia son arrasados por las superautopistas de información de la acumulación del capital que, en su mayor parte, son usadas para promulgar el programa del neoliberalismo y la hegemonía corporativa global en interés de la elite gobernante y en detrimento de aquellos que se ven forzados a vender su fuerza de trabajo para sobrevivir. Y aún cuando resuenan contra la decadencia actual y el fraude de lo que se llamaba “progreso” hacia un mundo pacífico y humano, nos recuerdan sin embargo, como lo hacen los ecos provenientes de Puerto Alegre y en todas partes, que “es posible un mundo diferente”.

Freire encontró duras realidades a lo largo de su existencia y fue testigo del sufrimiento y opresión de muchos. La urgencia de su proyecto pedagógico no le permitió vivir su vida dando rienda suelta a ilusiones utópicas.

No obstante, su trabajo estuvo animado siempre por el principio de la esperanza, independientemente de las circunstancias personales o históricas. A diferencia de algunos “radicales” teóricos sin experiencia, que gozan impresionando a sus colegas intelectuales con su dominio de una jerga académica incomprensible y que se deleitan en producir teorías abstractas como un fin en sí mismo, Freire fue un pedagogo apasionado y un activista que tomó seriamente el nexo entre la teoría y la práctica. Más aún, su entendimiento dialéctico del mundo social, de lo subjetivo y lo objetivo, de la cultura de la vida diaria y de las matrices más amplias de la organización capitalista y la economía política, merece mencionarse especialmente puesto que muchos han buscado esconder la realidad objetiva bajo la prioridad de los significados, discursos y textos. El trabajo de Freire nos recuerda que la popularización de la riqueza y de la pobreza rampante, la explotación, la alienación, la miseria y la muerte producidas por los estragos del capitalismo y la guerra globales (para no mencionar la doctrina de Bush de la “guerra preventiva”) son realidades históricas brutales cuya existencia material y objetiva difícilmente pueden negarse. Este es el espíritu del trabajo de Freire, que le dice la verdad al poder en un clima intelectual donde las exploraciones críticas del imperialismo han sido marginadas con demasiada frecuencia y donde el verdadero concepto de clase ha sido bombardeado por los eruditos conservadores que fanfarronean perpetuamente con la honradez estructural del capitalismo, y finalmente enterrado junto con las víctimas de la perversa unión del capitalismo y el militarismo en el imperialismo3.

Creemos que el trabajo de Freire sobre la comunicación y la educación dialógicas revolucionarias puede usarse como vehículo para desarrollar globalizaciones alternativas socialistas y democráticas. Esto es crucial si los educadores norteamericanos y otros van a tener un impacto en impedir la constante devastación de Latinoamérica y otras regiones por parte del capitalismo neoliberal y el imperialismo estadounidense. En resumen, nunca ha habido mejor ocasión de traer de nuevo a Freire desde el gabinete de cera del hall de la fama educativa y dar a sus ideas una mirada renovada y una posición central en el frente revolucionario de los estudios sobre comunicación y educación. En los años recientes el imperialismo (término que alguna vez produjo estremecimientos en la corriente dominante), ha sido reintroducido orgullosa y descaradamente en el léxico del gobierno y los medios estadounidenses (Mahajan, 2003: 181). Dado este contexto y el hecho de que ese imperialismo de hoy en día es “particularmente agresivo y atroz” (Wallerstein, 2003: 23), necesitamos reavivar el trabajo de Freire, rematerializarlo (esto es, enfatizar sus dimensiones materialistas) y usarlo para retar al imperialismo de hoy que abastece el orden capitalista mundial.

La dominación de amplio espectro en la cultura mediática

Rahul Mahajan (2003:181) anota que ya está pasado de moda decir que la política exterior de la administración Bush es una forma de nuevo imperialismo, una frase repetida recientemente por Arundhati Roy (2004:11) quien concede que “el nuevo imperialismo”, aunque es una versión remodelada y actualizada de lo que fue antes, está “ya sobre nosotros”. Desde luego, la historia del imperialismo estadounidense es larga y tortuosa. Lo que es importante reconocer es que, según Roy, por primera vez en la historia un imperio único, con un arsenal de armas que podrían arrasar el mundo en una tarde, tiene una hegemonía económica y militar completa y unipolar (Roy, 2004: 11). Curiosamente, pocos estadounidenses tomarían en consideración “la idea de que su nación pretende algo distinto que fines pacíficos, democráticos y humanitarios”, pero la incómoda realidad “difícilmente encaja con esta clase de mitología caprichosa” (Boggs, 2003: 1); y, contrario a la retórica benevolente defendida por Bush –especialmente que Estados Unidos tiene la obligación de defender “las esperanzas de toda la humanidad”– estos son los días oscuros y repugnantes del Imperio.

La actual campaña hacia el “imperio norteamericano” tal vez no constituya un misión imperial clásica para el control de otros territorios y el deseo de establecer un conjunto de colonias alrededor del globo, pero refleja el uso del poder político y militar en nombre de una ideología –un fundamentalismo de libre mercado radical, pro-corporativo, antigubernamental–, que acumula plusvalía en nombre de la elite capitalista global. Si bien el nuevo imperialismo usa diferentes armas para quebrantar diferentes mercados (políticas de comercio en algunos casos, bombas en otros) “no hay un país sobre esta tierra de Dios que no esté capturado en las redes de los proyectiles estadounidense y la chequera del Fondo Monetario Internacional” (Roy, 2004: 11). Hoy en día, el rasgo del militarismo permea la economía, las instituciones políticas y la cultura estadounidenses y, según Boggs, “sería difícil que fuera de otra manera, dada la posición de Estados Unidos como única superpotencia que queda, como el país hegemónico no desafiado del mundo” (2003:2). No existen centros riva-les de poder o fuerzas militares que le hagan contrapeso –o que probablemente vayan a existir en un futuro predecible–, que puedan contener a este monstruo que cruza a grandes trancos y arrogantemente el escenario mundial. Enmarcado por su imperativo fundamental de dominancia de amplio espectro, el nuevo militarismo está presenciando cambios trascendentales en las fuerzas armadas de Estados Unidos y en su papel en los asuntos mundiales. Mahajan (2003: 27-28) va más lejos, cuando dice que Estado Unidos

ha alcanzado un nuevo cenit de dominio político, capaz de mofarse de los deseos expresos de una inmensa masa de personas y de la vasta mayoría de las naciones, obligándolos incluso a asimilarse dentro de sus estructuras de control, que se expanden continuamente. Ya no puede pretenderse que Estados Unidos no es un imperio; más aún, un imperio repugnante.

Dada la historia victoriosa de las operaciones propagandísticas de Estados Unidos durante el último siglo (Snow, 2002), no puede subestimarse el papel actual de los medios dominantes en reproducir y perpetuar la cultura del militarismo dentro de Estados Unidos, ni en apoyar y favorecer la propaganda y las intervenciones militares de Estados Unidos en el exterior. La acumulación de noticias sobre la reciente guerra en Irak ilustran claramente cómo los medios norteamericanos se transformaron en cámaras de resonancia que gozosamente valorizaron el poderío militar de Estados Unidos y un irreflexivo “patriotismo” y sirvieron como ejemplo de la forma como los medios occidentales de la elite cumplen una función de propaganda adhiriéndose a la ideología imperialista y legitimando las incursiones intervencionistas engañosas y malintencionadas de Estados Unidos (Scatamburlo- D’Annibale, en preparación).

Es un panorama dominado principalmente por el complejo militarindustrial- mediático, cuya principal función es ofrecer espectáculos que refuercen el maniqueísmo (el bien contra el mal) favorecido por la actual administración Bush4 . Este aparato conduce a una visión mundial muy particular e ideológicamente recargada que sugiere, entre otras cosas, que el capitalismo del libre mercado es el mejor sistema económico en la historia mundial, que el logro de ganancias económicas y beneficios privados son objetivos centrales de la vida, que las fuerzas militares de Estados Unidos están dirigidas únicamente hacia propósitos buenos y metas loables, que las fuerzas armadas estadounidenses habrían sido, y continúan siendo, una fuerza “civilizadora” para el beneficio de los desposeídos y de las personas privadas de los derechos civiles alrededor del mundo, que disentir es apoyar a los esbirros del terrorismo perverso, y que la única alternativa es abrazar la lógica maníaca del capitalismo imperialista estadounidense disfrazada con una pátina de perogrulladas “democráticas”. Semejantes suposiciones ideológicamente encubiertas son parte de las “ilusiones necesarias” requeridas para el “control del pensamiento” en las sociedades democráticas (Chomsky, 1989). Son suposiciones constantemente reforzadas en los llamados “medios de información” así como en el reino de los medios de entretenimiento. Como ha señalado James Petras (2003: 19): “El estado, los medios masivos y el mundo corporativo estimulan la falta de mentalidad, el compromiso pasivo en el entretenimiento del espectador masivo... y refuerza la visión mundial del imperio de ‘buenos’ y ‘malos’, donde los ‘tipos buenos’ vencen a los ‘malhechores’ a través de la violencia y la destrucción”. Es dentro de este contexto que las administraciones gubernamentales han demostrado su creciente entendimiento de los medios y han aprendido a hacer “la lucha ideológica tan importante para sus operaciones como la lucha militar y económica” (McChesney & Foster, 2003: 1).

El escenario preferido para esa lucha ideológica es, indudablemente, la cultura mediática. John McMurtry (2002: xii) nos recuerda que “los medios masivos, que pertenecen dominantemente a las corporaciones de la industria militar y de entretenimiento educativo”, están en el negocio de promulgar un conjunto de ideas y un sistema de valores específicos que ocultan cualquier cosa que pueda revelar un “desorden en el sistema de gobierno existente”. Este conjunto de ideas es un ‘efecto’ ideológico que obra como una narrativa que a su vez oculta el “desorden en el sistema de valores” existente en el corazón del imperio norteamericano, incluyendo “el apoyo logístico y financiero de Estados Unidos a los escuadrones de la muerte, las redes terroristas” y otras prácticas similares que han fomentado sistemáticamente el caos alrededor del mundo mucho antes del 11 de septiembre (McMurtry, 2002: xiii-xiii). Es la narrativa que llamamos “pedagogía”.

Aunque Estados Unidos ha sido siempre una nación altamente militarizada, usamos la expresión “pedagogía Hummer”5 para referirnos a la militarización cada vez más progresiva y escandalosa de la sociedad norteamericana posterior al 11 de septiembre, manifestada en la multidimensional y multifacética narrativa que ha permeado los campos de la educación, la política, la ciencia, la tecnología, los medios y la cultura popular. La pedagogía Hummer se refiere también en gran parte a la ‘Schwarzeneggerización’ de las políticas interior y exterior de Estados Unidos –es una situación donde el poder equivale al derecho, donde las tácticas de intrusión e intimidación se valoran como manifestaciones de la fortaleza moral y donde la reverencia pasada de moda al “rojo, blanco y azul” substituye el discurso político racional–. Es quizá más insidioso que en el mundo de la pedagogía Hummer, la imagen y el spin6 matan a la ‘realidad’. Testigo de ello es el reciente esfuerzo de James M. Infohe, senador republicano por Oklahoma, quien intentó aplacar la tormenta pública resultante del descubrimiento de las fotografías y descripciones de las torturas y abusos cometidos contra los prisioneros en la prisión de Abu Ghraib en Irak, sosteniendo que los prisioneros tenían las manos manchadas de sangre norteamericana y que el régimen de Sadam Hussein fue mucho más brutal que el de George W. Bush. La pedagogía Hummer desanima a las personas a pensar, a hacer demasiadas preguntas y a ver más allá de la superficie de las imágenes manufacturadas que moldean la opinión pública. Negocia con poderosas herramientas de ficción, en imágenes que a la vez complacen y engañan. Es un mundo de efectos visuales dramáticos, de sueños artificiales, de emociones falsificadas y de espontaneidad preconcebida. Es un mundo donde las apariencias se prefieren a la realidad y donde la “verdad” es lo que se vende, es decir, si la gente lo “compra”, es correcto y verdadero. En ese contexto, la “gran mentira” circula mucho más libremente, a menudo sin controversia. En su discusión sobre el “nuevo totalitarismo”, McMurtry (2002: 88-89) señala que

la gran mentira –en el sentido de mentira que todo lo penetra– es difundida por doquier, por los múltiples medios controlados centralmente y distribuidos en el mundo entero... la mentira omnipenetrante opera a través de un aparato de condicionamiento total... El colapso de la distinción entre verdad y ficción abre el camino a la ocupación totalitaria de la conciencia... En la antigua cultura totalitarista de la Gran Mentira, la verdad está oculta. En el nuevo totalitarismo, no hay límite entre la verdad y la falsedad que ponga en aprieto las mentiras. La verdad es lo que el pueblo pueda ser condicionado a creer. En un campo cultural, donde dominan los símbolos y roles corporativos, las comodidades, los artículos de primera necesidad, los anuncios y campañas de relaciones públicas, lo que antes se llamaban “mentiras” ya no son un problema. Ronald Reagan es un icono cultural de esta política de fin de siglo. Los triunfos mediáticos de Reagan durante ocho años prepararon el escenario de la nueva cultura de no límites entre la verdad y la falsedad. El postmodernismo entonces puso en escena su reflexión teórica inconsciente.

Podríamos agregar que la administración de Bush hijo, discutiblemente, ha llevado tales prácticas a un nivel inimaginable hasta para los más entendidos doctores en spin de Reagan. Claro está que cuando el actual gobierno de la Casa Blanca se percató de que era tiempo de dirigir la marea creciente del ‘antiamericanismo’ alrededor del globo, contrató “uno de los administradores de marca mayor de Madison Avenue” en la forma de Charlotte Beers, quien fue comisionada para “llevar a cabo un reacondicionamiento de la imagen de Estados Unidos” (Klein, 2002: 184). El objetivo final de la campaña –repleta de las indispensables palabras resonantes ‘libertad’, ‘democracia’, etc.– era vender la ‘marca Estados Unidos’ al mundo. La mayoría de los ciudadanos de la comunidad global, especialmente los que han experimentado de primera mano las medidas brutales y autoritarias del poder de Estados Unidos o aquellos que han padecido las políticas de globalización neoliberal guiadas por los norteamericanos, no la “compraron” pero funcionó bien con el vulgo local, cuya mayoría se ha mostrado satisfecha de sumergirse en el remolino de las banderas plásticas, la parafernalia de las barras y estrellas, y el coro belicoso “Estados Unidos es el número 1”, aun cuando se olvidaba de las maquinaciones del gobierno norteamericano, las corporaciones multinacionales y las decepciones de la política doméstica y exterior de nuestro Chico Emperador y su Guardia Pretoriana en la Casa Blanca y el Departamento de Defensa.

El reciente filme “Matrix Reloaded” nos ofrece una analogía útil para quienes intentan comprender el abismo que se ha abierto entre “lo que es real y lo que los norteamericanos perciben como real”, aquello que Robert Parry apoda la “matrix norteamericana”. Según Parry (2003: 1), algunos de los que viven en la matrix norteamericana parecen estar simplemente abstraídos a lo que “está sucediendo más allá de la superficie” de las imágenes presentadas, o demasiado ocupados o aburridos para investigar. Otros, afirma Parry, son una reminiscencia de Cipher (un personaje de la película original) y parecen bastante satisfechos de preferir los “falsos placeres de Matrix en vez de lo que Morpheus llama ‘el desierto de lo real’” (Ibid.). Como sea, parece que los “manejadores de percepciones” y maestros en fábulas empleados por la administración Bush han capitalizado tales tendencias, ya que la mayoría de los norteamericanos parece disfrutar las imágenes reales de las operaciones militares de Estados Unidos y, en el caso de la intervención en Irak, haber desarrollado un apetito por “una guerra de Thomas Kinkade, embellecida, romantizada, glorificada” (Goldsborough, 2003: 1). En la matrix norteamericana, la imagen mata la realidad.

Aunque algunos sectores de la población norteamericana se han vuelto más escépticos sobre la guerra en Irak, dadas las revelaciones sobre la inteligencia falsa, los costos financieros de la ocupación militar, el creciente número de desastres y, más recientemente, las comprometedoras y brutales fotografías de los prisioneros iraquíes siendo torturados, una mayoría considerable todavía se aferra a la creencia de que la guerra fue “justa” y que se trataba de sembrar las semillas de la “democracia” y la “libertad” en el Medio Oriente. Desde luego, esta retórica es demasiado familiar a las personas de otras partes del mundo, particularmente de Latinoamérica, donde la “democracia” al estilo norteamericano frecuentemente ha estado acompañada de miserias y muerte. Aún así, la mitología de una Norteamérica benevolente persiste entre grandes sectores de la población de Estados Unidos. Para entender cómo circulan esos mitos, es necesario retomar el concepto de “rebaño desorientado”.

El ‘rebaño desorientado’ y la subversión de la democracia

La frase “rebaño desorientado” es derivada desde luego del trabajo de Walter Lippmann, en particular de su bien conocida obra El público fantasma, publicada en 1925 (un libro que en muchos aspectos fue una secuela de un libro anterior escrito en 1922, La opinión pública). Aunque Lippmann coqueteó brevemente con la política socialista progresista durante su período educativo en Harvard, sus puntos de vista políticos sufrieron un giro dramático hacia la derecha durante el curso de su vida. Este giro se ejemplificó en las publicaciones antes mencionadas, que expresaron considerables dudas acerca de la posibilidad de establecer una verdadera democracia en la sociedad moderna. Como el filósofo Leo Strauss, cuyos trabajos han influenciado visiblemente las intrigas de los halcones que sirven como círculo íntimo de Bush hijo, Lippmann creía que ‘el pueblo’ debía ser controlado y manipulado por las elites, por los socios políticos, que pueden moldear las opiniones conducentes a mantener el control y el status quo7.

Lippmann estaba bastante sintonizado con el hecho de que en las mentes de las personas estaba el mundo “outside” y las “imágenes”. Para Lippmann, era responsabilidad de los miembros de privilegio manipular y formar estas imágenes y en consecuencia controlar el flujo de comunicación. Las cuestiones que preocupaban a Lippmann –es decir, cómo pensar en “el público” y “el pueblo”, la naturaleza y función de la “opinión pública” y las “relaciones públicas”–, son cuestiones que continuaron interesando durante el siglo pasado a los investigadores y eruditos en los campos de la comunicación y la educación. En el modelo de comunicación preferido por Lippmann (al que a menudo se refiere como el paradigma dominante), un número restringido de personas “responsables” tienen el poder y la capacidad de moldear las percepciones de lo que es “bueno” y “correcto”. De hecho, según Lippmann, en una verdadera democracia esta pequeña elite estaría en posición de asumir un papel de liderazgo en la sociedad. Ellos conducirían el público o el “rebaño desorientado”.

No es difícil ver cómo una democracia que “funciona adecuadamente” querría necesariamente asegurar y aprovechar las divisiones de clase. Primero, están quienes tienen un papel activo en los temas comunes. Consisten en una clase especialista o coordinadora que enseñaría, analizaría, ejecutaría y dirigiría los asuntos económicos, políticos e ideológicos. Luego está la mayoría del pueblo, que se espera que obedezca. Ellos forman el grueso del “rebaño desorientado” y se espera que cumplan una función muy específica en una sociedad democrática, especialmente como espectadores a quienes de vez en cuando se les permite “prestar su apoyo en las elecciones a uno u otro miembro de la clase especializada” (Chomsky, 2002:17). Como anota Chomsky (Ibid), hay una lógica dominante que anima tales creencias y, según él, tales creencias constituyen un principio moral “forzoso”: el de que la masa del público es simplemente demasiado estúpida para poder entender las cosas. Si tratan de participar en el manejo de sus propios asuntos, sólo van a causar problemas. Siguiendo esa lógica, es en el propio interés de todos los interesados si las cuestiones relativas a las condiciones de trabajo, derechos civiles, hegemonía de las corporaciones, explotación’ capitalista, guerras imperialistas y similares sean marginadas o enmarcadas en formas particulares por los miembros de privilegio, “los eruditos” y “las elites”. Cualquiera que esté familiarizado con el trabajo de Chomsky y con las ideas revolucionarias de Freire sobre la participación y el aprendizaje podría difícilmente encontrar convincente esta “obligación” moral y sin embargo, estaría presto a reconocer el papel desempeñado por los medios corporativos, la cultura popular y las instituciones educativas en fabricar consentimiento al dominio capitalista y de clase. Tales instituciones culturales actúan como máquinas pedagógicas, cargando nuestra conciencia con sus materiales “de estudio” y dando destino a nuestra existencia social. Esto es verdad en cuanto el pensamiento y la conciencia están enraizados y proceden de nuestras interacciones diarias con el mundo material.

Podemos llevar el concepto de “rebaño desorientado” un poco más allá para examinar las maquinaciones imperialistas de Estados Unidos ya que no es suficiente domesticar el rebaño desorientado en el corral político de la toma de decisiones domésticas. Realmente, las aspiraciones de hegemonía global necesitan domesticar las “masas” del mundo entero por los medios que sean necesarios. En este contexto, el trabajo de Freire puede ayudar a entender precisamente cómo el lenguaje belicoso del imperialismo norteamericano resulta del paradigma dominante de la comunicación (Servaes, 2001; Nain, 2001). Este paradigma tiene una óptica unipolar similar a las liturgias de patriotismo y a las homilías al capital celebradas por los clérigos del imperio de la Casa Blanca. Tanto el tono evangélico como la lógica dominante de este mensaje sugiere, entre otras cosas, que Estados Unidos de América sabe qué es lo mejor para el mundo; que los mandatos expedidos por el imperio norteamericano deben ser “obedecidos” si ha de florecer la democracia; que la “desobediencia” no será tolerada y que se castigará por medio de un ataque militar, del patrocinio a los golpes de estado (como en Haití, Venezuela y dondequiera), y de otras actividades diseñadas para sofocar el pensamiento crítico y disidente. Tal postura es claramente evidente en Irak. La administración Bush, probablemente empeñada en “democratizar” a Irak, juzgó conveniente suspender los periódicos locales que no estaban promulgando la línea propagandística estadounidense. Para “informar” al pueblo iraquí, el gobierno de Estados Unidos ha fundado un nuevo periódico (Al- Sabah) y una estación de televisión (Al-Iraqiya) entre otros medios, dirigidos por Harris Inc., una compañía de comunicaciones con sede en La Florida que ganó un contrato del Pentágono por 96 millones de dólares para “desarrollar” los medios en el país destrozado por la guerra. Tal es la naturaleza de la estrategia mediática “democrática” favorecida por el actual gobierno de Estados Unidos.

Una forma de resaltar las diferencias radicales entre el paradigma dominante de Lippmann y otros referidos anteriormente, y que llamaremos comunicación dialógica revolucionaria de Freire, es estudiar brevemente las raíces filosóficas de este último. Es evidente que la principal evidencia que anima el paradigma dominante es una interpretación conservadora de derecha de la filosofía de Platón8. En contraste, las raíces de Freire son más eclécticas, y su inspiración proviene de varias fuentes. Como señala Godonoo (1998: 31): “la posición filosófica de Freire tiene un rico menú de receta socio-humana intelectual, capaz de permitir las diferentes necesidades de espacio de la humanidad” (en itálica en el original). En el verdadero núcleo de su manifiesto educativo está la convicción de que la educación debe enlazarse y eventualmente conducir a la liberación política. También creía Freire, desde el comienzo hasta el final de su peregrinación educativa, que los cambios políticos de larga duración no pueden ser hechos por las elites sino por el pueblo9

Esencial para un entendimiento amplio de las ideas centrales de Freire sobre la educación de la conciencia crítica y real es su ensayo La educación como práctica de la libertad (1973), en el cual desarrolló los conceptos básicos que luego formaron un marco de referencia para la famosa Pedagogía de los oprimidos. En sus propias palabras, Freire (1973: 44) buscaba ofrecer “al pueblo los medios por los cuales puedan reemplazar su percepción mágica o ingenua de la realidad por una predominantemente crítica, para que pudieran asumir posiciones apropiadas al clima dinámico de la transición”. Freire enseñaba que para lograr un buen entendimiento del orden mundial capitalista actual, de las ideas de los estudiantes y de sus conciencias y comunicaciones cotidianas, era imperativo para un maestro crítico salir de la soledad de su aula de clase y encontrar el vecindario, las calles (y nos gustaría extender esto a las crecientes comunidades virtuales de Internet). Como anota Freire (1973: 41):

He experimentado –y abandonado– varios métodos y procesos de comunicación. Sin embargo, nunca he abandonado la convicción de que sólo trabajando con la gente puedo lograr algo auténtico por ellos. Nunca he creído que democratizar la cultura signifique vulgarizarla o simplemente dictaminar a la gente prescripciones formuladas en la oficina del maestro.

Tal formulación destaca la participación política activa, comprometida e informada, algo que está en total contraste con el consumo pasivo de espectáculos mediáticos y las declaraciones breves y llamativas fomentados por los modelos de comunicación dominantes y las concepciones del “rebaño desorientado”. Freire reconocía perfectamente bien la predilección de las elites por mantener al pueblo sumergido en la seudo-realidad y desanimar el optimismo crítico inspirado por la comunicación dialógica revolucionaria entre la gente del común. De hecho, si la gente común comenzara a cuestionar sus circunstancias, como sería el caso en una fase crítica de la sociedad (aún no cumplida), la elite privilegiada encontraría necesario “congregarse en defensa propia” (Freire, 1973: 14). Esto es similar al análisis de Lippmann de las elites, sólo que desde la dirección opuesta. Como escribe Freire (Ibíd.):

La elite defiende una democracia sui generis, en la cual la gente está ‘indispuesta’ y requiere ‘medicinas’ –siendo que de hecho su alimento es el deseo de hablar en voz alta y participar–. Cada vez que el pueblo trata de expresarse por sí mismo libremente y actuar, es un signo de que continúa enfermo y por tanto necesita medicina. En esta extraña interpretación, la salud es sinónimo de silencio e inacción del pueblo. Los defensores de esta ‘democracia’ hablan a menudo de la necesidad de proteger a la gente de lo que ellos llaman ‘ideologías foráneas’, esto es, cualquier cosa que pueda contribuir a la presencia activa del pueblo en su propio proceso histórico. De manera similar, etiquetan como ‘subversivos’ a todos aquellos que entran en la dinámica de la transición y se convierten en sus representantes.

Durante décadas, una de las medicinas más fuertes ha sido los medios corporativos que celebran el mito irracional de su propia creación, juegan ‘juegos patrióticos’ para extraer excelentes beneficios del complejo militar-industrial en tiempos de guerra, objetivan la audiencia y paradójicamente tratan de reducirla a participantes activamente reflexivos aunque ideológicamente cómplices, a través de su construcción de imagen aparente democrática, aunque a menudo exagerada y falsa. Es importante, por tanto, ver cómo se fabrican los discursos particulares en la presente era del terrorismo de Estado. Por ejemplo, cuando las bombas mataron veintenas de personas en los ataques a los trenes en Madrid, los medios occidentales cubrieron el incidente como un trauma nacional y pan-europeo. Y cuando el partido socialista obtuvo una victoria escandalosa en la elección subsiguiente, los medios sostuvieron que los ataques fueron el factor decisivo para despojar del gobierno al Primer Ministro José María Aznar. En la televisión estadounidense, los llamados “expertos” lamentaron los resultados de las elecciones y sugirieron repetidamente que el voto del pueblo había estado mal dirigido y serviría para envalentonar nuevamente a los terroristas. La implicación fue que el populacho español había sido de alguna manera infectado con una enfermedad.

Tal ‘análisis’ no mencionó que una mayoría de los españoles había estado criticando al gobierno de Aznar durante bastante tiempo, tachándolo de derechista y amigo de las corporaciones, así como su perversa camaradería con el señor Bush. Para entender este y otros incidentes en el escenario global, es beneficioso entender cómo trabajan los medios corporativos y de qué lado están. En el caso del mundo tras el ‘9/11’ y 911 días después en Madrid, no puede haber duda acerca de las lealtades de los medios. Como argumenta Roy (2004: 11): “es importante entender que los medios corporativos no sólo apoyan el proyecto neoliberal. Son el proyecto neoliberal. No es una posición moral que han decidido tomar, es estructural. Es intrínseca a la economía de la forma como trabajan los medios masivos”.

La comunicación dialógica por la humanidad y contra la globalización corporativa neoliberal

En muchos aspectos, el legado de la obra de Freire es un recordatorio constante del vínculo existente entre la comunicación, la pedagogía y la política. La pregunta importante que surge se puede formular de la siguiente manera: ¿Qué dirección pedagógica debemos tomar? Esto nos enfrenta inevitablemente al espinoso problema de la organización, problema que han trabajado tanto la izquierda revolucionaria como la izquierda progresista por más de un siglo. Max Elbaum afirma que las organizaciones son cruciales en la lucha por la justicia social. Escribe que “sin formas colectivas es imposible preparar cuadros, debatir teorías y estrategias, difundir la información y el análisis, o comprometerse completamente con las luchas apremiantes de hoy. Únicamente a través de la organización los activistas sociales pueden maximizar su aporte a las luchas en proceso y tomar posición en los eventos de mayor influencia cuando surjan nuevas oportunidades y levantamientos colectivos” (2002: 335). Al reflexionar sobre sus propias experiencias, explica que si un movimiento se convierte en un “mundo auto-contenido” que hace énfasis en la disciplina y en la solidaridad de grupo, con frecuencia puede caer en la supresión de la democracia interna. Los problemas inevitablemente nacen cuando se emplea la “más pura fidelidad a las antiguas ortodoxias”.

Es bajo esta perspectiva como el concepto de comunicación dialógica revolucionaria de Freire puede ser más instructivo. Freire consecuentemente advierte contra los peligros de aplicar una praxis uniforme y dogmática. Aún más, nos recuerda que un “proyecto verdaderamente revolucionario... al que le es connatural una dimensión utópica, es un proceso en el cual el pueblo asume el papel de sujeto en la aventura precaria de la transformación y recreación del mundo” (Freire, 1985: 82). Así que, en vez de obrar de acuerdo con los modelos de comunicación rígidos y verticales, que con frecuencia han caracterizado a los movimientos obreros y a las organizaciones de partido, la praxis dialógica de Freire apoya sistemas horizontales de comunicación. Es pues axiomático para el desarrollo permanente de la comunicación dialógica revolucionaria y la pedagogía crítica que se base en una visión alternativa de la sociabilidad humana, que opera fuera del universo social del capital y que reta al complejo militar-industrial-mediático y su modelo de comunicaciones concomitante.

Uno de los aspectos más notables de algunas organizaciones activistas recientes (especialmente aquellas relacionadas con la ‘antiglobalización’) ha sido la poderosa integración de los movimientos con el desarrollo de medios ‘alternativos’. En muchos aspectos, los activistas involucrados en movimientos sociales contemporáneos han atendido el llamado de los Zapatistas de ‘convertirse en medios’ y cultivar redes de comunicación alternativa, más que apoyarse en formas y organizaciones de medios establecidas. En este sentido, las fronteras “que separan a los activistas populares de los productores de los medios radicales” paulatinamente se están diluyendo (Dowing, 2001: 206). A través de redes ‘alternativas’ de medios, quienes están involucrados en los movimientos sociales pueden, cada vez con mayor frecuencia, “hablar por” sí mismos, articular y documentar directamente su propia experiencia (Dyer-Witheford, 1999; Kellner, 2001; Perlstein, 2001).

Un ejemplo de esto se puede encontrar en Argentina, donde estamos siendo testigos de nuevas formas de lucha organizada como resultado del colapso económico reciente del país. Nos referimos aquí a las protestas callejeras de los piqueteros (los desempleados) que se desarrollan actualmente y que aparecieron por primera vez hace unos cinco años en las empobrecidas comunidades de provincia. En directa relación con este movimiento se han desarrollado formas revolucionarias y creativas de comunicación. La cooperativa de medios Grupo Alavio inauguró hace muy poco la “TV-piquetera”, una estación de noticias que trasmite señales de TV piratas en vivo durante bloqueos de vías y desde barrios obreros marginales. (Trigona, 2004). Las formas de comunicación alternativa y revolucionaria han permitido a las mujeres piqueteras participar más a cabalidad en el movimiento, ofreciéndoles un medio para trasmitir sus luchas de género. Más recientemente, han aparecido nuevas asambleas de barrio, fuera de las protestas callejeras.

El carácter anti-jerárquico, descentralizado y democrático del movimiento mencionado antes se refleja en uno de los más grandes conductos de medios independientes: Indymedia, el cual, con toda razón, es uno de los ejemplos más dinámicos del modelo de comunicación dialógica revolucionaria. Desde su inicio, Indymedia ha estado animada por la creencia de que un proyecto político o de medios innovador tiene que involucrar más que “un sitio para crear y distribuir contenido progresista” (Perlstein, 2001: 335). Mejor aún, los fundadores del movimiento Centro de Medios Independientes (IMC por sus siglas en inglés) –Indymedia– quisieron crear espacios físicos y virtuales para la interacción, el diálogo y la movilización política. Esto se debió en gran manera al compromiso de Indymedia de distribuir gratuitamente el software, compartir y continuar con el desarrollo de los recursos tecnológicos, tener una filosofía de “publicación abierta” que permitiera niveles sin precedentes de interactividad, y a una estructura organizativa participativa no jerárquica.

No hay duda de que el movimiento IMC propuso un reto creativo e importante a las formas de pensamiento establecidas acerca del modelo de comunicación comúnmente empleado aún por los más progresistas canales de los medios “alternativos”. Ese modelo, conocido como el “modelo de transmisión”, se define como aquel en el que una institución de medios única o “una gran entidad envía sus mensajes a una audiencia tan amplia como sea posible” (O’Connor, 1999: 4). A diferencia de este modelo donde la representación tiende a ser controlada o manejada desde el centro, el modelo de comunicación abierta de Indymedia coloca los “medios de producción” y diseminación en más manos que nunca antes y permite experimentar con un modelo de red multimedia nuevo, de múltiples puntos y en una forma de comunicación más participativa. Las voces, aunque distintas, están sin embargo unidas por su compromiso de construir un “mundo mejor, a pesar de las distorsiones de los medios de comunicación, y su negativa a registrar los esfuerzos por liberar a la humanidad” (http://www.indymedia.org)10 .

Dado el éxito de Indymedia, no podemos subestimar el significado presente y futuro de Internet como una fuerza comunicativa y organizativa, o como “el otro super-poder” en manos de la gente, especialmente de la generación más joven. También es imperativo reconocer que la “línea divisoria digital” entre las personas de un mundo basado en la lógica capitalista, es profunda y creciente. Por lo tanto debe hablarse de ella cuando se discute el potencial democrático de Internet porque separa a las naciones desarrolladas de las subdesarrolladas, y estratifica el acceso a Internet con clasificaciones económicas, raciales y de género (Milberry, 2003: 81). Vale la pena anotar también que menos del diez por ciento de la población mundial tiene acceso a Internet. No obstante, aún necesitamos investigar y ser curiosos sobre las posibilidades comunicativas y revolucionarias de Internet como un nuevo tipo de fuerza que ha sido usada ya en la organización de protestas a nivel mundial contra la globalización corporativa y las guerras actuales.

Adicionalmente, de Freire podemos tomar otras enseñanzas, ya que el problema del acceso a Internet no se define exclusivamente por la disponibilidad de un programa, un equipo y una conexión. Más bien es una cuestión de capacidad de leer y entender los medios y de habilidades comunicativas (Ford & Gil, 2001). En este sentido es necesaria una pedagogía que dé énfasis a la lectura y comprensión de los medios y es esencial que promueva el uso progresivo de la capacidad comunicativa de las “comunidades locales”. Los maestros revolucionarios y críticos deben trabajar, en la tradición de Freire, para construir relaciones más profundas con los medios alternativos que involucran a la comunidad, las universidades y pequeñas estaciones de radio, apoyando proyectos de medios impresos y capacitando poblaciones indígenas de todo el mundo en el uso de diferentes tecnologías de comunicación. Aquí recordamos el profundo compromiso de Freire con la comunicación en sus múltiples y variadas formas. Él escribe que el ser humano “no puede ser verdaderamente humano separado de la comunicación, porque es esencialmente una criatura comunicativa. Impedir la comunicación es reducir el hombre a la calidad de ‘cosa’ –y éste es el trabajo de los opresores, no de los revolucionarios–” (Freire, 1970: 123).

Hablar a los muertos es, obviamente imposible pero su presencia se puede sentir a través de su capacidad de influir sobre la vida. Si estuviera vivo, creemos que Freire se animaría por las progresivas coaliciones comunicativas y los movimientos sociales que se están forjando en el ámbito mundial. Sin embargo, probablemente diría también que los movimientos sociales actuales necesitan ser armónicos con las lecciones del pasado. Su humanismo revolucionario sugeriría la necesidad de sobrepasar el reformismo y proyectar una alternativa positiva al capitalismo y al imperialismo para así evitar la tendencia de las revoluciones y los movimientos radicales a convertirse en sus opuestos (Cf. Hudis, 2004).

El humanismo radical de Freire advierte constantemente que el proyecto de humanidad, en su sentido más profundo, permanece inconcluso. El compromiso de Freire con la liberación de la humanidad y la extensión de la dignidad humana, la libertad y la justicia social para todas las personas, nos recuerda que debemos seguir dedicados a la lucha por el socialismo. A la luz de las actuales circunstancias históricas mundiales, marcadas, como están, por las aventuras imperialistas, la guerra y el control corporativo sobre la mayoría de los aspectos de la “vida pública”, los maestros críticos deben dedicarse de nuevo a la comunicación dialógica revolucionaria y trabajar para mostrar el carácter no democrático de la corriente mayoritaria de los medios contemporáneos, los modelos dominantes de comunicación y el capitalismo en sí mismo. Deben señalar el potencial del desarrollo de formas de comunicación existentes y por nacer y de los movimientos sociales y, sobre todo, deben imaginar un público más allá del “rebaño desorientado”.


Citas

1 Bewildered herd: [rebaño, hato, grey] [desorientado, aturdido, azorado, perplejo] N. de T.

2 La bomba, la terrible bomba atómica / y la radiactividad / significan terror, / ruina y calamidad. / Si acabara la guerra / y todo siguiera unido, / nuestro mundo / no sería destruido.

3 Nos referimos a este clima intelectual que, en gran parte, está enamorado de la cultura, pero generalmente ciego a la economía política. El actual romance con la cultura en un amplio sector de la izquierda educativa y la ignorancia concomitante acerca de las condiciones políticas y económicas han contribuido al avance de la importancia de la identificación cultural, especialmente para los constituyentes marginados, pero, al mismo tiempo, han confundido las raíces políticas y económicas de la marginación (Scatamburlo - D’Annibale & McLaren, 2003). El enfoque en los círculos educativos de izquierda continúa centrado en una especie de política de identidad y una crítica a los patrones de la historia por su eurocentrismo, sexismo, racismo, etc. Estas críticas han sido especialmente importantes para centrar la atención en los muchos prejuicios de las formulaciones anteriores -incluyendo las de la obra de Freire. De hecho, durante las décadas de 1980 y 1990, Freire comenzó a tratar estos aspectos en su propio trabajo pero siempre reconoció los peligros del imperialismo y el capitalismo y la importancia de la clase, aunque no actuó dentro de un marco puramente marxista.

4 Aunque sería visiblemente injusto atribuir toda la culpa a la actual administración Bush, considerando los muchos reveses sufridos por Estados Unidos desde por lo menos la Guerra Fría, la naturaleza del unilateralismo de Bush y la estrategia de la guerra preventiva no tienen precedentes en la historia moderna.

5 Pedagogía Hummer se refiere a las manifestaciones predatorias evidentes en la cultura y en los discursos de los Estados Unidos. El término tiene su origen en la prevalencia del automóvil “Hummer”, el cual se usa en la milicia.

6 Spin: en la jerga usada en los medios, un punto de vista o sesgo particular. N. de T.

7 El historiador Herbert Aptheker dijo alguna vez lo siguiente sobre Walter Lippmann: “Todas sus actividades políticas y esfuerzos intelectuales desde 1913 han estado dirigidos hacia la preservación del capitalismo monopólico y a aportar a los ricos conceptos responsables aparejados a sus intereses, instigándolos a un acercamiento ‘razonable’ y atacando los conceptos y prácticas democráticas. Mr. Lippmann, excepto en su lejana juventud, siempre ha sido antidemocrático”.

8 Paradójicamente, tal interpretación de Platón se muestra claramente en la maquinación straussiana de la actual administración Bush en el uso que hace de los medios para velar la arremetida no democrática de sus políticas interior y exterior. Bleifuss (2004:15) anota que Leo Strauss invocó “la necesidad que tiene la elite bien informada de conspirar para guiar la política pública”. Para Strauss, las masas vulgares no están hechas para la verdad y la libertad. Sin embargo, puesto que las masas del vulgo tienen los nú meros de su lado, no merecen ser ignoradas. Por tanto se hace necesario comprometerse en un programa activo de manipulación –Strauss fue, después de todo, “un gran creyente en la eficacia y utilidad de las mentiras en la política–” (Bleifuss, 2004:15).

9 Esta convicción se desarrolló parcialmente a partir de sus experiencias en el campo en la década de 1950 y 1960, y en parte de sus vastas lecturas de la literatura revolucionaria durante ese período.

10 Para un examen más profundo de Indymedia, ver Scatamburlo-D’Annibale & Chehade, 2004.


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