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El mundo rural latinoamericano y la nueva ruralidad

O mundo rural da América Latina e a nova ruralidade

The Latin American rural world and the new rurality

Edelmira Pérez C.*


* Profesora titular de la Pontificia Universidad Javeriana. Directora del Departamento de Desarrollo Rural y Regional de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales de la misma universidad. E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.


Resumen

Es indudable la importancia del debate actual en América Latina acerca de las nuevas concepciones del desarrollo rural. Se empieza a presentar una coincidencia en la necesidad de darle a éste un enfoque territorial y a ello ha contribuido el aporte de la mirada de desarrollo rural de la Unión Europea, pero también la visión de “nueva ruralidad” que han venido planteando distintos estudiosos del continente, de manera especial en los últimos diez años. Aunque el mundo rural ha tenido grandes transformaciones, aún persisten en América Latina rezagos estructurales que impiden la incorporación de las áreas rurales y de sus pobladores a las dinámicas actuales del desarrollo los cuales son analizados en este artículo.

Palabras clave: América Latina, nueva ruralidad, rezagos estructurales, desarrollo rural, desigualdad, pobreza rural, población rural.

Resumo

A importância de um debate sobre novas concepções do desenvolvimento rural na América Latina é indubitável. Uma coincidência com a necessidade de uma nova abordagem regional do desenvolvimento rural está agora aparecendo, baseada na visão da Comunidade Européia e também na visão da "nova ruralidade", afirmada por vários pesquisadores continentais, especialmente nos últimos dez anos. Embora tenham ocorrido grandes transformações no mundo rural, persistem estruturas antigas na América Latina, impedindo a incorporação de novas áreas rurais e sua população às atuais dinâmicas de desenvolvimento analisadas neste artigo.

Palavras-chave: América Latina, nova ruralidade, atrasos estruturais, desenvolvimento rural, desigualdade, pobreza rural, população rural.

Abstract

The importance of a debate on new conceptions of rural development in Latin America is indubitable. A coincidence on the need of a new regional approach to rural development is now appearing, founded on the view of European Community and also on the “new rurality” view, stated by several continental researchers, specially in the last ten years. Although great transformations have occurred in the rural world, old structures persist in Latin America, preventing the incorporation of new rural areas and its population to the current development dynamics analyzed in this article.

Key words: Latin America, new rurality, structural lags, rural development, inequality, rural poverty, rural population.


Introducción

En los últimos años se ha fortalecido el debate acerca de lo que es el mundo rural. Los diferentes enfoques conducen a construir una nueva visión que modifique la imagen que lo asocia sólo con lo agrícola. Hoy en día, el mundo rural se ve como el ámbito en el cual se desarrollan múltiples actividades económicas y sociales, a partir de los recursos naturales y de los diferentes pobladores que allí se encuentran. Actividades ligadas a procesos de agroindustrialización, turismo, agroforestería, pesca, explotaciones mineras y elaboración de artesanías, son apenas algunos ejemplos de la gran variedad de actividades económicas, que no eran claramente reconocidas por la visión sectorial sobre el mundo rural.

Por otra parte, éste siempre se ha planteado como lo aislado, lo atrasado, lo despoblado y, en todo caso, lo antagónico a lo urbano, lo desarrollado y, por ende, lo deseable para la mayoría de la población, pues ello significa el progreso.

Distintos modelos de desarrollo desde la segunda mitad del siglo pasado impulsaron esta mirada, lo que condujo a la migración masiva campo-ciudad. Los efectos son ahora visibles en Colombia y, en general, en América Latina, con la proliferación de grandes y medianas ciudades densamente pobladas, incapaces de satisfacer las demandas de servicios y bienestar social que requieren sus pobladores y que viven en condiciones de pobreza e indigencia, en cifras alarmantes pues sobrepasan el 70% de la totalidad de los habitantes, en casi todos los países de la región. Esos habitantes de origen rural siguen dependiendo, en gran medida y diferentes formas, de recursos provenientes del espacio que ocupa.

Los límites que separan lo rural de lo urbano son, cada vez, más difusos. En el mundo globalizado el abastecimiento alimentario de los pobladores urbanos no depende sólo de la producción agrícola y pecuaria circunvecina sino de relaciones de mercado mucho más complejas.

Al espacio rural se le han asignado –o reconocido– nuevas funciones, que contribuyen al debilitamiento de las fronteras entre lo rural y lo urbano y más bien se llama la atención sobre la necesidad de analizar mejor el sentido de las interacciones entre ambos espacios. “Bajo el empuje de nuevas funciones de las áreas rurales, la vieja dicotomía entre campo y ciudad ha dejado de tener sentido. Como consecuencia, muchos investigadores sociales han dejado de prestarle atención al asunto, esforzándose los demás en encontrarle sentido a lo que se reconoce ya como “nuevas ruralidades” o interacciones rural-urbano” (Link, 2001, p. 37).

Antes de ver cuáles son los aportes de la teoría de la nueva ruralidad, es importante hacer una descripción de lo que es hoy el mundo rural latinoamericano, haciendo énfasis en algunos de los aspectos que se considera mantienen rezagado el desarrollo de las áreas rurales del continente.

El mundo rural latinoamericano1

En los comienzos del siglo XXI el mundo rural latinoamericano se caracteriza por tener grandes concentraciones urbanas y baja densidad rural, baja calidad de la infraestructura y escasa conectividad, concentración de la riqueza e incremento de la pobreza, desigualdad en la tenencia y acceso a la tierra, gran peso de la agricultura en la economía general de la región, enfoque sectorial de las políticas y programas de desarrollo rural, y sobreexplotación y mal uso de los recursos naturales.

1. Grandes concentraciones urbanas y baja densidad rural

Uno de los resultados del modelo de industrialización, en casi toda la región latinoamericana, fue la conformación de grandes concentraciones urbanas alimentadas por la migración masiva del campo a la ciudad. América Latina es la única región del denominado Tercer Mundo en donde el número de habitantes urbanos es mayor que el de los habitantes rurales. Mientras en Africa y Asia el porcentaje de esta población en el 2000 era de 62.7 y 62.3, respectivamente, en América Latina era de 23.5, inferior a la de Europa 24.8 y muy similar a América del Norte con 22.5.

De los 3313 millones de pobladores rurales del mundo, América Latina tiene sólo 123. En la mayoría de los países la tendencia es a la disminución del porcentaje, aunque en términos absolutos la población del área sigue creciendo, debido a las altas tasas de natalidad rural.

América Latina se caracteriza por tener muy baja densidad de población y vastos territorios vacíos. Hay 21 habitantes por km2 y los extremos son El Salvador con 257 y Haití con 6. Las densidades de población dispersa son aún más bajas: Argentina tiene 1.7 habitantes por km2, Bolivia y Uruguay 2.9, Chile 3.1, Venezuela 3.4 y Brasil 4.4. En estos países se presenta un gran desequilibrio en la distribución de la población, pues a la vez que se presentan esas bajas densidades en poblaciones dispersas, la mayoría de la población se concentra en ciudades con más de un millón de habitantes (Dirven, 2002).

Más o menos el 40% del total de población del continente vive disperso o en localidades muy pequeñas, es decir con menos de dos mil habitantes. En Colombia, por ejemplo, unas 650 cabeceras municipales, de las 1.098 que tiene el país, entran en esta categoría. República Dominicana, Ecuador, Panamá, Bolivia, Nicaragua, Paraguay, El Salvador, Costa Rica, Honduras, Guatemala y Haití, tienen entre un 40% y un 75% de su población en este tipo de localidades. En cambio en Uruguay, Argentina y Brasil más del 50% de la población vive en ciudades de más de un millón de habitantes (Dirven, 2002).

El proceso de urbanización y concentración de la población, en grandes ciudades, en América Latina ha sido rápido, con poca planificación y ha generado muchas consecuencias negativas tanto para el mundo rural como para el urbano.

Muchos países concentran en su capital casi la mitad de su población como el Perú, por ejemplo. Pero también México, Argentina, Bolivia, Chile, Honduras y El Salvador pueden mencionarse acá. Otros países como Brasil y Colombia, entre otros, además de la capital han impulsado el crecimiento de grandes ciudades densamente pobladas.

Las ciudades grandes y medianas de América Latina concentran gran parte de los servicios, en especial los de calidad. Pero aunque hay una buena oferta de los mismos, la mayoría de la población, que vive en condiciones de pobreza y de indigencia, no tiene acceso a ellos. Gran parte de esa población pobre es de origen rural y, así, continúa siendo excluída, a pesar de haber abandonado el campo.

La migración campo-ciudad sigue siendo alta en América Latina como consecuencia del modelo de desarrollo vigente y agravada, en algunos países, por catástrofes naturales (inundaciones, sequías, terremotos) o por problemas de violencia e inestabilidad política, como es el caso de El Salvador, Nicaragua, Guatemala, Colombia, Bolivia, Perú, Ecuador y Venezuela, entre otros. Fenómenos como el narcotráfico y la permanencia de los cultivos ilícitos en la región han producido desplazamientos forzados de los pobladores rurales, de lo cual es un claro ejemplo Colombia, que registra cifras cercanas a los tres millones de desplazados por causa de la violencia, en los últimos años.

2. Baja calidad de la infraestructura y escasa conectividad

En la mayoría de los países del continente persisten las deficiencias en disponibilidad, adecuación y calidad de la infraestructura y la conectividad. En estas condiciones el acceso a los mercados y a los bienes y servicios públicos en general es bastante difícil para una gran parte de los habitantes rurales y por tanto sus posibilidades de desarrollo siguen en desventaja con las de los habitantes urbanos.

Hay una enorme diferencia entre los países desarrollados y nuestro continente en la disponibilidad de kilómetros de carreteras, vías pavimentadas y ferrovías. Esta diferencia es denominada por Martine Dirven (Dirven, 2002) como “distancia económica”.

Aunque no se tiene el dato de carreteras pavimentadas en Europa, el tipo de vías, su calidad y la frecuencia del transporte, permite el acceso a prácticamente la totalidad de las zonas de la región, aunque persisten algunas dificultades en las zonas de montaña, en especial en los países más recientemente incorporados a la Unión Europea. Así mismo, la red de ferrocarriles tiene un muy buen nivel de desarrollo, aunque hace falta la modernización de vías y una mayor cobertura en los países a los que se hizo referencia anteriormente.

Es enorme la diferencia que hay en la disponibilidad de vías de carretera entre Europa y cualquier país de América Latina, pues al comparar los datos se puede apreciar que solo algunos países de América Central están cercanos a los países europeos que tienen el más bajo número de kilómetros de carretera por cada 1000 km2. Sin embargo, es importante destacar que esos países de América Central sólo tienen en promedio un 15% de vías pavimentadas. Aún los países supuestamente más desarrollados en América Latina como Brasil, Chile, México, Uruguay y Argentina, no alcanzan a tener una disponibilidad de red caminera medianamente comparable con la europea.

Es más crítica aún la relación de red de ferrocarriles por 1000 km2, pues el país que más kilómetros tiene, que es Cuba, dispone de 43.7, dato sólo comparable con los últimos países incorporados a la Unión Europea. La otra diferencia es que en esos países los fondos estructurales están haciendo grandes inversiones en ampliación, adecuación y modernización de vías férreas, mientras que en América Latina este tipo de inversiones casi no existe. El gobierno de Colombia, a finales de febrero de 2004, tomó la decisión de invertir recursos en la adecuación de 2500 kilómetros de carreteras secundarias, para tratar de disminuir las deficiencias de la red caminera y adecuarse a las exigencias de la incorporación del país al ALCA.

Otro de los indicadores para medir la distancia económica entre países es el de la disponibilidad de líneas telefónicas por cada 1000 habitantes y aquí las diferencias entre Europa y América Latina son aún más dramáticas. El país con mayor disponibilidad de líneas telefónicas en América Latina apenas sobrepasa la mitad del que menos tiene en la Unión Europea. En el área andina las mayores tasas de líneas telefónicas las tienen Colombia, Venezuela, Ecuador y la menor la tiene Paraguay. En los países del MERCOSUR las tasas son más altas y allí Uruguay ocupa el primer lugar con 278 líneas por cada cien mil habitantes pero, además cabe señalar que Argentina pasó de 93 a 213 entre 1990 y el 2000.

Hay múltiples estudios que muestran que una gran proporción de las líneas telefónicas en América Latina se utiliza sólo como comunicación privada y hay vastas regiones en donde aún es imposible el acceso a Internet y a telefonía celular, lo cual limita las posibilidades de conectividad en todos los sentidos, pero de manera especial la conexión a mercados y el acceso a tecnología e información.

La baja calidad de la infraestructura, a todos los niveles, y la escasa conectividad dificulta el acceso y la competencia en los mercados e impide la incorporación de vastas zonas del territorio a procesos productivos eficientes.

3. Concentración de la riqueza e incremento de la pobreza

Una de las características más preocupantes del sector rural latinoamericano es la creciente pobreza y la profundización de las desigualdades económicas y sociales. Según recientes estudios del Banco Mundial y de la CEPAL, la pobreza del sector ha aumentado en los últimos años y, sobre todo, ha tenido una mayor incidencia en ciertos sectores de la población como son los indígenas, mayores de edad y mujeres cabeza de familia. Mientras en 1980, el 54% de los hogares rurales eran pobres y el 28% estaban en situación de indigencia, para 1997 el porcentaje de hogares pobres se mantenía y el de indigentes se ubicó en un 31% (David, Morales y Rodríguez, 2001). Esto significa que para 1980, 73 millones de los habitantes rurales del continente eran pobres, de los cuales casi 40 millones eran indigentes, cifra que aumentó, hacia 1997, a 78 y 47 millones, respectivamente (Echeverri y Ribero, 2002). De los pobres rurales, 47 millones son pequeños productores y el resto son trabajadores sin tierra, indígenas o miembros de otros grupos minoritarios.

Pero uno de los elementos más contrastantes frente al tema de la pobreza en la región es el de la gran concentración de ingresos en pocas manos, pues el 5% de quienes reciben los mayores ingresos percibe 75 veces más de ingreso, en promedio, que el 5% de los que tienen menores ingresos. El nuevo modelo de desarrollo en vez de corregir estas desigualdades ha contribuido a su reforzamiento pues según los resultados de un estudio presentado por el Banco Mundial en febrero del 2004 la concentración del ingreso en la región no solo se ha mantenido sino que en algunos de los países se ha incrementado. Tal es el caso de Argentina, Uruguay y Venezuela; Brasil experimentó una leve mejoría, pero tal estudio la considera significativa. México también parece haber mejorado un poco la situación.

En Colombia el 10% más rico de la población percibe 30 veces el ingreso del 10% más pobre. Y la pobreza rural asociada a la variable ingreso, muestra que cerca del 79.7% de la población rural no recibe ingresos suficientes para una canasta familiar mínima y, por tanto, se sitúa por debajo de la línea de pobreza. El 45.9% de la población pobre rural se ubica en la categoría de indigente, es decir, en pobreza extrema (Contraloría General de la República, 2002).

Según el Banco Mundial “América Latina es altamente desigual en cuanto ingresos y también en el acceso a servicios como educación, salud, agua y electricidad; persisten además enormes disparidades en términos de participación, bienes y oportunidades. Esta situación frena el ritmo de la reducción de la pobreza y mina el proceso de desarrollo en sí”2

Según esta misma fuente, el decil más rico de la población de América Latina y el Caribe se queda con el 48% del ingreso total, mientras el decil más pobre sólo recibe el 1.6%. Así mismo el estudio muestra que la desigualdad en América Latina y el Caribe fue superior en 10 puntos respecto a Asia; en 17.5 puntos respecto de los 30 países de la OCDE y en 20.4 puntos respecto de Europa Oriental.

Por otra parte, la pobreza y la desigualdad en la región tienen otros sesgos como son la raza, la etnia y el género. Las comunidades indígenas y las afrolatinas viven “en considerable desventaja respecto de los blancos”. Hay suficientes evidencias de esto en países como Brasil, Guyana, Guatemala, Bolivia, Chile, México y Perú. La única variable que presenta una cierta mejoría es la de género si se mira lo relativo a ingresos y logros educacionales.

La persistencia de la desigualdad y el aumento de la pobreza son factores que frenan las posibilidades de desarrollo y esto es más evidente en el mundo rural.

4. Desigualdad en la tenencia y acceso a la tierra

Los países de América Latina y el Caribe han registrado, históricamente, los índices de concentración de la tierra más altos del mundo. Paraguay, Chile, México, Argentina, Brasil, Costa Rica, El Salvador, Panamá, Perú y Venezuela tienen los índices más altos, ubicados entre 0.80 y más de 0.90. Por su parte, Honduras, Colombia, Jamaica, Puerto Rico, República Dominicana y Uruguay tienen índices entre 0.66 y 0.80 (Ver cuadro 1).

Colombia es un claro ejemplo de la ineficacia de las reformas agrarias emprendidas a finales de la década de los setenta en el continente. No se ha producido la redistribución equitativa de la tierra, sino que la concentración de la propiedad es cada vez mayor, debido a la recomposición del latifundio ganadero y a la compra de tierras por parte de los narcotraficantes y los grupos armados ilegales. En gran medida el conflicto armado en Colombia tiene su origen y permanencia en procesos de lucha por la tierra, en especial en algunas regiones del país. El desplazamiento forzado de campesinos y propietarios rurales es apenas una manifestación de este fenómeno.

El minifundio tiene, aún, gran importancia, y hay departamentos como Boyacá y Cauca, en donde el tamaño promedio de los predios pequeños es de 2 y 3 hectáreas, respectivamente (Pérez, et al., 1999). La inequidad no es sólo en cuanto a la tenencia, sino de manera especial al acceso a la tierra, por la imposibilidad de obtener recursos financieros que faciliten a los agricultores sin tierra y a pequeños y medianos propietarios la participación en el “mercado de tierras”. Aunque las mujeres participan en actividades agrícolas y pecuarias, aún no hay suficientes mecanismos que les faciliten el acceso a los diferentes recursos productivos, en especial a la tierra.

Cuadro 1: Índices de concentración de la tierra en América Latina y El Caribe. Décadas 70, 80 y 90

Países Década del setenta Década del ochenta Década del noventa
Argentina Nd 0.83 (88) Nd
Brasil 0.84 (70) 0.85 (85) 0.81 (96)
Chile 0.92 (75) Nd 0.92 (97)
Colombia 0.86 (71) 0.79 (88) 0.79 (97)
Costa Rica 0.81 (73) 0.80 (84) Nd
Ecuador 0.81 (74) Nd Nd
El Salvador 0.80 (71) Nd Nd
Honduras 0.71 (74) Nd 0.66 (93)
Jamaica 0.79 (69) Nd Nd
México 0.93 (70) Nd Nd
Panamá 0.77 (71) 0.83 (80) 0.85 (90)
Paraguay Nd 0.93 (81) 0.93 (91)
Perú 0.88 (72) Nd 0.86 (94)
Puerto Rico 0.76 (70) 0.77 (87) Nd
República Dominicana 0.78 (70) 0.73 (81) Nd
Uruguay 0.81 (70) 0.80 (80) 0.76 (90)
Venezuela 0.90 (70) 0.89 (85) Nd

Fuente: Unidad de Desarrollo Agrícola de la CEPAL, citado por David, Morales y Rodríguez, 2001.
Nota: nd → no hay dato
El número entre paréntesis corresponde al año del índice para cada país.

5. Gran peso de la agricultura en la economía general de la región

En América Latina el sector agroalimentario representa más del 25% del producto regional y del 40% de las exportaciones en los distintos países, según el BID. El aporte de la agricultura al PIB continental es de un 3%, pero maneja cerca de una tercera parte del sistema agroalimentario y agroindustrial del mundo, según estimaciones del IICA. Para muchos países el aporte de la agricultura al PIB es muy superior al 3%. Por ejemplo, el sector agropecuario en Colombia genera el 18% del PIB total; en América Central en su conjunto es de 16.6%; en la Comunidad Andina es 9.2%; en el Cono Sur 6.2%; en Brasil 9.4% y México 4.6% (datos de 1999, tomados de CEPAL, 2001).

En Colombia la agricultura tiene un peso importante en el valor de la producción agropecuaria, 64% en el período 1970 - 1997. Hasta principios de los noventa, el área dedicada a la agricultura presentó un crecimiento continuo, pero entre el 1991 y el 1998 las áreas dedicadas a cultivos transitorios (maíz, sorgo, cebada, trigo y oleaginosas de ciclo corto) disminuyeron en más de 875.000 has., mientras que las áreas dedicadas a cultivos permanentes, sin incluir café, aumentaron en 293.000 has. (Pérez, et al., 2000).

El área y la producción cafetera han sufrido, igualmente, una considerable merma a partir de los años noventa, debido a problemas fitosanitarios, pero muy especialmente, a la baja en los precios internacionales y a la ruptura del pacto internacional del café en 1989. A finales del 2003 el sector agrícola presentó un leve repunte, pero es difícil predecir su continuidad.

Es así como la agricultura en América Latina aún tiene un peso significativo en la economía regional. Esto contrasta con la actual Unión Europea, en donde tan sólo un 2.4% del PIB proviene de la producción agrícola3.

Por otra parte, la agricultura sigue siendo la actividad económica que genera mayor empleo en los países pobres, tal como puede apreciarse en el cuadro 2.

La población económicamente activa (PEA) agrícola es de unos 41 millones de trabajadores, la cual, en 1990, equivalía al 26% del total de la PEA. En la actualidad, mirando en conjunto a América Latina y el Caribe, el 22% de los trabajadores se dedican a la agricultura, cifra que contrasta con la participación sectorial de tan sólo un 9% del PIB (Cruz, 2002).

Según algunos analistas, la tendencia de la agricultura en el continente es hacia la disminución de su importancia, tanto en términos de empleo como de producción, y estiman que para el año 2010 la PEA agrícola descenderá a un 16%, mientras que la PEA rural aumentará (Cruz, 2002).

Ya a mediados de los noventa un 30% de la PEA rural se dedicaba a actividades de comercio, servicio y otras no vinculadas directamente a la agricultura, siguiendo las tendencias del mundo rural en los países desarrollados (Dirven, 1997, citada por Cruz, 2002).

El fenómeno del desempleo es muy importante en el continente y el desempleo rural ocupa un lugar preponderante. En los últimos años se han disparado las cifras de desempleo en varios países del continente, como es el caso de Argentina y Colombia, en donde ha alcanzado la cifra del 17% (febrero de 2004). “Pero sobre todo se han producido transformaciones muy grandes en el tipo de empleo, en la seguridad laboral, en las migraciones nacionales y transnacionales, en búsqueda de ingresos, y en varios países de la región se están produciendo fenómenos de desplazamiento forzado por problemas de violencia en el sector rural (Nicaragua, El Salvador, Bolivia, Colombia, por ejemplo). Además, fenómenos naturales, como los del Niño y la Niña, terremotos, inundaciones y sequías en varios países, han tenido grandes impactos en la población, en las áreas físicas y en la producción en el área rural de los países latinoamericanos. Para citar sólo algunos de los más recientes como los ocurridos en Perú, Argentina, Honduras, Venezuela, Colombia y México, entre otros” (Pérez, 2002).

La pérdida de importancia de la agricultura se puede apreciar con la caída de los precios internacionales de los productos agrícolas, debido a los efectos de los procesos de industrialización, la revolución verde y factores complejos de política y de mercado. Pero, sobre todo, las políticas de subsidios a la agricultura, tanto a la producción como a la exportación, que aplican los países desarrollados.

“Un estudio de USDA elaborado en el año 2001 determinó que los aranceles y subsidios de los países desarrollados deprimen los precios agrícolas hasta en un 12% y contribuyen en conjunto con casi el 80% de las distorsiones del comercio mundial. Estas políticas permiten que los productores nacionales vendan a precios más bajos que los que serían económicamente viables sin dicho apoyo, así como el que productores con menores ventajas competitivas y mayores costos permanezcan en el mercado internacional” (Gordillo, 2003).

Los subsidios aumentan las relaciones asimétricas entre países desarrollados y en desarrollo pues “… colocan en el mercado productos a precios inferiores a los que podrían ofrecerse si los subsidios no existiesen, con lo que se impide el crecimiento de las exportaciones de los países en desarrollo…” (Gordillo, 2003).

Por otra parte, los países pobres tienen cada vez mayores dificultades para colocar sus productos agrícolas en los mercados internacionales, especialmente los productos alimenticios, “para el año 2000, el apoyo a los productos en los países de la OCDE alcanzó los 245.000 millones de dólares, cifra que llega a los 327.000 millones si se incluyen las transferencias a la agricultura de carácter más general (FAO, 2000). Ello significa que las naciones más prósperas favorecen a su producción casi hasta con mil millones de dólares cada día” (Gordillo, 2003).

Este mismo autor señala, basado en un estudio de la USDA, que “si se eliminasen todos los aranceles y subsidios a la producción y a la exportación, en el corto plazo se produciría un aumento de 31.000 millones de dólares al año en el ingreso mundial, el cual sería captado en 92% por los países desarrollados y en sólo 8% por los países en desarrollo” (Gordillo, 2003).

Vale la pena, entonces, reflexionar sobre el papel de la agricultura en la nueva ruralidad y las diferencias que se dan con las políticas rurales en los dos continentes.

Cuadro 2: Población activa mundial. 1995 (millones de personas)

  Agricultura Servicios Industria Desempleo
PAÍSES CON ALTOS INGRESOS 20 220 110 30
PAÍSES CON INGRESOS MEDIOS 210 250 170 50
PAÍSES CON INGRESOS BAJOS 800 470 200 50
TOTAL MUNDIAL 1030 940 480 130

Fuente: Naciones Unidas. World Urbanizations Prospects. The 1994 Revisión. En: Habitat 1997. Citado por Forero, J. (2002).

6. Enfoque sectorial de las políticas y programas de desarrollo rural

En general las políticas, planes y programas de desarrollo rural, en América Latina tienen un sesgo sectorial, agrarista o están orientadas hacia la mitigación de la pobreza rural. Este sesgo agrarista ha impedido que se asuma el desarrollo rural con una visión de territorio y que se consideren todas las actividades económicas que se desarrollan en el mundo rural. Así mismo “hacen caso omiso del alto grado de heterogeneidad que caracteriza a las sociedades rurales, al mundo de la pobreza, de la pequeña agricultura y de la pequeña empresa rural no agrícola, y por lo tanto, a la necesidad de políticas diferenciadas, que sólo recientemente y de manera muy parcial han empezado a ser adoptadas de manera explícita por algunos países de la región” (Schejtman y Berdegué, 2003).

Este enfoque no permite ver la importancia del trabajo rural no agrícola, que cada vez cobra más importancia en la región y de ello hay pruebas evidentes en Colombia. Tampoco reconoce la importancia que tiene en la actualidad la incorporación de las mujeres al mercado laboral. “En el mundo rural de hoy las relaciones de género se están transformando. Ahora se hace más visible la participación de las mujeres en las actividades productivas y en la toma de decisiones relacionadas con las mismas. La presencia de las mujeres en la agricultura y ganadería es mayor y mucho más visible hoy que antes” (Farah y Pérez, 2003).

Por otra parte, tampoco presenta suficientes alternativas para corregir las fallas del mercado, especialmente para los pequeños y medianos productores y sólo plantea proyectos de mitigación de la pobreza que, finalmente, sólo contribuyen a reproducirla. En muchos casos, la dimensión institucional queda reducida a aspectos relacionados con la organización y funciones del sector público y, sobre todo, de los ministerios de agricultura y de las agencias de desarrollo rural (Schejtman y Berdegué, 2003).

“Finalmente, las políticas sectoriales al discriminar en contra de los bienes no transables no permitieron crear las condiciones necesarias para que, a través de la modernización de una gran variedad de cultivos y actividades que se adelantaban en condiciones tradicionales de tecnología y mercado por parte de la pequeña producción campesina, se hubiera logrado impulsar un crecimiento endógeno, no sólo sectorial, sino del resto de la economía a través de sus vínculos y eslabonamientos intersectoriales” (Ministerio de Agricultura y Desarrollo Rural, 2001).

7. Sobreexplotación y mal uso de los recursos naturales

Los enfoques productivistas de la agricultura han traído consecuencias nefastas para los recursos naturales. “La agricultura de exportación, al igual que la de sustitución de importaciones, contribuyó al deterioro ambiental, aunque por causas distintas. A diferencia de esta última, aquella guarda correspondencia entre la aptitud de los recursos y el tipo de cultivos, y, además, el vínculo a largo plazo induce a los productores a neutralizar tan solo aquellos efectos ambientales que, a la larga, reducen la rentabilidad privada, pero, por falta de normas que internalicen los costos ambientales sociales, no procuran corregir los daños ambientales que trascienden sus intereses particulares”.

“En forma semejante a la agricultura de exportación, el desarrollo de los cultivos no transables, caracterizado por su amplia diversidad, se vio favorecido por su adaptabilidad a las diferentes condiciones agroecológicas propias de la geografía nacional y se sustentó en sistemas de producción integrados que mitigan el impacto ambiental de la producción. Sin embargo, el insuficiente acceso a la tierra por parte de los productores vinculados a dichos cultivos, dada su situación de pobreza, provocó la sobreexplotación de los recursos naturales, con la consecuente degradación que alimenta la dinámica de la pobreza” (Ministerio de Agricultura y Desarrollo Rural, 2001).

La sobreexplotación de ciertas áreas, el uso indiscriminado de paquetes tecnológicos con fuertes componentes agroquímicos, la expansión de la frontera agrícola a costa del devastamiento de las regiones selváticas y los bosques interandinos y el uso inadecuado de las fuentes de agua son apenas algunos de los problemas ambientales de la larga lista que se podría hacer como efecto de la visión de desarrollo rural sectorial.

Los procesos de expansión de los cultivos ilícitos dan cuenta de la desaparición de miles de hectáreas de bosques y de graves efectos de contaminación, tanto por el uso de productos químicos para el desarrollo de los cultivos como para los procesos de transformación, en los laboratorios que producen pasta de coca y heroína. Pero más grave aún es la fumigación masiva de estos cultivos para controlar su existencia y expansión, que ha llevado a gobiernos, como el de Colombia, a autorizar el uso de glifosato aún en los parques naturales y zonas de reserva con la consecuente pérdida de biodiversidad y contaminación de fuentes de agua.

En varios países de la región han avanzado los problemas de desertificación y el acceso al agua empieza a generar conflictos entre comunidades. Así mismo, el modelo de desarrollo actual ha conducido a muchos productores rurales a abandonar la agricultura y a aumentar el área de terrenos dedicados a la ganadería en tierras no aptas para esta actividad. Este fenómeno se presenta aún en predios de minifundio en muchos departamentos de Colombia.

La agricultura productivista también ha llevado al desarrollo masivo de los cultivos de productos genéticamente modificados, lo cual representa una amenaza para la sobrevivencia de la biodiversidad vegetal y la preservación de semillas y germoplasma.

La nueva ruralidad y sus aportes a la visión del mundo rural

El concepto de lo rural ha ido cambiando de una manera muy rápida tanto en Europa como en América Latina. En uno y otro continente se habla de “nueva ruralidad” pero este término ha cobrado mayor fuerza en América Latina, desde el inicio de la década del noventa.

Pero no solo ha cambiado el concepto. El mundo rural se ha transformado en Europa de una manera radical en las últimas décadas. El cambio tecnológico, la disminución del número de explotaciones agrícolas y el aumento de su tamaño, la caída de la ocupación agrícola; en fin la modernización de la agricultura, la ruptura del latifundio y el cambio de ocupación de los agricultores pobres o su migración definitiva, son factores muy importantes en ese proceso de transformación. Por otra parte “la profundidad de los procesos de cambio rural en Europa se explica sobre todo por su articulación, con el proceso general de desarrollo” (Pérez A., Caballero J.M. 2003).

Estos mismos autores señalan tres circunstancias de gran importancia para el cambio rural en Europa, que no estuvieron presentes en la misma medida en América Latina, y ellos son:

  • Gran demanda de mano de obra por la industria y los servicios.
  • Bajas tasas de crecimiento de la población.
  • Disponibilidad de cuantiosos recursos para inversión aportados por la Unión Europea, de los cuales un buen porcentaje se destinaron al medio rural.

Se mejoraron, entonces, los servicios sociales, se diversificaron las actividades económicas, se facilitó el desarrollo de la infraestructura rural, se modernizaron las explotaciones agrícolas, se aumentó la cantidad y calidad de los servicios para el medio rural, en general se mejoraron las condiciones para la diversificación productiva y la agricultura pasó a ser un componente minoritario del ingreso rural.

Por otra parte, se amplió el mercado consumidor de productos agroindustriales y de servicios ofrecidos por el medio rural, entre los que se incluyen los ambientales, recreativos, turísticos, de segunda residencia, entre otros, generando una nueva dinámica para la economía rural.

En América Latina también se han producido en el mismo período importantes cambios en el medio rural pero con diferencias muy marcadas por países y regiones.

La agricultura sigue siendo una actividad muy importante, en muchos de los países del área, como generadora de ingresos y de ocupación de buena parte de la población rural, que como veremos más adelante, sigue siendo significativa y crece en términos absolutos aunque disminuye en términos relativos. Los procesos de modernización, con contadas excepciones, han sido lentos o inexistentes. La articulación al mercado internacional ha estado marcada por las asimetrías, cada vez más grandes, entre países pobres y ricos y la era de la globalización y el libre mercado ha impactado de manera negativa a los agricultores de muchos de los países latinoamericanos.

Complejos procesos políticos, económicos y sociales han afectado al continente en los últimos años y mantienen lejanas las posibilidades de que el desarrollo rural garantice a los pobladores rurales unas condiciones de vida al menos semejantes a las de los pobladores urbanos.

Ese cambio en la concepción del mundo rural ha estado animado por el debate de los académicos y especialistas en desarrollo rural sobre la vieja y nueva ruralidad, y se ha acudido a la sociología rural y a la sociología agrícola, como corriente muy importante en América del Norte, para tratar de explicar si la dicotomía urbano - rural con equivalencia entre lo atrasado y el progreso ha llegado a su fin y por lo tanto ha desaparecido como objeto de la sociología rural4.

“El sincronismo en el surgimiento de las nociones de multifuncionalidad de la agricultura (MFA) en Europa y de nueva ruralidad (NR) en América Latina es notable. Elaboradas en contextos socioeconómicos diferentes ambas se desarrollaron progresivamente durante los años 1990 como reacción a los mismos procesos relacionadas con la globalización. (…) Curiosamente la MFA y la NR han llevado una vida paralela. Aunque coinciden en que le atribuyen una atención particular al desarrollo y a las actividades de las zonas rurales y en que pretenden crear un marco renovado para la definición de políticas públicas en el campo rural, rara vez han sido confrontadas en cuanto a su contenido, sus objetivos y los referenciales en los que se fundamentan” (Bonnal, et al., 2003).

A pesar de la coincidencia entre los conceptos de MFA y NR, el primero no es ni muy conocido ni muy aceptado en América Latina y el segundo tampoco lo es en Europa.

A partir de los años noventa se ha escrito bastante sobre la nueva ruralidad en América Latina y se han desarrollado encuentros internacionales, que han propiciado su discusión y construcción. Aunque persistan las posiciones unidisciplinarias para mirar el mundo rural, cada vez se ve más claro que se va abriendo paso una nueva perspectiva que permita una mejor comprensión de su complejidad5.

La nueva ruralidad es, entonces, una visión interdisciplinaria del mundo rural, que toma en cuenta los aportes de la sociología rural y de la economía agraria, pero que va más allá de la mirada de estas dos disciplinas, que establecieron por separado la actividad productiva y el comportamiento social de los pobladores rurales. Pero, además, incorpora elementos de la antropología, la historia, la geografía, la biología y las llamadas ciencias ambientales, entre otras.

Los aportes hechos por los estudiosos de la nueva ruralidad han contribuido a disminuir el sesgo sectorial dado al desarrollo rural y han impulsado el acercamiento al concepto del desarrollo rural territorial que empieza a coger fuerza en la literatura reciente sobre el tema.

Otro de los puntos en donde puede verse una contribución de la nueva ruralidad es la ruptura de la dicotomía urbano - rural y en la búsqueda de interrelaciones y vínculos más complejos que los asignados, hasta hace algún tiempo, a los habitantes rurales y urbanos como productores y consumidores de alimentos, respectivamente. Hoy en día se reconoce la enorme interdependencia entre un espacio y otro, tanto en la generación de actividades productivas, de empleo, de lugar de residencia, como de entrelazamiento y complejidad de las relaciones sociales, políticas y económicas.

La población rural ya no es sólo la población campesina, como solía aparecer en toda la literatura sobre el tema. Se ha ampliado el espectro de población rural a todos los habitantes, aunque no estén dedicados a la producción agrícola. Es así como la nueva ruralidad reconoce a campesinos, mineros, pescadores, artesanos, empresarios agrícolas y los dedicados al sector servicios. Se hace un reconocimiento explícito a los grupos étnicos y se incorpora la variable de equidad de género como elemento fundamental, para entender e intervenir en el mundo rural.

Fenómenos como las migraciones laborales internas en los países, intracontinentales y transcontinentales, aunque han sido recurrentes en la historia de la humanidad, hoy dan cuenta de una reestructuración, principalmente del mundo rural, tanto en el mundo desarrollado como en los países en desarrollo. Si a ello se suma el papel de las remesas no sólo en la economía general de los países expulsores de mano de obra, sino también en la economía rural en particular, podrían llegar a comprenderse mejor algunas de las razones de la supervivencia de la producción campesina en varios países de la región.

Por otra parte, la nueva ruralidad hace énfasis en el concepto de multifuncionalidad del territorio y en el reconocimiento de la pluriactividad y de la importancia de los ingresos extraprediales para la preservación de las economías agrarias y el mantenimiento de la población rural, para evitar el despoblamiento de estas áreas que ha producido graves problemas en los países desarrollados.

La desagrarización del mundo rural en la literatura sobre nueva ruralidad no implica el desconocimiento de la importancia de la actividad productiva agrícola en América Latina. Pero sí da cuenta de las tendencias mundiales sobre el tema y considera las evidencias ya notorias en el continente, como se verá más adelante. La caída de las exportaciones, del área de cultivos, del número de las explotaciones, del empleo agrícola, son apenas algunos de los indicadores de transformaciones más profundas, que requieren análisis cuidadosos y verificaciones empíricas abundantes, para nutrir la formación de un cuerpo teórico más contundente.

La visión de la nueva ruralidad, como ya se ha dicho, no sólo pone el énfasis en la actividad productiva sino que reconoce la trascendental importancia del manejo, uso y conservación de los recursos naturales, así como el reconocimiento de los servicios ambientales como una forma de dinamizar la economía de las áreas rurales y construir un proyecto de desarrollo más sostenible. Dentro de las nuevas funciones asignadas a los espacios agrarios está precisamente la conservación y manejo de los recursos naturales como parte de las actividades económicas que pueden ser desarrolladas por la población rural. Así mismo, el reconocimiento del uso del paisaje natural como espacio para el ocio y para el logro de una mejor calidad de vida, es un elemento que ha cobrado vigencia a partir de la redefinición de los conceptos de desarrollo rural y nueva ruralidad.

Se insiste, además, en la necesidad de desarrollar tecnologías en la agricultura que conduzcan a la recuperación y mantenimiento de los suelos, a un mejor uso del agua y a incentivar la agricultura limpia, disminuyendo el uso de contaminantes, lo cual no solo repercute en el manejo adecuado de los recursos naturales sino también en la salud humana.

La institucionalidad, la participación y la construcción de planes y proyectos de desarrollo rural de abajo hacia arriba son temas claros en la agenda de la nueva ruralidad, lo cual implica un papel diferente, para los distintos actores sociales, al asignado en la concepción de lo rural como un tema sectorial de la economía. Todo ello conlleva cambios profundos desde el Estado, las instituciones y las personas, que requieren tiempos largos y decisiones políticas complejas cuyos resultados solo pueden verse y medirse en el mediano y largo plazo.

La nueva ruralidad se asocia con procesos de democratización local de mayor valoración de los recursos propios, tanto de los humanos como de los recursos naturales. También implica la búsqueda de la superación de los conflictos sociopolíticos que dificultan el avance y el bienestar general de las sociedades rurales. Así mismo, plantea la necesidad de concertación entre los diferentes actores para la búsqueda del bien común e implica la valoración o creación de mecanismos de participación y control de los procesos de desarrollo.

Otro de los aportes de la nueva ruralidad es la búsqueda de la revalorización de lo rural, rompiendo el mito de que lo rural solo representa lo atrasado y lo no deseable en una visión de progreso y desarrollo.

La persistencia de fenómenos como la pobreza, la concentración de la tenencia de la tierra y de los ingresos, de la importancia de la agricultura y la dependencia de la exportación de bienes primarios en el continente latinoamericano, no impide las transformaciones de las que hemos hablado y es por eso que creemos que estamos frente al desarrollo de una nueva ruralidad en América Latina.


Citas

1 Algunos apartes, cifras y datos que se toman acá son extraídos del capítulo 4 del libro El campo en la sociologíaactual: una perspectiva latinoamericana (ver Pérez y Farah, 2003).

2 (ver: http://wbln0018. worldbank. org/LAC/LAC.nsf/ECADoc ByUnid 2ndLanguage/4112F1114 F594B4 B85256DB300 5DB262? Opendo cument).

3 (http://www.ucm.es/BUCM/cee/cjm/0101/Tillmansimposio.htm).

4 Varios autores han trabajado este tema, pero una buena síntesis se puede ver en Gómez, Sergio (2002).

5 Ver Pérez y Sumpsi (2002); Gómez (2002); Echeverri y Ribero (2002); Pérez (2001); Pérez y Farah (2001); Maestría en Desarrollo Rural (1994); IICA (2003) y diferentes trabajos presentados en el Seminario Internacional “El mundo rural: transformaciones y perspectivas a la luz de la nueva ruralidad” realiza doentre el 15 y el 17 de octubre de 2003 en Bogotá, Colombia.


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