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Carlos Sandoval-García* *

A modo de estudio de caso, las siguientes páginas describen la situación de la comunidad nicaragüense en Costa Rica y los modos a través de los cuales los nicaragüenses se han constituido en un “otro” en el imaginario colectivo costarricense. Además, se procura ilustrar las dificultades para pensar el futuro de una región como Centroamérica en donde, en los últimos veinte años, al menos tres millones de personas han abandonado sus países, en busca de mejores condiciones de vida. Se argumenta que la política de la identidad (identity politics) tiende a ser irreconciliable con una política que de prioridad a la redistribución de acceso a facilidades materiales (politics of redistribution). Sin embargo, en Centroamérica las dos son urgentes. La economía y la cultura, tanto en términos de debates intelectuales, de formulación de políticas públicas y de movilización ciudadana, requieren entrar en diálogo como precondición para que las mayorías centroamericanas puedan aspirar al futuro.

The next pages describe, as a case study, the problems of Nicaraguan community living in Costa Rica and the ways through which Nicaraguans have became an “other” in the Costa Rican collective imaginary. It also seeks to illustrate the difficulties to figure the future of a region as Central America, where at least three million people have left their countries in the last 20 years, looking for better life conditions. It have been argued that identity politics tends to be irreconciliable with politics of redistribution. However, both of them are urgent in Central America. Economics and Culture, in terms of intellectual discussions, public policies formulation and civil mobilization, require to dialogue as a precondition so that Central American majorities may aspire to have a future.

Palabras clave: Identidad, Centroamérica, identidad, imaginario colectivo, políticas públicas, diferencia/equidad.

 

1 Introducción

Es cerca del mediodía y la temperatura alcanza unos 35 grados en la comunidad de Guasáule, en la región fronteriza entre Nicaragua y Honduras. De pronto, los vehículos que transitan por la Carretera Interamericana, la cual enlaza a los países centroamericanos, se detienen. La disminución de velocidad causa extrañeza, pero pronto las dudas se despejan. Grupos de niños y niñas detienen el tráfico, pues han llenado con tierra algunos huecos de la carretera y a cambio cobran una especie de “peaje”. Con bolsas plásticas que han recogido forman algo como una cuerda, y colocados a ambos lados de la carretera, la alzan al aproximarse un vehículo. Ellos y ellas están en edad de cursar estudios en la escuela primaria, pero es más urgente reunir unas monedas para llevar algún ingreso a sus hogares. Más adelante, no solo niños y niñas llenan huecos, también señores de unos 50 o 60 años cargan un poco de tierra en un balde. Con la esperanza de recibir algún dinero, les señalan a los conductores la labor realizada. Mientras tanto, el gobierno del Presidente Arnoldo Alemán (1996 - 2002) colocó cientos de vallas publicitarias con la consigna, “Hechos, no palabras”, a lo largo de la Carretera Interamericana. Este contraste entre el “peaje” informal y la publicidad de Alemán deja ver un cinismo gubernamental que no puede ocultar la pobreza en Nicaragua, solo superada por la de Haití en América Latina. Ya en la frontera entre Nicaragua y Honduras, niños y niñas corren a lustrar el calzado o a ofrecer agua a los turistas. Una de las niñas, Olga, se acerca y pide una moneda. Con un cajón de lustrar zapatos en la espalda y con unas sandalias ya gastadas por el tiempo y la pobreza insiste en que le regalen una moneda. Su cuerpecito parece de unos 8 años, pero ella manifiesta que tiene 12. La desnutrición se ha institucionalizado, entonces no es “noticia”. Quizá lo más impresionante de Olga sea su rostro; su mirada en particular parece increparlo a uno, preguntándole: “¿Y qué hacen ustedes para mejorar esta situación?

Acá no vivimos, acá intentamos sobrevivir...”

Esta descripción corre el riesgo de reproducir lo que David Spurr (1993, pp.25,45) ha anotado en narrativas periodísticas: el efecto que produce la descripción de la pobreza que se vive en otras tierras es conmovedor, pero no deja de ser externo a la vida de quien lee o presencia los acontecimientos por televisión. ‘El poder de percibir la pobreza como un valor estético –dice Spurr (1993, p.47)– es un privilegio no garantizado al pobre’. Conmueve, pero no afecta. ‘Nosotros podemos imaginar y juzgar que otros sufren, pero esto es el experimentar su sufrimiento precisamente como de ellos y no como nuestro’ (p.52). Pese a dicho riesgo, la descripción anterior procura ilustrar algo de lo que ocurre en Centroamérica y que por lo general no ocupa o preocupa. El dolor y el sufrimiento no solo ocurre cuando hay huracanes, terremotos o sequías. Hay un dolor cotidiano que parece trivializarse e invisibilizarse. Lo que cuenta como “noticia” es la espectacularidad del dolor humano, no el dolor humano en sí.

2. Construyendo imágenes de amenaza

De acuerdo con el Censo de población de Costa Rica realizado en el 2000, se estima que la comunidad nicaragüense en Costa Rica representa alrededor del 5,9 por ciento del total de los habitantes (INEC, 2001, p.5). Dicha cifra podría aumentar si se considera que hay inmigrantes que se desplazan temporalmente a Costa Rica durante el tiempo de cosechas y se regresan luego a Nicaragua. Una cifra estimada podría ser de aproximadamente 300.000 nicaragüenses, es decir, cerca de un 7,8 por ciento de la población total de Costa Rica.

Este desplazamiento de población evidencia el deterioro de las condiciones económicas en Nicaragua. Alrededor del 80% de la población nicaragüense vive debajo de la línea de pobreza y 44% vive en extrema pobreza (en Costa Rica, aproximadamente 20% de la población vive por debajo de la línea de pobreza). En 1997, cerca del 43.8% del total de la población sobrevivía con menos de un dólar por día, de acuerdo con una investigación realizada por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). En ese año, el 70% de las personas consultadas por una encuesta, consideraron el desempleo como el principal problema (CENIDH, 1998, pp.12, 26, 57; Equipo Nitlapán-Envío, 1999, p.10). El significado de dejar Nicaragua y recibir bajos salarios en Costa Rica fue sintetizado por una mujer nicaragüense, quien vive en una humilde comunidad localizada en Pavas, al este de la capital San José: ‘Aquí los tugurios son de tablas y zinc, además tenemos agua potable y electricidad. En Managua no teníamos ni tablas, eran de cartón, además no teníamos ni agua, ni electricidad...’. (citado en CODEHUCA, 1998, p.13).

Además de recibir muy bajos salarios, la comunidad nicaragüense en Costa Rica es frecuentemente racializada y criminalizada. Algunos comentaristas han sugerido que estas formas de discriminación son resultado de su “inmigración”. Según esta explicación bastante difundida, sin “inmigración” no habría racismo. La investigación que informa este artículo ha procurado mostrar que la racialización (Miles, 1991; Gilroy, 1987) de ciertas comunidades y su representación como “otros” no guarda relación con sus rasgos “biológicos” o “culturales”, sino con las características de quienes construyen dichas imágenes de “otredad” (Sandoval, 2002).

En este contexto, dos procesos han sido especialmente relevantes. En primer lugar, la derrota de los sandinistas en las elecciones generales de 1990 así como los cambios en Europa del Este debilitaron la oposición entre “comunismo - democracia” como forma de identificación política. La hostilidad generada por la llamada Guerra Fría ha sido reemplazada por una política racializada (racialized politics) en Centroamérica y en otros lugares. “Nicas”, la abreviación de “nicaragüenses”, es comúnmente politizada, pues el final del antagonismo “comunismo-democracia” volvió inoperante la imagen del “comunista” como significante de amenaza. Incluso existe la expresión “No sea nica”, la cual es empleada sobre todo por jóvenes para reprobar una acción o una expresión considerada “impropia”. El “inmigrante” tiende a constituirse, no solo en Centroamérica, en el “comunista” del siglo XXI.

En segundo lugar, la reducción en inversión pública, especialmente en salud, vivienda y educación ha amenazado la posibilidad de formar parte de una nación conformada por clases medias, posiblemente la imagen más arraigada de nación y nacionalidad en Costa Rica después de la década de 1950. La inversión pública en 1997, por ejemplo, no alcanzó el porcentaje registrado en 1980, en un contexto caracterizado por una crónica evasión fiscal. Mientras tanto, hay un desencanto político que se evidenció en las elecciones de 1998 y 2002, cuando el abstencionismo aumentó de 18.9% en 1994 a 30% en 1998 y a 31% en 2002. En general, ser ciudadano tanto en términos de condiciones de vida como en cuanto a participación política se ha vuelto más restrictivo y es altamente difícil enfrentar estos cambios que se expresan tanto institucional como simbólicamente. Stuart Hall y sus colegas (1978, pp.146,158), a partir del caso inglés, conceptualizaron esta desconfianza como dislocación, la cual puede ser considerada como un declive en y un debilitamiento de los patrones de organización material y social y una desestabilización del complejo sistema interno de ordenamiento. Estos procesos generan un sentido de pérdida, percibido como una “crisis de valores morales” e institucionales. En suma, las bases materiales y simbólicas de una nación, que se considera a sí misma “única”, han experimentado un debilitamiento y este declive origina ansiedades especialmente entre los sectores más desfavorecidos, las cuales tienden a ser proyectadas en la comunidad nicaragüense.

Los medios de difusión han promovido imágenes que asocian la comunidad nicaragüense con un sentido de “amenaza”, especialmente a través de las noticias de sucesos, las cuales constituyen una modalidad periodística sin el realce de las noticias sobre economía o política, pero con una más amplia y diversa audiencia, la cual puede reconocer fácilmente los personajes arquetípicos (por ejemplo, héroes, ayudantes, víctimas o villanos) presentes en las narrativas. Las noticias de sucesos retratan una gama muy restringida de ofensas o delitos, en especial aquellos presumiblemente cometidos por los sectores más vulnerables de una sociedad. Inversamente, cuando un empresario comete evasión fiscal, tal ofensa es considerada –en el mejor de los casos– como noticia de “economía”.

Así, los sucesos sistemáticamente encuadran distinciones entre orden y transgresión, las cuales están profundamente enraizadas en di/ visiones de clase, a menudo asumidas sin mayor problematización por la llamada “objetividad” de la institución periodística y del sistema legal. Lo que es particularmente relevante en este contexto es el no reconocimiento de que las noticias de sucesos son cruciales en la construcción de hegemonía. Mientras hay frecuentes discusiones acerca de la “cobertura” de eventos políticos, las noticias de sucesos son relegadas a las sombras de una tarea devaluada, tanto en las instituciones periodísticas como en la investigación académica.

Las noticias de sucesos no solo han construido una representación del “otro” nicaragüense, sino que también han apuntalado un fuerte sentido de pertenencia nacional. Es decir, una representación de la identidad nacional costarricense emerge en el contexto de las “amenazas” asociadas con la “inmigración”. Este sentido de pertenencia nacional es usualmente construido como un actor colectivo, identificado como un “nosotros”. La Nación, el principal periódico de Costa Rica, se ha considerado a sí mismo como un actor colectivo capaz de definir, “en nombre de la nación”, los conflictos con los gobiernos nicaragüenses y con los “inmigrantes” como el problema de la sociedad costarricense. Notablemente en editoriales, La Nación no solo retrata las visiones del periódico sino pretende instituirse en la voz de la nación. En síntesis, la capacidad de hablar “en nombre de” ilustra cómo en el proceso de construir al “otro”, un sentido de pertenencia nacional, el “nosotros”, es también construido.

Este panorama parece estar presente en otras naciones latinoamericanas. Norbert Lechner (1998, pp.182-3) argumenta que los miedos que el “nosotros” siente contra el “otro” exhiben no la potencial agresividad del “otro” sino la fragilidad del “nosotros”. En naciones en las cuales todos queremos ser ganadores, no es fácil revelar la propia vulnerabilidad. Los miedos hacia el “otro” son más fuertes en cuanto el “nosotros” sea más frágil; este miedo de ser excluido es la amenaza de ser excluido del futuro.

Mientras tanto, nuevas identidades han venido germinando en el contexto de la interacción cotidiana entre nicaragüenses y costarricenses. Estas nuevas identidades emergen sobre todo entre jóvenes, quienes han crecido en dos países y tienen que negociar permanentemente sus referentes socioculturales. Estas nuevas generaciones están expuestas a discursos mediáticos que refuerzan la hostilidad hacia los nicaragüenses, al tiempo que conviven con ellos en su vida cotidiana. Ello genera tensiones entre dichos discursos y experiencias construidas alrededor de grupos de pares configurados en los barrios y como parte de la educación formal. Estos jóvenes que comparten lo local, pero que están separados por discursos públicos de pertenencia nacional, suelen reencontrarse en un plano si se quiere más global, a través, por ejemplo, de la música, que en ciertos casos trasciende las barreras de la nacionalidad y es “glocalizada” en prácticas y espacios grupales. Más que “identidades híbridas” –un concepto que en ocasiones se emplea sin reconocer que las culturas interactúan con recursos y en condiciones desiguales–, estas nuevas identidades expresan conflictos y modos de contestación de identidades asignadas.

3. El reto de articular diferencia y equidad

Los modos de estigmatización de la comunidad nicaragüense plantean diversos retos, entre los cuales tres demandan una cuidadosa atención. El primero podría formularse en términos de cómo construir una política de las identidades que permita deconstruir críticamente narrativas de nacionalidad, las cuales a menudo reproducen imágenes del “otro”. El segundo reto radicaría en la urgencia de una estrategia de desarrollo regional que permita enfrentar los crecientes procesos de exclusión social que se viven en Centroamérica. El tercer reto consistiría en articular debates planteados por la política de las identidades y aquellas perspectivas que priorizan el análisis de inequidades socioeconómicas.

La mayor movilidad de imágenes, capitales y personas lejos de disminuir parece exacerbar sentimientos de pertenencia nacional, pues los sentidos de comunidad se dislocan y ello demanda, sobre todo entre los sectores sociales más vulnerables, reforzar el control de los territorios y las costumbres consideradas “propias”. En este sentido, las relaciones entre globalización e identidades nacionales son más complejas que una simple sustitución de sentimientos de nacionalidad por identidades deterritorializadas.

El sentimiento de pertenencia nacional constituye una identidad crucial no solo porque es activada o movilizada por los medios o el Estado, sino también porque se asume como dada en la vida cotidiana. Aunque las naciones son formas recientes y contingentes de organización política, se han convertido en entidades naturalizadas y atemporales. Los discursos sobre “inmigración”, por ejemplo, parecen suponer que hay una población que no es “inmigrante” (los ciudadanos), la cual presumiblemente ha pertenecido a la misma nación desde tiempos “primordiales”, como si todos nosotros en un sentido o en otro no fuésemos “inmigrantes”. “Inmigración” se ha convertido en un concepto de “sentido común” que requiere ser discutido críticamente. Por ejemplo, europeos o norteamericanos que invierten en actividades turísticas en Costa Rica podrían ser considerados “inmigrantes”, pues han abandonado su país y residen en una nueva nación. Sin embargo, se les conoce como “inversionistas”, “pensionados” o “turistas”. Así, “inmigrante” es un término cuyo empleo es altamente selectivo, reservado para aquellos grupos considerados, en uno u otro sentido, como “conflictivos”.

En este contexto, un desafío crucial se plantea en torno a cómo descentrar (Bakhtin, 1981, p.367) las identidades nacionales, es decir, cómo imaginarse uno mismo como un otro para uno mismo, no solo en términos individuales o personales, sino también en términos más colectivos. El descentramiento demanda procesos permanentes de reflexividad colectiva, capaces de poner en cuestión arraigadas nociones de “excepcionalismo” y “unicidad”. Es importante en el caso de Costa Rica, pero también en otros contextos, pues, paradójicamente, las imágenes de “unicidad” son una de las características más frecuentes en narrativas de nacionalidad en diferentes contextos. El descentramiento es una oportunidad –un tercer espacio más allá de la oposición binaria “nosotros”/“ellos”– para el reconocimiento de elementos autoritarios en la formación de nacionalidad. Ello podría ofrecer la posibilidad de sociedades más autorreflexivas, capaces de convertir el sentimiento de pertenencia nacional en tema de debate y discusión.

Los medios de difusión son actores cruciales para un descentramiento de las imágenes de “unicidad” nacional. Sin embargo, en el caso de Centroamérica, la modernización tecnológica no ha estado acompañada de una modernización institucional que favorezca actitudes más reflexivas (Chamorro, 2001, pp.46-8). La esfera pública sigue siendo muy restringida y la emergencia de una cultura política de diálogo no parece estar cerca. Además, el creciente carácter oligopólico de la propiedad de los medios en la región impide el ingreso de nuevos actores políticos en la gestión de medios y en el debate público.

El segundo desafío que se anotaba se refiere a la urgencia de imaginar el futuro económico en Centroamérica. En Guatemala, por ejemplo, cerca del 80% de la población vive con un 15% de la riqueza nacional (Hernández, 2001, p.36). Nicaragua posee alrededor de dos millones y medio de manzanas de área cultivable, pero apenas siembra un millón (Fiallos, 2001, p.14). En el caso de Costa Rica, las cruzadas antiinmigrantes han sustituido el debate de cuál podría ser un modelo emergente de nación y nacionalidad. Recientemente, el declive de la competitividad de las exportaciones cafetaleras agrega un factor crítico adicional por tener en cuenta en las llamadas “repúblicas cafetaleras” (Rocha, 2001, p.22; Greenfield, 2002), no sólo en términos de balanza comercial, sino también en cuanto a los miles de empleos que dependen de dicha actividad en la región.

En noviembre de 2001 hubo elecciones generales en Nicaragua y Honduras; en febrero de 2002 fueron en Costa Rica. En 2003, se celebraron elecciones en Guatemala, y en 2004 tendrán lugar en El Salvador y Panamá. Lamentablemente, estos eventos están lejos de debatir el futuro de Centroamérica como región en tiempos tan adversos como los que vivimos. Más bien, el bipartidismo tiende a ahogar la política. En Honduras y El Salvador, la criminalidad –no los factores que la generan– es un tema predominante en la agenda electoral. En Nicaragua, Arnoldo Alemán, el presidente saliente, fue incluso condenado a veinte años de prisión. Mientras tanto, en Costa Rica, la campaña electoral fue más de personajes que de temas.

El tercer desafío se refiere a la necesidad de articular una política de la identidad y una política de la distribución. No sólo se trata de deconstruir imágenes de nacionalidad ni tampoco sólo garantizar condiciones materiales mínimas. En Centroamérica se requieren ambas, pues la exclusión cultural y económica son factores mutuamente constitutivos. Si no hay política de la identidad y la diferencia, se tiende a asumir implícitamente ciertas identidades –metropolitanas, de clase media, “blancas”, heterosexuales y masculinas–, como las predominantes, al tiempo que se silencia el resto. En otras palabras, el no asumir el problema de la alteridad no lo exime a uno de los desafíos planteados por el debate de las identidades.

Pero la política de la identidad no puede limitarse al análisis de sistemas o regímenes de representación, sino que también tiene que atender cómo ciertas representaciones se consolidan en forma de instituciones y, a su vez, pueden ser objeto de resistencia. Por otra parte, el desvincular la política de la identidad del análisis de la desigualdad, puede conducir a una celebración de la diferencia sin mayor preocupación por las inequidades que caracterizan a las sociedades centroamericanas.

Además, la deconstrucción de identidades también puede conducir a una cierta inmovilidad política, pues si se acepta que toda identidad se constituye a través de narrativas, el deconstruir éstas tiende a desagregar las identidades que se manifiestan políticamente (Beverley, 1999, p. 145). De ahí que la política de la identidad, además de la deconstrucción, está llamada a forjar nuevas solidaridades.

Posiblemente uno de los principales desafíos de la deconstrucción de identidades y la forja de solidaridades resida en torno a las posibles formas en que se podría articular la crítica de identidades nacionales excluyentes y las iniciativas encaminadas a que el Estado-nación establezca políticas nacionales encaminadas a garantizar la soberanía alimentaria o audiovisual. Es decir, internamente el Estado promueve diversas formas de exclusión y predominio que han sido documentadas en múltiples ocasiones, pero externamente, aún y con ese carácter excluyente, el Estado continúa siendo una de las pocas instancias a través de las cuales se puede reivindicar soberanía. Ello conduce a una cierta paradoja, pues, por ejemplo, las políticas suelen elaborarse a partir de representaciones muy limitadas de la diversidad cultural que caracteriza a una nación, pero hasta ahora no hay otra instancia desde donde impulsar políticas culturales o para el caso agroalimentarias. Ello conduce a una tensión entre quienes enfatizan la deconstrucción de identidades (los “cultural studies” en el ámbito anglosajón, por ejemplo) y quienes priorizan la formulación de políticas y el análisis desde la economía política. Más que una oposición meramente académica y en ocasiones caracterizada por la hostilidad personal, lo que esta tensión evidencia es la complejidad teórica y política del Estado como origen de exclusiones y sitio estratégico de intervención.

Esta tensión demanda estar en disposición de no reducir al absurdo los argumentos distintos a los propios. No se avanza mucho descalificando la política de la identidad como una simple copia de debates surgidos en Norteamérica o Europa. Tampoco es recomendable el reducir el argumento de la inequidad a simple “economicismo”. Un ejemplo reciente puede ilustrar las implicaciones de estos debates. Mario Roberto Morales (1998, p.41,44) ha sugerido que las reinvindicaciones mayas en Guatemala responden a perspectivas antropológicas estadounidenses y de la cooperación internacional, las cuales han exagerado un sentido de diferencia esencialista, por encima de las desigualdades de clase. Morales también sostiene que la diferencia maya se ha visto exagerada por el auge turístico, para el cual “lo indígena” se vuelve “exótico” y constituye un muy buen negocio (p.56). En contraste, Morales sugiere formar “un sujeto popular interclasista e interétnico que sea capaz de protagonizar un proyecto político nacional-popular...” (pp.61, 73). La tesis de Morales es que la exacerbación de las diferencias no conduce a la construcción de una opción política viable, lo cual tiende a ser un punto de relativo consenso en el debate sobre política de la identidad.

Sin embargo, también se podría sostener que cualquier proyecto, si pretende aglutinar variados intereses, tiene que construirse desde la diferencia, articulando demandas surgidas desde una experiencia de exclusión vivida desde distintas formas de diferencia. Es decir, sin un referente identitario es imposible demandar reconocimiento y equidad, pues la equidad misma se representa culturalmente. Por ello, argumentar que toda noción de diferencia tiende a ser esencialista termina simplificando y caricaturizando los debates sobre la política de la identidad. Y ello no es sólo un problema académico sino que tiene implicaciones prácticas políticas en términos de cómo concertar capacidad de diálogo y de articulación de demandas sociales.

El considerar lo económico y lo cultural como opuestos o bien el asumir la cultura como un aspecto secundario no es una opción ni teórica ni política satisfactoria. La desigualdad y la diferencia han sido procesos mutuamente constitutivos. El énfasis reciente en una política de la identidad es comprensible pues las reivindicaciones económicas generalmente han relegado las diferencias culturales. Iris Young (1997, p.148) ha argumentado que oponer diferencia a distribución es reproducir una dicotomía que ignora que el reconocimiento cultural, más que un fin en sí mismo, constituye un medio para aspirar a justicia política y económica. La economía es cultural sin dejar de ser material y viceversa (p.154). Las necesidades que en apariencia son más materiales son siempre objeto de lucha e interpretación. En otras palabras, la acumulación de capital y los procesos de diferenciación cultural han estado inextricablemente ligados y, en consecuencia, los esfuerzos por comprender (e intentar superar) uno, no puede darse a espaldas del otro.

 

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* Este artículo es una versión condensada del libro Otros amenazantes. Los nicaragüenses y la formación de identidades nacionales en Costa Rica. Editorial de la Universidad de Costa Rica, 2002. Ohio University Press publicará una edición en inglés en el primer semestre de 2004.

** Profesor en la Escuela de Ciencias de la Comunicación Colectiva e investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad de Costa Rica. Doctor en estudios culturales de la Universidad de Birmingham, Inglaterra. E-mail: csandova@cariari. ucr.ac.cr


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