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Rémy Herrera*

Traducción de Germán Muñoz* *

La humanidad atraviesa hoy una crisis global extremadamente grave, sin duda, una de las más profundas de toda la historia. Crisis global quiere decir crisis del sistema mundial capitalista, sistema que se caracteriza por una asimetría puesta en obra por la acumulación del capital, entre la existencia de un mercado global integrado en todas sus dimensiones (con excepción del trabajo) y la ausencia de un orden político único a escala mundial, que sería más que una pluralidad de instancias del Estado regidas por el Derecho internacional y la violencia de la relación de fuerzas. Esta crisis global se puede detectar prioritariamente en sus dimensiones: a) económica, b) política o político-militar y c) ideológica.

Mankind is today going through a global crisis, extremely grave, undoubtedly one of the most profound of all history. Global crisis means crisis of the capitalist world system, system characterized by an asymmetry in capital accumulation between the existence of a global market, integrated in all its dimensions (except labor), and the absence of a single world-wide political order, that would be more than a plurality of states’ entities ruled by international laws and/or the violence of relations of forces . This global crisis appears, in priority, in its a. economic, b. political or politico-military, and c. ideological dimensions.

Palabras clave: imperialismo, crisis, guerra.

 

Crisis económica del sistema mundial capitalista

Esta crisis del sistema mundial capitalista es, en primer lugar, económica. Se manifiesta fundamentalmente mediante beneficios logrados por medio de la explotación capitalista –beneficios en alza en los Estados Unidos y en varios grandes países de la tríada (USA, Europa, Japón) desde los años 1980 y la sumisión de las economías a la mundialización neoliberal– que no encuentran en dónde invertirse en sectores productivos con condiciones de rentabilidad suficiente, y son así obligados a buscar nuevas posibilidades para evitar una desvalorización1. Las nuevas posibilidades que encuentran esas enormes masas de capital flotantes, muy móviles, se dirigen hacia una rentabilidad inmediata muy elevada, indiferente a las necesidades del desarrollo y satisfacción de necesidades humanas, y toman la forma de inversiones financieras. En este contexto, los grandes problemas económicos contemporáneos pueden enumerarse así:

1. El déficit del saldo de los intercambios exteriores de Estados Unidos, que se acumulan de manera ininterrumpida desde el final del decenio de los años setenta.

2. El de los presupuestos públicos de los Estados Unidos, de nuevo considerablemente afectados después del 11 de septiembre de 2001, que absorben el ahorro mundial.

3. La deuda de los países del Sur, que refuerza su dependencia y entraba su crecimiento económico, agravando los males causados por los ajustes estructurales.

4. La desmonopolización y la privatización de empresas del Estado que, en los campos más variados, pasan bajo el control de algunos oligopolios transnacionales.

5. La mercantilización de los bienes públicos que afecta, incluso, los patrimonios comunes de la humanidad, como son la educación y la salud.

6. El desmantelamiento progresivo de la investigación pública, cada vez más sometida directamente a las leyes del mercado (biotecnologías...).

7. La dislocación de los acumulados sociales (el de los pensionados, por ejemplo, amenazados por los fondos de pensiones o los de cesantías en mercados de trabajo flexibilizados).

8. La presión sobre la atracción de territorios nacionales con el fin de buscar capital extranjero, abrir zonas francas o estimular las deslocalizaciones en los países del sur.

9. La acentuación de las fluctuaciones en los valores de las materias primas con un telón de fondo de tendencia permanente generalizada a la baja.

10. La volatilidad de los precios en los mercados inmobiliarios, cuyas alzas vertiginosas llegan hasta situaciones insostenibles.

11. La adopción de regímenes de tasas de cambios flexibles, que conllevan una inestabilidad de las economías nacionales.

12. La liberalización de las transferencias de capitales que expone los balances de pagos a flujos autónomos de fugas de capital.

Todos estos grandes problemas participan en su conjunto de una estrategia global, cuya finalidad es ofrecer a los propietarios del capital más oportunidades en las inversiones financieras diversificadas. Estos últimos utilizan instrumentos técnicamente sofisticados, nacidos de la modernización de los mercados financieros y de los sistemas de financiación de las economías para realizar operaciones muy simples: operaciones de especulación.

Además, producen en diversos grados y en condiciones diferentes, graves dificultades en la toma de decisiones de política económica, una fuerte impresión de caos en el sistema mundial capitalista, y una imagen de irracionalidad. Esta percepción es confirmada por el vacío de una entidad política supraestatal en el plano mundial, que le haga frente a los mercados globales de capitales y de productos, así como por el contraste existente entre la ideología de la “Libertad” y de los “Derechos del Hombre”, y una segmentación planetaria de los mercados de trabajo, que obligan a los trabajadores a una cuasi inmovilidad internacional. La estrategia global de la expansión del capital es, sin embargo, vista desde el presente informe sobre la relación de fuerza capital/trabajo y de la lucha de clases, en términos contemporáneos como totalmente racional desde el punto de vista del capital mundialmente dominante. Es racional, ante todo y sobre todo, porque es vital para la fracción actualmente hegemónica de dicho capital; esa es la condición por la cual se mantiene en el poder mundial lo financiero.

Desde el punto de vista de las clases populares es otro asunto: el sistema, bajo el mando de las finanzas, intra e internacionalmente cada vez más polarizado, se ha convertido en algo inaceptable. Hace sufrir a los pueblos del mundo insoportables padecimientos. Sus víctimas son innumerables entre los más humildes y vulnerables, y las devastaciones humanas y sociales que produce su lógica son tan grandes que parece vano hacer aquí un recuento de los hechos2 . Los economistas dominantes, cuyos modelos calculan en cifras decimales los beneficios del neoliberalismo, en unidades de utilidad (ficticia) y en tasas de largo plazo (a cien años), son incapaces de contabilizar los daños físicos en términos de personas afectadas mortalmente3 .

Sin embargo, cada vez más abiertamente, la violencia que funciona en el sistema mundial capitalista conlleva un auténtico “genocidio silencioso”4 . Este sistema, en el cual el capital dispone de los derechos que son negados al trabajo (el de circular, por ejemplo), en donde los muros de Río Grande y de Schengen, tan asesinos, han reemplazado el Muro de Berlín, en últimas se sostiene sólo por la fuerza. En el Sur, pueblos enteros han sido confinados a tierras devastadas por más de dos decenios de neoliberalismo, condenados al subdesarrollo y a la explotación más brutal –con excepción de individuos altamente calificados que son cazados en calidad de “cerebros”; y otros, de baja calificación, utilizados como carne de cañón por la Armada Norteamericana–. En el Este, el capitalismo salvaje ha podido liquidar lo que había edificado, como socialmente válido, el socialismo realmente existente, y ha reducido la esperanza de vida de la población, disimulando el origen social del fenómeno –pero sin goulag–, lo que no puede menos que mantener contentos a los expertos de la “barbarie moderna” (el comunismo). En el Norte, los trabajadores extranjeros indocumentados, son criminalizados y expulsados en condiciones que preocupan no sólo a los militantes de los Derechos Humanos. La mundialización capitalista neoliberal no está guiada por su “mano invisible”, sino por su “puño invisible”5 .

El verdadero rostro de la mundialización: el imperialismo y la guerra

Ese puño invisible se llama el Ejército de los Estados Unidos, y el rostro de la mundialización que devela es menos el de un imperio que el de un conocido imperialismo. Hegemonía del sistema mundial, golpeada en los símbolos de su ejército y de sus finanzas en septiembre de 2001, los Estados Unidos se han desenmascarado hoy: están comprometidos en una lógica mundial de guerras de agresión que han decidido conducir solos. Por ahora están circunscritas a ciertos puntos, los más débiles de la resistencia anti-imperialista (el mundo árabe musulmán: Afganistán, Irak y, antes, Somalia), estas guerras se caracterizan por fuerzas en confrontación extremadamente desequilibradas: las del agredido están muy mal equipadas; las del agresor, ultracapitalísticas.

El asunto entonces es el de la posibilidad para la hegemonía de los Estados Unidos, de redinamizar la acumulación en el centro del sistema mundial capitalista mediante la guerra. Las destrucciones del capital (constante y variable), causadas por el imperialismo, son considerables para los países que las sufren, pero totalmente “insuficientes” para impulsar un nuevo y largo ciclo de acumulación capitalista en Estados Unidos –como fue el caso al salir de la Segunda Guerra Mundial–. En ese sentido se pueden entender las protestas formuladas por ciertos empresarios occidentales (en el periódico The Economist, en particular)6 , a partir de la guerra de Yugoslavia: las destrucciones de capital en Kosovo y en Serbia fueron, según se lee, demasiado limitadas para ofrecer a los capitalistas los mercados de la reconstrucción (energía e infraestructura… ) que ellos habían esperado. Igualmente, cuando se consideran los efectos de demanda efectiva asociados a estos conflictos (bienes de consumo de tropas movilizadas y de sus soportes logísticos) sólo afectan el corto plazo, así como los efectos tecnológicos, en lo esencial, del sector militar únicamente (comunicaciones y equipamiento).

Las guerras imperialistas se pueden entonces considerar “insuficientes” para relanzar un ciclo largo de expansión del capital... a menos que ellas se conviertan en permanentes. Más allá de las brillantes y aplastantes “victorias” militares, los Estados Unidos se muestran incapaces de terminar esas guerras que continúan en baja intensidad mediante actos espontáneos de resistencia a la ocupación; pero no se puede excluir que dichas guerras se generalicen –¡sálvese quien pueda!– dada la agresividad del establishment norteamericano, y de la capacidad de la extrema derecha todopoderosa. Se han lanzado amenazas contra Siria, contra Corea del Norte, contra Irán... Las revoluciones socialista de Cuba y bolivariana de Venezuela están en la línea de tiro. Se encuentra en este momento bajo observación la China misma, a sabiendas que el sueño americano de la posguerra fría es desmantelarla también, como ayer lo hizo con la Unión Soviética, para controlarla mejor. Estas amenazas se dirigen igualmente en regiones bajo control norteamericano (al menos parcial) a movimientos revolucionarios – verdaderos pueblos en armas en algunos casos– satanizados, calumniados, calificados de “terroristas”.

¿Dispondrán los norteamericanos, que atraviesan una coyuntura de crecimiento lento (y con ellos el resto de la tríada y el conjunto de la economía mundial, salvo la China y una parte del Asia), de los recursos para financiar esas nuevas guerras?

Tres observaciones en relación con este punto:

Conviene, ante todo, no subestimar la capacidad de los Estados Unidos para recuperar hacia su territorio la plusvalía de renta en petrodólares generada por el alza del precio de petróleo que se registró en el curso de los meses que precedieron al anuncio de agresión contra Irak7 . Esa capacidad surge directamente de la red planetaria de bases militares que ellos constituyeron y que fue considerablemente reforzada durante el último decenio de la Península Arábiga al Asia Central. Esa presencia militar les permitirá manejar los regímenes de países petroleros árabes, que les deben su seguridad exterior, pero también el mantener en el poder sus dictaduras, a pesar de una impopularidad creciente, y a ceder una parte de la plusvalía para pagar el costo de la guerra de Irak –como fue el caso en 1991 en la primera guerra del Golfo, aunque sucedió en otras circunstancias–.

No hay que olvidar tampoco que si el euro es temporalmente más fuerte que el dólar en el mercado de cambios, en la perspectiva de la ampliación de la Unión Europea, y también por el hecho que muchos países han tomado la decisión de manejar sus intercambios de petróleo en euros (Irak al final del 2000, Irán a la mitad del 2002, Corea del Norte al final del 2002), el dólar de Estados Unidos permanece, hasta nueva orden, como la divisa clave internacional –y esto debido a que los Estados Unidos son actualmente los dueños del juego militar a escala global–.

Por último, es precisamente el papel clave desempeñado por el dólar, sostenido por el ejército más poderoso del mundo, lo que permite a los Estados Unidos, sobreendeudados y en crisis económica, imponer de facto al mundo sus déficits gemelos, y hacer que soporten la parte más pesada de la carga sus aliados de la tríada y, sobre todo, los países del sur.

Crisis político-militar del sistema mundial capitalista

Por lo anterior se ve cuán amplia y estrechamente están imbricadas las dimensiones económicas y político-militares de la crisis del sistema mundial capitalista. Multidimensional y posada sobre un gigantesco arsenal de armas de destrucción masiva, la hegemonía de los Estados Unidos se afirma en toda su arrogancia. Pero está claramente en crisis, y se encuentra hoy amenazada por la evolución de las relaciones de las fuerzas mundiales.

La fragilización de la posición de los Estados Unidos no proviene tanto de la creciente potencia de los rivales. Ni Europa, ni Japón, pretenden o están en posición de pretender el liderazgo mundial. Europa no existe (aún no existe), en tanto que fuerza política unida. Las presiones de los Estados Unidos, particularmente fuertes durante las semanas que precedieron a la guerra de Irak, la hicieron explotar dividiéndola más allá de las relaciones izquierda-derecha tradicionales, entre ser los aliados serviles de Washington (horizonte límite de gobiernos como el británico, el español, el italiano y el portugués), y la reivindicación de un lugar en la nueva repartición del mundo (ambición de Francia y Alemania, apoyadas por Rusia). La reciente multiplicación de intervenciones militares francesas en África (en la República Centroafricana, en la Costa de Marfil, en la República Democrática de Congo), nos recuerda que un imperialismo puede esconder otro. Económicamente Europa está a la expectativa: Gran Bretaña aún no se ha integrado a la zona euro; el impacto de la absorción y subordinación de Europa del Este aún es incierto –particularmente debido a su fidelidad con los Estados Unidos–. Japón, por su lado, se encuentra en una crisis de larga data, y reduce su alcance a la escala regional e inscribe prudentemente su futuro en una línea fiel a Washington.

Uno de los factores más grandes de fragilización de la hegemonía de Estados Unidos viene, más bien, de su aislamiento político. Relativo y, sin duda, pasajero, su real aislamiento es debido a la negación del Derecho Internacional y al desprecio a las Naciones Unidas del que han hecho prueba, al cinismo y a la agresividad que despliegan en la puesta en marcha de su proyecto imperialista e, incluso, a la barbarie de su proyecto. Se trata, en efecto, de dibujar los contornos de un apartheid mundial, típico del espíritu de la extrema derecha que está en el poder en la Casa Blanca8 .

Una pregunta surge y no puede ser descartada: saber si no nos encontrábamos más cerca de lo que creíamos, aunque parecía ya algo superado, en un contexto histórico diferente, frente a una “fachización” del imperialismo norteamericano.

Este tema terrible llama con evidencia a una teorización –que debe ser objeto de un tratamiento aparte mucho más profundo–, con gran prudencia y rigor que se aplicaría al análisis. Nos limitamos aquí a constatar algunos trazos esenciales del fascismo clásico, que se pueden detectar en la tendencia tomada por el imperialismo norteamericano:

1. Su violencia consubstancial: interna, social, patológica realmente, pero igualmente externa, sistemática y programada, que se ha convertido en la modalidad de existencia en el mundo de los Estados Unidos (aunque puede ser el carácter distintivo de este país desde su origen)9.

2. La violación del estado de derecho: es decir, de los derechos de sus ciudadanos (desde la “elección” de Bush a la ola de represión en el suelo de los Estados Unidos), así como del Derecho Internacional, de los derechos de otros pueblos (desde el bloqueo anticubano a la guerra contra el pueblo iraquí).

3. La creencia en una civilización, mejor, en una nacionalidad superior, autoproclamada y habilitada para dirigir el mundo, y –elemento clave del nazismo, integrado al eje del proyecto del apartheid mundial–, regenerado por la sangre, en la guerra.

4. Se dirá: el fascismo es el Estado totalitario. ¿Pero qué se observa? Que el dogma neoliberal de la reducción del Estado se aplica en todas partes menos en Estados Unidos, donde el Estado militariza a ultranza la economía, donde una ficción de democracia disimula mal el inmenso fracaso de la misma, donde el bipartidismo de los hiper millonarios se ha convertido en el partido único del capital.

5. Se dirá, además en justicia: el fascismo es, por encima de todo, el genocidio. ¿Cómo no ver que el efecto de la polarización del sistema mundial capitalista opone a un sur saqueado, acabado, llevado a la miseria, un norte armado extremadamente, encerrado entre sus fronteras, sentado sobre sus riquezas, y que ese es un “genocidio silencioso” de los más pobres?

La extrema derecha está en el poder en los Estados Unidos, no lo olvidemos, y su poder es mundial. Tengamos mucho cuidado de esta amenaza de dictadura militar planetaria fascista, tomémosla muy seriamente, porque se convertirá cada vez en más fuerte y radical a medida que se refuercen los movimientos de resistencia progresista del mundo entero. Es ese viraje hacia el fascismo del imperialismo lo que explica, en parte, las recientes contradicciones aparecidas en la dirección del sistema. Estas últimas abren al mismo tiempo que una era de represión en todas las direcciones, bajo la apariencia de antiterrorismo, nuevos márgenes de maniobra en relación con la acción de todos los progresistas. Después de la tragedia del 11 de septiembre de 2001, nuestros guías de pensamiento de la prensa comercial nos recitaron, sin cesar, la cantinela de “todos americanos”; hoy son numerosos los que han tomado conciencia de lo que el imperialismo de Estados Unidos es capaz de hacer para romper o acabar con quien los resiste. La resistencia de las fuerzas populares, opuestas a la vez a las guerras imperialistas y a las bases mismas del Sistema Mundial Capitalista –dos rostros de una misma realidad: la mundialización financiera–, gana terreno en todas partes del mundo, lenta pero seguramente10 .

Las guerras imperialistas y sus causas sistémicas

¿Cuáles son las causas profundas de estas guerras imperialistas, particularmente la que acaba de ser conducida contra el pueblo iraquí? La respuesta a esta pregunta es, ciertamente, una que es necesario buscar más allá de la propaganda mediática gubernamental angloamericana de antes de la guerra, falsamente obnubilada por la amenaza de posesión de armas de destrucción masiva, o de lazos con el terrorismo islámico, que sólo fue una mentira.

Convendría, sin embargo, no quedarse en las apariencias. El argumento avanzado, en efecto, casi sistemáticamente, para explicar la motivación de los Estados Unidos y de su aliado británico a llevar una guerra al suelo iraquí es el petróleo –el control de su producción y de su precio, de sus ejes de aprovisionamiento, de sus reservas–. Ahí hay una evidencia que no se puede dejar de ver. Sin embargo, las autoridades norteamericanas se preocupan muy poco de justificar sus largos discursos y voluminosos reportes; menos aun en relación con el derecho, las Naciones Unidas, y una opinión pública internacional agredida por los medios para disimular su voluntad, que ya todos conocemos, de control global de los recursos energéticos.

Esta evidencia no podría hacernos perder de vista una realidad más decisiva aún: a través de estas guerras, lo que está en juego no es solamente el manejo del mantenimiento de la hegemonía norteamericana sobre el sistema mundial capitalista, sino que se trata, sobre todo, del comando de la fracción de clase dominante actualmente hegemónica –la financiera en su conjunto–, que hace estas guerras necesarias.

La historia no se repite, nosotros lo sabemos. Recordemos, sin embargo, el manejo imperialista y la transformación del capitalismo que produjo al final del siglo XIX el avance de las finanzas. Hace apenas más de un siglo, en 1898, la intervención militar de los Estados Unidos en Cuba –bajo pretexto de “liberarla”– y la imposición sobre la isla de un régimen neocolonial (dictatorial) se explicaban evidentemente por el espíritu guerrero de algunos hombres políticos y militares norteamericanos, también por la avidez de lucro de tal o cual capitalista norteamericano (en relación con el azúcar, las minas o los ferrocarriles), pero era, ante todo, el producto del avance del capital financiero de Estados Unidos, el efecto mismo de su ascensión en tanto que nueva fracción de clase dominante, y la condición de la expansión hacia el exterior de las grandes finanzas (las de Morgan, Rockefeller y consortes), que dominó luego los entornos de negocios de Estados Unidos, y se lanzó enseguida a la conquista del mundo11 .

Las cosas han cambiado tanto desde ese tiempo, como se puede ver. Queda, sin embargo, el tema de la dominación financiera, es decir, de los más grandes propietarios de capital mundialmente dominante, que han regresado hoy. Y los pueblos lo saben, los que han sufrido desde hace dos décadas consecuencias cada vez más devastadoras. Se trata a nuestro criterio, de entender lo que son las clases dominantes que se encuentran actualmente al comando de la hegemonía financiera norteamericana –no solamente G.W. Bush, D. Cheney y su grupo de halcones fanáticos, magnates del petróleo–, que no podrían mantener su poder con el sistema mundial de explotación y de opresión que está a la base, con las relaciones capitalistas de producción que le constituyen, sino que añaden a esto la violencia. La forma visible de esta violencia –su revés invisible, el de las relaciones sociales capitalistas–, es el terrorismo de Estado que los norteamericanos han planteado como una guerra contra todos aquellos que rehusan expresamente someterse a sus dictados.

Esta es, sin duda, una de las razones susceptibles de explicar por qué las recientes divisiones aparecidas entre países ricos, al origen de las contradicciones señaladas –divisiones que no han podido ser disimuladas ni en la ONU ni, como cosa nueva, en la OTAN–, no han provocado sin embargo ninguna ruptura en el seno de la tríada. Es que las clases dominantes tienen necesidad vital de esta alianza interna en el sistema interestatal que lo soporta, para contener las múltiples resistencias a la polarización que su expansión conlleva estructuralmente. Es este capital financiero mundialmente dominante que ha decidido entrar en guerra contra cualquiera que se le oponga, y conducirá un proyecto de desarrollo a su manera.

No es menos cierto que el porvenir depende también de nosotros, progresistas del mundo entero, que tal vez seamos algunas decenas de millones a manifestar en todo el planeta contra la guerra, el 15 de febrero del 2003 ya sucedió y los días que siguen igualmente. La guerra de agresión imperialista contra el pueblo iraquí no ha podido ser evitada, pero la movilización antiguerra –aunque desorganizada y confusa aún– ha logrado masivamente un nivel inimaginable hace poco tiempo y jamás logrado antes12 .

Crisis ideológica del sistema mundial capitalista

La crisis actual del sistema mundial capitalista es también una crisis ideológica. Una de sus consecuencias más insoportables es la tentativa de manipulación y de neutralización de las conciencias, en una palabra, la guerra mediático-ideológica, mediante bombardeos incesantes de propaganda y de desinformación. Los guías del pensamiento de la inteligencia dominante nos habían planteado el “triunfo del capitalismo” al comienzo de los noventa como “el fin de la historia”. Necesitamos poco tiempo para que la mundialización capitalista, supuestamente “sin alternativa”, conduzca al desfondamiento, a la hecatombe en cadena de muchas de sus bases financieras, que debían arrastrar en su caída el mito de la infalibilidad de un sistema mundial de mercados desregularizados, aportando equilibrio y armonía, crecimiento económico y bienestar social.

Desde 1997, el “milagro asiático” se disipó y tuvo que ceder el lugar a la crisis, profunda, que desvió la trayectoria del desarrollo de los países emergentes que ella afectó, para convertirlos en más dependientes aún. La crisis asiática, debido a la cascada de quiebras que produjo, fue también la ocasión para que Estados Unidos metiera mano en pocos meses sobre los aparatos productivos que esas naciones habían logrado edificar en varias décadas. Bajo ese impacto Corea del Sur perdió la seguridad del empleo (su mercado de trabajo siempre dual, pero de ahí en adelante está totalmente flexibilizado), y un cierto control nacional de la estructura de propiedad de su capital. Poco después Rusia también fue afectada. El pillaje en gran escala de sus poderosas industrias, operado por el capital mundialmente dominante y sus “intermediarios” locales, ha logrado un avance impresionante. Y luego le tocó el turno a Brasil, primera potencia económica del continente latinoamericano. Hace apenas pocos meses Argentina cayó en lo que se puede ver como un caos tremendo bajo el efecto de estrategias combinadas de la gestión neoliberal del FMI y de captación de la renta financiera por la elite (anti)nacional. En ese país, como en Rusia y en Corea del Sur, la crisis empobreció al conjunto de la población, con excepción de su decil superior, el más afortunado, que continuó enriqueciéndose a pesar de la crisis. Recientemente, la Costa de Marfil estalló y produjo una alerta en el modelo africano de crecimiento extravertido, desestatizado, neocolonial, bajo una ocupación militar extranjera.

En todos los continentes se ha probado el fracaso total del neoliberalismo. Casi en todas partes, sin embargo, más allá de esos fracasos resonantes, repetidos, probados, el neoliberalismo continúa imponiéndose a los pueblos del mundo por simple y pura fuerza. La ideología de la “Libertad” y de los “Derechos Humanos” no ha logrado nada: antipopular, antidemocrático, criminal, el neoliberalismo impone unilateralmente a los más débiles someterse a la lógica de un sistema mundial capitalista que sólo funciona en beneficio de los más fuertes. Todo concurre en este contexto revuelto para reintroducir la idea de “regulación” en el discurso ideológico dominante. Se trata de golpe de “salvar el capitalismo del integrismo de los mercados”, y la condición suficiente sería tan sencilla como “regular los flujos financieros”...13

Desde el punto de vista teórico, los economistas de la moda representantes de la jerarquía más alta neoclásica han florecido. Autores típicos de nuestro tiempo, como North, Stiglitz, Sen, Krugman, Romer, conocen la gloria e, incluso algunos, la recompensa de un Nobel. La era neoliberal ha producido una ciencia económica a su imagen –catastrófica–. Es una época que tiene los economistas que merece. La susodicha “renovación teórica” que han traído se revela totalmente estéril, y realmente incapaz de darnos el mínimo resultado analítico auténticamente innovador y de producir conocimientos científicos de la más mínima utilidad para la sociedad. El objetivo pretendido común de todos esos autores es el mismo: preservar el capitalismo de los peligros del ultraliberalismo14 .

En los campos prácticos, detrás de la retórica del Banco Mundial sobre el “saber al servicio del desarrollo” o “la lucha contra la pobreza”, se perfilan programas concretos de privatización en sectores muy lucrativos de la información y las telecomunicaciones, de la investigación y de la formación, y con ellos incluso la ayuda humanitaria – instrumentalizando, de paso, numerosas ONG–. El objetivo es siempre el mismo: asegurar a los oligopolios del capital financiero mundialmente dominante un total manejo del juego.

Por sí misma, la lógica de la expansión del capital no garantiza el mínimo desarrollo. La realidad del funcionamiento del capitalismo no es la economía del mercado, sino el límite impuesto a la competencia mediante la monopolización de la propiedad privada. Bajo el empuje de una relación de fuerzas que se ha convertido en muy desfavorable para el trabajo y un poder financiero que reposa sobre la formación de alianzas de clases de nuevo antipopulares, el Estado mismo se ha vuelto contra el servicio público15 . La ideología neoliberal promoviendo de manera artificial la “libre competencia” y el “libre intercambio” está totalmente en crisis.

Actualidad del marxismo, de la revolución y de una transformación radical

La violencia del proyecto imperialista, inmanente a la expansión del capital financiero, reforzará, sin dudarlo, las resistencias y las luchas sociales de las tres cuartas partes de la Humanidad, que han sufrido el aplastamiento del sistema mundial capitalista: tanto las de las clases populares del centro como las de los pueblos de la periferia, a los cuales se van a aliar numerosos movimientos progresistas con las más diversas finalidades (ecológicas, feministas, de identidad indígena), todos juntos son los verdaderos sujetos de la historia, los únicos susceptibles de poner en jaque este proyecto imperialista y de formular una alternativa de progreso.

Forzosamente hay que admitir que la presión y la importancia del pensamiento único (es decir de la ideología dominante) que ha mantenido con fuerza una sutil y eficaz censura, crea la confusión dentro de los grupos progresistas. Los partidos obreros, con largas tradiciones de lucha, en su gran mayoría, han abandonado el marxismo y renunciado a los programas revolucionarios en tanto que alternativa respectivamente teórica y práctica del capitalismo, para quedarse en una socialdemocracia que, en el poder, se contenta con gerenciar el neoliberalismo y situar el cambio siempre al interior del sistema. De allí lo que sale es una toma de distancia de las fuerzas progresistas, notablemente de los movimientos sociales y de los foros alternativos en relación con utilización de herramientas semánticas, conceptuales y teóricas que son las suyas, pero también con pérdida de autonomía y de radicalidad de las críticas formuladas en relación con el sistema mundial capitalista y su hegemonía imperialista. Ahora bien, el “otro mundo posible” al cual aspiramos todos sólo emancipará a la humanidad si sus transformaciones comienzan por destruir las bases mismas del capitalismo, es decir las de la explotación (y la especulación).

¿Puede el marxismo en estas condiciones contribuir a fundar un proyecto moderno de emancipación? Seguramente sí, con la condición que su renovación conduzca, no a la capitulación o a la adopción de formas de acción propias del capitalismo, sino por el contrario al refuerzo de los ideales revolucionarios. La referencia a Marx sigue siendo central, al Marx que efectuó la ruptura del materialismo histórico, pero también aquel que llamaré el de la “segunda ruptura” (siempre en relación con Hegel), ocurrida a partir de los intercambios epistolares con los revolucionarios rusos entre 1877, con (Mijailovsky) y 1881 (Vera Zassoulitch). Es a través de esta segunda ruptura que Marx debió romper con la visión de un desarrollo histórico según una línea universal, yendo del mundo oriental a la civilización occidental, y rechazar toda “teoría histórico-filosófica de la marcha general totalmente impuesta a todos los pueblos”, para finalmente descartar el determinismo y tolerar trayectorias históricas de formaciones sociales diferenciadas, no lineales, articulando las relaciones de dominación de las naciones con las relaciones de explotación de clase.

Renovar el marxismo, renovar hoy los ideales revolucionarios significa, por tanto, atacar frontalmente la permanencia del sistema capitalista como la de la hegemonía norteamericana, para unir las fuerzas progresistas contra el enemigo común. En claro: hacer converger las luchas anticapitalistas y antiimperialistas.

¿Por qué la revolución está siempre a la orden del día –en el Sur, seguramente, y tal vez, incluso en el Norte–? En razón de que las causas que determinaron hace algún tiempo las grandes revoluciones –aquellas que, radicales, se anunciaban antes de llegar a ser como imposibilidades absolutas–, no han desaparecido. Ninguna de ellas en el Sur y no del todo en el Norte, en donde crecen sin cesar las desigualdades y las injusticias. La revolución permanece de actualidad también porque la lucha organizada de los explotados contra el sistema capitalista, y la amenaza que su imperialismo norteamericano en vía de fascisación hace pesar sobre ella, se presenta más que nunca como una exigencia histórica.

Rehusamos convertir las realidades de ayer, hoy desaparecidas, en utopías capitalistas del mañana: capitalismo nacional social en el Norte (el Welfare State), capitalismo periférico en el Sur (desarrollismo nacional burgués dependiente), capitalismo sin capitalistas en el Este (estatismo despótico… y apofático). Elaboramos nuestro propio proyecto social alternativo que coloca a la humanidad en su centro –incluso si no es más que “aproximadamente coherente”, como decía el Che–.

Desarrollemos nuestras propuestas alternativas, a la vez teóricas y prácticas, articuladas en sus dimensiones nacionales e internacionales, fundadas en luchas antisistémicas que sólo los explotados del sistema mundial podrán conducir para imponer al capital unas barreras extranjeras a su lógica de explotación, y llegar a una transformación radical del mundo: bloqueo de las operaciones financieras de especulación, cuestionamiento de los fundamentos del FMI y del Banco Mundial, dislocación de las reglas de la OMC y de los privilegios de los oligopolios transnacionales, estabilización de los intercambios en el ámbito regional, fiscalía en el ámbito mundial, reorientación prioritaria de las inversiones hacia las necesidades sociales y las actividades productivas, modificación de las reglas que determinan la distribución de los ingresos y la repartición de los consumos, transformación de la ONU en una organización democrática que concilie universalismo y derechos sociopolíticos de los individuos y pueblos, florecimiento del internacionalismo y de la solidaridad Norte - Sur, desmilitarización del planeta, encauzamiento de la propiedad privada de los medios de producción, y puesta en obra de condiciones de manejo por los trabajadores de su propio porvenir social. Ha llegado la hora de volver a hablar de socialismo.

 

Citas

1 Cf. S. Amin et R. Herrera (2000).

2 Cf. por ejemplo: N. Chomsky (2001).

3 Cf. R. Herrera (2001a).

4 UNESCO (2001).

5 Comentario de Thomas Friedman en el New York Times, del 28 de marzo de 1999.

6 Cf. P. Nakatani (2003) en www.rebelion.org

7 Cf. W. Clark (2003).

8 Cf. S. Amin (2003).

9 Cf. W. Blum (2002).

10 Cf. S. Amin y F. Houtart (2002). Tambien los artículos de J. Petras sobre www.rebelion.org

11 Cf. R. Herrera (2003a).

12 Cf. G. Labica (2003).

13 Leer aquí los escritos de divulgación respectivos de Soros y Stiglitz.

14 Cfr. R. Herrera (2003b).

15 Idem.

 

Bibliografía

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* Economista, investigador del Centro Nacional de Investigaciones Científicas, Universidad de París 1 Sorbona, París. E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

** Director Programa de Comunicación-Educación DIUC .


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