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Colombia: Paloma maquiavélica*

Colômbia: Pomba maquiavélica

Colombia: Machiavellian Dove

Ernesto Hernández**


* Dedicatoria de la revista El vampiro pasivo, No. 7/8.

** Fundador y director de las revistas El vampiro pasivo y Sé cauto; traductor de los cursos de Deleuze (www.webdeleuze.com). Ingeniero de sistemas. E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.


“… un problema tiene siempre las soluciones que se merece según las condiciones que lo determinan como problema”.
Gilles Deleuze Lógica del sentido, p. 69.


Resumen

Este texto explora la doble hibridación narco-neo-liberalismo, y narco-neo-guerrilla, como momentos fundamentales para la reconstitución de un Estado que tiende cada vez más a “organizar” sus formas institucionales como deducidas de la excepción permanente.

Palabras clave: Colombia, violencia, narco-neoliberalismo, narco-neo-guerrilla, Estado

Resumo

Este texto explora um duplo processo de hibridização: narconeoliberalismo e narco-neo-guerrilha, como momentos fundamentais para a reconstrução de um estado que tende a "organizar" suas formas institucionais como se tivessem sido deduzidas da exceção permanente.

Palavras-chave: Colômbia, violência, narco-neoliberalismo, narco-neo-guerrilheira, Estado

Abstract

This text explores a double hybridizing process: narconeo- liberalism, and narco-neo-guerrilla, as fundamental moments for the reconstruction of a state that tends to “organize” its institutional forms as if they had been deduced from the permanent exception.

Keywords: Colombia, violence, narco-neoliberalism, narco-neo-guerrilla, State


Guadalupe o la miseria que sale de su gueto En Colombia, la sucesión de gobiernos de alianza, desde 1958 hasta 1974 (Frente Nacional), se debatió entre el paradigma de la perpetua violencia y la aporía de la solución definitiva del conflicto por la vía de la aniquilación. Inevitablemente culpabilizados y culpables del acontecimiento desencadenador, permanecen ligados al “acto” fundador de “la modernización”, –el asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948–, y empeñan toda su fuerza militar y política en hacer de ésta una culpa absoluta (“La violencia”) cuya expiación es infinita (la guerra de aniquilación). Bautizados como “La violencia”, estos años que van de 1946 a 1958, son la década de dictadura civil y militar que reorganiza institucionalmente la república, promueve la industrialización, vuelve a trazar las fronteras agrarias, y redistribuye las fuentes de recursos mineros, energéticos y naturales. Flujos de bandas fanáticas, de grupos mercenarios y de guerreros solitarios constituyen una larga lista de héroes locales o nacionales que proyectan su sombra mítica sobre una oscura organización policial de saqueadores y asesinos: “Desquite”, “Sangrenegra”, “Tarzán”, etc. –flujo, torrente de violencia descodificada–. Por su lado un ejército precario e inclinado al vandalismo, conformado por cooptación (servicio militar obligatorio), enfrenta los focos de resistencia campesina organizados en guerrillas agrarias fuertemente territoriales: en los Llanos con Guadalupe Salcedo, en Sumapaz con Juan de la Cruz Varela, en el Tolima con “Charronegro” y “Tirofijo”1, etc. Aparecen (en el sentido fuerte de “aparecer”) también, en esos años, extraños personajes cuya violencia espontánea rechaza cualquier vínculo doctrinario, partidista. Estos personajes vindican un llamado, una voz, algo como el signo anónimo e irrenunciable de un destino en el que un horizonte rojizo es cubierto por el manto vocacional de un azul actuante, agitado y cómplice. Ritornelo territorial, tierra de pájaros y cóndores: Efraín González, por ejemplo, es ese tipo de héroe ambiguo, que enfrenta a unos y otros en frentes diferentes y con rabia desigual. A su lado grandes flujos de campesinos “desplazados” emigran hacia las ciudades desformando su configuración urbana, creando un extraño marginalismo urbano de grandes proporciones.

“Latifundio disperso”2, concentración industrial y oleajes de colonización urbana y rural hacen de contrapunto a una “guerra permanente” y a una “revolución permanente” que se enfrentan de manera intermitente, absolutamente irregular y en fronteras territoriales invariablemente fluctuantes.

Con el gobierno militar y la arremetida del ejército contra su “enemigo principal” –las guerrillas campesinas– se logra reducir y amnistiar buena parte de estas fuerzas; sin embargo muchos grupos guerrilleros armados se retiran cautelosamente o se disuelven sin deponer las armas frente a la política de desarme y desmovilización. De otro lado, las guerrillas más fuertes entran en procesos de negociación dispersos que debilitan su fuerza negociadora, acrecientan su aislamiento y facilitan la traición de los acuerdos por parte de terratenientes, jefes locales y el gobierno. Este es un punto de giro para el movimiento guerrillero, pues ese momento de dispersión parece ser, también, el de un encuentro con el movimiento comunista y socialista que lo dotan de un nuevo tipo de enunciados que, más allá de lo territorial, configuran un “programa” de demandas democráticas y un proyecto político-militar para la “toma del poder”. Se abre, así, una nueva época de confrontación en la que las fuerzas dispersas de una guerrilla “desilusionada y traicionada” se reorganizan militar y políticamente; no se trata ya de la “defensa de la tierra” sino de un reclamo de reforma agraria (“la tierra para el que la trabaja”) ante la cual el gobierno arrecia sus hostigamientos (la reforma agraria en la Guatemala de 1953, propiciada por el gobierno de Jacobo Arbenz, era un lamentable precedente de este tipo de experiencia para la administración norteamericana y para el gobierno local).

De nuevo la “pacificación” tiene por objetivo las guerrillas reorganizadas en el Sumapaz, y, después de dos años de guerra (se calculaba que los operativos durarían apenas unas semanas, por el despliegue de fuerza militar y la brutalidad de las acciones) los grupos guerrilleros se repliegan hacia Marquetalia, en donde después de una larga resistencia y rompiendo un fuerte cerco se lanzan en una aventura de reconstitución y conquista organizados bajo el nombre de Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).

“¡Patria o muerte, venceremos!”

En la década de los años sesenta, marcada por el poderoso ritornelo del “Patria o muerte, venceremos”, de la revolución cubana, proliferan fuerzas de izquierda, realineadas según los cánones de la guerra fría y los dogmas del “modelo de revolución”. Surge un gran número de grupos guerrilleros, que expoliados por el triunfo de la “Revolución Cubana”, pero divididos por la confrontación entre China y la URSS, abrazan distintos “modelos de revolución armada”; son grupos muy dispares en su conformación social y militar, y muchos de ellos precarios y efímeros (MOEC y otros). Algunos de estos grupos derivan posteriormente en organizaciones de izquierda de influencia parcial en ciertos sectores y ámbitos (universitario, sindical, campesino), y solo permanecen y logran consolidar una organización militar el ELN, el EPL y las FARC. Hacia mediados de la década se han conformado, entonces, la guerrilla de corte castrista (Ejército de Liberación Nacional – ELN–); la guerrilla, ya existente, de corte comunista pro-soviético (FARC); y la guerrilla maoísta (Ejército Popular de Liberación –EPL–), cada una enarbolando un acontecimiento fundador, un “a partir de”, como despegue para “la toma del poder”. Simacota para el ELN, Marquetalia para las FARC, y la ruptura con el Partido Comunista para el EPL. Mientras el ELN y el EPL, conformados por militantes urbanos, estudiantes, sacerdotes católicos “revolucionarios” o progresistas (Camilo Torres, Domingo Laín, etc.), obreros y sindicalistas, sufren divisiones internas, traiciones, y cercos de aniquilamiento, que implican una discontinua actividad guerrillera durante toda esta década, las FARC consolidan lentamente posiciones en zonas rurales marginales; en los piedemontes de la Cordillera Oriental; los Llanos, las zonas selváticas del centro y norte del país.

Con los fraudes y negociaciones entre los populistas (que se habían convertido en una fuerza política muy importante) y los partidos “tradicionales”, a inicios de la década de los años setenta, y el auge de movimientos sociales estudiantiles y obreros (sobre todo los petroleros fuertemente politizados), surgen las primeras alternativas de guerrilla urbana, en consonancia con grupos guerrilleros urbanos en América y Europa (como el ADO, tributario de las vertientes europeas de las brigadas y de Bader, de los tupamaros y el MIR, en América Latina), estos grupos realizaron acciones militares descabelladas y fueron aniquilados de manera brutal y rabiosa. De su lado las organizaciones campesinas e indígenas ANUC3 y CRIC4 que promueven la toma de tierras, son violentamente reprimidas hasta conseguir su disolución, su sometimiento o su integración a las instituciones agrarias del Estado; muchos miembros de estas organizaciones adhieren a los grupos guerrilleros existentes o se configuran ellos mismos como tales (el Quintín Lame5). De otro lado, grupos como el ELN, son duramente golpeados en lo militar, y las FARC mantienen sus posiciones territoriales más o menos controladas por el asedio constante del ejército; esta última sigue siendo una guerrilla más campesina que comunista, con un propósito defensivo territorial. Siendo las FARC el grupo guerrillero más numeroso y mejor organizado, es el que realiza un menor número de acciones ofensivas.

En esta década nace, de una mezcla de populismo radical y de sectores que rompen con las FARC, un grupo guerrillero, el M-196, que recoge a un gran número de izquierdistas que se han empezado a quedar “sin partido”, y que buscan alternativas autóctonas. Consolidan una especie de línea melódica tropical, muy flexible y cargada de humor y osadía. El robo de un símbolo patrio (la supuesta espada de Bolívar, de la que, al ser devuelta nadie pudo dar fe de su autenticidad), la inscripción de grafitis en la sede del Congreso, el secuestro de aviones, el juicio a través de grafitis a un dirigente sindical comprometido con el gobierno, el robo de armas de los cuarteles del ejército, la toma de la Embajada Dominicana durante una fiesta diplomática, el atentado con una bazuca a la casa de gobierno, la fuga masiva de sus principales dirigentes detenidos en las cárceles; después de un amplio reclutamiento de militantes entre grupos de jóvenes estudiantes, intentan una toma del país desembarcando por el sur y la Costa Pacífica; esta operación, tan folclórica para los comandantes como cruel para los milicianos, es reducida sin mayores resistencias, y solo un pequeño grupo se consolida como guerrilla rural e inicia una complicada itinerancia hacia la ciudad.

Entre narco y neo

Entre finales de los años setenta e inicios de los ochenta, se consolidan los grupos paramilitares que durante muchos años controlaron regiones muy localizadas (las zonas esmeraldíferas, las tierras de terratenientes y de nuevos dueños de la tierra, los narcotraficantes que empiezan a consolidar sus poderes). Comienza a imponerse un prefijo que todavía domina muchos de los ámbitos políticos, militares y sociales, el prefijo “narco”, curiosamente ligado a otro prefijo que, él también, consolida su prestigio, el “neo”. Se hace evidente la “emergencia” de una anomalía: el florecimiento de la transnacional, relativamente, más desterritorializada que conoce el continente: enclaves industriales en la selva, laboratorios móviles, atomización de la producción de droga, comercio masivo e ilegal de químicos, la hibridación de mercados y sectores productivos, la vigilancia cerrada y continua de ciudades como Cali o Medellín por parte de bandas armadas que mezclan mercenarios, policías y fuerzas militares, en un proceso muy violento de encerramiento del espacio público, la transformación del paisaje urbano ahora convertido en un espacio interior, aislado y protegido, en el que los lugares de la política se agotan. En un sentido muy fuerte los llamados “emergentes” realizan (a una velocidad hasta ahora desconocida para un proceso social en Colombia), las condiciones del neo-liberalismo, al romper la noción liberal de lo privado y lo público, constituyendo un espacio onmi-público constantemente vigilado y en el que la política deviene un espectáculo de teleguiaje virtual. El asesinato político, los atentados indiscriminados, el pillaje y la guerra entre sectores “emergentes” (emergencia que no implica por sí misma autonomía, pues estos nuevos sectores solo pueden sostener su ascenso apoyándose en las clases y sectores sociales tradicionales: comerciantes, industriales, políticos, urbanizadores, etc.), por el dominio de mercados o de bienes, con sus grados de intensidad variables, reemplazan los antiguos espacios de confrontación política y militar.

La última “expresión liberal” en la política la encarna un presidente “conservador” (Belisario Betancur7) quien, pactando un proyecto de tregua y amnistía, consigue que los grupos guerrilleros más activos en los primeros años de la década de los ochenta, consoliden un espacio político en las urbes: el M- 19 hace proselitismo en las ciudades y establece “sedes”, las FARC junto al Partido Comunista (PCC) y otros sectores de una izquierda “progresista”, construyen un proyecto político (la Unión Patriótica) y aún sectores muy alejados de esta amnistía tienen dificultades para explicar su reticencia (ELN, EPL). Pero una extraordinaria máquina “diabólica” de guerra se ha desatado y, consolidándose como foco de atracción y subjetividad “pública”, desencadena el proceso genocida más aberrante que hayan sufrido las “terceras” fuerzas políticas en el país (solamente de la UP, el número de muertos superó los 3.000). El M-19 decide romper la tregua con una acción de osada desesperación –y en un intento por recomponer un polo de atracción progresista y libertario, se comprometen en una acción de denuncia enfrentando a un gobierno impotente y unas fuerzas armadas “corruptas” y que han centrado su accionar en el apoyo a grupos de para-militarismo–, tomándose el Palacio de Justicia en Bogotá (sede de la Corte Suprema de Justicia y del Consejo de Estado); el ejército “reconquista” el edificio a sangre y fuego, masacrando por igual a magistrados, guerrilleros, litigantes y ciudadanos. Toma y reconquista que se ligan estrechamente con narco-intereses, pues de hecho, con la destrucción total del edificio y el incendio provocado en sus archivos, desaparecen pruebas y procesos en curso contra todo tipo de personalidades –algunos de los cuales llegan a perder su rostro e identidad civil y jurídica–.

Los grupos en tregua retornan paulatinamente a las zonas rurales, no sin haber dejado núcleos de resistencia en las zonas marginales de las ciudades (las “milicias bolivarianas”). La situación rural, con el acrecentamiento de la guerra por la conquista de territorios para la ganadería, el acoso a los campesinos e indígenas, el estímulo al cultivo de coca y de amapola, y un compromiso guerrillero (principalmente de las FARC y el ELN) cada vez más organizado e influyente con las comunidades campesinas e indígenas, consolida sus posiciones, y propicia un fenómeno novedoso de experiencia guerrillera: el gobierno autónomo en las pequeñas poblaciones, la vigilancia armada del gobierno y los presupuestos municipales en las poblaciones medianas y, en fin, la regulación comercial y fiscal en amplias zonas rurales (tanto las dedicadas a los narco-cultivos, como algunas zonas de agricultura y ganadería “tradicional”).

De otro lado, el movimiento guerrillero intenta consolidar una unidad coordinada de acción política y militar. Así se construye la “Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar” conformada por el M-19, el ELN, el EPL, parcialmente las FARC, y algunos grupos menores (PRT, Quintín Lame, etc.). Se trata de una unidad nacional y un intento internacionalista de unidad con las guerrillas del Ecuador y Perú. El proyecto tiene escaso éxito político y grandes fracasos militares (la matanza de más de cien guerrilleros, en Tacueyó-Cauca, a manos de dos jefes de frente de la misma Coordinadora Guerrillera), pero le abre a las guerrillas un camino nuevo de interrelación (fría pero activa).

La paz eterna8

La paz, obsesión de los años noventa, se liga de modo genérico al proyecto neo-liberal y algunos grupos, más o menos diezmados, más o menos ilusionados, e hipnotizados con un ejercicio legal, “comunicacional” y exitoso de la política, firman acuerdos de paz, desarme y reinserción social. El grupo más importante que se somete a esta política de paz es el M-19; algunos otros grupos, aceptando las condiciones de reinserción y resocialización propuestas por el Estado, también lo hacen: Quintín Lame, PRT, un sector importante del EPL y un sector minoritario del ELN. Con los grupos restantes se logra concretar un proceso de “mesas de negociación” sin condiciones, que se realizan en Venezuela y luego en México, y que se prolongan por algo más de un año. El gobierno, entre desilusionado y desesperado solo aguarda que se produzca un acontecimiento (ni raro ni difícil) que justifique una ruptura, pues los procesos de “reinserción” y “resocialización” se han abocado al fracaso, dejando a su paso una larga estela de ignominia y de oscuros compromisos de los dirigentes reinsertados con los neo-modelos, y las guerrillas sentadas a la mesa no están dispuestas a “cometer los mismos errores”. De hecho, cuando uno de los jefes guerrilleros “reinsertados” pretende hacer de mediador, en razón de “su experiencia en las negociaciones”, es contundentemente rechazado por los grupos que en ese momento inician las conversaciones. Así pues, la ruptura es la única salida para desempantanar un proceso de negociación frente al que el Estado solo puede ser arrogante, y frente al que la guerrilla no tiene el poder militar y político que le permita imponer condiciones que favorezcan una negociación. Con la ruptura de las negociaciones la confrontación militar se recrudece y el ejército intenta lanzar a los grupos guerrilleros (principalmente a las FARC) de sus lugares de asentamiento; de este modo se planea y ejecuta, por parte del ejército, la acción militar más “exitosa” de los últimos años, el asalto a Casa Verde (hogar del secretariado de las FARC), expulsándolos de esta amplia región tradicionalmente guerrillera. A este respecto puede decir en este momento el “Mono Jojoy”9, en un tono a medias humorístico pero tajante de comandante guerrillero: “Gaviria10 cometió un error histórico muy grande al atacar al secretariado. De no hacerlo, todavía estaríamos a lomo de mula, en cambio aquí estamos moviéndonos en carro”.

Gobiernos profundamente comprometidos con la nueva configuración social, y que re-subjetivan las máquinas sociales emergentes, abriéndoles grandes espacios de acción y garantizándoles apretadas alianzas económicas, políticas, policiales y militares (después de todo se trata de la irrupción más vertiginosa y audaz que haya conocido un país del Tercer Mundo en el escenario del mercado mundial), cohabitan en un palimpsesto de hechos donde la espectacularidad de las acciones emborronan sucesivamente los despiadados procesos de expansión rural y urbana; reordenan permanentemente sus compromisos al tenor de las guerras locales, casi tribales, entre “las nuevas tribus” que, con su mirada cínica y su sonrisa –no siempre gentil–, ahora están por todas partes “y cada día crece su número, sin que se sepa muy bien de donde vienen”; rearticulan nuevos mercados y multiplican los focos de crisis menores en lo social y lo político, en un movimiento cada vez más profundo e intenso de caotización. No sobra, en modo alguno, invocar aquí la categoría de lo inmundo, que utilizada en la perspectiva de los procesos de estatización nos permite sentir que la usura bio-política de las fórmulas neo-liberales tienen ecos marcadamente esclavistas (¿será solo un producto del azar el nombre con el que un gobernante bautiza la “cárcel” donde residirá su “enemigo-amigo” Pablo Escobar?). Por ejemplo, el Estado multiplica su fuerza militar promoviendo y asegurando el desarrollo y la consolidación de fuerzas “no legales”, como cuerpos especiales a medias creyentes a medias traidores, pues no solo son un cuerpo adscrito, sino que con su impía violencia arrastran segmentos completos de la burocracia y la tecnocracia militar, a las que les imponen pactos que fisuran “el espíritu de cuerpo”. Sin duda, la acción mercenario-nacionalista de los grupos paramilitares, los constituye en una fuerza libre de ataduras jurídicas y legales, y por consiguiente apta para realizar acciones de saqueo, vandalismo, pillaje y saboteo, y sometidas a estos embates, la tierra y la renta, se redistribuyen y reorganizan, no tanto en favor de esta “milicia” –ellos, cazadores, plebe insociable, en su movilidad difícilmente sabrían conservarlas–, como de sus beneficiarios.

Mientras más profundo es el movimiento diagramático del control, con mayor fuerza hormiguean y proliferan, en sus márgenes, extraños movimientos de migración e itinerancia, alianzas aberrantes e inconfesables que han sido caracterizadas con el –entre divertido y sórdido– epíteto de narco-guerrilla. Proliferación de frentes guerrilleros, de marchas campesinas, de desplazados resistentes, de madres de desaparecidos, o madres de soldados prisioneros, de bandas delincuenciales, de desempleados organizados, de mercenarios rasos y profesionales que militan en ejércitos vandálicos, toda una multiplicidad de integraciones marginales, de localizaciones forzadas que estallan en precipitaciones locas o en inesperadas detenciones: ¡inmensa crisis! Es muy probable que, en la rendición de los capos de los “carteles”, estos elementos de subjetividad marginal hayan tenido tanta importancia como la acción policiaca y militar emprendida contra estas organizaciones por el gobierno norteamericano y la policía local, pues su condición “emergente” compromete cada vez más al Estado en una guerra de desgaste institucional y político en la que las fuerzas marginales fortalecen sus posiciones y extienden sus dominios. De tal modo que estos grupos de emergentes, que procuran legitimar su condición y poderío económico y político, admiten tácita o explícitamente condiciones de sometimiento bajo amplias garantías en sus procesos de “resocialización”. Capos, políticos, industriales, aceptan más o menos complacidos un “encierro” benévolo con amplias garantías económicas y sociales –de hecho la expropiación de sus bienes ha conducido mucho más al acrecentamiento del desempleo y al empobrecimiento de las poblaciones que dependían de sus “negocios legales”, que al desmedro de sus fortunas–. De otro lado y en la medida en que el mercado de cocaína y heroína crecen (o en que, como consecuencia de la persecución, la fumigación, etc., mejora el precio), los capos locales modifican sus circuitos, se rearticulan sobre nuevos modelos y redistribuyen sus segmentos de financiación, tráfico, producción y distribución en favor, principalmente, de sus socios norteamericanos, pero igualmente se constituyen en uno de los elementos de “dinamización” de los mercados locales legales e ilegales, al asegurar sus alianzas con las elites de comerciantes, industriales y financieros. Con qué otra cosa podría soñar el comandante en jefe de la policía –que efectiva y realmente no es otro que el ministro de Hacienda–.

El guerrillero viejo

Los muros de las instituciones literalmente se derrumban (el Palacio de Justicia, el DAS11, la toma y saboteo permanente en las cárceles, la fuga masiva) en favor de un movimiento y juego de fuerzas autonomizado y liberado de las prescripciones burocráticas de la “antigua” institucionalidad, que cede el paso a un ordenamiento en tabiques móviles, relativamente indeterminados, “que hay que concebir a la manera de Aristóteles , como el proceso inverso de la generación, como un devenir de los cuerpos, un momento en el va-y-ven de la formación y deformación de las subjetividades”, caracterizado por la “corrupción” que “es necesario concebir en su etimología latina: corrumpere, estropear”12. Su lugar, su zona de integración, cuyos límites y márgenes permanecen relativamente virtuales, adquieren tal movilidad, que unas a otras se entorpecen y apoyan, en una modulación dinámica, cambiante y de velocidades desiguales: entre el Senado y la Corte Suprema de Justicia, o el gobierno y la Corte Constitucional, etc., “los trenes se chocan” escandalosamente, y al mismo tiempo en extensas zonas del país la guerrilla gobierna más y mejor, (“somos un gobierno dentro del gobierno”, “tenemos nuestra propia constitución y nuestras propias leyes”, dice el comandante Marulanda), pero sin dejar de huir y hacer huir nuevos flujos informes que acarrean bloques enteros de subjetividad, creatividad y existencia: “a nosotros nos importa un carajo la Constitución y las leyes porque estamos fuera de ellas”. Las “zonas rojas” se extienden y consolidan en la mayoría de los departamentos del país, y el asedio a las ciudades capitales se ejerce con mayor presión y constancia, al punto que en algunas de las capitales de departamento, el ordenamiento y control de muchos aspectos de la vida citadina pasan por el análisis y la aprobación de los jefes guerrilleros.

Nuevos intentos de “diálogos” y “mesas de negociación” conducen a compromisos independientes de las guerrillas; por un lado el ELN, con los acuerdos de España y luego de “Puerta del Cielo” en Alemania, concretan la mecánica de un proceso que abre el diálogo a interlocutores distintos del Estado y del gobierno (y que se han denominado “representantes de la sociedad civil”). De otra parte, y de manera infinitamente más compleja, teniendo en cuenta la magnitud y fuerza militar alcanzada por las FARC, se acuerda crear las condiciones territoriales mínimas para iniciar una “mesa de negociaciones” en un área, llamada “de despeje”, y que se ubica en territorio de fuerte influencia de las FARC.

Armeros artesanos que construyeron esa arma inesperada y feroz, el cilindro; campesinos desarraigados que marchan en una larga fila guerrillera; un guerrillero viejo que, con su indefinible mirada, vindica sus exiguos triunfos, reclama su autoridad histórica, mantiene su inefable y testaruda resistencia, porta una tensión, actúa una espontánea animosidad; consolidan un ejército –detrás del cual marchan acompasados sus secretarios– cada vez más regular, y que prefigura un nuevo Estado, un nuevo monstruo del que la gloria de sus poderes es entonada siguiendo el tan-tan de marchas de gusto “libertario”.

Sin duda las multitudes, se baten y se someten, ficcionan o callan, se precipitan en un movimiento aventurado de búsqueda y creación, tanto como se hunden en una ensoñación paranoica; pero serán ellas, su capacidad inventiva, su fuerza recreadora las que podrán conducir al momento en el que, ellas mismas, puedan construir (y entonces reclamar) las preguntas: ¿cómo hemos llegado hasta aquí? (pregunta ética); en el que liberadas de la doble culpabilidad infinita –la de la guerra y la de la paz– puedan constituir un foco de subjetividad que responda a la pregunta: ¿desde cuando resistimos a lo intolerable? (pregunta histórica); en el que la expresión de las condiciones pre-individuales de la experiencia real de un modo de existencia marginal, sean la manera singular de preguntar ¿en qué condiciones estamos aquí? (pregunta política). Preguntas que abren nuevos caminos a la construcción de “lo común”, de la comunidad, que sea capaz de conjurar el fantasma nihilista que recorre a Occidente.

Negociación: asamblea y programa

Con los pactos y el inicio de las, muy difíciles, negociaciones, se abren por lo menos dos caminos cada uno de los cuales comporta tantas novedades como peligros.

De un lado el ELN, que a lo largo de su vida guerrillera ha perseguido los flujos energéticos y mineros (hidrocarburos y minas de explotación de metales, fuentes de recursos naturales), reclama la posibilidad consensual que le brindaría una asamblea de gremios industriales y comerciales, con los sectores sociales de obreros, campesinos e indígenas, buscando constituir una alternativa de negociación supra-estatal y supra-nacional, en la que los asuntos que serán motivos de acuerdos no solo tocarán el ámbito constitucional y de reforma social, sino que tendrán que ver con la definición de pactos en el orden de la administración de los recursos energéticos y naturales, que no se limitarán a los factores económicos o de intervención transnacional sino que buscarán acogerse a los acuerdos ecuménicos.

Las FARC, que ha ligado su lucha no solo a la defensa de la tierra, sino a la constitución de un estado, que como tal tiene un gran interés en trazar y demarcar fronteras, ha elaborado su “decálogo” (que no deja de tener sus resonancias religiosas) o “programa”. La forma de negociación, en estos términos programáticos, implica, de hecho, que los procesos de negociación deban plantearse en términos de relaciones inter-estatales, lo que indaga que tomen relevancia los problemas de intervención militar, principalmente Norteamérica, del accionar paramilitar (apoyado decididamente por el Estado), de las relaciones internacionales, la autodeterminación, la legislación y la conformación, regulación, control administrativo y militar del Estado, y la legitimación de la existencia política y militar de su propia organización.

Sin que, por otra parte, sea despreciable un cierto “sueño bolivariano13“ de reinvención continental, que reencontrando el sur, sus potencias y líneas tropicales, multiplique las entradas, abra las colectividades, engendre nuevos agenciamientos, potencie las cosmologías andinas, dando paso a los posibles que al afirmar su fuerza germinal, renueven una ontología del presente, cabalguen los vectores de velocidad que sean capaces de arrastrar al continente, arrancarlo de sus anclajes neocoloniales, colocarlo en una contingente disponibilidad de futuro.

Post-scriptum: es evidente que estamos actualmente en una especie de paréntesis (o lo que se podría llamar “patria boba” postmoderna) de fascinación nacional con el señuelo del terrorismo, pero también una especie de atenta espera (o lo que podríamos llamar “comunidad potencial” postmediática), fascinada con la emergencia de las puntas de creatividad colectiva.


Citas

1 Pedro Antonio Marín o Manuel Marulanda Vélez, actual comandante de las FARC, y miembro del secretariado de esa organización.

2 Expresión del antropólogo Jaime Arocha, citado por Gonzalo Sánchez G., Nueva Historia de Colombia, Bogotá, Planeta, Tomo II, p.151.

3 Asociación Nacional de Usuarios Campesinos.

4 Comité Regional Indígena del Cauca.

5 Toman este nombre en homenaje a Manuel Quintín Lame, indígena, jefe del cabildo de San Isidro en el Cauca, y quien fundó, en 1916, una guerrilla indígena para “luchar contra los blancos”, por la recuperación de las tierras de los cabildos indígenas.

6 Movimiento 19 de abril.

7 Presidente de Colombia de 1982 a 1986.

8 Ver, E. Benson y D. Bleitrach, La paix éternelle ou la guerre de basse intensité, pp.149-170, en la revista Chimères, No. 33, 1998.

9 Jorge Briceño, comandante de las FARC y miembro del secretariado de esa misma organización.

10 César Gaviria, presidente de Colombia de 1990 a 1994, actual secretario general de la OEA.

11 Departamento Administrativo de Seguridad, que fue atacado con una potente carga de dinamita por órdenes del capo Pablo Escobar.

12 Ver, Michael Hardt, “La société mondiale de contrôle”, en: Gilles Deleuze, une vie philosophique, Institut Synthélabo, 1997, p.374.

13 No podemos dejar de recordar al Bolívar de William Burroughs en “El manual del Boy Scout”.


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