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Investigación cualitativa como jazz. Variaciones prospectivas de una analogía

Pesquisa qualitativa como o jazz. Variações prospectivas de uma analogia

Qualitative research such as jazz. Prospective variations of an analogy

Carlos Iván García Suárez *


* Periodista, Licenciado en Filología e Idiomas, Especialista en Comunicación-Educación y aspirante a Doctor en Ciencias Sociales, Niñez y Juventud. Coordinador de la Línea de Género y Cultura y Coordinador Académico del DIUC. E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.


Resumen

Este artículo pretende contribuir a la comprensión de los desafíos futuros de la investigación cualitativa, a partir del análisis de algunas transiciones significativas que se evidencian hoy en dicho campo. Lo hace en cuatro movimientos: pluralidad, diálogo, rigor y expresividad, como ejes de una analogía entre la investigación cualitativa y el jazz, que combina escritura personal e intertextualidad. Se recomienda escuchar la discografía mínima indicada al final.

Palabras clave: investigación cualitativa, pluralidad, diálogo, rigor, expresividad, epistemología, metodología.

Resumo

Abstract

This article aims to contribute to the understanding of the future challenges of the qualitative research, from the analysis of some significant transitions which may be observed today in that field. It does so, through four movements: plurality, dialogue, rigor and expressivity, like axis of an analogy between the qualitative research and the jazz music. This analogy combines personal writing and intertextuality. It is recommended to listen to the minimum discography indicated at the end.


Para mí, la humanidad existe en un nivel múltiple, no sólo en un nivel bidimensional, no solo para tener que identificarse con lo que haces y dices… Por ello es que siempre he buscado músicos que toquen conmigo: en un nivel múltiple. No deseo que ellos me sigan. Deseo que se sigan a sí mismos, pero que estén con migo. Ornette Coleman, creador jazzístico
(Jarret, 1987)

Retado por el compromiso de escribir el primer artículo de este número monográfico, fueron muchas las horas dedicadas a recordar los modos de implicación y reflexión personal en diversos proyectos de investigación cualitativa; a leer las ediciones más recientes de los más importantes journals sobre el tema; a consultar las insoslayables “biblias”: las voluminosas compilaciones de Delgado y Gutiérrez (1999), en español, y de Denzin y Lincoln en inglés (2000); y, claro, a llenar numerosas páginas con notas propias y ajenas. Con todo ello, no había podido llegar, empero, al punto de escritura: no a la victoria sobre la angustia de la pantalla en blanco, que considero anterior, sino a ese momento gozoso e incluso frenético cuando se encuentra una clave de escritura que empieza a hacer fluir lo que un segundo atrás era una maraña de ideas.

Y entonces descubrí la cara inédita de una congestión de tránsito en Bogotá: su potencial creativo. Mientras le daba vueltas y vueltas al asunto en un bus que avanzaba de vez en cuando un metro, la no esperada pieza de jazz que sonó en la emisora con sus solos de piano y de saxo tenor, y la admiración que me causa la empatía, la flexibilidad, la creatividad y el acuerdo colectivos que demandan la improvisación (dinámica que supuse en la pieza), me hicieron caer en la cuenta de que la investigación cualitativa y el jazz son muy similares, y que su analogía puede servir de clave para ejecutar una serie de variaciones no sobre el estado del arte de la primera, labor que un artículo siempre haría peor que las “biblias”, sino sobre los desafíos predominantes que se coligen en su porvenir.

Pluralidad

Blues melancólico, ragtime saltarín, bebop rápido, cool jazz lírico, free jazz libertario, jazz fusión multicultural, jazz-rock eléctrico, e-jazz electrónico. Algunas corrientes del jazz, y aquí obviamente no están todas, son tan divergentes entre sí, incluso en el número de compases y en la resolución de los contratiempos, que el nombre genérico en singular parece tener más el carácter de convención cómoda para el entendimiento, que alusión pertinente de complejidad.

Lo propio sucede con el término de investigación cualitativa. Congregadas a veces tan sólo en la oposición al positivismo y a los modelos cuantitativos de indagación, las corrientes de la investigación cualitativa se desglosan en caminos epistémicometodológicos de muy diverso tipo en los que se han incluido análisis de contenido, etnografía, estudio de caso, teoría fundamentada, fenomenología, estudios culturales, hermenéutica, interpretativismo, contextualismo, observación participante, análisis del discurso, entrevistas en profundidad, historia oral, grupos focales, socioanálisis… las denominaciones se multiplican en principio sin limitación, ante lo cual surge como reacción el intento de hallar un mínimo común denominador y, en últimas, de preguntarse, en forma similar, si estamos hablando de estilos de una misma música o si es mejor pensarlas como músicas simplemente distintas.

Denzin y Lincoln se ocupan de este punto cuando parafrasean un intento de definición de los estudios culturales por parte de Nelson, Treichler y Grossberg (1992), con el fin de adoptar no una noción esencial sino operativa de la investigación cualitativa como “un campo interdisciplinario, transdisciplinario y algunas veces contradisciplinario, que cruza las humanidades y las ciencias sociales y físicas. Muchas cosas al mismo tiempo son investigación cualitativa. Ella es multiparadigmática en su foco y sus practicantes son sensibles al valor de un abordaje multimetódico” (Denzin y Lincoln, 2000: 7).

Como los investigadores no necesariamente hallan tranquilidad, mucho menos coherencia, con una simple declaración conformista frente a la diversidad, se impone la pregunta acerca de las implicaciones de asumirla respecto de la conceptualización general del campo y el desarrollo de proyectos concretos. Un camino, común a numerosos autores, es intentar discriminar en niveles las unidades referenciales de las distintas denominaciones. Delgado y Gutiérrez (1999) distinguen entre perspectivas metodológicas de investigación en ciencias sociales (cuantitativa y cualitativa), técnicas y prácticas de investigación específicas y metodologías de análisis del discurso e interpretación. Denzin y Lincoln (2000) diferencian paradigmas y perspectivas (interpretativismo, hermenéutica, construccionismo social, feminismo, estudios culturales y teoría queer, entre otros), estrategias de indagación y métodos de recolección y análisis de información. Por su parte, Creswell (1998) hace una de las propuestas de carácter comprensivo más interesantes al contrastar cinco tradiciones de indagación: biografía, fenomenología, teoría fundamentada, etnografía y estudio de casos, mediante el detalle de la conceptualización y de las actividades específicas en seis fases de la investigación: perspectivas filosóficas o teóricas; introducción al estudio, incluyendo la formación del propósito y las preguntas de investigación; recolección de datos; análisis de datos; escritura del reporte; y estándares de calidad y verificación.

De fondo, lo que está en juego es una imbricación compleja entre niveles de la investigación y distintos planos de la realidad social. Conde (1995: 98), por ejemplo, plantea que “los diferentes niveles de la realidad social puestos de manifiesto por cada perspectiva son construidos parcialmente a la vez que son revelados y polarizados por cada perspectiva teórico-metodológica”. Y ello le sirve como base para cruzar los niveles de los hechos, de los discursos y de los procesos motivacionales con las operaciones epistemológicas que los originan, los espacios substratos correspondientes, las metodologías de operación y las formas específicas de elaboración metodológica virtuales o posibles en cada espacio.

Sin que la finalidad contemporánea de la investigación cualitativa sea llegar a modelos “puros” de abordaje –labor imposible en razón de su carácter arbitrario en tanto construcción social y, aún más, inútil–, el ordenamiento vertical de relación entre disciplina, enfoque, método y técnica, digamos en vía de ejemplo antropología, émico/ético, etnografía y observación participante, respectivamente, tiene para algunos autores la ventaja de identificar las líneas de continuidad y entender que, en el cambio de cualquiera de sus unidades con las correspondientes a otro ordenamiento vertical lo único que se trasmuta no es la unidad específica, sino el conjunto. Ilustrémoslo de este modo: si se quiere periodizar la trayectoria vital de un personaje con el cual se haya hecho un seguimiento etnográfico de observación, conversaciones informales y entrevistas en profundidad, no resulta de allí una etnografía prístina, pues la técnica de periodización –heredera del ordenamiento historia, memoria, reconstrucción, como disciplina, enfoque y método en su línea de continuidad–, llega allí a comprobar el carácter liminar difuso de los ordenamientos y construye uno nuevo.

Todas estas posibilidades apelan a la utilidad de mantener en los tiempos del cross over, un sentido de alerta permanente, una reflexividad epistémico-metodológica, no con el fin de fungir como centinela de la ortodoxia, sino para entender plenamente las implicaciones de los ensambles y de los senderos distintos que abren. En forma similar, se esperaría de una banda de latin-jazz, no que divida entre sus integrantes o se alterne como conjunto un poco de salsa y un poco de jazz, sino que domine la nueva propuesta sonora como un todo integrado; más que una oscilación entre músicas, el jazz fusión es, en general, un conjunto de músicas nuevas.

Diálogo

Si bien algunas de las corrientes del jazz han sido seguidoras canónicas de las partituras, como por ejemplo las grandes orquestas de Duke Ellington, Count Basie y Benny Goodman, entre otras, creadoras de la era del swing en los años 30 y 40, ellas mismas abrieron el espacio para la improvisación de instrumentos solistas y de voces – Ella Fitzgerald en primer lugar–. A finales de los años 50, no obstante, Ornette Coleman, un joven negro de Texas fue acusado de asesinar el jazz, pues los puristas no entendieron su idea de agregar libertad a la libertad vigilada de la música mediante nuevas formas de improvisación. Retó los moldes de la métrica, la armonía y la melodía e impulsó la autonomía de los músicos para que exploraran por su cuenta atendiendo a una especie de comunidad emocional. Su intento alcanzó un punto de paroxismo con sus discos The Shape of Jazz to Come (1959) y Free jazz (1960); este último dio el nombre para el nuevo movimiento de la libertad, que operó como espacio favorable para un nuevo auge de las reivindicaciones étnicas a través de la música y en el que descollaron figuras como John Coltrane (Ascension, 1965) y Cecil Taylor (Conquistador, 1965).

Con base tan solo en algunas líneas melódicas o armónicas acordadas, se puede decir que las bandas de free jazz componen mientras ejecutan y dependen para ello no sólo de una sensibilidad y un ejercicio del diálogo concurrente que van resolviendo la pieza, sino que también están atentas a las curvas de la fruición que producen en el auditorio. Esa misma dinámica se adivina como camino potente hoy en la investigación cualitativa: una atención radical a la relación comunicativa entre todos los participantes, incluyendo el investigador, los llamados “sujetos” y las audiencias, en el desarrollo de un proceso investigativo que se informa teórica o metodológicamente para constituir sus puntos de partida, pero que se define básicamente por la dinámica colectiva de creación, que se enfrenta a la improvisación y que debe desarrollar estrategias para ser sensible a la misma.

Con ello, la historia de los cambios de las posiciones del investigador: de un sujeto absoluto (en relación unidireccional frente al “objeto” investigado) a un sujeto relativo (con una influencia interdependiente entre el “sujeto” y el “objeto”) y de éste a un sujeto intersubjetivo (que reconoce un diálogo entre sujetos en el proceso de producción del conocimiento), sintetizada por Cubides y Durán (2002) a partir de una propuesta de Ibáñez (1994), se tensa aún más pues el reconocimiento de la intersubjetividad en la investigación como modelo más o menos formal y discreto –en el sentido de que en muchas ocasiones se circunscribe a ser una declaración políticamente correcta y alude básicamente a una relación entre dos–, se supera mediante una vivencia intersubjetiva real, que por demás abre el espacio a una proliferación de sujetos.

Una línea de análisis se dirige, por ejemplo, a ocuparse del orden moral que se establece en la investigación cualitativa entendida como “una serie de procesos dialógicos interconectados y mutuamente influenciados” (Russell y Kelly, 2002). Ello lleva a la consideración de variados elementos como selección equitativa de los sujetos, proporción favorable del riesgo-beneficio, condiciones de diálogo auténtico, evaluación independiente, y consentimiento informado y respeto para con los participantes, incluyendo la protección de su confidencialidad y su privacidad.

Allí se escenifica el desplazamiento de una ética centrada en el investigador –con temas tradicionales como sus modos y niveles de implicación en las actividades de las comunidades abordadas, su incursión o no en acciones en la frontera de los códigos morales o penales y la disyuntiva entre presencia manifiesta o camuflaje– a una ética dialógica, comunicativa, entre todos los involucrados.

De esta postura emerge una reflexión particular sobre las implicaciones políticas de tal modelo comunicativo de la investigación, al considerar el juego de determinaciones de las relaciones de poder dentro de los procesos dialógicos referidos. Así, a la preocupación tradicional por el valor científico y social de la investigación –que desde una demanda de cientificidad puede analizarse como pertinencia–, se han adicionado como temas significativos los aspectos teleológicos de la investigación cualitativa –como la tensión entre los alcances descriptivos, explicativos y de acción política–, la asunción del (la) investigador(a) como agente político y la definición concurrente de la investigación cualitativa como una forma de agenciamiento político. Así mismo, resulta pertinente analizar en los procesos investigativos específicos las influencias políticas provenientes de las tradiciones disciplinarias y de los sistemas de retribución y sanción de los contextos de trabajo (Cushman, 1995), así como las que se derivan de las creencias políticas más amplias que subyacen al proceso investigativo y a sus hallazgos. Ello ha llevado a algunos autores a proponer para cada paso del proceso investigativo el mantenimiento de la cuestión crítica “¿quién se beneficia?” (Bohan y Russell, 1999) y la inclusión manifiesta de las configuraciones políticas propias como una parte natural e inevitable de las inquietudes de investigación, por medio de la cual “se tiende a cerrar la brecha entre lo personal y lo político, entre el conocedor y lo conocido, y entre los investigadores y aquellos que una vez pensamos como sujetos y que ahora entendemos como nuestros cocreadores” (Russell y Kelly, 2002).

En la misma vía, se renueva el sentido de la reflexión sobre el lugar del investigador dentro de la retícula relacional. De allí el desarrollo del concepto de posicionalidad y su vínculo con los conceptos de subjetividad y reflexividad. La posicionalidad es una palabra útil para aludir a las autodefiniciones de las personas “no en términos de identidades fijas, sino por su ubicación dentro de las redes móviles de relaciones, las cuales pueden ser analizadas y transformadas” (Maher y Tetreault, 1994: 164) o puede también entenderse como “la posición específica del conocedor en cualquier contexto, definida por la raza, el género, la clase social y otras dimensiones significativas” (Maher y Tetreault, 1994: 22). Usando un concepto de Ernesto Laclau (1995), se podría decir que las posiciones de sujeto del investigador no son atributos esenciales, sino sus modos de inscripción en redes discursivas y conversacionales.

Otros investigadores han redimensionado el análisis de la reflexividad y la subjetividad con base en la idea del conocimiento encarnado. Inspirada en los conceptos de Merleau-Ponty (1962) de la acción encarnada, esta perspectiva propone que el conocimiento emerge colectivamente a través del involucramiento en acciones conjuntas.

Tal insubstancialidad, en el sentido de que el conocimiento y el aprendizaje no se encuentran localizados en un cuerpo, sino en el cambiante movimiento de la experiencia, conduce a nuevas posibilidades sobre cómo pueden los investigadores percibir, interpretar, investigar e interactuar dentro del mundo.

En suma, si asumimos en serio una perspectiva dialógica, la creación de conocimiento a partir de la investigación cualitativa, así como la creación del jazz, pueden pensarse cada vez menos como el encuentro jerárquico entre un virtuoso, algunos ejecutantes que lo acompañan y una audiencia presta a aplaudir o a chiflar, y mucho más como una empresa colectiva en la que son esenciales tanto las finalidades como las relaciones que hacen posible lograrlas.

Rigor

Como la urdimbre de las combinaciones o de la improvisación es sin duda un terreno riesgoso, resulta fundamental que se pueda discernir el buen jazz del malo y que incluso los críticos puedan basar sus reseñas en argumentos sólidos, no obstante su tantas veces denostado oficio.

Tal demanda es similar para la investigación cualitativa, campo en el cual algunos confundidos han pretendido oponer una idea de rigor asociada a la perspectiva cuantitativa de investigación versus un supuesto todo vale referido a la perspectiva cualitativa. Si bien el carácter equívoco de tal escisión puede probarse en forma simple mediante la evidencia fáctica cotidiana que nos revela la complejidad y la responsabilidad social de los procesos cualitativos de investigación, no sobra reconocer el creciente cuerpo crítico que se ocupa del rigor indispensable en ambas perspectivas y que relativiza su supuesta oposición mediante propuestas complejas de relacionamiento. Una de ellas es su complementación por deficiencia a través de un modelo de escalera de institucionalización/reificación de lo real, que parte de reconocer su carácter multidimensional; una segunda, cercana a la anterior, es una gradación discontinua en la que se analizan en detalle los planos intermedios de la progresiva estabilización de los fenómenos sociales (Conde, 1995); una tercera es la reconstrucción genealógica de la dicotomía y de sus enfoques extremos, como base argumental a favor de un eclecticismo metodológico, que no deviene caos sino articulación mediante principios específicos de acción investigativa (Roberts, 2002).

No obstante, el tema del rigor va mucho más allá del contraste entre perspectivas. Hoy asistimos a un debate plural y profundo sobre la pertinencia de los indicadores que desde los años 80 se propusieron en torno al estatus de cientificidad, como la calidad y la confianza (Guba y Lincoln, 1989), y que se planteaban como alternativos a la confiabilidad y la validez, señalados no en pocas ocasiones como inadecuados por su asociación histórica con el positivismo.

El debate se centra en el carácter post hoc preponderante de los indicadores alternativos, pues concurre con un debilitamiento de los modos para asegurar el rigor durante la investigación misma. Por ello se ha propuesto recuperar los indicadores tradicionales de confiabilidad y validez, tanto interna como externa, o dotarlos de nuevos sentidos. Así mismo, se han diseñado tópicos y modos específicos de verificación (Morse et al., 2002), contando entre los primeros la coherencia metodológica, la suficiencia del muestreo, la relación dinámica entre el muestreo, la recolección de datos y el análisis, y la capacidad de desarrollo de teoría; entre los segundos, los chequeos y grupos de control, el retorno constante a los datos, el análisis de casos negativos, la corroboración estructural y los procedimientos de fractura de reglas.

Alguien podría pensar que la analogía con el jazz contiene aspectos contrarios a la demanda de cientificidad de la investigación cualitativa, pero no hay tal. No sólo porque incluso en la corriente del free jazz hay constructos culturales sobre la música y la escucha que se ponen en juego en el momento de la improvisación, sino también porque allí se registra una dependencia tanto de la calidad del diálogo como de las finalidades del acto de creación. Esta dimensión dual de azar y rigor del free jazz ha sido extrapolada por Elizabeth Sánchez (1997) a las propuestas literarias a veces incomprendidas de Italo Calvino y, en palabras del novelista francés Georg Perec (1995), se constituye en una clave importante para el conjunto de la estética contemporánea. En su opinión, la creación se ve amenazada cuando se piensa en forma polar como determinada o como aleatoria. La vía es el vínculo entre coacción y libertad, que perfectamente sirve para designar la complejidad de la investigación cualitativa.

Expresividad

Es importante aclarar, sin embargo, que en el jazz o en la investigación cualitativa la creación no se refiere únicamente al proceso creativo, valga la redundancia, sino a las diversas formas de exposición de lo creado y a la valoración social de las mismas. En tal sentido, falta por recorrer un buen trecho de ensayo, imaginación y validación de las formas expresivas que corresponderían a asumir el diálogo como principio medular de la investigación cualitativa.

Algunas de las definiciones necesarias tienen que ver con la representación del diálogo en los diversos tipos de escritura, en relación con los balances de reconocimiento, modos de citación, autoría y responsabilidad sobre productos del conjunto de los participantes. Adicionalmente, para algunos autores es importante preguntarse por el tipo y el papel de las audiencias de los productos de la investigación cualitativa, entendiendo que éstas son también un factor determinante en las formas de codificación del proceso investigativo (Denzin y Lincoln, 2000).

Una propuesta de parámetros para garantizar el rigor tanto en el proceso como en el producto y asegurar la calidad narrativa de este último (Smaling, 2002), detalla procedimientos específicos para satisfacer varias reglas de construcción de un diálogo argumentativo, como evitar otras clases de diálogo, prever algunas etapas, esforzarse por mantener relaciones dialógicas, hacer una buena elección si se requiere de un moderador, establecer desde el inicio el modo de toma de las decisiones finales, asegurar el cumplimiento de obligaciones de cada participante, actuar en forma cooperativa y evitar las falacias.

No obstante, el desafío va mucho más allá de una enunciación normativa. El diálogo adquiere sentidos diversos, en razón de la inscripción dentro de las corrientes analíticas en la investigación, sean estas de tipo causal, perseverantes en la asociación entre conceptos y hechos, herederas de la crisis de los abordajes representacionales de la mente o del lenguaje o aquellas que de manera decidida se olvidan de los hechos y pasan a analizar discursos o textos, asumiendo que la realidad es lenguaje.

En relación justamente con los conceptos cambiantes de realidad y de verdad, se otea en el horizonte una profundización expresiva de la reflexividad, la existencia de múltiples voces, los estilos literarios y la performancia (Gergen y Gergen, 2000). Si se hace un reconocimiento de la interacción de la reflexividad con la subjetividad y la posicionalidad, por ejemplo, ello conduce a incluir en el relato formas de autoexposición del investigador, de establecimiento de los niveles de saturación personal en la indagación, de evidenciación de la naturaleza situada del conocimiento y de abordaje de los influjos mutuos entre la confrontación del mundo y del sí mismo.

La polivocalidad, por su parte, se esboza mucho más densa que la simple incorporación de variadas voces y sus modos de inclusión, énfasis e integración. Es necesario resolver, por ejemplo, si de lo que se trata es de lograr una interpretación densa del mundo, que persigue la coherencia en medio de la diversidad, o si la osadía llega a valorar relatos de la incoherencia, la incertidumbre y el conflicto.

Si bien los estilos literarios, entre tanto, han surgido como reacción al discurso realista tradicional en la investigación cualitativa, hoy se entienden como determinantes no sólo de su forma, sino de su propia epistemología. En ese marco y sin desconocer justamente el debate de cientificidad que suscita el uso de los diarios personales, la ficción, la poesía o la invención autobiográfica de los participantes, para nombrar apenas algunos estilos, éstos se orientan al logro de una alta comunicabilidad con la audiencia, que tiende a verse hoy como condición sine qua non de la investigación en razón de su costo y de su compromiso sociales. No obstante, si esa fuera su única finalidad su estatus sería apenas el de estrategia retórica más o menos efectiva; de fondo, hay un posicionamiento alternativo a la idea del relato como mapa del mundo para incursionar de manera decidida en su asunción como actividad interpretativa motivante dentro de una comunidad compleja de interlocutores.

Finalmente, la performancia como práctica y como resultado de investigación se orienta a entender que el debate entre los hechos y la ficción es un asunto típico de la tradición textual escrita y que el momento señala la pertinencia de entender, valorar y apropiar otros lenguajes estéticos, audiovisuales e informáticos no sólo como apoyos o productos complementarios de lo escrito –quizás su primer uso–, sino como modos distintos de investigación/ formación respecto de problemáticas específicas. Desde tal marco comprensivo, se entiende por qué el nexo de la investigación cualitativa con las nuevas tecnologías no se agota en la potencialidad de estas últimas para refinar los modos de recolección y análisis de información, por ejemplo a través de paquetes informáticos especializados; incluye, por supuesto, la pregunta por el papel y los modos de la investigación dentro de la sociedad de la información y de la cibersociedad.

La performancia en el vasto conjunto de la expresión comunicativa posibilita, de otra parte, nuevas e inmensas posibilidades de presencia e interpretación activa tanto de los participantes como de las comunidades de recepción de las investigaciones.

Con este panorama, se entiende por qué es precario pensar la expresividad hoy como un simple plus de recambio de formatos. Tal vez nos hallamos ante un paso trascendente en el proceso de erosión de las fronteras entre la mismidad y la otredad, el adentro y el afuera, el investigador y lo investigado, los performantes y las audiencias.

Aquí también el jazz brinda una potente imagen de nuevos diálogos con nuevos lenguajes. Tal búsqueda es la que se vislumbra en músicos a la vanguardia de la experimentación en el encabalgamiento de los cánones musicales, las máquinas y el carácter multicultural de las sociedades contemporáneas, que se da dentro del jazz electrónico, conocido también como nu-jazz o e-jazz. Laurent de Wilde, músico joven de ascendencia francesa nacido en Nueva York y graduado en filosofía, define la búsqueda como “la unión imposible entre lo que me fascina desde siempre y lo que todavía no conozco” (Maillot, 2002).

Síncopa de futuro

Siendo el jazz quizás la música sincopada por excelencia, dicho carácter nos sirve como idea para reagrupar las cuatro variaciones sobre la investigación cualitativa presentadas atrás y postularlas de manera conjunta como una gran síncopa. La prospección general, el ritmo a contratiempo, que allí se percibe es el juego de fuerzas entre lo que está y lo que se advierte venir, como lo define la búsqueda de De Wilde en el jazz, entendiendo, por supuesto, que ni la pluralidad de la investigación cualitativa ni la de esta música, ya referidas, permiten su operación como secuencia, como reemplazo; más bien como simultaneidad, como encabalgamiento. En otras palabras, la síncopa que aquí se arriesga es una proyección del curso de la investigación cualitativa que estamos lejos de preconizar como camino unívoco o necesario, mucho menos excluyente; su potencialidad es la de convertirse en referente significativo en medio de la segura coexistencia de variados cursos de acción teórica y metodológica.

En la síncopa se percibe, entonces, el contrapunto de una investigación investigador-céntrica, si se permite el término y la redundancia, a una intersubjetiva formal y de ésta a una intersubjetiva plena. Las dos últimas implican, por demás, el paso del reconocimiento del diálogo como característica de la investigación a la vivencia decidida del mismo asumido como postura fuerte o radical, lo cual demanda ocuparse del detalle de las hondas repercusiones éticas, políticas, epistemológicas, metodológicas y narrativas que ello supone.

En tales dimensiones y en el conjunto, ello exige dejar atrás la reflexividad como autocontrol ético y procedimental de un yo individual (que desde luego guarda relación con la crisis del sujeto moderno), para asumirla como apuesta y práctica necesaria antes, durante y después de los procesos investigativos y también en relación con las estrategias comunicacionales de los resultados, por medio de la cual la retícula relacional de sujetos en proliferación puede pensarse a sí misma.

También se hace necesario un cambio decidido en la postura epistemológica, que bien puede expresarse como el tiempo fuerte en el compás de lo enactivo. La enacción proviene del verbo inglés to enact, que significa actuar, desempeñar un papel. Particularmente desarrollada a partir de los trabajos investigativos del biólogo Francisco Varela, la enacción se convierte en un nuevo paradigma para el conjunto de las ciencias cognitivas, a partir de la idea de que el conocimiento es acción situada en el mundo y no representación del mismo. Y agrego, a riesgo de sonar reiterativo, acción colectiva.

La dinámica de cambio no es pues para nada anodina. Los ejes de pluralidad, diálogo, rigor y expresividad, y otros que pueden examinarse, hacen pensar que la ejecución, como ha llegado a denominarse también la enacción, que se abre paso en la investigación cualitativa es de un tipo sustantivamente distinto.

Y si hablamos de ejecución, ello nos hace retornar sin remedio al símil. La renovación de la sinergia creativa, productiva, sea de musicalidad, sea de saber, se representa bien en el título de uno de los álbumes más recientes de De Wilde, a la manera de demarcación compleja de advenimiento, de porvenir, que enfrenta no sólo el jazz sino la investigación cualitativa: Time 4 Change (2002).


Citas

1 Idea también relativa, como lo exploran los artículos de Carlos Vasco, Rebeca Mejía y Carl Langebaek, sobre el debate cuanti-cualitativo.

2 Junto con la historia de vida, la investigación- acción participación y la investigación clínica, estas cinco tradiciones de indagación reciben el nombre de estrategias de indagación en la propuesta de Denzin y Lincoln (2000).

3 Aquí se hace apenas una mención de paso a dicho componente, por haberse desarrollado en extenso en el apartado monográfico de Nómadas 17 (octubre de 2002), referido a Investigación y transformaciones sociales.

4 Ver artículos de Erika Jaillier y Eva Muchinik.

5 Así lo demuestran los artículos de Rocío Rueda, Lluis Ballester y Javier Echeverría.

6 Una síncopa es el enlace de dos sonidos iguales, de los cuales el primero se halla en la parte débil del compás y el segundo en el fuerte. Toda sucesión de notas sincopadas desarrolla un movimiento contrario al orden natural, va a contratiempo.


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