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Magdalena León Gómez: una vida consagrada a tender puentes entre las mujeres, el conocimiento y la acción

Magdalena León Gómez: uma vida consagrada à construção de pontes entre mulheres, conhecimento e ação

Magdalena León Gómez: a life consecrated to building bridges between women, knowledge and action

Lya Yaneth Fuentes Vásquez**


* Este artículo se hace con base en una entrevista realizada a Magdalena León en marzo de 2003 en Bogotá, así como en la bibliografía revisada. Agradezco los comentarios y aportes de María Cristina Laverde Toscano, Carlos Iván García, Nayibe Peña, Ana Isabel Arenas, Hercelayde Conde y Donny Meertens.

** Socióloga, Universidad Nacional de Colombia


Al cerrar el siglo, cuando se elaboró la bibliografía para la revista En Otras Palabras: Mujeres que escribieron el siglo XX. Construcción del feminismo en Colombia, fue notoria la escasez de los géneros biográficos y autobiográficos, así como de estudios históricos que dieran cuenta de la vida y obra de las mujeres que dejaron su huella en la política, el arte, la educación, la ciencia y la cultura. Dentro de este grupo, reconocida en el siglo XX por su aporte a la investigación social y al movimiento de mujeres, sobresale Magdalena León, socióloga y feminista santandereana.

En Colombia la educación y la investigación científica presentan varias décadas de atraso, son contadas las personas que logran descollar en los ámbitos nacional e internacional, más aún si se trata de mujeres investigadoras y científicas. De allí la necesidad de reconocer y hacer visible la vida y la obra de Magdalena León. Un recuento breve de sus principales logros nos puede dar una idea de la importancia y significación de su trabajo de investigación tanto para la ciencia social como para los estudios de la mujer y las relaciones de género en el país y en América Latina.1

El pasado 28 de marzo en Dallas, en el marco del XXIV Congreso Internacional de la Asociación de Estudios Latinoamericanos –LASA–, Magdalena León obtuvo el premio Bryce Wood Book Award, LASA 2003, al mejor libro, Empowering Women: Land and Property Rights in Latin America, escrito en coautoría con Carmen Diana Deere2. En el 2002, la misma obra ganó el premio Best Book Prize of NECLAS, The New England Council on Latin American Studies. La Asociación Colombiana para el Avance de la Ciencia le otorgó en el año 2000 el Premio Nacional al Mérito Científico en la categoría de Investigador de Excelencia. En 1999 la Universidad Nacional de Colombia le confirió la Medalla del Mérito Universitario por su trabajo en la docencia, la investigación y en extensión. Por último, en el mismo año, con motivo de la conmemoración del 8 de marzo, la Cámara de Representantes le concedió la Orden Policarpa Salavarrieta por su trabajo investigativo en el campo de mujer y género.

En diálogo abierto, Magdalena nos habló de su infancia, sus recuerdos familiares, su vida escolar y universitaria y de su experiencia como investigadora acuciosa, interesada en conocer y cambiar la problemática de las mujeres y su situación de subordinación.

Su obra es ejemplo de una vida intensa y asumida a plenitud.

Recuerdos de una infancia tranquila y feliz

Magdalena nació el 30 de junio de 1939 en Barichara, Santander, un pueblo “lindo y pequeño que hoy es patrimonio de la humanidad”. Es la quinta de nueve hermanos, siete mujeres y dos hombres, integrantes de una familia en la que cada nacimiento casi que exigía el traslado a una nueva casa. Hija de un comerciante liberal, dueño de un almacén de telas, cintas y adornos, tuvo la fortuna de contar con dos madres y por tanto con “doble afecto y doble cuidado”, los que le prodigaron la mamita Lola y la tía Tata, quien apoyaba a su hermana en la crianza y cuidado de sus numerosos sobrinas y sobrinos.

Dos evocaciones surgen en medio de una primera infancia, grata, tranquila y feliz. La primera relacionada con la vida y la segunda con la muerte: “Recuerdo –cuenta Magdalena– cuando mi hermana mayor tuvo su primer hijo. Ese día en el colegio las monjas no nos mandaron a almorzar porque el niño nació en la casa y tenían que demorar nuestro regreso. Las monjas nos consintieron y jamás olvido el jugo de piña que nos dieron pues en mi vida lo había probado, seguramente porque debía cernirse en cedazo y su preparación resultaba complicada; de cualquier manera, me pareció delicioso. Luego, llegamos a la casa y vimos a mi hermana y al bebé, no terminaba de entender que me felicitaran por ser tía”.

El otro recuerdo “muy fuerte” que persiste y reaparece en sus sueños es un funeral que salía de la iglesia de Barichara para el cementerio, ubicado a dos o tres cuadras. Eran entre ocho y doce cajones, con gente que habían asesinado la noche anterior, como parte de la violencia que ya desde entonces estremecía al país. El pueblo fue amenazado y su padre y hermanos mayores tuvieron que emigrar a Bucaramanga; poco tiempo después Magdalena, entonces de siete años, se trasladó con el resto de su familia a la ciudad. Comenzó el tercer año de primaria en el colegio de las monjas franciscanas y allí mismo se graduó como bachiller. La vida escolar transcurrió alegre y feliz, sin los “traumas y problemas” que sufren muchas personas que se educan en ambientes religiosos. Eso sí, Magdalena reaccionó con rebeldía cuando por su notorio liderazgo las monjas trataron de aleccionarla para que escogiera la vida religiosa. Una cosa era ser la presidenta de la Acción Católica en tercero de bachillerato, participar en la Cruzada Eucarística y asistir a misa, y otra bien distinta convertirse en monja.

En general, en los años cuarenta y cincuenta, ni el ambiente familiar ni el escolar estimularon de manera especial su futura vocación como investigadora ni su compromiso con las mujeres. En su casa no había muchos libros. Sin embargo, a pesar del énfasis religioso de la educación, de las clases de costura y de la pobreza franciscana de los laboratorios y experimentos del colegio, los curas y capellanes, intelectualmente más despiertos, llevaban a las estudiantes a pensar temas de carácter social. Con su compañera Aída Martínez, hoy historiadora consagrada, plasmaban sus inquietudes literarias y sus preocupaciones sociales en los periódicos murales que pegaban en las paredes del colegio.

En plena adolescencia, al empezar el quinto de bachillerato, llegó al colegio Monserrat Ordóñez. Ella era “una persona que para mí venía de otro mundo. Había sido educada en Barcelona y traía una biblioteca frente a la cual casi me muero. Fuera de que hablaba distinto porque tenía acento español, decía cosas diferentes a las que decíamos todas nosotras, que éramos bastante provincianas. Eso a mí me produjo una gran impresión”. En esta época no solo empezó su amistad con Monserrat, la futura literata, quien también sería una de las mujeres que escribieron el siglo XX, sino que comenzó la relación de Magdalena con los libros, las bibliotecas y su pasión por el conocimiento. Al finalizar el bachillerato, la biblioteca del político santandereano Alfonso Gómez Gómez también estuvo a su disposición.

Formación universitaria: “Resolví quedarme con el estatus y el rol y dejar la oferta y la demanda”

Los padres de Magdalena, a diferencia de los de otras compañeras de su colegio, no se opusieron a su deseo de seguir estudiando en Bogotá, al contrario, le brindaron apoyo total. Así, en compañía de su hermano mayor que había estudiado medicina, conoció la que sería su alma mater: la Universidad Nacional de Colombia. De pequeña había soñado con ser torera; más tarde, por el modelo que representaba su hermano mayor, quiso estudiar medicina. Al final se decidió por la economía; aconsejada por su hermano aceptó que la medicina no era una carrera para ella.

Para ese entonces, en 1959, siendo estudiante regular de economía, Magdalena fue “reclutada” por Orlando Fals Borda y Camilo Torres. Ellos pasaron por economía, derecho, arquitectura y casi por todas las carreras de la Universidad, convenciendo a los estudiantes para que ingresaran a la primera promoción de sociología, carrera recién fundada en la Universidad Nacional. Luego de dos semestres de estudiar de manera simultánea las dos disciplinas, resolvió quedarse con “el estatus y el rol y dejar la oferta y la demanda”.

Si bien esta fue una época de rupturas y cambios sustanciales, ni el paso de la provincia a la capital, del colegio religioso y femenino a la universidad laica y mixta, ni la salida del seno del hogar paterno a vivir con la familia de su hermano en Bogotá, le ocasionaron a Magdalena grandes traumas o conflictos. En contraste con las advertencias que le hiciera una de las monjas del colegio en una carta en la cual le decía: “ahora que estás en el mar tormentoso de la vida”, a Magdalena su nueva vida universitaria le parecía “la delicia más grande del mundo”. El grupo de compañeros formado por cuatro mujeres y unos doce o trece hombres estaba liderado por Fals, Torres y Andrew Pierce. Después aparecieron otras personas como Virginia Gutiérrez de Pineda. “Éramos bastante niñitos e inmaduros. Nos sentíamos haciendo patria y convencidos de que íbamos a transformar el mundo. El entusiasmo era increíble. Como no había biblioteca íbamos a leer a la casa de Orlando una noche a la semana o cada quince días, su biblioteca era una maravilla. Resultaban tan ricos los libros como los postres que nos ofrecía doña María, la mamá de Orlando. Éramos como una gran familia”.

Con esa gran familia tomó los cursos de sociología rural que dictaba Fals Borda y que incluían el trabajo y las salidas de campo para conocer y transformar la realidad. Con Camilo Torres hizo los cursos de metodología y las salidas a los barrios pobres de Bogotá. Con Virginia Gutiérrez de Pineda –quien realizaba en esa época la investigación pionera sobre la familia en Colombia– se aproximó a la antropología de la familia.

En la obra de Magdalena León se pueden apreciar la visión y la talla de los fundadores de la sociología en Colombia, estos dejaron huellas profundas en las primeras generaciones de sociólogos. El reto era inmenso porque se trataba de pasar de una sociología retórica, discursiva y ensayística, herencia de Luis López de Mesa, a una disciplina cuyo sustento directo fueran la realidad empírica, el trabajo de campo, la encuesta, la sistematización y el análisis del dato. En este sentido, había que conocer y trabajar la realidad nacional y el contexto inmediato. Más adelante y como parte del proceso, se darían cuenta de que ese contexto no era solamente Colombia y lo que ella representaba, sino que el país hacía parte de América Latina y del Tercer Mundo.

Al comparar sus años de estudiante, entre 1959 y 1962, con su experiencia como docente en los años noventa en la Universidad Nacional, Magdalena señala con preocupación la diferencia en la relación de los estudiantes y sus profesores: “nosotros con los profesores éramos amigos y no se daba esa separación que hoy existe. A mí me ha costado en la etapa actual ver al estudiante como alguien que está en el salón de clases y nada más, pues yo no fui formada de esa manera. Pienso que aquí hemos perdido mucho”.

En 1963 se graduó y viajó a estudiar una maestría en sociología en la Universidad de Washington, gracias a una beca de la Fundación Rockefeller otorgaba a los tres estudiantes con el mejor desempeño académico. Junto con Rodrigo Parra Sandoval y Guillermo Varela, sus compañeros de curso, se dedicó a estudiar inglés a “sangre y fuego” y a conocer Nueva York que “era como estar en otro mundo. Allí me pasó algo especial: no conocía el mar y lo vine a ver por primera vez en Nueva York”. Fue una época de admiradores y “noviecitos”; a uno de ellos le tomaban el pelo con una canción que decía lloraba que daba pena por amor a Magdalena”. Aunque se enamoró de un compañero “gringo”, su compromiso con el país era tan fuerte que tomó la difícil decisión de retornar a Colombia. De regreso se vinculó como docente a la Universidad Nacional; dictaba el curso Estructuras de clases y estratificación social, de allí surgió su interés por el estudio de las clases medias, tema de su primera publicación: Las clases medias y la dependencia externa en Colombia (1971).

En la oficina que compartía con Rodrigo Parra en la universidad, conoció a Francisco Leal, quien en ese momento era estudiante de sociología y muy amigo de Parra. Al principio la relación fue de amistad y compañerismo, pero casi sin darse cuenta, se convirtió en enamoramiento y como “la cosa estaba funcionando de otra manera” decidieron casarse en 1967, luego de un corto noviazgo. En un primer momento hicieron planes de viajar juntos a los Estados Unidos para hacer el doctorado. Sin embargo, con Claudia María su hija mayor recién nacida, la vida puso a Magdalena en una disyuntiva: escoger entre su deseo de ser madre otra vez y dedicarse a la crianza con tranquilidad o aceptar la beca de estudios que le ofrecieron para hacer el doctorado. La decisión fue compartida con Pacho: “Deseábamos más hijos/as, pero yo no quería hacer un doctorado y criar a los niños/as al mismo tiempo. Fui a EE.UU en otro plan. Tomé los cursos que quería estudiar en la Universidad de Wisconsin sin la camisa de fuerza del doctorado”. En esa época nació Marta Biviana, su segunda hija.

Paradójicamente, la opción por la maternidad y la crianza le dieron a Magdalena la oportunidad y el tiempo para pensar en sí misma y para hacer parte del grupo de mujeres latinoamericanas, muchas de ellas amas de casa que vivían en los apartamentos de la Universidad de Wisconsin como esposas de los estudiantes. Pero Magdalena no era “solamente una acompañante” como las otras, puesto que era profesora universitaria y además ya había vivido en los EE.UU cuando se ganó la primera beca de estudios. Por ese tiempo conoció a una feminista española que “sabía como iba el agua al molino” y le trasmitió sus vivencias como mujer. Además en las librerías descubrió muchos de los libros sobre las mujeres que empezaron a circular al final de los años 60 con el de Betty Friedman a la cabeza.

Pero no sólo era el boom del emergente movimiento feminista en Estados Unidos y Europa. Estaban en pleno furor el poder negro, los Beatles, el mayo francés del 68 y en América Latina causaban impacto la revolución chilena y el socialismo al poder con Salvador Allende. Quizá por estar viviendo a plenitud su maternidad o por el cúmulo de discursos que circulaban, Magdalena no tuvo contacto directo con el feminismo liberal, para ese momento radical, que se agitaba en aquella época. No sabía entonces que el feminismo y el trabajo por las mujeres llegarían a ser su opción profesional y laboral como investigadora. Fue sólo cuando regresó y buscó trabajo, que confrontó su deseo de comprender qué pasaba con las mujeres en Colombia.

“Y ahí quedó la vida”: investigación, mujeres y cambio social ¿Qué pasa con las mujeres urbanas en el país?

La elección del tema “objeto” de estudio, en el cual se le “quedó la vida”, fue más bien circunstancial: entre dos ofertas de trabajo Magdalena, sin pensarlo demasiado, escogió la propuesta que le hizo la Asociación Colombiana para el Estudio de la Población –ACEP–. En 19743 se vinculó al proyecto La participación de la mujer en los procesos de desarrollo económico y social en Colombia.

Bajo el influjo de los enfoques poblacionista y desarrollista, en esos años surgió el interés por investigar la posición de las mujeres en la sociedad colombiana. Así, con el supuesto de que los procesos de desarrollo mejoraban las condiciones de vida de las mujeres en las sociedades en tránsito hacia la modernización, la investigación se propuso establecer el grado de participación femenina en las áreas más importantes para el avance social y establecer los factores que promovían o impedían dicha participación.

El objetivo era incidir en la formulación de políticas orientadas a estimular el avance de las mujeres en los diferentes ámbitos de la sociedad.

Las áreas de trabajo de mayor relevancia se escogieron desde una lógica sectorial e institucional, se conformó un equipo interdisciplinario de investigación dirigido por Magdalena, entre sus integrantes se destacaban: Virginia Gutiérrez de Pineda, Cecilia López, Josefina Amézquita de Almeyda, Patricia Pinzón de Lewin, Hernando Ochoa y Dora Rothlisberger, entre otros.

El trabajo era ambicioso, pues la “preocupación radicaba en saber qué pasaba con las mujeres en Colombia. Cuando me enfrenté a la investigación con mis bases metodológicas, pensé que lo mejor era hacer un estudio urbano y no trabajar con el sector rural. Diseñamos entonces una muestra nacional urbana, que en ese momento parecía una misión imposible: una muestra nacional si acaso la podía hacer el DANE”. Hoy, después de casi treinta años, esta investigación, publicada en 1977 con el título de La mujer y el desarrollo en Colombia, se reconoce como el trabajo que inauguró, desde una perspectiva nacional, el tema de mujer y desarrollo en el país, tanto por su incidencia en el ámbito académico como por su impacto en la formulación de las políticas públicas.

¿Qué las mujeres rurales no son trabajadoras agrícolas?

Inmersa ya en el tema de mujer y desarrollo, en 1977 Magdalena propuso a la ACEP llevar a cabo una investigación sobre la participación y la posición de las mujeres en el sector rural. Como le había quedado la “espinita”: era necesario tener una visión de conjunto sobre el panorama nacional e indagar qué pasaba con las mujeres rurales. Se diseñó una muestra nacional y se seleccionaron cuatro regiones con diferentes grados de desarrollo capitalista. El marco teórico estableció tres niveles de análisis: la división internacional del trabajo en un escenario de relaciones de dependencia entre países desarrollados y subdesarrollados determinadas por las relaciones de producción y el capital internacional; la división social del trabajo en la cual se examinaron la incorporación de las formaciones sociales al proceso de acumulación del capitalismo mundial, sus vínculos con el capital nacional, las estructuras de producción y el mercadeo interno y la formación de las clases; por último, se estudió la división sexual del trabajo en el sistema de producción agrícola y en el interior de los hogares campesinos. La relación y la influencia de los dos primeros niveles sobre la división sexual del trabajo permitieron, a su vez, establecer las funciones que desempeñaban las mujeres rurales en la producción social y en la producción y reproducción doméstica.

Una de las conclusiones más sustantivas del estudio señala que la división sexual del trabajo, es decir, la participación de hombres y mujeres tanto en el mercado laboral como en los hogares campesinos, está determinada por el control y el acceso que se tenga a los medios de producción, los cuales se encuentran bajo el dominio y son propiedad de la clase hegemónica. Luego, los dueños de los medios de producción establecen las reglas de participación por sexo, tanto en términos económicos como ideológicos. En consecuencia, la división sexual del trabajo se explica como producto de la división social del trabajo y de las relaciones de producción propias del sistema capitalista.

Esta investigación, publicada con el título Mujer y capitalismo agrario: Estudio de cuatro regiones colombianas (1980), constituye un hito sin precedentes en Colombia por su rigurosidad, por la osadía de realizar un trabajo comparativo en el sector rural con proyección regional y nacional y por reconocer y hacer visible el aporte sustancial de las mujeres campesinas quienes, con su trabajo, colocan una cuota alta en la acumulación del capital. Llama la atención la influencia de Esther Boserup (1970) quien abrió la veta inmensa de estudios y políticas conocida como Mujer en el DesarrolloMED–.

Por último, aparte de conocer y recorrer el país haciendo trabajo de campo, en el transcurso de este estudio se inició la relación entre Magdalena León y Carmen Diana Deere, vínculo que ha perdurado a través de los años fortalecido por la amistad y por el trabajo conjunto sobre las mujeres rurales.

Las trabajadoras domésticas transforman su realidad

Con la intención de incidir de una manera más directa y decidida en los procesos de cambio social, en 1981 inició el proyecto Acciones para transformar las condiciones socio-laborales del servicio doméstico en Colombia que ocuparía los siguientes cinco años de su vida. En este trabajo –realizado en las cinco principales ciudades del país– se puede detectar un giro fundamental en la obra de Magdalena: el paso de un tipo de investigación convencional y más teórico en el cual se establecía una separación entre la realidad u “objeto” de estudio y la investigadora, a un proceso más flexible, comprometido y militante. El proyecto pretendía no sólo comprender el fenómeno como tal, sino “transformar las relaciones laborales del servicio doméstico”. Para cumplir la meta propuesta se escogieron el enfoque y la metodología de la Investigación Acción Participativa.

Si bien fue un cambio significativo desde el punto de vista metodológico, se consolidó el hilo conductor que ha unido los diferentes trabajos desarrollados por Magdalena León y en el cual se manifiesta la huella de sus primeros maestros: la idea de conocer para transformar una realidad desigual. De allí la urgencia de incidir en la formulación y reorientación de las políticas y la necesidad de establecer puentes entre el conocimiento y la acción política, entre las académicas y el movimiento de mujeres.

Desde esta perspectiva, el estudio con las trabajadoras domésticas es quizá el más emblemático y exitoso por cuanto logró permear la legislación laboral y alcanzar el reconocimiento de los derechos de las trabajadoras, entre ellos la ley que les dio el acceso a la seguridad social. Esta investigación generó procesos de reflexión individual y colectiva, entre las empleadas y las empleadoras y promovió la organización del gremio de mujeres en cuanto trabajadoras domésticas y ciudadanas de tal forma que, y en esto insiste Magdalena, “fueron ellas mismas, con su fuerza organizativa, quienes lograron transformar sus condiciones laborales y su realidad”.

Conocer e informar para participar en la “política” y en “las políticas”

A partir de 1974, bajo la influencia del Año Internacional de la Mujer (1975) y el derrotero que marcó la Década de la Mujer (1975-1985), en Latinoamérica y el Caribe se elaboraron varios estudios sobre la posición social de las mujeres con énfasis en el trabajo femenino. Consciente de la necesidad y la importancia estratégica de difundir y circular esos materiales en la región, así como de los vacíos de información que existían, entre 1981 y 1982 Magdalena compiló y publicó la colección de tres tomos titulada Debate sobre la mujer en América Latina y el Caribe (1982)4.

Esta colección buscaba además estimular la reflexión y el debate desde un marco analítico y teórico, “incorporar el conocimiento existente sobre la mujer a las corrientes encaminadas a la formulación de políticas” y convertir a las mujeres en “sujetos” activos de su “propio proceso de liberación”. La intencionalidad política es explícita: se requerían “conquistas” radicales en este campo para cambiar las estructuras de la sociedad. De allí la necesidad de establecer canales de comunicación entre la rica producción académica recién estrenada en los años setenta y los nacientes grupos feministas de la región5.

En la introducción que escribió Magdalena León para la mencionada colección exponía algunas ideas que ya circulaban en grupos muy reducidos y que sólo se generalizaron al final de los años ochenta e inicios de los noventa. Aunque en ese tiempo el género como categoría de análisis no era muy usual y predominaba el enfoque MED, Magdalena planteaba que una perspectiva integral debía proponer políticas dirigidas a “cambiar la división sexual del trabajo dentro y fuera del hogar así como los factores que afectan la socialización de los roles sexuales y las relaciones de poder entre los sexos”. Cuestionaba la orientación del enfoque Mujer en el Desarrollo por el predominio causal, y por tanto explicativo, que le otorgaba a la variable clase sobre la de sexo y argumentaba que las revoluciones socialistas no produjeron cambios en la división sexual del trabajo. La categoría mujer, decía Magdalena, en sí misma no es homogénea sino que presenta diferencias sustanciales determinadas, entre otras razones, por la clase. Por último, consideraba insuficiente como objetivo del desarrollo la igualdad entre hombres y mujeres. En estos planteamientos Magdalena marchaba a la par con los debates de punta y con el avance del discurso en el ámbito internacional, de esa manera jalonó la producción académica y el movimiento de mujeres en el entorno nacional, que solamente hasta los años 90 lograron seguirle el paso.

La mujer y la política agraria en América Latina (1986) recogió el balance sobre el tema realizado en dos seminarios internacionales6. Una vez concluida la Década de la Mujer, Magdalena y Carmen Diana conjugaron esfuerzos y desde un contexto regional presentaron los avances y los obstáculos de la investigación y de las políticas dirigidas a las mujeres rurales. Los diferentes trabajos examinaban, entre otros problemas, los efectos de las intervenciones estatales en las mujeres campesinas, la incidencia de los proyectos que pretendían “integrar a las mujeres al desarrollo”, el impacto de la crisis y de las políticas de ajuste de los años ochenta sobre los trabajos productivo y reproductivo de las mujeres y su capacidad de respuesta.

Entre los logros más significativos de este estudio se destacan haber hecho visible el trabajo de las mujeres rurales, reconocerlas como productoras agrícolas y la caracterización de la economía campesina en América Latina como un sistema agrícola familiar, tesis contraria a la de Boserup, quien la interpretó como un sistema agrícola masculino. En este trabajo, a diferencia de los ya citados, el enfoque de género se hace explícito, así como su relación e interdependencia no sólo con la clase social, sino con la etnia, el ciclo vital familiar y la edad. En Colombia esas categorías e interrelaciones se generalizaron y fueron apropiadas en los medios académico y político a partir de los años noventa.

En el artículo Política agraria en Colombia y debate sobre políticas para la mujer rural –incluido en esta recopilación– Magdalena señaló los logros y las limitaciones de la política para la mujer rural formulada en 1984. Reiteró que su punto crítico es que cualquier acción del Estado puede resultar paliativa y acusar un sesgo bienestarista, mientras no se tenga la voluntad política de transformar las estructuras que impiden el acceso y el control de la tierra, punto aplazado por la reforma agraria. Como veremos más adelante, los derechos de propiedad son el eje vertebral de su trabajo más reciente.

El regreso a la Universidad Nacional

Luego de 15 años de trabajo dirigiendo proyectos de investigación de largo aliento, Magdalena se retiró de la ACEP en 1989, año en el que también participó en el Grupo Mujer y Sociedad de la Universidad Nacional. En 1990 reingresa a esta institución como profesora de planta. Esta nueva etapa marca otro cambio importante en su trabajo que le implicó pasar de la lógica y los ritmos de una organización no gubernamental a los de la vida universitaria, de una dedicación exclusiva a la investigación y a las consultorías internacionales, a la docencia y el trabajo de extensión universitaria. El compromiso con la formación de las nuevas generaciones y con la difusión de la información y la documentación existentes marcaron la ruta que siguió desde entonces.

Su preocupación por llenar los vacíos de información, por estar al día y difundir los debates que circulaban en el contexto internacional, la llevaron a donar su biblioteca personal a la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional y a crear, en 1994, el Fondo de Documentación Mujer y Género: Ofelia Uribe de Acosta, que dirigió hasta 1999, año en el cual se pensionó como profesora titular. Con un gran esfuerzo para gestionar proyectos y con la capacidad gerencial que la caracteriza, Magdalena consiguió recursos, nacionales e internacionales, no sólo para montar y sostener el fondo sino para continuar con la tarea de difundir los temas de punta a través de publicaciones y de la creación de redes de estudio. Así, en 1995 se creó la Red de Masculinidad y en 1996 la Red de Mujeres y Participación Política en la cual confluyeron mujeres académicas, sindicalistas, políticas, de las ONG y líderes de base.

En los años noventa, conforme a los cambios de la teoría feminista de la cual se alimenta, su producción intelectual se concentró en temas más universales; se observa en su trabajo “preocupación por los grandes problemas”. De la investigación de largo alcance centrada en problemáticas nacionales, pasó a la elaboración de ensayos de corte teórico y a la compilación de temas de importancia internacional. En esta línea, y en el marco de la defensa de los derechos humanos en su sentido más amplio y del enfoque de género, se pueden identificar tres grandes bloques temáticos: el primero, desarrollo, Estado y políticas públicas; el segundo, participación política, movimiento de mujeres y empoderamiento y, tercero, familia, identidad, derechos sexuales y reproductivos y subjetividades.

En el primer bloque sobresale el artículo El género en la política pública de América Latina: neutralidad y distensión (1993), ensayo muy cercano a los afectos de Magdalena. En él logró decantar ideas de trabajos anteriores, tales son los casos de la supuesta neutralidad de género del aparato estatal y de las políticas de desarrollo, la institucionalización de las políticas y el impacto de los proyectos dirigidos a las mujeres. La tesis de la doble dimensión del Estado en cuanto “vehículo de cambio o de control sobre la vida de las mujeres” constituye un aporte sustancial para evaluar las ganancias y limitaciones de las políticas públicas y para establecer canales de comunicación y de participación más flexibles y de mayor reconocimiento de la doble dimensión del Estado por parte de los grupos de mujeres organizados. Esta posición de mayor alcance estratégico para el movimiento de mujeres, confrontó el dogmatismo y el radicalismo que habían caracterizado a gran parte de los grupos feministas, anti-Estado por principio y, por tanto, críticos acérrimos del poder estatal clasista y patriarcal. Con la claridad que hace posible la tesis de la neutralidad y de la distensión de género del Estado, se puede apostar por programas y proyectos específicos que integrados a la corriente central del desarrollo reconozcan las diferencias de género, cuestionen la neutralidad de las políticas y busquen transformar la división sexual del trabajo. Aquí el enfoque de empoderamiento aparece como una estrategia decisiva de negociación de las mujeres para alcanzar la institucionalización de las políticas.

El “ir y venir de un lado para otro” por todo el mundo, intercambiando ideas y escuchando nuevos discursos, tanto de las mujeres académicas como de las lideres feministas de mayor reconocimiento, le permite a Magdalena decir con orgullo que ella milita en el movimiento de mujeres de la región y que se alimenta de él. En ese trasegar siempre ha sentido la necesidad de difundir las nuevas corrientes por el impacto, no solo académico sino político, que ese conocimiento representa. Su compromiso y militancia en este tema se hacen realidad en los libros Mujeres y participación política. Avances y desafíos en América Latina y Poder y empoderamiento de las mujeres, compilaciones publicadas en 1994 y 1997 respectivamente.

El primer libro es un balance del movimiento de mujeres y su participación política en la región, Magdalena enriquece la reflexión con algunas propuestas sugerentes tales como: el “movimiento de mujeres significa un proceso de recalificación de la democracia”, deben crearse relaciones entre este movimiento y grupos también subordinados como los negros, los indígenas, los homosexuales y los desplazados, entre otros. Esa conexión implica una nueva noción de autonomía, otros referentes de “Estado”, asunción de la heterogeneidad del movimiento de mujeres y el reconocimiento de la identidad y la subjetividad. Los dos libros confluyen en una reflexión sobre el poder y el empoderamiento de las mujeres.

Recuperar y hacer circular con amplitud el significado del término de empoderamiento es un objetivo político y por tanto estratégico de la compiladora; se trata entonces de promover cambios culturales impulsando una nueva concepción de la relación de las mujeres con el poder y de la noción misma del poder al que hay que asumir en un marco más democrático y de una forma más compartida y equilibrada.

Familia, identidad y derechos sexuales y reproductivos, constituyen el último bloque temático que se desarrolló a mediados de los años noventa en dos textos: el libro Género e identidad. Ensayos sobre lo femenino y lo masculino (1995) compilado por Luz Gabriela Arango, Magdalena León y Mara Viveros y el ensayo de Magdalena Políticas de población vs. fundamentalismos religiosos (1996), publicado en la revista Foro. En el libro se compilaron algunas de las ponencias presentadas en dos seminarios sobre el tema de las identidades de género desde diferentes perspectivas: cuerpo e identidad, mujeres, lenguaje y cultura, masculinidades, prostitución y violencia y familia e identidades, entre otros temas. En esta compilación el artículo de Magdalena gira en torno a la familia nuclear como la institución en la cual se consolidan de manera hegemónica las identidades masculina y femenina origen, a su vez, de las desigualdades de género. Por último, en el ensayo mencionado se hace un balance de los avances y logros en materia de derechos sexuales y reproductivos alcanzados en la III Conferencia Internacional sobre Población y Desarrollo (El Cairo, 1994) y en la IV Conferencia Internacional sobre la Mujer (Beijing 1995). La autora destaca el cuestionamiento de poderes, en particular de los fundamentalismos de carácter religioso, la “reconciliación entre población, desarrollo y desarrollo social”, el reconocimiento de las políticas de población como un asunto de derechos humanos y el enfoque de género que deben tener las políticas públicas sobre salud sexual y reproductiva.

“El reencuentro con las mujeres rurales no significa quedarme en lo rural”

En los últimos años en la Universidad (1995– 1999), y como si se tratara de cerrar un ciclo, Magdalena retornó al punto de origen “por una puerta de entrada totalmente distinta” a la que usó en los años setenta y ochenta; regresó con la expectativa de “repensar qué había pasado con las mujeres rurales”. Se reencontró entonces, no sólo con uno de sus temas más queridos, sino con su amiga y colega de toda una vida, Carmen Diana Deere, con quien emprendió un reto enorme que, como siempre, requirió de mucha energía, trabajo y solidaridad.

El retorno se cristalizó en el libro Género, propiedad y empoderamiento: tierra, Estado y mercado en América Latina (2000) que es un estudio comparativo que abarca doce países de la región7. De manera rigurosa y exhaustiva las autoras demuestran que la desigualdad de género en la propiedad de la tierra en América Latina tiene su origen en la familia, la comunidad, el Estado y las relaciones de mercado. Esa desigualdad se explica por las preferencias masculinas en el otorgamiento de la herencia, por los privilegios que tienen los hombres en el matrimonio, por los sesgos masculinos de las políticas y programas estatales de distribución de tierras y por los sesgos de género que existen en el mercado.

Para Magdalena, volver al tema de las mujeres rurales “no significa quedarme en lo rural, puesto que a partir de ese trabajo estamos planteando elementos generales tanto para las mujeres rurales como para las urbanas, en lo que tiene que ver con el eje central de la investigación que son los derechos de propiedad, entendidos como una especie de categoría bisagra articuladora de las políticas de distribución y de reconocimiento”. Este es quizá uno de los mayores aciertos de la investigación: establecer puentes entre discursos y prácticas en apariencia contrarios y con frecuencia polarizados, esto es, las políticas de igualdad y de redistribución vs. las políticas de la diferencia y de reconocimiento. Las autoras desarrollaron conceptual y empíricamente la propuesta teórica de Nancy Fraser en el sentido de que se requieren acciones integrales que den salida de manera simultánea tanto a las demandas relacionadas con la igualdad y la redistribución, como a las referidas a las diferencias y el reconocimiento.

En una región donde la pobreza y la desigualdad han aumentado en la última década es urgente volver la mirada desde un enfoque de género, sobre las políticas de redistribución y sobre los derechos económicos y materiales. Si las mujeres rurales y urbanas se convierten en propietarias y tienen control directo sobre sus bienes y recursos, situación considerada como una “posición de resguardo”, disminuirá sustancialmente su vulnerabilidad frente a una “posición de ruptura” (viudez, separación, desempleo etc.). Esa “posición de resguardo”, que se configura a partir del ejercicio de un derecho como propietaria, fortalece su capacidad de negociación en el interior del hogar y en la comunidad, es decir, fortalece su identidad individual y colectiva.

En este sentido, la propiedad de la tierra y de la vivienda actúa como bisagra que interrelaciona los derechos económicos (igualdad-redistribución) y los culturales (diferencia- reconocimiento). Pasar de la igualdad formal a la igualdad real y hacer efectivos los derechos de propiedad de las mujeres rurales y urbanas contribuye a su empoderamiento como sujetos de derechos y, por tanto, como ciudadanas.

Entre los hallazgos del estudio merece especial atención el cuestionamiento a la concepción y definición tradicionales de jefatura de hogar, que todavía se manejan en las encuestas y censos, por sus implicaciones en las políticas públicas y por su influencia sobre las costumbres y la cultura (imaginarios–representaciones). Mientras no se haga un esfuerzo serio por asumir de manera generalizada los cambios en la jefatura de los hogares, seguirá existiendo un sesgo de género que privilegia a los hombres al considerarlos como jefes “naturales” del hogar. Ahora bien, quedan múltiples interrogantes para la investigación y temas para las agendas feministas pero de este estudio en particular, habría que aprender de la capacidad académica y política para hallar puntos intermedios y para tender puentes, siempre posibles para el encuentro.

“Sólo quiero hacer lo que me produzca placer y tranquilidad”

Con la maleta casi lista para viajar a recibir de LASA el premio Bryce Wood por su última investigación de gran empeño y, además, visitar a sus hijas, Magdalena nos dice que deberían ponerla en un “archivo arqueológico” por su relación de 34 años con Pacho. Claro, ni la relación de pareja ni la maternidad han sido “Alicia en el país de las maravillas”; en eso no quiere pasar por idílica y romántica. La relación de pareja ha sido un aprendizaje mutuo y en todo aprendizaje hay ganancias y pérdidas, pero la “teoría del poder de negociación nos ha funcionado y puedo decir que he sido y soy muy feliz”. Con sus dos hijas ha vivido “momentos absolutamente sublimes y maravillosos, que no los da sino la maternidad, pero también momentos difíciles. Yo les digo que pasar por la adolescencia no es fácil y no sólo por los hijos sino por una misma. Mis hijas ya son mayores y maduras, creo que tenemos una relación sustantiva, intensa e interesante, colmada de afecto y de respeto mutuo. Solo quisiera tenerlas hoy más cerca de mí y de Pacho pues ambas viven actualmente fuera del país”.

Con la satisfacción de haber cumplido sus sueños y metas, Magdalena está en el proceso de bajar sus ritmos de trabajo y, aunque se le presentan diversas tentaciones, quiere más tiempo para hacer cosas que no ha hecho como, por ejemplo, leer literatura latinoamericana. Si bien escribir ha sido fundamental en su vida, reconoce que no le resulta fácil, quizá, entonces, ahora escriba menos. Seguirá siendo parte activa del movimiento de mujeres pero, en el cenit de su vida, y lo dice enfáticamente, “no sólo no hago lo que me produce estrés, sino que hago solamente lo que me produce placer”.


Citas

1 A la fecha se cuentan entre sus escritos y publicaciones: 12 libros, 21 artículos en libros, 29 artículos en revistas y 10 documentos de trabajo.

2 Publicado en español por Tercer Mundo y la Facultad de Ciencias Humanas, Universidad Nacional, 2001. En Inglés por la Universidad de Pittsburgth, 2002. En portugués por UFRGS editora, Fundación Ford y PGDR, 2002.

3 Un año antes de la Primera Conferencia Mundial de la Mujer, realizada en Ciudad de México en 1975.

4 Compilación elaborada con la asesoría de Carmen Diana Deere y Nohra Rey de Marulanda.

5 En 1981 se realizó el I Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe, en Bogotá.

6 “Teoría feminista, política estatal y mujer rural en América Latina” en la Universidad de Notre Dame (1985) y “Políticas de desarrollo agrario en América Latina y sus efectos sobre la mujer rural: síntesis de la década de las Naciones Unidas para la Mujer” realizado en Bogotá en 1985.

7 Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Honduras, México, Nicaragua y Perú.


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