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Acerca de la verdad

Sobre a verdade

About the truth

Eva Muchinik*


* Decana de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Belgrano. Socióloga, especializada en Psicología Social y doctorada en Psicología. Docente investigadora en el área de la Psicología Social y en el campo de la Gerontología Social y la Psicogerontología, con numerosos trabajos publicados. E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.


Resumen

El artículo hace un recorrido a través de las maneras como se ha entendido la idea de verdad en los diferentes momentos históricos. Afirma que el hombre común no suele cuestionarse la realidad de su vida cotidiana ni tiene dudas acerca del isomorfismo entre el mundo real y su representación de éste. Suele vivir su sentido de la realidad como la única posible. Sin embargo, la historia de la ciencia nos permite evaluar las transformaciones profundas en el pensamiento humano, cambios en la forma de percibir el mundo y la realidad. Se trata de las “rupturas epistemológicas”, como lo denominara Gaston Bachelard, un punto en el que se marca un antes y un después en el conocimiento acerca del hombre, del mundo y, por supuesto, de las ideas de verdad y realidad.

Palabras clave: verdad, realidad, objetividad, construcción de la realidad, ruptura epistemológica, constructivismo radical.

Resumo

Este artigo desenha como a idéia de verdade foi compreendida em diferentes momentos históricos. Afirma que o homem comum geralmente não questiona a realidade de sua vida diária nem tem dúvidas sobre o isomorfismo entre o mundo real e sua representação da realidade. Ele geralmente vive seu senso na realidade como a única realidade possível. No entanto, a história da ciência nos permite avaliar as transformações profundas no pensamento humano e mudanças na percepção do mundo e da realidade. Trata-se de "rupturas epistemológicas", conforme definido por Gaston Bachelard; Que marca um "antes" e "depois" no conhecimento sobre o homem, o mundo e, claro, as idéias da verdade e da realidade.

Palavras-chave: verdade, realidade, objetividade, construção da realidade, ruptura epistemológica, construtivismo radical.

Abstract

This article draws how the idea of truth have been understood at different historical moments. It affirms that the common man usually does not question the reality of his daily life nor has doubts about the isomorphism between the real world and his representation of the reality. He usually lives his sense on the reality as the only possible reality. Nevertheless, the history of science allows us to evaluate the deep transformations in the human thought, and changes in the way of perceiving the world and the reality. It is about “epistemological ruptures”, as defined by Gaston Bachelard; that marks a “before” and “after” in the knowledge about the man, the world and, of course, the ideas of truth and reality.

Key words: truth, reality, objectivity, construction of reality, epistemological rupture, radical constructivism.


“La cultura occidental contemporánea glorifica el conocimiento y la verdad. Los científicos son los supremos sacerdotes del conocimiento. ¿A quien se le hubiese ocurrido cuestionar la verdad hace sólo algunos siglos?”, se pregunta Paul Watzlawick (1994), y la respuesta es que nuestros antepasados tenían un aparato conceptual diferente, constituido por una serie de mecanismos que llevaban a apreciar “la realidad”. Se trataba del isomorfismo con un fenómeno original, una representación. Fue Sir Roger Bacon, canciller de Inglaterra, quien preocupado por la veracidad de los testigos en un juicio, sentó, tempranamente, allá por el siglo XVI, las bases del “método experimental”.

La ciencia del siglo XIX clamaba por la veracidad de los hechos y la importancia del método científico. No se trataba sólo del orden y legalidad de los fenómenos naturales, el positivismo comtiano lo traslada al orden social y humano. Pero la gran revolución en el pensamiento empieza antes con Galileo, período en que se desestabiliza el universo geocéntrico de Ptolomeo. Fue tal la conmoción de su época que Galileo debió retractarse por el riesgo de morir en la hoguera. ¿Decía la verdad? No se correspondía con “la verdad” de la gran mayoría de sus contemporáneos; sus ideas parecían desafiar al orden divino. Giordano Bruno había muerto por la misma razón en la hoguera. Se trataba de otra verdad, una nueva verdad, lo que no quiere decir que fuese la única, o la definitiva, lo que puede parecer paradojal.

La idea de verdad se afianza desde dos vertientes, una teológica, donde “las verdades absolutas suponen un ser absoluto, como ellas”; los Evangelios que nos dicen “yo soy la vía, la verdad y la vida”. “La verdad” se imponía en la vida cotidiana. Se escuchaba y escucha todavía en un juicio, pedirle a un testigo jurar sobre la Biblia, “decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad”. La idea es que la verdad sólo puede ser una. El Diccionario Petit Robert señala que antes del siglo XVI, la verdad se refería a la idea opuesta de ilusión. La otra es la verdad, imperfecta y provisoria, a la que se llama ciencia

Pero también el diccionario dice que “la verdad” se refiere a “lo real”; la correspondencia con aquello que le atribuimos a un objeto o a un sujeto; también lo opuesto al error, que es aquello susceptible de ser verificado por los sentidos. Pero también hace referencia a lo que es auténtico, en este caso se trata de la conformidad dada por el espíritu.

Esta última definición, tan sencilla, ha merecido capítulos y volúmenes acerca de los “sistemas de creencias”, convicciones tan fuertemente arraigadas en el espíritu por las cuales los hombres pueden llegar a matar y morir. Se trata sin duda de “verdades”, corroboradas y legitimadas por el grupo de pertenencia o de referencia y poseen diversidad de sistemas explicativos.

Sin embargo, “las explicaciones legitimadoras fundamentales, entran por así decirlo, en las formulaciones del vocabulario” (Berger P. y Luckmann, T. 1974). Los sistemas de ideas, el conocimiento científico y también por supuesto las ideologías, son espacios simbólicos de legitimación. Como señalaran Berger y Luckmann “La realidad de la vida cotidiana se me presenta además como un mundo intersubjetivo, un mundo que comparto con otros” (P. Berger y T. Luckmann) (1968), aunque haya “otros mundos como el de los sueños y otras realidades no compartidas”, pero con la certidumbre de que el mundo de la vida cotidiana es tan real para los otros como lo es para mí y no requiere verificaciones, ya que se presenta como una realidad, pero podemos decir que interpretada por los hombres”. Sin entrar en la filosofía podría decirse que se trata de un mundo fenomenológico, de realidades múltiples, que me permiten ordenar la vida. El mundo real, adquiere objetividad.

Pero retomemos nuestra historia. Los siglos XVI y XVII formulan un período de desconcierto, cuando los ejes del pensamiento adquieren nuevos rumbos. En un mundo donde iban a contar los números, las matemáticas imponen un nuevo orden. Fue René Descartes, el hombre que formuló el problema. Por un lado creía en el mundo y sus cualidades. El mundo de la materia era una máquina perfecta, con cualidades primarias, propias del “mundo real”. Existían así dos realidades. El discurso del método, pretende encontrar “la verdad” y para evitar “el error”, condujo a Occidente a buscar “la verdad en la ciencia”, que poseía legalidad, abriría el camino que iba a permitir la predicción y la certidumbre. Transformada la duda cartesiana en método, proclama la supremacía del pensamiento y la razón. Su existencia y sus propiedades estaban fuera del mundo real. “Yo pienso luego existo”.

El hombre se permitió, a través del conocimiento, sentir su dominio sobre la naturaleza, pero el hombre seguía siendo una creación divina. El alma poseía otras substancias y otras propiedades, lo no observable, el pensamiento, la inteligencia, la supremacía de la razón, la racionalidad, como expresión del pensamiento de una época, la Modernidad. Aparece así, la conciencia de la subjetividad. Se trata de una acción reflexiva que señala la supremacía del yo pensante. El mundo de la racionalidad. La supremacía de la razón. De allí, desde la supremacía de la razón humana, crece la idea de “objetividad”. El hombre es la medida de todas las cosas. La disociación cuerpo–alma le permitirá a Descartes salvaguardar su religiosidad. Algún autor haría referencia a la “biodisociación”.

La ciencia clásica propone desde este punto de articulación, o de ruptura, una nueva mirada sobre los fenómenos, una actitud cuidadosa, en la misión de investigar el mundo en su realidad objetiva, apoyada en los sentidos, pero también en la razón y su capacidad de explicación. Se trata de encontrar la causalidad de los fenómenos. Su impronta fue tan fuerte que Heisenberg señaló que “la certidumbre y el dualismo cartesiano se instaló durante tres siglos posteriores a Descartes y costaría mucho tiempo sustituirlo por una actitud diferente frente a la realidad”.

Con el correr de los siglos se hace menos referencia a “la verdad” en el lenguaje de la ciencia, aunque hubiese cierto consenso acerca de que “verdad y realidad” fuesen intercambiables. El concepto de “realidad” cobra presencia. Los antiguos griegos decían que los cambios en el lenguaje anunciaban el cambio de los tiempos.

Volvamos a la historia “contemporánea”, entre comillas por que no estoy segura de cómo referirme al siglo XX. Heinz von Foerster (1994), quien va a aparecer como una figura central de los nuevos tiempos, nos recuerda en una entrevista lo que significó como evento en el mundo del conocimiento la serie Encuentros, diez o doce cada año, que en 1949 se organizaran financiados por la “Fundación Josiah Macy”. Se trataba de reunir hombres y mujeres, pensadores y científicos, algunas mentes brillantes provenientes de muy diversas disciplinas, con gran variedad de temas y problemáticas, personajes que preocupados por el tema del hombre y el conocimiento fueron protagonistas de la segunda mitad del siglo XX. Los reunía la convicción de que algo había cambiado en el mundo del conocimiento a lo largo de la primera mitad del siglo. Muchos de ellos se hicieron a su historia. Su aporte al campo de la psicología fue significativo. No podría decirse que cambiaron la historia, ni que fueron profetas, sino que el desarrollo del conocimiento había llegado a un punto en que “la verdad”, en el mundo de la ciencia, ya no era la misma. Se planteaba una nueva mirada acerca de la realidad.

Es que los hombres del siglo XX se formularon nuevas preguntas, requerían otras respuestas. Quizás la avanzada estuvo en el campo de la física, interesada por “el mundo de lo infinitamente pequeño”, como lo denominara el filósofo de la ciencia, Gaston Bachelard (1964) y que no se trataba de descubrir el “objeto de estudio”, sino de “construirlo”, a través de una teoría que permitiera formular su existencia. ¿Quién había visto alguna vez un átomo?

Se dice que pocos físicos en la Argentina comprendían, allá por los años veinte, la Teoría de la Relatividad. Hoy un alumno de la carrera de física podría explicarla. No se trata de que nuestros alumnos de hoy sean más inteligentes que los estudiosos de las primeras décadas del siglo XX; se trataba de la dificultad humana de romper con alguna de las verdades legitimadas por la ciencia, y al mismo tiempo una serie de “nuevos fenómenos” y áreas de problemas, que la teoría de Newton no poseía capacidad para explicar. No se trataba de un error de la ciencia, sino de los alcances explicativos de la teoría de la gravedad. El siglo XX es, como diría Bachelard, un período de “rupturas epistemológicas”.

El sujeto reaparece en la escena, pero con otra fisonomía, dentro de otro contexto del conocimiento. Humberto Maturana o Francisco Varela, quienes provienen del mundo de la biología incorporan el punto de vista del observador, permitiendo reintroducir el concepto de sujeto. La duda está en evaluar si se trata o no, del mismo sujeto.

Entre este grupo de hombres, jóvenes y no tan jóvenes, que participaron en este evento, que estaba destinado a marcar un hito en la historia del conocimiento, está Heinz von Foerster, el referente obligado, cuando se habla del “constructivismo radical”, quien incorpora el concepto de biosociación, que marcará la interdependencia del observador y el mundo observado. El observador no es una entidad aséptica, pertenece a un espacio histórico y social y es miembro de una cultura. Algunas de estas formulaciones fueron hechas más temprano, allá por la década del veinte o del treinta, el físico alemán Heisenberg, o el mismo Einstein, habían abierto nuevos espacios al pensamiento.

Von Foerster cita con admiración a Gregory Bateson, interesante figura cuya filiación resulta difícil definir –biólogo, antropólogo, psicólogo, epistemólogo– su mirada multifacética “descubriría” fenómenos nuevos; y permitiría acercar otras perspectivas acerca de la conducta humana y de las formas diferentes de la comunicación. Allí estaba quien fuera su mujer, Margaret Mead, figura singular de la antropología, ambos compartieron la experiencia en la Polinesia y abordaron el sentido de la “diversidad humana”. Participaron de los encuentros figuras como Norbert Wiener, quien acercó a los participantes a la cibernética, que iba a cambiar el mundo. Aplicada a los problemas humanos y sociales, presentó la idea de la “causalidad circular”. Warren Mc Culloch, preocupado por el funcionamiento del cerebro, abriendo caminos a la neuropsicología y a nuevas formas de conocimiento. De modo diferente la mente y el cuerpo parecen volver a unirse. Hicieron su aparición gran variedad de temas poco conocidos aún, algunos muy abstractos y sobre todo un vocabulario nuevo, un nuevo lenguaje que marcaba el cambio de los tiempos y el uso y a veces abuso, de metáforas tecnológicas para acercar las problemáticas a los nuevos interrogantes. Allí estaba, entre otros, Paul Wazlawick, un lingüista en su origen, quien abrió nuevos caminos a la psicoterapia. Afronta como interrogante si ¿Es real la realidad?, título de uno de sus libros (1979). Aquí el constructivismo hace su aparición en el campo de la psicología, desde una perspectiva transdisciplinaria, donde la complejidad se vuelve creciente. ¿Cómo son y cómo operan las distintas “realidades posibles” que circunscribe el lenguaje humano? Como compilador, presenta un libro titulado La realidad inventada (1988). Se trata de un desafío, no de una broma; obtiene desde diferentes ángulos diferentes respuestas, que se intersectan en algún punto.

Estas premisas impulsarían a una nueva generación a novedosos caminos que hoy aún transitamos, en la búsqueda de nuevas herramientas conceptuales. El lenguaje constituyó una herramienta imprescindible para crear nuevas formas, como la noción del “self”, que no es tan nueva. La configuración del self (el sí mismo, que posee sentido reflexivo), a partir del “diálogo con el otro” y del diálogo consigo mismo, como lo anticipara George Mead, pensador de la Escuela de Chicago, al formular el concepto de persona. La naturaleza autorreferencial del lenguaje le permite al sujeto, en la interacción, construirse a sí mismo. Neurociencia y filosofía, fisiología y matemáticas, lógica y sociología del lenguaje, se trataba de sistemas de una complejidad creciente. Desde la filosofía Edgard Morin (1986), sin denostar a la ciencia clásica, hace referencia a un combate donde, al final del proceso no se trata de cuestionar al “conocimiento objetivo”, desde un “constructivismo radical”, como en von Foerster “Se trata de conservar absolutamente esta objetividad, pero integrándola en un conocimiento más amplio y reflexivo, dándonos un tercer ojo abierto para aquello que es ciego”. “Necesitaremos también –señala– servirnos de nuestro pensamiento para repensar nuestra estructura de pensamiento”. Y nos propone un bucle interrogativo y crítico. Su punto de partida es la conciencia de la simplificación del pensamiento. Edgar Morin marca su deuda con von Foerster, a quien denomina “nuestro Sócrates electrónico”; él, como Varela y Maturana, le han permitido reintroducir el concepto de sujeto y nos hace penetrar en el mundo de la complejidad; la diferencia y la diversidad, la doble identidad y la complementaridad, organización de los antagonismos. Un mundo de desorganización y reorganización ininterrumpidas, donde interviene la cultura, propia de la sociedad humana y organizadora gracias al vehículo cognitivo que es el lenguaje. Este forma con las condiciones biocerebrales un nudo gordiano.

Pero debíamos avanzar más allá del culto a la objetividad y preguntar qué sucede más allá de nuestra experiencia. Von Foerster plantea la noción de autoreferencia. “El observador, el teórico debe incluirse en el sistema sobre el cual teoriza”. Preocupado por la función del cerebro, plantea su limitada capacidad de descubrirse a sí mismo, “es la serpiente que se muerde la cola”. ¿Es que podemos pensar a un ser humano despojado de sus creencias, de sus verdades? “La verdad” como un valor absoluto, lleva al hombre a ubicarse en el mundo, imitando a Dios. La teología señala que “las verdades absolutas suponen un ser absoluto como ellas”. Dios es el fundamento de la verdad. Los Evangelios dicen: “yo soy la vía, la verdad y la vida”.

En el lenguaje corriente se asimila “verdad” a “realidad”, ser objetivo significa decir la verdad de aquello que se percibe. Como dijimos anteriormente, en los juicios escuchamos preguntar a los testigos “¿jura usted decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?”. En este caso verdad es lo opuesto al error o a la falsedad. “¿La verdad es única?” Las verdades de los hombres son múltiples, porque son múltiples y diversas sus realidades. El lenguaje organiza nuestro aparato lógico y nos brinda una versión de la realidad. Para comprenderlo debemos ir más allá, conocer como es que conocemos y esto remite a los procesos cognitivos y a nuestro sistema neurológico. Pero podemos dudar acerca de que codifican nuestros sentidos. Ellos nos permiten el acceso a la realidad, pero no la construyen. Necesitamos saber cómo percibimos y qué implica percibir.

Es que hablar de un lenguaje, implica un acuerdo acerca de la percepción de la realidad. El primer acuerdo social del niño es el que le proporciona el lenguaje que aprende, mediante el cual le da forma y sentido. Hace a la condición humana, diría Jerome Bruner (1991), que sus verdades sean relativas al punto de vista de quien las adopta. Son los actos de significado los que otorgan forma y sentido a la realidad.

Paul Watzlawick (1988), hace referencia a la necesidad humana de las ideologías, prejuicios, superstición y rumores. Incluso acerca del carácter infalible y definitivo que se atribuye a una imagen, supuestamente científica, del mundo. Pero agrega como interrogante “por qué deseamos con tanto ardor poseer una visión definitiva del mundo” y se contesta, es que “los seres humanos… no podemos sobrevivir psíquicamente en un mundo carente de sentido”. La explicación del mundo tendría que ser, firme y sólida, sin dejar pendiente ninguna pregunta, tampoco en el caso de las utopías. Muestra así nuestra capacidad para “distorsionar los hechos” de tal modo que no contradigan “nuestra realidad “. “La verdad” depende de aquello en lo que se cree. En la mayoría de los casos se trata de verdades compartidas, teorías, ideologías y aún las convicciones personales.

El “constructivismo radical” de Heinz von Foerster, plantea su tesis de que el mundo circundante tal como lo percibimos es un “invento nuestro”, y que debemos remitirnos a los mecanismos neurofisiológicos de nuestras percepciones. Sin duda, pero parece que debemos insistir en que toda imagen del mundo es una construcción de nuestra propia mente, o como dice Ernst von Glasersfeld (1995), también desde un constructivismo radical, el pensamiento construye conceptos y redes de conceptos que “consideramos integrados y podemos atribuirles una estructura”, si bien son el producto de nuestra propia capacidad representativa, se trata de la “autoorganización de la percepción”, la ciencia debería poder explicar “la objetividad”.

El conocimiento científico es para Maturana, parte de un proceso en el que se aprende a aplicar el concepto de validez de las explicaciones, en algún ámbito particular. Lo que le interesa a la ciencia es la naturaleza “fáctica objetiva”, “la eficacia operacional” de sus explicaciones. Esta supone una dinámica reflexiva, que si es aprendida, permite “seguir siendo un observador de todas las circunstancias, sin apegarse a ellas”. Se trata de “limitarnos a los criterios de validez, que nos solicita la metodología de la ciencia”. Es decir que “no se requiere ninguna suposición acerca de la realidad objetiva e independiente”. Maturana insiste en que la ciencia no tiene nada que ver con una noción de verdad, pero necesita de las explicaciones científicas y su criterio de validez. Recordemos a Jean Piaget, quien fue el primero en señalar, desde el campo de la psicología, que “el niño construye su mundo”, sin referencia específica acerca de la realidad, sólo con los criterios de la lógica del lenguaje, a través de la cual percibe la “realidad”. Es que hablar de un lenguaje implica un acuerdo social acerca de la realidad.

Desde otra perspectiva, la Sociología del Conocimiento, abre el debate. Esta disciplina parte de la premisa de que las formas del conocimiento están ligadas a las construcciones de los hombres una época. La realidad se construye socialmente; el hombre de la calle no se cuestiona acerca de ¿qué es la realidad? Vive en un mundo que para él es real. Está construido y legitimado desde el lenguaje, desde lo que Berger y Luckmann (1964), denominan “el universo simbólico”, una construcción humana que ordena el mundo de la “realidad” y le otorga sentido. Se trate de “realidad objetiva” o “realidad subjetiva”, ambas se relacionan. No resulta realmente novedoso en la segunda mitad del siglo XX, el hecho de la necesidad de demoler las fantasías de la existencia de una “realidad objetiva” y las dudas acerca de la existencia de leyes generales del universo. “La legalidad y la certeza de todos los fenómenos son de quien las describe”. No son de ningún modo la lógica del mundo. Dependen de “los cristales conceptuales, que organizan nuestra lógica del mundo”. El hombre construye “la realidad social”, que le impone significados.

El conocimiento avanza, como señalara Gaston Bachelard, en la primera mitad del siglo, a través de “rupturas epistemológicas”, que implican un antes y un después, son parte de un proceso, en el que la ciencia no hace sino intentos de aproximación. No descubre la realidad, sólo define su área de problemas, aquellos cuya época le permitan definir el alcance de sus proposiciones. “La ciencia de hoy es deliberadamente fáctica, en el sentido cartesiano del término… construye una realidad, tritura la materia, da un sentido y una finalidad a fuerzas dispersas”. El trabajo del científico requiere en la actualidad, una larga preparación y una conciencia racionalista para acceder a las problemáticas de ahora y desembarazarse de toda problemática individual, que debe ponerse entre paréntesis. Hace más de medio siglo advertía que “Dentro de una cultura científica, una problemática que persiste en ser individual, requiere del psicoanálisis”. Por otro lado, anuncia quizás, la necesidad de la toma de conciencia de la rapidez del devenir de la ciencia y de la cultura científica, comparada con su “inacción” durante el siglo XIX. Escribe en los primeros años del siglo XX. Su mirada de filósofo expresaba las inquietudes que movilizarían pensadores y científicos del fin del siglo XX.


Bibliografía

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