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Darío Muñoz Onofre*

Desde una mirada transdisciplinar, que articula componentes de orden epistemológico, ético y metodológico, este artículo presenta un análisis integral de tres momentos de la producción narrativa de la historia oral: primero, muestra su prefiguración tanto en las anécdotas e historias fragmentarias que circulan en la cultura como en los planes que formula el investigador antes de desarrollar su estudio; segundo, examina su configuración en la entrevista y los relatos que resultan de ésta; tercero, describe algunos procedimientos para integrar los relatos obtenidos en una trama narrativa global, la cual se propone como el resultado final de las investigaciones que acuden a la historia oral.

This article presents an integral analysis of the three moments that narrative production in oral history has, by the means of a transdisciplinary approach that integrates epistemological, ethical and methodological issues. First, it ahows its prefiguration in the anecdotes and fragmentary stories that are present in the culture and plans the researcher formulates before the study. Second, examines its configuration in the interview and the narratives that rise from it. Third, describes some ways of integrating the resulting narratives within a whole narrative plot, which is proposed as the purpose of the researches that use oral history.

Palabras clave: Narrativa, historia oral, construccionismo social, psicología cultural, epistemología, metodología cualitativa, hermenéutica, intersubjetividad.

La historia oral y la investigación cualitativa

La historia oral es un recurso narrativo empleado por las personas a la hora de dar cuenta de sus experiencias vitales, es la manera que tienen de interpretar y explicarse a sí mismas dichas experiencias, no sólo para encontrarles sentido, sino también para procurar que ese sentido sea inteligible para los semejantes con quienes comparten un entorno vital y/o una actividad cotidiana. Como tal, es un recurso indispensable para la pervivencia histórica de la cultura en la medida en que implica el ejercicio de la comunicación en el marco de relaciones sociales cotidianas y su circulación contribuye, en sí misma, al mantenimiento o renovación de los ámbitos culturales y las tradiciones humanas. No obstante, desde el campo de la investigación social nos resulta relevante reflexionar sobre dicho recurso debido a que se perfila como un enfoque cualitativo potente en la aproximación comprensiva a eso que en nuestras prácticas científicas solemos llamar “mundos posibles”.

El propósito de este texto es que avancemos desde las ciencias sociales en la reflexión mencionada. Para ello, vamos a explorar fundamentos epistemológicos y metodológicos aportados desde diversas disciplinas que, en su articulación y reflexión ética, nos lleven a entender la historia oral como algo más que un simple método instrumental de recolección de información.

En el campo de la investigación cualitativa, los relatos de historia oral nos permiten comprender cuáles son los significados culturales que el narrador oral reconstruye en su relato y, además, rastrear narrativamente el proceso histórico y social mediante el cual se construyeron dichos significados, en el devenir de la comunidad cultural en la que se inscribe el narrador. También nos permiten aprehender estos dos aspectos, en el proceso mismo de su reconstrucción narrativa durante el diálogo que sostenemos en las entrevistas con actores testimoniales. Por último, nos habilitan para producir una trama narrativa integral que articule la diversidad de relatos obtenidos en las entrevistas, a partir de relacionar los significados que cada relato porta entretejidos.

No obstante, la perspectiva que asumimos aquí nos invita a entender la historia oral de manera más amplia y a reconocer el proceso mismo de su construcción narrativa, el cual comienza incluso antes de las entrevistas en las que se obtienen los relatos orales durante el desarrollo de la investigación. Dicha historia aparece desde ya prefigurada; por una parte, en los intercambios comunicativos situados en comunidades culturales específicas y en los relatos y anécdotas que allí permanentemente se generan; y, por otra, en el bagaje teórico del investigador y en el problema que formula antes de realizar su estudio.

También forman parte del mencionado proceso, como es obvio, el diálogo durante las entrevistas, las formas de análisis e interpretación de los relatos obtenidos en ellas y los estilos de escritura científico-narrativa con los que se publica y se da cuenta de dichos análisis e interpretación.

Todos estos aspectos que, en su progresión, constituyen el proceso de construcción narrativa de la historia oral, deben ser entendidos como el devenir de una obra narrativa cuyo carácter es necesariamente colectivo; en su generación, dicha obra es atravesada por múltiples voces que la complejizan y enriquecen. En efecto, como entendamos la historia oral, el estatuto epistemológico que le asignemos a las narraciones comunitarias que la hacen posible y el tratamiento investigativo que le demos a dicha historia en los momentos de entrevista, de análisis e interpretación de relatos y de escritura científica, determinarán su utilidad y riqueza para los estudios que hagan uso de ella.

Historia “todavía no narrada”

Antes de ser configurada como tal, la historia oral aparece prefigurada en el ámbito de la vida social cotidiana y circula de manera fragmentaria como opiniones y pequeños relatos acerca de experiencias vitales personales o sobre acontecimientos comunitarios trascendentales. Este flujo de actividad social es el ámbito en el que realizamos nuestros intercambios comunicativos cotidianos para hallar sentido a nuestra experiencia temporal1 , así como también para intentar explicarnos entre todos y, si corremos con suerte, lograr un entendimiento mutuo. En este ir y venir de tránsitos sociales y rutinas culturales vamos conformando en el día a día un mundo de sentido socialmente compartido, en la medida en que utilizamos el lenguaje como herramienta común para desenvolvernos en nuestras actividades y dotarlas de significado.

Vigotsky fue precursor en reconocer la comunicación como “la función primaria del lenguaje” y propuso que la génesis de éste proviene de la “necesidad” humana de “intercomunicación durante el trabajo” (1983: 26). En su concepción histórico-cultural de la psicología, se destaca la actividad humana compartida comunicativamente como el ámbito privilegiado de la producción de significados y se señala, a su vez, el significado como un “producto” del “desarrollo histórico” de la cultura.

En esta perspectiva, los significados, a la vez que condensan históricamente las producciones de sentido de las relaciones intersubjetivas situadas culturalmente, son el recurso simbólico que las personas emplean en sus actividades sociales de comunicación. De manera semejante, Bruner sostiene que las narraciones son “instrumentos especialmente indicados para la negociación social” de significados (1991: 65). Esto quiere decir que las personas apropian subjetivamente los significados disponibles en su cultura y, en dicha apropiación, ellas mismas los recrean de modo narrativo y contribuyen a la pervivencia y transformación cultural; de manera simultánea, las personas se desarrollan y cambian en el proceso histórico y cultural de apropiación narrativa de significados.

En este tipo de actividades sociales cotidianas, en las cuales circulan de manera comunicativa y permanente los significados, hallamos precisamente el ámbito en el que se prefigura la historia oral2 . Los componentes de dicha historia comienzan a construirse en las actividades comunicativas espontáneas y cotidianas mediante las cuales las personas producen y circulan significados; en efecto, en dichas actividades se perfilan los indicios todavía vagos de una narración en potencia.

Sin embargo, hay que decir que la comunicación, sobre todo la que se da en los márgenes institucionales y en los umbrales de la tradición3, no es una actividad transparente, ni se produce en contextos completamente ordenados; por el contrario, surge y se desarrolla en ámbitos diversos, a veces ambiguos y contradictorios. Por esto es preciso reconocer el planteamiento de Rommetveit que presenta “la vaguedad, la ambigüedad y la incompletud –aunque por lo tanto también la versatilidad, la flexibilidad y la negociabilidad–”, como características inherentes del lenguaje corriente (citado por Shotter, 2001: 266)4 . Esta heterogeneidad dispersa y caótica de significados circulantes en la vida cotidiana es justamente, como lo veremos más adelante, un aspecto que suscita la configuración narrativa de los acontecimientos.

A pesar del modo disperso e incompleto de la circulación social de los significados, la cultura en la que participamos nos proporciona en cada momento los recursos simbólicos necesarios para hacer de nuestras vivencias una experiencia inteligible. Si bien dichos recursos nos preexisten, en el sentido en que han sido elaborados históricamente por nuestros predecesores5 y se han sedimentado en un “depósito objetivo de vastas acumulaciones de significado” (Berger y Luckmann, 1979: 56), estamos capacitados para hacer un uso significativo de ellos y apropiarlos para nuestros fines explicativos actuales6 . El empleo de estos recursos es público y compartido y, por eso mismo, es una oportunidad inigualable para ponernos en contacto con nuestros semejantes e intentar mediar nuestras diferencias mientras participamos en la cultura; como lo explica Bruner, “por ambiguo o polisémico que sea nuestro discurso, seguimos siendo capaces de llevar nuestros significados al dominio público y negociarlos en él” (1991: 29).

El carácter público de los significados y de la cultura e historia que estos condensan, así como su circulación cotidiana como recursos narrativos que las personas usan para interpretar su experiencia social, son una garantía para los que hemos realizado investigación social a través de la historia oral. Lo que una persona cuenta al narrar una historia está mediado por los significados disponibles en los ámbitos culturales en los que se ha desenvuelto, no sólo porque los hereda de una tradición, sino fundamentalmente porque participa cotidianamente, junto con sus semejantes, en su recreación. De esta manera, las anécdotas, relatos fragmentarios, opiniones y demás elementos conversacionales que circulan en la vida cotidiana, son los insumos dispersos y heterogéneos que el narrador en potencia está presto a recuperar y articular para encontrarle sentido a su vida y explicar el acontecer social que lo envuelve, en el momento mismo en que despliega su habla. La narración revela la organización cultural de la experiencia humana y la posición que ocupa en la cultura quien la efectúa; como afirma Gergen, narrar “es participar en una forma cultural de contar historias y de participar en una forma de narración cultural” (1996: 137. El resaltado es propio).

Este precisamente es el sentido que adquiere la memoria en los procesos de elaboración de historia oral7 . La memoria no es un reservorio de recuerdos que se suman en el transcurso de un tiempo lineal y que permanecen intactos y aislados en la “mente” hasta que son vehiculizados y reflejados idénticamente en el habla de quien los evoca. Más que un reflejo de la realidad pasada, la memoria es una reconstrucción de la misma en el presente a través del empleo significativo del lenguaje, teniendo en cuenta todas las implicaciones históricas y culturales que ya hemos reconocido. Por esto podemos decir, por absurdo que parezca y en contraste con lo que plantean Santamarina y Marinas (1995: 258), que la historia oral se encuentra prefigurada, de algún modo, antes del proceso mismo de su elaboración narrativa; dicha historia existe como posibilidad en esas “sagas” y “relatos” que estos mismos autores reconocen como bases para la articulación de las historias que recogemos.

Prefiguración en los planes de investigación

Además de los significados entrelazados en relatos anecdóticos y conversaciones que circulan públicamente en la cotidianidad cultural, la historia oral también aparece prefigurada en el proyecto de investigación que diseñamos. El problema de estudio, el paradigma teórico de arranque, los objetivos y los procedimientos que conforman desde un principio los intereses de toda investigación social, tienen el poder de predeterminar los relatos que obtendremos. Es nuestra responsabilidad como investigadores sociales reflexionar detenidamente sobre el grado de poder que le concedemos a la estructura de nuestros proyectos y paradigmas que, no sobra decirlo, son nuestro propio modo de producción de significados, o, como lo reconoce Geertz (1994) desde una postura reflexiva y ética sobre su trabajo antropológico: nuestras matrices disciplinares son nuestras formas de ser en el mundo.

En esta vía, Medina plantea que el investigador cualitativo que recurre a la historia oral tiene la responsabilidad de justificar “por qué lo hace y cuáles son las herramientas analíticas que elige para ello” (1994: 130), y reconoce que los argumentos de dicha justificación juegan un papel crucial en el desarrollo de la investigación misma. Esto es importante porque las justificaciones delimitan nuestro problema de estudio y este, a su vez, prefigura los criterios con los que seleccionaremos a los actores testimoniales que necesitamos para que a través de sus relatos nos ilustren sobre dicho problema. Desde un primer momento, las condiciones de producción de las narraciones testimoniales aparecen como determinadas, en la medida en que “cuando un historiador oral elige un tema, en primer lugar elige un problema, no un individuo” (íbid: 131). Solamente después de la definición metodológica de nuestro trabajo, nos ocupamos de la búsqueda de los narradores testimoniales que reúnan los requisitos que definimos y de la labor de contactarlos y entrevistarlos.

Estos mismos aspectos también influyen en la estructuración de las pautas y temáticas más o menos explícitas con las que orientaremos el proceso de recolección de relatos durante la entrevista de historia oral. No obstante, tenemos que mantener una mirada crítica sobre la rigidez de nuestros planes de investigación, para no caer en la paradoja de construir el conocimiento social sobre la base de nuestros propios prejuicios. En la investigación social corremos siempre el riesgo de terminar el proceso “viendo lo que esperábamos ver”, según nuestras creencias teóricas. Esto es un error, dice Shotter, porque “al pasar de un uso conversacional corriente del lenguaje a la construcción de un discurso textual sistemático, se pasa del respaldo en los significados particulares, prácticos y únicos, negociados ‘ahí mismo’, con referencia al contexto inmediato, a un respaldo en los lazos con cierto cuerpo de significados ya determinados; un cuerpo de recursos interpretativos especiales que se han inculcado en el lector profesional debidamente formado, a fin de interpretar tales textos” (2001: 47).

Si bien es cierto que construimos nuestro propio mapa para orientarnos al ingresar en un territorio de significados que en principio desconocemos, tenemos que privilegiar la necesidad permanente de deconstruir dicho mapa a lo largo de todo el proceso investigativo. Esta acomodación continua de nuestros esquemas cognitivos a las significaciones emergentes, revela una tensión8 que atraviesa dicho proceso desde el momento de las entrevistas de historia oral, hasta los momentos de análisis e interpretación de relatos y de escritura de la narración globalizante. De aquí en adelante, dicha tensión aparece analizada críticamente en cada uno de los momentos de construcción narrativa de historia oral durante el proceso de investigación.

Construcción conjunta de relatos

Si antes aludimos a la historia “todavía no narrada” como la circulación de anécdotas y relatos diversos y dispersos en la cultura, a partir de este momento tenemos que referirnos a los relatos de historia oral como una síntesis articulada de esa heterogeneidad de recursos narrativos. De esta manera, nos aventuramos a comprender el movimiento de interrelación de secuencias de frases y anécdotas que un narrador realiza a petición de un interlocutor y que provoca que significados aislados conformen unidades narrativas con mayores niveles de integralidad. Para Ricoeur (1995), dicho movimiento le proporciona al campo práctico de la acción el orden sintagmático de la narración. Así, la particularidad del momento de configuración narrativa que aquí nos interesa comprender tiene que ver directamente con un proceso de diálogo (entrevista), en el que el producto resultante (relato) es una obra colectiva.

Por lo general, diversas perspectivas metodológicas identifican la entrevista como el momento configurante de la historia oral (Santamarina y Marinas, 1995; Sacipa, 2001; Uribe, 1992; Medina 1994); es decir, como el “aquí y ahora” de la reconstrucción narrativa de acontecimientos pasados. Tales enfoques le conceden al encuentro “cara a cara” de la entrevista una importancia que nos resulta útil considerar, en la medida en que dicho encuentro posibilita la emergencia de un relato que sólo de esta forma se constituye. En este sentido, Medina (1994) nos exhorta a entender que con la demanda deliberada de historia oral que ejercemos los investigadores y mediante la entrevista que conducimos, contribuimos a que un individuo común se convierta en un sujeto histórico.

Desde el punto de vista configurante de la entrevista y retomando los elementos desarrollados en el apartado anterior, podemos entender la historia oral como un proceso de construcción conjunta que compromete a dos personas, narrador testimonial e investigador, en un diálogo que se orienta hacia la paciente labor de producir un relato integrador que articule los significados construidos socialmente en el transcurso histórico de una comunidad cultural específica y que tiene como referencia permanente los acontecimientos pasados que la primera de dichas personas recuerda.

No obstante su carácter conjunto, la historia oral se produce a petición de nosotros los investigadores (Medina, 1994; Santamarina y Marinas, 1995), y somos también nosotros los que orientamos los pasos de la configuración narrativa de dicha historia, a medida del diálogo que sostenemos con la persona que entrevistamos. Para que no polaricemos esta orientación de manera excluyente hacia el extremo de nuestros intereses investigativos y mentalidades teóricas o hacia el lado de las anécdotas que espontáneamente fluyen y tienden a seguir su propia dirección, durante la entrevista es fundamental mantenernos en tensión dialéctica entre estos dos aspectos9 . Así, lograremos que nuestros intereses de estudio –que ya reconocimos como prefigurantes de los relatos– se mantengan sensibles a la narración que poco a poco emerge y se transformen si es necesario. Sólo de este modo podremos lograr realmente una construcción narrativa conjunta de la historia oral10 .

En este diálogo intersubjetivo, es preciso que tengamos en cuenta el manejo de la presuposición como elemento implicado en la narrativa y consideremos las pistas que se deducen del estudio que hace Bruner de la modalidad narrativa del pensamiento, aspectos que resultan importantes para un buen desempeño investigativo si pretendemos lograr una historia oral que llene nuestras expectativas. Este autor aborda los procesos creativos del pensamiento narrativo11 y describe la manera como el escritor de novelas psicológicas narra la acción a partir del “desencadenamiento de presuposiciones” y de lograr una perspectiva “subjuntiva” (1996: 31-41). Tomando en cuenta estos elementos de su análisis literario, podemos reconocer que la presuposición y la perspectiva subjuntiva también están presentes cuando los narradores cuentan sus historias en el proceso de la entrevista de historia oral. En efecto, quien narra una historia siempre lo hace desde su familiaridad cultural con los acontecimientos y desde sus atribuciones particulares sobre las acciones sociales de las que fue testigo; generalmente le resulta irrelevante dar una explicación adicional sobre el sentido de la situación narrada o sobre por qué interpreta de tal modo las acciones de sus congéneres, debido simplemente a que los “da por sentado”, en el sentido que Schütz (1991) le da a este término. Es posible que el narrador pase a “vuelo de pájaro” por detalles claves que necesitarían ser desentrañados para obtener una comprensión amplia del sentido que entreteje en su relato12 .

Aquí es donde adquiere importancia la escucha atenta que mencionamos atrás. Sobre estas presuposiciones es que debemos instaurar las preguntas necesarias para que podamos auscultar el sentido implícito en el devenir narrativo. Tenemos que abandonar la pretensión de que dicho sentido será aprehendido adecuadamente cuando, en el proceso de interpretación, nos enfrentemos a una narración ya concluida. Anticipándonos a cuando abordemos los procesos de análisis e interpretación en el siguiente apartado, esta postura nos acerca a Gergen cuando plantea que el problema hermenéutico surge “cuando consideramos el texto (o cualquier otra acción social) como algo opaco, y se supone un segundo nivel (lenguaje interno) que debe determinarse para hacerlo transparente” (1989: 164). La convocatoria de pensamiento narrativo oral sobre la historia durante la entrevista, es el momento preciso en el que es posible resolver el problema de los “sentidos ocultos” de una narración; la resolución exitosa de este dilema dependerá en gran medida de la receptividad y las intervenciones oportunas que realicemos durante el proceso de entrevista.

No obstante, sabemos que estos vacíos de sentido se logran solventar de algún modo si logramos tener el privilegio de un segundo encuentro con el mismo narrador. Una lectura minuciosa del relato obtenido nos permitirá descubrir aquellos apartes narrativos que para nosotros son todavía confusos y detectar, quizá, temas inadvertidos que de repente cobran interés y los cuales resulta relevante ampliar. Una lectura por parte del narrador también resulta enriquecedora para la historia oral, en la medida en que él es el más indicado para ajustar su propia producción discursiva. Propiciar un nuevo encuentro dotados de estos insumos seguramente hará posible la generación de nuevos despliegues narrativos que amplíen y aclaren la historia oral en su conjunto.

Configuración de la trama narrativa

Sin ánimo de menospreciar el protagonismo que tienen los narradores de historia oral en el proceso investigativo, a pesar de que su participación quede virtualmente congelada en el relato ya producido, nos adentramos aquí en un momento en el que el protagonismo de los investigadores se realza. Mediante el análisis y la interpretación de los relatos obtenidos en las entrevistas, nos encaminamos a la creación de nuestra propia obra narrativa, teniendo como referencia permanente el diálogo con obras diversas ya construidas.

El análisis comprensivo de los relatos es un paso intermedio obligado en nuestra pretensión creativa, el cual abordaremos rápidamente, pues su consideración más amplia exigiría una extensión con la que aquí no contamos. Para el análisis de la narrativa, Coffey y Atkinson nos sugieren “evitar leer sólo buscando el contenido” (2003: 68) y, con ello, nos invitan a comenzar dicho análisis a partir del rastreo de la forma de los relatos que, en nuestro caso particular, consta de una estructura netamente histórica.

Como vimos atrás, el relato histórico oral se compone de secuencias específicas de acontecimientos ya sucedidos, que emergen narrativamente al ser suscitados por los tópicos de la entrevista. En él, unos acontecimientos explican otros que les son posteriores y los primeros adquieren sentido a partir de ser considerados a la luz de los segundos: “la narrativa enfatiza la inteligibilidad retrospectiva, demostrando la forma en que los eventos posteriores fueron condicionados, ocasionados o facilitados por sucesos previos” (Rosaldo, 1991: 127). Esta perspectiva analítica nos introduce en el camino de desentrañar la estructura causal del relato histórico oral.

No tenemos por qué resistirnos a dicha estructura y argumentar que la causalidad es una ley de tipo formal que nada tiene que ver con narrar una historia o con interpretarla. La causalidad a la que nos referimos, es el tipo de explicación que dan los mismos narradores –y la tradición narrativa condensada en sus relatos– a los acontecimientos que experimentan y han experimentado en su devenir histórico, frente a preguntas del tipo “¿cómo sucedió?” y “¿por qué sucedió de tal manera?”. En el mundo de la historia “todavía no narrada” que describimos al principio, las personas buscan organizar su propia experiencia, de modo que adquieren la capacidad para explicar narrativamente lo que les sucede a sí mismas y a las otras, así como también a la “sociedad en general”, en respuesta a quienes las interrogan por ello13 . Así es como las explicaciones humanas adquieren una forma retórica. Bruner afirma que esta forma de organizar las historias que narramos “cumple una función retórica en el proceso de reconstrucción del pasado” (1991: 68).

Las narrativas como retórica pueden llegar a tener, además de estructuras causales, estructuras paradójicas, circulares, espiraladas, rizomáticas... Pero lo que tenemos que tener en cuenta es que dichas estructuras de relato deben moldear nuestras propias formas narrativas, si es que nuestras pretensiones comprensivas e investigativas son rigurosas. El primer paso, entonces, consiste en lograr una comprensión analítica suficiente de cada uno de los relatos por aparte, con el objetivo de explorar las secuencias temporales y estructuras semánticas que nos sugieren y comprender los énfasis, hitos, giros narrativos, personajes y circunstancias que señalan. Esto puede lograrse mejor si, como lo sugieren Coffey y Atkinson (2003), interrogamos los relatos mismos. Nuestro privilegio en este proceso consiste en haber asistido a la emergencia de dichos relatos y participado en su desencadenamiento y, ahora, en leerlos ya terminados y conocer tanto su final, como los acontecimientos dramáticos, personajes y demás elementos narrativos contenidos en la historia.

Una vez leídos y releídos, comenzamos a advertir en los relatos aquellos pasajes comunes por los que unos y otros transitan narrativamente desde su propia perspectiva y a encontrar, como las llama Sacipa, esas “redes de comunicación entre los textos” (2001: 78); lo cual no es extraño pues, de hecho, dichos relatos se refieren a un mismo modo de habitar el mundo y de narrar la experiencia. En investigación social solemos darles el nombre de “dominios” (Coffey y Atkinson, 2003), “complejos de significado” (Schütz, 1996; Muñoz, 2001), o “datos convergentes” (Geertz, 1994) a dichos pasajes narrativos. Con base en los complejos de significado identificados, aglutinamos los fragmentos de relato semejantes y descubrimos tanto su complementariedad, como sus divergencias.

Es preciso que entendamos que el análisis de relatos a la luz de la generación de complejos de significado, es una instancia mediadora entre el relato “en bruto” y la configuración narrativa de la trama de historia oral, en la que se procura integrar la heterogeneidad de relatos de manera relacional y sintagmática. Si al inicio del proceso de configuración de la trama contábamos con relatos completos y, hasta cierto punto, diferenciados entre sí por ser producciones únicas e irrepetibles, ahora que finalizamos dicho proceso, la trama narrativa aparece como la creación de una nueva totalidad integradora de la historia oral. La creación de esta obra, debe ser el horizonte que nos movilice en este tipo de investigaciones.

Al final del proceso de construcción narrativa, emerge una trama llena de tensiones que relaciona e integra las diversas voces que la componen; en efecto, toda una obra de creación colectiva. A pesar de que como investigadores le damos su forma final, no debemos caer en el equívoco narcisista que nos convence de considerarnos “autores originales” y únicos de esta compleja trama de voces. Es preciso que seamos conscientes de que, cuando mucho, no somos sino instrumentos y mediadores activos para su constitución, de modo que podemos decir, en contraste con la concepción del “antropólogo como autor” que nos propone Geertz (1989), que la trama narrativa de historia oral es el resultado de una vasta coautoría, de la que los investigadores formamos tan solo una parte.

 

Citas

1 Para Ricoeur la experiencia humana está atravesada por su carácter temporal, el cual, lejos de aludir a un tiempo abstracto y universal, es un “tiempo humano en cuanto se articula de modo narrativo” (1995: 39).

2 Ricoeur afirma que los recursos simbólicos que circulan en la cultura constituyen uno de los rasgos que prefiguran toda narración (1995: 113-130)

3 En ámbitos sociales con mayores niveles de institucionalización la comunicación y el uso de los significados son prácticas más estables, en estos la gente cuenta con unos recursos simbólicos menos ambiguos y polisémicos. Shotter diferencia entre la “práctica social estable”, propia de los centros institucionales ordenados, y las prácticas conversacionales sometidas al cambio y a la diversidad permanentes, las cuales se ubican en los márgenes o zonas “fronterizas” de dichos centros (2001: 266).

4 La concepción de lenguaje corriente que retoma Shotter establece una diferencia crítica con respecto a los planteamientos de Berger y Luckmann, en los cuales la vida cotidiana puede ser “aprehendida” como una “realidad ordenada” en las objetivaciones del lenguaje (1979: 39).

5 Utilizo la noción de “predecesores” para introducir una diferenciación histórica de las intervenciones humanas en la cultura. Distingo los “predecesores” de los “congéneres”, los “contemporáneos” y los “sucesores”, tal y como lo propone Schütz (1991: 169-173).

6 Coincido con Larrosa (1995: 309) en el reconocimiento de la preexistencia de estructuras narrativas que anteceden a las personas, a las cuales ellas se articulan para organizar de un modo particular su experiencia, esto es, para otorgarles significado.

7 Para una aproximación amplia y variada al problema de la memoria en la historia oral, ver Alted (1996).

8 Este parece ser uno de los problemas éticos y metodológicos que atraviesa la investigación cualitativa contemporánea, el cual suele expresarse en la tensión paradójica y sistémica observador - observado, la cual, a su vez, resulta ser un problema epistemológico (ver Shotter, 2001; Rosaldo, 1991; Gergen, 1994, 1989; Geertz, 1994; Coffey y Atkinson, 2003).

9 Esta propuesta es semejante a la “visión doble” que plantea Rosaldo (1991).

10 Para la definición que propongo de historia oral como producto y producción intersubjetiva y dialógica, tomo en cuenta la noción de “acción conjunta” desarrollada por Shotter (2001).

11 El “pensamiento narrativo” es un concepto que desarrolla Bruner (1991, 1996) a lo largo de las dos obras que este artículo referencia. A mi modo de ver, dicho concepto está claramente inspirado en la concepción dialéctica de pensamiento y lenguaje que planteó Vigotsky en la década del treinta del siglo pasado, en especial, en lo que este último denominó como “pensamiento verbal” (1986).

12 Un abordaje de la importancia de ser conscientes de los fenómenos de la presuposición y la abreviación narrativas en la convocatoria de historia oral, a partir de los planteamientos de Vigotsky (1983) y de Schütz (1993), se encuentra en Muñoz (2001: 20-27).

13 Las explicaciones prácticas que tienen un carácter justificatorio de los acontecimientos y las acciones, son denominadas por Shotter (2001) como la “realidad retórico - respondiente” de las actividades sociales humanas.

 

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* Psicólogo, investigador de la Línea de Género y Cultura del DIUC. E-mail: darmuz@ yahoo.com


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