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Epistemología, ética y política de la relación entre investigación y transformación social

Epistemologia, ética e política da relação entre pesquisa e transformação social

Epistemology, ethics and politics of the relationship between research and social transformation

Humberto Cubides C.*
Armando Durán D.**


* Subdirector del Departamento de Investigaciones de la Universidad Central, DIUC, y docente- investigador de su Programa de Comunicación-Educación. E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla. o Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

** Docente-investigador del Programa de Comunicación-Educación de la Universidad Central. E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.


Resumen

Este texto pretende examinar desde una visión panorámica los complejos problemas de la relación entre investigación y transformación social, centrándose en tres dimensiones que permiten comprender el significado diverso que puede tomar: lo epistemológico, lo ético y lo político. En cada caso, explicita algunas problemáticas de su abordaje, estableciendo un nexo con las otras dos dimensiones. Finalmente, al introducir la discusión sobre la noción de “cambio social”, insiste en la necesidad de crear alternativas al desarrollo convencional desde la aceptación de las diferencias culturales y de las circunstancias propias de nuestros países; en consecuencia, para superar el intervencionismo irreflexivo, los investigadores sociales deberían comprometerse con la definición de un futuro posible para la región.

Abstract

This text seeks to examine, from a panoramic perspective, the complex problems in the relation between research and social transformation, centering in three dimensions that allow to understand the diverse meaning that they can take: the epistemological, the ethical, and the political. In each case, it makes explicit certain problematic in its approach, establishing the links with the other two dimensions. Finally, by introducing the discussion about “social change”, it insists in the necessity to create alternatives to the conventional development of this topic from the acceptance of the cultural differences specific to our countries. In consequence, to overcome an irreflexive interventionism, social researchers should compromise in the definition of a possible future for their regions.


La relación entre producción de conocimiento e incidencia en la realidad desde siempre ha sido un problema central para las instituciones académicas; sin embargo, este tema adquiere particularidades tratándose del saber social y sus implicaciones en el ámbito de lo propiamente societal. Es claro que las ciencias sociales surgieron en la edad moderna tratando de emular a las ciencias naturales en cuanto a su intento de lograr plena “objetividad”, certeza absoluta, la representación de las entidades concretas y tangibles desde una perspectiva operativa para lograr medirlas, y acudiendo a una forma de pensar lógicoformal que se confunde con lo propiamente racional, entre otras características (M. Martínez, 2000). Este modelo especular que había sido aplicado previamente de manera exitosa en la ciencia y la tecnología de los cuerpos de tamaño intermedio, pero no en el mundo submicroscópico ni tampoco en el mundo macroscópico, determinó un planteamiento instrumental y utilitarista en el abordaje inicial de los fenómenos sociales.

Pero en la relación entre investigación y transformación social, a los problemas de orden epistemológico mencionados (que retomaremos luego), se suman otros dos no menos importantes. 1º. Ético, al que se refieren preguntas como: ¿Qué clase de valores y qué posibilidades de futuro son alimentados o menguados por el conocimiento que se crea?, y 2º. Político, relacionado con inquietudes como la siguiente: ¿Hasta qué punto ese conocimiento contribuye o no a la posibilidad de construir una sociedad más democrática y más equitativa? (E. Lander, 2000). De allí que una indagación a la relación propuesta, tenga que considerar estos tres aspectos como ejes de análisis; en su conjunto, lo anterior indudablemente sugiere precisar a qué clase de transformaciones sociales nos referimos: ¿mayor desarrollo?, ¿qué clase de desarrollo, un desarrollo con arandelas: más “humano” o “sostenible”?, ¿un cambio progresivo o atenuado, o la transformación radical o estructural de la sociedad? En consecuencia, para terminar discutiremos la noción de cambio o transformación social que se propicia desde diversas perspectivas, de acuerdo con la manera como se comprende la relación entre las dimensiones epistemológica, ética y política de la investigación social.

Dimensión epistemológica

Volvamos al primero de los aspectos enunciados. En términos generales, se plantean tres entradas epistemológicas para reconocer la producción de conocimiento, que coinciden con posiciones distintas del sujeto investigador (J. Ibáñez, 1994). La primera, propia del paradigma tradicional, sustenta una relación unidireccional entre sujeto y objeto; el sujeto “investigador” mantiene distancia con lo investigado, se trata de una relación que se basa en la metáfora de la labor del científico en el laboratorio con su microscopio estudiando una especie distinta a éste (sujeto absoluto). La segunda formula una relación interdependiente sujeto- objeto; esta postura frente al conocimiento evidencia que el sujeto “investigador” es influenciado por el objeto “investigado” dado que se le da valor en el proceso al papel del contexto (sujeto relativo). La tercera entrada hace énfasis en una relación sujeto-sujeto; el sujeto “investigador” le confiere el estatus a lo “investigado” de sujeto, lo que implica que el proceso de producción de conocimiento es construido por un diálogo entre visiones que involucra la participación de éstos como artífices principales (sujeto intersubjetivo).

Cada una de estas posiciones: sujeto absoluto, sujeto relativo y sujeto interdependiente, evidencia posicionamientos diferenciales sobre la investigación y su relación con la acción social. Explicitar algunas problemáticas implícitas en estos abordajes contribuiría a allanar pistas sobre su relación estratégica.

Es evidente que desde el paradigma tradicional, denominado por muchos autores de control, el investigador y la investigación misma tienen un papel muy débil, casi nulo, para un desarrollo deseable al conjunto de la sociedad. Ello por cuanto, de una parte, se maximiza la independencia de los valores de los diversos actores del carácter de una posible contribución de la investigación al proceso político-social (neutralidad) y, de otra, porque se asume como principio el aislamiento: los fenómenos aunque se relacionan unos con otros, pueden ser estudiados independientemente (Navarro, 1989).

No obstante, son numerosos los filósofos de la ciencia que coinciden en señalar que la crisis del paradigma tradicional, cuya más acabada expresión es la del positivismo lógico, dio paso a una nueva manera de pensar no solo el problema del conocimiento sino también a nosotros mismos, nuestra relación mutua y la sociedad en general (B. Pearce, 1998); y que de lo que se trata es del paso de una visión contemplativa y pasiva del investigador a una actitud participante y activa frente al “objeto” de conocimiento. El interrogante que surge es ¿cuál es la clase de conocimiento que resulta adecuado para los participantes? Algunos responden que se debe aspirar a la fronesis, a una inteligencia reflexiva que a cambio de preguntarse por el qué o la substancia verdadera de las cosas aspire a conocer cómo funcionan éstas y a integrar la teoría con la práctica o la reflexión con la acción instaurando la praxis. La praxis como dinámica que impulsa a visibilizar el papel de las ciencias humanas y sociales como agentes del cambio, y al mismo tiempo, como generadoras de comprensión del cambio.

La mencionada crisis del paradigma clásico de la modernidad —con sus nociones de ciencia, técnica y racionalidad— ha conllevado la disolución de los principios y fundamentos de las ciencias sociales y humanas en lo que tiene que ver con aspectos de sus disposiciones epistemológicas: remisión a las causas últimas, predictibilidad, verificabilidad, objetividad del sujeto consciente, idea de progreso; y a sus disposiciones ontológicas mediante las cuales se atribuyen modos del ser humano: el hombre como sujeto de historia; la sociedad basada en la cooperación y la solidaridad; las formas de producción y circulación del lenguaje; igualmente de aquello que remite a las parejas: funciones y normas, conflictos y reglas, significaciones y sistemas significativos (M. Foucault, 1978).

Lo anterior permitió la emergencia de al menos dos nuevas formas de mirada de lo social: el construccionismo y el contextualismo. Desde el primero, tomado en sentido amplio, el mundo social se asume como conjunto de actividades que definen las pautas de interacción, como juegos en donde los sujetos se hacen un lugar; de este modo las actividades se estructuran según ciertas reglas de obligatoriedad (B. Pearce, 1998). Esta concepción formula que todo acto es co-construido a partir de la interacción social comunicativa con otros; ello supone que la menor unidad de análisis es una tríada de acciones: el acontecer en función de lo que sucedió previamente y de lo que sucederá después; una fuerza contextual presente en toda situación, la cual se encuentra prefigurada por las circunstancias vigentes; y, tercera, una fuerza implicativa, esto es, aquello que la acción realizada implica al contexto. El construccionismo es caracterizado entonces por algunos autores por un “relativismo” derivado de realidades construidas en contextos sociales específicos. Esta perspectiva afirma que las personas no conocen de verdad sus motivos, sean éstos razonables o racionales. Constituyen sus motivos en el curso de su interacción, lo que implica que las definiciones colectivamente compartidas de normas, intereses, hechos, etc., son el resultado de procesos sociales. Se habla para que algo sea (Eder, 1998). En relación con el conocimiento, el construccionismo sugiere que el sujeto asume una actitud de participante: el pasaje de la teoría a la praxis con base en una inteligencia reflexiva, para dar respuesta a una nueva estructura física del mundo social predominantemente comunicacional; se subraya así el perspectivismo y relativismo de todo conocimiento, pretendidamente objetivo, de la realidad social.

Con el contextualismo, en sus diversas versiones (teoría crítica, hermenéutica, de la complejidad, del pensamiento globalista, etc.), se busca superar las limitaciones intrínsecas de la epistemología de la subjetividad (con su jerarquización desmedida del saber tácito de una conciencia práctica subjetiva y su pertrechamiento en una mirada micro-social del mundo, de las interacciones sociales descontextualizadas). Esta epistemología busca articular los esfuerzos indagativos de una mirada macro-social con los de una micro-social, a través de la caracterización de la contextualidad social situacional o local del obrar y accionar de la vida cotidiana y la caracterización de la contextualidad social global desde el análisis de las estructuras de relaciones sociales y de las instituciones macro, bajo el supuesto de que la investigación está mediada por los valores del sujeto investigador y del “objeto” investigado que interactúan y se comunican.

De manera transitiva, en algunos casos esta perspectiva sugiere en el terreno teórico, y también en el práctico, que la meta de indagación es la crítica y transformación de las conflictivas estructuras sociales, políticas, culturales, económicas, etc., y la necesidad de elaborar la factibilidad social de posibles vías o caminos de tránsito, particularmente desde la actual globalización expansionista excluyente hacia otra “globalización solidaria”, mediante la teorización de las experiencias de los pueblos y países que intentan atenuar las consecuencias extremas de la actual sociedad mundial neoliberal (L. Sotolongo, 2000).

La “globalización expansionista”, entendida como las transformaciones sociales fruto de un conjunto de procesos que implican la movilización de recursos económicos y culturales desde los centros de poder tradicionales, parece menguarse por una progresiva “globalización solidaria” como consecuencia, entre otros aspectos, de la emergencia de una incipiente estructura social agenciada por los “nuevos” movimientos sociales. Las organizaciones y grupos que configuran estas nuevas formas emergentes de movimientos sociales actúan en el ámbito de la solidaridad con los sectores menos favorecidos o marginados de las sociedades, por ejemplo, con colectivos que se han visto impulsados a emigrar buscando su supervivencia, mejorar su condición de vida o sólo para garantizar su seguridad. Estos movimientos no sólo testimonian sino que en muchos casos lideran la movilización social, ya sea porque han alcanzado mayor presencia en la esfera pública o porque los otros movimientos imitan, de forma creciente, en sus formas reivindicativas e identitarias, a los movimientos sociales por la solidaridad (Ibarra, 1998). Asumiendo esa perspectiva, uno de los objetivos fundamentales en el estudio de estas organizaciones es el análisis de cómo construyen sus discursos para la transformación social y su difusión (Sabucedo, 1998).

La pregunta que emerge es la de ¿cómo diseñar investigaciones de tal modo que el desarrollo social se encamine por ciertas direcciones deseables? Coincidimos que un primer criterio para considerar es que bajo la aceptación del principio de complementariedad en el análisis, determinado objeto social sea estudiado en tres niveles posibles: como elemento singular, como conjunto imbricado de relaciones y como operador de cambio en el sistema social abierto; tal pauta exige acudir a herramientas metodológicas que permitan tal cobertura. Así mismo, implica la utilización de parámetros de observación que logren combinar las dimensiones cuantitativas e instituidas del fenómeno con las propias de las relaciones cualitativas que se orientan a las transformaciones instituyentes (A. Davila, 1999).

La producción de nuevo pensamiento puede abrir cauces a la realidad social de manera que como producto de verse a sí misma como “objeto” algunos de sus integrantes logren actuar en la perspectiva de permitir que dicha realidad se diferencie de ella misma, negando su condición. Esto supone asumir una actitud de reflexividad objetiva, perspectiva que atribuye, simultáneamente, al objeto y sujeto de la investigación las mismas condiciones de posibilidad de su par contrario; como consecuencia del “intercambio de información”, producto de la socialización de los resultados investigativos y la apropiación en el análisis y la interpretación de la visión de los individuos y grupos estudiados, unos y otros son transformados (J. Ibáñez, 1988). En el proceso de investigación se requiere confrontar entonces las interpretaciones de primera instancia (emic, hechas por el actor a partir de su experiencia cotidiana), frente a las interpretaciones de segunda instancia (etic, realizadas por el investigador, “desde fuera”).

La actitud reflexiva objetiva también podría verse como un sujeto “investigador” que antes que tratar de construir las condiciones “artificiales” necesarias para adelantar la investigación, propende por instaurar una interacción dialógica con éste desde su contexto “real” cotidiano implicado.

En síntesis, la pregunta por el tipo de investigación que pueda ayudar a mejorar y cambiar la sociedad puede ser contestada afirmando que es aquella que se distancia del (los) paradigma(s) de control. Es decir, la que acepta fundamentar su diseño en la presencia de actores múltiples, contemplando la maximización de una serie de valores en alguna o en todas las partes del sistema, agrupamiento cuya elección resulta relevante para responder a la pregunta de si es cierto o no que las descripciones o “modelamientos” que se realicen sobre el mundo social contribuyen a lo que los actores se proponen llevar a cabo dentro de los procesos políticos. Tema que nos adentra en los siguientes puntos.

Dimensión ética

Como se ha insinuado, esta línea de análisis conduce a preguntar sobre el sentido de las formas de concreción de la reflexión y acción social de las comunidades del conocimiento (comunidades que dialogan con saberes académicos, empíricos, estéticos, religiosos, entre otros). Funtowicz y Ravetz1 (1999) han acuñado el término de ciencia pasnormal para denominar la praxis científica que, superando la concepción “normal” de la ciencia (Kuhn, 1971) como progreso racional de resolución de problemas, incluye también los aspectos éticos. Lo que esta noción problematiza tiene que ver con la “aplicación” simple y mecanicista del conocimiento (ciencia aplicada) que se extiende hacia otros tipos de praxis (como el asesoramiento científico y técnico).

La concepción “normal” de ciencia proviene de las llamadas ciencias naturales en donde el ser humano es sujeto y no objeto de conocimiento, es decir, corresponde a la idea de sujeto absoluto presentada anteriormente. Las ciencias humanas y sociales han recibido el influjo de esta perspectiva y han introducido otras posturas de relacionamiento (sujeto relativo, sujeto intersubjetivo) en donde el ser humano es sujeto y objeto de conocimiento y, además, parte integral del método del investigador. En esta triple faceta de sujeto, objeto y vehículo metodológico el investigador –portador de deseos, sentimientos, intenciones, opiniones e intereses inexistentes en los objetos inanimados de la ciencia natural–, suele introducir una serie –variable pero relevante– de sesgos y valores tanto en el proceso de estudio como en sus resultados. De este modo, no se considera como a priori posible y necesario de la investigación la distinción entre la parte de valores independiente del actor y la parte que deviene con el proceso mismo de la interacción.

Desde el punto de vista ético, la crisis de la razón y del paradigma tradicional muestra que las nociones guía de ciencia, técnica y racionalidad aparecen como nociones ciegas; hace también crisis, el supuesto ético conforme al cual las sociedades pueden y deben ser racionalmente fundadas en orden a una única finalidad, que en este caso es traducida en lógica de la dominación y deviene en un orden racionalizador que estigmatiza y excluye como irracional y no verdadero todo lo que se resiste a ser encerrado en ese orden, es decir, todo lo singular, contingente, el arte, la pasión, etc. (M. Téllez, 1995).

Es evidente que intervención social y producción de conocimiento están interconectadas gracias a las temáticas y enfoques que subyacen a ambos ámbitos, lo cual obliga a un posicionamiento respecto de diversos aspectos en donde están implicados determinados valores e ideales de futuro. La intervención social, como actividad práctica, muchas veces requiere integrar analítica y operativamente la información obtenida desde una multiplicidad de enfoques; perspectiva opuesta, en algunos casos, a los supuestos metodológicos de algunas teorías. Igualmente, debido a la complejidad y multisectorialidad de los temas sociales y a la dificultad de su abordaje integral desde una especialidad científica o profesional, la intervención práctica requiere adoptar la multidisciplinariedad, entendida como esfuerzo analítico e interventivo conjunto. La conciencia de la pluralidad y diversidad psicológica y social puede generar problemas de coherencia en los puntos de vista y en los intereses de las áreas de estudio seleccionadas lo cual demanda en la práctica atender problemas de síntesis e integración.

Por otra parte, el asunto del poder es un aspecto para tener en cuenta en cualquier acción social, al mismo nivel que otros aspectos racionales que se contemplan como los de evaluación, planificación, resolución de problemas, etc.; por tanto, este tema requiere de su incorporación en la investigación y análisis teórico como un factor clave de la realidad social. Pero esto no siempre sucede desde algunos enfoques que acuden a conceptos mucho más difusos; por el contrario, las posiciones que se autodefinen como de indagación crítica apuntan a reconocer los efectos de la investigación en el sistema macro, con lo cual contribuyen a mantener en la vida social el enfoque de la realidad de la dominación, la distribución del poder y las desigualdades sociales.

Finalmente, se acepta que el factor de la participación, el diálogo y negociación social es definitivo en cualquier programa de intervención social, pues éstos se enfrentan al surgimiento de conflictos y divergencias entre los distintos actores, siendo necesario entonces un espacio de ampliación democrática en el planteamiento y la resolución conjunta entre investigadores e investigados de ciertos problemas sociales. Ante el interrogante de cómo puede ser apoyado el cambio social desde la investigación, puede afirmarse que siempre y cuando se disponga de medios fiables de argumentación en los que exista la oportunidad para los diversos actores de utilizar recursos acordes a sus propios valores, sin que se impida su uso por parte de otros, la investigación puede convertirse en un factor importante de transformación. No obstante, en muchas ocasiones, ésta no es la perspectiva que se adopta pues se parte de un sobredimensionamiento del saber especializado, del papel del experto, y de las posibilidades de los métodos de las disciplinas científicas, aparentemente más rigurosos. Se trata, en cambio, de comprender que desde hace cierto tiempo el conocimiento ha dejado de ser dominio exclusivo de los intelectuales y sus herederos (investigadores, “ingenieros sociales” o “analistas simbólicos”) y se ha convertido en un medio común y en un importante dispositivo mediante el cual las sociedades se organizan, cambian y se adaptan a las nuevas circunstancias históricas.

Conocimiento que se expresa en las creencias sociales compartidas que configuran el sentido común de los individuos el cual es fruto de la interacción social y de la influencia pasada y presente de distintas corrientes de pensamiento, ideologías, etc. Al respecto, Gramsci afirma “el sentido común no es algo rígido e inamovible, sino que está continuamente transformándose, enriqueciéndose con las ideas científicas y con las opiniones filosóficas que han entrado en la vida ordinaria” (Sabucedo, 1998).

La necesidad de crear alternativas al desarrollo convencional por vía de la defensa de la diferencia cultural implica visibilizar los procesos de construcción de identidad colectiva. La identidad colectiva como proceso se distancia de aquella concepción que la considera como algo unitario y coherente. Según Benjamín Tejerina (1998), la identidad colectiva tiene tres elementos constitutivos. En primer lugar, supone la presencia de aspectos cognitivos que se refieren a una definición sobre los fines, medios y el ámbito de la acción colectiva. En segundo lugar, hace referencia a una red de relaciones entre actores que comunican, influencian, interactúan, negocian entre sí y adoptan decisiones. En tercer lugar, requiere cierto grado de implicación emocional, posibilitando a los actores sentirse parte de un “nosotros” (Tejerina, 1998). Desde este planteamiento se hace visible la dimensión construccionista de la acción colectiva.

Seguir el rastro de los movimientos sociales desde este enfoque de la acción colectiva que presta atención a los aspectos simbólicos y culturales (también presentes en el proceso de movilización colectiva) impulsa una forma “novedosa” de renovación de los valores sociales que la modernidad erige como exclusivos. En relación con esto, Manuel Castells afirma que lo característico de los movimientos sociales y proyectos culturales construidos en torno a identidades en la era de la información es que no se originan dentro de instituciones predominantes de la sociedad civil. Introducen, desde el principio, una lógica social alternativa, distinta a los principios de actuación en torno a los cuales se erigen las instituciones dominantes de la sociedad (Castells,1997).

En síntesis, la cuestión que presenta este apartado no es si la investigación y la proyección social que realizan las ciencias humanas y sociales contienen o no valores e ideología, sino la necesidad de indagar qué valores concretos concurren en cada proceso y situación, cuál es su papel y cómo se podrán, y deberán –desde las diferentes visiones de realidad–, manejar e integrar en la práctica. Un principio para tener en cuenta es que no se puede eliminar la subjetividad y los valores de la ciencia y de sus usos técnicos; habría, en cambio, que esforzarse en hacerlos explícitos, sea para intentar controlarlos, para observar su aportación al resultado final de la actividad o para utilizarlos provechosamente en la acción social. Con esta orientación, el investigador asume mayor libertad de elección de un curso de acción o de un método determinado pero, paralelamente, mayor es la responsabilidad (personal, jurídica y profesional) por las consecuencias de su proceder y por el valor social de los resultados de sus investigaciones.

Dimensión política

En la relación entre investigación y transformación social esta dimensión se presenta diferencialmente según la perspectiva que se asuma de esta noción. De algunas orientaciones, sobre todo de corte positivista, se infiere un carácter neutral o apolítico de la investigación. Posturas de este tipo se basan en la concepción clásica de la ciencia, en la idea de que el sujeto perturba el conocimiento, por tanto para tener una visión objetiva es necesario excluir, “borrar”, al sujeto (Schnitman, 1995). Esta elisión se hizo inevitable en la medida en que obedecía al paradigma cartesiano: el mundo de la cientificidad es el mundo del objeto, y el mundo de la subjetividad es el mundo de la filosofía, de la reflexión. Ambos dominios quedaban legitimados, pero eran mutuamente excluyentes: el sujeto metafísico no integrable dentro de la concepción científica y la objetividad científica no integrable dentro de la concepción metafísica del sujeto.

Concepciones críticas a la anterior invitan a visibilizar los referentes de la dimensión política del ser humano, consideración insustituible para dar sentido a la reflexión y acción social desarrollada desde la investigación y en su proyección social. Chantal Mouffe (1999) plantea una sugestiva distinción entre las nociones de “lo político” y “la política”; confrontando el liberalismo clásico, esta autora define “lo político” como la dimensión antagónica inherente a toda sociedad humana, antagonismo que puede tomar formas muy diferentes y que puede situarse en relaciones sociales diversas. En contraste “la política” se toma como algo referido al conjunto de prácticas, discursos e instituciones que buscan establecer un cierto orden y organizar la vida social en condiciones que siempre están sujetas, de manera potencial, al conflicto, precisamente porque se ven afectadas por la dimensión de “lo político”. Desde esta perspectiva, la política puede ser vista como un intento de pacificar lo político, se refiere a la instalación y encarnación del orden y las prácticas sedimentadas por determinada sociedad (Slater, 2001)2. Lo anterior supone aceptar que la investigación social, como toda práctica humana, es parcial y limitada, debido a que en ella es imposible distinguir claramente entre objetividad y poder. Si se admite que aquello que se denomina “exterior constitutivo” es lo que permite establecer un consenso, tras del cual existe siempre un acto de exclusión, en el saber social nunca podrá existir entonces un acuerdo “racional” totalmente inclusivo, entre otras razones porque hay que preguntarse siempre quién decide qué es y qué no es razonable: la demarcación de este límite es completamente política, resultado de un acto de hegemonía (Mouffe, 1999). La democracia científica precisa por tanto, tener la posibilidad de cuestionar cualquier pretensión de universalidad conceptual realizada en nombre de la razón, así como el conjunto normativo o institucional que la establece; esto implica marcar una frontera en la investigación social entre aquello que consideramos con valor y sentido para el bienestar de la sociedad, y en particular para la mayoría excluida y desprotegida, y el “otro” conocimiento que meramente posee valor económico aprovechable por unos cuantos.

Desde un análisis más concreto, puede afirmarse que en la época de globalización que se vive actualmente, y en particular por efecto de la globalización económica en donde la realidad económica y social en general es controlada por el mercado, el conocimiento tiende también a ser orientado, valorado y monopolizado desde los intereses de esta dimensión, hasta el punto de que el Estado ha perdido la capacidad de definir las políticas de investigación e incluso de fiscalizar el saber que se produce desde la universidad, pues ésta se convierte, más bien, en una máquina productora de conocimientos mercantilizados puestos al servicio del capital global (Castro-Gómez y Guardiola, 2002).

Hace una década todavía se dudaba de que la tendencia por buscar que las investigaciones conllevaran su aplicación directa en la realidad, en lo que se llamó la ingenieria política y social, tuviera consecuencias sobre el carácter crítico de los resultados de la investigación y sobre el tipo de estudios que se desarrollaban para ajustarse a la demanda del Estado o las organizaciones privadas. Destacando la participación de un nuevo tipo de “analista simbólico” en los procesos de organización social, se insistía en que lo fundamental del trabajo científico radicaba en la acción de explicar el mundo social en orden de transformarlo (J. Brunner, 1992). Sin embargo, lo que ha pasado recientemente con la investigación social muestra una situación aparentemente antagónica: en contraste con los espectaculares logros de la ciencia y la tecnología, los males sociales y la capacidad de la ciencia de actuar por el bien común, principalmente por los más necesitados, resultan impactantes (V. González, 2002).

Una lista comprensiva sobre las recientes tendencias verificadas de la ciencia y la tecnología es reveladora. Sobre las instituciones: reducción de la inversión estatal en educación y ciencia, creciente influencia del capital privado en la fijación de sus políticas y transformación de las universidades que supeditan el desarrollo de las ciencias básicas al de las aplicadas; sobre los científicos: dispersión de su trabajo en empresas de investigación que se tornan herméticas, privatización y secreto de sus hallazgos, competencia individualista, diferenciación jerárquica entre científicos administradores y científicos rasos, negación del intercambio disciplinario; sobre la ciencia: posible o efectiva degradación de su calidad y relevancia, dispersión en un conjunto inconexo de tecnociencias (Alan Rush, citado por González, 2002). Los problemas de financiamiento, por efecto del dominio del capital privado en las actividades de conocimiento (que impone áreas de interés privilegiado, tipo de proyectos apoyados, instancias de control, exigencias de rentabilidad, etc.), han alcanzado a distorsionar las funciones básicas de la universidad, incluso de las estatales, pues tienden a adaptarse a un desempeño válido para obtener recursos económicos privados, transformándose, poco a poco, en empresas productivas3.

De manera semejante, los organismos internacionales que orientan la ciencia y la educación inciden en la definición de las agendas investigativas al diagnosticar los problemas sociales que requieren respuestas inmediatas e incluso el tipo de estudios que daría solución “más eficaz y menos costosa” a la formulación que de ellos se hace. En este sentido, se busca afinar la “pertinencia” de la investigación en ciencias sociales y la especialización para la toma de decisiones; concretamente, en términos de definiciones para la formulación de políticas públicas, se plantea el tipo de proyectos a desarrollar y las condiciones mediante las cuales éstos tendrían mayor posibilidad de incidir en la definición de dichas políticas4.

Particularmente, la contradicción implícita, señalada especialmente por S. Zizek, en el concepto actual de “propiedad” del conocimiento –cuando éste es por naturaleza indiferente a su propagación, es decir, que su difusión y uso no lo desgastan– conduce a la paradoja de que el capitalismo global tenga que acudir a estrategias extremas para “sostener la economía de escasez en la esfera del conocimiento” y así evitar el riesgo de que el conocimiento desborde el marco de la propiedad privada y las relaciones mercantiles (S. Zisek, 2001). En el probable evento de que un dispositivo tecnológico –producido solamente por una empresa– unifique la multitud de medios de comunicación, la mayor expresión de este riesgo sería “la de que un único agente, al margen del control público, domine la estructura comunicacional básica de nuestras vidas y de tal modo, en cierto sentido, sea más fuerte que cualquier gobierno”5.

La dimensión política expresada en este problema implica repensar (en el lenguaje de Wallerstein impensar) los mapas cognitivos, los imaginarios culturales hegemónicos y los paradigmas que enmarcan la investigación en ciencias sociales (Castro Gómez y Guardiola, 2000). Superar el eurocentrismo de los paradigmas de la modernidad, los cuales se han orientado a sustentar el gobierno de las poblaciones mediante el sometimiento del tiempo y el cuerpo de los individuos a las normas definidas y legitimadas por las disciplinas del conocimiento, implica redefinir el proceso de institucionalización, jerarquización y disciplinarización de las ciencias sociales, especialmente en las universidades.

Específicamente, se plantea que en América Latina se hace necesario franquear la división del trabajo teórico por la cual las ciencias sociales tradicionales producen conocimiento orientado a la transformación de la realidad (abordando las temáticas del desarrollo, la dependencia, la relación entre Estado y democracia, etc.) en tanto que las humanidades y los estudios de la cultura producen saberes no traducibles a acciones o políticas. En esa perspectiva, se ha propuesto un conjunto de aspectos clave para responder al desafío de la tarea de reestructuración de las disciplinas sociales. Entre ellos se sugiere superar las limitaciones tanto de los enfoques economicistas como de los culturalistas; entender los procesos de transculturación entre dominantes y dominados; enfatizar las relaciones complejas que definen el encuentro entre el imperio y los subalternos dejando atrás interpretaciones discursivistas y textualistas; superar las posiciones que establecen dicotomías entre los agentes y las estructuras de dominación y elaborar modelos de transformación social que se coloquen más allá del determinismo colectivista y del individualismo voluntarista; y aceptar el carácter central de la imagen en la configuración de las relaciones entre economía y cultura lo cual permite trascender los supuestos teóricos y epistemológicos que impiden acercar los estudios sociales y culturales al problema central de la ideología y las posibilidades de empoderamiento de los agentes especializados de la producción cultural (Castro-Gómez y Guardiola, 2000). De este planteamiento se deriva la exigencia de implementar políticas de conocimiento que cambien las condiciones de las instituciones académicas y permitan abrir sus estructuras a la comprensión de un mundo cada vez más global y complejo.

El posicionamiento anterior parte de aceptar el hecho de que la economía política se adentra claramente en el campo de la cultura, y ésta, a su vez, se erige en el marco de referencia del sistema de producción y reproducción social. Se pone de presente así la discusión que se ha dado sobre la necesidad de renovar la reflexión sobre teoría y crítica de la cultura en América Latina, en la perspectiva de democratizar el conocimiento y pluralizar las fronteras de la autoridad académica, aceptando el ingreso a la universidad de saberes que cruzan la construcción de objetos con la formación de sujetos. Se trata entonces de aceptar la conflictualidad política e ideológica del saber de los estudios culturales (N. Richard, 2001). No obstante, se afirma que a ello se opone la emergencia en nuestro contexto de un discurso metropolitano de la otredad y de la diferencia mediante el cual se llama a representarse o dejarse representar de acuerdo con una economía de sentido que traza una frontera y jerarquía entre teoría y práctica, conocimiento y realidad, discurso y experiencia, mediaciones e inmediatez, etc. Resolver esta situación obliga a realizar un ejercicio que supere la diferencia diferenciada para ser una diferencia diferenciadora.

A pesar de que los denominados “estudios culturales” surgieron combinando pluridisciplinariedad con transculturalidad, al intentar ampliar y diversificar la comprensión de lo cultural, ni éstos ni la crítica cultural resuelven la pregunta de cómo superar las tensiones entre trabajo académico y práctica social, “entre la delimitada interioridad de la profesión universitaria y los bordes de intervención extra-disciplinarios a partir de los cuales ampliar socialmente la crítica a los ordenamientos burocráticos y mercantiles del neocapitalismo” (N. Richard, 2001). Se plantea en consecuencia que los estudios culturales y también la crítica cultural pueden quedar reducidos a simples máquinas de conocimiento que marcan cambios de relación entre las disciplinas intelectuales, pero sin afectar la trama de las interrelaciones cotidianas entre socialidad, política y cultura que trascienden el mundo de la academia.

La comprensión del cambio o la transformación social

La noción de crisis envuelve la idea misma de desarrollo, la cual hizo del progreso inexorable e irreversible hacia lo mejor la certeza dogmática y articuladora de los procesos de legitimación social, certeza articulada a las nociones de ciencia y razón de la modernidad. Frente a esta situación, diversos autores pertenecientes a lo que puede llamarse una corriente alternativa, han realizado un trabajo relativamente coherente que reivindica el conocimiento local, el rol de los movimientos de base y el poder popular en la transformación del desarrollo, planteando, simultáneamente, una mirada crítica a los discursos científicos establecidos e interesándose por el problema de la cultura.

En relación con este asunto, Arturo Escobar plantea dos preguntas orientadoras: ¿dónde se halla lo “alternativo”?, ¿qué instancias debemos interrogar acerca de su relación con posibles prácticas alternativas? Su punto de partida es una reinterpretación crítica de la modernidad latinoamericana; el concepto de hibridación que retoma implica una recreación cultural que puede o no ser (re)inscrita en constelaciones hegemónicas (A. Escobar, 1996). El proceso alternativo, tal como se formula, supone el reto de ver la teoría como un conjunto de formas de conocimiento en disputa, originadas en diversas matrices culturales y, al mismo tiempo, lograr que esa teoría promueva intervenciones concretas desde los grupos subalternos. Para Hooks (Escobar, 1996), sólo un intercambio significativo entre el investigador y la gente “sobre la que se escribe” asegurará que los trabajos investigativos sean un espacio que permita la “intervención” crítica.

La llamada crisis de los regímenes de representación del Tercer Mundo requiere desde este punto de vista nuevas teorías y estrategias de investigación, pero se hace necesario superar una actitud de intervencionismo irreflexivo el cual se sustenta en la creencia de que los estudiosos pueden “liberar” a los otros; igualmente abandonar el hecho de ignorar completamente el rol del intelectual en la vida social: que el investigador mismo reflexione, por tanto, cómo resuelve en la práctica la relación teoría-práctica y cuál es su compromiso más allá del ámbito académico, cuál es su verdadera “proyección social”6.

En el fondo de la investigación de alternativas se encuentra otro aspecto determinante: el de las diferencias culturales. Estas encarnan posibilidades de transformar las políticas de representación, es decir, de renovar la vida social misma, cuestión que resulta clave al momento de definir concretamente las políticas de investigación y de proyección social de la universidad. Ante la necesidad de crear alternativas al desarrollo convencional muchos grupos sociales en el mundo acuden a la defensa de la diferencia cultural como fuerza transformadora que permite valorar las necesidades y oportunidades económicas, más allá de la ganancia y el mercado, y a la defensa de lo local como prerrequisito para articularse con lo global sin caer en la simple modernización. Esto obliga a examinar de nuevo las complejas relaciones entre cultura y economía que se presentan en contextos como el nuestro.

El conocimiento social que atienda a la transformación social con responsabilidad ya no ha de alimentar el sueño de certezas finales. Más aún, somos conscientes de que los seres humanos no pueden escapar a las consecuencias inesperadas de su acción. No obstante, nunca se deja de formular hipótesis y producir visiones de futuro para así orientar la acción social. Los investigadores sociales no pueden eludir su responsabilidad de definir un posible futuro. En este sentido, la reivindicación del conocimiento social es parte importante del esfuerzo para construirlo (Melucci, 1998).


Citas

1 Citado por Alipio Sánchez en: “La ética de la intervención social”, Buenos Aires, Paidós, 1999.

2 La política tiene su propio espacio público, es el campo de los intercambios entre los partidos políticos, de los asuntos parlamentarios y gubernamentales, de las elecciones y la representación, y en general, del tipo de actividades, prácticas y procedimientos que tienen lugar en los escenarios institucionales del sistema político. Lo político, sin embargo, como lo propuso Ardite (1994) puede ser más eficazmente considerado como un tipo de relación que se puede desarrollar en cualquier área de lo social, sin importar que permanezca o no dentro del recinto institucional de “la política”. Lo político es, por tanto, un movimiento vivo, un tipo de “magma de voluntades en conflicto” o antagonismos, es móvil y ubicuo, sobrepasa pero también subvierte los lugares y ataduras institucionales de la política.

3 Una comprensión más amplia de estos problemas puede hacerse revisando el interesante artículo de Víctor González Barbone “La ciencia vendida”, http://www.iie.fing.edu.vy/ense/asgn/hciencia/trabs2001/victor/cienciavend.pdf

4 Tal es el caso del Programa MOST (Management of Social Transformations) de la Unesco, centrado en tres aspectos que se han definido como prioritarios de las transformaciones sociales vigentes: la multiculturalidad, la gobernabilidad y el desarrollo urbano, y los efectos de la mundialización. En torno a esto, véase la agenda de la reciente reunión realizada en Santo Domingo: “De la investigación social a la transformación social”.

5 En su análisis de la economía política de la cultura, Slavon Zizek se refiere en este caso a la figura de Bill Gates y su empresa Microsoft, en: El espinoso sujeto. El centro ausente de la ontología política, Buenos Aires, Paidós, 2001, pp. 380 y ss.

6 Este último planteamiento lo introduce Jorge Huergo en el ensayo que también hace parte de esta edición de Nómadas.


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