Spanish English Portuguese
  Versión PDF

 

Gestión del riesgo y modernidad reflexiva

Gerenciamento de riscos e modernidade reflexiva

Risk management and reflexive modernity

Rossana Reguillo*


* Profesora-investigadora del Departamento de Estudios Socioculturales del ITESO.


Estamos condenados, como lo ha observado agudamente Ulrich Beck, a buscar soluciones biográficas a contradicciones sistémicas. Buscamos una salvación individual para problemas comunes. Pero esta estrategia está lejos de traer los resultados que estamos buscando, porque deja las raíces de la inseguridad intactas y más aún, este repliegue a la solución y a los recursos individuales, es precisamente lo que “contamina” el mundo, con la inseguridad de la que deseamos escapar.
Zygmunt Bauman (2001; 44)


Resumen

La relación entre el estatuto del saber, los riesgos crecientes en la sociedad contemporánea y la llamada modernidad reflexiva, son la base del ensayo que aquí se desarrolla. Se trata de un ensayo socialmente referido, en la medida en que la “materia prima” de su reflexión lo constituyen las explosiones de gasolina que hace ya diez años sacudieron las entrañas de la ciudad de Guadalajara, ocasionando 210 muertes, miles de heridos, daños materiales aún no del todo cuantificados y de manera fundamental, una transformación de fondo en la manera en que los ciudadanos replantearon su relación con la ciudad. La palabra “riesgo”, se incorporó al vocabulario cotidiano de mujeres y de hombres, y las demandas de justicia, seguridad, información, trastocaron la relación con los “saberes expertos” y las mediaciones y dispositivos sociales para la gestión del riesgo.

Abstract

The relation between the statute of knowledge, the increasing risks of contemporary society, and the so-called reflexive modernity, are the basis developed in this essay. The topic is a socially referred text, in the measure that its base materials of its reflection are constituted by the gas explosions that ten years ago shook the city of Guadalajara, causing 210 deaths, thousands of injured, and material damages yet to be quantified, and that in a fundamental way, caused a deep transformation in the manner in which citizens related to their city. The word “risk” was incorporated to daily language of men and women, and the demands of justice, security, information, transformed their relation with those “expert know ledges” and the mediations and social dispositives for the management of risk.


Re-pensar el pasado

Resulta difícil optar por un punto de vista específico para re-pensar las explosiones de gasolina que se produjeron el 22 de abril de 1992 en el Sector Reforma de la ciudad de Guadalajara. Difícil, porque el acontecimiento desbordó los márgenes acotados de un tiempo y de un espacio, precisos; su característica principal fue la multidimensionalidad de sus efectos, en el plano humano, en el político, en el social, en el cultural. El desastre hilvanó con toscos hilos la historia de una comunidad, de una ciudad, de un país, en un tapiz grotesco. La contemporaneidad de los sucesos no “prescribe”, no se agota, sigue ahí proyectando una sombra que resulta imposible descifrar sin aludir al mismo tiempo al mundo, a esa globalidad que ha dejado de ser retórica discursiva para instalarse como evidencia de los logros y fracasos de la sociedad.

A pesar de todo, del drama, del inevitable sentido trágico con el que se experimentó y enfrentó el acontecimiento, hubo espacios, gestos y palabras que, por un momento, sacaron a los individuos a campo abierto, a la intemperie, y otro tejido enredó las biografías y los afanes, una textura que se prendió a los pliegues del suceso y fue dejando bordes, marcas, cicatrices, como testimonio de que la historia no es una página sin tachaduras.

Y sí, los muertos cuentan, los lesionados existen, la memoria pesa y el cinismo de la clase política parece no acabar nunca. Lo sucedido el 22 de abril hace diez años y las muchas noches y días que se colgaron a esos eternos minutos cuando explotó lo más elemental y valioso en la vida de una comunidad: la confianza básica en un sistema y en un orden social, demanda hoy salir de la prisión del pasado y poner la mirada y la voluntad en un presente capaz de proyectar futuros.

La gestión del riesgo

Las explosiones trajeron consigo, de manera inédita en la vida de la ciudad, la conciencia de la vulnerabilidad, una dimensión ya constitutiva en las sociedades de la modernidad tardía. Y la vulnerabilidad no puede ser pensada ni entendida sin formular simultáneamente la pregunta por el riesgo.

En el ámbito de las ciencias sociales y sus enfoques sistémicos1, ha cobrado especial fuerza la noción de riesgo, que ha venido a revitalizar la discusión en torno a los impactos del proyecto de la modernidad en diferentes campos de la vida social. Clave en los estudios de la ciudad, esta noción permite mantener en tensión productiva la articulación entre las dimensiones estructurales y la acción de sujetos históricamente situados. Bajo esta perspectiva, la ciudad que en términos estructurales opera como un sistema multidimensional, configura escenarios diferenciales de vulnerabilidad frente a este sistema, cuya especificidad está dada por la ubicación de los actores sociales en la estructura, visualizados como “agentes” (Sewel, 1992), en tanto estos actores son capaces de movilizar ciertos recursos, a la manera de Bourdieu (1989), capital social, económico y cultural, para hacer frente al riesgo.

Así se reconoce que una de las claves que demanda la complejidad de la vida moderna, es la gestión del riesgo. Ello significa que la modernidad en su fase reflexiva, es decir cuando la sociedad es capaz de tomarse a sí misma como objeto de reflexión, de pensarse en términos de proyecto- consecuencia, se diferencia de la fase anterior, donde las “consecuencias” del proyecto moderno son pensadas como fuerzas exógenas, como elementos externos al sistema, sin conexión con decisiones y procesos del modelo de desarrollo asumido.

En esta fase de la modernidad, sustentada en la idea de un progreso lineal y del ascendente dominio de la técnica y de la ciencia, Hitler, por ejemplo, es apenas un “accidente”, una patología psicológica, que “aparece” sin conexiones al contexto y momento histórico-político de la Europa de la pre-guerra; la extinción de especies es pensada como un “precio” que hay que pagar, pero nunca una consecuencia vinculada al modelo de desarrollo; o, los sismos de 1985 en México, un lamentable accidente de la naturaleza cuyos efectos devastadores se vinculan a la magnitud de las escalas de medición y se “desconecta” del esquema de desarrollo urbano de la ciudad, de la corrupción política y de la desigualdad.

Pero los Hitler no aparecen de manera espontánea, son producto de un tiempo y de una sociedad; los animales y las plantas no se acaban porque sí y de manera inevitable, el deterioro ambiental es consecuencia directa del modelo de desarrollo adoptado; y los efectos de los sismos, por más alta que sea su escala, pueden mitigarse desde la gestión política, social, cultural y en el contexto de un modelo económico equitativo.

Tampoco la gasolina “explota en los drenajes”, de manera inexplicable y porque sí.

La multidimensionalidad de los factores que concurrieron para provocar el desastre (muchos de ellos todavía en la penumbra), le confirieron al 22 de abril las características propias de un evento que se inscribe en la lógica de la modernidad reflexiva. Primero, porque esta multidimensionalidad se hizo evidente desde el principio, es decir, hubo evidencias razonables para afirmar que el desastre era sistémico y vinculante, en él se fusionaba el modelo de desarrollo urbano de la ciudad, el sistema político con sus acciones y omisiones, la ausencia de saberes técnicos y un complejo entramado cultural que operó, simultáneamente, como protección frente a la catástrofe y como obstáculo para superar las contradicciones previas a los acontecimientos2. Segundo, porque estos mismos elementos provocaron y propiciaron que el desastre rompiera el margen circunscrito de sus efectos, para saltar al espacio público como objeto de reflexión, de debate, de movilización.

En términos de la gestión del riesgo, tres aspectos resultan sustantivos a partir de la experiencia del 22 de abril:

  1. El modelo de desarrollo urbano. Los acontecimientos visibilizaron la poca planeación e incluso incompatibilidad en los usos del suelo urbano; la coexistencia no armónica entre industrias de alto riesgo, almacenamiento de sustancias explosivas y tóxicas, con zonas de alta densidad poblacional. Y se hizo evidente, además, lo inequitativo en la distribución social del riesgo, en el sentido de que la zona afectada, por sus características populares fue (sigue siendo) más vulnerable a estos elementos.
  2. De cara al futuro, la pregunta que se debe plantear a raíz de los aprendizajes (costosos y sumamente dolorosos) que se derivan del hecho, es la necesidad de “corregir” el modelo urbano y proyectar con una nueva lógica el crecimiento de la(s) ciudad(es): una en la que se asuma como premisa fundamental la consideración de los riesgos asociados al desarrollo y crecimiento urbanos. Ello no se agota en un modelo técnico de planeación, sino que se conecta de manera directa con el proyecto sociopolítico que una sociedad se da a sí misma; es claro que cada día resulta más complejo –especialmente por la crisis económica y la necesidad de inversiones– mantener un índice de crecimiento adecuado que armonice con un riguroso cuidado ambiental, pero la “solución” no estriba en desplazar hacia las zonas populares, pobres, marginales, el riesgo. “Cargar” a la cuenta de los sectores menos favorecidos este costo y proteger a ciertos sectores y a las zonas en las que instalan su habitat, equivale a perpetuar un esquema de dominación que condena a los más pobres a una vulnerabilidad mayor, que de cualquier manera, si aceptamos que la ciudad es un sistema en el que cada parte se comunica con el todo, termina por repercutir en el conjunto.

  3. La democratización de los saberes expertos. La ansiedad y la incertidumbre que más allá de la zona afectada sacudieron los cimientos de la ciudad, pusieron de manifiesto que un problema central para la vida contemporánea estriba en la capacidad de distribución de los saberes especializados. Hace diez años las voces expertas independientes estuvieron prácticamente ausentes y el saber oficial se mostró reacio a ofrecer información veraz y oportuna por el temor (declarado) a “politizar los acontecimientos”, los medios de comunicación, la prensa y la radio fundamentalmente, llenaron ese vacío de saberes, a veces con mejores intenciones que resultados.
  4. En el contexto de una ecología social que demanda cada vez más una mejoría en la distribución social del conocimiento, es fundamental que los actores sociales “comunes y corrientes”, cuenten con el suficiente capital de saberes que les permita interactuar con un medio ambiente cuya supuesta hostilidad se deriva, otra vez, del modelo de desarrollo asumido. Los medios de comunicación masiva son correas de transmisión y circuitos fundamentales para la distribución social del conocimiento pero no pueden suplantar (por su propia especificidad) a los saberes expertos y estos últimos no pueden mantenerse en el olimpo inalcanzable de un lenguaje cifrado que de vez en vez, accede al ejercicio democrático de compartirse. No se trata de que todos los actores sociales dominen el conjunto del saber científico-tecnológico, sino de que la sociedad cuente con circuitos adecuados y expeditos para acceder a este saber, del que muchas veces depende el mantenimiento de la vida.

  5. La afirmación de la cultura. A la distancia de los acontecimientos y a la luz de otros desastres y estados de alerta en el país y en el mundo, una cuestión de indudable centralidad es la cultura. El 22 de abril evidenció que más que un enfrentamiento entre autoridades y ciudadanos (en sentido amplio, no sólo los afectados), el desencuentro profundo entre estos dos lugares de la sociedad significó el enfrentamiento entre dos “sistemas de creencias”, entre dos formas culturales de colocarse ante una realidad que no admitía dudas: la evitabilidad de la tragedia y la responsabilidad gubernamental por lo sucedido.
  6. Si de un lado las autoridades de distinto nivel evadieron responsabilidades y se ampararon en un esquema aprendido de hacer gobierno, los damnificados, primero y los ciudadanos, después, tuvieron que apelar a su propio acervo (objetivamente disponible y subjetivamente apropiado3) de conocimientos y de formas de hacer, es decir, a la cultura. En su momento de creación e invención cultural, este “acervo” posibilitó apelar a las formas culturales de comunidad barrial, a la solidaridad, al uso e invención de símbolos y emblemas aglutinadores, en una palabra, a proteger la vida frente a la amenaza; pero en su fase reproductiva, este mismo acervo trabajó a favor de la reproducción de formas de representación y de acción que no lograron romper la victimización o la marginalidad de lo alternativo y que trajo como consecuencia fragmentaciones, el seguimiento de prácticas corporativas y la asunción de una posición de subalternidad con respecto a las autoridades4.

    Mirando hacia delante, algo se ha aprendido, pero es insuficiente. Como lo ha demostrado la continuidad en la lógica política que no logró o que más bien no quiso, sacar al 22 de abril de un esquema electorero y como se ha visto en la lucha continuada de los lesionados, los engranajes del dispositivo cultural siguen desajustados. La tarea pendiente es aprovechar lo aprendido y transitar de un esquema cultural reproductivo al nacimiento de una cultura del riesgo, en la que cada parte cumpla y asuma la función que le toca: los unos, gobernar con responsabilidad social de cara a la gestión del riesgo; los otros, vigilar el ejercicio de gobierno y asumir la co responsabilidad en la gestión de esos riesgos; no más víctimas, sino ciudadanos.

La realización de una modernidad reflexiva capaz de hacerse cargo de su propio proyecto, pasa por la posibilidad de echar mano del pasado, por la capacidad de entender los efectos y los costos sociales y económicos que se derivan del modelo asumido y sobre todo entender que los desastres, las tragedias, las guerras, el terrorismo, los gobiernos autoritarios, la violencia, no provienen de “un afuera”, situado más allá de la responsabilidad humana, sino de un “adentro” que se vincula a las decisiones y opciones que se hacen cada día. Hoy, diez años después, me parece, que es urgente tomar el 22 de abril como un profundo y serio ejercicio reflexivo, no para evadir lo que aún queda pendiente, ni para negar el dolor que palpita en las entrañas de la ciudad, sino para estar en condiciones menos desventajosas de enfrentar el futuro.

La (u)topía ciudadana

En uno de sus más recientes libros, Zygmunt Bauman (2001) a mi juicio, uno de los más potentes analistas de la globalización y de la modernidad tardía, plantea la disyuntiva social entre libertad y seguridad, como dos elementos fundamentales y al mismo tiempo, irreconciliables para el orden social. Ganar en libertad, a decir de Bauman, significa perder en seguridad y viceversa, y no por ello, opina, debemos cejar en el intento de lograr un equilibrio entre ambas fuerzas. Esta discusión no es menor y se instala con absoluta vigencia y pertinencia en el mundo “post-september eleven”.

En relación con la discusión que aquí nos ocupa, el tema, me parece, es central para pensar la constitución de la ciudadanía en el contexto de un mundo cada vez más complejo y atravesado por las contradicciones (y complementaciones) entre lo local y lo global.

¿Dónde están las fuentes de seguridad para los ciudadanos hoy? ¿Dónde estuvieron hace diez años cuando las explosiones derrumbaron la confianza y la hundieron catorce metros bajo tierra? Y aquí apelo nuevamente a Bauman, para servirme del título de su libro en el intento por tratar de ubicar el argumento que quiero desarrollar. El título que escoge Bauman es el de Community. Seeking safety in an insecure world (“Comunidad. Buscando estar a salvo en un mundo inseguro”). Bauman deposita el peso de su discusión en la idea de comunidad como la alternativa “moderna”, frente a los riesgos y amenazas en un mundo cada vez más inseguro. Y lo hace de una manera crítica señalando los peligros que puede representar el regreso a ciertos comunitarismos ensimismados y cerrados a lo exterior.

La “comunidad” nos hace sentir seguros, confiere la certeza de un “nosotros” capaz de acoger y fundir las diferencias individuales en una solución de continuidad y, sobre todo, nos protege del esfuerzo que implica aceptar como válidos otros modos, esquemas, estilos de vida. Frente a esta idea de comunidad se levantaron las estructuras de la modernidad y con ellas, la noción moderna del ciudadano que, desde el plano de la biografía individual, era sujeto de derechos y obligaciones políticas, civiles, sociales y más tarde, culturales (Marshall, 1965; Rosaldo, 1997). Es decir, frente al riesgo del insularismo comunitario y la tentación autoritaria de un “nosotros” que puede borrar las biografías individuales, la propia sociedad creyó encontrar en la ciudadanía, referida a individuos con independencia de sus pertenencias culturales, un antídoto para contrarrestar el peso de la tradición y los amarres de clase, de género, de etnia5. Liberar al individuo de sus cargas históricas y colocarlo al centro de la polis como interlocutor legítimo de los poderes.

Pero la ciudadanía no se asume, ni se ejerce en el vacío. Si se acepta que la ciudadanía es un concepto relacional, es decir que se define siempre en relación con un sistema político, frente a unos poderes y de cara a otros con-ciudadanos, resulta evidente que las pertenencias, anclajes y tradiciones, desempeñan un papel decisivo en la constitución de la ciudadanía.

De manera esquemática apunté líneas arriba, que a raíz de los sucesos del 22 de abril, tanto los damnificados como la ciudadanía (la que se involucró y la que permaneció como testigo impávido ante los acontecimientos) pusieron a operar un conjunto de esquemas previos, de saberes y de formas de acción. Todas estas formas evidenciaron que la ciudadanía no es un referente vacío que se agota en una definición puramente formal de derechos y obligaciones, sino una mediación central para la acción política que se verifica, es decir, que se realiza (empíricamente) en un contexto particular que pone a prueba la definición formal.

Como traté de probarlo en mi investigación sobre el 22 de abril (Reguillo, 1996 y de manera más reciente en Reguillo, 2000) se es ciudadano “desde” el espacio de la familia, se es ciudadano “desde” el conjunto de saberes aprendidos, “desde” la comunidad de referencia (emocional, política, cultural). Muchos buscaron el “modelo aceptable” de asumir su ciudadanía en el propio núcleo familiar; otros tantos apelaron a sus grupos corporativos; otros más recurrieron a sus comunidades religiosas, y muy pocos, optaron por buscar la fuente de su actuación política en el modelo de una sociedad de individuos libres y responsables.

La fuente principal que alimentó las seguridades, tanto para hacer frente a los efectos del desastre como para orientar la acción, fue la idea de comunidad. Que ello contribuyó a mitigar la devastación ante la ausencia del Estado (al igual que en los sismos de 1985), que ello permitió encontrar respuestas confortadoras frente a la incertidumbre del momento, es más que cierto. Pero también es cierto, que esta especie de comunitarismo ciudadano, impidió construir y mantener una plataforma de acción de largo plazo, y de manera especial facilitó la estrategia de desmantelación del movimiento emprendida por unas autoridades poco acostumbradas a enfrentarse a un ejercicio ciudadano, que pese a estas debilidades, logró situarse como interlocutor de un poder acostumbrado a la sordera.

Diez años después, me parece, el desgaste, la necesidad del nosotros (¿antropológicamente ineludible?), propiciaron que la balanza entre libertad y seguridad se inclinara del lado de esta última. Y que pese a los avances, la necesidad de la certeza, del cobijo y del calor que brinda la seguridad de una comunidad de referencia, triunfó sobre el vértigo de una libertad que estaba sustentada en el estreno de una voz colectiva capaz de filtrar sin borrar o aniquilar, las diferencias.

Si el siglo XX se caracterizó por la búsqueda itinerante de un modelo capaz de equilibrar las relaciones entre seguridad y libertad, el siglo XXI, nos despierta, con la amenaza de fuerzas y poderes empeñados en convencernos de que la única alternativa de futuro es empeñar la libertad a costa de la seguridad.

En este sentido estaba convencida, lo sigo estando, de que la alternativa es oponer a este maniqueísmo, no la fuerza de la utopía, sino la fuerza del topos, es decir, del lugar en el que efectivamente puede existir la ciudadanía, un topos capaz de equilibrar la relación entre individuo y grupo, un lugar que haga posible la coexistencia de la tradición y la invención cultural. Sólo así, de manera reflexiva, es posible eludir el peligro del repliegue hacia el comunitarismo autoritario y el que representa un individuo desanclado del momento y del espacio que habita.

De las políticas (públicas) y los políticos

Atlas de riesgos, manuales de prevención, comités científicos, sofisticados aparatos de medición, han ocupado la escena pública, pero parece que este conjunto de acciones no logran constituirse en políticas públicas capaces de lidiar con el riesgo. La dificultad de transitar de un esquema de medidas aisladas a un “proyecto social de riesgo”, que articule el desarrollo urbano, manejo de sustancias peligrosas, plataformas culturales y esquemas políticos que dejen de visualizar a los ciudadanos como electores, estriba en el peso de la modernidad lineal que se basa en un crecimiento a toda costa, que impide dar paso a un proceso reflexivo que sea capaz de sacrificar la velocidad en aras de un modelo equitativo, democrático, justo.

Las políticas públicas para la gestión del riesgo no pueden reducirse a un conjunto de medidas preventivas o de acción decidida y eficaz frente al desastre. Las políticas, en este contexto de modernidad reflexiva, dejan de estar referidas a un centro de decisiones y deben ser fruto, por el contrario, de una cooperación colectiva que atraviesa transversalmente a la sociedad. Políticas en el ámbito educativo, cuya finalidad sea la de generar actores competentes en la conciencia y manejo del riesgo; políticas en el ámbito laboral, que fomentan la participación responsable en la producción y reproducción de las condiciones materiales de existencia; políticas en el ámbito de la producción de la ciencia y la tecnología, que no sólo aportan el saber, sino son al mismo tiempo dispositivos de vigilancia sobre los impactos de las decisiones asumidas; políticas de comunicación, que se traducen en la mejoría cualitativa de los recursos informativos y formativos con los que cuenta una sociedad; políticas culturales, que se hacen cargo de la diversidad y la fomentan como una fuente de riqueza.

Para que todo esto sea posible, es fundamental reorientar la política, lo que significa dotarla de una fuerte plataforma y de contenido social. Por ejemplo, la pobreza y la exclusión son “factores” de riesgo que incrementan la vulnerabilidad no sólo de los actores que las padecen, sino de la sociedad en su conjunto. Los gastos en educación que un país realiza, los gastos en salud, en síntesis, los gastos en seguridad social, son indicadores directamente vinculados al tipo de Estado que los promueve. Y en este sentido una fuerte contradicción se dibuja en el horizonte futuro con signos ominosos, la que representa el avance feroz del neoliberalismo global que incrementa y genera nuevos riesgos y el fortalecimiento de los procesos de la modernidad reflexiva también de alcance global, en el sentido de la capacidad de acción de actores competentes. Los Estados nacionales están ya enfrentando esta contradicción, y la documentación empírica de lo que sucede parece inclinar la balanza hacia el proyecto neoliberal y dar paso a Estados que claudican de su responsabilidad social, lo que a su vez, incrementa el riesgo.

Mientras el 22 de abril, y sus temas no resueltos, siga atrapado en la lógica de lo político-político, no dejará de ser un asunto contingente y exterior, rehén de las decisiones arbitrarias de los políticos en turno. Un espacio tenso de enfrentamiento por recursos –de por sí, escasos– que visibilizan lo anacrónico de los actores políticos incapaces, en lo general, de estar a la altura del momento presente y de los desafíos futuros.

Creo que este es el aspecto más débil y más complejo en la lógica de la gestión de los riesgos. El deterioro creciente de la imagen de la política, en singular y de los políticos, en plural, es un hecho ampliamente documentado tanto desde los estudios de opinión pública como desde los estudios de corte cualitativo, salta cotidianamente en las páginas de los periódicos, en las cabinas de audio de las radios, en las pantallas televisivas, en la conversación colectiva y cotidiana en las plazas y mercados. Y esto es grave. Más allá del impacto moral que esto produce en la sociedad, debe tenerse muy en cuenta. El crecimiento de la brecha entre las autoridades de gobierno y los ciudadanos, produce de manera estructural un esquema de acción individualista que procura el bien y la seguridad particulares, en detrimento de la vida pública. Cuando el espacio público, topos real y virtual de la política, no es un referente confiable, se fragmenta el tejido social y retrocedemos a la barbarie, a la lucha de todos contra todos y la sobrevivencia de los más fuertes.

Pero el hecho de que el ámbito de la política y de sus operadores, sea el más reacio a transitar hacia un modelo reflexivo y democrático, tampoco puede ser considerado como un elemento externo al sistema, en tanto que se vincula a la debilidad de una ciudadanía que no logra ejercer a tiempo completo la participación en el ámbito del interés común.

Las cosas no se transforman por decreto, es cierto. Y también es hoy insostenible mantener un pensamiento lineal. El desafío estriba en hacer posible el pensamiento relacional y sistémico.

Re-pensar el pasado no es el ejercicio nostálgico en torno a lo que fue, es la tarea política de historizar la mirada, con la intención de proyectar un futuro abierto a las definiciones que la sociedad va generando.

Si el acontecimiento fue antes riesgo6, en lo que ha sido callado en torno al 22 de abril hay piezas claves (y necesarias) para armar el rompecabezas del futuro.

Hoy me parece que la pregunta fundamental es qué sentido, riesgo y acontecimiento han sido capaces de transformar o no, el malestar, el miedo, la indefensión en una reconstitución del tejido ciudadano.


Citas

1 Entre cuyos autores puede mencionarse a Niklas Luhman, Anthony Giddens, Ulrich Beck, Zygmut Bauman, entre otros.

2 Un análisis detallado de estos elementos puede verse en R. Reguillo, La construcción simbólica de la ciudad, 1996.

3 Ver Berger y Luckman, 1972.

4 No es este el espacio para un análisis detallado de lo sucedido. Este análisis está desarrollado en profundidad en R. Reguillo, 1996, Op cit.

5 Ya los “pre-modernos” griegos diseñaron un dispositivo político similar, con el principio de “isegoría”, como el derecho a la auto-representación en la polis, pero en la medida en que su concepción ciudadana era de carácter sumamente restrictivo (hombres, nobles, y libres) este principio indicaba que sólo tenía derecho a la auto-representación ciudadana un selecto grupo de habitantes de la polis. Ver Habermas, 1979 y Mouffe, 1999.

6 Una discusión amplia sobre este tema aparece en el libro coordinado por García Canclini, sobre la antropología urbana en México. R. Reguillo, “Ciudad, riesgos y malestares. Hacia una antropología del acontecimiento”.


Bibliografía

  1. BAUMAN, Zygmunt, Community. Seeking safety in an insecure world, Oxford, Polity Press, 2001.
  2. BERGER, Peter y Thomas LUCKMAN, La construcción social de la realidad, Buenos Aires, Amorrortu, 1972.
  3. BOURDIEU, Pierre, O poder simbólico, Lisboa, Difel, 1989.
  4. BECK, Ulrich, La sociedad del riesgo. Hacia una nueva modernidad, Barcelona, Paidós, 1998.
  5. GIDDENS, Anthony, Consecuencias de la modernidad, Madrid, Alianza Universidad, 1993.
  6. HABERMAS, Jürgen, La teoría de la acción comunicativa. Prolegómenos y estudios previos, Madrid, Cátedra, 1979.
  7. HEWITT, Kenneth, Interpretations of calamity, Boston, Allen & Unwin Inc., 1983.
  8. MARSHALL, T.H., Class, citizenship and social development, New York, Anchor Books, 1965.
  9. MOUFFE, Chantal, El retorno de lo político. Comunidad, ciudadanía, pluralismo, democracia radical, Paidós, Barcelona, 1999.
  10. REGUILLO, Rossana, La construcción simbólica de la ciudad. Sociedad, desastre, comunicación, Guadalajara, ITESO/Universidad Iberoamericana, 1996.
  11. ________, La construcción social del miedo. Narrativas y prácticas urbanas, en: Susana Rotker (editora) Ciudadanías del miedo, Nueva Sociedad/Rutgers, Caracas, 2000.
  12. ________, (en prensa) “Ciudad, riesgos y malestares. Hacia una antropología del acontecimiento”, en: Néstor García Canclini (coordinador) La antropología urbana en México. México, FCE.
  13. ROSALDO, Renato, “Cultural citizenship: theory”, en: William Flores y Rina Benmayor (editores) Latino cultural citizenship, Boston, Beacon Press, 1997.
  14. SEWEL, William, “A theory of structure: Duality, agency, and transformation”, en: American Journal of Sociology, Chicago, University of Chicago, 1992.

Contáctenos

Instituto de Estudios Sociales Contemporáneos – IESCO

Carrera 15 No. 75-14, pisos 6° y 7°

Bogotá, Colombia

Tels. (+57-1) 3239868 ext. 1613 – 1615

Correos electrónicos: nomadas@ucentral.edu.co