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Thomas Van Der Hammen: una vida en defensa de la naturaleza

Thomas Van Der Hammen: uma vida em defesa da natureza

Thomas Van Der Hammen: a life in defense of nature

Tomás Estévez*


* Biólogo, educador, trabaja en educación ambiental, en áreas silvestres protegidas y humedales. El autor fue miembro del equipo de investigación del DIUC. Es periodista, bajista de la agrupación de jazz y blues Isidore Ducasse y escritor de sobre con temas de educación ambiental. Autor de los libros Volcanes de Colombia y Hacia una cultura del bosque.


Thomas van der Hammen camina por su bosque en la Sabana, sembrado a tan solo diez minutos de Bogotá, con la fe y la perseverancia de quien conoce millones de años de la evolución de nuestra flora, mientras nos va mostrando nuevos arbolillos que asoman a la sucesión vegetal, pinos romerones vigorosos, gaques y tunos sembrados por aves, encenillos que ya anuncian un bosque maduro. Poco a poco entre las conversaciones y las consultas bibliográficas vamos descubriendo la intensidad y profundidad de la obra de una vida, que apenas alcanzaba uno a intuir por trabajos famosos como la reconstrucción del clima y la vegetación del pasado de la Sabana de Bogotá, el hallazgo de un hito para el conocimiento de nuestras raíces en el hombre del Tequendama, realizado con Gonzalo Correal, o el impulso que se dio en el conocimiento de nuestra diversidad con los transectos tropoandinos, estudios detallados y multidisciplinarios de nuestras cordilleras.

Su obra cuenta con más de trescientos títulos de trabajos científicos en diferentes partes del mundo, que cubren temas desde la geología hasta la biodiversidad y el clima, y desde la reflexión sobre la evolución de la vida hasta la discusión política sobre la gestión de nuestros recursos. La mayoría se refieren a Colombia, su patria de adopción, que gracias a su monumental trabajo es una de las más documentadas en cuanto al conocimiento del paisaje y flora del pasado, el devenir del clima, los avatares de sus primeros habitantes y sus adaptaciones, información toda ella vital para nuestra viabilidad como nación (y por qué no, como especie) si queremos de una vez tomar un curso de desarrollo sostenible y prometedor, en lugar de seguir rodando cuesta abajo en el deterioro de la base misma de la supervivencia.

De los países bajos al altiplano cundiboyacense

Cuando Thomas van der Hammen llegó desde su Holanda natal a Colombia en 1951, ya tenía decidido su camino por las ciencias de la Tierra, tal como él lo define compartiendo su pasión entre la biología y la geología. Atraído por esa legendaria exuberancia concentrada con sinigual desproporción en los Andes y la Amazonia, se encontró de lleno con la megadiversidad de Colombia varias décadas antes de que el concepto fuera acuñado. Thomas van der Hammen adoptó como segunda patria el que pudo ser el país más rico en especies conocidas y desconocidas, pero también uno de los que menos se preocupaba por mirar hacia su verdadero patrimonio vital.

Una breve descripción del paisaje sabanero de los cincuenta que acogió al joven científico, sirve para imaginar por qué esta primera experiencia definiría su rumbo por el redescubrimiento de nuestro patrimonio natural.

Para aquella década, Bogotá llegaba apenas hasta el Parque del Lago Gaitán por el norte, y los esfuerzos del Estado y los particulares no lograban todavía acabar los espléndidos humedales que rodeaban la capital hacia el margen occidental. Quizás todavía el Humedal Juan Amarillo se llamaba Lago Tibabuyes, con su espejo de agua rebosante de vitalidad y de aves acuáticas.

Hacia finales de la misma década el Humedal de Torca comenzaba su lenta agonía con el reciente trazado de la Autopista del Norte, que por el troquel euclidiano de la línea recta no fue curvada hacia el oriente unas pocas decenas de metros, donde hubiera encontrado suelo firme de colinas, sino que en todo su eje longitudinal cortó en dos el humedal. Se ha enterrado varias veces el volumen de la misma autopista en roca gravilla y asfalto entre los suelos blandos de humedal, pagando con sobrecostos el craso error. El mismo humedal donde Manuel Ancízar1, en su peregrinación describiera un páramo azonal2 con frailejones, en aquellos pantanos hoy convertidos en cementerios, clubes o colegios. Y en el cerro cercano se refugiaron osos de anteojos, el último de los cuales fue reportado en el bosque de La Aurora en 1967. Hacia el suroccidente la prodigiosa Laguna de la Herrera, inmortalizada en un cuadro de Gonzalo Ariza3 de la misma época, daba cobijo a las inmensas bandadas de patos pico de oro4. Nadie observó su paulatina desaparición, y al finalizar la década ya estaban extintas. En los mercados domingueros no faltaban los huevos de pato y el pescado capitán o los cangrejos para el caldo, que se ofrecían vivos entre baldes.

Todavía faltaban algunos lustros para que el ICA patentara variedades genéticas de papa resistentes al páramo y la Caja Agraria financiara planes de expansión de la frontera agrícola hacia los páramos, esos prodigios de la biodiversidad y el agua pura, para entonces íntegros casi en un 90% con respecto a su estado original. “La maleza de Suba” entre esta población y lo que es hoy el aeropuerto de Guaymaral, era una formación boscosa representativa de lo que fue la vegetación de la parte plana de la Sabana. Según el profesor Van der Hammen, allí se deben haber refugiado las últimas manadas de venado cola blanca endémico de la Cordillera Oriental5, a finales del siglo XIX y comienzos del XX, el mismo que reportara Humboldt en el mencionado bosque.

Estos prodigios se han venido menguando a pasmoso ritmo mientras científicos incansables, herederos del entusiasmo de la Expedición Botánica, realizan el indispensable inventario de nuestra diversidad; indagan, establecen parámetros de comparación, postulan teorías biogeográficas para tratar de explicar por qué la naturaleza privilegió tanto a un país como Colombia, a la vez que tratan de generar conciencia sobre nuestros recursos, orientación sobre la manera de conservarlos y advertencias sobre las consecuencias de modelos de desarrollo que no consultan la naturaleza. Se trata de conservar lo que queda, sin negar el desarrollo. Buscar caminos propios que consulten la “estructura ecológica principal”, concepto sobre el cual ha estado trabajando últimamente Thomas van der Hammen, como instrumento de los planes de ordenamiento territorial. Este concepto es una idea poderosa como herramienta de planeación, que ha dejado plasmada en el Atlas de la región CAR, de reciente publicación. Ahora el profesor Van der Hammen lo desarrolla en el ámbito nacional en la búsqueda de la conectividad de los pocos rincones que todavía pueden ofrecer parte de la antigua biodiversidad. Es una mirada que no excluye al ser humano en una visión integral de la conservación.

Regresemos a la década de la llegada de Thomas van der Hammen para establecer algunos contrastes y sorpresas en lo que fue su primer encuentro con el trópico. La palinología, ciencia que estudia la composición florística del pasado por medio del registro del polen fósil, establecería el justo nexo entre la biología y la geología con que soñaba van der Hammen desde su temprana vocación en la escuela, cuando las dos ciencias reclamaban por igual su curiosidad.

Al llegar a la Sabana se encuentra con un altiplano a 2.650 m de altitud, cosa excepcional en uno de los países de relieve más complejo y variado. A diferencia de las colinas holandesas rodeadas de llanura, esta altillanura con su verdor y riqueza en recursos hídricos era un pedacito de Holanda, enmarcado por los dos brazos en que se bifurca la Cordillera Oriental. Un escenario prodigioso que deslumbró por igual al hombre del Tequendama, a los primeros pobladores de hace doce mil años y a conquistadores y científicos. Hoy a punto de ser devorado por el cemento y el asfalto, solamente sigue deslumbrando a visionarios como Thomas van der Hammen o, por el contrario, tentando los bolsillos de los especuladores de tierras y barrios instantáneos.

Sin embargo, a diferencia de esa cultura campesina holandesa que vivió realmente de sus campos ganados con gran esfuerzo al mar, la Sabana dejaba de ser emporio de alimento para comenzar su camino suicida, convertida en lotes de engorde o ganaderías extensivas. En un atentado a la diversidad se convirtió la llegada del pasto kikuyo bajo el gobierno de Laureano Gómez. Cuentan que las semillas fueron lanzadas desde avionetas. De nombre Penisetum clandestinum y originario del África, marcaría dos épocas en la historia de los suelos sabaneros. En África, apenas sobrevive en competencia con otras hierbas agresivas y difícilmente lo reconocería quien ha luchado contra su tenacidad. Aquí se encontró a sus anchas, sin competidores y con los mejores suelos del mundo, formó colchones tan densos que impidieron la regeneración natural, exterminó hierbas originales, rompió tuberías de gres, agrietó muros; pero, sobre todo, encareció tanto el laboreo manual del altiplano que la condición de campesino dejó de ser esa pastoral idílica del imaginario colectivo. Esto apenas es una acotación, si lo comparamos con lo que para esta misma década se desataba en los campos, época que uno de los países más violentos del mundo llamó por antonomasia “La Violencia”. En síntesis, el campo sabanero después del kikuyo ya no fue sino para los que tenían ganado, arados mecanizados, o se acogieron alborozados a otra gran revolución que apenas comenzaba: la revolución verde, contubernio de máquinas, insumos químicos y semillas “mejoradas”, que con la política de préstamos y paquete técnico incluido, daba el golpe final al campo. Este modelo, quizás sin proponérselo, se convirtió en otro atentado contra la diversidad, el agua y los suelos, tríada que desde el comienzo y proféticamente, ha venido defendiendo con su labor Thomas van der Hammen.

Gracias a sus estudios y los de muchos de sus colegas y sucesores, hoy sabemos que cada centímetro de suelo demora casi trescientos años en formación. Que el agua nace en abundancia de los páramos con su flora y no de los páramos quemados o con papa, ni de suelos compactados por ganado. Que el agua subterránea ha demorado miles de años en acumularse, y que la biodiversidad que hoy estamos acabando en pocas décadas, no sólo sobrevivió, sino que se enriqueció durante episodios tan drásticos de cambio climático como fueron las glaciaciones.

Cuando se aprende de la solidaridad

Nacido en Schiedam, Holanda, el 27 de septiembre de 1924, el profesor es hijo de Cornelis van der Hammen y Josina van der Spuy, quienes construyeron un entorno familiar favorable al florecimiento de su vocación científica que emerge desde su primera infancia. Ya a los diez años se interesó en la luna, los planetas y las estrellas. Leen, su hermano tres años mayor, hoy biólogo, llevaba con esmero una colección de conchas y estudiaba los pájaros.

Thomas comenzó a coleccionar piedras y fósiles, insectos y plantas de la región y un herbario que hicieron juntos los dos hermanos.

Entonces descubrió un museo iniciado por los propios recursos y el entusiasmo de un profesor de escuela, un sabio en el conocimiento de la historia natural, que siempre fiel a su vocación de naturalista y educador, se presentaba como tal, el profesor Johan Bernink. El joven Thomas quedó deslumbrado con las colecciones y se ofreció de asistente en las labores del museo.

La generación de Thomas van der Hammen vivió en su plena juventud la dura experiencia de la Segunda Guerra Mundial y por tanto sabe lo que es una guerra. Tenía 16 años cuando los radios anunciaban la invasión a Holanda bajo el sonido de aviones y bombas, y 21 cuando finaliza con la locura de la bomba atómica. A los 16, poco antes de la guerra, había ingresado a un grupo local de jóvenes estudiosos de la naturaleza y desde esa edad hasta los 23 abundaron las excursiones de fin de semana, los campamentos de verano donde se coleccionaba, se cantaba, se cocinaban sus alimentos. El grupo era diverso en sus intereses científicos y compartía conocimientos y descubrimientos. Comenzó a esbozarse lo que sería la ciencia de la fitosociología entre jóvenes de 18 y 23 años al preguntarse cómo y por qué unas plantas acompañan a otras, unas vienen después que otras y cómo se distribuyen los espacios. Por esta misma época nace una pasión por estudiar la vida y obra de Francisco de Asís que lo ha acompañado desde entonces. Thomas abre la capilla que en su finca de Chía erigió a imitación de las pequeñas capillas de la provincia natal de Francisco de Asís, que ha visitado varias veces. Los muros gruesos, el portal de madera, el interior iluminado por vitrales alusivos a la vida del santo, brindan al recinto una atmósfera azul de misterio y sencillez. El altar confeccionado en dos grandes bloques de piedra revive una tradición de Chía, las areniscas de labor, según dice Thomas, de setenta millones de años de edad, encargadas a artesanos locales. Lo místico, lo científico y lo artístico armoniosamente integrados para un homenaje a la memoria del santo, aquel que en su oración simple había dicho todo lo que puede decirse sobre la paz. Era el año cuarenta. La invasión nazi fue rápida y efectiva con apoyo de los paracaidistas y el bombardeo a las ciudades. Vinieron los años de la ocupación directa. Cuando se avisaba de las redadas del ejército invasor, los jóvenes tenían que esconderse en los zarzos, o en donde fuera posible. El que se dejara atrapar era llevado a trabajos forzados en las fábricas alemanas. Thomas van der Hammen recuerda especialmente el invierno de 1944 al 1945, que se conoció como el invierno del hambre cuando muchos murieron. Pero lo más importante para destacar es que en medio de esas calamidades el espíritu científico del grupo de jóvenes nunca decayó. Imposibilitados de realizar sus largas excursiones, herborizaron e identificaron especies en los parques urbanos, se enseñaban unos a otros las diferentes disciplinas; con las universidades cerradas se realizaba mucho trabajo autodidáctico pero, sobre todo, recalca el profesor Van der Hammen, había mucha solidaridad.

Finalizada la guerra en 1945, Thomas van der Hammen se presenta en la universidad para sus estudios de geología y biología y luego para el doctorado con mucho bagaje de autodidacta. En 1948 obtuvo el grado de Candidato en geología, zoología, botánica y química; en 1949 el de Doctoradus (Master) en paleontología y botánica. Durante ese tiempo participó en numerosas excursiones alpinísticas y científicas por varios países de Europa, entre ellas el mapeo del Precámbrico del sur de Suecia. Se hizo miembro de la Asociación Alpina de Austria. Desde 1949 hasta 1951 fue el asistente científico del Museo estatal de geología y mineralogía en Leiden. Colaboró en excavaciones del Paleolítico Superior de Holanda, expediciones botánicas y fitosociológicas a Laplandia, e investigaciones del Cuaternario de Holanda.

Habiendo definido ya su vocación sobre la historia de la vegetación del oriente de Holanda, entre la última glaciación desde hace 15.000 hasta hace 10.000 años, en julio de 1951 defiende exitosamente la tesis de doctorado “Late glacial flora and periglacial phenomena in the Netherlands”.

Para entonces escuchó sobre Colombia y sobre Hubach, director del Servicio Geológico Nacional, hoy Ingeominas, por medio de Raasveld, enviado a Holanda para buscar especialistas en nuevas disciplinas. Hubach lo invitó, por pedido del gobierno de Colombia, a participar de un bloque inicial de cuatro años de investigación, para trabajar en palinología junto con otros dos colegas, respectivamente en petrología y fotogeología. Como jefe de la sección de Palinología y Paleobotánica, en donde comenzó a desarrollar el estudio de palinología tropical del Cretáceo y del Terciario, el profesor Thomas van der Hammen se propuso, luego de instalar los laboratorios, ir a conocer a la primera oportunidad que se le presentara la naturaleza circundante. Su primer acercamiento ocurrió a través del profesor Roberto Jaramillo quien lo invitó a a reconocer y coleccionar la flora en diversas excursiones cercanas. Pero el Amazonas seguía coqueteando desde la distancia.

Los viajes se realizaban en primitivos Catalinas, hidroaviones que acuatizaban en el Apaporis. Van der Hammen tuvo el privilegio de conocer una Amazonia casi prístina con ojos de científico, siglo y medio después de Humboldt. Una selva anterior a las oleadas de colonización que resultaron del desplazamiento de campesinos y a la reciente maldición coquera. Lo acompañaba, todavía estudiante, Luis Eduardo Mora Osejo, el primero de quienes serían su generación de relevo. El punto de acuatizaje era un puerto de recolección de caucho. Sin embargo, la región del Apaporis era una zona casi despoblada, aun de comunidades indígenas; solamente se sabía de tres o cuatro malocas. Exploraron las mesetas de Isibucuri, casi desconocidas para entonces abriendo trocha en una época de lluvias. A veces tocaba, en la noche, levantarse a desaguar la hamaca convertida en colector de agua, para seguir durmiendo bajo la lluvia. El ascenso era una especie de alpinismo tropical, con poco equipo pero muchas lianas para ascender los farallones. En esos primeros cuatro años se hicieron importantes colecciones de la flora y se trabajó sobre la historia de la vegetación del Pleistoceno, el Terciario y el Cretáceo.

Se había casado con la colombiana Anita Malo Rojas, y en los primeros cuatro años nació Tomás, su primogénito.

Fue una época de excursiones y expediciones por toda la república, a muchas de las cuales su esposa Anita lo acompañaba. Recorrieron las tres cordilleras, y más tarde la Sierra Nevada de Santa Marta y el Cocuy. Realizaron el primer reconocimiento de las Cuevas de Cunday en el Tolima. Cuentan ellos que al salir, después de día y medio de trayecto por la caverna al otro lado de la cordillera, los campesinos reaccionaban con temor y reserva ante el grupo de excursionistas en tanto ya se había desatado la peor fase de la violencia en Colombia.

Con la renovación del contrato por cuatro años más, se continúan y profundizan los estudios y ahora se trabaja conjuntamente con otras disciplinas e institutos. Da clases en el Instituto Colombiano de Antropología, y colabora en la fundación de la Facultad de Geología de la Universidad Nacional como uno de sus primeros profesores. En los siguientes cuatro años nacen sus hijos María Clara, antropóloga y Cornelis Bernardo, experto en agricultura ecológica. En 1958 visita Guyana, invitado por el gobierno de ese país y desde 1959 a 1966 trabaja como miembro científico y docente en el Instituto Geológico y Mineralógico de la Universidad de Leiden; desde allí organizaban excursiones pedagógicas a España, Luxemburgo y Bélgica, Austria y Norte de Italia, incluida la Laguna de Venecia. Se realizaban cursos de campo en Twente, oriente de Holanda.

En 1966 acepta el cargo de catedrático de la Facultad de Biología de la Universidad de Amsterdam. Desde esa posición comienza una más estrecha cooperación con el Instituto de Ciencias, con INGEOMINAS, con el IGAC y con el ICAN. Fue una época de gran colaboración con Holanda, especialmente con la Universidad de Leiden y la Universidad de Amsterdam. Desde 1966 se intensificó el intercambio de estudiantes y graduados, gracias al cual gentes como Orlando Rangel, Gustavo Sarmiento, Enrique González, María Lucía Absy, Hernando Dueñas, María Antonieta Llorente, Ligia Estela Urrego, pudieron hacer sus doctorados en Holanda. Ofreciendo disculpas anticipadas por las omisiones, la lista de tesis de doctorado que ha dirigido y apoyado ya pasa de cincuenta entre colombianos y extranjeros. La siembra de Thomas van der Hammen también fructificó en el campo de la vida misma no solo con doctorados: otros matrimonios mixtos fueron regalo de esta época.

De regreso a Colombia vendrían hallazgos que han marcado verdaderos hitos de nuestro conocimiento del pasado: el hombre del Abra y del Tequendama, datados cerca de los 12.000 años, fueron trabajos realizados conjuntamente con Gonzalo Correal por los cuales recibieron en 1970 el mayor reconocimiento de la Nación, la Orden de San Carlos, y el primer Premio Nacional de Arqueología.

Abriendo trocha

En 1977 comienza lo que sería una nueva experiencia de solidaridad e interacción: los estudios tropoandinos Ecoandes, con participación de entidades como Inderena, Ingeominas, el Instituto Colombiano de Antropología, el Instituto Geografico Agustín Codazzi y el Instituto de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional.

Se trata de la metodología de transecto con el estudio integrado de muchas disciplinas científicas en cada estación.

Se traza una línea sobre la cordillera cubriendo todos los pisos térmicos por ambos flancos y cada 200 metros, por esa línea, se establece una estación. En el sitio se explora la vegetación y la flora; el suelo, la fauna del suelo; la geología, la geomorfología y el clima; se estudia también la historia de la vegetación y el clima y eventualmente la prehistoria. La convivencia en un solo campamento de científicos de tantas disciplinas resultó novedosa al comunicarse las inquietudes in situ, y en el momento en que se presentaban las incógnitas, sin publicaciones de por medio, en una informalidad extra académica pero que no desaprovechaba los fértiles encuentros. Años después todavía se sigue trabajando integradamente con el estudio de las numerosas colecciones recogidas.

Cada expedición duraba de dos a seis meses. Primero se realizó el transecto de la Sierra Nevada de Santa Marta y luego el de cada una de las tres cordilleras, con gran énfasis en la Cordillera Central de la cual se han publicado ya cuatro volúmenes. Producto visible de estas expediciones fue descubrir el tesoro, casi desconocido para entonces, que resultó ser el Macizo de Tatamá, en la Cordillera Occidental. Los investigadores convivieron con un páramo sin intervención humana alguna, ni de colonos, ni campesinos desplazados, ni de comunidades indígenas nativas. Thomas van der Hammen ya imaginaba los paisajes de un páramo sin afectación, por las proporciones de polen estudiadas sobre la reconstrucción de páramos del pasado, pero para todos fue realmente impactante conocer un ecosistema “prístino”. A partir de esta visita se declara el Parque Nacional Natural Tatamá, uno de los que puede fácilmente competir por la mayor biodiversidad entre las 49 áreas del sistema.

Es natural que para las publicaciones divulgativas se destaque la flora, las aves, los mamíferos, pero otros grupos menos visibles reclaman el derecho de ser parte de la biodiversidad: los nemátodos, los ácaros, parientes de las garrapatas, pero utilísimos componentes de vida libre para el suelo, por ser detritívoros o descomponedores, colémbolos primitivos y diminutos insectos saltadores sin alas. Para sólo poner un ejemplo, el 90 % de las especies de lombrices en la Cordillera Central resultaron ser nuevas para la ciencia. Lo que estos estudios ponen de presente es la alta vulnerabilidad de extinción cuando ya queda muy poco del bosque andino original; cuando en la bonanza cafetera de los años setenta se estimuló a talar los cafetales de sombrío, reemplazados por desolados monocultivos que ahora piden toneladas de insumos, abonos químicos y venenos. ¿Qué decir del cultivo de papa en los páramos?

Descubrir la megadiversidad no es solamente motivo de orgullo, sino pretexto para pensar sobre la mega-responsabilidad planetaria que nos ha tocado como generación y como colombianos.

Sobre los humedales y los páramos

Bogotá podría haber sido una de las ciudades más bellas del mundo si se hubiera concebido con ciertos criterios paisajísticos que consultaran con sus recursos y lo que Thomas van der Hammen ha definido como Estructura ecológica principal.

Hoy, aunque sobrevive apenas una minúscula fracción de los humedales originales, estos son un recurso valioso e indispensable para el buen funcionamiento de la ciudad. Para Thomas van der Hammen, los suelos aluviales de cada humedal son el libro abierto que él y sus colegas saben leer. Cada faceta de milímetros de grosor es una página en la cual se puede reconstruir la historia climática de los últimos milenios de nuestra región y por ende del planeta. El daño que les hacemos con la desecación, dragado, relleno, contaminación, equivale a quemar la biblioteca de Alejandría, pues los humedales han guardado información vital para comprender el futuro del clima y tomar decisiones apropiadas en el presente. Sin raíces no hay futuro. Pero son muchos más los servicios ambientales de un humedal: biodiversidad, paisaje, amortiguación-regulación del agua de los ríos y picos de agua lluvia sobre la ciudad, recarga de acuíferos subterráneos, tratamiento natural del agua, estación de paso y sostén de aves migratorias, sostén y reproducción de aves residentes.

Sobre cambio climático

Bien sabemos que la situación ambiental es tan grave que se puede hablar de una gran crisis planetaria. Ya es un lugar común decir que desaparece una especie cada hora, que en Colombia estamos secando un río cada día, y que la deforestación mundial equivale a varias canchas de fútbol de bosque talado por minuto. Además para la fecha de esta publicación acaba de finalizar con sensación de frustración la gran cumbre de Johannesburgo “Río más diez” que no sólo recogió la frustración de Río de Janeiro sino que la reconfirmó.

Conversar con Thomas van der Hammen al respecto es tener un interlocutor que conoce el devenir del paisaje, la vegetación y el clima desde la época de grandes dinosaurios y con gran profundidad del Cuaternario, es decir, del ultimo millón de años. Es como conversar con un viajero del tiempo que a punta de laboriosa recolección de sus preciados fósiles, todos de tamaño inferior a la punta de un alfiler, ha reconstruido este viaje del clima y el paisaje por el tiempo. Es un trabajo singular. La expedición al pasado puede comenzar por ejemplo en el jardín de su casa entre Cota y Chía, o en los predios de la Universidad Nacional o las orillas de un humedal, con una pequeña excavación. Lo más minucioso apenas comienza: recuperar, a través de un tratamiento físico y químico de laboratorio, los granos de polen fosilizado, observarlos a través de estereoscopios y microscopios, clasificarlos, desarrollar procesos estadísticos que llevan a recuperar las proporciones en que dominaba cada especie vegetal en cada página del libro para luego, con modelos matemáticos de clima y ecosistemas, reconstruir el paisaje y deducir el devenir climático del pasado.

Es un viaje de la mente fundamentado en la labor de muchas disciplinas

Vivir familiarizado con cambios climáticos y floras del pasado contribuye también a romper paradigmas establecidos, por ejemplo aquel que señalaba que era en extremo difícil reconstruir un bosque de la parte plana de la Sabana de Bogotá. Sin mucho ruido y con paciencia de artesano, el profesor Van der Hammen ha ido convirtiendo dos hectáreas de llano sabanero en una muestra de lo que puede hacerse en menos tiempo de lo que cualquiera imaginaba: reconstruir un bosque que con solo diez años de cultivo, ya parece centenario.

Caminar con él por este bosque es realmente un viaje a uno de los pasados hipotéticos reconstruidos a punta de granitos de polen. Los ciros y chilcas, pioneros de una sucesión ya languidecen a la sombra de alisos, sangregados, con doseles tan altos que la luz se percibe cenital como la de cualquier bosque. Los pinos romerones, difíciles de propagar, prosperan por doquier con solo haber arrojado semillas sin mayor cuidado, pues han caído en el momento oportuno de la sucesión. Ellos, con arrayanes, coronos, raques y tibares, asomarán sus copas por encima de los alisos para iniciar la etapa clímax, muchos años antes de lo que los pesimistas hubieran asegurado o lo que hubiera durado en el mismo sitio una sucesión natural sin intervención humana. Otro paradigma que se rompe: el agresivo kikuyo languidece en una lucha inútil por la luz bajo este bosque singular a tan solo diez minutos de la capital. Se escucha el canto de grillos y ranas, y la cuenta de aves ha llegado a medio centenar, muchas de ellas trayendo con su trabajo de sembradoras otros arbolitos que ahora son parte de esta sucesión atípica en el último millón de años de historia de la Sabana pero en uno de los rincones más significativos: a pocos kilómetros de la “Maleza de Suba”, colindante con una de las haciendas más representativas del mundo colonial, el Noviciado.

Lo más interesante es que si se logra el Corredor Biológico del Norte de Bogotá propuesto por Thomas van der Hammen, ya incluido en el POT del Distrito Capital, esta pequeña reserva de una hectárea sería un punto más de la conectividad vital para las especies, sobre todo aves, que recuperaría parte de la estructura ecológica principal de la Sabana. Este corredor será un transecto transversal al desarrollo Norte- Sur de la ciudad, que une el Bosque de Torca y la Aurora, hoy el rincón con mayor diversidad de aves y flora del Distrito Capital, con el humedal de Torca y Guaymaral, que llevarían la conectividad al Bosque de Las Mercedes y el Cerro de la Conejera, relevo al otro lado de la pequeña Sierra de Suba hacia el Humedal de La Conejera, hoy paradigma y ejemplo de los esfuerzos de la sociedad civil por la conservación. Ahora se une el corredor a la ronda del río Bogotá, ya aprobada en un ambicioso plan de recuperación del DAMA, lo que le dará conectividad hacia otros humedales. Esta franja es la última oportunidad que tiene la futura metrópoli para evitar la conurbación con Chía–Cajicá–Zipaquirá en una sola masa urbana invivible. Hoy se negocia la calidad de vida de los futuros capitalinos, la de nuestros hijos y nietos.

En sinergia con la propuesta de Thomas van der Hammen, otras instituciones podrían añadirse voluntariamente al sistema de conectividades. Por ejemplo los clubes privados que tienen hoy el privilegio y la responsabilidad de manejar cuerpos de agua que con un criterio moderno, paisaje y conservación, golf y educación ambiental para los hijos de los afiliados, podrían ser parte de este sistema, al enriquecer florísticamente sus cuerpos de agua y campos con flora que acoja la avifauna y de paso añadiría variedad paisajística a sus mismos campos deportivos.

Apuntalando futuro

Muy cerca de la capilla estilo medieval, homenaje a la memoria de Francisco de Asís, contrasta la presencia de una estación meteorológica de la EAAB (Acueducto). Nos relata Thomas que él ya venía midiendo la lluviosidad, hasta que ofreció su predio para establecer una estación. A él personalmente le interesaban los datos y al acueducto la seguridad de dejar en buenas manos una instalación de última tecnología. Funciona de manera automática y con energía solar y lleva todos los registros: radiación solar, vientos, pluviometría. La lluviosidad promedio de su finca es poco más de 700 mm menos de lo que cabe imaginar para el vigor de su bosque en gestación y la granja diversificada y ecológica que ha dirigido su esposa Anita desde que viven allí. Jocosamente señala que se respetan sus espacios; Thomas con su bosque y Anita con su granja. Se destaca el dorado reluciente de una maravilla olvidada hacía unos cuarenta años: trigo. Un pequeño cuadrado de unos 15 m con las espigas de oro resplandeciente. Anita relata una aventura muy diciente de lo que pasa en el mundo. Sembró antes media fanegada; era mucho para recogerla a mano. Llegada la cosecha, no existía quien supiera cómo cosechar el trigo. Descubrieron después de mucha indagación al último dueño de una trilladora, oxidada y parada hacía décadas. Costaba mucho reactivarla y fue imposible el permiso para transitarla debido a su anchura. Tuvieron que aprender a recogerlo con hoz y azotarlo como en los tiempos bíblicos. Recordemos que Colombia fue productor de trigo e incluso tuvo razas criollas naturalizadas que casi desaparecieron. Por este camino, pronto seremos importadores absolutos de papa, café, maíz, yuca. Pero Anita se resiste y con tenacidad produce desde verduras y hortalizas hasta quinua y amaranto, cereales nativos de la cultura prehispánica, casi olvidados. No en vano uno de sus hijos, Cornelis Bernardo, ha seguido este camino y ha implementado su experiencia en el Valle del Cauca.

¿Cómo se han logrado estos dos milagros: un bosque y una huerta realmente productiva y diversa con tan escasa lluviosidad? Al entrar a su casa, nos recibe una placa en cerámica estilo medieval, donde se lee “Paz y Bien”, la máxima de Francisco. El aprovechamiento de los elementos naturales es parte de la visión de la vida del hermano de Asís. En el patio el profesor señala el sistema de canales y bajantes que aprovecha el agua de techos de las dos casas, la paterna y la de Clara y su esposo Carlos. Ha bastado para los tiempos de escasez en la huerta. Esta misma filosofía la ha transmitido a floricultores que conscientes de lo valioso del recurso hidrico subterráneo y buscando soluciones, ya surten el 80% de la necesidad de agua de sus cultivos con lo recogido por la cubierta de sus invernaderos, ejemplo que debería extrapolarse a la ciudad.

Reproducciones de Vermeer, a quien Thomas admira más que al mismo Rembrandt, esculturas y placas de cerámica van descubriendo en el ambiente de su casa una nueva faceta: la del artista. En su taller se revela una paciente labor de escultor que solo faltaba como complemento de quien conoce la historia de las piedras. Esculturas en cerámica, areniscas de Chía, calizas del sur de Francia, modeladas con un dominio de maestro. Un Señor resucitado se encuentra en etapa de finalización en cera de abejas, para ser vertido en bronce a la cera perdida. ¿De dónde ha salido el tiempo para el arte sin competir con una fértil producción científica? Sin duda el componente que integra estos dos mundos es la sensibilidad. Es un nuevo tema que nos lleva del taller a los álbumes de fotografía. Comienzan a revelarse todavía más secretos: el del bailarín que en su juventud estudió danzas folclóricas nacionales e internacionales y perteneció a grupos que realizaban presentaciones en su tierra y el del violinista que realizó los estudios básicos y participó en conciertos en orquestas sinfónicas juveniles y grupos de cámara en su país natal.

Todavía cada vez que puede darse una escapadita entre sus múltiples viajes, de paso por la casa de su hijo Tomás al sur de Francia, esculpe con él en su taller. Tomás estudió restauración de arte.

Seis reconocimientos más, como el Premio Nacional de Medio Ambiente 1994

Premio FEN Vida y obra 1995, Caballero de la Orden de León, de la Reina de Holanda 1989, entre otros galardones; conferencista invitado a decenas de eventos científicos en los cinco continentes, o expedicionario invitado, siempre regresa a su patria adoptiva y a su terruño en Chía construido con la paciencia de un Francisco de Asís, y si queda tiempo, que siempre es así, avanzar un poco más en alguna escultura en proceso.

Sin duda un talento y una vocación fructifican si encuentran los cauces apropiados. Agrupaciones juveniles de danza, de ciencia, de alpinismo, música, arte, estaban a la mano. Eran jóvenes con mucho para hacer y descubrir y no se dejaron amedrentar ni siquiera por la guerra. Pero la sociedad que estamos esculpiendo nada ofrece al joven de hoy cuando el modelo que se vende es el “héroe” del nuevo formato llamado Reality TV, que se debate armado de individualismo y astucia mientras millones los admiran desde la comodidad de sus hogares, como ocurría por estos días en “Protagonistas de telenovela”, con un Rating que paralizaba la ciudad. Un mito que Thomas van der Hammen y su entorno familiar desbaratan es el de que “no hay nada que hacer”, en un país que como él mismo ha mostrado con su obra, tiene todavía mucho por descubrir y por construir.

Finalmente otro imaginario que rompe es el de que exista una separación entre fe, ciencia y arte. Thomas van der Hammen, que conoce desde el detalle atómico y molecular en la petrografía, hasta el devenir del paisaje y los seres vivos en el tiempo, asegura que no todo puede ser materia solamente. Hay una trascendencia y una razón de existir. Algo que le da sentido al universo. Porque ausencia de sentido es la que le puede quedar al joven con una visión mecánica y materialista del mundo. Y Francisco de Asís de manera muy especial encarna la dedicación de una vida a las mejores cualidades del ser humano: el amor por todas las criaturas, la admiración de Dios en su obra.


Citas

1 Ancízar Manuel, 1851, Peregrinación de Alpha.

2 El concepto todavía no estaba acuñado por los fitosociólogos, pero ya Ancízar lo intuye con su aguda observación del paisaje.

3 Cuadro que hace parte de la colección del Museo Nacional.

4 Anas georgica niceforoi.

5 Odocoileus virginianus goudotii.


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