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Globalización, universidad y conocimientos subalternos: desafíos para la supervivencia cultural

Globalização, universidade e conhecimento subalterno: desafios para a sobrevivência cultural

Globalization, university and subaltern knowledge: challenges for cultural survival

Santiago Castro-Gómez*
Oscar Guardiola Rivera**


* Filósofo. Investigador principal del Instituto Pensar de la Universidad Javeriana. Profesor del área de Comunicación e Historia en la Universidad Javeriana. Profesor de Antropología de la Universidad de los Andes. Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

** Abogado. Investigador principal del Instituto Pensar de la Universidad Javeriana. Profesor de Derecho de la Universidad Javeriana y Nacional de Colombia.


Resumen

Este artículo cuestiona la posibilidad de crear espacios en la universidad para una critica cultural de los procesos de transformación global del capitalismo tardío. Este se manifiesta por el desbordamiento de las restricciones espaciales al capital financiero, el cual se introduce en el ciberespacio –entendido como la confluencia de artefactos, prácticas y relaciones de poder de las tecnologías de información en relación con las fuerzas del mercado–. Específicamente, se aborda la pregunta del lugar de los conocimientos subalternos en el nuevo orden mundial y la necesidad de una nueva agenda crítica de la universidad y la academía del “Sur Global”, frente a las amenazas de un modelo de universidad corporativizada que viene imponiéndose.

Abstract

This article explores the possibility of creating spaces within the university for a cultural criticism of processes of global transformation within late capitalism, as is manifest in the free reign of finance capital outside of geographical boundaries acting in cyberspace –understood as the confluence of artifacts, practices and power relations of information technologies in relation with market forces–. Specifically, the question is approached of the place of subaltern knowledge and studies in the new world order and the necessity for a new critical agenda for the university of the “Global South”, in the face of threaths coming from a model of corporate university that is seeking to impose itself today.


Parece evidente que la idea de la universidad como centro hegemónico de producción de saber y como guía humanista de la investigación y la docencia, tal como había sido concebida por los pensadores de la Ilustración, se encuentra en franca decadencia. El colapso del “proyecto moderno”, que en otro lugar hemos descrito como el fin de la gubernamentalidad estatal legitimada por el conocimiento, conlleva también la crisis de la universidad moderna.1 Ahora la universidad ya no funge como instancia que legitima cognitivamente la construcción de los Estados nacionales, sino como una instancia más en el procesamiento de mercancías en tiempos del capitalismo global. En particular, la universidad se ha convertido en una pieza clave para el ensamblaje del mercado del conocimiento.

En este artículo examinaremos las consecuencias que puede tener esta globalización neoliberal de la universidad para la “supervivencia cultural” de la humanidad. Y lo haremos tomando como punto de referencia el documento de Porto Alegre, firmado el año pasado durante el Foro Mundial realizado en aquella ciudad brasileña. Nuestro argumento será que la hegemonía de que gozan en la universidad latinoamericana discursos afines a la globalización del capital –como la economía y el derecho– conducen a deslegitimar la validez de formas de vida y conocimiento alternativas, encarnadas ya no en culturas exóticas (el “otro de la modernidad”), sino en ciudadanos de la calle comunes y corrientes, que ven impávidos cómo su habitus cognitivo queda absorbido por discursos abstractos diseñados por tecnócratas, propagados por sistemas expertos (como los medios de comunicación) e implementados por agencias transnacionales inmunes a cualquier tipo de control democrático.

1. Transformaciones de la universidad: el problema del contexto

Teóricos sociales y políticos, antropólogos, filósofos sociales, estudiosos de la cultura, economistas, politólogos y hasta juristas están usando términos tales como “capitalismo informacional”, “trabajo inmaterial”, “mercantilización abstracta” o “trans-materialización de la riqueza” para referirse conceptualmente a la arena social en la que estaríamos entrando en la actualidad. Lo que parece ser común a estas nociones es la intuición del surgimiento de un espacio social cualitativamente diferente (más allá de las fronteras geográficas actualmente existentes), construido por el uso de tecnologías de información avanzada.

Dicho diagnóstico parece ser central a la hora de comprender las transformaciones del capitalismo tardío, en especial cuando se hace referencia a la primacía del sector financiero del capital. El argumento puede ser expresado de la siguiente manera: en tiempos de globalización, el capital financiero supera las constricciones impuestas por las fronteras geográficas existentes para introducirse en el ciberespacio. De acuerdo con lo anterior puede afirmarse que la noción de “ciberespacio” se encuentra en el centro de las críticas explicativas y descripciones del contexto actual de aparición de nuevas subjetividades y formas de conocimiento. Denominamos este “el problema del contexto”, y lo proponemos como el reto prioritario de una crítica cultural que necesita con urgencia encontrar espacio en la universidad.

Con el fin de evitar argumentos que enfatizan la no pertinencia del discurso sobre el ciberespacio en América Latina dado el “carácter pre” (premodernas, precapitalistas, preinformatizadas, etc.) de nuestras sociedades, quisiéramos aclarar que el término “ciberespacio” puede ser usado de manera general para referir el tipo de cultura potencial que estaría siendo creado por el uso de las tecnologías de información avanzada, en particular por parte de los poderes económicos. Dicho de otro modo, la categoría de ciberespacio se refiere al cúmulo de artefactos, prácticas y relaciones de poder que se articulan alrededor de la computación y que son dirigidas en buena medida por las “fuerzas del mercado”. En la medida en que tal acumulación afecta a los ámbitos cotidianos de la vida de los sujetos a escala planetaria, el tema resulta tan pertinente en Ecuador como podría serlo en la Gran Bretaña.

Ahora bien, quisiéramos argumentar que no es posible pensar las transformaciones de la universidad y replantear críticamente su función, sin tener en cuenta el modo en que la universidad contemporánea deja de ser un eje fiscalizador del saber al servicio del Estado, para convertirse en una máquina productora de conocimientos mercantilizados al servicio del capital global. En un artículo publicado en This Magazine (septiembre de 1991) el periodista John Harris resumía la cuestión de la siguiente forma:

El conocimiento que antes era gratuito, abierto y producido para el beneficio de la sociedad, ahora es apropiado, confidencial y producido para el beneficio de las corporaciones y los negocios. Los educadores que antes guardaban celosamente su autonomía negocian hoy la planeación del currículum con patrocinadores provenientes de las sociedades y corporaciones... Los profesores que antes se dedicaban a la enseñanza se encuentran hoy en la nómina de las compañías fabricando en serie investigaciones mercantilizables en el laboratorio del campus, mientras que las universidades pagan los muy reducidos salarios con que se contrata a profesores asistentes... Los directores de las universidades, antaño líderes intelectuales de sus instituciones, son hoy refinados relacionistas públicos y acuciosos buscadores de fondos.

Si antes el Estado, en el marco de su proyecto de gubernamentalidad, procuraba por lo menos fabricar sujetos morales (ciudadanos) a través de la educación y el acceso gratuito al conocimiento experto –lo cual conllevaba un interés en la formación científica del profesor–, ahora las prioridades han cambiado. La universidad ya no está ahí para formar una elite de científicos y profesionales al servicio de la nación, sino para formar técnicos que puedan suplir las necesidades de las empresas globalizadas por los imperativos del mercado global. Lyotard lo veía muy bien en La condición posmoderna: en el contexto del capitalismo global, la legitimación del conocimiento se da solamente en términos de su operatividad, es decir por la perfomance de su funcionamiento. Por eso la universidad se pliega a las necesidades del mercado laboral, cada vez más orientado hacia la lógica del ciberespacio. La ciberuniversidad ya no se interesa tanto por la excelencia académica y la introyeccción de hábitos ciudadanos, sino por la posibilidad de ser competitiva en el “marketing” abierto por la sociedad del conocimiento. Ser universitario no significa pertenecer a un foro donde puedan interrogarse críticamente las condiciones de producción del saber instituido –así pensaba Immanuel Kant la universidad en El conflicto de las facultades–, sino pertenecer a un nodo de saber/poder en el que tan solo se producen conocimientos que refuercen la operatividad tecnológica del sistema.

2. El “Sur Global” como escenario de supervivencia cultural

Habiendo hecho referencia muy breve al “problema del contexto” en el que se mueve la universidad contemporánea, quisiéramos concentrar ahora nuestra reflexión en un problema específico: ¿cuál es el lugar que ocupan los “conocimientos subalternos” en el nuevo orden mundial? Los dos temas que enmarcan este movimiento argumentativo son, de un lado, la cuestión de la “supervivencia cultural”, tal y como está siendo articulada hoy por diversos actores sociales del Sur Global2 y del otro, la cuestión de la globalización de la educación. Nuestro interrogante apunta hacia el siguiente problema: la globalización hegemónica de la educación y el modo hegemónico de producción de la vida en el seno del capitalismo global constituyen una seria amenaza para la supervivencia cultural de la humanidad, en la medida en que borran o invisibilizan el espacio discursivo abierto por actores globales subalternos.

Durante la década de los ochenta del siglo XX, el movimiento ecológico comenzó a hacer popular la idea de acuerdo con la cual la diversidad biológica constituye un preciado recurso global. En tal sentido, se argumentaba, la desaparición de las ballenas jorobadas, las aves tropicales y los insectos africanos empobrecería notablemente nuestro planeta y posiblemente amenazaría la supervivencia de la especie humana. Desafortunadamente no existe aún un conjunto de organizaciones ambientalculturales con capital simbólico similar dedicado a promover el mensaje análogo concerniente a la diversidad cultural del mundo; sin embargo, es dable pensar que un movimiento tal contaría con un considerable número de simpatizantes a lo largo y ancho del globo. En efecto, el sentimiento de que la cultura mundial sería degradada si la diversidad de conocimientos y visiones del mundo se pierde, es compartido por intelectuales, operadores de la cultura, comunidades locales, activistas políticos, globalizadores contra-hegemónicos y nacionalistas modernos en todo el planeta. A este mensaje nos referiremos con el término “supervivencia cultural”.

Desde otra perspectiva, este término designa el conjunto de problemas y cuestiones surgidas en las zonas marginales del sistema-mundo (por ejemplo, el Mediterráneo, el Sud-este de Asia o América Latina), hasta hace muy poco excluidas de las agendas de las ciencias sociales, cuyo proceso de constitución como discursos independientes ha estado relacionado con las tendencias políticas y económicas de los países centrales.3 Más adelante presentaremos ese conjunto de cuestiones en la forma de dos tipos de problemas bien diferenciados que consideramos centrales en la agenda de la universidad y la academia del ‘Sur Global’ para el siglo que comienza.

Quisiéramos formular la cuestión de la siguiente manera: los procesos de descolonización y democratización del siglo XX estaban transformando las condiciones de emergencia, inserción y funcionamiento de los discursos de saber que desde la modernidad temprana habían sido impuestas por los países centrales. Es decir, tales prácticas políticas, llevadas a cabo por sujetos subalternos al interior de los estados nacionales, estaban desplazando, o por lo menos interpelando, al sujeto hegemónico (las clases dominantes al interior de esos mismos estados nacionales) de su papel ‘legislador’ respecto del conocimiento. En una palabra, se estaban reapropiando de la posibilidad de organizar socialmente su propia forma de vida. La globalización es un escenario más de este enfrentamiento por la hegemonía del conocimiento. Ahora bien, la defensa del carácter propio de ese capital cultural tiene sentido no tanto porque éste sea valioso para los pueblos y comunidades del Sur Global (lo que quizás sería ya una razón suficiente), sino porque ese capital resulta valioso para toda la humanidad de la misma forma que lo es, por ejemplo, la diversidad biológica de la cuenca amazónica. En tal sentido puede decirse que el valor propio del capital cultural subalterno es su carácter no apropiable. Se trata de un patrimonio común de la humanidad.

Foros globales como el reunido en la ciudad de Porto Alegre durante los dos últimos años han acogido de manera central entre sus preocupaciones la defensa de la pluralidad cultural y el carácter social e inapropiable del conocimiento. Así por ejemplo, en el documento conocido como “Llamado de Porto Alegre para las próximas movilizaciones” se recoge, en al menos dos acápites, la problemática relativa a la diferenciación moderno-colonial de la cultura y el conocimiento. En el párrafo cuarto se declara:

Estamos en contra de la hegemonía del capital, la destrucción de nuestras culturas, la monopolización del conocimiento y de los medios de comunicación de masas, la degradación de la naturaleza y el deterioro de la calidad de vida por las corporaciones transnacionales y las políticas anti-democráticas.4

La razón de nuestro interés en este documento es que se trata de una instancia ejemplar de articulación entre la experiencia localizada y sentida de la subalternización y la actividad crítica y propositiva que busca resistirla y al tiempo transformar las condiciones globales en las cuales ella es posible. Dicho documento constituye una muestra (prueba, evidencia) del “sentido interno” que origina el comportamiento regular de cierto actor social que puede ser descrito por un observador externo. La determinación del ‘sentido interno’ respecto de un campo social resulta importante porque si bien un observador externo está en capacidad de determinar ciertos procederes regulares, no podrá distinguir entre ellos a menos que tome en cuenta los motivos que originan esas conductas. Solamente en el segundo caso, el del participante, cierto comportamiento es aceptado como una ‘regla’ y por tanto como un parámetro de regulación en el cual pueden fundarse sus críticas a quienes no respetan las reglas. Establecer la dimensión normativa interna al campo social globalizado es lo que nos permite distinguir –como cientistas sociales– entre globalización hegemónica y globalización anti-hegemónica, o lo que es lo mismo, entre dos posiciones antagónicas que dividen un campo social que, a primera vista, aparece como homogéneo.

Sin embargo, la mayor parte de las aproximaciones teóricas a la globalización la consideran un fenómeno social homogéneo e inevitable. La posibilidad de establecer distinciones al interior del campo, esto es, de establecer qué actores compiten en el campo y qué pretensiones intentan avanzar, depende de la identificación de las reglas que dichos actores siguen a la hora de jugar el juego, y ello solamente es posible si se asume el “punto de vista interno”. Lo que revela este punto de vista es la manera en que un cierto actor social es afectado por la acción legislativa de otro actor que ocupa una posición hegemónica en el mismo campo. Es a partir de ese “afecto” que el subalterno desarrolla una contranormatividad propia y, por lo tanto, la posibilidad de cambiar las reglas de juego, transformando así el campo en el que actúa.

El lenguaje del documento de Porto Alegre es explícitamente normativo, pero esa normatividad no corresponde al modelo jurídico-institucionalizado del lenguaje que usa el globalizador hegemónico: el lenguaje de los derechos humanos reducidos a la protección de la honra, la dignidad y la propiedad. Corresponde, más bien, al lenguaje de alguien que reclama el derecho a poder conocer el mundo de otro modo y expresa, por tanto, una contra-normatividad. Lo que motiva, en efecto, el acto de transvaloración es el rechazo a tener que vivir en un mundo donde son instancias abstractas –corporaciones transnacionales y ya no solo estados nacionales– las que definen normativamente, y esta vez para todo el planeta, lo que “significa” el amor, la felicidad, la riqueza, la política, en fin, la existencia misma de la especie humana. Se trata, pues, de una resistencia activa que demanda la posibilidad de poder decidir –o al menos tener influencia– sobre los procesos de imputación de sentido sobre la realidad.5 Debilitado el espacio de disidencia ciudadana que la modernidad había definido bajo los términos del “contrato social”, los actores subalternos –convertidos ahora en “multitud”– reclaman la creación de un nuevo espacio donde pueda tener cabida la validez de su habitus, de sus afectos. No es coincidencia, además, que el ‘lugar’ de esta contra-normatividad sea el “Sur Global”, término que no designa ya un espacio específico del mapa geopolítico sino, mas bien, un espacio antagónico móvil.

3. El “libre comercio de la educación”

Hemos argumentado que la globalización genera toda una serie de movimientos contrahegemónicos por parte de sujetos que se sienten “afectados” por el modo en que sus formas locales de ver, conocer y sentir el mundo son subalternizadas por un discurso abstracto legitimado por “saberes universales” como la economía y el derecho. Hemos dicho también que los firmantes del Documento de Porto Alegre han articulado un tipo de experiencia sentida acerca del ciberespacio –en el sentido dado al término más arriba– que se contrapone al discurso abstracto de los globalizadores hegemónicos. Volviendo ahora al tema de la universidad, mostraremos que las agendas de la universidad latinoamericana empiezan a verse permeadas por los intereses de agencias globalizantes como la “North American Free Trade Agreement” (NAFTA) y su potencial sucesor, el “American Free Trade Agreement (ALCA). Uno de los peligros de que la educación universitaria empiece a ser vista como una mercancía perteneciente al sector de servicios es que las “muchas maneras de conocer” –y con ellas, la posibilidad de un futuro de vida alternativo para la humanidad– dejen de tener en la universidad un espacio de articulación crítica. Argumentaremos que la posibilidad de defender la legitimidad epistemológica de formas de conocimiento como las reflejadas en el documento de Porto Alegre, formas que, como hemos dicho, son indispensables para asegurar la supervivencia cultural del planeta, pasa necesariamente por una política de resistencia frente a la mercantilizacion de la universidad.

Tanto el NAFTA como el ALCA han sido presentados como simples procesos de liberalización del comercio y solución de las disputas fronterizas. De hecho, estos convenios establecen un nuevo y completo marco de política social y económica para las Américas y crean una estructura gubernamental de carácter continental, no elegida democráticamente, con enorme capacidad de influencia sobre las políticas educativas del Estado. Ambos convenios representan un claro riesgo para la universidad latinoamericana por las siguientes razones: primero, los servicios educacionales serían abiertos a compañías estadounidenses para la competencia por nuestros mercados y nuestros contratos gubernamentales. Aunque técnicamente el acuerdo permite a los gobiernos establecer sistemas educacionales propios, lo cierto es que estos sistemas se ven compelidos a “ajustarse” a imperativos de orden macroeconómico –¡y macropolítico!– sobre el que ni los estudiantes, ni los profesores, ni las directivas universitarias tienen algún tipo de control. La trampa es la siguiente: hoy NAFTA da a las compañías estadounidenses los que se denominan “derechos de tratamiento nacional”. Esto significa que un gobierno latinoamericano (México hoy, ¿Colombia mañana?) debe tratar estas compañías como si fuesen nacionales y no puede dar preferencia a las compañías domésticas. De manera que el Estado no puede favorecer a los actores nacionales, a pesar de que en sectores como la cultura y los servicios educacionales las perspectivas locales son cruciales.

En segundo lugar, los gobiernos locales no pueden ya requerir a las compañías que compitan por contratos que se mantengan en la localidad. Compañías estadounidenses que actúan bajo NAFTA pueden hoy laborar en México, por ejemplo, sin tener que invertir en el país, ni proveer empleos y ni siquiera abrir oficinas locales. Esto quiere decir que la regulación pública de los servicios educativos y el licensing de los mismos puede llevarse a cabo de una manera que no favorece a las empresas locales. Hoy NAFTA extiende los que se denominan procurement rights a las compañías estadounidenses, capacitándolas para competir en licitaciones para contratos públicos y gubernamentales. La intención es abrir todos los niveles del gobierno a este tipo de competencia transnacional. Lo que ha ocurrido es que en Canadá, por ejemplo, los gobiernos federales han privatizado muchos de los servicios educacionales. Los gobiernos más conservadores han sido los más radicales a la hora de privatizar, y se espera que en Colombia se sucedan durante un período suficientemente largo gobiernos de este tipo, o aún más autoritarios. Si un gobierno futuro quisiera revertir tales procesos, las reglas del actual NAFTA, que de seguro entrarán a formar parte del ALCA, lo impedirían.

La “armonización” educativa del continente cambiaría para siempre la naturaleza de la educación en Colombia y el resto de América Latina. Ella será aún más privatizada, mucho más cercana del sistema estadounidense y más comercial en sus operaciones, permitiendo a los negocios grandes y pequeños instalarse en este sector antes resistente a sus lógicas y contradicciones. En la medida en que los puestos de trabajo escasean y la competencia por los mismos es más fiera, y en la medida en que la educación llega a ser vista como una ventaja competitiva (capital cultural legitimo), la educación como negocio está atrayendo más corporaciones y empresarios. En efecto, ya algunas universidades nacionales del sector privado han elevado a los más altos rangos directivos sus áreas financiera y administrativa. Ello es tan sólo un abrebocas de la “venta de las universidades” –de manera análoga a lo que ocurre con la privatización de los servicios públicos y médicos– que tenemos a la vista.

A manera de ejemplo: sólo un porcentaje muy bajo de los libros educativos que circulan entre nosotros son publicados por empresas colombianas. Bajo NAFTA, único precedente existente de lo que sería el ALCA, las transnacionales pueden desarrollar productos educacionales para un mercado panamericano. Debido a su tamaño, las firmas estadounidenses tendrán una ventaja competitiva y serán capaces, bajo tales acuerdos, de rebajar aún más sus costos de producción al operar en países del sur con menores prebendas salariales, desplazando así a las firmas europeas.6 Como cualquier otra compañía estadounidense, las casas de publicaciones ven a Latinoamérica como parte de un mercado común y se encuentran impacientes por borrar cualquier inconsistencia en el sistema. La heterogeneidad cultural es, sin duda, la más evidente de tales inconsistencias.

Resulta claro que, bajo esta perspectiva, la posibilidad de que el problema de la “supervivencia cultural”, expresado en documentos como el de Porto Alegre, tenga cabida en los currículos y en las políticas de las universidades latinoamericanas, se vuelve cada vez más lejana. Esto conlleva, a su vez, la imposibilidad de desarrollar en la universidad discursos críticos de frontera, que son los únicos con el potencial explicativo para comprender el espacio social y cultural desde la perspectiva de los que ocupan posiciones contrahegemónicas. Dicho de otra manera, no vemos cómo en una universidad completamente entregada a los intereses del mercado y las transnacionales pueda hacerse presente la voz o el afecto de los subalternos. Tales voces y afectos serían definitivamente acallados. El resultado –el silenciamiento de voces que expresan la “supervivencia cultural”– sería equivalente al de un genocidio.

Queremos por ello proponer para la discusión dos problemas que debieran formar parte de la agenda crítica de la universidad sur-global en el siglo XXI. Son estos los problemas que no encontrarán un espacio para su desarrollo en la universidad corporativizada que plantea el escenario NAFTA-ALCA:

1) El problema de “las muchas maneras de conocer”, referente a la posibilidad epistemológica de defender la legitimidad de las formas de conocimiento experiencial que subyacen al discurso del documento de Porto Alegre vis a vis la legitimidad constituida de discursos disciplinares como la economía y el derecho. Esta cuestión incluye los debates epistemológicos alrededor del tema modernismo / posmodernismo, así como cuestiones metodológicas internas a las disciplinas y a los estudios culturales.

2) El problema referente a la caracterización de las entidades-portadoras-de-cultura propias en el espacio global actual. Este problema puede ser formulado del siguiente modo: la más importante cuestión política y filosófica del siglo XXI será la definición de lo que queremos ser en el futuro (ya no sólo como “naciones”, sino como “especie”). Es, pues, el problema de las formas de ver, conocer y sentir el mundo, presentes en formas de vida subalternas, que se presentan como alternativa posible al modo de producción de vida dominante en el capitalismo global.

Tales cuestiones dirigen nuestra atención hacia la elaboración de un discurso crítico respecto del pensamiento de la globalización fuerte en los estudios antropológicos, sociales, políticos y culturales que se han ocupado de caracterizar la sociedad actual. Es nuestra pretensión defender el argumento según el cual este tipo de discurso crítico, que en la actualidad viene siendo articulado por nuevas tendencias de las ciencias sociales como es el caso de los estudios culturales, requiere de un espacio al interior de la academia. Lo anterior implica que ésta es una propuesta para llevar los estudios culturales en América Latina más allá de las limitaciones propias del culturalismo.7


Citas

1 Castro-Gómez, Santiago y Oscar Guardiola Rivera. “Geopolíticas del conocimiento o el desafío de “impensar” las ciencias sociales en América Latina”. En: Santiago Castro- Gómez (ed.). La reestructuración de las ciencias sociales en América Latina. Bogotá: CEJA 2000.

2 La fuente que nos servirá de pre-texto para establecer esta articulación es el documento conocido como “Llamado de Porto Alegre para Las próximas movilizaciones”, emanado del Foro Social Mundial reunido en Porto Alegre, Brasil, en 2001.

3 Hemos abordado este tema en otros lugares: “El Poscolonialismo como teoría crítica de la sociedad globalizada” en Pensar (en) los intersticios. Teoría y práctica de la crítica poscolonial. Santiago Castro-Gómez, Oscar Guardiola-Rivera y Carmen Millán de Benavides (eds.). Bogotá: CEJA 1999, y “El Plan Colombia, o de cómo una Historia local se convierte en diseño global”, en Revista Nueva Sociedad, no. 175, Septiembre- Octubre, Caracas: Nueva Sociedad 2001.

4 “Llamado de Porto Alegre para las próximas movilizaciones”, en: Seoane, José y Emilio Taddei (eds.). Resistencias Mundiales. De Seattle a Porto Alegre. Buenos Aires: CLACSO 2001. El énfasis es nuestro.

5 Partimos de la premisa de que el “sentido” de la vida colectiva no es algo anclado en la “naturaleza de las cosas”, sino que es una construcción social. Esto significa que la cultura puede ser vista como un campo de batalla por el control de aquellos símbolos que sirven para imputar sentido a las cosas. En esta lucha por el control de los significados, tal será nuestro argumento, la universidad juega un papel nada despreciable.

6 Basta recordar que el mercado de libros se encuentra dominado actualmente en Latinoamérica por empresas europeas como Berthelman y Mondadori (la del derechista Silvio Berlusconi), que operan en consorcio con monopolios españoles como Planeta y Santillana. Editoriales como Taurus, Gedisa, Paidós, etc., no son otra cosa que filiales muy pequeñas de estos grandes consorcios globales, cuyas ganancias se cuentan por millones de dólares en el mercado latinoamericano. Las compañías estadounidenses se proponen entrar muy pronto en la lucha por el control del fabuloso mercado “latino”.

7 Véase: Santiago Castro-Gómez. “Althusser, los estudios culturales y el problema de la ideología”, En: Revista Iberoamericana.


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