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Entre la semántica del discurso y los hechos de guerra: una plataforma para la toma del poder1

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Entre la semántica del discurso y los hechos de guerra: una plataforma para la toma del poder

Entre a semântica do discurso e os acontecimentos da guerra: uma plataforma para a apreensão do poder

Between the semantics of discourse and the events of war: a platform for the seizure of power

Jorge Eliécer Durango Argel *


En cada palacio que veo elevar en la capital, imagino sus escombros en el campo.
Jean Jacques Rousseau


* Estudiante de Comunicación Social – Periodismo de la Universidad Central, auxiliar de investigación dentro de la modalidad de Homologación a Trabajo de Grado, en la línea de violencia y socialización del DIUC.


Resumen

En este ensayo se analiza el discurso político de las Farc- Ep, desde la perceptiva de las Ciencias Sociales y de la comunicación: se hace énfasis en el contenido semántico del mismo como forma de acceder al poder político del Estado. Se tomaron como fuente principal de la investigación, los comunicados, revistas y panfletos, que para su divulgación emplea la organización guerrillera.

Abstract

This essay reflects on the political discourse of the FARCEP, from the perspective of the Social Ciencies and of comunication studies. Emphasis is made on the semantic content of discourse as a way to accede to political power of the nation. Through an analysis of the documents and communications produced by this guerrilla organization, an investigation is conducted on the relations between these and war actions and intents.


En la historia de la humanidad, los actos fundacionales: conquistas, dominaciones, invasiones; liberaciones, revoluciones, rebeliones; creación de nuevos Estados-nación, Repúblicas, guerras y demás hechos políticos que han implicado cambios en las estructuras de los pueblos –dimensiones económicas, políticas, sociales y culturales determinantes de su condición humana–, han estado signados por sangrientos hechos de violencia, respaldados con discursos políticos o religiosos que los justifican tanto en su época histórica como en el entorno social en que se desarrollan.

En el caso de Colombia, para las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia – Ejército del Pueblo (Farc- Ep), guerrilla marxista, estas realidades no han sido indiferentes. En el movimiento rebelde ha sido imprescindible la compaginación de su evolución y consolidación armada– militar, con el de su componente ideológico, para tener así una verdadera posibilidad de acceder al poder político del Estado. En su propósito, ha trabajado en dos frentes: ha proclamado un discurso pacifista para la solución del conflicto social y armado, con reivindicaciones de “justicia social para el pueblo” y como instrumento de persuasión política y por otra parte, ha llevado a cabo el desarrollo práctico de la guerra. “Desde su nacimiento las Farc-Ep hemos buscado la paz; pero los instigadores de la paz se han atravesado siempre en ese camino. Hemos intentado con persistencia encontrar las vías que nos lleven a la paz de la justicia social por los caminos pacíficos y cada vez nos hemos encontrado con la violenta oposición de una oligarquía militarista”.2

Desde esta perspectiva, para la organización insurgente los hechos de violencia no se constituyen en una disyuntiva entre el discurso pacifista y los hechos de guerra o una desviación de sus objetivos e ideales. En su discurso los justifican como una “respuesta a una agresión”. En la práctica, se trata del cumplimiento sistemático de una estrategia; una consecuencia de su consolidación, en un estadio donde las contradicciones dialécticas entre la semántica de sus declaraciones políticas y el desarrollo técnico de la guerra, están llegando a una etapa más compleja en la que se tiende a generar rupturas en el tejido social y a crear nuevos paradigmas en la concepción de la sociedad colombiana, sus estructuras e instituciones. Así lo ven desde su concepción marxista. Para las Farc- Ep, el primer intento por asumir una condición política real de su movimiento armado se dio en 1985, cuando a través de la Unión Patriótica (UP),3 tratar de hacer política de manera abierta, aunado a procesos de diálogos de paz nacionales y regionales, proyecto que fracasó por “la eliminación sistemática de los dirigentes de la coalición de izquierda. Más de 1.500 de sus líderes y partidarios han perdido la vida desde la fundación del partido en 1985”.4 Según la insurgencia, “es por todo esto que el gobierno nacional no tiene ningún interés en los diálogos por la paz, le va bien haciendo la guerra, porque dispone de dinero y del poder necesario para trabajar la imposición de sus modelos de desarrollo”.5

Es así como a partir de la Octava Conferencia formulan los siguientes planteamientos para trabajarlos desde su interior: “proponerle a Colombia, la lucha por un nuevo gobierno de reconstrucción nacional, basado en una plataforma democrática, patriótica y de justicia social –y proponen–: Diálogo de Gobierno con las mayorías; convocatoria de una nueva constituyente; reactivación del movimiento popular en lucha contra la política económica y de recursos naturales del Estado”6. Acompañado de un plan de expansión militar y dominio territorial, consistente en desdoblar (dividir) los frentes con mayor número de guerrilleros, para enviarlos a sitios donde no tienen presencia armada, consolidarse e influenciar las decisiones de los gobiernos locales (alcaldes y gobernadores) en las decisiones administrativas e influenciar, desde allí, las decisiones del Gobierno central.7

En el plano de las ciencias sociales las realidades son múltiples. Según Thomas Khun, cuando un rompecabezas se convierte en una anomalía se inicia un período de crisis que, en ocasiones acaba en un cambio de paradigmas. Ponen en juego conceptos que antes eran habituales.8 La pregunta entonces es ¿de qué manera será afectada la sociedad colombiana con el surgimiento de nuevos paradigmas sobre su concepción? Para responder este interrogante es válido citar a Max Weber: “La historia es una tragedia de una humanidad que hace su historia, pero no sabe la historia que hace. La acción política es pura nada cuando no hay un esfuerzo inagotable para obrar con claridad y no verse traicionado por las consecuencias de las iniciativas adoptadas”.9 En el caso que nos ocupa: el fin último de las Farc-Ep en el desenlace de su lucha política - armada, es implantar un sistema de gobierno bajo estructuras y modelos de desarrollo social- capitalista: “El Estado debe ser el principal propietario y administrador en los sectores estratégicos (…) y recursos naturales en beneficio del desarrollo económico-social. Habrá participación de los gremios, las organizaciones sindicales, populares, entes académicos y científicos en las decisiones sobre las políticas económicas, social, energética y de inversiones estratégicas...”10

Perspectivas que chocan contra los intereses de gremios, partidos políticos e instituciones tradicionales en la democracia colombiana, que prefiere mantener un estado de cosas dentro del modelo económico capitalista. Como se vislumbra en la posición de la Federación Colombiana de Ganaderos (Fedegan) frente a las propuestas de reforma agraria: “la tenencia de la tierra dejó de ser paradigma de poder y riqueza. Así pues cultivar la esperanza de un pedazo improductivo de tierra para cada quien, es mantener activado el detonante de la violencia (… ) que no se pretenda entender que somos enemigos de la reforma agraria. De lo que somos enemigos es de la promesa demagógica”.11 En este sentido, será la ruptura del equilibrio de estas fuerzas en contradicción y choque, lo que en últimas determinará la respuesta, todo ello bajo la premisa cosmogónica de que el origen de todo orden en principio es el caos. Para generarla, el discurso político de los diálogos de paz en las Farc-Ep, es una estrategia diseñada por el extinto jefe guerrillero Luis Alberto Morantes Jaimes, ´Jacobo Arenas´, quien ha sido su máximo ideólogo y cuyas propuestas están en pleno desarrollo; fue él quien concibió el concepto de “diálogos de paz” como un medio para alcanzar el poder. Entre tanto la concepción semántica que de ellos ha tenido el Estado es la de lograr la desmovilización, pacificación y sometimiento del grupo guerrillero, como ya se dio con el Movimiento 19 de Abril (M-19), la Corriente de Renovación Socialista (CRS), el Ejército Popular de Liberación (EPL) y el Quintín Lame en 1991; sin que ello implique cambios estructurales en sus instituciones.

Conceptualmente, el discurso de los insurgentes no ha variado desde su organización como guerrilla el 27 de mayo de 1964, cuando dieron el paso de Autodefensas de Marquetalia o liberales, en cabeza de Pedro Antonio Marín, ´Manuel Marulanda Vélez´ o ´Tirofijo´ a guerrilla estructurada. Esto es evidente en la Octava Conferencia donde ratificó la “Ley Agraria o 001”, retomando el plan agrario de los insurrectos marquetalianos (reforma agraria, eliminación de latifundios e institucionalización de las tierras productivas como bien común), y promulgada en la Séptima Conferencia, realizada el 14 de mayo de 1982, en Cubarral, Meta; todo ello acompañado de su accionar militar como objetivo estratégico para la toma del poder por la vía de las armas.

Luego de seis años de trabajo, las Farc esbozan lo que denominan en su interior “Partido Comunista Clandestino PC3”; mecanismo de trabajo político que enfoca su tarea hacia las organizaciones comunales, sociales y barriales, distribuyendo esta tarea por núcleos de trabajo denominados “Uniones solidarias”, con carácter clandestino, como un mecanismo de defensa, para impedir que grupos de extrema derecha inicien una acción militar en contra de sus dirigentes y los aniquilen como sucedió con la UP. En abril del año 2000 las Farc-Ep lanza oficialmente este movimiento con un nombre más globalizante: Movimiento Bolivariano por la Nueva Colombia (MBC), el cual pretendía aglutinar a su alrededor todo el inconformismo social existente y capitalizar masivamente el trabajo clandestino de las “Uniones solidarias” y “Núcleos bolivarianos”.

Esta situación se dio en la medida en que el proceso de paz que comenzó en 1998 creó las condiciones necesarias para su lanzamiento, de acuerdo a los objetivos e intereses insurgentes, que en los tres primeros años del proceso avanzaron vertiginosamente como producto del esquema de negociación. Para la organización insurgente, en su momento, era evidente el favorecimiento político alcanzado, definido en un tácito reconocimiento nacional e internacional a su condición política. Reconocimiento que el 2 de febrero de 2000 llevó a Europa (España, Suecia, Suiza, Vaticano, Noruega) a Raúl Reyes, Joaquín Gómez, Fabián Ramírez, Iván Ríos, Simón Trinidad, Felipe Rincón y Olga Lucía Marín, integrantes del Estado Mayor de la organización y negociadores en el truncado proceso de paz, países donde fueron recibidos como visitantes “oficiales”.

Incluso Estados Unidos, siempre alérgico a las organizaciones marxistas - comunistas, había adelantado contactos no oficiales por medio de Costa Rica, como lo confirmó el entonces Subsecretario de Estado Phill Chicola: “En la conversación que tuvimos cuando yo me reuní con el doctor Raúl Reyes, lo que vimos ahí es que ellos nos entregaron cualquier información…”.122 Estos acercamientos quedaron definitivamente suspendidos a raíz de los atentados terroristas en Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001, cuando ese país proclama una “cruzada mundial contra el terrorismo” y el Departamento de Estado publica una lista de organizaciones terroristas, blanco de esa cruzada, donde ratifican a las Farc-Ep como organización de ese carácter pues ya desde 1999 venía siendo calificada como tal.

Sin embargo, el objetivo político de las Farc-Ep a través del Movimiento Bolivariano por la Nueva Colombia sigue siendo convertirse en alternativa política frente al deterioro y la pérdida de credibilidad de los partidos tradicionales, y apoyados en su fortalecimiento armado generar una verdadera revolución que tenga como principal argumento la participación activa de la población civil. En esta perspectiva, la semántica de los conceptos que manejan en sus discursos de paz juega un papel importante; de ahí que se vean en las diferencias conceptuales del mismo disyuntivas frente a su accionar armado; que son precedidas con su justificación política, que también propagan a través de un Frente Internacional. En esta tarea están empeñadas las Farc-Ep, para lo cual un esquema de negociación como el que se venía adelantando es vital en la obtención de un espacio de maniobra suficiente para intentar esta primera fase político- militar, contemplada en su “plan estratégico hacia la toma del poder” y en donde los diálogos de paz son para ellos un medio y no un fin.

Ahora bien, tanto al Estado en la defensa de sus intereses y en cumplimiento de sus deberes constitucionales, como a la guerrilla en la conquista de los suyos –aceptando que es una organización rebelde con fines políticos–, les es lícito utilizar las herramientas de que disponen. Retomando las teorías del poder de M. Weber se puede afirmar que “el medio decisivo de la política es la violencia y pueden ustedes medir la intensidad de la tensión que desde el punto de vista ético existe entre medios y fines”.13

Y precisamente en esta dirección se mueven los ideólogos farianos, en la búsqueda del poder político como medio para desarrollar sus ideas o para gozar de sus privilegios. Así se desprende de lo expuesto por ´Alfonso Cano´, en uno de sus artículos cuando se refiere a los fracaso de los diálogos de paz: “Las conversaciones anteriores de La Uribe, Caracas y Tlaxcala fueron trampeadas por la oligarquía que acudió a las citas con oídos sordos. Sólo escuchaban y entendían sus puntos de vista. Nada quiso saber de cambios estructurales, de nuevas fuerzas y poderes”14.

Bajo esta lógica, en más de cuarenta años Colombia ha divagado entre discursos de paz y hechos de guerra, mientras miles de jóvenes, mujeres y hombres siguen entregando sus vidas convencidos de estar prestándole un servicio a Dios, a la patria, a la sociedad o a la revolución. En donde en vez de disminuir la voluntad de quienes hacen la guerra, ha surgido un repunte, lo que supone el sacrificio de otras miles de vidas más. La dinámica continúa tras la ruptura del proceso de paz que se desarrolló en Colombia en los últimos tres años entre el gobierno del Presidente conservador Andrés Pastrana Arango y las Farc-Ep. Proceso lleno de interrupciones infructuosas para el común de la sociedad y el Estado; mas no así para la organización insurgente cuyo fortalecimiento le ha permitido desarrollar actos de guerra cada vez más célebres por la barbarie de sus cometidos. Es como si “por efectos de la violencia, la sangre parece constituir un referente ineludible de la realidad del mundo para los colombianos/as”.15

Ante todo ello no hay que olvidar que se trata de un conflicto social y armado. En tal sentido, si se va más allá de las impresiones de los hechos de guerra, del imaginario social y se buscan otras explicaciones de los mismos, encontramos en Rousseau que “la multitud de crímenes asegura impunidad cuando el Estado se debilita o perece… que los indultos frecuentes son indicios de que en época no lejana los delincuentes no tendrán necesidad de ellos y ya se puede juzgar a dónde se marcha”.16 En esta danza de la muerte no sólo son víctimas quienes se enrolan en las filas de los grupos armados para ir al frente de guerra, o quienes van forzados a ella, sino también personas ajenas a la misma que asentados por tradición histórica, cultural –y necesidad en algunos casos– en regiones que antes eran pacíficas y ahora están transformados en teatro de operaciones de guerra, se han convertido en las víctimas tradicionales de las confrontaciones como sucedió en Barrancabermeja (Santander), donde en un hostigamiento de las Milicias Bolivarianas de las Farc-Ep, resultaron muertos la señora Seidy Pedrozo y el menor de edad Cristian Ojeda Pedrozo.17

Retomando a Rousseau, lo que se significa entonces es que si se dan hechos de guerra como los enunciados, que desestabilizan al Estado, hacen víctima a la población civil y ponen en crisis a la sociedad, no es porque quienes los realizan carezcan de un discurso político consecuente con sus intereses; sino porque el Estado se ha debilitado y está perdiendo el monopolio de la violencia legítima de la fuerza física, como afirma Weber. En tal sentido es su deber velar porque esto no suceda y / o su responsabilidad si lo permite. Nada más alejado de la realidad: en la dialéctica de la guerra a mayores hechos desestabilizadores, mayores logros políticos. Y todo acto fundacional es un ritual, tiene un modelo divino, un arquetipo:18 Y revoluciones ha habido muchas, todas sangrientas. No fueron pocas las cabezas que literalmente rodaron en la más altruista, desde las perspectivas de su justificación política: la francesa. En los conflictos internos no hay inocentes. La sociedad es responsable; nadie es neutral. Se está en un bando o en otro. Se es víctima o victimario.

Y, para entender las dimensiones del conflicto armado colombiano, los medios masivos de comunicación no le han prestado un buen servicio a la sociedad, las noticias sobre los hechos del conflicto, no son más que “comunicados de prensa” del actor que los suministra, sin siquiera podarlos de las cargas semánticas e intencionales del autor, del reportero o, incluso, del medio, como asegura Jorge Iván Bonilla, las propuestas de solución planteadas desde la prensa están enfocadas a disciplinar en cuanto a desviación del orden social y político del país.19 Así las cosas, no se exponen los contextos. Las soluciones son simplistas. Los hechos son aislados. Las realidades son absolutas y pierde toda lógica la percepción del opositor.

En la dialéctica que han desarrollado estos procesos, “negociar” es exigirle al otro. Y en el caso de las Farc-Ep, sus exigencias van enfocadas a acceder al poder político del Estado y a ello está dirigido su discurso. Pero además, como lo reconoció el ex negociador del Gobierno, Luis Guillermo Giraldo en lo referente a los últimos diálogos de paz, por parte del Gobierno y la insurgencia se ha carecido de iniciativas concretas: “los que allí estuvimos, de uno y otro lado, no teníamos ni instrucciones ni capacidad alguna para definir los asuntos de algún fondo”.20 Esta declaración es muy significativa, toda vez que reconoce abiertamente que los “negociadores” del Gobierno no sólo fueron a ver qué resultaba, sino desconociendo absolutamente las estrategias del movimiento guerrillero.

En conclusión, no existe una disyuntiva entre la semántica del discurso político de las Farc-Ep y los hechos de guerra. Por lo visto, no es atinado afirmar que la organización insurgente ha “perdido el norte”, para desembocar en un movimiento terrorista –aún cuando use el terrorismo como técnica de guerra–. Tampoco es acertado “creer que el conflicto armado sólo se explica actualmente por la presencia del narcotráfico y de los cultivos ilícitos –aún cuando se beneficien de ellos– haciendo caso omiso del telón de fondo, además de la persistente tendencia histórica a utilizar la violencia para obtener objetivos políticos”.21 Muchas de las causas históricas que dieron origen a la violencia en Colombia siguen irresolutas.


Citas

1 Este ensayo se desarrolló en el marco de la investigación Estilos de interacción propiciados por los actores del conflicto interno colombiano, dirigido por las investigadoras Mónica Zuleta Pardo y Gisela Daza Navarrete.

2 BLOQUEO SUROCCIDENTAL. FARC-Ep. En: Revista Resistencia. Abril de 1993, p. 16.

3 FOLLETO Resistencia (hoy revista). Estado Mayor de las FARC-Ep. Marzo de 1986.

4 AMNISTÍA INTERNACIONAL. Violencia política en Colombia. Mito y realidad, p. 7.

5 COLUMNA MARÍA CANO, FARC-Ep, frente 34. En: Revista Resistencia. Junio 1993, p. 5.

6 La Octava conferencia, se realizó a partir del 27 de marzo de 1993, en La Uribe, Meta. Las conferencias nacionales guerrilleras, para el caso de las FARC-Ep, son los máximos órganos de dirección; se reúnen en ella la mayor cantidad de su militancia para definir sus lineamientos.

7 Reunión plenaria del Comando Conjunto de Occidente, FARC-Ep. Declaración política. Enero de 1998.

8 KHUN, Thomas S. ¿Qué son las revoluciones científicas?. pp.21 y 59. Editorial Atalaya. Traducción: José Romeo Feito.

9 WEBER, Max. El político y el científico. p. 35. Editorial Atalaya. Traducción: Francisco Rubio Llorente.

10 FARC-EP. Plataforma para un gobierno de reconstrucción y reconciliación nacional. Abril 3 de 1998.

11 VISBAL MARTELO, Jorge. Intervención en el panel sobre: “El sector productivo y empresarial y su compromiso con la paz”. Bogotá, D.C., noviembre 7 de 1997.

12 Noticiero NCA. Edición febrero 24 de 2000. Bogotá, D.C.

13 Op-cit. p. 165.

14 SAÉNZ, Guillermo León. En: Revista Resistencia, “Nuevos vientos”, julio-agosto 1998. p. 10. Edición 114.

15 RESTREPO, Víctor Julio, López Sandra, Vélez Beatriz. En: Revista Nómadas: “Sangre: valencias culturales e identidades juveniles en el contexto colombiano”. Edición No. 13. p. 127.

16 ROUSSEAU, Jean Jacques. El contrato social. p. 67. Editorial Sarpe. Traducción: Enrique Azcoaga.

17 Policía Nacional. Área de Información Estratégica. En: Boletín informativo, Marzo 3 de 2000.

18 ELIADE, Mircea. El mito del eterno retorno, pp. 28 y 29. Editorial Atalaya. Traducción: Ricardo Anaya.

19 BONILLA VÉLEZ, Jorge Iván y GARCÍA RAYA, María Eugenia. En Revista Signo y pensamiento. “Espacio público y conflicto en Colombia. El discurso de prensa sobre la protesta social”. Edición No. 30, 1997 p. 70.

20 GIRALDO, Luis Guillermo. En: Revista Cambio. “Otro año más sin ti”. Edición 17 al 24 diciembre de 2001.

21 VARGAS VELÁSQUEZ, Alejo. En: La Revista de El Espectador. “El conflicto armado: doce mitos en su interpretación”. Junio de 2001.


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