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La narración globalizante: un periodismo para el ciudadano del mundo1

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La narración globalizante: un periodismo para el ciudadano del mundo

A narrativa globalizadora: um jornalista para o cidadão do mundo

The globalizing narration: a journalism for the citizen of the world

Liliana Paredes Restrepo*


* Estudiante de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad Central, auxiliar de investigación dentro de la modalidad de Homologación a Trabajo de Grado, en la línea de violencia y socialización del DIUC. Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.


Resumen

Se expone aquí un análisis del discurso narrativo que ha tenido la revista Semana para informar sobre los cuatro actores principales del conflicto colombiano, durante el tiempo comprendido entre 1991 y 2001. Este ensayo propone el análisis de tres períodos históricos, que a su vez pueden considerarse como tres momentos de narración desarrollados por esta publicación, y plantea la hipótesis del paulatino avance de la revista hacia la estructuración de un discurso marcado por el proceso de globalización, o lo que hemos dado en llamar, para efectos de este texto, narración globalizante.

Abstract

An analysis is made of the narrative discouse that has been enated in the journal “Semana” of Colombia, in the information regarding the four principal actors of the colombian conflict, during the decade between 1991-2001. This essays proposes the existance of three historical periods, each of them which can be considered as three moments of historical narration developed by this publication, and puts forward the hypothesis of a slow change in the journal towards the structuring of a discourse marked by the changes brought about by globalization, or what we have called, for the effects of this text, globalizing narratives.


La globalización ha penetrado todos los ámbitos de la producción mediática que se practica actualmente en el mundo. En correspondencia con esta premisa, el discurso periodístico que hoy se maneja en los medios escritos nacionales es una muestra del paulatino avance de las tendencias globalizantes en la producción de la prensa escrita.

La producción periodística escrita de hoy está incorporando en su discurso una nueva forma de narración que podríamos llamar “narración globalizante” (que para efectos de este ensayo se considera como la adaptación, tanto de la estructura narrativa como del contenido semántico del discurso periodístico, a las condiciones y características propias del proceso de globalización, que involucra todos los ámbitos de la vida del hombre y lo sumerge en nuevos procesos de construcción de las llamadas culturas universales), la cual patrocina el desarrollo de procesos simbólicos de identificación con los fenómenos de diversa índole (sociales, económicos, políticos, de seguridad, etc.), que gracias a los medios de comunicación se perciben como mundiales, o por lo menos de carácter internacional, es decir, que no son exclusivos de una región o territorio.

La narración periodística no ha sido impermeable a la evidencia de esta nueva “cultura universal” (ver: Ortiz Renato, 1996).2 El discurso periodístico de hoy apunta a la narración que muestre los sucesos con carácter mundial para una audiencia (entiéndase lectores o receptores) de este mismo caracter. La lucha guerrillera es un hecho mundial, el terrorismo, la corrupción, son hechos que no tienen lugares propios sino puntos geográficos temporales, protagonistas de algo que nos toca a todos y que se ofrece en un menú informativo cada vez más homogéneo (ver: Ochoa Ana María, 1997).3

El relato periodístico registra hoy escuetamente los hechos y los muestra cauterizados a una audiencia de un carácter mundial. Esto quiere decir que la “narración periodística globalizante” en su forma y fondo, apuntan a la conformación de un discurso donde los sucesos y sus protagonistas sean presentados libres de cargas emocionales directas y en el que la estructura gramatical y semántica carezca de verbos y adjetivos recalcitrantes que instiguen a la polarización.

El reflejo de este desarrollo puede verse por ejemplo, en los cambios que en materia de narración ha tenido la revista “Semana” (seguimiento que se hizo como aporte a la investigación que adelanta el Departamento de Investigaciones de la Universidad Central, desde la línea Violencia y Socialización, Estilos de interacción propiciados por los actores del conflicto interno colombiano), en los últimos diez años, tiempo marcado por tres períodos históricos que pueden constituirse a su vez en tres tiempos o momentos de narración periodística: el narcoterrorismo, la corrupción administrativa del Estado y el recrudecimiento de la lucha guerrillera.

El registro de prensa que realizó “Semana” durante el tiempo comprendido entre 1990 y 1993 tuvo una característica especial que podríamos identificar como la crónica policíaca. La biografía del capo, enemigo público declarado, que cuenta con aliados en varios sectores de la sociedad, perseguido por la fuerza pública, la detallada descripción de la persecución del malo que finaliza con la espectacular huída, se registró sin descanso durante los años del auge de la exportación de drogas ilícitas y la bonanza económica que se desprendió de esta actividad.

“… (lo que más preocupaba) era la evidencia de que el secuestro, la tortura, la muerte y la incineración de algunas personas hace un par de semanas en Medellín, habían sido planeados y ordenados desde la cárcel y que incluso algunas de estas personas habían sido previamente llevadas ante Escobar para una especie de juicio por deslealtad con quien seguía siendo considerado por sus hombres como el máximo jefe del cartel de Medellín.”4

”El jefe del Cartel acababa de almorzar un plato de espaguetis, se había quitado los zapatos … a su interlocutor le dijo: espérame unos minutos que oigo movimientos raros afuera. “El Limón”, su guardaespaldas de los últimos días, se asomó a la ventana en el momento mismo en que los hombres del bloque se acercaban a la puerta de atrás. En un acto de desesperación y entrega para con “El patrón”, Agudelo salió a la calle disparando su pistola 9 milímetros, en una maniobra que pretendía distraer al comando uniformado y darle la oportunidad a Escobar de escapar por la parte trasera de la casa. La maniobra no alcanzó a funcionar, “el Limón” cayó abatido en cuestión de segundos….”5

Los reportajes y crónicas daban la sensación de estar leyendo un libro de aventuras policíacas donde se destacaba la manera como “el malo” que siempre estaba a punto de ser atrapado, al final lograba escapar de la ley con artimañas y estrategias de distracción:

“Estas tareas de contrainteligencia del capo exigían de él una disciplina a toda prueba que implicaba que pensara constantemente en producir señales falsas sobre sus desplazamientos, como hacer llamadas por el teléfono inalámbrico desde diferentes sitios de la ciudad y en constante movimiento. Para ello necesitaba dedicar su mente casi exclusivamente a estos asuntos, algo que se le estaba volviendo cada vez más difícil debido a la creciente preocupación por la seguridad de su familia y el interminable acecho de las autoridades.”6

La evidencia de las acciones que no requerían de una prueba madre que respaldara la información, pues generalmente estos actos eran admitidos por los protagonistas, dieron a la revista mayor libertad para narrar con un estilo rico en adjetivos calificativos y expresiones estereotipadas culturalmente aceptadas, que encajaban perfectamente en el imaginario colectivo: “Pablo Escobar, el más peligroso narcotraficante del planeta, se había puesto de ruana la política de sometimiento a la justicia diseñada y puesta en práctica por el Gobierno y apoyada por una amplia mayoría de colombianos.”7

“Si Escobar es comparable a Hitler en su bunker en sus últimos meses, Bogotá se parece cada vez más a Londres bajo los bombardeos nazis.”8

“La realidad es que a cambio de la finalización del más sangriento período de terrorismo de la historia de Colombia y uno de los más trágicos que recuerde la humanidad en tiempos recientes, millones de personas en el país habían decidido aceptar que Escobar permaneciera detenido en medio de comodidades y privilegios, en una cárcel en cuya construcción él mismo había tenido una cercana participación.”9

El conflicto social del momento el narcotráfico, a pesar de tener dimensiones internacionales, era de carácter nacional. Pablo Escobar era un maleante colombiano y su historia era nacional, se desarrolló en las calles de barrios y ciudades colombianas y sus discursos eran de colombianos para colombianos. De esta manera, “Semana” supo adaptar la narración policíaca -naturalmente enriquecida con opiniones de analistas y especialistas- a la geografía, el sistema judicial y la idiosincrasia de los colombianos. La revista aprovechó esa coyuntura para trabajar un modelo diferente de diagramación donde se ilustraban los hechos consecutivamente para reforzar la espectacularidad de los operativos, las fugas, las persecuciones y finalmente las muertes de los protagonistas, como se puede observar en los cuadros ilustrativos de la muerte de Escobar en la Edición No. 605 de diciembre 7-14 de 1993.

Después de la muerte de Pablo Escobar, la revista “Semana” abandona la crónica policíaca para entrar en un nuevo período de narración que tiene su fundamento en el conflicto desatado por la aparición de los narcocasetes y el destape de la corrupción administrativa del Estado colombiano: el controvertido proceso 8.000.

Esta etapa de la historia en la que el escándalo fue el fenómeno predilecto de la opinión pública se registró de manera minuciosa en los medios, especialmente en los escritos, debido a la gravedad de la situación que se prestaba para una posible interpretación errada de los hechos. Por esta razón en las páginas de “Semana” –como en la mayoría de medios–, se reflejó un exhaustivo ejercicio de investigación desde 1994 hasta finales de 1998.

A pesar de que el tema de fondo seguía siendo el narcotráfico, el interés del público dio un giro y “Semana” desplazó el discurso que narraba las acciones de los grandes capos, para abrirle espacio a la narración de cómo el narcotráfico financió la campaña política del entonces candidato a la presidencia Ernesto Samper Pizano.

Frente a este cambio de enfoque, el relato de “Semana” se transformó. La descripción de lugares y condiciones ya no fue tan exhaustiva porque lo más importante no era tanto dónde y cómo pasaban las cosas (lo cual se dejó en boca de los directamente implicados), sino qué pasó, a quién y por qué.

“En enero la Fiscalía llamará a juicio a los principales implicados en el 8.000 y deberá absolver, en los documentos que sustenten la acusación, muchas preguntas sobre qué pasó, quién participó y quién supo.” “La Fiscalía deberá decir en dichos asuntos qué fue realmente lo que pasó en la campaña y a partir de entonces, cada una de sus afirmaciones deberá estar sustentada jurídicamente. SEMANA anticipa los principales interrogantes que tendrán que quedar resueltos en esos documentos.”10

El conflicto que se estaba narrando era ahora más de carácter político y judicial, y ésto significaba que cualquier cosa que se publicara debería tener bajo las costuras la prueba contundente o la declaración grabada que respaldara la información. Por eso la utilización de verbos enfáticos y adjetivos calificativos, que en el período anterior nutrían la crónica para darle fuerza e impacto a los hechos, eran reemplazados por verbos enteramente nominales que no significaran la implicación abierta de un personaje y las expresiones dubitativas como: se rumora, (se le dio especial importancia al rumor), aparentemente, probablemente, al parecer, etc, hicieron parte de la estructura narrativa del proceso 8.000.

“Santiago Medina dentro del contexto del escándalo actual, es un personaje controvertido…De ahí el rumor de que muchos de sus compradores tienen que haber sido dueños de capitales emergentes de toda clase.”11

“Por lo anterior es posible que todo el meollo radique en un punto: que Santiago Medina aunque lo niegue, puede ser conocido de los Rodríguez Orejuela, como se deduce de la transcripción. Es posible también que haya sido abordado por ellos para discutir asuntos de plata.”12

Se combinaron elementos del reportaje y la crónica en un intento por alcanzar un mejor desglose de la información, con recuadros que mostraban la cronología de los acontecimientos, reproducciones de documentos y transcripción de conversaciones interceptadas, en las que los protagonistas se delataban o se implicaban en el proceso.

“Cuando pasé al teléfono el interlocutor se identificó y me dijo: Santiago, habla con Miguel Rodríguez. Lo llamo para decirle que tengo una información sobre unos casetes que están por ahí rodando y en los cuales nos grabaron hablando de la plata que le dimos a la campaña. No se preocupe que eso lo tenemos arreglado y vamos a decir que nada de eso es cierto y que usted y yo nunca nos hemos visto eso fue todo lo que hablamos. Yo quedé petrificado”.13

También la narración fotográfica cambió: las imágenes de la destrucción total, clásicas de la época del narcotráfico, de lugares de fácil reconocimiento que provocaban un impacto inmediato en la opinión pública (Ver “Semana”, edición 572 p. 40 a p. 45), fueron reemplazadas por las imágenes individuales, casi retratos que no traían consigo una carga emocional inmediata. Fotografías de personajes de la vida pública en sus trabajos, rindiendo indagatoria o ingresando a un recinto judicial, fueron repetitivas durante el proceso 8.000. De este modo, si en los tiempos de la crónica policíaca era de vital importancia mostrar la magnitud de la bomba y el cuerpo sin vida del enemigo número uno del país, en los años del proceso 8.000 lo importante era la fidelidad y el realce del contenido argumental del artículo, el discurso de los protagonistas y las palabras de los entendidos. (Ver “Semana”. Edición 690. p. 23 y 24 y Edición 710. p. 56).

Hasta este momento y a pesar de las diferencias estructurales y de fondo que se notaron en los dos períodos anteriores, la narración periodística que manejó “Semana” compartió una característica común: el discurso era de carácter nacional, es decir, la estructura narrativa estaba diseñada para informar sobre personajes y hechos culturalmente estereotipados en Colombia.

En la etapa del narcotráfico la narración de la revista señalaba sin prejuicios a Escobar como delincuente común para todo el pueblo colombiano y los lectores lo entendieron de esa manera, aún cuando en las entrevistas pedía una legitimación de su lucha, la narración invitaba a tomar partido. En el proceso 8.000 el señalamiento no fue tan evidente por las implicaciones que podía llegar a tener el medio que equivocara la presentación de los hechos; sin embargo, la narración también mantuvo un discreto margen de proximidad con el señalamiento de los delincuentes.

La revista inició entonces una tercera etapa, donde la narración adquiere un valor más destacado que trasciende el panorama nacional y se instala en una agenda informativa que visitan los ojos y oídos de los ciudadanos del mundo. Para finales de 1998, cuando el clímax del proceso 8.000 estaba declinando, agotado en su propio discurso, y el interés del público también comenzaba a pedir nuevos estímulos, la narración periodística de “Semana” se centró en un nuevo tema, que aunque había estado siempre latente, no había tenido el protagonismo que se avecinaba: las Farc y el ELN irrumpieron con nueva fuerza en el panorama del país y ocuparon las primeras páginas de los diarios y revistas colombianas, como protagonistas de dos de los temas de mayor interés nacional e internacional: la guerra y la paz.

La internacionalización del conflicto guerrillero colombiano significó un desafío para la prensa, por cuanto la información y el acceso a la misma fue masiva en toda la extensión de la palabra. Colombia pasó a formar parte del gran panorama mundial y por eso toda la información que se generó ocupó un lugar destacado en la agenda de las grandes cadenas internacionales.

“Es un hecho indiscutible que la guerra contra la subversión y los paramilitares se libra en Colombia pero se ventila públicamente en Estados Unidos y muy pronto será comidilla diaria en varios países europeos. Y eso es así porque cada día que pasa el conflicto armado interno deja de ser un asunto de interés nacional para convertirse en un tema de carácter mundial, “la guerra ya no nos pertenece” dijo un analista político a esta revista.”14

En esta nueva etapa se hizo visible la aparición de un discurso globalizante en el estilo narrativo de la revista. La nueva percepción de Colombia en el exterior obligó a los medios a incorporar términos incluidos en el argot político internacional, tratados, acuerdos y convenios de carácter internacional que se aplicaban al conflicto interno colombiano y que durante mucho tiempo estuvieron ausentes de las líneas de la revista.

La narración entonces adquirió un valor especial: fue más evidente la premisa de que el discurso periodístico podría ser un detonante del conflicto en la medida en la que incitaba a la polarización y a la estigmatización de los protagonistas y del conflicto mismo.

“(Declaración del Ministro de Defensa Luis Fernando Ramírez). Ramírez puso el acento en el calificativo plagiados. No es un capricho porque en este caso y aunque al espectador desprevenido le parezca intrascendente, lo cierto es que cualquier vocablo puede cambiar el curso de la confrontación: “Son secuestrados y por lo tanto no aceptamos ninguna denominación con términos eufemísticos de que son retenciones o prisioneros de guerra, porque es un claro secuestro”, aclaró.”15

Esta forma de narrar, para un público acostumbrado al discurso caracterizado por el manejo de estereotipos culturalmente aceptados en Colombia, pasó por un período de adaptación. La necesaria adopción de términos, incluidos en los acuerdos internacionales para nombrar y describir el conflicto interno, hizo que el medio desarrollara un género periodístico más moderno (atravesado por la narración globalizante) en el que se mezclan elementos del reportaje, la crónica y el editorial, que permite que dentro del mismo haya diálogos, entrevistas y opiniones, sin descuidar las posibilidades descriptivas que da la crónica.

En esta apuesta porque el discurso fuera lo más “neutral posible”, se pudo vislumbrar una intención por denunciar los estragos de las tomas guerrilleras, pero con ausencia de calificativos que estigmatizaran a la guerrilla o a las víctimas de ésta. El señalamiento directo que se les hizo como delincuentes o como grupo terrorista se dejó a las voces de personajes de gran reconocimiento en el ámbito nacional e internacional, las apreciaciones acerca del éxito o el fracaso del proceso de paz venían en diferentes idiomas y se publicaron, acogidos a los términos que dictaban los acuerdos internacionales para referirse al tema de la guerra.

“Reynaldo Botero, consultor internacional y experto en DIH, opina que no hay que crear ninguna ley de canje sino aplicar los mecanismos con los que cuenta el Estado para liberar a los detenidos y si es el caso, otorgarles amnistías o indultos para que cesen los procesos jurídicos…”16

“La cosa es sencilla si se ve con una óptica de futuro: para no hacer la guerra hay que financiar la paz”, explica el investigador Arturo Alape. “Los demás tendrán igual o mayor grado de dificultad” y, en palabras de Rafael Nieto Loaiza, consultor internacional en defensa y seguridad, “incluso algunas serán inaceptables como la petición del estatuto de beligerancia”. “SEMANA consultó a integrantes de las dos partes y varios expertos en el proceso de paz para buscar una respuesta a esta pregunta y la conclusión inicial es que las exigencias “serán altísimas”, como lo califica el analista Alfredo Rangel Suárez, quien tiene la certeza de que las Farc van a llegar con la suspensión de las privatizaciones.17

La narración fotográfica se entregó de lleno al registro de grandes conceptos que reforzaran la narración escrita, imágenes no biográficas donde el objetivo no es reducir al sujeto hasta su mínimo grado de integridad para validar el contexto de las acciones, sino fotografías de ideas más universales como la muerte del hombre en la guerra y la destrucción del entorno que habita.

La “narración globalizante” que se propone en este ensayo, involucra elementos de la teoría del investigador mexicano José Manuel Valenzuela, según la cual, el sujeto experimenta la vida cotidiana en grados diferentes de proximidad y alejamiento.18 Se percibe como real aquello que se siente más próximo, aunque el suceso específico se desarrolle en un sitio geográfico distante. El discurso periodístico atravesado por la narración globalizante cumple con esta función: el imaginario colectivo del lector evoca el concepto del que se está hablando con su nombre genérico (guerra, paz, seguridad, terrorismo, tragedia, etc.) y luego lo ubica en el punto geográfico que es protagonista de éste.

En el discurso periodístico que maneja actualmente la revista “Semana” se puede observar el desarrollo de este nuevo discurso globalizante, que hoy se imprime en los diarios y revistas de mayor circulación y reconocimiento en el mundo.


Citas

1 Este ensayo se realizó como homologación del trabajo de grado de la estudiante Liliana Paredes R., del programa de Comunicación Social y Periodismo, en el marco de la investigación Estilos de interacción propiciados por los actores del conflicto interno colombiano, adelantada por el Departamento de Investigaciones de la Universidad Central. El texto fue el resultado del análisis hecho por la estudiante, al finalizar el trabajo de recopilación de información referente a los actores del conflicto armado en Colombia, publicada por la revista Semana durante los años 1991-2001.

2 Ver: Renato Ortiz. “Otro territorio”, en Nueva Antropología No. 12, Madrid: octubre de 1996.

3 Ana María Ochoa. “Transformaciones musicales y globalización”. Ponencia presentada al VII Congreso de Antropología en Colombia. Bogotá. 1997.

4 Ver: SEMANA. Edición 534. Julio 28-agosto 4 de 1992. “Fuga sin retorno” P. 25.

5 Ver: SEMANA. Edición 605. Diciembre 7-14 de 1993. “La batalla final”. P. 43.

6 Ver: SEMANA. Edición 605. Diciembre 7-14 de 1993. “La batalla final”. P. 40.

7 Ver: SEMANA. Edición 534. Julio 28-agosto 4 de 1992 “Fuga sin retorno”. P. 26.

8 Ver: SEMANA. Edición 572. Abril 20-27 de 1993. “La Guerra es a muerte”. P. 44.

9 Ver: SEMANA. Edición 534. julio 28-agosto 4 de 1992 “Fuga sin retorno”. P. 24.

10 Ver: SEMANA. Edición 710. Diciembre 12-19 de 1995. “La hora de la verdad”. P. 54.

11 Ver: SEMANA. Edición 634. Junio 28-Julio 5 de 1994. “El narcocasete del Loco Giraldo”. P. 27.

12 Ver: SEMANA. Edición 634. Junio 28-Julio 5 de 1994. “El narcocasete del Loco Giraldo”. P. 27.

13 Ver: SEMANA. Edición 690. Septiembre 19-26 de 1995. “El diario de Medina”.

14 Ver: SEMANA. Edición 933. Marzo 20-27 de 2000. “La contraofensiva”.

15 Ver: SEMANA. Edición 944. Junio 5-12 de 2000. “El día D”. P. 34.

16 Ver: SEMANA. Edición 944. Junio 5-12 de 2000. “El día D”. P. 37.

17 Ver: SEMANA. Edición 945. Junio 12-19 de 2000. “Las cartas sobre la mesa”. pp. 54 y 55.

18 Ver: José Manuel Valenzuela. “Ámbitos de interacción y consumo cultural en los jóvenes.” Artículo incluido en la Antología de Néstor García Canclini. El consumo cultural en México. México. Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. 1993. El autor citado define las dos categorías a partir de distinciones elaboradas por Agnes Héller, Habermas y Castoriadis.


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