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Gisela Daza * y Mónica Zuleta **

Este artículo da cuenta de algunas de las relaciones entre las dos manifestaciones predominantes del modo de producción capitalista y las prácticas que la institución familiar pone en marcha, lo que da lugar a modos determinados de expresión de la subjetividad. Así, diferencia las condiciones sociales favorables a la constitución del sujeto, personaje propio del capitalismo normativo que rigió en Occidente desde finales del siglo XVIII hasta la primera mitad del siglo XX, de las condiciones sociales relativas a la constitución del individuo, personaje principal del capitalismo contemporáneo.1

This article is about some of the relations between two of the predominant manifestations of the capitalist mode of production and the practices of family institution that it puts into practice, which gives place to determined modes of expression of subjectivity. Thus, it differentiates the social conditions favorable to the constitution of the subject, as a construct of normative capitalism in the West from the end of the eighteenth century until the first half of the twentieth, from the social conditions relative to the constitution of the individual, a construct of contemporary capitalism.

1. La pragmática inmanente

Nuestro trabajo de investigación busca discernir los procesos de socialización, entendidos como los instrumentos puestos en juego por una sociedad para instituir prácticas destinadas a configurar, a un mismo tiempo, lo singular y lo grupal, lo privado y lo público2. En otras palabras, el conjunto de estrategias, tácticas y técnicas dispuestas para favorecer una determinada dirección en los ámbitos que conforman lo social, a saber, la producción económica, la cohesión social y la diferenciación individual, conjunto del cual se desprende el mecanismo responsable del asentamiento, el mantenimiento y el fortalecimiento de la dirección seleccionada y los espacios de libertad que ésta ocasiona.3

Nos acogemos a una perspectiva pragmática que deja de lado la construcción de nociones universales por considerarlas pertenecientes al campo de la abstracción al no estar enganchadas en disposiciones materiales específicas.4 En contraste con ello, propone la construcción de nociones generales constituidas según unas circunstancias precisas fruto de disposiciones espaciales y temporales concretas, manera como adquieren la materialidad distintiva del campo pragmático al cual pertenecen.5

Partimos del uso de la noción que del capitalismo ha construido esta perspectiva pragmática, atendiendo al discernimiento de los procesos de socialización puestos en juego por la institución familiar. Para ello, hemos delimitado los conjuntos de prácticas de esta institución en los tres ámbitos particulares del capitalismo.6

Esa perspectiva define al capitalismo como el acontecimiento por el cual un cúmulo de circunstancias económicas, políticas y sociales promueve la liberación de los movimientos del capital y el trabajo de su subordinación a la tierra. De hecho, este acontecimiento sustenta los ámbitos de la producción, de la cohesión grupal y de la diferenciación individual en la ganancia como su motor dinámico, lo que conforma una dirección basada en la separación de las fases de fabricación, distribución y consumo. Desde finales del siglo XVIII hasta la primera mitad del siglo XX, fue establecida una dirección capitalista7 en la cual la obtención de la ganancia resultaba de una relación inversamente proporcional entre el beneficio del propietario y el salario del obrero, haciendo que la relación entre los movimientos del capital y el trabajo tendiera a privilegiar la fase de fabricación de la mercancía, lo que constituyó un orden social apoyado en la conformación de la masa obrera.8 En contraste, desde hace aproximadamente cinco décadas, se ha venido estimulando otra dirección en donde la ganancia se extrae directamente del movimiento del capital, con independencia del movimiento del trabajo y, con ello, se deja de favorecer la fase de la fabricación de la mercancía, para fortalecer en cambio la de la circulación y distribución. Tal proceder que desplaza la plusvalía obtenida a partir del salario del obrero, lo que ha conducido a la total desvalorización del trabajo manual y a la obrerización del trabajo intelectual, y emplaza la ganancia en las operaciones de compra de productos y venta de servicios, está dando origen a un orden social cimentado en la lucha por la conquista del mercado.9

Cada una de estas dos direcciones generales, al ordenar a su manera los tres ámbitos de lo social, genera las condiciones para que se den las relaciones de producción y los modos de cohesión y de diferenciación necesarias para apuntalarse y perdurar. Así, la familia, como una de las instancias de socialización movilizadas por el capitalismo, ha tenido como función primordial ordenar sus conjuntos de prácticas de acuerdo con aquellos propios de dichos ámbitos. Para hacerlo, ha instalado, en primer lugar, actividades destinadas al cuidado del cuerpo y el alma junto con sus reglas orientadoras; en segundo lugar, rituales que establecen los distintos roles demandados y los requerimientos para desempeñarlos y, en tercer lugar, mitos dispuestos para dotar de un carácter trascendente al cúmulo de acciones y de reglas exigidas. 10 Este artículo tiene por propósito llevar a cabo una descripción de algunas de las manifestaciones de ambas direcciones generales del capitalismo en la institución familiar en Occidente y, en consecuencia, en Colombia. La descripción particular de las maneras como estas tendencias se trastocan en la familia en Colombia se realizará en otra oportunidad.11

2. El capitalismo de la normalización

2.1 La relación entre el capitalismo y lo institucional

Desde la Revolución Francesa y hasta el periodo de la posguerra, Occidente estimuló una dirección en el mundo sustentada en la conformación del orden político peculiar de los Estados-nación y del orden económico privativo del modo industrial de fabricación.12 En tanto la industrialización provocó un flujo de masa obrera, es decir, propendió por la liberación de los siervos de su sumisión al feudo para disponer de mano de obra, como de un flujo de dinero circulante, es decir, propendió por la liberación del intercambio económico de su anclaje en la ley de la propiedad de la tierra, también favoreció un orden político capaz de contener ambos flujos, lo que dio lugar a los Estados-nación.

Esta dirección, pues, al beneficiar a la plusvalía extraída de la fuerza de trabajo como la vía de conjunción del capital libre y el trabajo libre, igualmente benefició, en cada uno de sus ámbitos, aquellos conjuntos de prácticas favorables a dicha relación. 13 De esta forma, en el ámbito de la producción, se fomentaron instituciones como la familia nuclear, la escuela disciplinar, la organización fabril, entre muchas otras, en tanto medios garantes de la constitución de la fuerza de trabajo; en el ámbito de la cohesión, se impulsó una organización basada en clases sociales, géneros, edades, competencias, con miras a garantizar su permanencia y, asimismo, se promovió una secuencia de etapas vitales ajustada a los ciclos de la industrialización; finalmente, la diferenciación de la fuerza de trabajo se respaldó en una manera anónima de ordenamiento de la masa en la que sus integrantes adquirieron el estatuto de ciudadano, medio para asegurar que cada cual se asumiera como tal y aceptara identificarse por su pertenencia a la masa.

Además de estimular ciertos conjuntos de prácticas en sus tres ámbitos sociales, esta dirección capitalista también fomentó conjuntos de prácticas particulares en sus diversas instancias constituyentes. Por ello, no sólo favoreció a la familia nuclear como la mejor opción institucional para garantizar la fuerza de trabajo, sino que asimismo le modeló las formas a sus actividades y le inoculó los contenidos a sus discursos.

La familia nuclear configuró un espacio privado para cumplir con la función primaria socializadora de reproducción de la fuerza de trabajo, al sustituir la ley del padre, instrumento aglutinante relativo a la sumisión, por la regla del hijo, instrumento aglutinante de la liberación.14 En efecto, este cambio la forzó a establecer compuertas de contención y ordenamiento del deseo liberado y para ello hizo uso de la jerarquía de Edipo, al tiempo que se aisló de las otras instancias de socialización. Sus integrantes, entonces, supeditados privadamente a orientar su deseo por esa jerarquía, fueron obligados a vigilarse para no transgredir la prohibición. Esta prohibición, justamente, al no estar sometida por la expresión negativa de la ley paterna, sino regulada por la expresión positiva de la regla del hijo, se volcó en el consumo convertido en el sustituto parcial de la satisfacción del deseo por la madre. Así, los integrantes se encaminaron a la obtención incesante de satisfacciones parciales de su deseo a través del consumo, lo que los ató a un consumo inagotable y los conectó a las máquinas extractoras de la plusvalía de su fuerza de trabajo. Al unísono, pues, devinieron en sujetos de deseo y sujetos de producción.

Esa manifestación de lo subjetivo, no sólo concernió a lo terrenal, también a lo trascendental pues se introdujo en una expresión mítica propia del monoteísmo que igualmente desplazó el lugar del padre, para emplazar en él al hijo. Efectivamente, en los momentos de preponderancia del mito del padre, el vínculo entre los hombres y Dios se gesta a través de una deuda finita, donde el acreedor, “Dios”, dispone directamente de las herramientas para saldar la deuda y, en consecuencia, para otorgar la salvación.15 En contraste, en los momentos de preponderancia del mito del hijo, el vínculo entre los hombres y Dios se conforma a través de una deuda infinita, en la que el acreedor, “Dios”, interpone en su relación con los hombres a su hijo, quien otorga en lo terrenal una posibilidad de salvación. Sin embargo, este segundo mito, fundado en el asesinato colectivo del redentor, aplaza la redención y hace a los hombres culpables exigiéndoles seguir un camino inagotable de sacrificio y heroicidad personal en la tierra para, finalmente, poder ser salvados en el cielo. Dicha manifestación del mito instituye una alternativa terrenal dispuesta para buscar incesantemente una opción de salvación celestial, en tanto duplicación del camino a recorrer por el deseo insaciable de Edipo.

La familia nuclear, entonces, por medio de esta imbricación de lo subjetivo y de lo trascendente, dotó a sus acciones de la forma y el contenido capitalista. De esta suerte, el cuidado tuvo que ver con el asentamiento de actividades corporales y espirituales definidas por parámetros y preceptos implícitos en los valores de ganancia de la plusvalía; fue el caso de la imposición simultánea de procedimientos como la fijación de horarios precisos para todo aquello que había de hacerse y de preceptos concomitantes al cumplimiento de esos horarios. Por tal razón, mientras a cada uno se le solicitaba cuidar metódicamente su cuerpo, se estipulaba como cláusula moral el ser metódico.

A su turno, los rituales tuvieron por función dictaminar los límites y las condiciones de lo que cada uno podía ser. Para ello, la familia especificó los roles del padre, la madre y el hijo mediante la puesta en marcha de un ordenamiento particular de las secuencias vitales con miras a asegurar que, a lo largo de la vida, sus miembros se transformaran según los papeles a jugar y las posiciones a ocupar en los ritmos impuestos por el ciclo industrial. En consecuencia, el deseo del niño fue cuidadosamente moldeado, no sólo para hacerlo desear el cumplimiento paulatino de las exigencias de su conversión en fuerza de trabajo, sino para hacerlo desear su conversión en padre.

Finalmente, lo mítico implantó los medios por los cuales los sujetos, simultáneamente, admitieron las exigencias del cuidado y de los rituales y aceptaron la relación entre la fuerza de trabajo y la plusvalía privilegiada por esta dirección del capitalismo. Lo anterior se manifestó en la puesta en marcha de actividades circunscritas a la finalidad trascendental de salvación como la instauración de un sentido común justificador, por lo divino, del método de adiestramiento del cuerpo y el alma y de los ritos para atravesar las distintas secuencias y ocupar las distintas posiciones dispuestas para ser y dejar de ser, dentro de la relación estipulada entre la fuerza de trabajo y la plusvalía.

2.2 El mecanismo de vinculación

Los conjuntos de prácticas, tanto de los tres ámbitos sociales, como de la familia nuclear, entraron en interacción a través de un mecanismo, también relativo a esa dirección capitalista. Este hace referencia a una estrategia puesta en marcha con miras a asegurar la ocurrencia, el mantenimiento y el fortalecimiento del orden social favorecido. Así, desde finales del siglo XVIII, durante el siglo XIX y hasta mediados del siglo XX, esa dirección instaló al proceso de normalización16 como su mecanismo de vinculación y desarrolló tácticas que asentaron a la medida de lo común como el punto de referencia respecto del cual los grupos y las personas fueron valorados.

El asentamiento de la medida común resultó del establecimiento de operaciones estadísticas que, a través de la distribución serial, dieron origen a la organización de los sujetos en una masa o cuerpo social regida por tácticas de uniformidad y de distribución. Se configuraron, así, curvas de frecuencias, cada una con un límite máximo y un límite mínimo a partir de los cuales los grupos pudieron ser excluidos de distintas instancias del cuerpo social por exceso o por defecto. Asimismo, lo contenido en el interior de los límites se agrupó de forma tal que generara, incesantemente, infinitas clasificaciones. En consecuencia, la imposición de este conjunto de operaciones garantizó la existencia, mantenimiento y fortalecimiento de conglomerados, perpetuamente homogeneizados y distribuidos según las clasificaciones, en la fuerza de trabajo necesaria para la obtención de la plusvalía.

La infinidad de clasificaciones, fruto de las tácticas de uniformidad y distribución, constituyó la curva de lo normal, en razón de la cual se fijaron los parámetros de lo que se podía hacer y ser, de acuerdo con la pluralidad de series de frecuencia. De este modo, se estableció como parámetro de comparación una referencia grupal constituyente de un modelo social.

El mecanismo de vinculación conducente al camino de la normalización y a la medida común, se ejecutó a través de un número de técnicas que, constitutivo de la estrategia del poder, dotó de un sentido compartido a los distintos conjuntos de prácticas. Efectivamente, la normalización puso en obra a la disciplina17, al sufrimiento18 y a la culpa19 como los procedimientos destinados a otorgar herramientas para la cohesión y la diferenciación de la masa anónima.

La disciplina constituyó la técnica por la que cada cual fue minuciosamente adiestrado, en cuerpo y alma, a seguir el método exigido por su doble conversión en sujeto del deseo y de la producción, lo que instaló en las actividades de cuidado a los parámetros de la normalización y los convirtió en preceptos para la salvación. Así, la disciplina, en tanto requerimiento para el actuar individual en la fuerza de trabajo y en la salvación, conformó el conjunto de las obras y los méritos necesarios para formar parte de lo familiar, de lo social y del reino celestial.

El sufrimiento, a su turno, fue la técnica mediante la cual, a las diversas clases se les determinaron diferentes tipos de pruebas a vencer para superar las distintas etapas y para representar los distintos papeles conducentes a transformar a sus miembros en sujetos. Esta técnica garantizó, entonces, que cada integrante de la masa de ciudadanos tuviese, a lo largo de su vida, la posibilidad de obtener satisfacciones parciales, por la imposición continua de un número mayor de pruebas a ser superadas y, paralelamente, dilatara la satisfacción del deseo, impidiendo, así, la obtención de una satisfacción total. Para ello, por ejemplo, impuso un número incesante de etapas vitales y de roles, en correspondencia con la constante renovación de los sistemas de clasificación de los parámetros de la normalización, lo que forzó a cada cual a vencer las pruebas en el tiempo y le proporcionó un cúmulo de opciones a seguir en el espacio. Igualmente, indujo un gasto energético en el paso de un estadio a otro y estipuló un principio y un final para cada nuevo estadio, acorde con los ciclos de desgaste y renovación de la fabricación. Además, demandó la asunción de cada uno de los roles necesarios a los ciclos de la producción, de manera tal que el acceso a los distintos roles y el logro de las distintas etapas configuraron requisitos familiares, sociales y de salvación. Esto inscribió al ciclo de vida en una curva espacio-temporal sustentada en límites máximos y mínimos y, a la vez, facultó la formación incesante de la masa obrera y la continuación incesante de industrialización.

La culpa, finalmente, fue el procedimiento que tuvo por mira establecer el sentido común mediante la diferenciación distributiva de los sujetos dentro del cuerpo social. De hecho, al provocar la cohesión grupal por la especificidad del camino privado del deseo, se insertó la diferencia en la uniformidad, pues, si bien la regulación del deseo del hijo hacia la madre gestó en lo común un deseo insatisfecho, su configuración se realizó en lo privado de la instancia familiar, es decir, en la relación entre el padre, la madre y los hijos. Igualmente, si el desvanecimiento de la posibilidad de la salvación terrena fue responsabilidad común, pues fue la “humanidad occidental” quien destruyó su opción salvadora, dicha responsabilidad, no obstante, se configuró en lo privado, es decir, en el hijo que materializó la culpa del asesinato del hermano. En consecuencia, el cuerpo social cargó con una culpa colectiva, resultante de la culpa individual, lo que dio origen a un sentido común gracias al cual cada uno pudo diferenciarse.

2.3 La resistencia

Si bien las circunstancias capitalistas descritas tendieron a la construcción de un cuerpo social organizado de manera uniforme, simultáneamente provocaron lo que no podía ser organizado, constituyendo así sus resistencias, es decir, aquellas clases que se interpusieron a las cláusulas de lo normativo. Esta interposición, característica de una gran parte de la población de las pequeñas y de las grandes naciones consolidadas, ocasionó, durante esos siglos, todo tipo de movimientos sociales encaminados a la lucha por la inclusión, de organizaciones obreras orientadas a transformar las condiciones de la obtención de la ganancia, de movimientos revolucionarios emancipadores dirigidos a construir formas de gobierno socialistas, entre muchos otros.

Dichas expresiones de lucha, junto con otros acontecimientos gestados por el obrar del capitalismo mismo, además de suscitar algunas variaciones en los modos de producción, de cohesión y de diferenciación, fueron también la fuente de una fuerza que no podía ser capturada por el orden establecido, y que provocó un caos que amenazó su dirección. Este caos, a diferencia de las formas de lucha organizadas, no fue efecto de una resistencia fruto de una voluntad política, social o económica determinada, sino se constituyó en la potencia de transformación del sistema. 20 De la amenaza del caos materializada, entre muchas otras expresiones, en el acaecimiento de la Segunda Guerra Mundial21, surgió una dirección que fue capaz de atrapar ambos procesos. Esta capacidad de capturar, por un lado, lo que se le escapaba al orden anterior y, por otro lado, las demandas de acaparamiento de los recursos generados por la nueva distribución planetaria, instauró otra manera de actuar en donde la fabricación fue subordinada por la sobreproducción característica de la conquista del mercado.

 

3. El capitalismo del control

3.1 La relación entre el capitalismo y la institución

La nueva dirección capitalista tuvo sus inicios, en Occidente, con el acontecimiento denominado Capitalismo Mundial Integrado (CMI)22, que hizo su aparición al finalizar la Segunda Guerra Mundial, cuando una naciente distribución planetaria exigía la sobreproducción, a través de la cual se autorizó a un alto porcentaje de la población de las naciones más fuertes, junto con un pequeño porcentaje de las más débiles, el acceso a un consumo ilimitado, aún a costa del agotamiento de los recursos del planeta. Cumplir con ello configuró otra jerarquía en la esfera internacional donde se diferenciaron el Primer, Segundo y Tercer Mundo.

Desde mediados de la década del setenta, esta jerarquía ha tenido un papel importante en lo referente a la apropiación de los recursos y ha afectado los tres ámbitos sociales. En efecto, frente a la posibilidad real de acaparamiento de los recursos por parte de las naciones que conforman el Segundo y el Tercer Mundo, las naciones del Primer Mundo han puesto en marcha una estrategia para obtener la sobreproducción planetaria necesaria para sus exigencias locales de consumo. Se ha producido, entonces, un cambio sutil en la secuencia del proceso de producción, que ha dejado de estimular la fase de la fabricación de la mercancía, incluso aquella de la extracción de la materia prima para, en cambio, privilegiar la fase de distribución y de circulación. Ese proceder, cuya consecuencia es el trastrocamiento de la relación entre capital libre y trabajo libre, basada en la regulación de los medios de fabricación, da paso a un orden sustentado en la conquista de los mercados23. Ello ha erigido, a un mismo tiempo, al Primer Mundo y al mercado como el nuevo motor del capitalismo.

Esta dirección le da preeminencia, entonces, al movimiento del capital con independencia del trabajo lo que, simultáneamente, subyuga a este último, al imponerle una jerarquía basada en el acrecentamiento continuo del dinero, acrecentamiento que, a su vez, domina todas las relaciones sociales24. De la puesta en marcha de las prácticas específicas que sustentan esta preeminencia, está resultando un orden en el que los tres ámbitos sociales capitalistas se combinan, debido a la paulatina desaparición del límite que separa el espacio de la reproducción de la fuerza de trabajo del espacio de la producción, lo que deposita en el individuo, en vez de en el grupo, la responsabilidad del cumplimiento de todas las tareas productivas25.

En el ámbito de la producción, esta combinación provoca la apertura de sus instancias de socialización y, con ello, la variación de su funcionamiento. Así, por ejemplo, la familia está rompiendo su anclaje exclusivo en la organización nuclear para dar paso a diversas formas filiales legitimadas por el derecho, tales como familias uniparentales, homosexuales, extensas y compuestas, entre otras. La escuela está abriendo sus puertas e inoculando su función en las demás instancias, lo que, entre otras consecuencias, deposita el conocimiento al servicio de la empresa privada. Igualmente las fábricas se están desterritorializando26, volviéndose empresas transnacionales. En el ámbito de la cohesión grupal, esa combinación fomenta la desaparición de organizaciones soportadas en clases, géneros y edades y de secuencias según etapas vitales y espacios funcionales para dar paso a conjuntos disgregados de individuos27.Por último, en lo referente al ámbito de la diferenciación individual, dicha combinación ocasiona una manera transversal de relación entre los individuos disgregados, cada cual responsabilizado de la totalidad de las fases del ciclo productivo.

Si en el capitalismo de la normalización el acaecer de los sujetos se basaba en el paso secuencial por las instancias de socialización (primero la familia, después la escuela, posteriormente la fábrica), en el CMI el acaecer de los individuos se sustenta en una tendencia que promueve el paso simultáneo de cada cual por las distintas instancias. Debido a ello, la familia tiende a convertirse en un emplazamiento en el que, además de cumplirse las funciones primarias de socialización, se cumplen funciones de capacitación y de producción, sin distinción previa de espacios o de tiempos, incluso de edades o de géneros28. Lo mismo ocurre con la escuela y con la empresa, para nombrar solo algunos.

La reciente dirección, entonces, propicia una forma maleable de familia, es decir, formable y transformable, como instancia primaria de socialización, lo que garantiza la constitución continua de una fuerza de trabajo dispersa en individuos y ya no compuesta en conglomerados. Tal familia, para combinar las funciones de reproducción de la fuerza de trabajo y de producción, necesita romper los muros subjetivos de regulación del deseo y replegar la jerarquía de Edipo, en tanto herramienta de aglutinación, para otra vez abrirle sitio a la ley del padre, pero esta vez ostentada por cada uno de sus integrantes quienes se adueñan de la orientación de su deseo y se hacen responsables de satisfacerlo. Lo anterior favorece la configuración de órdenes horizontales que agregan a sus diversos miembros, padre, madre, hijo y otros, en una hermandad regida por el deseo liberado y particular de cada uno, sin comandancia de una única orientación. 29 No obstante, el mercado ambiciona atrapar el deseo individual liberado y encaminarlo a la conquista de la sobreproducción, modo privilegiado como el individuo cumple la exigencia para existir en el CMI. La familia, así, estimula a sus integrantes a la conquista del consumo ilimitado y de los medios para alcanzarlo, lo que, simultáneamente, los subordina a su consumo y a su capacidad de producir, y los convierte en dueños de su destino y esclavos y amos de su propia ley.

Esa expresión subjetiva de la individualización también tiene, como la anterior, una expresión mítica trascendental relativa a la salvación. Ésta, destinada a instituir nuevamente el mito monoteísta de la preponderancia del padre, no busca, empero, proclamar un solo rey celestial, sino un único poder divino que cada cual debe encarnar para salvarse, sin apelar a representación alguna.30 En dichas condiciones, el vínculo privilegiado entre Dios y los hombres se concreta en la relación entre el individuo, convertido en el nuevo “dios”, y sus acciones, en cuanto la ley, manifestada como verdad, vuelve omnipotente a quien la porta y, al hacerlo, lo torna en el único acreedor de su deuda infinita. Del mismo modo, ese vínculo se concreta en la relación entre el conquistador, transformado en “amo”, y aquello que conquista, en cuanto la acción individual se dirige a capturar los medios garantes de la autosatisfacción. En consecuencia, la salvación individual depende de la capacidad personal de la omnipotencia para la autosatisfacción y de la conquista para la apropiación de los medios necesarios para el consumo.

De esta suerte, la familia maleable, mediante la imbricación entre lo individual y lo trascendente, dota a sus actividades de la forma y el contenido del reciente capitalismo. De hecho, el cuidado favorece actividades corporales y espirituales sustentadas en la autonomía, a través de una programación de la acción acomodada a la manifestación individual del deseo. De ello resulta una persona responsable de las acciones necesarias para la obtención de su consumo quien, a la vez, se capacita para ordenar las actividades del cuidado de su cuerpo en función de su propia programación y se inocula en el alma el mandato de ser autónoma.

A su turno, los rituales privilegian actividades que convierten al individuo en el portador de su ley, es decir, en la única autoridad para juzgar y juzgarse en relación con el grado con que satisface su consumo y la ampliación de las conquistas con que asegura su sobreproducción.31 La familia, entonces, ordena sus acciones de acuerdo con las exigencias de sus integrantes y cambia permanentemente de forma. Ello porque es el “hermano” con mayores conquistas quien, temporalmente, impone su verdad hasta tanto otro de ellos extienda su dominio y acceda al lugar del conquistador.

Finalmente, lo mítico, si bien, como sucedía con la familia nuclear, incita en todos los individuos la necesidad de salvación, busca a través de ello desplazar a la única justificación trascendente, junto con su camino de salvación, para introducir, en cambio, una pluralidad de justificaciones y caminos que adviene en potestades de cada cual. Así, se da paso a una variedad de medios de salvación fruto de los circuitos de distribución que despliegan la capacidad individual de conquista. La familia tiende a convertirse, pues, en una encrucijada que distribuye las distintas opciones necesarias para que cada uno de sus miembros seleccione el circuito en el que desplegará una mayor capacidad de conquista.

3.2 El mecanismo de vinculación

La preponderancia de lo individual en el CMI se lleva a cabo a través de un mecanismo de vinculación que, similar a aquel del capitalismo de la normalización, pone en marcha la estrategia específica del ejercicio del poder que impulsa. Ese mecanismo, que hizo su aparición desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial, ha pretendido, por una parte, instituir al control como su arma, manera como se encamina hacia la conquista del mercado y, por otra, instaurar al índice como el punto de referencia respecto del cual cada uno se valora.

A diferencia de la relación capital-trabajo en el capitalismo de la normalización, esta relación en el CMI se sustenta en un intercambio fluctuante y disgregado que, al seguir distintas variaciones, extrae la plusvalía de manera continua y ondulatoria, de un conjunto disperso de individuos, exigencia para conquistar el mercado. En tal virtud, la condición para la puesta en marcha del naciente capitalismo es la conformación de un agregado de personas a través de la individualización.

Lo anterior supone la implantación de otras operaciones que, haciendo todavía uso de la estadística particular de la normalización, cambian su funcionamiento al convertir las distribuciones de frecuencias en unidades en constante variación, resultantes del promedio de una muestra de parámetros que, aunque constitutivos de la curva normal, son tomados separadamente como índices. En consecuencia, a los diversos componentes constitutivos de las clases se les interviene mediante la selección de un grupo de indicadores que informan de los índices de consumo por lograr. Ese proceder facilita la fractura de las clases y la conexión transversal de sus distintos componentes al forzarlos, por sectores, a alcanzar similares índices de consumo.

La imposición de los índices destrona el moldeamiento y, en su lugar, entroniza un nuevo conjunto de operaciones comandado por la modulación. Si el moldeamiento implica el seguimiento de patrones mediante clases, la modulación implica alcanzar los índices que informan de la posición ocupada por cada componente, respecto de la jerarquía de la sobreproducción. Ello compele al individuo, no sólo a ordenar por sí mismo sus acciones encaminándolas a cumplir con los indicadores de consumo, sino a desear ostentar únicamente esos índices, diferenciándose de quienes no pueden esgrimirlos. Razón por la que, la modulación no sólo busca fracturar las clasificaciones sino, sobre todo, instituir una jerarquía regida por los niveles de consumo personales.

Para conformar el agregado de componentes, el control le da prelación a tácticas de interacción apoyadas en la competencia por los recursos, lo cual, además de favorecer la constante aparición y desaparición de componentes, obstaculiza las distribución social sustentada en la tensión entre las clases. Lo anterior estimula el combate a muerte por la conquista del mercado, puesto que se impele al individuo a que, en su hazaña de apropiación de un índice de consumo, se apropie también de los recursos de su opositor, quien debe ser subyugado y dejado fuera de contienda.

Este mecanismo de vinculación encauzado a que cada cual participe de lo social a través del combate para alcanzar un índice, pone en obra a la adicción, el autocontrol y la vergüenza32 como las técnicas que le garantizan, al mismo tiempo, la fragmentación de las clases y el control de cada uno de los componentes.

La adicción es la técnica por la cual se modula, a través del consumo, el cuerpo y el alma. En efecto, el control, al propender por la conversión del mercado en aparato de captura del deseo liberado, impone la dependencia al consumo como condición de identidad. Para ello, le exige a cada individuo programar las acciones corporales en el consumo, según la variación constante de los indicadores de su índice por alcanzar y, paralelamente, lo obliga al cumplimiento de esos niveles de consumo. En consecuencia, cada individuo, a la vez que requiere depender del camino del consumo que se traza para pertenecer en lo social, necesita forjar la omnipotencia como la justificación de su sometimiento que es la condición de su salvación.

El autocontrol es la técnica por la cual cada persona ajusta sus acciones y sus juicios a los indicadores que le informan de su nivel de pertenencia respecto del índice por alcanzar. Justamente el control, al procurar inscribir los criterios para la pertenencia en los niveles de consumo específicos de la jerarquía de la sobreproducción, busca constreñir a cada individuo a que porte los indicadores que dan cuenta de su cumplimiento respecto del índice por alcanzar para pertenecer. Para ello, pone en marcha una serie de técnicas mediante las cuales se responsabiliza a cada cual de sus acciones, a través del señalamiento de unos límites máximos y mínimos de consumo: traspasar el umbral por exceso convierte a la persona en adicta al consumo, lo que la hace perder su voluntad y en consecuencia, desviarse de sus indicadores. Igualmente, traspasarlo por defecto hace que el individuo deje de consumir lo estipulado y, por tanto, deje de existir en las cifras propias de los indicadores. Así, el control genera una relación directamente proporcional entre la autorregulación y la producción, de la cual surgen los grados de libertad singulares inscritos en la dependencia a la sobreproducción y al consumo. En efecto, una mayor posibilidad de salvación individual se asocia con un nivel alto de libertad, lo que demanda un nivel alto de consumo y, por ello, de sobreproducción.

Finalmente la vergüenza es el procedimiento por el cual se encamina a cada individuo a que se juzgue a sí mismo y a que juzgue a su opositor desde el punto de vista del exceso o de la deficiencia, tanto en el consumo como en la producción. En efecto, el individuo, personaje privilegiado por el control, aquel responsable de su nivel de consumo y, por tanto, de su producción, sólo cuenta consigo mismo para calificar su desempeño, lo que, a la vez, lo hace responsable de su incompetencia. En tal virtud, este personaje dotado de la omnipotencia necesaria para ajustar su programa de acción, ya no demanda subordinarse a unos parámetros determinados, según grados de culpabilidad, sino que requiere ajustarse a los niveles que informan de su índice de consumo, según grados de vergüenza. El paso de la culpa a la vergüenza favorece, entonces, desplazar lo normal y lo anormal, como límites de la pertenencia social, para en su lugar instaurar al orden y al caos como los límites tanto de la pertenencia social como de la salvación singular. Dentro de esta perspectiva, el orden terrenal y la salvación celestial son particulares de quienes encarnan los índices de la sobreproducción, los del obrero blanco occidental y medio y, al unísono, el caos terrenal y la condena celestial lo son de quienes encarnan los índices de la subprodución, los de los fragmentos de la masa por fuera del control.

3.3 La resistencia

A pesar de lo reciente de esta dirección, es posible reconocer algunas líneas que, emergiendo de su potencia de transformación, se resisten al control. De hecho, si la resistencia propia de la normalización se expresaba precisamente a través de las clases que ésta provocaba, la resistencia particular del control se expresa a través de los individuos que éste promueve. Así, desde hace algunos años, está ocurriendo una suerte de resistencia caracterizada por su naturaleza individual, espontánea, caótica y por carecer de un propósito claramente identificable.

Así como la contaminación de un virus, anónimamente introducido en un sistema de información, puede provocar un caos capaz de arruinar un banco internacional, un grupo de consumidores dispersos en el globo puede amenazar una gigante empresa transnacional. Igualmente, así como una manifestación heterogénea de personas en una ciudad que destituye a un presidente puede amenazar, por efectos “virales” el orden ejecutivo de sectores del mundo, un único atentado terrorista acaecido en un lugar específico puede trastocar la dirección de la política de seguridad del mundo. De la misma manera, así como un grupo de desempleados de un país, al no clamar ya por el empleo sino por su derecho al desempleo, puede perturbar las tendencias predominantes del consumo y el bienestar, un grupo de revolucionarios de un país tercermundista, al proclamar una revolución, puede trastocar las reglas de juego del mercado “global”.

Los anteriores ejemplos constituyen algunos de los indicios de expresión de estas nuevas resistencias cuya potencia de transformación no puede aún determinarse. Sin embargo, sí sabemos que en la medida en que el capitalismo tienda cada vez más a intensificar la diferencia entre Primer y Tercer Mundo y amplíe la emergencia del Cuarto, en lo global y en lo local, el caos que su sistema de ordenadores es capaz de generar se va haciendo cada vez más incontrolable dada su naturaleza “individual”, al mismo tiempo que produce sistemas mundiales de “seguridad” cada vez más potentes.

De hecho, como lo dijimos con relación a la normalización, aquello que perturba una dirección general no responde sólo a una voluntad grupal o individual, sino a la potencia que el mismo sistema es capaz de generar e incapaz de contener. Sólo esperamos que, antes de su posible transformación, la introducción de esa reciente dirección no conduzca más bien, como parece estar ocurriendo hoy en una buena parte de los países de África, Asia y Latinoamérica y en una buena parte de la población del Primer y Segundo Mundo, a la exclusión total de los pobres del planeta, junto con la intensificación de las guerras transnacionales o locales que tal exclusión provoca y la apropiación y consumación de buena parte de los recursos del planeta.

 

Citas

1 El análisis que se presenta en este texto es producto de la investigación “Familia, socialización y violencia. Fase II”, financiada por la Universidad Central y cofinanciada por Colciencias.

2 Nos referimos a la metodología que hemos venido utilizando para el desarrollo de nuestras investigaciones. En primera instancia, ésta hizo uso de algunos conceptos planteados por Michel Foucault. Cf, Daza, G., y Zuleta, M. Maquinaciones sutiles de la violencia, Bogotá, DIUC-Siglo del Hombre Editores, segunda edición, 1999, pp. 9-22.

3 Durante el transcurso de nuestro trabajo hemos transformado algunos de nuestros procedimientos metodológicos y para ello hemos empleado, de cierta manera, la noción de agenciamiento propuesta por Gilles Deleuze y Félix Guattari, junto con el concepto de duración de Henri Bergson. Ello nos permitió el paso a la noción de individualización. Cf., Zuleta, M., y Daza, G. Ética en la praxis investigativa, en Nómadas No. 10, abril de 1999, pp.88-98.

4 Hacemos la diferencia entre los conceptos universales y las nociones comunes que plantea Spinoza, puesto que nuestra perspectiva busca insertarse en esta última dirección del pensamiento. Cf. Spinoza, B. Tratado de la reforma del entendimiento, Madrid, Alianza Editorial, 1988, pp. 107-114.

5 Además de Spinoza, hay una línea de pensadores que hace la crítica al intelectualismo y proponen una serie de nociones sustentadas en la pragmática. Cf. Bergson, H. Materia y memoria, México, Aguilar, 1959, pp. 408 y 409.

6 Las investigaciones que dieron lugar al libro Maquinaciones sutiles de la violencia buscan establecer una relación horizontal entre categorías y nociones que tradicionalmente han sido analizadas jerárquicamente. Ello cambia el uso de las categorías y permite otros tipos de análisis. Cf. Maquinaciones..., op cit., pp. 17-22.

7 Si bien hacemos uso de la noción del capitalismo desarrollada por Michel Foucault, le aplicamos la crítica deleuziana. En tal virtud, la biopolítica foucaultiana está situada, como acontecimiento, dentro de un tiempo específico que, aunque se corresponde con el inicio que le asigna Foucault, tiene el final que le asigna Deleuze, es decir, los mediados del siglo XX. Cf. Foucault, M. Tecnologías del yo y otros textos afines, Barcelona, Paidós, 1991, p. 54.

8 Si bien la noción que empleamos del capitalismo es la propia del marxismo, la dotamos de la movilidad que le otorgan Deleuze y Guattari, mediante la cual ésta se combina con la noción freudiana de Edipo y con la noción nietzscheana de mala conciencia. Más adelante este movimiento será clarificado. Cf. Deleuze, G., y Guattari, F. El Anti~Edipo, Barcelona, Paidós, 1985, pp. 229-247.

9 Los análisis acerca de la nueva expresión del capitalismo, a partir de los años cincuenta, han sido realizados por un gran número de pensadores de distintas tendencias y oficios. Esta diferenciación en particular se acoge a los planteamientos de Samir Amin y Pablo González. Cf. González, P. El colonialismo global y la democracia, en: Amin, S., y González, P. La nueva organización capitalista mundial vista desde el Sur, Barcelona, Anthropos, 1996, pp. 1-41.

10 Aunque hemos variado sutilmente nuestra manera de aprehensión del objeto, hemos mantenido una diferenciación de las funciones de la familia de acuerdo con las orientaciones que le imprime a las prácticas que pone en marcha. Cf. Maquinaciones..., op cit., pp. 6 y 7.

11 Los resultados de las investigaciones de la línea recogen las transformaciones de la institución familiar a lo largo del siglo XX en Colombia. Éstas no solamente muestran las tendencias generales de inserción de la familia en el capitalismo, sino también las maneras como nuestras familias toman distancia de dicha dirección general y establecen otro tipo de prácticas que tensionan, entonces, las relaciones entre capital y trabajo para privilegiar otros modos de ser y de hacer en la sociedad. No obstante, es interesante anotar que a finales del siglo XX encontramos mayores niveles de concordancia entre la dirección general del capitalismo y sus prácticas subjetivas con nuestras tendencias y prácticas específicas que los que encontramos a principios y a mediados del siglo. Cf., Maquinaciones..., op cit. Próximamente se publicará un segundo libro que toma en cuenta las transformaciones de la familia en Colombia desde 1960 hasta finales de la década de los años noventa.

12 Tomamos la explicación del capitalismo llevada a cabo por Foucault, la cual se corresponde, como ya lo dijimos, con el acontecimiento mediante el cual surgieron los Estados modernos. Ello convirtió a la política en un objeto, lo que dio lugar a órdenes determinados de gobierno y de diferenciación individual, junto con saberes específicos, tales como la estadística. No obstante, es importante aclarar que autores como Amin diferencian el capitalismo liberal, propio de los siglos XVIII y XIX, del capitalismo keynesiano particular del siglo XX. Cf. Tecnologías del yo, op cit. y Amin, S. Los fantasmas del capitalismo, Bogotá, El Áncora Editores, 1999, pp. 32-57.

13 A nuestro juicio, la importancia que tienen autores como Deleuze y Guattari reside en el uso novedoso de nociones tradicionalmente empleadas de una manera particular. Por ello, si bien en el Anti~Edipo desarrollan una noción del capitalismo imbuida en lo social, en Mil Mesetas hacen un giro que inserta la noción en el concepto de agenciamiento. Cf. El Anti~Edipo, op. cit., y Deleuze, G., y Guattari, F. MilMesetas, Valencia, Pre-Textos, 1994, pp. 454 y 465.

14 Deleuze y Guattari asocian el acaecer del capitalismo con la instauración global del cristianismo y, por ello, diferencian el socius imperial y sobrecodificado, del democrático y axiomatizado. Este último, impone el mito de Edipo como el procedimiento mediante el cual la familia adquiere la función privada de reproducción de la fuerza de trabajo. Cf. El Anti~edipo, op. cit., pp.222-224.

15 Nieztsche hace la diferencia entre la deuda finita y la deuda infinita. La primera se corresponde con la justicia, la segunda con el derecho. Cf. Nietzsche, F. La genealogía de la moral, Madrid, Alianza Editorial, pp. 90-96.

16 Deleuze hace la diferenciación entre la normalización y el control. Cf. Deleuze, G. Conversaciones, Valencia, Pre-Textos, 1996, pp. 277-286

17 Hacemos uso de la noción de la disciplina desarrollada por Foucault en Vigilar y Castigar. Ella muestra la transformación que produce el paso del poder del rey, al poder del hombre. Cf. Foucault, M. Vigilar y castigar, México, Siglo XXI Editores, pp. 33 y 34.

18 Hacemos uso de la noción de la sexualidad desarrollada por Foucault en La voluntad de saber. Ella muestra la transformación que provoca el paso de la prohibición a la incitación. Cf. Foucault, M. Historia de la sexualidad, 1- La voluntad de saber, México, Siglo XXI Editores, 1986, pp. 137-139.

19 Estas nociones de la disciplina, el sufrimiento y la culpa, son empleadas por Arturo Torrecilla en sus análisis acerca de la transformación del trabajo de manera novedosa, lo que permite una comprensión distinta de la subjetividad. Cf. Torrecilla, A. Apostillas acerca del postrabajo,en: Nómadas No. 12, Bogotá, Universidad Central- DIUC, abril de 2000, p. 20-27.

20 La noción de resistencia, es usada de manera distinta por Foucault y por Deleuze y Guattari. Si bien aquí se está empleando el término, su modo de empleo se acerca más a aquella noción de rizoma desarrollada por estos dos autores en sus análisis sobre la política. Cf. Mil Mesetas, op. cit., pp. 214-235.

21 Como lo venimos diciendo, el estudio del capitalismo actual ha sido realizado por distintos autores. En esta acepción, utilizamos los trabajos de Paul Virilio que se refieren al Estado suicida. Cf. Virilio, P. L’insécurité du territoire, Editions Galilée, Paris, 1993, pp. 25-52.

22 Este término es propuesto por Toni Negri y Felix Guattari quienes lo definen así: llamamos Capitalismo Mundial Integrado -CMI- a esta figura de mando que recoge y exaspera la unidad del mercado mundial, sometiéndola a instrumentos de planificación productiva, control monetario, indicación política, con características casi estatales. El Capitalismo Mundial integra en este proceso, junto a los países metropolitanos directamente dependientes, al conjunto de los países del socialismo real, y dispone además, de los instrumentos para absorber la economía de numerosos países del Tercer Mundo, cuestionando su posición, llamada anteriormente de dependencia periférica. Negri, T., y Guattari, F. Las verdades nómadas, Barcelona, Tercera Prensa, 1996, pp. 81 y 82.

23 Deleuze analiza la lógica del control y, en consecuencia, muestra sus efectos en el individuo y no sólo en la producción. Cf. Conversaciones, op. cit.

24 Los trabajos de Wallerstein acerca del capitalismo y sus fases de expansión y de contracción, así como de la diferencia entre lo colectivo y lo individual, ilustran las maneras como este se inserta en las prácticas sociales, I. La cultura como campo de batalla ideológico del sistema-mundo moderno, en Castro-Gómez, S. et. al. (Eds) Pensar (en) los intersticios. Bogotá, Instituto Pensar y Pontificia Universidad Javeriana, 1999, p. 164-168.

25 Negri hace una diferenciación, a nuestro juicio, muy importante acerca de la acción del nuevo capitalismo en lo que se refiere a la desaparición del espacio privado de la familia y, con éste, a la desaparición del tiempo de la reproducción. Cf. Negri, T. citado por López, S. en Marx, más allá de Marx, Anthropos No. 144, Mayo de 1993, pp. 65 y 66.

26 Entendemos el término de desterritorialización, en esta acepción, como el movimiento mediante el cual la fábrica se transforma en empresa. A través de éste, los procesos industriales se flexibilizan y se fragmentan de manera tal que no requieren anclarse ni en un lugar concreto, ni en un medio de producción específico, sino que pueden diseminarse en múltiple lugares y en múltiples procedimientos. Cf., Conversaciones, p. 283.

27 Todos los trabajos de Virilio tienden a mostrar las consecuencias de la implantación de la disuasión societal por el actual capitalismo sustentado en la velocidad. Este concepto de disuasión es el que usamos para dar cuenta de la disgregación de los individuos de la masa. Cf. Virilio, P. La velocidad de liberación, Buenos Aires, Editorial Manantial, 1997, p. 105.

28 La consecuencia más grave de la desaparición del tiempo de reproducción de la fuerza de trabajo es que la producción se roba la totalidad del tiempo de la vida. Cf. Las verdades nómadas, op cit., pp. 53 – 61.

29 La liberación del deseo de todas maneras es capturada, en este caso por el mercado, con lo que los consumidores devienen vendedores. Por ello, el departamento de ventas se ha convertido en el centro, en el ‘alma’.” Conversaciones, op. cit., p. 283.

30 La noción de fascismo desarrollada por Guattari, basada en las propuestas de Virilio, permite diferenciar el Estado totalitario del Estado suicida. El individuo propio de la disuasión es fascista y no totalitario. Cf. Guattari, F. La revolución molecular. Cali, Ediciones Universidad del Valle, 1994, pp. 53 y 54.

31 El concepto de sobreproducción hace referencia a las operaciones por la cuales el mercado global se apropia del proceso productivo. Cf. Conversaciones, op. cit., pp. 284 – 286.

32 Guattari desarrolló una noción relativa al miedo que recibe el nombre de no garantías. Según ella, el individuo medio del capitalismo actual, en contraste con el sujeto medio del capitalismo de la normalización, actúa bajo la amenaza continua de la pérdida de sus derechos. Así, en cualquier momento, puede perder su puesto de trabajo, su propiedad, su bienestar social, entre otros. Cf. Stivale, C. Entrevista a Felix Guattari, documento de internet, traducción libre, pp. 1-10.

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