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Editorial

Cuando en 1996 se preparó el número 4 de NÓMADAS dedicado al tema de lo juvenil, la investigación sociocultural al respecto apenas emergía en el contexto nacional; por ello, dicho número quiso hacer un primer estado del arte que llamara la atención de la academia y las instancias de política pública sobre la importancia de una comprensión localizada y capaz de diferenciar la multiplicidad de aspectos que inciden en la situación actual de la población juvenil y de las llamadas culturas juveniles.

Tomando como base los desarrollos de la Línea de Investigación sobre Jóvenes y Culturas Juveniles del DIUC, la edición trece de NÓMADAS se ubica en un lugar contrario al de un estado del arte y propone a la discusión una serie de investigaciones en curso que indagan y desarrollan pistas y recorridos por lo juvenil de ningún modo completos o resueltos; más que dar cuenta de una totalidad, estos textos se concentran alrededor de preguntas básicas sobre las formas en que se constituyen las cosmovisiones juveniles, sus procesos creativos y sus prácticas. Los artículos que presentamos no se instalan de una manera fija en su campo de trabajo y más bien, navegan por él, lo cruzan desde miradas muy propias con intencionalidades precisas; viniendo de los estudios culturales, la comunicación, la investigación sobre culturas urbanas o de aproximaciones sociológicas y antropológicas difíciles de encasillar, varios textos son precisos al momento de delimitar los alcances de sus trabajos así como las metodologías y herramientas usadas, lo cual permite al lector un acercamiento a la variedad de perspectivas desde las cuales se aborda lo juvenil en este momento. En este sentido, una lectura entre líneas de los artículos permitiría observar las lógicas desde las cuales los jóvenes y/o sus culturas, como sujetos y temas de investigación, van adquiriendo forma en la medida en que se consolidan unas perspectivas, unos modos de representación, ciertos marcos teóricos.

¿Qué imágenes de la juventud surgen de estos textos? Una primera, y que tal vez subyace a todos, es la condición difusa de su propia especificidad; bien porque se vea la juventud a manera de un tránsito hacia la vida adulta, se la asuma como un grupo poblacional definido desde la cuestión etaria o se la asocie con ciertas expresiones culturales –la música, por ejemplo– en la mayor parte de los textos lo juvenil se dibuja y desdibuja en medio de las producciones, los consumos, la vida urbana y la multiplicidad de tensiones que conforman la contemporaneidad –las estéticas del instante y la repetición, la fragmentación del tiempo, los movimientos ex-céntricos y límites, el orden del exceso, lo efímero y lo caótico–. Como agua entre los dedos, lo propiamente juvenil –si es que existe– pareciera escurrirse en los textos y más bien, dar espacio para otra comprensión de la cual apenas se nos presentan los primeros linderos.

Tres terrenos, al menos, parecieran configurar esta comprensión de lo juvenil: uno, permite mapear las narraciones desde las cuales los sujetos configuran sus biografías particulares, sus cursos vitales, sus experiencias y sus prácticas; nos encontramos con investigaciones que desde lugares tan diversos como las empatías con el satanismo, las respuestas a momentos vitales críticos, la conformación de planes de vida, las experiencias de la violencia o los gustos musicales, apuntan a señalar las pulsiones contemporáneas por el individuo, en medio de las cuales pareciera tomar forma la singularidad juvenil.

Recurriendo a trabajos recientes sobre la subjetividad, esta tendencia comprensiva desplaza las inquietudes clásicas en los estudios de juventud y adolescencia por el proceso evolutivo y las etapas vitales hacia los mecanismos de individuación que construyen sujetos juveniles. De una juventud “natural” resultado de la biología, y por ello dada por hecho, se pasa a otra, definida desde y por el acto narrativo mismo: narración que al instaurar una ubicación espacio-temporal en las biografías marca los terrenos en que aflora la particularidad juvenil. Queda planteada sin embargo la cuestión por la “autoría” de tales relatos que hacen la juventud y la multiplicidad de imbricaciones que se dan entre unos y otros –los jóvenes que se narran a sí mismos, los jóvenes narrados por el mundo adulto, la juventud creada por los medios y el consumo–,lo que convierte a la conformación de la subjetividad realmente en un hecho intersubjetivo, internarrativo.

Un segundo terreno, también deslindado de los artículos, muestra que el abordaje a la juventud desde las narrativas requiere ser cruzado con la comprensión de una serie de experiencias culturales que llevan a los propios sujetos más allá de sus límites y los sumergen en terrenos contradictorios donde lo que habitan son las pasiones y las estéticas: entramos al mundo de las sensibilidades puras. Vienen a colación entonces las experiencias de ciertos jóvenes dentro de grupos religiosos, los conciertos y las fiestas que se prolongan por horas e incluso días, las socialidades fugaces que irrumpen en el límite del placer causado por el riesgo, la transformación del conflicto en danza.

En estas experiencias los extremos se tocan y se borran las polaridades en el instante mismo, en lo efímero, en la efusión de las emociones que genera un partido de fútbol o un ritual carismático de liberación. Allí, aquello que desde el mundo adulto del orden y la norma es visto como desorden o caos, como “violencia juvenil” o “pérdida de valores”, como oposición entre la carne y el espíritu, anuncia nuevas corporalidades, da pie a otras formas de resolver el conflicto que no pasan por la lógica racional y excede los sujetos trascendentes de la cristiandad y la modernidad. Un tercer terreno por el que también exploran los textos de esta edición hace las veces de canal por el que fluyen las narrativas de lo singular, las experiencias del exceso, las fugas de la norma: nos referimos a los consumos culturales, que han sido por tiempos una de las claves principales para el abordaje de la juventud contemporánea.

Más allá de la descripción de los hábitos y las rutinas que diferencian y asimilan, que crean distancias y empatías entre sectores sociales, entre unos jóvenes y otros, los consumos culturales ponen en escena el orden de la ficción, en su sentido estricto –la simulación– al volverse metáforas desde las cuales se llena de contenido lo juvenil, y por ende, se le da existencia. El consumo cultural se vuelve ficción también en su pretensión globalizadora que sin embargo choca con el peso de las particularidades locales y la permanencia de determinaciones estructurales a las condiciones de existencia de los sujetos. Ficción, finalmente, al hacer de lo virtual-tecnológico, en sentido restringido y “posibilidad de ser” en sentido amplio-,el sabor de una época que multiplica los estilos, las representaciones y las puestas en escena de las identidades.

Finalmente, la investigación sobre jóvenes, culturas juveniles o solamente sobre lo juvenil pareciera debatirse entre la tendencia a consolidarse cada vez más como un campo específico de trabajo mediante la creación de redes, programas de formación e instituciones encargadas de la producción de conocimiento y acción social, y una resistencia a la ubicación y a la definición que se fuga hacia nuevos campos del saber o, sencillamente, desaparece cuando se la nombra. Al fin y al cabo, ya lo habían dicho los Caifanes: “parecemos nubes que se las lleva el viento”.

DEPARTAMENTO DE INVESTIGACIONES


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