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Jóvenes cristianos: ¿entre la polaridad del bien y del mal? El juego de la balanza

Jovens cristãos: entre a polaridade do bem e do mal? O jogo do equilíbrio

Young Christians: between the polarity of good and evil? The game of the balance

Betty Sánchez Sarmiento*


* Antropóloga. Investigadora de la línea de culturas juveniles. Departamento de Investigaciones Universidad Central. Email: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.


“Yo soy la herida y el cuchillo; ¡Yo soy la bofetada y la mejilla¡ ¡Soy los elementos y la rueda, y la víctima y el verdugo”
Baudelaire

“ I am the wound and the knife; I am the slap and the cheek; Iam the elements and the wheel, And the victim and the executioner.”
Baudelaire


La naturaleza doble y una de la sangre, es decir de la violencia, aparece ilustrada de manera cautivante en una tragedia de Eurípides, Ion . La reina Creusa medita hacer parecer al héroe con la ayuda de un talismán extraordinario: dos gotas de una sola, de una misma sangre, de la sangre de la Gorgona. Una de esas gotas es un veneno mortal, la otra es un remedio. El anciano esclavo de la reina pregunta entonces:

Y cómo se verifica en ellas la doble virtud de la diosa? Creusa. - Bajo el golpe mortal, de la vena hueca, salta una gota… El anciano. -¿Para qué sirve? ¿Cuál es la virtud? Creusa. - Aleja las enfermedades y da alimento al vigor. El anciano. - ¿Y cómo obra la segunda? Creusa. - Mata. Es el veneno de las serpientes de la Gorgona. El anciano. - ¿Las llevas reunidas?, ¿separadas? Creusa. - Separadas. ¿Se puede mezclar lo saludable con lo dañino?”

“Nada es más diferente que estas dos gotas de sangre, sin embargo nada es más semejante” (Girad, 1975).

Lo sagrado

¿Qué es lo sagrado para los y las jóvenes?: ¿Es la mujer o el hombre, el ser a quien se ama? ¿La salvación del país? ¿La defensa de un territorio? En la investigación sobre “Concepciones de vida y muerte en jóvenes urbanos”1, se abordaron las creencias y las prácticas religiosas en los y las jóvenes desde los lugares que ocupaban en sus historias de vida y muerte2, que dentro de una multiplicidad de presencias y búsquedas nos conectaban con imaginarios juveniles religiosos altamente personales, en un ejercicio de constante adaptación y de cambio.

El propósito de la siguiente reflexión se centra en el trabajo con dos grupos de jóvenes cristianos: uno perteneciente a la Misión Carismática Internacional, y otro a una iglesia de la Misión Interamericana. Una de las pistas señaladas en el estudio, muestra que frente a un discurso canónico, inscrito en la fuerte presencia de la polaridad entre el bien y el mal, las y los jóvenes lo resignifican en sus narrativas vitales, movilizándolo de manera distinta, entre la experiencia de lo normativo -lo oficial- y lo transgresor -lo prohibido-; ambas experiencias vistas como construcciones de sentido en la constante tensión entre el orden y el caos.

La sociedad y la naturaleza descansan sobre la conservación de un orden universal, protegido por múltiples prohibiciones que aseguran la integridad de las instituciones y la regularidad de los fenómenos. La religión se adhiere al hombre y no a la colectividad, es universalista, pero también de modo correlativo, personalista; de esta manera, lo sagrado se hace íntimo y sólo interesa al alma, aumentando la importancia de la mística y disminuyendo la del culto. Así, todo criterio exterior parece insuficiente desde el momento en que lo sagrado tiende menos a ser una manifestación objetiva que una pura actitud de conciencia. (Caillois, 1942).

Lo sagrado se convierte entonces, en el ser, la cosa o la noción que hombres y mujeres no consienten en discutir, ni permiten que sea objeto de burlas ni de bromas, aquello que no regenerarían ni traicionarían a ningún precio (ibid); esto garantiza la estabilidad del mundo a través del juego polar entre la norma (el interdicto) y la transgresión (lo prohibido) y lo protege ante la disolución y virulencia del caos. Lo sagrado lo vemos con un significado existencial e individual, que se traduce necesariamente en la búsqueda de sentidos que tienen repercusiones sociales.

Cada sociedad tiene sus propias normas o interdictos de interpretación de lo real y es con relación a dichas normas que se da la instalación de lo anormal o de lo prohibido (Auge,1996). Lo que dibujamos conceptualmente como lo religioso desde una perspectiva cultural, está dado entre las parejas del bien y del mal, lo sagrado y lo prohibido, la norma y la desviación, el interdicto y la transgresión y pasa, en este caso, por el tamiz de las diferencias culturales e identitarias de las y los jóvenes cristianos.

La pretensión de un orden

“Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne, pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque ocuparse de la carne es muerte, pero ocuparse del Espíritu es vida y paz” (Romanos 7, 5-6).

Para los jóvenes cristianos aparece la conversión o la decisión por Cristo, como un hito vital, cuyo punto central está en la noción de “morir al mundo” para “vivir al mundo espiritual” y renacer en la divinidad. En sus narraciones, ellos vuelven a nacer e inician una nueva vida; la vida anterior que se llevaba queda sepultada, pertenece a otro mundo, a otro tiempo, ya no se es quien se fue, lo cual implica “morir al mundo de la carne” para “vivir al mundo espiritual” a través de un proceso de renacimiento, o sea, vivir para siempre junto a la deidad.

“EC:Uno veía la diferencia entre los hogares de los demás niños con los que uno convivía y el hogar de uno, o sea todo era diferente; eh, aunque no, yo hice esa decisión más o menos como a los… once, doce años. FS: ¿decisión qué es? EC: Me convertí por Cristo, aunque yo crecí en un hogar cristiano, a los doce años hice la decisión por Cristo, eh, si, aunque tuve la convicción de servir al Señor. FS: ¿Para hacer decisión hay alguna preparación? EC: Yo creo que es el testimonio que le den a uno, o sea, que le testifiquen de Cristo. Como yo nací en un hogar cristiano y siempre vi a Cristo, a Jesús como lo principal de cada una de las vivencias de mi papá y mi mamá, entonces, pues de pronto fue el testimonio de ellos lo que yo vi (…) si tú tomas una decisión por Cristo, tú no mueres y vives… y vives para siempre; pero si no lo hiciste si… FS: ¿Sí, qué? EC: /risa nerviosa/, sí mueres. No en el aspecto de que estés eh, ahí en la tumba, ahí como todos, si no que… pues ahí / tono bajo/ de pronto se contacta… a otra situación diferente” (Esther, 17 años).

En este escenario, llama la atención que tanto en los conciertos de grupos cristianos3, como en los congresos de alabanza4 de la Misión Carismática Internacional, se pueda observar la participación de jóvenes que parecieran tener afiliaciones con grupos de rockeros, metaleros, alternativos y raperos, entre otros; esto nos indica que ciertos elementos simbólicos de la vida que se llevaba anteriormente, al insertarse en el proceso de conversión, no se borran o abandonan - al menos en lo que se refiere a los atavíos-. Sin embargo, es claro, que estas identificaciones juveniles son recreadas, o incluso, resignificadas tanto en el discurso oficial, como en el discurso de los jóvenes.

La visión del mundo posterior al proceso de conversión, en los jóvenes cristianos, se inscribe en los extremos, en la lógica polar del mal y del bien, tanto así que el mundo se divide en dos, “el mundo espiritual y el mundo de la carne”; el primero descansa sobre la conservación de un orden, protegido por múltiples prohibiciones que aseguran su integridad y lo anclan a la regularidad de sus fenómenos. Todo lo que parece garantizar su salud, su estabilidad, su vida está considerado como santo, perteneciente a él; todo lo que parece comprometer el orden se tiene por sacrílego, por maligno, por transgresor, pertenece “al mundo de la carne”. El mundo de la carne, sostiene el universo de lo profano, amenaza y sacude al “mundo espiritual”.

La pretensión de mantener el orden del “mundo espiritual” se da a través de un conjunto de interdictos - normas y prohibiciones - que tratan de resolver el ideal de la estabilidad absoluta de ese mundo. Se intenta exorcizar de sí la angustia misma del desorden, la impureza, lo contaminante; se orientan todas las acciones cotidianas a cumplir con la norma, con la ley para domesticar los dolores, las apetencias y los deseos. De esta manera, se trata por todos los medios de conjurar el peligro que amenaza y se cristaliza en el “mundo de la carne”.

En los jóvenes cristianos aparece como necesario proteger y mantener el sentido de orden “del mundo espiritual” a través de las prohibiciones; éstas aconsejan una actitud de humildad, un saludable sentimiento de dependencia, una higiénica domesticación de las pasiones. Las diversas clases de ritos cotidianos ejecutados por ellos están orientados a canalizar y preservar este orden. Los ritos van desde oraciones que se hacen día a día, veladas, donde se reúnen grupos de jóvenes a orar toda una noche para hacer guerra espiritual e intercesión (orar por alguna persona que se encuentra en dificultades al ser atacada por entidades malignas); ayunos en los cuales se priva por un determinado tiempo al cuerpo de alimentos para lograr una victoria (necesidad o deseo), hasta lecturas cotidianas de la palabra bíblica. Todas estas prácticas rituales tienden a expiar el mal, es decir, a restaurar día a día el orden neutralizando la fuerza peligrosa, que está representada en “el enemigo”, en la virulencia revelada por el sólo hecho de su intrusión, de su erupción en la norma, interdicto que sólo quiere preservarse y que se entrega supuestamente a la inmovilidad y el estaticismo para lograrlo.

“El enemigo” es el nombre dado al Diablo dentro de estos grupos religiosos y es considerado como un ángel caído, señor de la oscuridad y de las tinieblas, que representa la encarnación del mal y constituye el símbolo de destrucción y de aniquilamiento -corresponde al mundo de lo tenebroso-. El Diablo es visto como una entidad que sólo viene “a robar, a matar y a destruir”; de ahí, que su nombre no deba pronunciarse en voz alta, ni ser convocado en la mente, ya que al hacerlo se le proporciona una puerta de entrada para que tome posesión de quien le nombre, o le piense.

El orden regulador de estas iglesias, ve a los jóvenes, como sujetos inexpertos, inmaduros y en proceso de desarrollo, como personas débiles para enfrentar los ataques del enemigo; de igual manera, este orden los percibe insertos en un constante enfrentamiento con el vértigo de las drogas, en una permanente experimentación con los sentidos o imbuidos en diferentes búsquedas eróticas, en suma, inmersos en el universo del desorden -ámbito por excelencia de la expresión de las fuerzas del mal-. De ahí que sea necesario para este sistema de control, volcar fuertes regulaciones y prohibiciones sobre los jóvenes para mantenerlos bajo un mundo ordenado y protegido contra el mal.

En este sentido cualquier acto en la vida cotidiana puede ser un punto vulnerable para “caer en el mundo de la carne”; los y las jóvenes expresan que “no debe beberse ni una cerveza, porque eso daría pie a la tentación”, con esta acción de tomar más de dos o tres, se corre el riesgo de perder el control y es en ese momento cuando puede atacar “el enemigo”. El ataque puede ser a través de espíritus malignos, que inducen a consumir drogas, tener sexo “ilícito” y hacen caer en el mundo de la carne. Por el sólo hecho de ir a lugares (discotecas, bares) o ver películas que pertenezcan a dicho mundo, se establece la posibilidad de ser asaltado por el mal ya que constantemente están en asecho las entidades malignas para arremeter contra quien se considera cristiano (a).

Dentro de esta construcción - correspondiente al discurso canónico de las mencionadas iglesias-, ambos mundos deben permanecer separados; sus fronteras deben estar muy bien delimitadas ya que su mezcla acarrearía el exceso, la turbulencia, lo orgiástico, la innovación y el cambio; estos fenómenos son profundamente temidos por este orden, se presentan como elementos de desgaste o de ruina.

Así se construye un orden ideal, dentro de una lógica polar, donde lo sagrado de cohesión se opone a lo profano de disolución, la turbulencia del desorden: lo primero sostiene el universo “del mundo espiritual”; lo segundo, lo amenaza, lo sacude y pertenece a lo que ellos llaman “el mundo de la carne”.

Lo que se fuga

El enemigo tiene permiso de Dios para atacarnos, eso está en Job, a lo último. Este permiso se da porque Dios hace un trato con los cristianos, donde… ahí está el libre albedrío… por eso están los mandamientos y el sometimiento a ellos, los hijos de la desobediencia son a los que él ataca… (Mónica, 17 años).

La deidad creadora (Dios) al hacer un pacto y dar permiso al “enemigo”, al antidios del mundo de la carne, para atacar al joven cristiano crea una contra- dicción. Este permiso otorgado al mal, en el orden del bien, ¿cómo lo significan los jóvenes? Se pone en evidencia la complicidad de la ley y de la violación de la ley, del encuentro y la necesidad del bien y del mal, a través del pacto entre Dios y “el enemigo”. En el acto de permitirle al maligno su intrusión en el mundo espiritual, inaugura un orden paradójico, en el cual existe la complicidad entre la ley -el interdicto- y la transgresión. Este doble aspecto, legítimo e ilegítimo, público y casi furtivo de este acto, hace tropezar con el sabor de una potencialidad en los jóvenes cristianos que escapa a la regla.

Al conocer a Dios (habla del proceso de conversión al cristianismo), ¡ahí se pone las pilas el enemigo!, somos puestos a prueba, ahí empieza la lucha, él comienza a atacar por lo más débil en uno y es peor porque como ya conocemos de Dios, es distinto para alguien que no conoce, ahí el Diablo no se interesa tanto… (José, 18 años).

El joven, al “conocer a Dios”, es puesto a prueba a través del ataque del enemigo; el enemigo al tener conocimiento de su conversión, ejerce sobre él una violencia que es legitimada por la deidad. Para hacerle frente a esta violencia intestina, a su brutalidad, a su horror, en el proceso espiritual y de transformación en el que se inserta el joven, Dios le dará el poder de reconocer a la fuerza maligna, obtendrá la energía para ser capaz de darle batalla y derribarlo, con la pretensión de restaurar nuevamente el orden de los mundos -el espiritual y el carnal- a través del ritual de la “guerra espiritual”.

El orden del exceso. La guerra espiritual

La guerra entre los dos mundos se realiza día a día y sólo por quien “está maduro espiritualmente”; la capacidad de enfrentamiento por parte de los jóvenes con lo sobrenatural está condicionada a un determinado desarrollo espiritual, que se da día a día. Los dones de: sanidad, hacer milagros, profecía, discernimiento de espíritus, dominio de lenguas, interpretación de lenguas, palabra de sabiduría y de ciencia, don de fe (I Corintios 12, 7-11), obtenidos durante el proceso de conversión al cristianismo, se convierten en la traslación (movilización) de la potencia divina a su receptor o receptora en una comunión con lo sagrado.

Algunos cristianos jóvenes o adultos, obtienen el don de discernimiento de espíritus y son los más preparados para enfrentar la guerra espiritual, tanto en sus propios cuerpos como en los cuerpos de otros. Es sugerente observar como las entidades malignas que asaltan a los cuerpos de los jóvenes son espíritus correspondientes a ámbitos como el de la soledad, de las actividades sexuales, de la búsqueda del placer, del desafío a la muerte y de las experiencias límite; frente a esto, podría decirse que existe una especialización de los espíritus malignos en relación con los jóvenes.

Los demonios pueden encontrarse en diferentes agrupaciones - legiones y huestes-5; por ejemplo, la soledad, espíritu mayor, está conformado por varios espíritus: depresión, desánimo, desesperanza, insomnio, melancolía, deseo de muerte, desesperación, derrota, suicidio, morbosidad, agobio, desaliento, abatimiento, muerte, pesadez, disgusto (Marzullo, Snyder, S.F). El joven, al obtener el don de “discernimiento de los espíritus malos”, tiene la capacidad de reconocer y nombrar a las huestes, legiones o espíritus menores que hayan poseído al cuerpo y convertirse en intermediario, “instrumento” de la deidad; de igual forma, ya sea que posea el don o no, es reparado para cumplir con el único objetivo del enfrentamiento, con el único fin de la guerra, que es combatir las fuerzas y las huestes malignas del “mundo de la carne”, sacarlas de los cuerpos y llegar a aniquilarlas.

En el ritual de la “guerra espiritual”, las y los participantes se preparan para enfrentar lo monstruoso, lo terrorífico, para expurgar de sí lo maligno. Los pasos a seguir generalmente son dados a través de la palabra. Se requiere de una previa preparación como la oración y el no estar en pecado, para así encontrarse en “santidad”; en este estado se tiene más poder para vencer al “enemigo”. A partir de la comunicación establecida con la deidad a través de la oración, se convoca la sangre de Cristo para lavar, cubrir, liberar y proteger los espacios, las personas cercanas que no se encuentran en el ritual y a los propios cuerpos de las y los participantes, con el objetivo de que no puedan ser atacados por el enemigo y salvaguardarlos. Este acto se realiza con el fin de transformar a los espacios, a las personas, y a los objetos en sagrados; en ese sentido no es importante si los objetos o los sitios son o pertenecen al “mundo de la carne”, pues en este acto se transforman en sacros.

“…Me cubro toda (se refiere a la sangre de Cristo) como señal. El enemigo la ve y no se atreve a tocarme, ni a poner sus garras; se cubre con ella todo el cuerpo, las puertas, las ventanas los dinteles…” (Mónica, 17 años).

Hacemos un símil de la guerra espiritual a novelas de caballería, o historias de luchas épicas y legendarias6, en las cuales las y los jóvenes se asumen como guerreros (as), a medida que es leído en voz alta el siguiente texto bíblico:

Vestíos de toda la armadura de dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del Diablo. Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes. Por tanto tomad la armadura de Dios, para que podáis resistir el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes. Ceñidos vuestros lomos con la verdad y vestidos con la coraza de la justicia y calzados los pies con el apresto del evangelio de la paz, sobre todo tomad el escudo de la fe, con los que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno, y tomad el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios” (Efesios 6, 10-18).

Ciñen la armadura de Dios sobre sus cuerpos y se preparan para acabar con las huestes satánicas, se convocan desde los cuatro puntos cardinales a ejércitos de ángeles y arcángeles para cubrir todos los flancos por donde pueda venir “el enemigo”. Acto seguido, ya preparados para el enfrentamiento, se inicia una oración de liberación de espíritus, los cuales son nombrados por quien esté liderando el ritual y que en ese instante se considera un intermediario o instrumento de la deidad; a través de él fluyen las palabras de Dios, los espíritus son nombrados y sacados de los cuerpos, atados, amordazados y aniquilados a través de la oración, invocando todo el tiempo el nombre de Jesús.

Fue entonces cuando Ángela, una joven salió corriendo hacia la pastora, para hacerle daño y los líderes inmediatamente la cogieron y cayendo al piso comenzaron a orar, las demás personas estábamos en oración, sin distraernos porque esto puede ser peligroso (los demonios que salen buscan entonces donde entrar). Cuando Ángela estaba en el piso y la pastora junto con los líderes oraban, ella gritaba e intentaba soltarse, no era ella la que estaba forcejeando, era un espíritu malo que no quería abandonar su casa, es decir ese cuerpo. Se movía de manera aterradora, yo oraba con mis ojos abiertos, y les decía a la gente, que no había tenido nunca antes una experiencia como ésta, que por favor no miraran. Esa liberación duró alrededor de 15 minutos y terminó mientras arrojaba saliva. Ya luego se paró toda despeinada, con su rostro bañado en lágrimas, la abrazaban y le decían cuan importante era ella para Dios. Luego vinieron así unas 10 personas con los mismos síntomas que Ángela, siempre gritando y realizando gestos aterradores, con ojos desorbitados y sus extremidades retorcidas. Los gritos eran descomunales, todo eso parecía sacado de la película ´El exorcista´ una cinta de esas de terror (Guerrero, 2000).

El acto de liberación de los espíritus comprende la provocación forzada en el cuerpo de vómitos, sudores y gritos, para expulsar físicamente la entidad maligna; las y los jóvenes lloran, sus cuerpos entran en fuertes convulsiones, de acuerdo al espíritu, legión o hueste, por la cual se es poseído, incluso se puede llegar a desarrollar una gran fuerza corporal y en ese momento el cuerpo requiere ser sometido por varias personas.

Esta es una lucha sin tregua contra las fuerzas consideradas diabólicas, en la cual es necesario llegar al aniquilamiento y devastación de los espíritus; esto se logra simbólicamente, cuando el espíritu está fuera del cuerpo que ha poseído, se le sujeta colocándolo debajo de los pies de quien establece la guerra, luego se le amordaza la boca y se le atan las manos, por último se le encadenan sus pies, cuando ya se ha inmovilizado al espíritu, se pisa, una y otra vez, hasta que no quede nada de él. Cuando se logra esto, hay liberación del cuerpo físico, del alma y del espíritu.

Al ser purificado el cuerpo, se da la unión con lo divino, con la deidad, unión que está enraizada en un exceso de vitalidad y venera la concreción del amor que lo sublima todo. Dependiendo del grupo cristiano al que el o la joven pertenezcan, la entrega a Dios posterior al ritual de liberación, se expresa en términos en su mayoría impregnados de referencias a lo erótico: “mi bien amado”, “querido”, “mi esposo”, “mi padre amoroso”, son los atributos dados a Dios, ya en la suma entrega.

“M- Después de que te liberas y cuando aceptas a Cristo en tu corazón, te conviertes en esa esposa B-¿Los hombres utilizan las mismas palabras, lo dicen de la misma manera? M- Esos son términos que se dicen como Iglesia. Dios te acoge en los brazos y te acepta como esposa, o esposo; hay una parte en la Biblia que habla de las bodas del cordero… Cuando uno sube a ver a Dios no se es ni hombre ni mujer (Mónica 17 años).

El cuerpo, al ser liberado, cambia de estado, se encuentra limpio y purificado, se le toma en ese momento por “el templo de Dios” , el cual va a ser habitado por otra entidad, el Espíritu Santo, entidad benigna, que lo ocupará ahora. Los cuerpos en este estado de liberación son percibidos por los participantes en extremo leves; los gestos que se demarcan en los rostros parecieran expresar tranquilidad y gran bienestar.

Para que la entidad benigna permanezca en el cuerpo, se debe tener cuidado en cada acción de la vida cotidiana y no caer en el pecado; si esto no se cumple, el Espíritu Santo lo abandonará y los espíritus malignos pueden volver con mayor fuerza que antes (y ya no vendrán solos) a ocupar la casa que han dejado. De ahí que la guerra contra el mal deba ser dada en todo momento.

Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, anda por lugares secos, buscando reposo; y no hallándolo, dice: Volveré a mi casa de donde salí. Y cuando llega, la halla barrida y adornada. Entonces va, y toma otros siete espíritus peores que él; y entrados, moran allí; y el postrer estado de aquel hombre viene a ser peor que el primero (San Lucas 11, 24-26).

Las entidades malignas pueden entrar nuevamente por medio de los orificios del cuerpo -boca, ojos, fosas nasales, sexo- como a través de los sentidos: de lo que se escuche, lo que se toque, o lo que se vea, o lo que se piense; si el joven descuida algunos de estos ámbitos en sus rituales cotidianos y no cumple con las prohibiciones, puede ser atacado con mayor fuerza por “el enemigo” y todas sus huestes.

De esta forma, para los jóvenes cristianos, las imágenes plasmadas en las vallas publicitarias, en los afiches y que estén relacionadas con cuerpos al descubierto, donde se muestre el mundo de los placeres (beber, fumar), se convierten en objetos en los que habitan espíritus malos, que a cada paso que se de pueden entrar por los ojos e inquietar sus mentes y sus almas; deben por tanto protegerse cotidianamente para afrontar las sucesivas e ininterrumpidas señales del mundo de la carne que se muestran en la industria del vídeo y del cine.

Tanto los objetos de consumo como los lugares que no sean sacros pueden ser vehículos de huestes y legiones de demonios, dotados, en principio, de una entidad, de una función y una forma que corresponde a lo maligno, lo mentiroso, lo malvado, lo sucio, lo abominable. Todo lo malo entra y sale por los ojos, por la piel, por la boca, por los oídos; las entidades demoníacas pueden poseer o contaminar a quien las mire, las toque, las sienta, las piense y no esté protegido contra ellas, de ahí que se encuentre una sistemática y larga expurgación y ataque contra los espíritus del mal.

Lo numinoso y el exceso

El mundo de lo numinoso7 (Cazeneuve,1971), la percepción de algo desconocido, de lo inaccesible a la razón, de una realidad que puede ser otra cosa, sugiere una impresión directa, una reacción espontánea frente a una potencia que posteriormente puede considerarse como sobrenatural. La permanente lucha que el joven cristiano ejerce entre los dos mundos, “el mundo de la carne” contra “el mundo espiritual”, se instala en el escenario que más se teme, el numinoso, en la extrema potencia, en lo misterioso, en el exceso. Este mundo de lo numinoso sólo existe en la mirada de quien lo descubre, se atemoriza, lo destruye, o se hace cómplice.

La inserción en lo numinoso, se nos revela, más que en un orden rígido y esquemático que se precipita en los límites del bien y del mal y con una fuerte separación de los dos mundos, en un orden donde la circulación de los afectos y las pasiones constituyen la unidad profunda de ellos. Su estructura se fundamenta en la excitación, el exceso y lo orgiástico, que en la guerra espiritual se expresa fuertemente por medio de los cuerpos, ya sea en la exaltación por su posesión o en el éxtasis por el influjo de entidades benignas como el Espíritu Santo.

La experiencia de la potencia del exceso en lo corporal, hace irrupción en la transgresión de la regla; allí no se contienen las pasiones, sino se muestra la exacerbación de ellas sin ningún control; los cuerpos al ser poseídos por presencias invisibles que toman forma en espíritus satánicos, huestes demoníacas o entidades benignas conllevan, unas, a gritos, gemidos y ruidos ensordecedores y las otras, a llantos y risas.

El paroxismo furtivo, dirá Maffesoli (1996), hunde sus raíces en lo cotidiano, en lo común y esto es lo que mejor caracteriza lo sagrado. Un mundo contenido donde cada acto, cada experiencia, cada sentimiento, sueño, pasión, pensamiento, en suma, toda la vida psíquica se afianza en el terreno polar del interdicto y de lo normativo; se confronta al mundo del éxtasis, la embriaguez, el exceso y la multiplicidad de las pasiones que se expresan de manera contundente en la guerra espiritual, dentro de un frenesí sagrado; tal orgía se puede entender como contrapunto del mundo de la carne.

La transgresión del orden generada por esta lucha, por este enfrentamiento sangriento y devastador de las entidades malignas, se integra en el juego de construcción-destrucción de lo misterioso, lo desconocido y lo horroroso, pero al unísono tiene por función general la de conjurar el peligro que amenaza el orden del mundo espiritual, darle sentido.

La guerra espiritual, al considerarla no sólo una metáfora orgiástica, sino la expresión de un orden poético, más allá del bien y del mal, fusiona los elementos de la heterogénea totalidad de los dos mundos, demostrando la inexcusable necesidad de la existencia de lo oscuro y lo luminoso. Uno y otro mundo siendo espejos reflejos del bien y del mal.

Desde este lugar nos adentramos en experiencias ambivalentes y cómplices de lo sagrado, de la ley y la violación de la ley, de lo que siempre se escapa a la regla, de la potencia de lo numinoso que se revela como fascinante pero al mismo tiempo se convierte en algo aterrador. Se trazan algunos surcos frente a la irrupción de valores totalmente antagónicos, en la dinámica de movimientos pendulares entre el bien y el mal, lo divino y lo maligno, lo sagrado y lo profano, en el constante juego de la balanza del exceso, de lo orgiástico.

Lo erótico de los cuerpos poseídos

“ … por ejemplo lo que se toca, no más como cuando te acercas a una persona y la tocas y te hace sentir cosas, ahí ya está atacando el enemigo” (José, 18 años).

La sensualidad en el cuerpo de los cristianos, entendida ésta como la manipulación en dispositivos del placer y el dolor (Guiddens, 1997), es considerada por el orden establecido del bien como una amenaza, un riesgo, se le reconoce su potencia de provocación, “lo que se toca”, preside casi siempre al desorden y atrae toda excitación, “te hace sentir”; este orden, se apresta con toda su fuerza profiláctica a protegerse contra el mal engendrado en lo sensual de la carne.

El joven cristiano se inscribe en un orden orgánico del cuerpo: cuerpo-carne, cuerpo-espiritual y cuerpo-alma. Este orden orgánico es a la vez un todo, y está compuesto de relaciones que se establecen en la reciprocidad absoluta. En aras de salvaguardar el conjunto de la vida, en aras de una seguridad cada vez mayor se ejerce un control sobre este sistema orgánico tripartito; este control se da a través de acciones y tecnologías que hacen del cuerpo lo aséptico y lo ortopédico. Todo se integra dentro de este orden, con fronteras muy bien definidas, se delimita y canaliza toda la existencia corporal hacia un mundo angelical; la abstención de todo acto carnal, la castidad exacerbada, retomando a Maffesoli (1996), llega a ser una orgía invertida que aporta voluptuosidad y estremecimiento.

Lo que fractura esta noción de orden es la constante búsqueda del control sobre los cuerpos, esto es lo que hace convocar su propia contradicción y transgresión; irónicamente a través del control en la abstención, se potencia el encuentro con su contrario, la transgresión en el exceso. De esta manera, estos jóvenes subvierten el esquema polar del bien y del mal, sin negar el interdicto sino superándolo y completándolo. Nunca, a propósito de un mismo objeto, una proposición opuesta es imposible. No hay interdicto que no pueda ser transgredido, “el interdicto está ahí para ser violado” (Bataille, 1992). La brecha que separa el mundo del bien y del mal, de lo sagrado y lo transgresor, en estos jóvenes, crea un orden del mundo que celebra su mutua interacción; esta proposición no es, como parece en un principio, un envite desorbitado, sino el enunciado de una relación inevitable entre emociones de sentido contrario.

La discontinuidad del ser es enfrentada por los jóvenes cristianos a través de los excesos en el ritual de la guerra espiritual, por medio de la posesión y liberación de los cuerpos. El cuerpo al ser considerado “tripartito” -carne, espíritu y almapuede ser atacado simbólicamente con extrema violencia y de maneras distintas por las huestes y las legiones demoníacas. El cuerpo es tanto el medio para la permanencia de entidades malignas, como el “templo de Dios” habitado por el Espíritu Santo.

El alma es como un tesoro que tú alimentas, eso depende de cómo lo hagas en el espíritu y en la carne y todo lo que tú hagas con tu alma se refleja en el espíritu. El enemigo utiliza las debilidades de uno y te puede atacar el espíritu y la carne; te llega hasta aniquilar el alma. El alma es como lo más profundo, ella es la que toma las consecuencias de lo que uno hace espiritualmente, en el espíritu y en la carne… (Mónica 17 años).

La relación con lo erótico, se hace presente en la exacerbación de las fuerzas del mal que sujetan a los cuerpos, que conllevan a gritos, gemidos, secreciones salivares y vómitos; donde los cuerpos de los jóvenes se encuentran en pasiones desatadas en el mundo orgiástico del exceso. En este lugar no se conoce el freno, toda esta ceremonia se lleva a cabo bajo una atmósfera de exaltación, en la cual se hacen preminentes unos cuerpos que se resisten a su posesión y se enfrentan a su liberación. Al ser sujeto de posesión, la y el joven cristiano están más allá de sí, los cuerpos de manera violenta se deslindan de los sujetos, las pasiones que se desencadenan en la posesión, los fuerzan a hacer visible lo que debe ocultarse.

En este rito delirante de lo gestual, con un sentido fuertemente corporal, se enmarca la arquitectura de las pasiones, el vivir de los afectos angustiosos y la impregnación de la carne por su posesión. Se afronta colectivamente la pluralidad de los afectos -miedos, terrores, horrores, angustias- que trastocan los cuerpos. A través del éxtasis y de la embriaguez en el ritual de la liberación espiritual, se conjura el peligro que los amenaza con el mal, se contiene a la bestia, se conjura el miedo al monstruo y las perturbaciones de lo oscuro. En esta experiencia intervienen todos los sentidos y todas las pulsiones no son ajenas a él.

¿Cuerpos que se mantienen a salvo?

En este marco, el miedo hace una trilogía con el terror y el horror. El miedo siendo una emoción tan fuerte, colectiva e individual, se trata de superar mediante operaciones mágicas, apartando las causas que lo engendran, devastando a los espíritus, aboliendo la situación que lo produce a través de sistemas de control sobre el cuerpo; el terror comienza cuando el cuerpo, como se describió anteriormente, se convierte en objeto de posesión del mal, objeto mutilado, alcanzado por los efectos de una cruel metamorfosis; el horror es la reacción ante una situación de peligro, o ante estímulos externos muy intensos, que sorprenden al sujeto en un estado de indefensión al punto de impedirle protegerse de ellos mismos (Duvignaud, 1987).

El cuerpo de los jóvenes cristianos es el instrumento e intermediario de esta trilogía; cuanto más violenta la pulsión, más miedo, terror y horror comunicará en él. Así, la violencia de un gesto, de una imagen, de una palabra, de una aparición, de una mirada, de un cuerpo trastocando en el acto de sorprender al propio deseo, posibilita ataques de los seres temidos.

En este sentido se podría argumentar que en última instancia los jóvenes están en la búsqueda de un miedo tan deseado como temido. Los grandes miedos toman rostros, se les encuentra frente a frente en un espacio diferente, en el campo de la guerra espiritual. Se podría sugerir que asistimos a un desplazamiento de sentido donde el cuerpo se identifica con el terror, el horror y el miedo, en el esfuerzo por materializar en él a los espíritus malignos los representan, se deforma al cuerpo, se trunca, se expone a una transformación cruel, con el fin de aterrorizar al enemigo en el enfrentamiento directo y sacarlo de sí.

Esta es la zona oscura del erotismo, que se inscribe en este caso en la violencia simbólica ejercida contra las entidades demoníacas; los cuerpos perturbados de los jóvenes se entregan a lo orgiástico - en relación con la crueldad- en el placer, tanto del descuartizamiento, aniquilamiento y desmembramiento de los seres del mal, como en su expurgación y destrucción.

Se puede pensar que los cuerpos de los cristianos, con la seguridad de su dominio se someten a lo riesgoso -morir al mundo para vivir al mundo espiritual-, como si el poder del cuerpo sobre sí, hiciera desafiar la misma muerte, la fortaleza del cuerpo marca lo perecedero y constituye una alternativa a la eternidad.

El cuerpo se descompone en los campos que se expresan en el erotismo, en la medida en que toda trasgresión-choque del cuerpo designa una solución de continuidad requerida por un tejido social cuyo orden moral asegura la hegemonía orgánica; de una manera u otra, los cuerpos de las y los jóvenes cristianos en extrema convulsión y en constante enfrentamiento, permiten establecer mayores regulaciones sobre ellos.

Regulaciones que se movilizan en un orden que pretende y tiene como único fin no confundir o producir la mezcla y conservar la distinción entre lo puro y lo impuro, a través de la permanencia y delimitación radical entre el interdicto y la transgresión. Ellas, insistirán en mantener los lugares de las dicotomías del bien y del mal, en una organización aséptica de la existencia, donde todo tiende a ser integrado en un todo contenido.

Irónicamente en la guerra espiritual, tanto en los actos de posesión como en los de liberación, se configura el entramado del orden de lo orgiástico, donde la transgresión, en las expresiones eróticas y delirantes de los cuerpos, concede un lugar a las fuerzas del exceso, en el que se exponen y controlan las turbulencias de las pasiones. El cuerpo establece una lucha violenta con las fuerzas oscuras y se salvaguarda en una total entrega a las entidades benignas.

Algunas consideraciones

«Al colocarse simbólicamente en el mundo de la potencia absoluta, irreductible a la regla, en cuyo caso la condición humana propiamente dicha ya no existe” (Cazeneuve, 1971), algunos jóvenes cristianos se adentran en el universo de lo numinoso, de la extrema potencia, de lo fascinante y misterioso, lugar en el que encontramos la presencia de lo polar, pero donde también el exceso y lo orgiástico son necesarios y se corresponden mutuamente.

Así observamos cómo jóvenes cristianos, de manera diferencial, se adentran en experiencias ambiguas que a través de diversos órdenes simbólicos rigen su vida; dichos órdenes suministran una serie variable de criterios éticos, de guías normativas que gobiernan sus acciones, entrando en correspondencia con las conductas del interdicto y las conductas contrarias; las primeras en el universo de la tradición, lo demarcado del bien y del mal; las segundas en los universos de la transgresión de esta lógica polar, en un constante movimiento de ir y venir en el exceso, con la amenaza de su disolución pero estableciéndose nuevamente en un orden de tensión en su mutua interdependencia.

Podría decirse que la domesticación social, el control, la asepsia a ultranza comportan revueltas sangrientas y perversas (Maffesoli, 1996). El cuerpo, en los jóvenes cristianos ocupa un lugar central, lo atraviesan las sensaciones más inmediatas y directas, las combinaciones del deseo y la imaginación, los desvaríos y las alucinaciones; fenómenos todos donde lo erótico es preeminente. Nos parece sugestivo hacer un paralelo frente a lo que viven los jóvenes cristianos inscritos en la confrontación violenta contra entidades que profanan sus cuerpos y son aniquiladas en la guerra espiritual y lo que experimentan jóvenes de barras bravas en los enfrentamientos con sus contrarios cuando éstos cruzan el límite de lo que es sagrado llegando a profanar el nombre del equipo, la bandera o las fronteras territoriales, y convirtiéndose en el enemigo, en el adversario hacia el cual hay que descargar toda la violencia, una violencia expresa, física y verbal, que raya con el deseo y la destrucción de ese otro.

Giberti (1998) plantea cómo en los recitales -conciertos- de rock, “el placer se presencia en acto”, en un modo de estar juntos que ella llama la creación de lo sacral -distante de lo sagrado- que busca acompañar a lo profano en lugar de serle antagónico, diferente del misticismo convencional; lo sacral estaría separado del estado del éxtasis y demandaría “algo más”, algo que no se encuentra en otra parte y sería capaz de mantener una tensión placentera. La guerra espiritual lleva en su seno la fuerte carga del exceso, se acomoda para manejarlo, se sirve de ardides para subvertir lo sagrado, se inscribe en lo orgiástico y al mismo tiempo, con cierta sabiduría, entre los límites de lo sagrado y lo profano, y así se mantiene en la adhesión al orden existente. ¿ Hasta donde lo que Giberti establece, de lo sacral, no es lo que se expresa en la guerra espiritual, en el mundo de lo numinoso y en este orden del exceso?

Tal vez el miedo imposible de gobernar, la desaparición de las fronteras del bien y el mal, lo invade todo. En las y los jóvenes cristianos estos sentimientos se convierten en principios de angustia, de terrores virtuales y reales, de miedos y horrores que es necesario expurgar; pero al mismo tiempo, esas alteraciones o “malformaciones” de una u otra forma causan turbulencias profundas en su existencia que ya no es suficiente inscribirlas entre dicotomías polares del bien y del mal, pues en su cercanía e interdependencia se hacen irreductibles a una lógica polar.


Citas

1 La reflexión de este artículo corresponde a una de las intuiciones formuladas en el informe final del proyecto sobre “Concepciones de vida y muerte en jóvenes urbanos” realizado por el Departamento de Investigaciones-de la Universidad Central y cofinanciado por Colciencias y Banco de la República. Director del proyecto José Fernando Serrano, como coinvestigadora y directora del relato visual Betty Sánchez Sarmiento. Asistentes de Investigación Mariela Del Castillo y Sol Rojas. Estudiantes de la Universidad Central que participaron como auxiliares de investigación, Mario Cortés, Milton Galindo y Giovani Guerrero. Bogotá, 2000.

2 Se trabajó en la investigación con diferentes grupos de jóvenes, de todos los estratos, pertenecientes a una primera y segunda generación urbana, con padres y abuelos procedentes de ciudades intermedias y de contextos rurales. No se hicieron etnografías de las prácticas religiosas de las y los jóvenes urbanos, con excepción del seguimiento etnográfico a las y los jóvenes cristianos y el trabajo visual, en donde se llevó a cabo la construcción de cuatro historias; una de ellas se refiere a la experiencia de conversión al cristianismo, por parte de dos jóvenes cristianos.

3 En los conciertos para jóvenes se pueden encontrar tanto grupos rockeros, como de rap cristianos.

4 Actos en los cuales a través de la música y la oración se da gracias a Dios por los favores recibidos.

5 Entidades sobrenaturales, seres espirituales malignos que habitan los aires y transitan por la tierra. Las huestes atacan directamente a el/la joven en sus pensamientos y en sus sueños; las legiones, los espíritus terrestres, atacan a través de los otros y de las circunstancias externas a ellos/ellas.

6 Se nos hizo referencia a como en una guerra espiritual, llevada a cabo en el Coliseo Cubierto del Campín, lugar donde se suelen reunir las y los jóvenes cristianos, mientras el pastor exhortaba a los presentes al enfrentamiento contra las huestes del mal, detrás de él, se encontraba una pantalla gigantesca, en la cual se mostraba una película de la época medieval en donde guerreros sobre caballos, con sus armaduras plateadas, enarbolaban espadas de acero y parecían venirse en estampida hacia las y los que le veían, dispuestos en ese momento a acompañar la guerra espiritual y devastar al “enemigo”.

7 El término numinoso, lo entendemos como lo misterioso y lo fascinante, lo que se refleja en la condición humana como lo no aprehensible, lo que no es susceptible de reducción a un orden y a una regulación; en ese sentido siempre se tornará angustiante, provocando sentimientos distintos, desde el terror que lleva a rehuirlo, hasta la fascinación que hace que se le desee. Las alternativas frente a lo numinoso serán dos: una consiste en el intento de fijar la condición humana en un sistema estable, cercándolo de reglas y en tal virtud se apelará a ritos enderezados a capturar y manejar la fuerza numinosa, que alejarán de ese sistema todo lo que simbolice su imperfección; la otra, en cambio, radicará en ubicarse en el mundo de la potencia absoluta, irreductible a la regla y que traspasa todos los límites.


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