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Nomadismo juvenil

Nomadismo da Juventude

Youth Nomadism

Michel Maffesoli*
Traducción Gisela Daza**


* Profesor de Sociología en La Sorbona (París V), Director del Centro de Investigaciones sobre lo Actual y lo Cotidiano y el Centro de Investigaciones sobre lo Imaginario (CRI) y Jefe de Redacción de la Revista Sociétés.

** Investigadora en la línea Socialización y Violencia, DIUC.


Resumen

Escapar de las instituciones fundadas de la modernidad parece ser lo propio de los jóvenes. Ellos a fuerza de rechazo y aparente indiferencia, pugnan por una experiencia creadora y fundante de lo que quizás sean en una temporalidad cercana, las formas de socialidad que abrirán paso a nuevos modos de ser comunes y comunitarios.

Abstract

It seems typical for young people to escape from the institutions founded by the modern age. They, through rejection and apparent indifference, strive for a creative and founding experience of what maybe will be, in a near temporality, the forms of sociability that make way for new ways to be common and communitarian.


Hay varias maneras de situarse frente a un mundo que se ha vuelto extraño y extranjero. Una, bien conocida, frontal, organizada, programada, que hizo los mejores días de lo político y de los partidos encargados de administrarlo, no parece ya estar de actualidad. Otra, que de tiempo en tiempo vemos reaparecer en las historias humanas, insidiosa, desordenada, comparable a esa actitud de los malos estudiantes que, sordos a las conminaciones de sus maestros, muestran la réplica insolente como único modo de participar. Es esta la respuesta de los jóvenes frente a los principios de realidad que la seriedad de un mundo que envejece intenta imponerles.

La protesta ya no es el tema de discusión por ser demasiado tributaria de aquello a lo que se enfrenta. Quizás haya que estar atentos al aparente conformismo de los jóvenes, a su general aceptación frente a lo que sucede. Fijarse si no se trata de una especie de artimaña que, de modo no consciente o en todo caso no dicho, disfraza una sed de infinito, un deseo de lo lejano, de contornos nebulosos, no por ello menos exigente o intenso.

El escapismo, el librarse de todo, podría ser la réplica singular del fin de siglo. No situarse ya a favor o en contra de las diversas instituciones sociales o políticas, sino escapar hacia otros lugares, es algo que no deja de sorprender a los observadores sociales, tan habituados como están a las categorías filosóficas heredadas del último siglo.

Demasiado obnubilados por los valores que rigieron la modernidad y demasiado seguros justamente de ese carácter moderno que hace de estos valores insuperables, nos es muy difícil imaginar que puedan ceder su lugar a maneras de ser y de pensar que fueron propias de períodos premodernos. En síntesis, hay que saber ubicarse en perspectiva y darse cuenta que muy pocas cosas, o incluso nada, son realmente nuevas bajo la luz del sol y que aquello que se creía superado tiende a volver sobre la escena social.

Escapar de las instituciones, rechazar la explicación racionalista del mundo, no puede ser analizado simplemente como una regresión. Se trata más bien de una especie de regrecencia, de un retorno a arcaísmos fundadores que se revelan portadores de una nueva socialidad. De hecho, un reencantamiento por el mundo que se funda en una exigencia cualitativa, no puede ya satisfacerse sólo con la certeza de no morir de hambre, cuando ésta hay que pagarla con otra, la certeza de morir de aburrimiento.

En la sensibilidad de las jóvenes generaciones hay un rechazo frente a todo tipo de manipulación o poder exterior: económico, político, científico. Ello las conduce a depositar la confianza, preferiblemente, en la propensión natural característica de la auto organización, ya sea esta natural o social.

Desde el “mochilero” al “juerguista”, sin olvidar las diversas formas de indiferencia política, social o religiosa, hay un hilo rojo, tenso e infranqueable, aquel de la solidaridad de base y de los valores que le están ligados. Vagando o errando fuera de toda institución, o por lo menos no siendo esclavo de ninguna, unos y otros afirman la importancia de la experiencia vivida y el sentido concreto que ésta puede inducir. Ello es lo que está en juego en las tribus postmodernas donde la desconfianza hacia las ideologías y los valores universales se acompaña con una innegable generosidad de ser, aún si ésta tiene ciertos acentos anómicos y algo inconformes. Tanto en la efervescencia de las situaciones de protesta, como en la reiterada cadencia de la vida cotidiana, se expresa, en filigrana, un potente intercambio simbólico donde lo material y lo espiritual encuentran su lugar, donde lo imaginario y lo real se acompasan juntos y sobre todo donde, cualquiera sea la raza, la ideología o las convicciones, es la preocupación por el otro lo que prevalece.

Podría decirse que una tolerancia así, entendida aquí en su forma afirmativa, es ciertamente la consecuencia directa de la libertad de espíritu, o de un escapismo que ya no puede reconocerse en ningún encierro institucional, sea cual fuere, y cuyo origen se halla en el enfrentamiento común del destino vivido de manera proxémica. Quizás todo esto sea lo que constituye la potencialidad de una socialidad que ya no tiene nada por hacer con los discursos catastróficos o con los crispamientos dogmáticos y que se expresa insolente y jubilosamente a través de esos sorprendentes fenómenos que, en tiempo de crisis, constituyen los movimientos caritativos, las explosiones lúdicas, el sentido de la fiesta y otras tantas acciones “benévolas” que bajo ninguna circunstancia pueden reducirse a la concepción económica y política del mundo moderno.

La libertad de tono y aspecto secretada por el ambiente libertario, no es, en ningún caso, índice de una ideología individualista o de algún tipo de narcisismo. Es importante estar atentos al hecho de que lo que está en juego aquí no es un yo empírico, correspondiente al ego de la tradición en general y del cartesianismo en particular sino, por contagio, lo que podríamos llamar un nosotros original. Así lo testimonian los diversos sincretismos religiosos o filosóficos, las prácticas de la Nueva Era, las búsquedas espiritualo-corporales que muestran que estamos confrontados a una especie de orientalización del mundo. Es esto el fruto del escapismo juvenil: ha tomado prestado de diversas civilizaciones elementos que el racionalismo triunfante había ocultado o marginalizado y que se están convirtiendo en el centro de la socialidad contemporánea.

Lo anterior quiere decir que el “yo” posee una multiplicidad de facetas, tanto como la sociedad una sucesión de potencialidades. El hecho de no adherir durablemente a ninguna institución, de rechazar las diversas formas de compromiso, no es más que un modus operandi que permite vivir ese pluralismo estructural. También un modo de asumirlo. En sentido estricto, un “éxtasis” que permite escapar a la vez al encierro del tiempo individual, al principio de identidad y a la fijación social y profesional. Éxtasis que en algún tiempo pudo acantonarse en el orden de lo religioso, o que fue relegado a un pasado caduco y obscurantista, pero que, nos damos cuenta, contamina a sus anchas el conjunto de los fenómenos sociales. Éxtasis que se encuentra en el origen de esas epidemias de masa, deportivas, musicales, religiosas, políticas, culturales, que desconciertan a los observadores de lo social al estar demasiado habituados a los comportamientos racionales, no contradictorios, unificados, propios de la modernidad.

En la efervescencia de los jóvenes, en las explosiones de las revueltas súbitas, en los amores y desamores tan intensos como efímeros, hay algo propio del gyrovague.1

A la imagen de esos éxodos inexplicables que pueden observarse en las sociedades arcaicas, los movimientos pasionales que sobresalen en la actualidad parecen estar movidos por una especie de vagabundeo. Es una forma de llamado al infinito que surge de manera regular, no por ello menos caprichosa o, en todo caso, impredecible. Lo cierto es que son efervescencias que no se promulgan y que son difíciles de controlar o incluso de interpretar políticamente.

Vagabundeo que podemos comprender metafóricamente por cuanto señala que, en oposición a una visión histórica, acabada, orientada hacia un fin certero, visión cuyo fundamento hay que buscar en una perspectiva soteriológica propia de la tradición judeo-cristiana y luego en aquella de la filosofía de la historia moderna (hegeliano-marxista o funcionalista), al opuesto entonces de esta linealidad, está renaciendo algo más pagano, más relativo también: una idea del destino en la que se integran todos los aspectos de la vida social y natural. En la insolente réplica de los jóvenes hay una unión de los contrarios, una especie de “razón sensible”.

El control técnico de la naturaleza, viejo sueño de la modernidad, ya no los satisface totalmente. La economía política se ha convertido en una maquinaria suspendida, de la que se pueden servir pero a la que no adhieren. El uso racional del mundo y de las cosas, propio de una vida social abstracta, los deja indiferentes. Por el contrario, conscientemente o no, algo cercano a lo que Bataille llamaba el “gasto” es lo que los anima profundamente.

Hay en el ambiente algo erótico, una pulsión dionisiaca que el racionalismo prometeico había logrado ocultar y que vuelve a ponerse al frente de la escena. Así, a la imagen de las bacanales antiguas, el sexo no se asimila simplemente a la reproducción y ya no se establece en la institución económica de la familia nuclear. Se vuelve errante. Sea para lamentarse o para felicitarse, hay un cierto acuerdo entre los observadores sociales para afirmar que asistimos a una relativización de la moral sexual. La lista de sus manifestaciones es demasiado larga para abordarla exhaustivamente, pero del minitel interactivo a las redes de internet, del intercambio sexual a la multiplicación de las parejas, del desarrollo de las perversiones a la instrumentalización de la familia, - únicamente considerada como un seguro frente a todo riesgo-, desde la prostitución juvenil al turismo sexual y la lista está lejos de acabarse, es necesario constatar el hecho de estar confrontados al retorno del vagabundeo sexual. Cada una de esas formas no siendo, entre otras cosas, exclusiva. Así, una pareja bien establecida de jóvenes que cohabitan, puede ir a la par con la práctica ocasional del sexo colectivo, o con la asistencia a “boîtes à partouzes”2. A la generación moral, anunciada en los diversos escritos de edificación moral, se opone lo que algunos jóvenes no dudan en llamar la “vergo-generación”. El denominador común ya no es la liberación tal como fue reivindicada en los años sesenta, sino formas de libertades intersticiales sin ideologías afirmadas, empíricamente vividas. Libertades emparentadas con aquellas del errante que encontramos en diversos periodos históricos y en diversas civilizaciones y que traducen la necesidad de la aventura, el placer de los encuentros efímeros, la sed de lejanías y por último, la búsqueda de una fusión comunitaria.

Curiosamente, una fuga así, fuera de lo institucional, por el aspecto trágico que es el suyo, confrontada como lo está a encarar a la muerte –aquella de la intensidad precaria de las relaciones o aquella del riesgo omnipresente del SIDA- remite a un ideal comunitario. Esto se manifiesta en los diversos signos tribales de reconocimiento: aretes, vestimentas uniformes, modos de vida miméticos, hábitos lingüísticos, gustos musicales y prácticas corporales, todo ello trascendiendo las fronteras y dando testimonio de una participación común en un espíritu del tiempo hecho de hedonismo, de relativismo, de tiempo presente y de una sorprendente energía concreta y cotidiana, que difícilmente se deja interpretar en términos de finalidad o de cualquier otra categoría económico-política con las que acostumbramos a analizar las instituciones sociales.

Hay pues una común participación en ese espíritu del tiempo. Quizás sea esta la particularidad esencial de la época. Así, utilizando la metáfora del tribalismo, o la expresión ideal comunitario, insisto sobre la saturación del sistema interpretativo ligado al individuo o al individualismo como eje de la vida social. Más allá o más acá de las racionalizaciones o legitimaciones a priori, lo que prevalece empíricamente es el grupo fusional. Y como el apólogo dionisiaco nos lo puede ayudar a pensar, existe un lazo misterioso entre el que escapa fuera del mundo establecido y la comunidad, entre la saturación de lo político y el renacimiento de lo tribal. En este sentido la figura de Dionisos podría ser el mito encarnado de nuestra época. Su sombra se proyecta sobre muchos de los fenómenos juveniles.

¿Habría que hablar de la sociedad desmoronada, en decadencia, o del fin de todos los valores comunes? No es seguro. La aventura existencial está ahí. Hay que interpretarla con audacia. Hasta entonces las diversas instituciones sociales, familiares, políticas, económicas, sabían dar sentido e indicar el sentido. Ya no es el caso puesto que la energía (individual y colectiva), ya no se proyecta hacia lo lejano. Se agota en el acto. Se inviste únicamente en una serie de presentes vividos como tantos otros instantes eternos.

Fue necesario largo tiempo para que los pensadores instituidos reconociesen que el trabajo había dejado de ser un valor prospectivo, un “imperativo categórico”, al que había que obedecer. El juego y la preocupación por lo cualitativo, han tomado su lugar. Quizás sea a la luz de lo que llamo escapismo, como habría que analizar el gran fantasma del desempleo, que sólo es verdaderamente un problema para los defensores de las instituciones sociales. La construcción de las situaciones, el deseo de vivir el instante, o en el instante, sería a partir de ahí la réplica insolente, irónica a la todo poderosa sociedad del trabajo, defendida con patas y manos por los políticos, tecnócratas y otros responsables sociales, pues es ahí donde ellos encuentran su justificación.

Quizás habría que hablar de un inconsciente colectivo de la juventud que funda el rechazo a asimilar la creación con el trabajo. La creación es mucho más vasta en cuanto integra parámetros tales como lo lúdico, lo onírico, lo imaginario, que habían sido relegados al orden de la vida privada pero que irrumpen, cada vez más, en la escena pública. Parámetros que justifican la fuga de todas aquellas instituciones que reposan en una concepción económica de la existencia.

Quiero decir con ello que son cada vez más numerosos los jóvenes para quienes la economía de sí, o la economía del mundo no es, lejos de ello, el valor primordial. En alguna época podían ser considerados como marginales con relación a la tendencia general. Pero se trataba de una marginalidad que señalaba ya una evolución futura. De hecho, con mucha frecuencia los valores que una vanguardia elabora discretamente, o de manera extravagante, tienden a capilarizar el conjunto del cuerpo social. Así, el escapismo de la “bohemia” del siglo XIX parece en muchos de sus aspectos haberse convertido en moneda corriente a finales de este siglo XX. Las maneras de ser y de pensar que se podían calificar como confusas, flotantes, descompuestas o simplemente aventureras, en nuestros días son ampliamente vividas por parte de toda una serie de marginalidades cuya tendencia es la de convertirse en el centro de la socialidad que se está construyendo. Es en este sentido que el escape de los jóvenes, con relación a los valores burgueses establecidos, puede ser una garantía de creatividad en lo que concierne a la época que se está anunciando.

Podemos considerar entonces que tanto como el juego o la preocupación de lo cualitativo ha participado en la construcción de algunas civilizaciones tradicionales, también participa en la construcción de la realidad social contemporánea. Sobre todo cuando se sabe que dicha construcción integra una parte nada despreciable de lo simbólico, de lo inmaterial. Al respecto, el énfasis se hará más en una sensibilidad ecológica que en una concepción económica del mundo. Ecológica, strictu sensu, cuya importancia tiende a crecer en las diversas sociedades, pero también ecología del espíritu, que, desde un punto de vista epistemológico, tiende a considerar lo dado mundano de una manera global, orgánica, o que empíricamente tiende a poner el acento en las fuerzas de la vida o en el dinamismo de la experiencia.

Se trata una vez más de valores que habían sido marginalizados o por lo menos relativizados en el apogeo de la modernidad. El mito prometeico triunfante no tenía nada que hacer con lo que había sido acantonado en la esfera de un romanticismo decadente. Si mucho se lo podía admitir en el dominio poético, mientras no hiciese interferencia con lo serio y racional del mundo productivo. Pero poco a poco son esos valores marginales los que han hecho estallar el productivismo serio. Estamos confrontados a lo que podríamos llamar un sensualismo iluminado, fundado en una razón abierta que integra el sentido del placer creativo. También uniendo los contrarios.

La sensibilidad ecológica, que es necesario comprender en su acepción más amplia, pone el acento en el surgimiento de la vida. Y el desafío de los jóvenes frente a todas las instituciones económicopolíticas, sería a partir de ahí, una actitud que yo denomino de “construcción”. Construcción de situaciones, construcciones de presentes, construcciones de intensidades y de cualitativos.

Construcciones como única salida frente a una sociedad embrutecida. Construcciones plurales, expresándose en esas prácticas de contrabando que corporeizan al espíritu y espiritualizan al cuerpo. Lo emocional, lo afectivo, trabajando en las diversas formas de protesta, en las múltiples rebeliones de los jóvenes, que los hacen inaprehensibles por las instituciones y los teóricos. No hay que olvidar que periódicamente la reforma del lazo social pasa por su radical puesta en cuestión. Así, la indiferencia de los jóvenes con relación a ese juego para adultos que es la política, su desafectación profunda por la cosa pública, debe ser comprendida como la réplica de lo instituyente sobre lo instituido.

Hay sueños que para nada son individuales. Hay fuertes aspiraciones comunes a las que es necesario estar atentos si queremos comprender las grandes evoluciones sociales que se producen en los periodos de transición. Esos sueños, recordemos esta banalidad, no necesariamente son conscientes, sino que constituyen una especie de infraestructura mental que sustenta el conjunto de una sociedad en un momento dado. Por ello no hay que temer ser intempestivo al señalar su importancia. La réplica de los jóvenes, su secesión profunda con relación a los modelos institucionales, puede considerarse como un retorno a la fuente, a lo inicial, o a un vitalismo profundo que poco a poco contaminará el conjunto del cuerpo social. En ese sentido, la juventud ya no es simplemente un estado específico, tampoco un asunto de transición, sino una “cosa mental” fundante del “juvenilismo” actual: símbolo, en el más fuerte de sus sentidos, de un mundo siempre y de nuevo naciente. Viejo mito del “Puer aeternus” que resurge en nuestros días.


Citas

1 N. de la T. Dícese del monje que por no sujetarse a la vida regular de los anacoretas y cenovitas, vagaba de un monasterio a otro. En castellano girovago.

2 Remito a mi libro, M. Maffesoli, L’ombre de Dionysos, contribution à une sociologie de l’orgie, 1982, Le Livre de Poche, 1991. Cf. también I. Pennachioni, De la guerre conjugale, Mazarine, 1986, p. 89 y 91.


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