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Elogio a la afrigería

Elogio à comida

Compliment to the food

Jaime Arocha Rodríguez*


* Ph D en antropología de Columbia University. Profesor asociado del Departamento de Antropología y director del Centro de Estudios Sociales de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional de Colombia. Su último libro Ombligados de Ananse, está dedicado a la homenajeada por este artículo, por sus enseñanzas y persistencia en el trazo del puente que une a África con América.


El migrante desnudo

Desde comienzos del siglo XVI, hasta finales del XIX, cerca de diez millones de personas fueron secuestradas en África por tratantes europeos1. Dentro de la historia de la humanidad, constituyen el único conglomerado de gente obligada a migrar en la desnudez. Esos hombres y mujeres dispusieron de la memoria como único medio para luchar por la libertad perdida y rehacer la identidad que el cautiverio les había hecho trizas2. Convulsionaron el paisaje americano, poblándolo de animales que no existían en estas tierras, como los leones que veneran los mandingas de Malí o las arañas que los ashanties de Ghana llaman Ananse; nombrándolo como lo hacían los bantúes con los bosques húmedos del Congo; iluminándolo con centellas del dios Changó que veneran los yorubás de Benín; o estremeciéndolo con tambores carabalíes de Nigeria. Mitos, saberes, ritos, estéticas multicolores y polirritmos que —no obstante la represión— hoy siguen practicando los afrodescendientes en Cuba, Brasil o las selvas húmedas del Chocó, Cauca y Nariño; en el Palenque de San Basilio, cerca de Cartagena o en San Andrés, Providencia y Santa Catalina. El antropólogo mexicano Gonzalo Aguirre Beltrán, los etnólogos cubanos Lydia Cabrera y Fernando Ortiz, el novelista Alejo Carpentier y el poeta Nicolás Guillén, entre otros pensadores, dedicaron sus obras a elogiar la africanía, noción de sí mismos que los afrodescendientes moldearon en América partiendo de las memorias que portaban sus antepasados. El 30 de octubre de 1998, la antropóloga colombiana Nina S. de Friedemann se convirtió en argonauta del firmamento y se unió a ese mismo grupo de intelectuales.

Antropología heterodoxa

A Nina la conocí en Cali, en julio de 1977, con ocasión del Primer Congreso de la Cultura Negra en las Américas. Estaba atareada colgando los collages fotográficos que habían hecho parte de la exhibición itinerante sobre la minería del oro en el litoral Pacífico. Se basaba en los trabajos de terreno que había desarrollado en el río Güelmambí, cuando era profesora del Departamento de Antropología de la Universidad Nacional de Colombia. Allá publicó Minería, descendencia y orfebrería artesanal, litoral Pacífico colombiano (1974) con el análisis del sistema de parentesco que los sujetos de su investigación denominaban troncos y que —desde la antropología, y luego de haber consultado con el antropólogo inglés Raymond Firth— ella llamó ramajes.

Había llevado la exhibición a varias ciudades colombianas para denunciar la expropiación territorial a la cual eran sometidos los mineros artesanales afronariñenses, por parte de las multinacionales de las dragas y los enclaves abiertos dentro de la selva. La acción de ellas partía de que el Estado los catalogara a ellos como colonos en tierras baldías, y desconocía los dominios creados por sus antepasados. Junto con la película Güelmambí, un río de oro, ese documento hacía parte de otros que reñían con la ortodoxia porque sacaban las narrativas etnográficas de la torre de marfil y las desacartonaban mediante apoyos visuales y metáforas literarias. El efecto de sus argumentos y maneras de narrar la desposesión de los mineros-agricultores del Afropacífico quedaría plasmado 16 años después, cuando el artículo 55 transitorio de la Constitución de 1991 —por primera vez en la historia colombiana— hizo visibles a esos pueblos, legitimó sus derechos étnico-territoriales, y los habilitó para alcanzar la titulación colectiva sobre sus territorios.

En medio del agite por terminar de arreglar los paneles, me saludó como si nos hubiéramos conocido desde siempre. Me contó que hacía pocos días se había encontrado con mi maestro Charles Wagley (q.e.p.d) en Gainesville donde está la Universidad de Florida, y que él le había hablado de mí, y le había pedido que me buscara. De ella, por mi parte, sabía por Elías Sevilla Casas, con quien desde hacía dos años tratábamos de poner en marcha un estudio sobre la historia y las características del oficio antropológico en Colombia.

A lo largo del evento siguió exponiendo su antropología comprometida. Por esos días, con su hermana Gloria y su cuñado Ronald Duncan, había terminado una investigación sobre los campesinos negros de la zona plana del norte del Cauca. Los resultados del trabajo comenzaron a aparecer en 1976, dentro del libro que ella editó para la Biblioteca básica de Colcultura con el título Tierra, tradición y poder, así como en un documental ahora clásico dentro de la antropología visual. La película Villarrica rompía con el tipo de objetividad que había entronizado el paradigma del relativismo cultural. Acusaba a los grandes ingenios de expandirse ahogando a los dueños de fincurrias de café y cacao. La cámara también se detenía en unas mujeres negras, llamadas iguazas, como los patos que migran desde el Canadá. Ellas aparecían haciéndole el quite a unos guachimanes que habían contratado los terratenientes para espantarlas e impedirles alzar los pocos granos de soya que dejaban las cosechadoras mecánicas.

Entre simposio y simposio me dijo que por medio de la Sociedad Antropológica de Colombia impulsaba la elaboración de un directorio de antropólogos. Como su proyecto y el que habíamos ideado con Sevilla Casas presentaban intereses comunes, acordamos ver cómo unificaríamos las dos propuestas.

Carnaval y clientelismo

La idea quedó en borrador, hasta un mes más tarde, cuando nos volvimos a encontrar en el albergue turístico que entonces había a orillas del lago Calima, cerca a Cali. Era otra primera vez: un grupo de filósofos, historiadores, sociólogos y antropólogos debatía el problema de las relaciones clientelares, ya no desde el punto de vista de la inmoralidad política que a Carlos Lleras tanto le preocupó por esos días, sino desde una perspectiva histórica que mostraba su funcionalidad en la consolidación de hegemonías bipartidistas.

Nina estaba disgustada. Había preparado una exposición sobre los concursos que las fábricas de cerveza y ron habían introducido en el Carnaval de Barranquilla. La élites de la ciudad habían conformado jurados para juzgar los atuendos, música y baile de las distintas comparsas. Al tratar de complacer a los patrocinadores, éstas iban atenuando las expresiones simbólicas tradicionales que, en el caso de coreografías como la de la danza de congos, se referían a viejas luchas en contra de la esclavitud. Nina presentía que el Carnaval podría pasar de ritual que recorría las calles, complaciendo a los admiradores populares apostados en las aceras, a ser un espectáculo de tarima o recinto cerrado, donde lo pudieran apreciar y calificar los jueces de la burguesía.

La dejaron de última. Para después de la comida, pero antes de una celebración que comenzaría con la botella de aguardiente que los meseros habían puesto en cada mesa. Tan pronto pudo, le hizo el reclamo a Néstor Miranda Ontaneda (q.e.p.d) quien nos había convocado con el apoyo de la Fundación Friedrich Neuman:

—Ni el carnaval es trivial, ni todas las mujeres trivializamos las culturas populares— le dijo a Néstor. Añadió que a estudiosos de la coyuntura política, como los que estaban reunidos allí, no les irían mal visiones de colorido y estética que incluyeran una región más bien desdeñada en sus enfoques, y se lamentó de no haber llevado a ese evento su película Congos, ritual guerrero en el Carnaval de Barranquilla.

Para ese entonces, ella hacía parte de la estación de investigaciones que el Instituto Colombiano de Antropología tenía en el Caribe continental. Desarrollaba trabajos en el terreno guiada por una hipótesis audaz que aparecería en cuatro libros que publicó cuando ya no pertenecía al instituto que menciono: Ma Ngombe: guerreros y ganaderos en el Palenque de San Basilio, Lengua y sociedad en el Palenque de San Basilio (con Carlos Patiño Rosselli), Carnaval en Barranquilla y De sol a sol: génesis, transformación y presencia de los negros en Colombia.

Carnaval y resistencia

Según esa hipótesis, como todo el bajo Magdalena, Barranquilla pertenece al área cardestoléndica caribeña. Las comparsas de toda esa región ritualizan acciones de resistencia iniciadas por los esclavizados durante la colonia. Parte de ellos se integró a los cabildos de negros que los españoles les consintieron formar en Cartagena a los recién desembarcados que compartían afiliaciones étnicas y lingüísticas. Esas agrupaciones permitían el apoyo mutuo y la curación de las heridas sufridas durante la travesía transatlántica. Sin embargo, los cautivos fueron convirtiendo sus cabildos en espacios de rebeldía a cuyos miembros los convocaban mensajes clandestinos codificados en toques de tambor. En esas reuniones, cuyas huellas carnestoléndicas perduran hasta hoy, cantaban, bailaban, invocaban a sus antepasados, entronizaban reyes y reinas de la fiesta, y celebraban ceremonias de sus religiones ancestrales.

Según Nina, el otro conjunto de rebeldes incluía a los negros cimarrones que formaron unidades autónomas como la que aún es palpable en el Palenque de San Basilio. Sus organizaciones guerreras dejaron rastros en los grupos de edad antagónicos, conocidos con el nombre de cuagros, en las peleas rituales que involucran a hombres y mujeres, y en el idioma criollo que aún se habla. La gramática y buena parte del vocabulario de esta lengua provienen del kikongo del África central, y su arraigo tuvo que ver con los operativos de insurgencia y espionaje que llevaban a cabo los insumisos, en apoyo de su gesta militar. Para mitigar los efectos de esta presión incesante sobre Cartagena, los españoles suscribieron con los cimarrones de la región circundante y de los Montes de María un acuerdo de no agresión, el cual les garantizó una autonomía étnico-territorial que se prolongó desde finales del siglo XVII, hasta mediados del XVIII. Nina demostró que documentos coreográficos y musicales como el de la Danza de negros del carnaval de Mompox hoy, dan cuenta de la zaga cimarrona.

La misma hipótesis se refería a que los atuendos de los danzantes continuaban portando huellas de africanía. Para entonces, había comenzado a interpretar el sentido de las vestimentas del carnaval, valiéndose de los escritos de Philippo Pigaffeta, un cronista italiano del siglo XVII quien había visitado a los kikongos del África. En esas crónicas, ella encontró que los mandatarios de ese pueblo vestían las mismas golas y penachos de flores que, en sus danzas, los congos llevaban por las calles de Barranquilla.

Como la agigantaban las dificultades, la exposición que hizo aquella noche en Calima fue altiva, vehemente, sin eufemismos ni concesiones. Al repasarla, encuentro que se anticipó a caracterizaciones del Caribe, como la que hace Antonio Benítez Rojo alrededor de la forma como tradición e innovación culturales coexisten en esa región; del ejercicio de la no violencia y del deleite cotidiano por la puesta en escena que explica la prominencia del carnaval en toda esa geografía. De ahí homenajes internacionales como el que le tributaron los asistentes a la Conferencia mundial sobre el carnaval, celebrada en Hartford, Connecticut, entre el 9 y el 13 de septiembre de 1998 o galardones como los que le otorgaron la Cátedra de Africanía de la Universidad de Alcalá y UNESCO en Abidján (Costa de Marfil), y la Fundación Fernando Ortiz en La Habana.

Hacia la bibliografía anotada

Terminadas las sesiones sobre clientelismo, pasamos a un salón amplio donde estaba la chimenea. Retomamos el hilo del proyecto sobre la antropología en Colombia, y como yo trabajaba en Cali, aprovechábamos los viajes que hacía cada mes a Bogotá para armar la propuesta de investigación que al final del año les presentamos a FES y COLCIENCIAS. Para hacer esa primera aproximación sistemática al ejercicio de la antropología en Colombia, Nina formó un equipo básico con Iván Zagarra y Patricia Rodríguez, pero dado el volumen de información, lo amplió con Laurie Cardona, Álvaro Chaves Mendoza (q.e.p.d), Orlando Jaramillo, Adela Morales y Carlos Patiño Rosselli. El 9 de octubre de 1978, dentro del Primer Congreso Nacional de Antropología que tuvo lugar en Popayán, realizamos el simposio Aproximaciones al estado actual de la antropología en Colombia. Allí, Nina leyó la ponencia titulada Una aproximación a la bibliografía antropológica sobre grupos negros en Colombia, con sus primeras conceptualizaciones sobre invisibilidad y estereotipia en calidad de rasgos fundamentales de la discriminación ejercida contra los afrodescendientes en Colombia. El panorama desolador que presentó sobre la ausencia de africanística y afroamericanística dentro de los programas curriculares, infortunadamente, aún está por corregirse, no obstante los cursos e investigaciones que ya desarrollan universidades como la de los Andes, Javeriana, Nacional y del Valle.

Un año más tarde, nos congregamos en la Biblioteca Luis Ángel Arango con ocasión del lanzamiento de la Bibliografía anotada y directorio de antropólogos colombianos, un balance sistemático del período que había comenzado con la profesionalización de la antropología desde que fuera fundado el Instituto Etnológico Nacional. Clasificamos cada entrada bibliográfica por paradigma teórico, subdisciplina, tema, grupo humano, región y período histórico enfocado. El minucioso trabajo editorial de ella permitió ofrecer reseñas de la obra de 277 antropólogos, cuyo léxico estaba al alcance de públicos amplios. Así el volumen les podía ser de utilidad a estudiantes de bachillerato y de los primeros años de carrera.

Crítica y estética

La ceremonia fue por lo alto. Entre quienes la presidieron estaba David Mayburry-Lewis, entonces director del Departamento de Antropología de la Universidad de Harvard, y fundador de Cultural Survival, la oenegé pionera en la salvaguardia de los pueblos étnicos de todo el mundo. Para Nina, no había otra forma de divulgar con dignidad el trabajo de los antropólogos. Le disgustaban los panfletos y los estilos panfletarios que para entonces se consideraban los más apropiados para hacer críticas y denuncias. De ahí su esfuerzo por lograr que la carta de la Sociedad Antropológica de Colombia -Micronoticiasfuera breve, pero hermosa. El nacimiento de este órgano se remonta a finales del decenio de 1960, cuando Nina aglutinó a quienes serían los miembros de esa sociedad alrededor del análisis y denuncia de la masacre de indígenas cuibas en el hato de La Rubiera, después de que un colono los hubiera invitado a un sancocho. No sólo era necesario protestar por el genocidio, sino por el alegato de los abogados defensores en el sentido de que en esa región no era delito matar indios. Micronoticias recogió la indignación de una comunidad profesional que entonces no fue escuchada por el Estado. De ahí en adelante, continuó siendo un medio idóneo para protestar por las violaciones tanto de los derechos de los pueblos étnicos, como los de los científicos sociales, y para reforzar los escasos nexos que existían entre los académicos del hemisferio sur. En consecuencia, publicó varios de los manifiestos que —como la Declaración de Barbados— originaban el paradigma de la antropología crítica latinoamericana3.

En cuanto a lo editorial, está por igualarse la tozudez de Nina por romper la hegemonía que la academia noratlántica ejerce en la propagación del saber, y por amplificar el efecto de la palabra escrita mediante la estética de los objetos visuales. Nunca dejó de publicar en los principales periódicos del país, y en 1976 creó Ediciones Zazacuabi, la serie de cuadernos sobre tesoros arqueológicos muiscas, y de Tierradentro y San Agustín, que con Álvaro Chaves Mendoza, Pablo Gamboa y Mauricio Puerta ilustró mediante diapositivas que anexaba al texto principal en sobres plásticos. Tres lustros después, editó el número 1 de América Negra, a la zaga de la América oculta, la revista que le ha dado la vuelta al mundo no sólo con reproducciones de clásicas iconografías africanas y afroamericanas, e interpretaciones de huellas de africanía, sino con aportes de especialistas africanos, cuyos nombres y obras -pese a su relevancia para trazar el puente que une a África con América- eran poco conocidos en las universidades de este continente.

En el sentido de un trabajo editorial precursor de la multimedia, de los libros ya mencionados, Ma Ngombe y Carnaval en Barranquilla, son clásicos. Para ilustrar los ambientes exteriores, los paisajes, las relaciones de los palenqueros con su ganado, sus rituales y su cementerio, Nina escogió fotografías de Richard Cross, con quien hizo muchos viajes al terreno, antes de ser asesinado en Nicaragua ejerciendo su oficio en medio de la guerra. Las atmósferas íntimas, por su parte, fueron retratadas por ella misma. Esos registros atestiguan un interés particular por el detalle y por esa simultaneidad caribeña de tradición e innovación, como puede apreciarse en la foto que registra una pared con láminas del Sagrado Corazón, Pambelé y el matrimonio de los dueños de casa.

Carnaval, por su parte, divulga las impresiones que el fotógrafo Nereo se formó de la alegría de los bailarines, el virtuosismo de sus pasos, la estética de los disfraces y el colorido de las máscaras de la fauna danzante. Esa belleza le hace pensar a uno que se trata del libro preciso para adornar la mesita donde tomaremos el café. Sin embargo, los textos son subversivos, debido a los registros sobre la voluntad de recordar a África y a la resistencia de la gente negra contra la esclavización. El estándar que establece esa publicación, en cuanto a la fotografía sobre celebraciones populares, tan sólo sería aproximado tres lustros más tarde cuando ella terminó el libro Fiestas, con fotos de Jeremy Horner, una nueva discusión sobre el sentido discriminatorio de nociones como las de artesanía, y evidencias adicionales de las africanías que los elefantes bamilekes habían dejado en las marimondas del carnaval de Barranquilla.

Los estatutos del terror

En enero de 1980, cuando la Bibliografía anotada apareció en librerías, comenzamos a preparar un nuevo proyecto que nos permitiera llenar algunos vacíos que había dejado el anterior: historias de vida y subjetividades, la obra de los extranjeros que trabajaban o habían trabajado en Colombia, y de pensadores cercanos a la antropología, como el historiador Juan Friede, el aporte de instituciones anteriores al Instituto Etnológico Nacional, como la Comisión Corográfica. Propusimos una ampliación de la base documental, y elaboramos instrucciones para recoger las biografías de colegas que representaran las distintas generaciones en donde existieran departamentos de antropología o hubiera antropólogos activos, incluyendo a quienes enseñaban en Estados Unidos, como Jean Jackson; Francia, como Christian Gross, e Inglaterra, como Stephen Hugh-Jones. Esa guía incluía formación y trayectoria académica, trabajos de terreno, presiones sociales y políticas en el ejercicio profesional, manejo de teorías y su aplicación, visiones sobre las entidades dentro de las cuales se desarrollaba la actividad profesional, y estrategias para financiar proyectos de investigación, en especial de aquellos antropólogos que por esos días se iniciaban en la aventura del trabajo independiente, y hoy encabezan oenegés cuyo tamaño e impacto eran difíciles de imaginar a comienzos del decenio de 1980.

De nuevo, COLCIENCIAS y FES aprobaron la investigación, y de inmediato vinculamos a Miguel Lobo-Guerrro y Xochitl Herrera para iniciar las búsquedas bibliográficas, así como a Francisco Ortiz y Elizabeth Reichel-Dussán quienes viajaban a Francia e Inglaterra, y podían contactar a los extranjeros que habían trabajado en el país.

Seis meses más tarde, Carlos Valencia, quien había editado Ma Ngombe, conoció un arqueo de la información recogida en ese período, y le propuso a Nina hacer un libro cuyos protagonistas fueran los indígenas colombianos y quienes habían estudiado sus culturas. La coyuntura era apropiada en lo político y en lo personal. En su afán por controlar las acciones audaces del Movimiento guerrillero 19 de abril, el presidente Julio César Turbay había desatado una ola represiva al amparo del Estatuto de Seguridad. Por su parte, para restringir las recuperaciones de antiguos resguardos, había introducido el Estatuto Indígena. Si el primero buscaba aniquilar la disidencia política, el segundo hacía lo propio con el disenso étnico. Sin embargo, mientras que contra el de seguridad existía una opinión pública con eco internacional, con respecto a la capacidad de aniquilamiento cultural del estatuto indígena persistían invisibilidad e ignorancia.

Por otra parte, de esa época del unanimismo político había dependido el que a Nina la declararan insubsistente por objetar la gestión del director del Instituto Colombiano de Antropología, y en mi caso, la Fundación para la Educación Superior me hubiera exigido la renuncia por haber simpatizado con Firmes, el movimiento político nacido para denunciar las torturas que se habían hecho cotidianas en esos años.

Antiasimilacionismo

Dentro del estudio sobre la historia de la antropología en Colombia, Herederos del jaguar y la anaconda fue el producto mejor elaborado. Consistió en un desafío político, estético, literario y etnográfico, ideado para seguir sacando de las torres de marfil la información de las decenas de entrevistas que les habíamos hecho a antropólogos y otros científicos sociales. Nina leía esos testimonios desde la perspectiva del manifiesto indeclinable sobre la manera como asimilación e integración habían sido utilizadas para acallar el disenso cultural y aplastar la diversidad étnica. Había hecho pública esa postura en el libro Indigenismo y aniquilamiento de indígenas, el cual había publicado en 1974 con Darío Fajardo y Juan Friede. También reinterpretó esos testimonios apoyándose en el aprendizaje que había madurado en sus escritos de prensa.

Ella se responsabilizó de los capítulos sobre guahibos, wayúus, emberáes y cunas. Yo, de los de los coguis, los tucanos, los sibundoyes, los paeces y los guambianos. Después de discusiones acaloradas, optamos por no recurrir al género etnográfico tradicional, el cual hubiera dado origen a ocho descripciones comparables. Cada una habría comenzado describiendo las relaciones de cada pueblo con sus respectivos entornos, hasta llegar a la adoración de los dioses, después de haber pasado por las maneras de reproducirse, trabajar, gobernar, pintar, tallar, tejer, esculpir o embellecer su paisaje. No sin dolor, abandonamos los cánones que nuestros maestros nos habían enseñado para dar cuenta de la verdad y el conocimiento. Así, buscamos otras lecciones. Nina releyó a Rulfo, mientras yo seguía a la Tía Julia en televisión y en papel, y ambos aprendíamos a ser humildes frente a los tachones, flechas, signos de interrogación, y amonestaciones verbales que nos hacía Juan Fernando Esguerra, el editor de Carlos Valencia. Como resultado de las enseñanzas de ese virtuoso del idioma escrito y de nuestra propia paciencia, perfeccionamos la incorporación de giros literarios y metáforas a las narrativas etnográficas.

En esos días de junio y julio de 1981, también nos reuníamos con el señor Garibello del Ican, con Milcíades Chaves, Fernando Urbina y Carlos Eduardo Jaramillo a revisar archivos fotográficos y a seleccionar los retratos que acompañarían el texto. Y pasamos muchas noches en un cuarto oscuro que improvisamos en el baño de emergencia de la casa Friedemann, hasta que por fin optamos por la sabiduría de Abdú Eljayek para que hiciera sus milagros con los negativos difíciles.

Para septiembre de 1981, ya teníamos un machote dentro del cual Nina retrataba a la Orinoquia colombiana como escenario de encuentros de largo aliento entre guahibos, cuibas y otros pueblos sikuanis y aquellos caribes que durante la época colonial podían llegar hasta las playas del río Muco en busca de aceite de tortuga que extraían en ocasiones festivas, cuando miles de esos animales desovaban en las arenas calientes. O entre esos mismos pueblos y unas multinacionales del petróleo que reproducían los nexos asimétricos desarrollados antes por los conquistadores en busca de El Dorado. Era un borrador final dentro del cual ella se había permitido la licencia de ofrecerle al lector la oportunidad de sonreír debido a los cubiletes de unos marineros cunas, metidos en barcos de madera tallados por sus descendientes como medios de simbolizar los viajes que hacen los espíritus de los antepasados hacia el cielo. Valiéndose de esa mitología, ofreció una estética dorada por soles rutilantes reflejados en las láminas de oro que formaban el firmamento cuna. También exaltaba la medicina emberá y desmitificaba su equivalente facultativo, trayendo a colación el diálogo entre el jaibaná Floresmiro Ramos y el hermano de ella, el médico y antropólogo Alfonso Sánchez. Luego, ese capítulo se adentraba en las prácticas terapéuticas del indígena con un respeto que lindaba en la veneración. En fin, entraban a la imprenta testimonios acerca de la altivez del pueblo wayúu, para entonces engrandecida por la lucha que libraba para que la multinacional Exxon y el Estado colombiano reconocieran el valor simbólico de los cementerios que serían destruidos al construir el ferrocarril de El Cerrejón.

Tapar y caricaturizar

A las pocas semanas de haber vuelto a la Biblioteca Luis Ángel Arango para lanzar el libro Herederos del jaguar y la anaconda, con Xochitl Herrera, Myriam Jimeno, Miguel Lobo-Guerrero, Néstor Miranda Ontaneda, Carlos Patiño Rosselli, Roberto Pineda Camacho y Olga Restrepo organizamos un grupo que comenzó a reflexionar sobre la información que habíamos acopiado dentro de la investigación, con aportes adicionales desde las perspectivas del indianismo, la afroamericanística, la lingüística, la Comisión Corográfica, la universidad pública y privada, y la relación entre Estado e investigación en ciencias sociales. Los resultados de estos encuentros nos permitieron editar el volumen Un siglo de investigación social: antropología en Colombia. Fue publicado en 1984 por Etno, el sello editorial al cual le dimos vida, y nuestros acreedores partida de defunción.

Para la publicación de ese libro, Nina ya había madurado su pensamiento sobre el papel de invisibilidad y estereotipia en el desarrollo de buena parte de la percepción que la academia occidental había elaborado sobre la cultura e historia de los afrodescendientes. En su artículo Estudios de negros en la antropología colombiana demostró cómo la historia había ocultado los niveles de desarrollo alcanzados por los estados africanos al inicio de la trata, y las teorías evolucionistas de finales del siglo XIX reducían los atributos de la gente negra a los poderes musculares y sexuales. En ese escrito examinó los aportes literarios de la élite afrocolombiana, y la manera como habían sido desdeñados mediante los análisis simplistas del racismo a revés. Este marco de referencia recibiría atención internacional en el artículo Colombia publicado en No longer invisible: Afrolatinoamericans today, el libro que editó en 1995 la oenegé inglesa Minority Rights.

Claro que ese salto también recibió el refuerzo del proyecto Etnodesarrollo de grupos negros en Colombia4, la investigación que diseñamos de manera conjunta después de haberle puesto el punto final al trabajo sobre la historia de la antropología en Colombia. Comparando las notas que había acumulado Nina, con De sol a Sol: génesis, transformación y presencia de los negros en Colombia, creo que ese proyecto fue una excusa para hacer el libro que ella atesoró en su mente por lo menos desde 1979. Sin embargo, la idea del etnodesarrollo5 implicaba abocar situaciones que no enfrentamos con Herederos: los afrocolombianos ostentaban una riqueza particular en sus expresiones de música, danza, poesía, arquitectura y talla de maderas. Esa riqueza había nutrido a una élite intelectual cuyos aportes no habían sido ajenos a movimientos mundiales como el de la negritud, iniciado por los poetas Aimé Césaire de Martinica y Léopold Sédar Sengor de Senegal. Esos logros, reconocidos por la academia internacional, permanecían excluidos de la identidad nacional y en una marcada invisibilidad. Amplificada por el sistema educativo, esa invisibilidad se traducía en estereotipos que les atribuían a las naciones de África occidental, centro-occidental y central conductas contraevidentes de barbarie y salvajismo. Esa forma de discriminar tenía efectos nefastos para la autoestima y la conciencia étnica de sinnúmero de afrodescendientes con quienes ella había interactuado en comunidades de ambos litorales y de la zona plana del norte del Cauca. Si a esta situación se le agregaba el mandato de blanqueamiento que había imperado desde finales del siglo XIX, dentro del proceso de consolidación nacional, el producto de nuestra investigación tendría que ser comprensible para una mayor audiencia, próxima a las comunidades de la base, las cuales para ese entonces no tenían muchas organizaciones que representaran sus intereses frente al Estado.

Diálogos con los escritores

Dentro de este marco, el problema del estilo narrativo implicaba más aprendizaje. De ahí el acercamiento a la Unión Nacional de Escritores y al trabajo de novelistas, narradores de cuentos y poetas. Con Arturo Alape y Jaime Mejía Duque, entre otros escritores, formulamos un proyecto para llevar a cabo el Primer Encuentro Internacional de Escritores y Científicos Sociales. En preparación de ese evento, en julio de 1982 realizamos en la Biblioteca Nacional una serie de mesas redondas, a las cuales concurrieron Germán Arciniegas, Efraím Otero, Fernando Cruz Kronfly, Pedro Gómez Valderrama, Eutiquio Leal, Germán Espinosa, Orlando Fals Borda, Jaime Jaramillo Uribe y Azriel Bibliowicz. El diálogo versaba sobre la forma como los escritores recreaban fenómenos sociales; el papel de la investigación en las ciencias sociales, el periodismo y la literatura; la función de la literatura y las ciencias sociales en la afirmación cultural de los colombianos, y el científico como creador de imágenes literarias. En diciembre de ese año, en la Biblioteca Luis Ángel Arango, retomamos esos temas ante una audiencia internacional que incluyó al cubano Manuel Cofiño, quien —fascinado— se quedó en Colombia, y al uruguayo Eduardo Galeano, quien visitó al país por primera vez, y cimentó amistades con Orlando Fals Borda y David Sánchez Juliao.

Fortalecidos por el diálogo transdisciplinar, el 18 de enero de 1983 iniciamos el trabajo de terreno yendo a Ciénaga para tomar nota de cómo era que el 20 de enero el caimán salía del río y comenzaba a bailar en comparsas por las calles de la ciudad. Nos vimos con doña Digna Cavas, la primera mujer que bailó en una comparsa de solo hombres, y ayudó a cambiar las fiestas del caimán; nos habló de cómo había movido el «foyeye» frente al presidente Alfonso López Pumarejo, usando unas imágenes del realismo mágico que nos hicieron pensar que Gabo podía haber repetido las metáforas que ella inventaba. Visitamos los pueblos de pescadores de la Ciénaga Grande, seguimos a Cartagena a entrevistar a los pescadores de La Boquilla y pasar por el Palenque de San Basilio. Viajamos a El Banco, donde filmamos la procesión de la virgen de La Candelaria ataviada de joyas, y entrevistamos al maestro José Barros. De ahí a Mompox, donde cada año Samuel Mármol se volvía cimarrón, mientras que la danza de indios le pasaba por el ladito a él y a sus negros, y más al fondo se veía al poeta Cervantes disfrazado de pilandera, dirigiendo a otros hombres con el mismo atuendo femenino. Buscamos los rastros que dejó el poeta Candelario Obeso en el colegio Pinillos y en el cementerio, y observamos a los joyeros haciendo sus afamadas filigranas que Nina ya había descrito. Navegamos en canoa a Santa Ana, donde celebraban un carnaval de marimondas y reinas de carrozas motorizadas en forma de góndola.

Al mes, mientras yo conocía a los pescadores de Tumaco, mi colega seguía averiguando sobre Obeso, y se sumergía en la poesía de Jorge Artel, hasta que fue la hora de volver con ella a Tumaco, y leerles a los pescadores, en voz alta, lo que íbamos garrapateando. El primero que cabeceaba nos daba un indicio de la longitud que debía tener el escrito. Había tanto por recortar, que optamos por cambiar de estrategia y de entrada desarrollar relatos breves que algún día pudieran moldearse para responder a los requerimientos de aquellos pueblos cuyo modo de dar cuenta de la realidad consiste en décimas, arrullos, alabaos y otras formas de oralidad. Empero, esa meta requería realizar un programa educativo con cartillas y materiales audiovisuales, el cual no fue financiado porque las fundaciones habían reemplazado la prioridad que le habían dado al estudio de las culturas afroamericanas por la de los derechos humanos. Como si la invisibilidad no fuera una manera particular y perniciosa de violar esos derechos.

Cuentos sin ficción

José Luis Díazgranados les dio el nombre de cuentos sin ficción a esas narrativas de cinco páginas. Las comenzamos a producir para que Juan Fernando Esguerra las editara, hasta formar el volumen que bautizamos De sol a sol: génesis, transformación y presencia de los negros en Colombia. Salió de las prensas de Planeta Editorial en 1986, y su lanzamiento tuvo lugar en Bogotá, en el edificio de la Academia Colombiana de la Lengua, en cuyas paredes se habían tallado unas palabras doradas que contradecían el sentido de la obra que presentábamos: «Un Dios, una lengua, una raza».

Con respecto a nuestro punto de partida, los capítulos que Nina escribió sobre África son los más excepcionales. Ponen al alcance de una audiencia general información que en este país ha sido de circulación muy restringida o inexistente, en primer lugar, en el sentido de que era comparable con el europeo, el grado de la evolución de las naciones que se formaron en el Sahel u orilla del desierto del Sahara, como la de Malí; en valles y costas adyacentes a las desembocaduras de los ríos Senegal y Gambia como las de yolofos, branes, zapes y bijagos; en los valles de los ríos Congo y Kwanza, como las de congos, ngolas y áncicos; y a las del Níger, Volta y Calabar de los lucumíes, minas y carabalíes. En segundo lugar, deletrean grados de diversidad cultural inimaginados, y trazan tejidos intrincados de relaciones con viajeros, políticos, comerciantes y religiosos musulmanes. En tercer lugar, dan cuenta del surgimiento de nuevas formaciones étnicas, como las de los afroportugueses quienes desempeñaron papeles importantes tanto en la trata, como en la resistencia a la captura. En cuarto término, informan sobre los ingentes esfuerzos de los europeos por invisibilizar todos los logros anteriores y dar origen a estereotipos de salvajismo y barbarie. Y por último, gracias al viaje que durante ese período hizo a Senegal, le permitió al lector asomarse a una parte de la contemporaneidad de África occidental.

La telaraña entre África y América

El resto de ese libro reforzó el sentido fundamental de la vida profesional de Nina: trazar el puente que une a África con América, identificando huellas de africanía. La primera noticia de esa búsqueda data del decenio de 1960, cuando halló las historias de Anancy en San Andrés y Providencia. También conocida como Ananse, esa araña les da el fuego y la sabiduría a los humanos. Nació en la mitología de los pueblos de habla akán de Ghana y Costa de Marfil, y se le volvió a aparecer a Nina hacia 1989 en Quibdó, cuando entrevistaba a su amigo Pío Perea. En ese entonces, recogía materiales para el libro Chocó: magia y leyenda, el cual escribió junto con el poeta Alfredo Vanín e ilustró con fotografías de Diego Samper.

En la representación de Ananse que Nina hizo a partir de las palabras de Perea sobresalen astucia y rebeldía. El realce de estas dos cualidades permaneció latente en mi memoria, distraído por la poesía de relatos suyos, como el del joven que navega en su canoa por el río, ve de lejos a la niña de sus sueños, y cuando ella se acerca, le canta haciendo que su remo vibre al ritmo del agua y suene al pegarle a la canoa. Ella se emociona, y le contesta haciendo también roncar su canalete, y dándole a él un si sin palabras de la boca. Junto con ese relato, se me fue enredando el recuerdo de otro de los hallazgos de ella, el de la ombligada. En Criele criele son le dedicó un cuento sin ficción a esa ceremonia, cuyo fin consiste en propiciar el que niños y niñas desarrollen los atributos propios de ciertos animales o plantas. Para ello, los padres esparcen polvos preparados con partecitas de esos animales o plantas sobre la herida que deja el ombligo al desprenderse. Los efectos obvios de este ritual son la perpetuación de las calidades de la naturaleza, y la fraternización con ellas. Sin embargo, cuando la ombligada se hace con una telaraña o con el saquito en el cual venían los huevos de una ananse, lo que se perpetúa es la búsqueda de la libertad, mediante el ejercicio de la agudeza mental. La chispa que me permitió fundir en uno los dos recuerdos surgió cuando le buscaba un título a mi último libro. Luego, vendrían otros hallazgos: el del parentesco entre Ananse y Elegguá, la deidad que dentro del panteón yoruba también encarna insumisión y astucia, y el de una cartografía de ombligadas y ananses que incluye buena parte del Caribe insular y continental, el litoral Pacífico colombo-ecuatoriano, Ghana y Costa de Marfil en África.

El nuevo conocimiento de una presencia tan difundida hubiera sido imposible sin la obra de Nina. Por eso le dediqué a ella Ombligados de Ananse y la llamé mi maestra. Ella me dijo que esas palabras eran inmerecidas. Infortunadamente no alcanzó a ver que, en este caso, no tenía razón. El llamado de atención sobre las huellas akanes ha estimulado nuevas miradas de los africanos hacia Afrocolombia. Así, el marfileño Albert Dagó Dadie escribió el ensayo Ananse, el hilo y el ombligo,y lo leyó en Bogotá en octubre de 1999, dentro del Tercer Encuentro de la Cultura Negra. Por su parte, el congoleño Wilfrid Miampika, se vinculó como profesor visitante de la maestría en estudios caribeños que ofrece la sede de la Universidad Nacional de Colombia en San Andrés. También es posible que el beninés Olabyi Yai (profesor de la Universidad de la Florida, Gainesville y embajador de Benín ante la Unesco) y el centroafricano Victorien Lavou (profesor de la Universidad de Perpiñan, Francia) también se vinculen con ese proyecto académico.

A Dagó lo conmovió el que personas ombligadas con Ananse estuvieran siendo desplazadas del litoral Pacífico por una violencia que no logró entender. Quizás a los otros visitantes africanos les pase lo mismo y que —como Dagó— se vayan de este país con la convicción de mantener y estrechar lazos con los afrocolombianos. Con personas como ellos, surge la posibilidad de que se vayan creando globalizaciones disidentes que le hagan contrapeso a las hegemónicas megalopolitanas que, al haber sido convertidas en fenómenos locales por las máquinas digitalizadoras, amenazan como nunca la diversidad cultural.

Ya dije que a Nina de Friedemann le preocupó la ausencia de los diálogos Sur-Sur, y que, para superar ese vacío y estimular aún más la búsqueda de huellas de africanía, en 1990 creó la revista América Negra. De hecho, ella falleció unas horas después de haberle dado la última revisión al número 15 de esa revista, el cual fue coeditado por el historiador cubano Alejandro de la Fuente y por el Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Pittsburgh, con el propósito de dar a conocer los resultados del estudio sistemático que el propio De la Fuente dirigió para dilucidar el panorama racial de la Cuba contemporánea. Los efectos de esa publicación, como los intereses que los académicos africanos visitantes han manifestado por Afrocolombia en general y el Afropacífico en particular, habrían estremecido a Nina. Sería la emoción de constatar cómo su obra contribuyó a ampliar los efectos del elogio a la africanía.


Citas

1 Esta cifra proviene de Encarta Africana, la enciclopedia digital de Microsoft, y sigue siendo controvertida. En su tesis doctoral, Adriana Maya cita las últimas pesquisas de Inikori (1998) al respecto, quien habla de nueve millones (véase también Friedemann y Arocha 1986: 33-35).

2 El martiniqueño Eduard Glissant formó la trilogía migración forzada, desnudez y memoria.

3 En el decenio de 1980, el nombre de esa carta pasó a ser Noticias antropológicas, cuya publicación se suspendió durante casi todo el decenio de 1990, para reaparecer en abril de 2000 con homenajes a los antropólogos desaparecidos en los dos últimos años, Hernán Henao Delgado, Virginia Gutiérrez de Pineda y Nina S. de Friedemann.

4 El Centro de Investigaciones para el Desarrollo (Canadá), y las fundaciones para la Educación Superior (Colombia), Ford (E.U.) e Interamericana (E.U.) financiaron esa investigación.

5 Proceso mediante el cual un pueblo proyecta su futuro con base en sus logros histórico-culturales.


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