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Arturo Torrecilla*

El más reciente debate en torno al postrabajo transforma la herencia de los dos ciclos que le precedieron desde los años setenta. El primero se correspondía con la crítica de la división social y técnica de labores informada por una filosofía de la alienación o bien por una rectificación de la arquitectónica marxista pero salvaguardando la promesa laborista del buen trabajo. El segundo ciclo hacía eco del rechazo a las cadenas de montaje fordistas y se abría al horizonte de la abolición del trabajo salarial, manteniendo sin embargo el abolengo del sujeto unitario de la historia. La presente escena asume una densidad mayor, producto del encuentro entre las nuevas tecnologías informacionales, las discusiones en el ámbito de la sociología y la antropología, de la tecnología y la ciencia, junto al dueto que inaugura el posmodernismo.

 

Unos 26 años han transcurrido desde que se publicara la obra póstuma de Harry Braverman Trabajo y capital monopolista, seguida un poco más de un lustro después, de Adiós al proletariado de André Gorz1 . Desde entonces, lo que se inició en una primera vuelta desde latitudes distintas como un prometedor debate en torno a la división social y técnica del trabajo y, en un segundo giro, de uno polémico relacionado con la crisis del sujeto obrero debido a transformaciones del régimen salarial, ha ido adquiriendo matices más complejos resultado de la propia red de acontecimientos y de la riqueza de las argumentaciones en presencia. En este breve artículo sugiero apuntar a modo de apostillas el tercer giro de esta escena intelectual, sobre todo informada por el debilitamiento de las narrativas de la modernidad a partir de la querella posmoderna y, de otro lado, por la mutación tecnocultural en curso.

1. Si en la obra de Braverman se advertía una premonición de tiempos de nostalgia por la primera modernidad entre los intelectuales, las tesis que formulara posteriormente Rusell Jacoby en torno al “último intelectual” 2 confirmaban el ciclo sin sanar de esta herida: la añoranza del mundo artesanal llevado al olvido por la desaparición del obrero profesional para el primero, el vértigo que yace al abandono del intelectual público para el segundo. Sin embargo esta ambientación melancólica tenía el mérito de divisar –per contra– dos asuntos que aún comprometen la discusión actual: uno, la problematización de la relación salarial hacia una en donde no se eleva a la relación jurídica de propiedad a su dominio privado, y otro, la erosión de las figuras épicas de la modernidad.

La narrativa del capitalismo erigida en ineluctable necesidad histórica universal pero sesgada por el particularismo de Europa Occidental, o bien aquella otra narrativa vinculada a los lenguajes políticos, a los dos gigantes concurrentes del liberalismo y el socialismo, solventaban la experiencia del sistema de mercado a la jurisdicción de la propiedad privada y, en cambio, su emancipación a la esfera pública encumbrada – soberanismo estatalista obligaba– con la propiedad de Estado. Al contrario, el trabajo en el capital monopolista, donde se representaba el autodidacta obrero pasado a gerente editor que era Braverman, su identidad ubicada en el proceso laborativo por la matriz de la división social y técnica de tareas, nada neutrales, y mediada por relaciones de fuerza de dirigencia de clase, poco tenía que ver con el membrete del mallete del jurisconsulto. Era esto sí, resultante de un ordenamiento político en la capacidad de la distribución de puestos y de los agentes que ocuparían sus nichos, de la relación entre ambos conjuntos. Lo político dejaba así su sitial sedentario en la superestructura participando de una agilidad en su capacidad de definir los términos de la “base económica”. La inversión de la topología marxiana, la dialectización transpuesta de la metáfora espacial de la infraestructura y la superestructura, ofrecía la ventaja de develar la historia de la técnica, de los procesos laborativos, y de la asignación de tareas como una comandada por lo político, esto es, por relaciones de dominación-subordinación de clase. Tal fue el movimiento intelectual que, corriendo de Italia con Renatto Panzieri y sus epígonos, desde Francia con André Gorz y desde Estados Unidos con Braverman, demarcaba un linde político con el imaginario de la Internacional Comunista y con el objetivismo en el plano de la teoría e historia de la tecnología.

 

2. El periplo de obras de la década del setenta destinadas a la crítica del trabajo asalariado, capitalista o socialista, de su división social y técnica, parecería que coincidía con la cita de la oleada de luchas extrasindicales, aquellas que abundaban fuera de la legalidad gremial y patronal y que quebraban el pacto keynesiano, pero el rendez-vous ocurrió postfestum, luego de la celebración en acto de cambiar la vida, una vida dedicada a la centralidad del trabajo. Es en este sentido que más allá de los énfasis temáticos o anclajes teóricos, se trataba de un compendio de intervenciones intelectuales que continuaban el legado de la dupla del Iluminismo crisis-crítica de momento en que esta última, la crítica, obraba como el ejercicio necesario de incidir en la completud del sistema, en colmar su carencia, asimilando su propia matriz paradigmática, el “estilo de pensamiento” que la presidía3 . Es así que el criticismo se desenvolvía a fin de suplementar los sectores socioeconómicos no incluidos previamente (e.g. terciario), o bien las actividades minoradas por la ley del valor (i.e. trabajos improductivos); o, incluso, los ámbitos allende al mercado, no comprendidos por éste por considerarse privados (e.g. trabajo doméstico); o, igual, la agregación de la transformación salarial con mapas sociográficos de clase (e.g. ubicaciones contradictorias, neoproletariado, obrero social). En el propio furor de la investigación, en el entusiasmo que derivaba de la riqueza de las nuevas taxonomías se perdía de vista lo elemental: que la clase salarial, el lugar de positividad que ocupaba para el capital, se erosionaba; que simplemente no deseaba subsumirse como valor de uso a fin de colocar en movimiento las categorías de la economía política.

3. Diversos movimientos coincidieron con este umbral: aquel en donde uno de los más preciados y magnos relatos de la modernidad inició su debilitamiento, el del culto al trabajo y con él, los discursos que le rendían al sujeto obrero su lugar de Mesías.

Las sucesivas críticas de la crítica a la economía política provocadas por el feminismo y el ecologismo comprometían la matriz productivista de una de las inflexiones modernas del pensamiento de la sospecha, la de Marx. No tanto que la crítica desde el género no revelara el límite de la invasión del tropo del trabajo en la domesticidad, sino que asuntos ocluidos vinculados a lo afectivo, lo volitivo y lo sentimental, en rigor a la subjetividad, a aquello no objetivable por la conmensura de la ley del valor-trabajo, develaban el límite de un pensamiento demasiado atado al racionalismo cartesiano relevado en el modelo termodinámico de ciencia. No tampoco que la crítica ecologista se comportara completamente ajena a las tendencias de la perecuación de la ganancia del capital, a la contradictoriedad intraclase burguesa cuya resolución acudía a reconducciones y avasallajes del territorio pero, justamente la categoría regulativa de progreso, su prolongamiento en la “creación destructiva” que brutalmente acarrea el desarrollo, ambas fueron compactadas en el tronco del laborismo revolucionario del álbum de la familia marxista mediante el elogio de las fuerzas productivas. El ecologismo se erigió pues testimoniando y argumentando en contra de este destrozo .

4. Se pensaba que con las dos críticas adicionales a la economía política se cerraba ya el capítulo que faltaba en la totalización del sistema. Sin embargo, la pasada de balance de acontecimientos que se desenvuelven en el ámbito de las nuevas tecnologías nos advierte sobre lo inconcluso. La cuarta “crítica de la crítica” esta vez acontece desde la escena difusa del postrabajo.

En el film Blade Runner de Ridley Scott la preocupación que anima la ley, la triple ley, la del padre, la de la paternidad edipal conversa en capital (Tyrell Corporation) y la del Estado –aquella cuya parte le corresponde al arte policíaco– reside en avizorar la frontera de la ciudadanía, ya difusa por la sublevación de los replicantes (signo de una subjetivación sentimental), entre el humano y la máquina. Tal es el fantasma que preside nuestra transición de época y que la arrogancia del Iluminismo pretendió corregir, aquella en donde el borde entre la condición humana y la máquina se pierde ante una “segunda naturaleza”, la tecnocultura. El soberanismo4 , el enaltecimiento de la nación-Estado a través de la sumatoria de monadas propias al sujeto centrado cartesiano, su arrojo segregante entre el mundo de la naturaleza, del artificio y del ego cogitans, este hedonismo que así ostentó, es debilitado ante una experiencia de la subjetividad que entra en ósmosis con el artificio, la tecnocultura. Si el sujeto ya no soberano sino incorporado a la techné define el horizonte de nuestra actualidad, el principio de riqueza moderno se extravía y, con éste, exorciza la ansiedad que derivaba de la primacía de un sujeto primigenio en torno a la cual ha descansado la problemática de la atribución.

5. La construcción de la ontología materialista en Marx, el esencialismo que la presidía respecto al sujeto obrero comienza a notarse con mayor contundencia hoy, tanto en su forma de razonamiento lógico que sigue el patrón de la hipóstasis, como en su referente histórico europeocentrista, e igual por último en su filiación con la cristiandad pietista. En su forma lógica, la distancia que separa el proletario atribuido y el proletario atribulado no se resuelve cómodamente a través de un pensamiento que no reconoce la historicidad de la encarnación. En su referente europeocentrista, el ennoblecimiento del obrero profesional del siglo XIX a estatuto de sujeto no guarda proporcionalidad con la transformación de la composición técnica y subjetiva de clase en el presente. En su filiación con la cristiandad, la reactivación en el marxismo de la teodicea de la encarnación cristiana, del culto a un éxodo ascético que vive su legitimidad y experiencia a través de la demarcación de fronteras entre el mal (e.g. capital) y el bien (e.g. redención), o de su traducción política en la partición entre reforma y revolución, o desde el ideal de substancia de vida en la gradación de las necesidades sociales respecto a las radicales, no guarda ya su promesa ante una geografía viajada de vidas que no poseen un afuera5 .

6. Iba de suyo en la cultura intelectual que el modo de producción capitalista se sostenía con una humanidad dada desde ya. Se olvidaba que la glorificación de la ética laborista residía al menos en dos agenciamientos nada edificantes. De un lado, la mortificación de la carne esta vez traducida en el sometimiento del cuerpo a su sublimación al trabajo como vocación secular, como religiosidad profana y, de otro lado, la ideación de una anatomía política del cuerpo a golpe de individuaciones que el largo período del “Gran Encierro” amenizó6 . De este modo emergía una forma de producción de humanos, condición del modo de producción del industrialismo. Las figuras épicas sucedáneas, el guerrero glorioso, el trabajador industrioso, la mujer-madre abnegada al sacrificio de la patria de la natividad demográfica, solventaron la tradición republicana de la nación-Estado de la modernidad. Hoy el modo de rendir humanos para el circuito de acumulación, las instituciones que lo apadrinan, los discursos que lo operacionalizan, porta su obsolescencia. Son varias las salientes que han coincidido a estos efectos. De un lado la sobrecarga del Estado Providencia, la expansión de sus dispositivos formativos escolares junto a la ampliación de políticas distributivas de beneficencia, apareada a una forma-familia centrada menos en su acción parroquial gerencial y más en su labor terapéutica hacia la infancia, han alargado el ciclo de vida no laboral, relajando la disciplina del cuerpo respecto al “despotismo de fábrica”, desacoplando las experiencias de la vida y las del trabajo. Desligados ambos ciclos, el incorporarse al trabajo se experimenta cada vez más como un fastidio; como una rutina pesadamente redundante. Crisis de gubernamentabilidad diría Foucault, aunque crisis también de gubernacorporalidad, es decir incapacidad de gerenciar la producción de humanos, de cuerpos para que felizmente devengan fuerza libre de trabajo.

7. Pero si distensión hay entre los ciclos es también un relajamiento o, mejor, una quiebra de los ritos de pasaje de la modernidad del individuo como identidad heroica para la nación-Estado la que acontece. Si bien es cierto que la ética industriosa de trabajo, su convocatoria edificante ciudadana condensa el sentido y el destino abnegado de todo sujeto en el seno del imaginario de lo nacional, la vocación laborista era uno entre otros de los grandes relatos de la Ilustración que predicaban la promesa de la maduración del hombre a guisa de su ritual prolongado de sacrificio. Sapere aude para el crecer kantiano sólo si se sabía obedecer las máximas del empeño y del rendimiento. La posindustrialidad, lo que acontece junto y luego de la producción en serie o en masa, lleva a su término esta vocación de redención sugerida en el principio heroico del trabajo, nada distante del otro principio salvador, el patriótico. De un lado, desde la punta de la producción, los aumentos ininterrumpidos de capitales técnicos, los insumos de nuevas tecnologías tanto en las fábricas para la paz, como en aquellas para la guerra, interrumpen en su cantidad como en su calidad el lugar del humano “soberano” en la creación de riqueza. Desplazado por la máquina, se desplaza también la legitimidad épica y con ella el sentido de sacrificio del operario, y del mismo modo del guerrero. Pero igual en la esfera del consumo, el posindustrialismo, ya bien sea por las arcadias posmodernas que relevan el fetichismo genérico en uno hecho a la medida de la plétora de identidades consumistas, o bien por la primacía de la forma-moneda sobre el ahorro, lo lúdico, lo espectacular, lo instantáneo sustituye la bravura de la convocatoria al sacrificio. Ni obrerismo cívico, ni nacionalismo triunfalista, el vacío que se abre toca la fibra de las identidades así realzadas durante el primer ciclo de la modernidad y a los discursos igualmente celebrados que la coronaron.

Probablemente es esta anterior genealogía, su “origen” bajo, el que lleva a aprietos la herencia del soberanismo. Sin pasar por alto la globalización en tanto forma de la compresión del tiempo-espacio, de la territorialidad virtualizada por las tecnologías de comunicación7 , es sobre todo la pérdida de heroicidad, de laborismo y/o patriotismo sacrificial la que tiene en tranque el soberanismo; esto es, en el sentido del bloqueo en la producción de humanos-mercancías. Una de las salidas que se presencian la constituye un soberanismo más étnico que republicano, el cual bascula entre el espíritu lúdico, relevando el sacrificio a gesto espectacular mediático o, cuando no, se inclina a la violencia étnica a fin de reconducir, por la celeridad que permite el paroxismo del tiempo del exterminio de la vida de la alteridad, del cuerpo extraño, el momento épico.

8. Si el sentido heroico que interpelaba la epopeya moderna se formulaba a partir de una concepción del tiempo pospositivo, de un ánimo de espera a ser reconocido como sujeto histórico del trabajo, podía formularse de este modo por la separación de los ciclos de acumulación de un lado y, del otro, del primado de la esfera productiva. De esta suerte la serie trabajo, salario y acceso a la sociedad civil, a la plenitud ciudadana, podía tener sentido siempre que no se trastocara la estructura del tiempo lineal eternizada en la paciente espera. Vivir el momento de los románticos, o bien el carpe diem del “derecho a la pereza” en todo caso era lo propio de la camada sublime obrera tocada por el manifiesto del cubano-francés Paul Lafargue en el siglo pasado. En cambio, una vez se cierran los tiempos o, lo que es lo mismo, el tiempo en tanto medida del valor se hace equivalente a la conmensura de la vida, es entonces la vida fuera del trabajo la que sirve de primado del valor; así, la secuencia trabajo-salario-ingreso se quiebra8 . Es aquí donde reside la fuerza del sentido de la ampliación de la esfera de acción ciudadana en el postrabajo como profundización del imaginario democrático.

9. Dos tendencias han ido acoplándose, de suerte que el ingreso se relaja cada vez más del trabajo salarial precipitando una rectificación del derecho al trabajo consagrado en las constituciones de la política pública de la modernidad. De un lado, la reducción del valor cualitativo de la fuerza de trabajo individual y su contraparte del aumento social, abstracto y virtual del valor. Del otro, el incremento del salario indirecto otorgado por el Estado pero, de acuerdo a radicalizaciones del imaginario democrático, su interpretación como derecho social ciudadano.

Es también esta resignificación del ingreso indirecto ya como reconocimiento de la socialidad del trabajo abstracto, de su potencialidad y actualidad, la que tempranamente anticipó el programa neoliberal como un escenario problemático de momento en que difuminaba peligrosamente la herencia de los derechos políticos ciudadanos y los derechos sociales, voluntad civil pública y reproducción de la especie humana privada9 .

10. Más de una relación guarda el fin del trabajo y de la clase obrera con el horizonte de polémicas que ha suscitado la escena posmoderna. Lo que interesa destacar es que, en el desmontaje de las coordenadas del pensamiento fuerte, su centralidad del logos, del falo y de la techné, se le asestaba un duro golpe al narcisismo de nuestra occidentalidad. Es así que los desenvolvimientos en la tecnocultura, en la aleación de saberes técnicos y pragmáticos con el artificio y, de otra parte, los ulteriores balances de la revolución paradigmática poscartesiana rebasan el racionalismo sobre el cual descansó la teoría del sujeto de la historia. Confederados los saberes de las ciencias duras y blandas en estilos de pensamiento que se inclinan a la complejización, a rebasar el binarismo y el causalismo de la ciencia, toda sobrepuja de discusiones en torno al trabajo o, igual, al sujeto obrero, delataban los límites del paradigma moderno de ciencia. Ya bien sea a través de la obra de la escuela althusseriana o bien de las tesis de André Gorz o, inclusive, de Antonio Negri, con las diferencias que los separan, con los anclajes que todavía conservan en la modernidad científica, sus intervenciones apuntaban a este debilitamiento.

En el caso de los althusserianos su predicamento apuntó a la filiación de la causalidad materialista a su matriz historicista, que aunque rica esta última en las posibilidades de reconocer mediaciones, terminaba desembocándolas en su núcleo simple invariante el cual subsumía las diferencias a la equivalencia. En el caso de Gorz –al menos su obra correspondiente al ciclo de la crisis de los marxismos (1979-89)–, su eje residió en develar el esencialismo de filiación judaico cristiana, su teología invertida en teleología, igualmente atomal, es decir simplificante al sujeto monolito proletario. En el caso de Negri, ante la aparente hegemonía de un objetivismo dispuesto en la analítica de la ley del valor, erigiendo la economía política, inclusive su crítica, a la redundancia positivista, al capital como deus ex machina, el recorrido inverso fue destinado a una teoría de la autovalorización, es decir aquella cualidad que no puede integrarse en el circuito de la acumulación. Retorno pues al sujeto que vivía su orfandad en la paradigmática moderna de ciencia.

A la par que estas propuestas adelantaban un programa investigativo que tomaba distancia del racionalismo, de la teleología o bien del objetivismo, sin embargo no arriesgaban del todo la mutación del paradigma de la simplificación10 . Ya bien sea en Althusser a través de la ontologización de la estructura y de la conservación de la determinación en última instancia, o bien en Gorz en el afán de la sustitución del vacío que acontece luego del primer abandono de la teoría de la encarnación en la figura de la no-clase o, por último, en Negri en donde luego de lúcidamente abrir paso a un programa de autovalorización más allá del socialismo, refunda la exacerbación de la subjetividad obrera de acuerdo al incremento de taxonomías socio-económicas más bien propias de la industrialidad (e.g. del obrero-masa al obrero social). Pienso pues que esta tensión que recorre estos programas puede tomarse más que como resultante de una tozudez escolástica, como síntoma de la propia mutación de un estilo de pensar que aún prolonga postulaciones precedentes, sobre todo aquellas que políticamente rendían honor y garantía de una promesa de emancipación concebida solamente en la figura de un sujeto uniforme, y de las cuales no se podían cómodamente desprender.

11. Con todo, el relajamiento de las postulaciones teleológicas, objetivistas y causalistas abrió la puerta al menos a dos asuntos que forman parte de la referencia obligada en ambientes poscartesianos: el sujeto descentrado y la contingencia. Primero, la traducción filosófica o psicoanalítica del sujeto contextual en el lenguaje de las ciencias humanas, la postulación de diversidad de posiciones del sujeto, le era ya correspondida a la dificultad misma del ciclo posfordista de recrear las condiciones de persona autónoma. Segundo, las ofertas programáticas del liberalismo político y del socialismo flaqueaban en su capacidad de ceñir la identidad cumbre del sujeto, en la ciudadanía soberanista para el primero o en el sujeto laborista para el segundo. La complejización de lo social era ya tal que no se podía continuar reeditando estilos de pensamiento simplificantes de la condición humana.

Igual ocurrió con la aireación de la teoría social en su encuentro con filosofías de la contingencia. De una parte, esta reunión permitía rebajar la pretensión finalista del sujeto unitario de la historia. De otra, del lado de lo político, las concepciones estructuralistas del mismo se debilitaban ante el poder como signo de la fractura del sistema, de su incapacidad de completud y, por tanto, de su nunca coincidencia entre lo real y lo racional o, en el lenguaje de Borges, el desacoplamiento entre el mapa y el territorio11 .

12. ¿Si en el presente el trabajo tiende a la virtualización, a la abstracción y a la inmaterialización tanto de la obra, del proceso de labor, como del sujeto incorporado, qué acontece con la frontera de lo intelectual? Es éste uno de los temas y problemas que preside la posindustrialidad y que, a su vez inflexiona la concepción de la atribución de sujeto contenida en el obrerismo manualista, así como de su herencia en la cristiandad, el pobrismo pietista. La proliferación de saberes prácticos, técnicos, teóricos, la transversalidad de los mismos en la difusión y manejo de una tecnocultura, formaría la parte activa de la actual mutación que ha sido un tanto reducida a una revolución en la información12 .

Es en este aparte que ha merecido retornar a Marx pero en contra y más allá de él mismo, en el capítulo de las máquinas de los Grundrisse13 . Obra reivindicada en el último lustro de los años sesenta para, aún desde el álbum de familia tercio-internacional, tomar distancia del evolucionismo, del etapismo, de la necesaria expiación del socialismo y, luego en los setenta, a fin de diferenciarse del objetivismo que se hubiera deslizado en el seno del estructuralismo marxista, para así, en sus últimas interpretaciones orientarse al modo comunicacional; esto es, de la capacidad de crear la riqueza a partir de una difuminación de la frontera entre la fábrica y la vida. Las figuras sociológicas que de allí derivan no siguen el cursor ya de la ley del valortrabajo, sino del tiempo libre como principio de valor. Pero también, el sujeto aquí difícilmente podría capturarse en las sociografías de clase a las cuales nos acostumbró el pensar binario. De un lado, se trata de un sujeto que vive su experiencia de vida en virtud de multiplicar sus posiciones del ser de modo transversal. De otro lado, siendo éste difuso igual experimenta su identidad incorporándose a la techné en un giro de aleación de lo humano y la máquina, de la carne y el artificio.

El modo inusual del autor de este opúsculo poco visitado, de apalabrar con el vocablo del general intellect una novel “fuerza productiva” no parecería fortuito. Su enunciado captura la tendencia a la fisión del capital en ficciones, esto es a la proliferación de imaginarios, de relatos dialógicos traducibles e interpretables en códigos comunicacionales que siguen el modelo del giro pragmático en la lingüística. Pero también, la difuminación de los saberes que allí se avista porta el riesgo de la inducción de la subjetividad a cualquier racionalización de la estructura de mando y obediencia, puesto que ésta descansa en un nivel de cooperación cuya densidad no se rige por el patrón corporativo14 . Luego de este abordaje preliminar una serie de asuntos herederos de la modernidad tendrían que ser modulados, entre ellos aquellos que comprometen la relación entre ciencia y techné y, del otro, la redefinición del linde entre lo intelectual y el intelectual.

Sobre este último punto, no hay que olvidar que la teoría de la atribución del sujeto unitario de la historia más allá de rehabilitar la sedimentación de la cristiandad en la propia modernidad secular o, más acá de inducir el miedo de la propia ambientación cultural del Iluminismo a la ambigüedad, a las zonas de la extrañeza, ocluye la propia posición del intelectual respecto al saber-poder. Esta lauda concepción humanista internaliza la identidad del intelectual como legislador épico. Función de privilegio cognoscente y función ética se funden y confunden a fin de legitimarse en la representación de la alteridad. Si su contenido puede ser cambiante (e.g. proletario, pueblo, nación, pobre, ciudadano), no así el manejo de un régimen de verdad que se protege en la ciudad sapiente resguardada de la techné. Siendo éste uno de los últimos narcisismos que restan de la modernidad y que el intelectual ilustrativo atesora, el intelecto difuso, su cultura virtual y economía transtextual deslocaliza el posicionamiento del intelectual pero también la instancia que lo relevara, el Estado. Secreto de la cofradía intelectual, secreto de Estado, secretos del capital, el general intellect predispone la confidencialidad de los saberes. Es sobre este territorio no cartografiado por el mapa que se avistan iniciativas que tocan una identidad tecnocultural ciudadana planteando así enriquecimientos del imaginario democrático.

Citas

1 Harry Braverman, Labor and Monopoly Capital, The Degradation of Work in the Twentieth Century, Monthly Review Press, Nueva York, 1974. André Gorz, Adieux au prolétariat Au delà du socialisme, París, Galillé, 1980.

2 Russell Jacoby, The Last Intellectuals, Toronto, The Noonday Press, 1989.

3 Véase, acerca de los antecedentes de la discusión de paradigmas en la ciencia moderna, en su principio representacional como “estilo de pensamiento”, de Ludwik Fleck, Genesis and Development of a Scientific Fact, Chicago, The University of Chicago Press, 1979.

4 Cf. Bruno Latour, We Have Never Been Moderns, Cambridge, Mass, Harvard University Press, 1993.

5 Cf. André Gorz, Adieux au prolétariat, Ob. cit.; Antonio Negri, Del obreromasa al obrero social, Barcelona, Editorial Anagrama, 1980; H. Blumenberg, The Legitimacy of the Modern Age, Cambridge Mass., 1986; y Ernesto Laclau, Emancipations, Nueva York, Verso, 1996.

6 Sobre la primera, el trabajo como vocación religiosa secularizada en la modernidad, de André Gorz, Critique of Economic Reason, Nueva York, Verso, 1989. En torno al familismo parroquial el cual releva la vocación religiosa en economía libidinal laborista, de Fernando Mires, El malestar en la barbarie. Erotismo y cultura en la formación de la sociedad moderna, Caracas, Nueva Sociedad, 1998. Acerca del “Gran Encierro”, de Michel Foucault, “Le grand renfermement”, Histoire de la folie à l’ âge classique, París, Gallimard, 1972, pp. 56-91.

7 Cf. Paul Virilio, La máquina de visión, Madrid, Cátedra, 1989; El arte del motor. Aceleración y realidad virtual, Buenos Aires, Manantial, 1996; y La velocidad de liberación Buenos Aires, Manantial, 1997.

8 Cf. Antonio Negri, Macchina Tempo. Rompicapi, Liberazione, Costituzione, Milano, Feltrinelli, 1982.

9 Tal fue la prognosis que anticipaba la temprana pesquisa de Michel Crozier et. al. en The Ingovernability of Democracy, 1976,

10 Véase, de Wolfgang Welsch, “Topoi de la posmodernidad”, El final de los grandes proyectos, H.R. Fischer, A. Retzer, J. Schweizer (Comp.), Barcelona, Editorial Gedisa, 1997; Francisco J. Varela, “The Reenchantment of the Concrete”, Zone, Incorporations, núm. 6, 1992, 320-38; Isabelle Stengers, Ilya Prigogine, Power and Invention, Situating Science, Minneapolis, University of Minnesota Press, 1997; y, de Fernando Mires, La revolución que nadie soñó o la otra posmodernidad, Caracas, Editorial Nueva Sociedad, 1996 (“La revolución paradigmática”, pp. 153-76).

11 Cf. Ernesto Laclau, New Reflections on the Revolution of Our Time, Nueva York, Verso, 1990; y, de Agnes Heller, A Philosophy of History in Fragments, Cambridge, Blackwell, 1993, capítulo. 1: “Contingency”, pp. 1-35.

12 Véase, para otra dirección argumentativa de Marc Poster, Mode of Information, Cambridge, Polity Press, 1990.

13 Karl Marx, Grundrisse, Inglaterra, Penguin, 1973.

14 Cf. Maurizio Lazzarato, Antonio Negri, “Travail inmatériel et subjectivité”, Futur Antérieur, número 6, verano 1991. También, de Stanley Aronowitz y William DiFazio, The Jobless Future. Sci-Tech and the Dogma of Work, Minneapolis, University of Minnesota Press, 1994.

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* Fundador y coeditor de la revista independiente Bordes, autor de El espectro posmoderno, ecología, neoproletario, intelligentsia, Publicaciones Puertorriqueñas, San Juan de Puerto Rico, 1995.


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