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De la complejidad de los nuevos lugares parentales

A complexidade dos novos lugares parentes

The complexity of new parental places

Christine Castelin-Meunier*
Traducción Gisela Daza


* Investigadora del Centre d’Analyse et d’Intervention Sociologiques - Centre National de Recherche Scientifique -CADIS-CNRS-


Resumen

Daré cuenta de la complejidad que acompaña el posicionamiento y el desempeño de los lugares parentales hoy, tanto en su especificidad como en su relación mutua. Evocar el uno sin el otro me parece difícil pues el peso de los símbolos maternos y paternos, así como su diferencia, obliga a referirse a la dialéctica de las relaciones hombre mujer en su inscripción entre la dominación y la búsqueda de la igualdad. Nuestro trabajo, a pesar de girar en torno a algunos eventos específicos de la historia francesa, describe un movimiento de fondo que concierne a muchos países al considerar importantes aspectos de la dinámica familiar contemporánea.


La homogeneidad del lugar de las madres y la heterogeneidad de la condición femenina

Los cambios de la condición femenina están atravesados por la referencia a la igualdad y a la diferencia inscrita entre su alineación o su demarcación respecto de lo masculino. La historia de la sociedad se orienta hacia una "centralidad biológica" (F. Héritier, 1997) que acentúa, desde su perspectiva, las diferencias y especificidades del universo de maternidad y el de los lazos con el hijo. Es un modo de designación diferente de aquel que antes producía la religión. La mujer embarazada en la Edad Media se representaba : amo el relevo de la Virgen en la tierra puesto que en el embarazo ella prestaba su cuerpo a Dios. Se trata ahora de una representación que privilegia el acercamiento a la mujer bajo el ángulo de la desmitificación de lo religioso y de la supremacía Je lo biológico, tendiente a rebrir las profundas tensiones rxistentes hoy alrededor de lo masculino y de lo femenino por la zrminante biocientífica. "La extenoridad" masculina en la crianza se encuentra entonces reforzada, al mismo tiempo que una nueva implicación del padre es deseada.

Las nuevas bases de la complementariedad entre los roles están por encontrarse, pues los antiguos rían sido controvertidos, sin que por tanto hayan desaparecido. También la búsqueda de afirmación individual y de la interacción constituyen dos asuntos mayores de este debate. La polémica planteada por las mujeres en 1970 fue tanto más importante en cuanto ellas estaban desprovistas de derechos económicos y sociales en un período donde la necesidad de esta afirmación se imponía.

1. Normas impuestas a las mujeres para proteger la filiación

La relación de la mujer con la reproducción la ha ubicado siempre en una situación singular, legitimando algunas prácticas y relaciones que protegían al otro sexo. Si el derecho canónico se impuso en la vida privada a partir del siglo X I I , consagrando el matrimonio religioso, fue por la necesidad de asegurarse de lo imposible, a saber, que el niño que la mujer esperaba era de su marido. La única seguridad posible, en una época donde la prueba de paternidad no puede hacerse, consiste en que la mujer se pliegue a las prácticas que permiten poner orden a la organización de la filiación. La garantía es entonces la educación segregada de los sexos alrededor, para la niña, del elogio de la virtud y de la sumisión a la lógica masculina por el aprendizaje de su futuro rol de esposa y madre. La virginidad antes del matrimonio se impone tanto como la fidelidad durante éste.

El universo religioso remite a una representación colectiva de la humanidad que subordina a la mujer y a la niña a la reproducción, en una sociedad ireocupada por su continuidad, por el mantenimiento de la tradición y donde la muerte del recién nacido y de la parturienta es frecuente. El universo del nacimiento es femenino. Las comadronas, frecuentemente consideradas como seres aparte, lo son porque acompañan el pasaje de un universo obscuro precedente del nacimiento, al mundo de la vida. Se las suele acusar de brujería y son, durante la Inquisición, los chivos expiatorios por excelencia. Las nodrizas, especialmente en el siglo XVIII, reemplazan a las madres en el amamantamiento del niño. Y. Knibiehler (1987) las llama "las mamas de pecho", y plantea que son los padres quienes negocian con ellas, buscando alejar a la madre del bebé para que pueda procrear nuevamente y cumplir sus funciones de esposa. Luego, en la sociedad rural y la familia tradicional, la madre, el padre y los niños comparten los trabajos comunes. Es con la industrialización que el centro del hogar se desplaza hacia la presencia de la madre, mientras que el padre se ausenta para trabajar al exterior. En 1874 con la Ley Roussel, la autoridad pública adquiere un derecho de vigilancia sobre los niños que han sido enviados a la nodriza fuera del domicilio. E. Badinter (1981) recuerda que las virtudes de la leche materna son vanagloriadas por los médicos higienistas para quienes "otra leche distinta a la de la madre hace degenerar a los niños y los expone a accidentes mayores".

2. El refuerzo por el estado de la cercanía madre-hijo y la desvalorización de lo privado

El Estado acerca así progresivamente la madre al niño, deviniendo el verdadero pilar de la vida doméstica. Acercamiento que hace a la madre responsable a pesar de no poseer derechos, ni autonomía financiera. El matrimonio civil (que se desarrolló después de la Revolución Francesa), cuya instauración abóle la obligación del religioso para que los hijos sean oficialmente reconocidos y tengan derechos sobre la herencia, sin discriminación por edad o sexo, emancipa también a la pareja de la tutela religiosa y familiar. Por el contrario, la mujer es mantenida bajo la tutela marital. Está dominada y colocada en situación de inferioridad, en una sociedad industrial que valoriza el trabajo y la participación del conjunto de los trabajadores en el progreso de la nación. Excluidas de la esfera de la producción, se las reduce a la esfera privada, pero no teniendo ya las mismas funciones educativas, puesto que desde 1883 la escuela primaria es pública y obligatoria para niños y niñas. De otra parte, la natalidad comienza a descender. Katherine Blunden (1982) interpreta esta situación del ama de casa como una mistificación de la revolución industrial que transforma a la mujer de las clases medias en sirvientes, abriendo el ascenso social al marido.

Sin embargo, la coyuntura particular de 1914 las requerirá en las fábricas de armamento, ingresando progresivamente en el mercado y accediendo, por la adquisición del salario, a un comienzo de autonomía al que le seguirá la reivindicación del derecho al voto y la de ser elegible. El movimiento de los años setenta acompañó el advenimiento del reconocimiento de las mujeres, no únicamente como esposa y madre, sino como sujetos poseedores de derechos, entre ellos el de la escogencia de su vida, lo que constituyó una verdadera revolución existencial. Esta llegada a la madurez de la condición femenina tuvo repercusiones importantes en la manera de situarse con relación a la institución familiar, percibida como un vector de alienación, de sumisión, manteniendo y engendrando desigualdades. La sensibilidad era tanto más fuerte respecto de las desigualdades en el seno de lo privado cuanto que el período industrial que había acompañado el comienzo de la revuelta femenina y precedido la época contemporánea, había marcado la separación de la esfera doméstica y de la pública dando, por su jerarquización, preeminencia a esta última de la cual la mujer estaba excluida. (Turaine, 1977).

3. La impugnación por las mujeres de las normas anteriores

El movimiento de los años setenta se acompañó de una redefinición de las aspiraciones femeninas, incluyendo la reafirmación de ser madres por escogencia y no por obligación, asumiendo nuevas responsabilidades económicas y sociales. El control de la natalidad se hace posible por la contracepción, legitimada por la ley Neuwirth en 1967, cuyos gastos, a partir de 1974 fueron subsidiados. En 1975, después de numerosas manifestaciones, la ley autoriza la interrupción voluntaria del embarazo y en 1982 su reembolso.

El no consultar la decisión del aborto al hombre plantea problemas. La decisión de tener o no un hijo se convierte en un asunto personal, monopolizado por la madre. Sin embargo, se constata la participación de algunos padres en esta decisión, sobre todo en el marco del rechazo de un tercer hijo. Al respecto, nuestro estudio con Jeanne Fagnani1 realizado en las clases medias instruidas, identifica dos tipos de conductas masculinas.

Los hombres asumen nuevas responsabilidades en el hogar, su función evoluciona y la posición frente a las tareas domésticas deja de ser un asunto vergonzante. El concepto que tienen del funcionamiento del hogar cambia. Al igual que en la empresa, la era de la administración y sus valores imponen nuevas relaciones (Gaulejac, 1985). Las relaciones jerárquicas son reemplazadas por las de cooperación. La circulación de la información y la comunicación son elementos esenciales en la pareja. La autoridad paterna se transforma en autoridad parental compartida y se orienta a la cooperación y al intercambio. La noción de jefe de familia se modifica, el hombre no es ya el único responsable de la provisión. Esta redefinición de la noción de jefe de ramilia es también partícipe del rechazo del modelo parental tradicional, aquel que representa el éxito profesional asociado a veces con el fracaso sentimental y sexual. La referencia a un nuevo universo cultural subyace: el hombre ya no se afirma úniramente por su relación con el trabajo, con el mundo exterior. Los hombres desean poder escoger sus modos de afirmación y sus tipos de relación.

La atracción por lo doméstico puede permitir a algunos hombres hacerle contrapeso al investimento profesional para asentar su identidad, especialmente cuando su afirmación pasa por la autonomía. Se trata de la búsqueda de una relación con el hijo que no esté sistemáticamente controlada por la madre; condición necesaria para consolidar el rol del padre. En efecto, la búsqueda de igualdad del nombre con la mujer se afirma en el dominio de la paternidad y los límites de esta igualdad pasan por las direrencias naturales entre los sexos. La decisión de tener o no un hijo parece pertenecer de manera más específica a la mujer, pero entre más la pareja actúa bajo un modo igualitario, más el punto de vista del hombre pesa sobre esta decisión y sobre el número de hijos. La consolidación de la identidad respectiva del padre y de la madre pasa por la riqueza de la relación afectiva con el hijo. La afirmación social de las mujeres y el control de la procreación transforman las bases de la complementariedad que antes regía las relaciones entre los sexos (Illich, 1983). La emancipación social y cultural de las mujeres desestabilizó las referencias culturales de la diferencia sexual, destronando a los hombres de su pedestal. El advenimiento de la sociedad de comunicación favorece la afirmación por referencia a la habilidad y ya no tanto a la fuerza física, aquella que confería al hombre supremacía sobre la mujer. Los referentes culturales de la virilidad se transforman (Castelin- Meunier, 1988). Un desprendimiento respecto del orden militar e industrial se opera, pudiendo derivarse de ello un sentimiento confuso de identidad, por la pérdida de referentes. El refuerzo en el acercamiento entre el padre y el hijo se constituye en un importante elemento identitario. La intensidad del compromiso afectivo y del intercambio entre padre e hijo tiende a limitar el número de hijos.

A esa imprecisión identitaria puede corresponder, por el contrario, la voluntad de reafirmar los modelos tradicionales, incluida la noción de jefe de familia, donde el orgullo del ejercicio de esta función pasa por la escogencia de un número mayor de hijos. Ello atenúa las exigencias respecto de la calidad de la relación destinada a cada hijo. La escogencia o el rechazo del tercer hijo puede entonces remitir a esa divergencia entre dos modos de afirmación identitarios.

Las condiciones femenina y masculina encuentran dificultades de ajuste luego de los cambios y de las nuevas complejidades que de ellos se derivan, en un contexto donde persisten, incluso se acentúan, las inequidades. Esto en más de un concepto, pero también porque las mujeres están hiper responsabilizadas en la medida en que deben tratar de conciliario todo: obligadas a combinar los diferentes roles y a intervenir en distintos registros. Continúan siendo director de orquesta, delegando, al tiempo que impelen a la subjetivación al hombre a quien, por otro lado, se le pide sobre todo afirmarse en la competencia y la performance, es decir, a través de modelos culturales que no siempre resultan operacionales en la vida privada.

De otra parte, el hombre y la mujer se mantienen atados y referidos al contexto educativo en el que crecieron y a las culturas diferenciales que los especifican, al tiempo que buscan tomar distancia de todo ello. Compartir las tareas y roles domésticos equivale a una verdadera revolución cultural y, sin embargo, la mujer continúa definiéndose en la escala pública, política, en la esfera profesional, también en el conjunto de las mentalidades, por representaciones que siguen inferiorizándola. El hombre no tiene ni la distancia, ni la lucidez suficiente para comprender los mecanismos de dominación que lo significan. En la mujer el sentimiento de "cargar" con todo sin recibir el reconocimiento esperado, prevalece y genera amargura, desánimo y resignación. Favorecer, alentar la igualdad a través de políticas claramente definidas, podría contribuir a minimizar esos efectos. Si a esto se agrega que el afrontamiento de los desafíos es estimulante para las mujeres, se puede también pensar que hay un precio por pagar: se trata de la armonía entre hombre y mujer, pero también y sobre todo, del equilibrio del hijo.

Las dificultades de afirmación de la mujer, en la sociedad contemporánea atravesada por modelos contradictorios, sin que un sentido se defina a favor de ella se voltean contra el hijo. La mujer está incesantemente solicitada en su responsabilidad de madre, mientras que ella se define a sí misma de otro modo. Las representaciones y las conductas en las instituciones que se ocupan de la infancia hacen un llamado a la conciencia materna, incluso el personal femenino que compone el universo de la pequeña infancia, la salacuna, expresa su sorpresa cuando se descubre diciéndole al padre que viene a buscar a su hijo "usted le dirá a su esposa que…" como si éste no pudiese asumir, en lugar de la mujer, las recomendaciones de las puericulturas y la madre constituyese la referencia exclusiva en materia de cuidado del niño. Esta dimensión se refuerza con la biologización de la sociedad.

Las mujeres hacen eco de las demandas que pesan sobre ellas y así devienen también cautivas. El Estado interviene en el espacio privado, solicitando a la madre. El acercamiento entre madre e hijo se teje a través de la historia, a pesar de que la imposición religiosa disminuye y que la mujer se afirma socialmente; como si la diada madre-hijo se hubiese doblemente reforzado, de una parte, después de la Revolución Fancesa, de otra parte, después de los setentas. La dificultad de nuestra sociedad para separar la madre del hijo, refuerza la dificultad de la mujer para definirse autónoma con relación a éste y para concebirlo autónomo. Amalgamar el interés del niño con el interés de la madre impide clarificar las situaciones, la concepción y la distribución de las responsabilidades educativas en torno al hijo, a partir de sus necesidades y las de la madre en tanto que mujer. La situación volteándose frecuentemente en contra de la madre puede acarrear que el niño se la tome contra ella. Sin embargo, nuevos roles de madre aparecen, siendo necesario identificarlos y reconocerlos puesto que ellos permiten un mejor reconocimiento de la mujer. El acuerdo en las relaciones y en el reparto de las responsabilidades entre las madres portadoras y las madres educativas" se impone también, así como la clarificación de los lugares con relación al orden genético y a la filiación.

La heterogeneidad del lugar de los padres y la homogeneidad de la condición masculina

Mientras el lugar de la madre se define naturalmente, el del padre, no; se trata de una construcción separatista. El socializa al niño llevándolo a controlar sus pulsiones con el fin de separarlo de la fusión con la madre. Lo inscribe en la filiación. Las mujeres portan las contradicciones de una sociedad que no logra hacer escogencias tales como aceptar, si es necesario, la matrifocalidad acondicionándola.

Con el control de la procreación se inicia una mutación donde ya no es Dios el origen de la vida sino el sabio y el tecnócrata. Los sueños del hombre que "da a luz", que concibe, se hacen realidad, así como el del hombre instrumentalizando el cuerpo de la mujer para "alumbrar" o pasándose de ella (clonación). El gran cambio lo constituye también la prueba de paternidad, realizable desde 1955 y la prueba post-mortem que, sin embargo, se duda en utilizar por respeto a la voluntad del hombre. Es también el problema de la redefinición de los lugares entre el padre genético y el padre educador, entre el padre biológico que no comparte el espacio cotidiano con el hijo y el compañero de la madre que sí lo comparte. La cuestión es entonces la de la fragmentación de las funciones, de los roles, de las responsabilidades entre los hombres y el reparto de su lugar respectivo en torno a la mujer y al hijo. La divergencia entre sexualidad y procreación desemboca en nuevas situaciones, diversificadas, que se caracterizan principalmente por la búsqueda de puntos de referencia, de equilibrio, de estabilidad. No se trata de negar estas situaciones o de catalogarlas rápidamente. Van a precisarse en el futuro y lo importante es que ellas clarifiquen lo mejor posible los roles que las diferentes personas ejercen, en relación con la filiación, con el ejercíció de la autoridad, con la transmisión de la experiencia, con la iniciación y el afecto. Las paternidades se sitúan de manera diferente luego de las nuevas demandas de la mujer al hombre acerca del hijo, en el marco de las nuevas configuraciones familiares (separación, monoparentalidad, recomposición). Las paternidades se redefinen en función de la naturaleza del vínculo, de la especificidad de la relación con el hijo. Ellas aún hoy dependen de la mujer, incluso en la manera como el padre va a poder tomar su lugar, a la vez que se refuerza también la determinación de este último, cualquiera que sea la posición de la madre. Con la procreación asistida se plantea la cuestión de conocer o no la identidad del donante, existiendo disparidades entre lospaíses. En Suecia, el niño nacido por inseminación puede conocer el nombre del donante mientras que esto no se puede en Francia. De otra parte, el reparto del cuidado del hijo entre la madre y el padre es más efectivo en los países nórdicos.

1. A escala histórica

a. En la antigüedad la subordinación de la paternidad biológica al poder sagrado de los ancestros.

Recordemos que antes el rol y el lugar del padre eran más simples porque estaban instituidos. En la Roma antigua la paternidad biológica no tiene mucha importancia. El padre extrae su poder y su autoridad absoluta del derecho romano, en una sociedad politeísta donde reina la esclavitud. Sometido al poder de los ancestros, puede exponer al recién nacido en la plaza pública, vender al niño de pecho, darlo en garantía para adoptarlo, o suprimirlo (a partir de 3 años). También puede adoptar niños. Mantiene así el culto de los ancestros y asegura la salvaguarda del patrimonio.

b. La subordinación de la alianza a la filiación

El cristianismo impone el matrimonio religioso y su indisolubilidad en el siglo XII. Las únicas condiciones requeridas son la prohibición del incesto y la edad, puesto que el matrimonio se ordena para la procreación. La educación moral y religiosa es una obligación que se desprende del matrimonio. El padre es el representante supremo "controlando" la reproducción, en una sociedad muy jerarquizada, atravesada por numerosos conflictos y asolada por hambrunas y epidemias. La filiación subordina a la alianza.

El Renacimiento acompaña la paternidad con una misión pedagógica y pontifica la erudición. La autoridad, al afectar la comprensión se suaviza en favor del aprendizaje de las Humanidades. E l padre es dador de sentido y educa el alma del niño. La familia es el lugar privilegiado para la educación, pero se escoge también un maestro para el niño. Hasta la edad de 7 años los cuidados del hijo corresponden a la madre. En las clases populares es en las relaciones con el trabajo y con el aprendizaje que se establecen los intercambios entre padre e hijo. La paternidad se alinea con el poder político y desde el siglo XVI al XVIII el refuerzo del poder paterno favorece las injusticias por dificultades para hacer respetar la autoridad. Las ordenanzas y la jurisprudencia de los parlamentos dan progresivamente una organización penitenciaria al derecho de corrección de los padres (A. Mouliner, 1990). Desde 1550, el pastor protestante que se casa refuerza el sometimiento de los miembros de su familia a su voluntad.

c. El distanciamiento del padre respecto al hijo por el Estado

La Revolución Francesa se acompaña de una limitación del derecho de los padres. En 1792 éste es restringido por la abolición de las Lettres de Cachet*, los mayores (21 años) no se someten ya al poder paterno, este sólo atañe a los menores (pero el código Napoleón sólo permitirá la libertad de matrimonio a los 25 años). En 1793 la Convención prohibe a los padres de familia la potestad de disponer de sus bienes por testamento.

La exaltación del trabajo industrial en nombre del progreso de la sociedad favorece el paternalismo de empresa, pero en la sociedad industrial y la familia moderna, una parte de la autoridad educativa y moral del padre, no sin resistencia, se desplaza hacia la escuela, con el nacimiento de la educación pública primaria obligatoria en 1883, para niños y niñas. Con frecuencia se interna a los niños. Desde 1901 a 1904 el monopolio estatal de la enseñanza se impone limitando la escogencia de las familias. En 1908 se prevé una multa o el encarcelamiento para el padre que impide a sus hijos recibir la enseñanza de un institutor cualquiera. El proyecto de ley Doumergue desencadena protestas importantes entre defensores de la escuela privada y defensores de la pública. Con el acceso del niño a la escuela pública, se sale de la primacía de lo comunitario y de la tutela familiar a favor de la individualización por el capital escolar. Se puede pretender un ascenso social por la adquisición de un diploma, o al menos una autonomización, si el ascenso resulta limitado. La inscripción por el padre en la filiación puede ser modificada por estrategias escolares de aprendizaje. Luego el Estado interviene para regular el trabajo de los padres. En 1889, los malos tratos infligidos al hijo pueden penalizar al padre. En 1912 se reconoce el derecho de búsqueda de la paternidad. El alejamiento entre el padre y el hijo en la familia moderna de la sociedad industrial, se confirma doblemente: por el trabajo asalariado y por las intervenciones del Estado.

2. La difícil distribución de las responsabilidades parentales contemporáneas

Este breve retorno a la historia indica que el poder del padre inherente a sus responsabilidades sobre la riliación ha sido limitado en su aspecto discriminatorio (en asuntos de herencia), al tiempo que se ha temporizado por el desarrollo de la escolaridad de la masa. La autoridad del padre encuentra un contrapeso en la evaluación que el Estado puede hacer de algunas de sus conductas en .a esfera doméstica. En la familia contemporánea de la sociedad post industrial el desarrollo de las nuevas formas de uniones y separaciones desestabiliza las prerrogativas del padre y su coherencia como jefe de familia. Al mismo tiempo el contenido educativo se ha transformado a favor le intervenciones más específicas propias del modo femenino (comunicación, intercambios). El contexto que especifica al padre alrededor de la referencia igualitaria deseada, rero de manera ambivalente, por la mujer, es compleja. El surgimiento del psicoanálisis a finales del siglo XIX recuerda la exterioridad del paire respecto de la diada madre-hijo y su importancia en la resolución del complejo de Edipo es reiterada por Freud. Más tarde, con Lacan, el lugar y el rol del padre parecerán surordinados al modo como la madre introduce al padre en el niño.

a. La referencia a la "igualdad" de los lugares

El reemplazo en 1970 del poder paterno por la autoridad parental introduce las bases de la referencia jurídica a la igualdad en la distribución de las responsabilidades parentales. Esta tendencia se confirma con el reconocimiento del principio conjunto de autoridad parental, en 1993. De ello, sin embargo, han resultado polémicas en lo que respecta a las familias "naturales" cuyo desarrollo no deja de crecer desde los años sesenta y que concierne, en 1995, a más de un niño sobre tres: 37,6% cuando hay separación. En efecto, esta autoridad sólo puede ejercerse de pleno derecho cuando los padres han hecho una solicitud específica para asumir su responsabilidad parental; cuando no es este el caso, el padre, aún si ha reconocido al hijo, puede hallar dificultades para asumir su parte de responsabilidad y obtener que se le asignen días para tener bajo su cuidado al niño. Las dificultades que afrontan los padres para mantener el lazo con el hijo después de una separación conyugal, trátese de una familia natural o más generalmente de una ruptura del contrato de matrimonio, reflejan los cambios y las profundas transformacionnes que han acompañado, desde hace siglos, las condiciones de ejercicio de la autoridad paterna. Una encuesta del Instituto Nacional de Estudios Demográficos (H. Léridon, C. Villeneuve-Gokalp, 1988) muestra que en la época contemporánea 54% de los niños de padres separados pierden el contacto con su padre no teniendo con él (cerca del 24%) más que encuentros esporádicos (menos de una vez por mes).

Al mismo tiempo se han producido cambios de actitud en la manera de ser padre. Las conductas que acompañan la espera del hijo, la participación de los padres en el parto (más del 80%), el acercamiento entre el padre y el ambiente cotidiano del pequeño, la paternidad relacional, de proximidad, con una concepción de la autoridad más flexible, más consensual, participan de las nuevas maneras de ser padre. Todo sucede como si la paternidad estuviese diferentemente solicitada, en una reafirmación de la voluntad que subtiende la capacidad de los padres para ejercer un rol implicando el refuerzo de la conciencia paterna (Castelain- Meunier, 1998). E l aumento del número de declaraciones de reconocimiento del hijo por el padre en el momento del nacimiento en 1980, donde el 50% de los hijos son reconocidos y en 1975, donde el 73.7% lo son, puede interpretarse en ese sentido. La defensa del lazo con el hijo que puede constituir hoy uno de los pocos medios para ejercer su paternidad (como lo atestiguan los padres reunidos en asociaciones de defensa de la paternidad tales como SOS Papá, el NMPC) tiende a reflejar esta toma de conciencia.

b. La voluntad y la dificultad de los padres "separados" para mantener el lazo paterno: el ejemplo del teléfono

Este padre de 55 años, ingeniero consultor, recuerda las conversaciones telefónicas con su hija de 7 años a quien llama una vez por semana y de quien está separado por quinientos metros. Da cuenta de la variedad de registros del intercambio y de las adaptaciones que hace en función de las actividades y funciones del niño. Es también sensible al hecho que la niña deba, mientras habla con él, realizar otras actividades concomitantes. Debe representarse entonces el ambiente de la niña y el contexto que lo especifica en el momento de su llamada.

Esos intercambios incluían "espontaneidad", "placer", "informaciones sobre eventos recientes". Había pocas "convenciones". El contenido de las conversaciones estaba "generalmente disociado de la separación física y del conflicto parental. El motivo de la llamada es con frecuencia anodino. Un ejemplo del pretexto para llamar puede ser los héroes de la televisión, un juguete reciente, un espectáculo con la madre o los amigos… La comunicación dura quince minutos. Sus temas se presentan en una sucesión imprevisible y poco suscitados por los contenidos de la conversación. Si mi hija se ha molestado por mi llamada, lo dice después de 5 o 10 minutos, y el motivo es siempre el programa de televisión que sigue mirando mientras hablamos. Antes de despedirme la invito a llamarme lo más frecuentemente posible, el contestador tomará el mensaje. En mi respondedor ella siempre precisa el motivo de SU llamada, el más espontáneo es 'quería hablarte', dicho con una voz entristecida por mi ausencia, me pide que la llame, no hay fecha, ni hora de su llamada. Las palabras afectuosas (te mando un beso) las pronuncio primero yo. Ella responde luego. Sólo son posibles al finalizar la conversación porque es ella quien impone el primer tema sea o no ella quien ha llamado, y con voz precipitada 'sabes, he visto…'. Cuando el día de visita está próximo ella me lo recuerda y precisa 'hasta el domingo' junto con la hora del encuentro.

El relato hecho por este padre a partir de pedazos de conversación recompuestos, da cuenta de la manera como ésta se inscribe en lo cotidiano de la niña, con sus reacciones inmediatas, su emoción, su ritmo, sus entonaciones que interfieren directamente la comunicación. Uno está tentado de comparar al padre que llama con un animador que quiere implicar al niño en una relación afecriva a distancia y que busca un lugar en su vida cotidiana.

Aunque esta tendencia se constata, no deja de ser cierto que también existe el refuerzo de exclusividad entre la madre y el niño. Sucede como si, más allá de las reacomodaciones del patriarcado, una matrifocalidad dibujara otras perspectivas que traducen el distanciamiento del padre del hijo quien no puede ya referirse a él. El niño se encontraría situado entonces en el centro de las incertidumbres. Cuando los padres se ven impedidos por la madre para llamar a sus hijos, se sublevan contra estos impedimentos que parecen atentar contra la "necesidad psicológica", "el derecho afectivo de los hijos", "el mantenimiento de puntos de referencia de los padres"2. Estas declaraciones resumen las de un gran número de padres que encuentran dificultades e impedimentos para llamar a sus hijos. ¿Podría verse ahí la defensa por la madre de su espacio privado, de la intimidad con los hijos, de su intimidad e integridad respectivas, la expresión de reminiscencias de conflictos conyugales difícilmente superados y dolorosos? Se trata del respeto al espacio privado de cada uno de los excónyuges, de los hijos y de la concepción que sobre ellos tienen hoy los actores implicados, pero también por la justicia en su delimitación de los derechos y deberes de la madre, del padre3, el respeto de los derechos del niño.

Las respuestas y las prácticas frente al impedimento de llamar difieren y dan cuenta de los fluctuantes criterios que acompañan la delimitación contemporánea de las fronteras entre lo privado y lo público, así como de los sistemas de protección que hoy existen en torno del niño.

Los niños "no pueden hablar libremente", es un tema que se repite frecuentemente. El impedimento así designado para la comunicación es la madre. Porque conecta el contestador, no pasa de buen grado al niño o, en función de su humor, conecta el altoparlante siendo "intrusiva" en la conversación. La madre es entonces acusada de hacer las relaciones difíciles. Esos reproches reflejan sin duda las tensiones que persisten, así como las aprensiones que acompañan a las llamadas luego de la ruptura conyugal. También reflejan estados de ánimo y remiten a interrogaciones sobre el imaginario telefónico en tales situaciones y sobre la propensión de algunos hombres a representarse a "la otra" que escapa a la vista bajo el modo de la todo poderosa en las relaciones con el niño, tanto más cuanto él se siente "fuera". Es también el reflejo de las dificultades frente a las cuales se encuentran los padres para autonomizarse en la relación con el hijo y a responsabilizarse por hacerle un lugar digno, respetando la tranquilidad de quien vive en el espacio privado con el hijo, y la libertad del otro con el fin de que pueda llamar tranquilamente. Quien llama puede parecer demasiado exterior y quien se encuentra al lado del niño parecer demasiado "fusional".

De todas maneras los intercambios son percibidos por los padres como algo difícil, siendo investidos negativamente4. La cuestión del lugar y del rol del padre separado se plantea tanto más cuanto su exterioridad lo marginaliza, reforzando el sentimiento de inutilidad, de intromisión, de evanescencia.

Las nuevas situaciones y prácticas atestiguan el hecho de que los padres se empeñan en mantener su lugar cualquiera sea la edad de sus hijos, como lo manifiestan los padres "impedidos". Las especificidades de la coyuntura contemporánea, las nuevas dinámicas relaciónales entre hombres y mujeres y las nuevas formas de afirmación identitarias, llevan a interrogar nuevamente la afirmación de Lacan (a saber que es la madre quien introduce al padre). Inclusive también las modalidades de resolución del Edipo según Freud.

c Ambigüedad y contradicción luego de la yuxtaposición de las desigualdades y de las conductas cambiantes.

La situación actual de los padres revela ambigüedades y contradicciones. Comportamientos tradicionales "desiguales" cohabitan con nuevas conductas. Así, los salarios masculinos, en general, se mantienen más altos que los de las mujeres, sobreentendiendo que el hombre es el jefe de familia encargado de mantener a la mujer y los hijos. Realidad que perdura al tiempo que se impone un modo de vida que incluye la referencia a dos satarios o al de la mujer al que se le puede agregar una pensión alimenticia, en caso de separación. Es claro que las dificultades de equiparamiento de los salarios entre hombre y mujer, así como las diferencias de cualificación, o las dificultades de ser contratada en el embarazo, participan de un contexto favorable a las desigualdades de conductas en la esfera doméstica. Tanto más cuanto que la afirmación por el éxito profesional continúa en las mentalidades y las prácticas caracterizando más al hombre que a la mujer. El número de hombres que disminuyen su tiempo de trabajo o toman licencias, o que se ausentan del trabajo para cuidar el hijo en casa, es tan ínfimo que parece totalmente insignificante. ¿La disminución del tiempo de trabajo va a traducirse en una reducción de desigualdades entre los hombres y las mujeres, sabiendo que son ellas las primeras en recurrir al trabajo de medio tiempo o a tres cuartos de tiempo? ¿Los hombres utilizarán ese tiempo liberado para el espacio doméstico, para el hijo?

La condición paterna ya no se refiere tanto a un rol institucional y a una autoridad específica; por el contrario, las conductas paternas varían. Se observan diferencias de comportamiento y de concepción en lo que concierne al rol del padre. Diferencias que contrastan con la unanimidad existente alrededor de la concepción del rol de la madre para el que el debate gira mayoritariamente en torno del trabajo o no de la mujer, las relaciones de proximi dad madrehijo no son jamás cuestionadas, excepto en su dimensión psicoanalítica. La problemática de la madre devoradora, de la fusional que no deja autonomía al hijo y ningún lugar al padre, está muy presente, así como aquella de la madre abandónica o de la madre indiferente… Es sobre todo en referencia a la especificidad de la relación madre-hijo que las pregunras se plantean, pero no se pone en duda la importancia de esta relación en la dimensión práctica y real. Aquella del padre es referida a su dimensión simbólica y separadora como si la referencia a la separación se inscribiese a la inversa de la de proximidad. El lugar del padre es objeto de controversias con el fin de saber si es necesario que esté o no presente en el espacio privado, cerca del hijo. Lo importante es que él sea nombrado, designado; que un lugar le sea hecho, que lo ocupe. La controversia se refiere a la manera como él debe ocupar este lugar, pero remite también a una cuestión de fondo ¿cuál lugar le es asignado hoy por la sociedad? ¿Cómo los hombres entienden ocupar este lugat y cómo pueden hacerlo? Sin embargo, otros especialistas del padre y del hijo, como S. Lebovici, J . Le Camus, o aún F. Hurstel, le reconocerán un lugar si su intervención es separadora y si respeta su diferencia con la de la madre.

Uno se pregunta entonces sobre el contenido del rol paterno y sobre la pertinencia de que ocupe un lugar más implicado. Sucede como si la referencia a la igualdad y al distanciamiento de lo conyugal y de lo parental, es decir entre el rol del padre y la institución familiar tradicional, engendrara numerosas contradicciones; como si una mayor implicación pareciese legítima puesto que ¿en nombre de qué se la impediría? Al tiempo que la distancia entre el padre y el hijo ha inevitablemente aumentado a lo largo de la historia, el rol del padre se vuelve problemático, jalonado entre dos polos. ¿No se puede intervenir cuando se es un hombre, como lo hace la madre, pero manteniéndose masculino y a título de qué forzar las barreras y las resistencias cuando la historia de los padres incita al retraimiento y al mantenimiento de la distancia? La dinámica es tanto más compleja cuanto la realidad estalla, sin borrarla, esta bipolaridad comprendida entre la implicación y la retirada. O más bien, el padre es llevado a repensar su rol en nombre de su determinación para mantener el lazo con su hijo, cuando el lazo de filiación no se garantiza hoy de manera automática. Esto por dos razones: la primera porque el modo de implicación del padre es siempre la ocasión para cuestionarlo, dada su exterioridad. El psicoanalista A. Haynal, subraya la complejidad de la identidad masculina, la del deseo del hijo y la del reflejo de la prole. La segunda, porque puede haber separación conyugal y que sus modalidades pueden redistribuir los roles según sus costes. Son dos aspectos que tienden hoy a acentuarse. La incertidumbre en las relaciones entre el hombre y la mujer interviene directamente sobre la función y el rol paternos. De ahí que la toma de conciencia del rol parental devenga fundamental de ambos lados, de la madre y el padre, pero también de todas las instancias que acompañan la condición del niño (justicia, escuela, salud, instituciones encargadas de las políticas familiares…) De un lado, en la capacidad de cada uno para hacer un lugar al otro, de otro lado, en la capacidad para tomar y ocupar el lugar y desempeñar el rol cualquiera sea la situación conyugal.

En efecto, el rol paterno, antes garantizado por la institución, va a depender de las interacciones humanas y de la referencia a la ley y al ejercicio de la justicia en las modalidades de la repartición de la autoridad parental y de la atribución de los días de guarda en caso de separación. La importancia de la mediación, para la toma de conciencia del rol de cada uno respecto del hijo, se vuelve fundamental. Igualmente en lo que respecta a la dinámica incitativa para la comprensión de las funciones parentales y del cambio en las representaciones y las prácticas de los actores que intervienen en el universo de la infancia. La separación conyugal puede desencadenar nuevas tomas de conciencia, como lo narra un cierto número de padres que se han dado cuenta hasta qué punto sus hijos eran importantes para ellos y el sufrimiento que engendra el hecho de no compartir ya el espacio cotidiano. Su rol de padres toma ahora una nueva dimensión que buscan hacer efectiva instalando numerosas iniciativas en ese sentido. Pero también hay padres que no "saben" y no quieren tomar su lugar cualquiera sea la situación. Otros quisieran tomarla pero sus intervenciones perturban profundamente a la madre quien los marginaliza o los excluye fundamenralmente. Se trata entonces de rerlexionar sobre las alternativas y soluciones a considerar, de manera que el niño pueda referirse da manera regular a una presencia masculina, claramente definida por su runción respecto de él a fin de responder a la necesidad de estabilidad y continuidad del lazo.

Conclusión

La complejidad inherente a la toma de los lugares parentales es tanto más grande cuanto cohabita hoy una pluralidad de ejercicios de la parentalidad, que van desde la matrifocalidad no reconocida como tal, a la paternidad implicada, de la paternidad de proximidad, también de "animación", pasando por la redefinición de roles entorno a la rererencia igualitaria y a la paternidad tradicional arrasada o aún de la negación del lazo paterno.

Un nuevo contexto de "violencia identitaria" resulta para el niño: que éste está cada vez más solicitado como sostén de afirmación identitaria de los padres5, encontrándose como rehén de sus dificultades para asumir respectivamente sus responsabilidades parentales. Esto constituye uno de los grandes debates de la sociedad contemporánea en cuanto concierne a la educación y la violencia.


Citas

1 Castelain-Meunier, C. y Fagnani, J., Modèles culturels, interactions conjugales et feconditè, Recherches Sociologiques, 92 pp. 123-140

  • N.T. Madres portadoras se refiere a las mujeres que prestan el vientre para portar un bebé ajeno. Madres educativas a las mujeres que tienen a su cuidado los hijos del esposo o compañero, no siendo hijos de ellas.
  • N.T. Carta cerrada con el sello real que exigía el encarcelamiento o el destierro de una persona.

2 Así se expresa un estudiante de enfermería de 33 años, con tres hijos: uno de 12, otro de 9 y una niña de 7. Ve a sus hijos cada quince días el fin de semana y durante la mitad de las vacaciones escolares. Vive solo, está separado desde hace 2 años y su ex-esposa ha puesto el teléfono en la lista roja prohibiendo el acceso por este medio.

3 Se constata que algunos padres frente al impedimento para llamar, han interpuesto una demanda frente a la justicia, solicitando el derecho de llamar. A algunos se les ha otorgado, a otros se les ha rechazado en nombre del respeto de la vida privada.

4 "Porque ella no quiere que mi hijo me llame"; "mi esposa impone abreviar la conversación", o, dice este hombre de 34 años, padre de un niño de 5 años, "ella impone horarios estrictos para las llamadas".

5 Castelain-Meunier, Pères mères, enfants, Dóminos, Flammarion, 1998.


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