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Camilo Castellanos *

Se presentan aquí los conceptos de ciudadanía y pueblo desde la perspectiva de la acción política. En una primera parte, retoma de Hannah Arendt la dinámica de la esfera pública y desde ella deriva en las nociones de acción y ciudadanía. En segundo término, siguiendo el trabajo de Antonio Negri, muestra la génesis del concepto de pueblo como poder constituyente y fundamento de la democracia en la reflexión de Maquiavelo. Por último, desde Pablo Neruda en su Canto General ilustra una comprensión latinoamericana del papel protagónico del pueblo en la historia de nuestro continente.

 

Dice el Génesis que al principio Dios creó el cielo y la tierra, la tierra estaba desierta y las tinieblas cubrían los abismos y el espíritu de Dios aleteaba sobre la superficie de las aguas. De Dios provenía todo, las plantas y los animales, el ser humano y las sociedades, los poderes y los imperios. Porque todo poder viene de Dios, dice Pablo de Tarso.

La gran rebeldía de nuestro tiempo fue ver hechos humanos en las obras de los hombres e intentar explicarlos como si Dios no existiera. Según la cuerda recomendación del pastor luterano Dietrich Bonhoeffer, el hombre moderno no necesita de la muleta de Dios para explicarse lo que bien puede ser comprendido sin recurrir a El.1

En consecuencia, en la Modernidad el poder se explicó como resultado del pacto o de la convención entre los asociados; modificable por tanto cuando quiera que los mismos asociados no se sintieran representados en la gestión de los gobernantes o en la estructura del poder vigente. Mucho se ha discutido sobre la historicidad de este pacto. Histórico o no, lo que el mito del contrato connota es que el estado así no sea obra deliberada de los hombres, no es descartable que sea obra suya.

Este desencantamiento del mundo como lo llama Max Weber, produjo una orientación fecunda: la democracia, cuyo punto de partida puede formularse como que todos y cada uno deben ser los dueños de su destino y nadie puede imponer a otro la suerte que considera conveniente o necesaria. Tal autodeterminación se extiende a toda la sociedad, como expresión de la autodeterminación de cada uno de sus integrantes. Razón suficiente para que a la noción del ciudadano le sea correlativo el concepto de pueblo como fuente de poder. Ciudadanos y pueblo pueden comprenderse, entonces, como los principales actores de la acción política.

Decidir por sí mismo u optar a partir de las propias razones son manifestaciones de la mayoría de edad, cuando no se requiere de tutores o preceptores .por virtuosos o sabios que parezcan.. Este atrevimiento es el corazón de los regí- menes modernos y es la esencia de la concepción contemporánea de la ciudadanía.

La señalada independencia se deriva de la acción autónoma de los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Acaso primero vivida como praxis y luego existente como concepto. Es sabido que la teoría como los búhos, llega con el crepúsculo. Luego del Renacimiento, los descubrimientos, la Reforma y las revoluciones inglesa y francesa, pudo escribir Goethe en su Fausto que al principio fue la acción.

Estas notas postulan una reflexión sobre la acción como núcleo de la ciudadanía, que más que un estatuto jurídico, es la condición sociopolítica de quienes definen los destinos de la colectividad en la que viven y se juegan hasta su vida por realizarlos. Tal condición puede recogerse en los textos constitucionales, pero casi siempre tiene una preexistencia social y política.

Un pensamiento actual

El fracaso del socialismo estatista ha puesto en el centro del interés académico teorías críticas de la sociedad, el estado y la política contemporáneos, ajenas o contrarias a la tradición marxista. Un pensamiento político transformador debe al tiempo que evaluar los intentos surgidos de su campo, entrar en diálogo y debate con quienes no se conforman con el actual orden y buscan rebasarlo. Fue esta una forma de relacionarse muy propia del pensamiento emancipador, relación en la que se forjó y en la cual se desarrolló pujante, hasta llegar al autismo que le impidió percibir otra razón que no fuera la propia.

Un pensamiento inconformista es la reflexión abierta de Hannah Arendt. Decir abierta es señalar su carácter sinfónico: combinación de diversas perspectivas teóricas, en ocasiones en oposición contrapuntística, que impide encasillarla2 .

En política, que es la medula de sus preocupaciones, una de las propuestas más significativas de Arendt es el intento de reanimar las democracias mediante el remozamiento del republicanismo, una tradición que parte del mundo clásico griego y romano, pasa por el Renacimiento y encuentra continuadores en Jefferson y Tocqueville. En este heteróclito haz de experiencias hay un elemento común: la idea de que una república no es otra cosa que una comunidad bien gobernada.

Conceptos básicos de este buen gobierno son la supremacía del bien público sobre el bien privado y, además, la noción de que el gobernante es un servidor de la comunidad de los ciudadanos. La atmósfera que se respira en este régimen es la libertad republicana, entendida como la posibilidad de autorrealización en la vida pública y en función del desarrollo de los fines comunes.

Todo lo anterior supone que el republicano está animado por un tipo especial de virtud que lo lleva a amar las instituciones en las que su libertad es posible y con las cuales es viable concretar el bien de todos. Virtud que, por tanto, lo anima a participar activamente de la vida pública y a sacrificar su interés particular en función del interés general.

Hay quienes observan en la reflexión arendtiana un sesgo exagerado en la comprensión del mundo antiguo, sesgo que incluso puede llegar a la deformación. Empero, Arendt no pretende ser historiadora. Es una pensadora política inmersa en las grandes tragedias de nuestro siglo, en busca de salidas a la encrucijada totalitaria. No importa tanto, entonces, establecer si el mundo griego fue según lo describe la autora, como reflexionar si es dable conciliar los intereses e iniciativas del individuo con el necesario mundo de lo público, con sus metas e intereses generales en la perspectiva por ella construida.

Acción y esfera Pública

En su libro La condición humana parte Arendt de la diferencia del mundo clásico entre las esferas pública y privada3 . Esta última es la de la vida doméstica, el mundo de las necesidades y de su satisfacción. En tanto que la primera, es el dominio de la igualdad en el que se encontraban los pares, donde nadie gobernaba ni era gobernado. Intermedio y ligando una y otra esfera estaba el dominio de lo social, esfera híbrida en la que las necesidades aparecen en público y se tornan preocupación de todos.

Volvamos a la esfera pública. Si bien su rasgo predominante es la igualdad, quienes participan en ella son los libres. O lo que es lo mismo, es el dominio de los iguales, que lo son sobre la base de la desigualdad. Pero es también el ámbito de la diversidad, al que cada uno llega con su especificidad para manifestarse en lo que es, lo que lo convierte en espacio para la aparición, o en términos de Zubiri y Ellacuría, «desvelación del poder humano, una desvelación que es proceso de despliegue»4 .

De otra parte, la esfera pública es espacio de aparición por la realidad del poder que la impregna. El poder para Arendt no es un instrumento para realizar un interés particular. «El poder solo es realidad .nos dice. donde palabra y acto no se han separado, donde las palabras no están vacías y los hechos no son brutales, donde las palabras no se emplean para velar intenciones sino para descubrir realidades, y los actos no se usan para violar y destruir sino para establecer relaciones y crear nuevas realidades». Nótese que las actividades propias de esta esfera son la acción y el discurso, diferentes de la labor y el trabajo, cargados de necesidad y dependencia. El poder, además, surge de estar juntos los hombres y desaparece cuando los hombres se separan, forzada o voluntariamente.

La acción es por definición la manifestación más humana. Recuperando una noción agustiniana, Hannah Arendt plantea que el hombre es el comienzo de todo. No que antes del hombre nada existiera, sino que por su existencia lo prexistente adquiere sentido, comienza a ser. Así, la acción es la capacidad de comenzar, de crear iniciativas, por lo que resulta ser un acto creador de novedad, una ruptura con la reproducción natural y la rutina. Si es a través de la acción y el discurso como los hombres se revelan, la acción es su expresión más profunda, un fin en sí misma, que en sí misma se agote pues solo busca la manifestación de quien la ejecuta, igual que la obra del danzante se agota en el acto mismo de expresarse. De este rasgo deriva la excelencia de la acción y la pretensión de buscar reconocimiento y memoria a través de ella.

La acción es, con todo, trágicamente contradictoria: si tiende a la desmesura de superar trabas y fronteras, nadie puede controlar sus efectos, por lo que sus resultados son impredecibles. Desatada una iniciativa, ésta pasa a ser asunto de muchos que pondrán en ella la misma creatividad y novedad de quien la ha desencadenado, por lo cual la segunda característica es su condición irrevocable. Por último, si bien en la acción se pretende reconocimiento y memoria, la permanencia se logra en la infinitud del proceso desatado, que jamás se agota en el acto individual sino que perdura sin límite en sus consecuencias y en los actos anónimos de quienes la perpetúan.

En estos rasgos magníficos está la superioridad del ciudadano, nombre de quien actúa en la esfera pública y en ellos se manifiestan las miserias y las grandezas de la política, que es la esfera exclusiva de la acción.

Los desafíos de Maquiavelo

El pensamiento político contemporáneo comienza con la reflexión de Nicolás Maquiavelo. Diplomático, hizo de la observación .de hechos pasados y contemporáneos. la fuente de sus generalizaciones. En la realidad estaba su laboratorio y de ésta deduce tesis que rompen con tradiciones venerandas, como la radical separación entre moral y política, la que entiende como un dominio autónomo, dotado de lógica propia, nada subordinado a los fines de otros dominios como la religión o la moral. En desquite, los moralistas han perseguido a Maquiavelo por siglos. No hay pensador más vilipendiado ni peor comprendido.

Otro perseguido, italiano él también, Antonio Negri, dedica un extenso capítulo de su libro El poder constituyente, a examinar, palmo a palmo, el trecho recorrido por la reflexión de Maquiavelo5 . Interesa a Negri presentar, principalmente, la multitud (el pueblo) como potencia constituyente.

Vive Italia por el tiempo del secretario florentino, una época de profundas mutaciones. Son cambios negativos los más: tiempo de corrupción, de divisiones intestinas, de intervenciones extranjeras. Para Maquiavelo, la verdad de estas mutaciones es de un lado la teoría posible a partir de ellas, pero también acción que en ellas es necesario desplegar. «La mutación, lo nuevo .escribe Negri interpretando el concepto de Maquiavelo., atraviesan, recuperan y transforman la naturaleza y la historia. Cuando la mutación es profunda, se presenta como una praxis original que vivifica la tradición y la transforma».

Lo cierto es que la mutación actuando sobre la historia, destaca la política como otra naturaleza. Con agudeza se muestra cómo el tiempo es a la vez la materia que constituye las relaciones sociales y la sustancia del poder. Actuar sobre unas y otro implica afectarlos en su ritmo temporal, y en el orden de los factores que los determinan. Según Negri, la operación teórica fundamental de Maquiavelo consiste en hacer de la mutación una estructura global, atravesada en su conjunto por la acción humana, acción que deviene potencia, mediante el manejo del tiempo que le permite moldear la realidad conforme a una finalidad determinada. La acción puede caer como un golpe de gracia y alterar el movimiento de las gentes y las cosas. O puede enrevesando las cosas imprimirles un ritmo lentísimo, a la espera de un mejor momento.

Ante la crisis italiana, Maquiavelo se plantea el problema de descubrir el sujeto de esta potencia. Aún más cuando la gravedad de la situación exige medidas radicales. A ello dedica El Príncipe, el más conocido de sus textos. Su título latino es De principatibus (acerca de los principados), una reflexión sobre el poder, su constitución y la manera de conservarlo. Para algunos la mayor exaltación del absolutismo y de la razón de estado.

Subrayemos que el poder es aquí una realidad terrena, sostenido con bondad si es posible, pero también con crueldad si es necesario. En opinión de Negri, el autor no logra descifrar el asunto principal de la constitución del poder. En el esclarecedor capítulo sobre el libre albedrío, titulado Cuánto dominio tiene la fortuna en las cosas humanas, y de qué manera podemos resistirla, Maquiavelo nos lleva, sin embargo, a un aspecto central de su concepción de la acción y la política.

El salto a la Democracia

Contra la opinión de quienes piensan que todo está determinado por Dios o la fortuna, Maquiavelo propondrá que apenas un cincuenta por ciento es regulado por la fortuna pero que al ser humano se le deja la mitad restante, por lo menos, para que la gobierne. Expone luego el conocido símil del río. Es posible prever las crecientes y hacer canales y esclusas, de manera que los desastres no sean tan nefastos. De igual modo, a la mala fortuna puede neutralizarla la virtud, que no es humildad o resignación, sino fuerza íntima, energía que trasforma.

Sin embargo, no hay una relación directa entre la virtud y la fortuna. Además, el problema del principio constituyente del poder no se resuelve en la apelación al Príncipe. Más aún, en los Discursos sobre la primera década de Tito Livio, Maquiavelo mostrar á la lógica perversa por la que la virtud se impone y construye la buena fortuna, la cual a su vez acaba, necesariamente, minando la virtud.

Precisamente, en esta última obra nuestro autor habrá de continuar la investigación sobre la manera de erigir un poder que saque a Italia del estado en que se halla. En un giro absolutamente innovador, Maquiavelo dará el salto de la constitución formal del poder a un contenido absoluto: el pueblo es la potencia constituyente, el único camino para dar vida al Príncipe será la democracia, y el pueblo, el fundamento de la república.

El sujeto del poder constituyente es ahora garantía de la libertad. El pueblo es sabio. El pueblo es poderoso. Potencia que debe demostrarse deponiendo obstáculos y haciéndose victoriosa. En la república de la que es fundamento, el bien común y la religión pública (virtud cívica) son el motor en cuanto proyecto colectivo. Una virtud capaz de asegurar la buena fortuna, a condición de reproducirse con desmedro de la corruptora acumulación de riqueza.

Según Maquiavelo, la fórmula para asegurar la permanencia de la república es mantener vigente el comienzo, cuando la virtud fue fecunda, pues allí está su fuerza. De esta manera, la continuidad es posible por la renovación constante, por la vía de sostener la vigencia de las pasiones que un día dieron origen al poder democrático. La república logrará neutralizar las tendencias a la degradación manteniendo actual el espíritu de su fundación mediante la constante refundación: el pueblo actuando.

El pueblo: Actor Colectivo

Este es el árbol de los libres.
El árbol tierra, el árbol nube.
El árbol pan, el árbol flecha,
el árbol puño, el árbol fuego.
Lo ahoga el agua tormentosa
de nuestra época nocturna,
pero su mástil balancea
el ruedo de su poderío.

Pablo Neruda

Cosecha de una hora oscura, El Canto General de Pablo Neruda es una réplica a aquellos tiempos aciagos y una apuesta al futuro6 . Pero, ¿en qué podía fundamentarse la esperanza? El poeta acude tanto a la reconstrucción histórica como a la afirmación de una realidad inconmovible: el pueblo.

En la noche de la historia, cuando no había nombres ni números, la naturaleza gestaba paciente. Fue el tiempo de los ríos fecundantes y de las selvas azules, de los minerales .noción de piedra. y las serpientes colosales... todo preparaba el nacimiento del árbol, del árbol de la tormenta, del árbol del pueblo. Sus raí- ces tomaban su fuerza y su vida de lo más recóndito de la tierra y del tiempo.

Esta imagen, en la que Neruda se regodea, muestra la condición original por la que lo terrígeno se hace productor de las realidades populares: sus olores, sus sabores primitivos, sus paisajes. En ellas coexistirán la indomable grandeza de la naturaleza y su inmediatez generosa. Esta percepción primaria es la respuesta del poeta al acuciante interrogante sobre la veta insondable: «¿Qué era el hombre? ¿En qué parte (...) vivía lo indestructible, lo imperecedero, la vida?»

Pero por el mar llegaron los forasteros de a caballo, depredadores de hombres. Su ansia de riquezas no conocía límites. Y si la naturaleza puso obstáculos y el valor americano estorbos, la invasión se impuso con la imperiosa fuerza de la fatalidad. Neruda recrea la fiereza de los conquistadores y la resistencia fiera de los aborígenes. «La sangre quemante caía / de silencio en silencio, abajo, / hacia donde está la semilla / esperando la primavera. // Más hondo caía esta sangre. // Hacia las raíces caía. // Hacia los muertos caía. // Hacia los que iban a nacer». En esta continuidad del sufrir y el resistir, en el sudor, la sangre y las lágrimas que riegan las raíces, está el secreto de la vitalidad del árbol cuyas raíces están vivas. Porque en esta profunda dimensión se hermanan los mayores y los que están por venir... semillas.

En ocasiones, «muerte, martirio, sombra, hielo / cubren de pronto la semilla. Y parece enterrado el pueblo». Así ocurrió durante el estancamiento del tiempo que fue la Colonia. Pero, «una mano secreta / unos brazos innumerables, / el pueblo, guardó los fragmentos, / escondió troncos invariables, / y sus labios eran las hojas / del inmenso árbol repartido, / diseminado en todas partes / caminando con sus raíces». Así, las semillas germinales, en secreto fueron madurando, agrupándose hasta la insurrección de las espigas. Es el momento en el que la verdad es dura como un arado, la misma verdad que ha nacido de su sangre.

Y es que en este momento definitivo, el pueblo se apersona de la patria. Más que la tierra de los padres .donde yacen las cenizas de los mayores., la patria es «sincronismo de espíritus y de corazones, temple uniforme para el esfuerzo y homogénea disposición para el sacrificio, simultaneidad en la aspiración de la grandeza, en el pudor de la humillación y en el deseo de la gloria».7 Piensa José Ingenieros que dos elementos se requieren para que el fenómeno se presente: uno, un ideal de cultura afirmativo que merezca el sacrificio, de tal calidad que produzca la general confluencia. Este ideal compartido configura el destino común que unifica y cohesiona. Pero supone también, y es lo segundo, subjetividades a la altura de este ideal de cultura: «Sólo el hombre digno y libre puede tener patria», sentencia el mismo Ingenieros.

Uno y otro elementos son de la eticidad de los pueblos, como que están en ellos muchas veces latentes, en ocasiones como una segunda naturaleza de la que no se es plenamente consciente. Dirá Hegel, muy en el tono romántico, que vive en estado bruto en la clase substancial. O en palabras de Neruda: «Detrás de los libertadores estaba Juan / trabajando, pescando y combatiendo, / en su trabajo de carpintería o en su mina mojada. (...) Toda la noche impura trató de sumergirlo / y hoy afirma en la aurora sus labios indomables ».

De otra parte, no es el sentimiento de la patria un sentimiento eterno. Ha tenido en cada pueblo un comienzo. Hubo quien o quienes dieron forma colectiva al ideal de cultura y amasaron en la subjetividad requerida para vivirlo. Valga un ejemplo: a finales del siglo XVIII, los pensadores ilustrados de Europa fomentaron un prejuicio .del que no escapó el genio de Hegel. según el cual la naturaleza americana era inferior por efecto de su ubicación geográfica: ni las plantas, ni los animales ni los hombres eran iguales a los del viejo continente. Las lenguas indígenas no eran aptas para expresar las abstracciones de la ciencia.

Contra estas falsas verdades, se levantó un jesuita desterrado, Francisco Javier Clavijero. En su Historia Antigua de México va a desmontar la sapiencia de De Paw y Buffon, reconstruyendo orgulloso la historia de su país, la cultura de sus gentes, documentando sus riquezas naturales. Con modestia, reconoce que lo suyo no es una historia, sino un ensayo, «una tentativa (...) de un ciudadano que, a pesar de sus calamidades, se ha empleado en esto para ser útil a su patria».8 Y es aquí, por vez primera, cuando alguien se llama mexicano en un nuevo concepto.

Pero si el sentimiento patrio tiene principio, no lo viven los pueblos de manera constante y siempre idéntica. Sólo aparece cuando enfrentados los pueblos a los retos del presente cobra vigencia el ideal de cultura y el desafío coloca a los individuos a la altura de éste. Es el prodigio en la coyuntura de la Independencia que canta Neruda: «Nuestra tierra, ancha tierra, soledades, / se pobló de rumores, brazos, bocas. / Una callada sílaba iba ardiendo, / congregando la rosa clandestina, / hasta que las praderas trepidaron / cubiertas de metales y galopes».

Es el sentimiento y la realidad que Neruda quiere ver renacidos en la coyuntura en que escribe su Canto General: «Patria, naciste de los leñadores, / de hijos sin bautizar, de carpinteros (...) Hoy nacerás del pueblo como entonces». Certidumbre ingenua y realidad precaria, si se quiere, que cambia regímenes e instaura nuevos poderes.

 

Citas

1. Dietrich Bonhoeffer, Resistencia y sumisión. Cartas y apuntes desde el cautiverio, Ed. Ariel, s.l., 1969.

2. Para información sobre la vida de Hannah Arendt puede leerse Elizabeth Young- Bruehl, Hannah Arendt, Edicions Alfons el Magnánim, Valencia, 1993. Para presentaciones generales de su pensamiento, son útiles: Fernando Bárcena, El oficio de la ciudadanía - Introducción a la educación política, Barcelona, Editorial Paidós, 1997 y Claudio Lafer, La reconstrucción de los derechos humanos. Un diálogo con el pensamiento de Hannah Arendt, Fondo de Cultura Económica, México, 1994.

3. Hannah Arendt, La condición humana, Barcelona,Ed. Paidós, 1993.

4. Ignacio Ellacuría, Filosofía de la realidad histórica, Editores UCA, San Salvador, 1990.

5. Antonio Negri, El poder constituyente. Ensayo sobre las alternativas de la modernidad, Madrid,Libertarias-Prodhufi, 1994.

6. Pablo Neruda, Canto general, Bogotá, Ed. Oveja Negra, 1985.

7. José Ingenieros, El hombre mediocre, Buenos Aires, Editorial Losada, 1985.

8. Francisco Javier Clavijero, Historia antigua de México, México D.F.,Editorial Porrúa, 1987.

 

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* Abogado de la Universidad Nacional. Director del Instituto Latinoamericano de Servicios Legales Alternativos (ILSA).


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