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Editorial

Tal vez es en este número de NÓMADAS donde se hace más claro su espíritu de búsqueda y de apertura de caminos y ello porque abordamos un tema sobre el cual mucho se ha escrito pero poco se ha estudiado: la formación de investigadores.

Los artículos que conforman la sección monográfica pueden ser leídos en dos niveles: lo que cada uno de ellos propone en sí mismo y lo que representan como expresión del estado de la reflexión sobre el tema; en este último sentido el conjunto de la sección está pensado para ofrecer un panorama de pistas desde perspectivas personales e institucionales, académicas y no académicas, prácticas y conceptuales, entre otras. Consideramos que dichas pistas podrían seguirse en una pesquisa más amplia desde los estudios sociales de la ciencia para determinar algunas tendencias epistemológicas y metodológicas en la formación de investigadores que circulan en el contexto nacional y latinoamericano.

Al hacer el balance general de lo presentado se evidencia que la pregunta por la formación de investigado res debe enmarcarse, por lo menos, en dos campos de análisis: (i) la consideración de las condiciones de producción, difusión y legitimación del conocimiento científico y (ii) el sistema educativo en general. El primer campo es significativo ya que desde allí se definen las nociones de investigación y las razones de ser de la formación que subyacen en políticas, estrategias y planes de acción y que se constituyen en sus determinantes explícitos o implícitos. Por ello las políticas institucionales –ya sean del Estado o de las organizaciones en que se encuentran los investigadores– tienden a favorecer ciertos estilos de investigación de determinados objetos problema, delimitando así los perfiles de investigador que requieren.

El otro gran campo que enmarca la formación de investigadores es el sistema educativo, en sus diferentes etapas y formas organizacionales. Si bien desde muchos puntos de vista se considera que las universidades y los posgrados son los escenarios y los momentos privilegiados en la preparación de recurso humano para la investigación, cabría hacerse la pregunta sobre la incidencia y responsabilidad de la totalidad del sistema educativo en el desarrollo del conocimiento, la creatividad y la innovación; la formación es un proceso y no un resultado final y en esa medida su postergación trae consecuencias en la calidad y capacidad propositiva del recurso humano académico.

De otra parte, recordemos que una buena proporción de los investigadores y de la producción investigativa tienen asiento en universidades y que sus dinámicas como organización social definen una serie de prácticas, roles y formas de trabajo con las cuales el investigador se mantiene en una constante interacción. La formación tiene que ver también con la profesionalización del papel de investigador, su lugar como una actividad dentro de un rol específico –el de docente, por ejemplo– y su paso a convertirse en una función social autónoma y con estatus propio.

Ahora bien. Bastante se ha insistido desde hace ya varias décadas en la relación entre la producción y circulación de conocimiento y los modelos de desarrollo de un país, a veces estableciendo una conexión lineal de causa-efecto entre unas y otros –por ejemplo en las conocidas políticas internacionales de educación = desarrollo–. Si bien es necesario discutir hasta dónde el incremento de ciertos saberes conduce a más “progreso”, el hecho es que la formación de recursos humanos especializados en la creación de conocimiento se hace cada vez más una demanda de la época ante los cambios en el sistema político mundial y la globalización e internacionalización de la economía y de la cultura.

Podríamos decir que hoy el conocimiento es el nuevo valor de cambio y su producción y posesión son equivalentes al control económico; en este sentido a la ecuación educación = conocimiento = desarrollo le aparecen otros factores que la complejizan y contextualizar al estar la producción contemporánea de saberes media da por las relaciones de poder de la economía mundial y por las políticas estatales que son su reflejo. En buena medida, como veremos en algunos de los artículos, la formación de investigadores es el resultado práctico de las mediaciones de lo político en el campo de lo público y del poder en el campo de la ciencia (cfr. Quevedo).

Sin embargo, el asunto no se agota aquí pues también entra en el juego el reconocimiento social del sujeto investigador y de la investigación. Los investigadores se forman para responder a necesidades de los contextos en que viven y logran consolidar su rol social en la medida en que puedan dar cuenta de ello; en consecuencia, debemos preguntarnos por las nuevas exigencias que desde los sectores económicos se le hace a la generación de conocimiento especializado, la relación entre la investigación y la formulación de políticas públicas, la ubicación del investigador dentro de organizaciones sociales determinadas y los usos sociales del conocimiento, factores todos que parecieran estar mostrando un cambio en las distancias entre la producción y la aplicación de los saberes científicos.

Tal vez es por la estrecha relación entre formación y praxis que varios de los artículos se centran en la descripción y reseña de procedimientos seguidos para ello; es un énfasis en el cómo que nos hace pensar en si son posibles otras reflexiones o, dicho en términos diferentes, hasta dónde la pregunta por la formación puede responderse en sí misma o requiere necesariamente recurrir a lugares distintos para sustentarse, como señalamos al inicio.

Un vacío notorio queda al momento de buscar investigaciones sobre los investigadores; en nuestro contexto prácticamente desconocemos las peculiaridades y dinámicas de las comunidades académicas, el papel que juega en ellas la formación, los problemas de las generaciones de relevo, la comparación entre la creación de conocimiento científico y otros saberes, entre diversos aspectos a considerar. Los estudios sociales de la ciencia son aún un campo incipiente en el país por las características mismas de desarrollo científico nacional: divorcio entre las instancias de decisión pública y política y los escenarios de construcción de conocimiento, falta de legitimidad social de los científicos, debilidad en sus formas de agrupación, para sólo señalar algunas; además, los investigadores y los intelectuales en general ocupan un lugar social ambiguo y a veces indefinido, más cercano al de operarios de saberes que al de analistas de símbolos, lo que dificulta su auto reflexión. El número 7 de NÓMADAS busca poner en el escenario de la investigación el interrogante por algunos de los temas antes descritos proponiendo este punto de partida.

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NÓMADAS en este número, y en razón de su tema monográfico, quiere rendir un homenaje a Jesús Martín-Barbero, quien ha sido uno de los pioneros en los estudios sobre la comunicación en América Latina y con su obra inauguró una nueva perspectiva de los estudios sociales, en una época en la cual las miradas mecanicistas predominaban en nuestro ámbito. Desde la comunicación, empezó a romper con las interpretaciones unidireccionales incorporando al análisis del hecho comunicativo las mediaciones de la cultura. En este sentido, destacó la producción y reproducción simbólica que los diversos actores ponen en juego.

Cuando se cumplen diez años de la aparición de De los medios a las mediaciones, el texto que quizás ha ejercido mayor impacto en el espacio académico de las Ciencias Sociales, creemos que es indispensable comprender el trasegar de la vida y el devenir creativo de este destacado investigador, pues su labor lo llevó a convertirse en un verdadero maestro de las nuevas generaciones de académicos, ya sea por su larga trayectoria de profesor universitario o ya por la dimensión de su pensamiento como generador de escuela.

DEPARTAMENTO DE INVESTIGACIONES


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