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La diferencia como problema: género y psicoanálisis

The difference as a problem: gender and psychoanalysis

A diferença como problema: gênero e psicanálise

Ana María Fernández*


* Psicóloga. Profesora de la Universidad de Buenos Aires, Argentina.


Resumen

Deconstruir los modos como el relato psicoanalítico participa del dispositivo de inarización propio de la razón occidental, en la estrategia que la al autora propone para acceder a la construcción de la categoría género que, sustentada en conceptos psicoanalíticos, involucra también los procesos de subjetivación histórico–políticos en las nociones de femineidad y masculinidad.


1. La diferencia como problema

A partir de los años 50 se consolidan tres importantes ejes de visibilidad que permitieron pensar a las mujeres como nuevos sujetos sociales. Por un lado, miles de mujeres anónimas, en centros urbanos de diferentes países occidentales instituyen prácticas transformadoras en su vida cotidiana; su irrupción masiva al mercado laboral, su acceso a la educación secundaria y terciaria, cierta adquisición de códigos públicos, las transformaciones tanto en las formas de los contactos conyugales como en sus regímenes de fidelidad, nuevas modalidades de vivir su erotismo, la problematización de la vida doméstica –es decir la desnaturalización de que ésta sea una tarea necesariamente femenina–, serán algunas de las cuestiones más significativas en este punto.

Por otra parte, y en estrecha relación con lo anterior, la práctica política de los movimientos de mujeres: su lucha sistemática en el plano legal y laboral por leyes y normativas más justas para las mujeres, su denuncia permanente de la discriminación de género tanto en sus formas más evidentes como en aquellas más invisibles, la institución de grupos de autoayuda, etc., han constituído un factor decisivo en la lucha contra la opresión de las mujeres.

En tercer lugar “las académicas” que desde unos veinte años a esta parte se presentan en los más importantes centros universitarios analizando la ausencia de la dimensión de género en sus respectivas disciplinas, así como también sus consecuencias. De tal forma los estudios de la mujer y posteriormente los estudios de género (Bellucci, 1992) han posibilitado que comiencen a manifestarse los sesgos sexistas en cada una de las ciencias. Este análisis de-constructivo es acompañado de significativos aunque incipientes trabajos de re-construcción teórico y metodológico de las mismas.

Estas tres dimensiones: cotidiana, política y académica, en sus avances y retrocesos, fueron instituyendo un movimiento que visibiliza la discriminación, desnaturaliza sus prácticas, denuncia, incomoda, trastorna y produce importantes vacilaciones en el conjunto de significaciones imaginarias sociales que legitimaron durante tantas épocas la desigualdad y la injusticia distributiva entre hombres y mujeres.

Si bien las mujeres avanzan adquiriendo nuevos espacios sociales, lejos estamos de la igualdad de los géneros sexuales. Lo que quiere subrayarse no es una hipotética igualdad conseguida sino cierta transformación –en muy diferente grado según países, clases, generaciones– en lo imaginario social que permite que la discriminación no esté oculta; toma evidencia, incomoda ya a muchas mujeres, obliga frecuentemente a no pocos hombres a esbozar alguna disculpa cuando pronuncian una frase peyorativa con relación a la mujer que pocos años atrás no hubieran necesitado. Induce a los políticos en períodos eleccionarios a incluir demandas de mujeres en sus plataformas electorales; no pocos gobernantes crean organismos de Estado para diseñar políticas públicas sobre las necesidades del colectivo femenino; los partidos políticos discuten el grado de representatividad de mujeres en sus listas de candidatos, legisladores, intendentes, etc.

Si bien sería ingenuo pensar que estos datos evidencian que ha llegado la era de la igualdad entre hombres y mujeres, no habría que subestimar la importancia de aquello que ponen de manifiesto. Algo se ha quebrado del equilibrio anterior donde regía un orden entre los géneros por el cual las mujeres “naturalmente” ocupaban un lugar postergado. Los organizadores de sentido que regían lo femenino y lo masculino trastabillan, las demarcaciones de lo público y lo privado vuelven borrosos –o por lo menos confusos– sus límites. En suma, diversas fisuras amenazan el quiebre del paradigma que legitimó durante siglos las desigualdades de género.

Paradójicamente, a medida que las mujeres van adquiriendo protagonismo como sujetos sociales se vuelven más evidentes las estrategias de discriminación. El impacto de ciertos grados de visibilidad de la misma pone en cuestión su invisibilidad en los cuerpos teóricos, en las metodologías de investigación y en las prácticas institucionales correspondientes a las ciencias humanas. Estas, históricamente, hubieron de homologar Hombre=hombre. En los últimos decenios surge la necesidad de elucidar tanto las categorías desde donde tal diferencia ha sido pensada como su marca en los dispositivos de acción que las diferentes disciplinas han desplegado. Sin lugar a dudas se abre un verdadero desafío a las ciencias humanas que, bueno es reconocer, no todas asumen en igual medida.

Tal elucidación implica dos movimientos articulados: el análisis que el tratamiento de las diferencias de género ha tenido en los conjuntos disciplinarios que se han agrupado como ciencias humanas (de-construcción) (Derrida, 1989,a) y la producción de nuevas conceptualizaciones cuyas lógicas de trabajo se sitúen por fuera de dos ecuaciones de tanta eficacia en nuestra cultura: Hombre=hombre y diferente=inferior (re-construcción).

Debe subrayarse que si bien tal elucidación toma como uno de sus ejes principales el análisis de los discursos clásicos, el problema de la diferencia atraviesa tanto la producción teórica, como las metodologías de indagación, los dispositivos tecnológicos y las instituciones involucradas. En síntesis, la discriminación de género, como toda otra discriminación, se fundamenta y es atravesada en todas sus dimensiones por el problema del Poder. Los poderes como tales sostienen su eficacia obviamente desde los discursos que instituyen. Pero el poder no es meramente una cuestión discursiva, es en primera y última instancia, acto de fuerza, ejercicio de violencia.

Los discursos y mitos sociales ordenan, legitiman, disciplinan, definen los lugares de los actores de las desigualdades y la subordinación de los mismos en los espacios sociales y subjetivos que la violencia –visible o invisible, en tanto acto de fuerza físico o simbólico– , instituye. De tal forma, sus posicionamientos serán el resultado históricosocial pero también singular de las posibilidades de las fuerzas en juego, de las cuales la subordinación es su efecto complejo, difusivo y recurrente.

En síntesis las mujeres en sus innovaciones cotidianas, los feminismos en sus combates políticos y los Estudios de Género han transformado “la diferencia” en problema. Es decir, han quebrado la impunidad frente a la postergación y la discriminación; han problematizado (interrogado, criticado, denunciado), los cuerpos teóricos de las ciencias sociales constituídos a partir de sus fundamentos mismos desde un universal masculino. Dicho universal adquiere diferentes nominaciones según la disciplina que lo aborda, así por ejemplo, Ciencias del Hombre, Derechos del Hombre; o en el caso de los psicoanálisis libido masculina, el falo-significante universal, el Nombre del Padre como lugar de la ley, etc.

El constituir las disciplinas desde un único universal y masculino ha colocado a las mujeres en un lugar de particularidad: complemento o suplemento de dicho universal cuando no de invisibilidad.

“La diferencia” es ahora un problema para pensar y no un ya dado biológico. Los Estudios de Género han permitido pensar que la “diferencia de los sexos” se hizo sinónimo de la desigualdad de los sexos. Es, por tanto, una construcción histórico-social, que las “Ciencias del Hombre ” invisibilizó.

Posteriormente pudo comprobarse que la gran remoción que significó arrancar a las mujeres de un ya dado de la naturaleza, no fue suficiente. El aporte de algunos tramos de las teorías psicoanalíticas fue de utilidad en los trabajos de las feministas de los años ’70 que demostraron que no había un ya dado biológico que definiera el destino (lugar social y político) de las mujeres.

Queda ahora por realizar una elucidación crítica de las nociones psicoanalíticas que colocan en un ya dado simbólico a una femineidad constituída en un excedente de la trama significante.

Pero antes de esto es necesario un poco de historia.

2. Una difícil relación: feministas y psicoanálisis

Tradicionalmente, los movimientos feministas se han ubicado, respecto a la teoría psicoanalítica, en dos tipos de posiciones: la primera, característica de muchas feministas contemporáneas a Freud que vieron en él a un enemigo, rechazó a partir de allí prácticamente en bloque los aportes del psicoanálisis para una eventual comprensión de la subjetividad femenina.

Más allá de los propios textos freudianos, muchas son las confluencias en la persistencia de la oposición teórica al psicoanálisis de diversos movimientos políticos de mujeres, particularmente hasta la década de 1960. Entre ellas merece destacarse la influencia filosófica del existencialismo a través de la impronta casi fundacional que en la reflexión teórica de la opresión de género ha tenido el pensamiento de Simone de Beauvoir.

La segunda, más actual, advirtiendo la importancia de esa disciplina para la indagación de la constitución de la subjetividad, ha tomado la responsabilidad de investigar sus aportes, tratando de elucidar su utilidad en la comprensión de la opresión de género.

Podría decirse que a partir de la década del ’70 comienza a desplegarse un tipo de producción teórica realizada por mujeres feministas sobre el corpus teórico del psicoanálisis, en particular su teoría de la sexuación.

Si bien en la actualidad la importancia de los aportes que la teoría psicoanalítica puede ofrecer a la reflexión feminista es indiscutible, se hacen necesarias algunas puntuaciones con respecto a la manera como tome su incorporación en el debate feminista.

Texto inaugural de este movimiento de indagación fue sin duda “Psicoanálisis y Feminismo”, de Juliet Mitchel (Mitchel, 1976). En el intento de rescatar e introducir los aportes de dicha disciplina, J. Mitchel puntualizaba, con mucho criterio, que el psicoanálisis “no constituye una recomendación para la sociedad patriarcal”, pero cuando a renglón seguido afirmaba que “es un análisis de la sociedad patriarcal” se hace necesario interrogar tal aseveración, ya que ni la teoría, ni sus dispositivos de cura, ni los psicoanalistas, pretenden tal cosa; debe interrogarse entonces qué procesos de elucidación crítica, de deconstrucción de su cuerpo teórico son necesarios para que esta disciplina devenga un instrumento de valor para los/as especialistas en la sociedad patriarcal.

En principio, su letra escrita no analiza por sí misma la sociedad; su objetivo es la enunciabilidad de las formaciones inconscientes; por lo tanto es importante subrayar al respecto que, dado que esta disciplina no se ha planteado como uno de sus objetos de reflexión, la articulación entre formaciones inconscientes y formaciones histórico–sociales, quienes sostengan que la opresión de las mujeres es histórica –y por ende lo serán las marcas en sus subjetividades– deberán pensar, necesariamente, qué indagación crítica será imprescindible desplegar con la teoría en cuestión para poder incorporarla eficazmente en la elucidación de la opresión de género.

En este sentido la lectura de los historiales de mujeres que Freud analizó – pese a la opinión de algunas feministas– no es evidencia por sí sola de la opresión en que vivían; cuando esta lectura se transforma en evidencia de tal situación, es porque es realizada por un/a lector/a para quien la opresión era ya visible con anterioridad. Freud no realiza de forma explícita un análisis de tal realidad –y esta comprobación no tiene por qué invalidar su teoría–; sin embargo, y bueno es subrayarlo, pueden encontrarse en su obra algunas referencias al precio psíquico que las mujeres pagan por las limitaciones que les impone la sociedad, que indican que esta cuestión no le pasaba inadvertida.

Otro argumento que es interesante problematizar es el esgrimido con frecuencia por psicoanalistas mujeres con cierto grado de compromiso feminista, que alegan que el psicoanálisis se satisface con “constatar hechos”.

Este supuesto suele llevar a considerar que cuestiones tales como la frecuencia con que en sus dispositivos aparecen mujeres ubicadas en la envidia fálica, por ejemplo, son tomadas como “evidencias clínicas” que tampoco es necesario interrogar. En realidad, en ninguna disciplina los datos hablan por sí mismos, sino que cobran su sentido respecto al marco teórico que los nomina (Bourdieu, 1985)1 y significa de determinada manera.

También se realizan aseveraciones como ésta:

El desarrollo psicosexual específico de hombres y mujeres se efectúa en relación a la noción de falo, en tanto éste es el símbolo elegido por la humanidad para representar la plenitud de la satisfacción en el campo del deseo, y del éxito en el campo de la realización y de la integración social. (Lemaire, 1983)2.

Lo interesante es que estas apreciaciones operan como premisasverdad no interrogables; no ponen en cuestión el grado de generalización de la premisa, como tampoco se abren a interrogaciones a los porqués de la atribuida pregnancia del falo como significante de tales características. Por el contrario, es un ya dado que no llama la atención.

Al ser un ya dado se le vuelven sinónimos la humanidad y la teoría; lo que está claro es que en la teoría psicoanalítica, el falo es un símbolo que representa “la plenitud de la satisfacción y del éxito”. Pero para extender esta significación a toda la humanidad, es necesario suponer que una teoría –el psicoanálisis en este caso– puede aprehender la realidad. Este es un modo típico de reduccionismo por el cual una realidad múltiple y compleja se limita a aquellas mínimas variables con que la teoría puede operar y luego se dice que esa es la realidad.

El segundo paso de tal operación reduccionista es que queda cerrada cualquier interrogación. Cerrar la interrogación es fundamental porque es lo que garantiza que se mantenga sellada la sinonimia entre teoría y realidad.

Por otra parte, a casi un siglo de desarrollo de esta disciplina –y particularmente teniendo en cuenta el grado de inscripción que ha alcanzado en nuestra cultura y su despliegue de variados y diversos dispositivos “psi” en el campo de la salud, la educación, etc., más el número de mujeres que recurren al psicoanálisis o a psicoterapias más o menos inspiradas en él para analizar sus conflictos–, no sería aventurado interrogarse acerca de los efectos de la teoría sobre las mujeres que el psicoanálisis ha gestado a lo largo del siglo.

En ese sentido es interesante la siguiente puntualización realizada por Gayle Rubin:

El psicoanálisis se ha convertido frecuentemente en algo más que una teoría de los mecanismos de reproducción de las normas sexuales; es ya uno de esos mecanismos. (Rubin, 1986).

En síntesis, es innegable que aquellos planteos feministas que advirtieron que el psicoanálisis puede ofrecer importantes herramientas teóricas para el análisis de la sociedad patriarcal y en particular para la elucidación de sus marcas en la subjetividad de mujeres y hombres, ofrecen una posición superadora muy saludable frente al cerrado oposicionismo de las feministas de las décadas de 1920 y 1930. Sin embargo, este avance no debe permitir que olvidemos que, como esta disciplina es producida en el seno de tal sociedad, es necesario un análisis de las marcas de la sociedad patriarcal en el interior de la teoría misma. (Fernández, 1992).

Dicho análisis cuenta aún hoy con una importante resistencia, propia de muchas formas institucionalizadas del psicoanálisis, por la cual este funciona como totalidad y en tal sentido, se ofrece como un conjunto de “creencias teóricas”, de las que no se duda. Es decir, el corpus teórico se instituye como verdad.

En las relaciones entre feminismo y psicoanálisis, puede observarse que el movimiento ha sido principalmente de las feministas hacia el psicoanálisis. Y en esa dirección puede afirmarse que su producción en menos de 20 años ha sido muy significativa, hasta tal punto que hoy se habla de feminismo psicoanalítico, y dentro de él pueden diferenciarse, incluso, escritos feministas que trabajan los aportes del psicoanálisis adscribiéndose a la corriente de las relaciones de objeto, del yo o lacaniana.

Es interesante observar que los escritos de las feministas que trabajan desde el psicoanálisis lacaniano generalmente se inscriben, a su vez, en el feminismo de la diferencia.

Pero, salvo muy puntuales excepciones, el movimiento no ha sido recíproco. Las instituciones psicoanalíticas, por lo menos en Argentina, no han demostrado interés por interrogar sus propias teorías a partir de los aportes en los últimos 30 años de los Estudios de la Mujer y posteriormente los Estudios de Género. Más bien han “cerrado filas” repitiendo lo desarrollado clásicamente por sus maestros.

Esto no excluye el interés o la curiosidad de algunos/as psicoanalistas frente a las áreas de visibilidad que estos estudios han abierto con respecto a invisibles sexistas en las ciencias humanas en general, o en el psicoanálisis en particular.

Pero las formas más institucionalizadas del psicoanálisis actual no han podido entrar en un diálogo fructífero con aquellas feministas que en los últimos años han comenzado una interesante tarea teórica: entrecruzar los análisis de género con la teoría psicoanalítica3.

La importancia que tendría este diálogo no es sólo teórica ya que muchos analizantes –tanto hombres como mujeres– no pueden ser escuchados en sus sufrimientos de género.

Las feministas contemporáneas a Freud, operaron con un rechazo en totalidad, sin advertir la importancia del Psicoanálisis. Si bien esto cerró, durante bastantes años, posibilidades al interior del feminismo de pensar algunas cuestiones, se basaba en una fuerte intuición política que el tiempo haría evidente. La teoría de la sexuación de este cuerpo doctrinal conlleva un implícito de difícil deconstrucción: naturaliza el patriarcado, dando como un ya dado inconsciente lo que es construcción histórico–social de significaciones imaginarias (Castoriadis, 1988).

Al mismo tiempo, y dado que la cultura “psi” se ha desplegado mucho más allá del campo profesional para convertirse en un sistema explicativo que forma parte de un modo de pensar, de una sensibilidad, ha provisto una narrativa científica para la condición femenina; ofrece causas psíquicas: envidias, pasividades o posicionamientos algo fuera del lenguaje, para aquello que constituye un complejo precipitado de la inferiorización política de un género sexual.

En realidad, la idea de este posicionamiento algo fuera del lenguaje, sólo pone en términos teóricos actualizados la antigua idea platónica que ha atravesado la historia cultural de Occidente, por la cual “la mujer” ha sido simbolizada como naturaleza y “el hombre” como cultura. Una vez más, y en un mismo movimiento, se esencializa la diferencia y se naturaliza la desigualdad social (Scott, 1992).

Así las cosas, los ’90 encuentran al feminismo y al psicoanálisis en una, si no difícil, al menos sí fructífera situación4.

Bueno es aclarar rápidamente que la resistencia a los aportes teóricos del feminismo no tiene por qué deberse a particulares rasgos patriarcales de los/as psicoanalistas. Es un problema mucho más general, más allá de las cuestiones de género, donde si bien éstas quedan incluidas, no es una dificultad específica frente a ellas.

La dificultad estriba en el modo de producción de un régimen de verdad, que establece un tipo particular de afectación por la cual la narrativa de causa psíquica, narrativa válida en el campo disciplinario: un modo de pensar – psicoanalítico– lo inconsciente, se establece como lo que el inconsciente es. Esta creencia realista opera como fuerte resistencia a la hora de intentar pensar de otro modo.

El psicoanálisis ofrece resistencia a trabajos deconstructivos cuando se instituye como un gran relato (Fernández, 1994), es decir, cuando transforma en verdad sus narrativas y se ofrece en la ilusión de una teoría “completa”.

Los años ’90 parecieran ser tiempos de crisis de los grandes relatos; en el idioma chino, el vocablo crisis sostiene dos ideogramas: uno refiere a peligro y otro a oportunidad. En tal sentido, la crisis de los grandes relatos si bien presenta el peligro de la caída de sistemas de sentido, ofrece la oportunidad de replantearse verdades instituídas, de recuperar ciertos aspectos de la imaginación radical obturados en las formas instituídas de prácticas y teorías. En suma, oportunidad de abrir áreas de visibilidad que dichas cristalizaciones impiden.

Puede afirmarse que hay una relación necesaria y no contingente entre los efectos de verdad de un dispositivo –el psicoanálisis en este caso– y sus principales invisibles no enunciables.

En lo específico de la cuestión de género, confluye con la institución de un régimen de verdad, el hecho de que sus teorizaciones se han efectuado sobre la ya mencionada naturalización del patriarcado y una lógica de la diferencia –propia del mismo– que excluye y/o inferioriza las diferencias.

La naturalización del patriarcado tiene, en primer lugar, una consecuencia política; el operar desde tal lógica de la diferencia, tiene a su vez consecuencias epistemológicas. Una y otra se sostienen mutuamente y son pilares centrales del dispositivo.

3. De orígenes y defectos

Los textos freudianos ofrecieron las categorías lógicas de la diferencia que han permanecido intactas a través de los pensadores posteriores. Las diferencias entre Freud, M. Klein y Lacan, por ejemplo, son sin duda de suma relevancia, pero son diferencias conceptuales; es decir que los pensadores posteriores a Freud realizaron desarrollos de alguna área en particular del corpus psicoanalítico, o reformularon –magistralmente en el caso de Lacan– ejes de dicho corpus. Pero ejes conceptuales: desplegaron nuevas formas de narrar lo inconsciente; incorporaron aportes de otras disciplinas de las ciencias sociales o de la filosofía con que Freud no contaba; establecieron diferentes ejes para pensar la clínica –esto es muy evidente tanto en M. Klein como en Lacan5 – pero en ninguno de ellos se modifican los a prioris lógicos desde donde pensar la diferencia.

Un ejemplo que puede resultar ilustrativo al respecto es un texto de O. Mannonni (1979) donde desarrolla la temática de la producción de creencias.

En “Ya lo sé, pero aún así…”, capítulo de “La otra escena. Claves de lo imaginario” (Mannoni, 1979) toma la cuestión de la producción de creencias apoyándose en dos trabajos de S. Freud de gran importancia en este punto. Son “El Fetichismo”, de 1927, y “La escisión del Yo en los procesos de defensa”, de 1938.

“El niño cuando toma por primera vez conocimiento de la anatomía femenina descubre la ausencia de pene en la realidad, pero repudia el desmentido que la realidad le infringe, a fin de conservar su creencia en la existencia del falo materno. (Freud, 1968) … La creencia en la existencia del falo materno es conservada y abandonada a la vez; mantiene respecto a esa creencia una actitud dividida… Lo que ante todo es repudiado es la desmentida que una realidad inflige a una creencia… El fetichista ha repudiado la experiencia que le prueba que las mujeres no tienen falo, pero no conserva la creencia de que lo tienen, conserva el fetiche, porque ellas no tienen falo. La renegación por la cual la creencia subsiste después de la desmentida, se explica según Freud por la persistencia del deseo y las leyes del proceso primario”.

A partir de allí, Mannoni abre dos reflexiones que sostiene una desde Freud y la otra desde Lacan. Desde el primero: no hay creencia inconsciente. Desde el segundo: la creencia supone el soporte del otro. En función de esto, con los aportes de ambos pensadores –salvando las diferencias– Mannoni puede dar cuenta tanto de un fetiche privado como de una creencia colectiva.

Hasta aquí puede acordarse; el problema se presenta cuando enuncia “la renegación del falo materno trazaría el primer modelo de todos los repudios de la realidad y constituye el origen de todas las creencias que sobreviven al desmentido de la experiencia”.

“La creencia de la existencia del falo materno, es el modelo de todas las transformaciones sucesivas de las creencias”6.

Se presentan, a partir de estas afirmaciones, dos problemas:

a) Descubrir que la diferencia de los sexos sea insoportable es ya imaginario. Que la diferencia –sexo femenino– tenga que ser pensada como igualdad –pene amputado– es una significación colectiva, algo producido socialmente y no algo dado.

Porque la diferencia es significada colectivamente como insoportable es que se hace necesario desmentirla, y construir un repudio e inventar un fetiche. El cuerpo teórico no “ve” que hay una construcción previa de significaciones, anterior al “descubrir” infantil que organiza uno de los sentidos de tal descubrir.

Para no ver, realiza una serie de operaciones de naturalización. Sin duda una de las más significativas es la naturalización de la inferiorización de la diferencia de los sexos. Al tomar como un ya dado, algo construído por la imaginación colectiva pierde –por invisibilización– la posibilidad de indagar la dimensión política de la sexuación. Niños y niñas no sólo advertirán la diferencia, sino que sus procesos de sexuación no se completarán si no logran creer en el defecto femenino.

b) ¿Por qué pensar que esta producción del niño, o del fetichista está “en el origen” de la producción de creencias? ¿Por qué pensar que la creencia de la existencia del falo materno es el modelo de todas las transformaciones sucesivas de las creencias?

Pensar una cuestión –cualquiera sea– desde una referencia a su origen – cualquiera seaposiciona a quien enuncia tal cuestión en un particular modo de pensamiento, que hoy es necesario –por lo menos–, interrogar. Particularmente porque nuestra cultura conserva –tanto en el lenguaje coloquial como en el científico– un significativo grado de naturalización-invisibilización al respecto.

Nietzsche (Foucault, 1980) ha sido tal vez uno de los pensadores que con más lucidez ha desmontado algunas de las implicancias que se sostienen en esta noción. Ella supone que en el origen se encuentra la esencia exacta de la cosa, su más pura identidad cuidadosamente replegada sobre sí misma y preservada de todo aquello externo, accidental y sucesivo. Buscar el origen es levantar las máscaras de la apariencia para develar lo esencial.

Al mismo tiempo el origen esencial supone que en sus comienzos las cosas estaban en su perfección. La idea de perfección supone no sólo una referencia divina sino que coloca al origen en un lugar de verdad.

Esta verdad divina del origen habilita tanto para refutar el error como para oponerse a la apariencia.

Entonces decir que en el origen de la producción de desmentidas se encuentra la creencia de la existencia del falo materno, instituye una verdad esencial –el defecto del cuerpo de mujer–. Transforma en esencial aquello que no es otra cosa que producción histórica de las significaciones imaginarias que instituyen lo propio de hombres y mujeres. Si es esencia y es verdad es un ya dado universal ya no biológico, ahora inconsciente y por lo tanto se pierde de interrogar semejante rareza de la cultura.

Por otra parte, cuando afirma que es el origen de la producción de creencias, psicologiza; es decir ofrece una narrativa psicológica para explicar complejos procesos religiosos, culturales, políticos. Si explica, traspola. Si explica y traspola, produce ideología.

Sería más pertinente afirmar que el psicoanálisis permite entender las condiciones de posibilidad por las cuales el sujeto de deseo –término teórico, no las personas– puede construir creencias que desmientan la realidad. Da cuenta de la potencialidad de la subjetividad para repudiar una realidad siniestra, para desmentirla produciendo una creencia, un fetiche, una ideología, una utopía, etc. Es decir, hace inteligibles las condiciones de la subjetividad por las cuales el sujeto de deseo –en tanto tal– puede construir creencias que desmientan una realidad insoportable7

Esto es diferente de aplicar una narrativa “psicológica” sobre el origen, que

  1. aplica el modelo del trauma del descubrimiento de los sexos a los acontecimientos colectivos.
  2. naturaliza que el “descubrimiento” sea un trauma.
  3. identifica un tipo particular de trauma, en función del a priori de Lo Mismo.

Para decirlo en palabras de Judith Butler (Butler, 1992):

“El lenguaje psicológico que intenta describir la fijeza interior de nuestras identidades como mujeres o como varones funciona para reforzar una cierta coherencia y para impedir convergencias de identidades de género y todo tipo de disonancias de género, o cuando existen, para relegarlos a los primeros estadíos de una historia de desarrollo, y por lo tanto normativa (…) Parece crucial resistirse al mito de los orígenes interiores, comprendidos ya sea como naturales o fijados por la cultura”.

Los dos problemas que el texto de Mannoni plantea:

  • naturalizar la diferencia sexual como insoportable
  • pensar la verdad por el origen, son tributarios de un modo binarista de pensar las diferencias de antigua tradición en la cultura occidental, por lo cual, como se decía líneas arriba, “se esencializa la diferencia y se naturaliza la desigualdad social” (Scott, 1992).

Este no es un “error” de Mannoni, o del psicoanálisis, se inscribe en un modo de construir el mundo en términos binarios. De allí la importancia de los trabajos de-constructivos.

4. De-construcciones: epistemología y política8

De-construir implica analizar en los textos las operaciones de la diferencia y las formas en que se hace trabajar a los significados. Dentro de las parejas binarias el término primario o dominante deriva su privilegio en una supresión o limitación de sus a prioris. Igualdad, identidad, presencia, lenguaje, origen, mente, razón, son términos privilegiados en relación a sus opuestos que son vistos como variables bajas, impuras del término primario. Así por ejemplo la diferencia es la falta de identidad o semejanza, la ausencia es la falta de presencia, etc.

El modo de-constructivo provisto por Derrida (Derrida, 1989, b) articula la inversión y el desplazamiento de las oposiciones binarias, de manera tal que hace visible la interdependencia de términos aparentemente dicotómicos y la manera como su significado se relaciona con una historia genealógica y particular construidos para “propósitos particulares en contextos particulares” (Gross, 1992). Hace visible que las oposiciones no son naturales sino construidas. Es en tal sentido que la de-construcción intenta seguir los efectos sutiles y poderosos de la diferencia en acción, dentro de la ilusión de una oposición binaria.

Tal vez este aspecto sea una de las cuestiones más importantes que la de-construcción posibilita en tanto desnaturaliza patrones de significado que son utilizados diariamente, y que los cuerpos teóricos incorporan sin advertir sus implicancias epistémicas y políticas. Para la de-construcción de la teoría psicoanalítica en lo que a cuestiones de género respecta, es necesario articular dos dimensiones de trabajo:

  1. Dimensión epistémica: Deconstrucción de la Episteme de lo Mismo, para poder pensar la diferencia de otro modo (Fernández, 1993). Dicha deconstrucción supone una elucidación crítica de las categorías epistémicas desde donde el psicoanálisis ha pensado la sexuación que pueda quebrar el impasse donde tal Episteme lo ha colocado. Esto supone poner en interrogación la lógica de la diferencia desde donde esta teoría ha organizado sus conocimientos; elucidar la persistencia de una lógica por la cual la diferencia sólo puede ser pensada a través de parámetros jerarquizantes que invisibilizan posiciones fundamentales de la subjetividad de las mujeres. Lógica de la diferencia por la cual se homologa Hombre=hombre, invisibilizando aquello genérico femenino por no homologable a lo masculino; lógica de la diferencia por la cual cuando lo diferente se hace presente, es pensado como inferior, complemento o suplemento de lo Uno, único, universal y masculino.
  2. Dimensión política: deconstrucción genealógica de las categorías conceptuales, por ejemplo: lo activo–lo pasivo, objeto–sujeto de deseo; esto implica una indagación histórica de cuándo, cómo y por qué se instituyeron, cómo se significaron lo femenino–masculino en determinados tiempos históricos y, fundamentalmente, cuándo la teoría rompe con el esencialismo de lo femenino y lo masculino y cuándo no puede hacerlo.

Esto permite quebrar el hábito de pensar las categorías conceptuales como a–históricas y universales (esencias) y al mismo tiempo encontrar los puentes entre estas narrativas teóricas y los dispositivos político-sociales que sostienen.

Dicho de otro modo, un análisis genealógico que permita abrir visibilidad respecto de las inscripciones histórico-sociales en la construcción de la subjetividad –femenina y masculina– que sostienen una forma particular de orden político-social: el patriarcado9. Condición (femenina y/o masculina) pero no esencia, ni estructura inconsciente universal, modo de ser histórico-social en su dimensión subjetiva. Marcas en la subjetividad del ordenamiento socio-político de los géneros.

En tanto las invisibilidades epistémicas y políticas puedan dejar su condición de tales, se abre un camino de rearticulación del campo teórico que sin lugar a dudas podrá llegar a ser muy significativo tanto para las preocupaciones teóricas de la opresión de género, como para el campo de la escucha psicoanalítica.

Teoría institucionalizada que no puede o no quiere escuchar significativos aportes de elucidación crítica que puntúan sus marcas sexistas. Mujeres y hombres en tratamiento que no son escuchados en sus padecimientos de género.

¿Qué distorsiona, impide, cierra la escucha? Posiblemente –y entre otras cosas– la resistencia al dislocamiento necesario de un cuerpo doctrinal, en este caso el psicoanálisis, para poder utilizar dicha disciplina en el abordaje de cuestiones que en el enlace con otras nociones de otros campos de saberes, permitan la reflexión de regiones que por su complejidad no pueden ser abordadas unidisciplinariamente.

En un sentido más general, puede decirse que encontrar la articulación de estas cuestiones, hallar una forma de indagación inclusiva y no excluyente de los aportes de diversos territorios disciplinarios, significará avanzar en uno de los impasses más persistentes de las ciencias humanas, cual es la articulación de aquello que ellas previamente han separado: “lo social” y “lo mental”.

Para ello hay que reconocer, como se planteaba líneas arriba, una dificultad: la falta de tradición en la cultura psicoanalítica de trabajar nociones de dicho campo como parte integrante de una caja de herramientas de pensamiento.

Es posible que dicha dificultad estribe en el modo de producción de un régimen de verdad, que establece un tipo particular de narrativa válida en el campo disciplinario: un modo de pensar –psicoanalítico– lo inconsciente, se establece como lo que el inconsciente es. Esta creencia realista opera como fuerte resistencia a la hora de intentar pensar de otro modo.

En estrecha implicancia con el modo de producción de sus regímenes de verdad, instituye un modo particular de pensar las determinaciones al modo causal (De Brasi, 1996) por el cual la causa psíquica se transforma en La Causa. Problema epistemológico sin duda, pero a esta altura de los acontecimientos sería muy difícil diferenciarlo de modos políticos de operar de la mayoría de las instituciones psicoanalíticas.

Los aportes psicoanalíticos son de suma importancia en una caja de herramientas del campo de problemas de la subjetividad (Fernández, 1996). Pero para ello, como cualquier otra teoría que haya organizado férreos sistemas teórico-institucionales, es necesario:

  • Problematizar los efectos de verdad del dispositivo psicoanalítico.
  • Genealogizar las condiciones históricas de producción de sus conceptos.
  • Elucidar sus efectos en el disciplinamiento social.
  • Deconstruir los binarismos donde ha quedado atrapado su tratamiento de la diferencia.

Y esto es de capital importancia para el futuro productivo de dicha disciplina ya que en toda teoría hay una relación necesaria entre los efectos de verdad y sus invisibles noenunciables. Su posibilidad de desplegar nuevos horizontes de inteligibilidad estriba en poner toda su capacidad crítica en esta ecuación teóricoinstitucional. Es decir, transitar –para usar una palabra de Heidegger–, sus impensados.

Cuando el trabajo deconstructivo–genealógico se realiza en torno a la cuestión de género, articular la dimensión epistémica y la dimensión política10 pone de manifiesto, hasta dónde, cuando un cuerpo teórico esencializa, la constitución de la subjetividad, ahora en un ya-dado simbólico, forma parte de las instituciones que reciclan la subordinación femenina.

Por el contrario, cuando puede disociar sus construcciones teóricas, se coloca como elemento insustituíble no sólo para comprender el malestar de género de hombres y mujeres, sino también para dar lugar a la conceptualización de las profundas transformaciones que se encuentran hoy en proceso de la subjetividad de hombres y mujeres.

Tal tarea deconstructivogenealógica es, sin duda, una actividad teórico–académica que –bueno es aclararlo– exige gran rigurosidad, pero la decisión de realizarla es política.


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Citas

1 Para un análisis de la dimensión política de los actos de nominación, véase Bourdieu, P., 1985.

2 El subrayado es mío.

3 Uno de los aportes más interesantes al respecto es el de Dío–Bleichmar, 1985.

4 Para un interesante análisis de la complejidad actual de esta relación, ver Butler, 1992.

5 Para un análisis crítico de los aportes de Lacan en la constitución de la femineidad, ver los trabajos de Emilse Dío–Bleichmar, 1993 y 1991.

6 El subrayado es mío.

7 He desarrollado más extensamente esta cuestión en Del imaginario social al imaginario grupal, en Fernández – De Brasi, 1993.

8 He desarrollado más extensamente estas cuestiones en La mujer de la ilusión (1993) y en De eso no se escucha: el género en Psicoanálisis (en Burín–Dío–Bleichmar, 1996).

9 Al interior del debate feminista en la actualidad, la noción de Patriarcado se ve sometida a su de-construcción, al igual que identidad femenina y género. Creo que no hay que confundir la de-construcción con una procesadora (en el sentido doméstico) de los conceptos. Los primeros usos de la noción de patriarcado se realizaron desde una perspectiva estructuralista (estructura patriarcal) y en tal sentido le caben las críticas realizadas a la noción de estructura: énfasis en la reproducción y no en la transformación, subrayado de lo idéntico en desmedro de lo diverso, etc. Aquí se utiliza dando cuenta de un modo de orden político–social en el cual están instituídas formas de ejercicio del poder de los hombres sobre las mujeres, donde ambos géneros son marcados por consecuencias político–económicas, culturas subjetivas y eróticas de tal ordenamiento. Para la actualización de este debate, ver Benhabib y Cornella, 1990 y Nicholson (Comp., 1992). También Tubert, S., Psicoanálisis, feminismo y postmodernismo”, (en: Burín–Dío– Bleichmar, 1996).

10 He dado un tratamiento más extenso de esta articulación en De eso no se escucha: el género en Psicoanálisis, 1996.


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