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Entre negación y reconocimiento. Estudios sobre homosexualidad en Colombia

Between denial and recognition. Studies on homosexuality in Colombia

Entre negação e reconhecimento. Estudos sobre homossexualidade na Colômbia

José Fernando Serrano A.*


* Antropólogo de la Universidad Nacional. Investigador del DIUC.


Resumen

A Ebel Botero, pionero de los estudios sobre homosexualidad en Colombia

¿Qué se ha escrito en Colombia sobre la “homosexualidad”? ¿Existenestudios desde las ciencias sociales y humanas sobre las personas “homosexuales”en el país? Con este par de preguntas el autor presenta un recorrido inicialpor algunos textos de autores colombianos al respecto y señala la necesidad deabordar la construcción de conocimiento especializado que ahonde en la comprensiónde las diversas formas en que se expresan las sexualidades.


Introducción

El presente artículo surgió con la inquietud de hacer un balance de perspectivas en la comprensión de la “homosexualidad” en Colombia, en particular aquellas susceptibles de enmarcarse en investigaciones hechas desde las ciencias sociales y humanas. Si bien éstas han tratado poco el tema, eso no quiere decir que en el país no existan discursos1 al respecto; unos de ellos buscan legitimarse en el marco de las ciencias y otros se mueven hacia ámbitos diferentes, como la orientación familiar, la literatura o la divulgación. A veces separarlos puede resultar arbitrario, pues sus argumentos se mezclan.

Lo que presentaré a continuación es un primer repaso, sin pretensión totalizante, de diversos abordajes al tema de la “homosexualidad” caracterizados porque los autores sustentan sus afirmaciones en algún tipo de ejercicio investigativo2 y/o se enmarcan dentro del espacio de las ciencias sociales y humanas. Para escoger los textos se tuvo en cuenta que fueran de autores colombianos y que hubieran sido publicados y/o editados en el país.

Este artículo consta de tres partes: en la primera planteo un contexto para el análisis del tema; en la segunda abordo en detalle los textos referidos; en la tercera propongo la necesidad de iniciar estudios sobre la diversidad de la experiencia sexual.

1. Qué queremos decir con “homosexualidad?”

De la “homosexualidad” se ha hablado de muchas formas: como una “conducta”, una “orientación sexual”, una “preferencia”, “un modo de ser”, una “forma de vida” o “un regalo divino”; a veces como un calificativo y a veces como una “condición del sujeto”; algunos prefieren términos como “homofilia” u “homoerotismo”, quitándole la connotación exclusivamente sexual al término, mientras otras y otros hablan de “lesbianas” y “gay” para referirse a grupos sociales con nuevas formas de identidad. Del mismo modo, corrientes constructivistas de pensamiento social han planteado que tanto “homosexualidad” como “heterosexualidad” son categorías hechas histórica y culturalmente para hablar de un modo “científico” -clínico y médico- de la sexualidad (Foucault, 1978). Tal cantidad de términos corresponde a la diversidad de la experiencia sexual en su dimensión homoerótica, que no es excluyente de la otra -la heteroeróticay que no se encasilla en una sola posibilidad de expresión -la genital-; por ello pongo el término entre comillas, pues no hay una sino muchas homosexualidades (Plummer, 1992).

1.1 La homosexualidad se vive desde el rol de género

En varias regiones de nuestro país una de las formas de hablar de la homosexualidad masculina -como veremos luego, de la femenina poco se habla-, opone dos categorías dicotómicas: el cacorro - hombre que penetra a otro hombre- y el marica -el penetrado; los diferencia el que mientras el primero no pierde su condición masculina el segundo sí, pues la penetración lo feminiza y lo hace “el homosexual”. Del hombre marica se espera que se comporte amanerado, que quiera ser mujer o por lo menos parecerse a ella y que guste de ocupar un papel “pasivo” en las relaciones; el cacorro al mantener los comportamientos considerados como masculinos no pierde su lugar, más cuando se ufana de “comerse” a los maricas. Esta dicotomía entre modos de entender lo masculino y lo femenino también afecta a los propios grupos homosexuales. A su interior, el uso de clasificaciones como “activos” y “pasivos” o “machos” y “locas regias” o los cambios de actitudes y nombres - hombres que usan apodos femeninos en los grupos de amigos y viceversa-, así lo expresarían.

Con estas referencias quiero introducir un punto de la cuestión: la homosexualidad, en sus diversas expresiones, se vive en estrecha relación con el rol de género3 y con toda la lógica que éste implica como categoría de construcción social. Si entendemos el género como la “representación cultural de la diferencia sexual” (Lamas, 1996), socialmente se establecen desempeños de las formas como se considere dicha representación -rol de género-. En este sentido, los hombres homosexuales se parecen mucho a los heterosexuales, pues comparten roles y valoraciones que nuestro contexto sociocultural ha creado con respecto a lo que se suponen somos los hombres y las mujeres; una de tales valoraciones es la asociación feminidad-pasividad y penetración-hombría. Del mismo modo las mujeres lesbianas o los hombres hipermasculinos que buscan borrar de sí las referencias femeninas como si fueran estigma, repiten el esquema sexista de la sociedad en general; los homosexuales -tanto hombres como mujeres-, son socializados en los modelos imperantes basados en la lógica binaria del género.

Pero el tema del género va más allá de los roles e implica ordenamientos sociales que determinan modos de “ser, tener, estar y hacer en el mundo” (Londoño, 1996), surgidos de los encuentros y las diferencias no solo entre hombres y mujeres sino también ente ellas y ellos mismos y entre lo que se considera como femenino y como masculino.

Ahora bien. Lo anterior no puede llevar a la conclusión de que el tema del género engloba el de la “homosexualidad”. La homosexualidad incluye pero no se reduce a la experiencia genital/sexual y contiene también modos de ser -formas de expermentar el mundo, de reconocerse en él, de expresarse y comportarse, de compartirlo (Bech, en Plummer, 1992)- que si bien están en estrecha relación con el género, no se resuelven en él; lo homoerótico también puede actuar como un ordenador de la “realidad”.

1.2. Homosexualidad y género como discursos y movimientos

Desde otro punto de vista, histórica y socialmente las discusiones sobre género y homosexualidad han estado en estrecha relación. Mientras las reivindicaciones políticas y académicas de grupos de mujeres anglosajonas durante los años setenta hicieron uso de la categoría género4para distinguir el sexo -lo corporal- de los ordenamientos socioculturales construidos sobre tal referencia (Barbieri, 1996: 51), hombres homosexuales reaccionaron a la represión social a la que se les sometía, irrumpiendo en el escenario público de manera abierta y directa. El término “gay” se convirtió en el punto de partida para la construcción de identidades homosexuales orgullosas de su condición.

A ambos movimientos, feministas y gays, les unía la necesidad de expresar las desigualdades en que vivían y su particularidad como sujetos; entre sus estrategias, ambos recurrieron a la academia para sustentar sus luchas y la emprendieron contra los discursos que hablaban del “orden natural de las cosas” por ser los que legitimaban la desigualdad y la discriminación. Por ello han compartido discusiones sobre igualdad y diferencia o sobre si sus condiciones corresponden a “naturalezas” propias o a construcciones culturales: ¿hasta donde la reivindicación de iguales derechos no implica la negación de la particularidad y el seguimiento de las lógicas imperantes? ¿Cómo hacer para que la manifestación de la diferencia no sea una autoexclusión?. Estas preguntas no se resuelven fácilmente y han creado múltiples posiciones en dichos movimientos5.

La tensión entre perspectivas constructivistas y esencialistas tiene especial repercusión en los grupos homosexuales por sus implicaciones sociopolíticas: ¿es la “homosexualidad” una creación cultural propia al Occidente moderno o por el contrario es una parte intrínseca al ser humano siempre presente? ¿Se acabará cuando cambien las formas de construir la sexualidad? (Plummer, 1992).

Tanto feministas como gays desde su propia condición de exclusión, han hecho críticas a la sociedad y a ellos mismos hablando de “sexismo” -discriminación por el sexo-, “homofobia” -aversión a la homosexualidad- y heterosexismo -conjunto de prácticas sociales en las cuales se privilegia la heterosexualidad- (Plummer, 1992). Para Lamas (1996) y Plummer (1992) ambas situaciones son resultado de la reductiva lógica cultural del género, sustentada en una oposición binaria de pares complementarios; el género, como forma de organizar la sociedad, también la limita, la normatiza y la hace rígida. Es por ello que algunos autores y movimientos sociales proponen hoy la “deconstrucción” de categorías como género y homo-heterosexualidad por los costos sociales que traen sus lógicas polares (Ver Carter y Smith en Plummer, 1992; Fraser, 1995; Lamas, 1996).

Movimientos feministas y gays han recorrido caminos diferentes y a veces separados, pues no siempre es fácil salir del mismo sistema que se critica: parte de los movimientos gay repiten los esquemas machistas de la sociedad, por lo cual algunas veces las lesbianas se han sentido más cercanas a los movimientos de liberación femenina (Plummer, 1992); los discursos feministas por lo menos hasta los noventa tenían una fuerte influencia de mujeres blancas anglosajonas y heterosexuales (Fraser, 1995) que desdibujaban las reivindicaciones homosexuales de otras mujeres. Las condiciones de exclusión y discriminación de ambos tampoco son similares y tienen implicaciones sociales diferentes. Hoy que vivimos un contexto multicultural, ambos movimientos se han cruzado con otras reivindicaciones sociales -étnicas, de migrantes y de clase-, mostrando que “una” diferencia no es suficiente y que algunas de ellas pueden pesar más que otras (Fraser, 1995).

1.3. Género, cuerpo, poder

Otra de las cosas que han compartido movimientos de mujeres y homosexuales ha sido su “campo de batalla” similar: el cuerpo. Es en el cuerpo y en sus usos donde se expresan de manera evidente las luchas entre el esquema masculino heterosexual que pugna por la hegemonía y las otras formas de vivir la sexualidad, no marcadas por la determinante reproductiva ni por la lógica sexista; y es con el mismo cuerpo que dichos movimientos reaccionan.

El concepto género está muy ligado a la relación cuerpo-sexualidad, por lo que a veces se habla del “sistema sexo-género” para referirse a la dinámica relación entre la constitución sexual biológica y las calificaciones culturales que se hacen de ella; sería desde dicha relación que se abarcan las dimensiones psíquicas, sociales y culturales de los sujetos (Barragán, 1996).

Sin embargo, la categoría género y el sistema sexo-género no son sólo una forma de describir la sociedad: como categorías analíticas tienen fuerte relación con el tema del poder. Para el objetivo de este artículo, me interesa referirme al poder como producción de discurso, como construcción de saber sobre el otro y no como dominación vertical (Foucault, 1992). Dicho autor considera que el poder se arraiga en el cuerpo mismo; de este enraizamiento nace la “sexualidad” como fenómeno histórico y cultural ligada a lo médico. Origen que hace de ella “(…) una zona de fragilidad patológica particular en la existencia humana” (Ibid. p.160), y por tanto susceptible de ser tratada como corresponde. El discurso que hace de la sexualidad asunto de la ciencia médica es un discurso de poder6.

De algún modo los textos que referiré “juegan este juego” de producción discursiva con respecto a la homosexualidad pues la convierten en objeto, la miden, la cuentan, la defienden y la critican, aceptan reglas de otros poderes y hablan de “normalidad” o “anormalidad”…

2. Los textos

“Invertidos” y “enfermos”. De la patología a…

Si entre saber y poder hay una estrecha relación como lo refiere Foucault (1992), habría que preguntarse para qué sirve el saber que se produce; una posible respuesta es para reproducirse a sí mismo y al orden que lo sustenta. Con esta idea voy presentar un primer conjunto de textos que ejemplifican una forma del pensamiento social con respecto a la homosexualidad. Están basados en dos juegos de dicotomías que veremos a lo largo de este balance varias veces: natural/ antinatural y normalidad/patología.

El primero de ellos se llama “Homosexualismo en el arte actual” y fue publicado en 1969 por Pedro Restrepo; el texto cuestiona el impacto que tenían en las artes plásticas contemporáneas los movimientos feministas y homosexuales. Partiendo de la premisa según la cual las artes serían “dominio reservado al hombre, mientras la mujer, por su naturaleza se inclinaría a la decoración y la ornamentación” (p. 8, negrilla mía), el autor considera que los homosexuales de uno y otro sexo han introducido en el arte un elemento femenino “perturbador”; esto hace que el arte derive hacia lo “frívolo” y falto de valor ético, humanístico y nacionalista (p.17).

Jorge Enrique Gómez publica en 1977 “Uno bajo el signo de escorpión”, supuesto relato basado en la confesión hecha por un homosexual al autor, quien dice haber confirmado la historia antes de publicarla y dada su veracidad advierte al lector del impacto que puede causarle la lectura. El texto muestra la vida trágica de un hombre “pederasta, incestuoso, alcahuete, pornógrafo y pícaro”, seducido desde joven en el internado y quien vive una vida de frustraciones, violencia y engaños.

El tercer libro que quiero referir fue publicado entre 1980 y 1985 por Humberto Bronx en Medellín y su título da buena idea del contenido: “Bazuco Homosexualidad Enfermedades Malditas”. El autor dedica el texto a hablar de lo que considera los actuales peligros para la sociedad: las drogas, la guerrilla, el sexo “recreativo”, la planificación familiar, la homosexualidad y las enfermedades venéreas o “malditas”. Para él, el homosexual no es culpable por lo que siente pero “El pecado es la aceptación libre y voluntaria de las prácticas homosexuales y lesbianas” (p.86), ante lo cual debe buscar tratamiento psicológico o por lo menos renunciar a la sexualidad; “Hoy cuando hasta guías religiosos se contaminan con este vicio abominable (…) no podemos callar, cobardemente, quienes luchamos por el bien de la sociedad. Por culpa de esos miserables y corruptores, la juventud se encuentra confusa y a veces desmoralizada” (p.90, negrilla mía).

El último texto señalado se llama “Gran enigma revelado. La inversión sexual a la luz del esoterismo” y fue publicado también en Medellín (1995) por Arthur Ramson. Considerando que con ello hace un servicio a la humanidad, el autor se propone “desentrañar el misterio de la homosexualidad congénita” con miras a dar la pauta en su corrección (p.2); dice basarse en un interrogatorio a 206 hombres homosexuales, hecho durante cerca de cuatro años, algunos de cuyos relatos transcribe en el texto. Según él, quienes practican la homosexualidad alteran la polaridad “natural” de su cuerpo y con ello afectan sus próximas reencarnaciones, lo cual explicaría el porqué nacen personas con tales características, sin que se encuentren condiciones motivantes en su medio (p.38-39).

He citado en extenso estos textos para tener un buen panorama de lo que este conjunto de saberes propone: escritos de una manera didáctica y clara, ofrecen a un público amplio una explicación de lo que “es” la homosexualidad masculina. Sin duda la forma como se construye el género en nuestra sociedad -con primacía de lo masculino- persigue con más fuerza la homosexualidad masculina y deja la femenina en un plano tal vez más libre al permitir a algunas mujeres una expresión más amplia de su afectividad pero de la que poco se habla. En realidad, en los citados libros podemos leer más de quienes escriben que de los sujetos referidos: existe un “orden” “natural” de las cosas el cual bien sea por causa divina (Bronx), cósmica (Ramson y Gómez) o humana (Restrepo) determina unos “dominios” propios al hombre = lo masculino y a la mujer = lo femenino. El homosexual, nacido con dicha condición, como lo refieren Gómez, Bronx y Ramson, es lo contrario a todo ello: en el arte es “perturbador” por su feminidad, en la vida se opone conscientemente a todos los “valores” sociales y hasta altera la Ley Universal de la Polaridad. Por eso lo mejor es alejarlo, curarlo o compadecerlo. Cuando en una sociedad “normalidad” y “naturalidad” se igualan a “normatividad”, se justifica la permanencia de cierto orden social y, entonces, el discurso se repite y se auto-reexcepcional’, nada más que una variedad de las muchas posibles manifestaciones de la sexualidad?” (p.273). Ambos investigadores tenían en común también la inquietud por la etiología de la homosexualidad y llegaron a la conclusión de que ésta es una “conducta aprendida”, variante (Alzate) o muestra de las posibilidades de expresión de la sexualidad humana (Giraldo); si se la persigue es por causa de la “cultura erotófoba” (Alzate) o de enfoques clínicos que al ser prolongaciones de puntos de vista moralísticos, consideran que hay en el ser humano una determinación biológica hacia la heterosexualidad (Giraldo, 1971: 290); por eso para este último, la “homosexualidad no es una condición sino un papel” que se aprende como otras manifestaciones de la sexualidad (Ibid.). produce usando para ello la lógica del género.

… La “normalidad”. Discursos médicos y clínicos I

El siguiente grupo de discursos proviene de investigaciones originadas en los años setenta sobre el comportamiento sexual de los colombianos; unas de ellas han preguntado por la homosexualidad como parte del conjunto de actividades sexuales de las poblaciones estudiadas y buscado información sobre su incidencia y edad de inicio (Alzate 1977, 1981; citado por González, 1985).

Otras trataron de manera más específica el tema. Los textos que referiré en esta perspectiva, se basan en la discusión “normalidad/ anormalidad” en su versión “salud/ enfermedad”, y fueron publicados en revistas especializadas en psicología y medicina; sus autores, pioneros de la sexología en el país, partían de investigaciones psicológicas y sexológicas internacionales recientes para cuestionar la consideración de la homosexualidad como patología. Giraldo (1971) inicia su texto con una pregunta básica y permanente: “¿Es la homosexualidad una enfermedad tal como ha sido considerada por la mayoría de los psicólogos clínicos o es simplemente una ‘conducta excepcional’, nada más que una variedad de las muchas posibles manifestaciones de la sexualidad?” (p.273).

Ambos investigadores tenían en común también la inquietud por la etiología de la homosexualidad y llegaron a la conclusión de que ésta es una “conducta aprendida”, variante (Alzate) o muestra de las posibilidades de expresión de la sexualidad humana (Giraldo); si se la persigue es por causa de la “cultura erotófoba” (Alzate) o de enfoques clínicos que al ser prolongaciones de puntos de vista moralísticos, consideran que hay en el ser humano una determinación biológica hacia la heterosexualidad (Giraldo, 1971: 290); por eso para este último, la “homosexualidad no es una condición sino un papel” que se aprende como otras manifestaciones de la sexualidad (Ibid.).

El discurso que se perfilaba con estos autores respondía desde un punto de vista “científico” al debate normalidad/anormalidad afirmando la “normalidad” de la homosexualidad y se oponía a las miradas que veían en ella una “condición” inherente a los sujetos; además introducía la noción de aprendizaje como un nuevo factor en la discusión sobre sus causas: no se “nace” homosexual, sino que se “hace” homosexual. Claro que dichos autores no descartaban de plano el papel de lo biológico en su etiología. Alzate consideraba que la homosexualidad “… tiene un substrato biológico y se adquiere mediante procesos de aprendizaje y condicionamiento” (1975: a14). En 1979 Giraldo publicó una revisión de las conclusiones a las que llegó en 19717, hecha a la luz de nuevas investigaciones internacionales; en ella mantiene sus conclusiones iniciales, refuerza el argumento en favor de los determinantes biológicos y endocrinos en la etiología de la homosexualidad masculina8 y reitera su crítica a la postura psicoanálitica que patologiza la homosexualidad. De este modo, si en lo dicho antes sobre ellos la dicotomía salud/enfermedad la resuelven hacia la no patología, mantienen su relación con las ciencias clínisituacionales, personales y sociales depende que el homosexual se “ajuste psicológicamente”; cuando la homosexualidad causa “desajustes” en el sujeto se justifica proponer su modificación. El texto no deja de despertar varias preguntas: ¿cómo se “mide” el ajuste psicológico”? ¿Ajuste a qué? ¿A un tipo de sociedad, de cultura, de modo de sexualidad? ¿No es esta noción de “ajuste” una continuación de los discurso de “normalidad/naturalidad”? cas y prefieren una postura más moderada con respecto a la otra dicotomía importante: natura/cultura.

Discursos clínicos II

El siguiente grupo de textos los separo del anterior por razones de presentación del artículo, pero en buena medida corresponden a los mismos postulados señalados ya y en algunos casos los elaboran y hacen más complejos.

El primer libro que quiero referir, representa a mi modo de ver el discurso que Foucault (1978) propone ha resultado de la creación de la “homosexualidad” como categoría: esta se convierte en una entidad susceptible de identificarse, analizarse y, por ello, tratarse. En 1982 Pedronel Manrique publica “Homosexualidad: modificación de conducta”; en dicho texto el autor considera que la homosexualidad es un aprendizaje producto de estímulos del entorno en el cual la influencia genética es limitada. Manrique (1982) mantiene la pregunta por la “normalidad”, pero plantea considerarla desde cuatro perspectivas: como salud, como utopía, como promedio y como proceso de ajuste9. Con base en esto propone que de ciertas condiciones situacionales, personales y sociales depende que el homosexual se “ajuste psicológicamente”; cuando la homosexualidad causa “desajustes” en el sujeto se justifica proponer su modificación. El texto no deja de despertar varias preguntas: ¿cómo se “mide” el ajuste psicológico”? ¿Ajuste a qué? ¿A un tipo de sociedad, de cultura, de modo de sexualidad? ¿No es esta noción de “ajuste” una continuación de los discurso de “normalidad/naturalidad”?

La pregunta por el “ajuste” se repite posteriormente. Ardila (1985), presenta los resultados de una investigación psicológica basada en una muestra de 100 hombres homosexuales entre 18 y 52 años de clase media y alta, con “buen nivel de educación”, a quienes se les aplicó un cuestionario con preguntas referidas a aspectos psicosociales. Con base en los resultados de las 150 preguntas de la encuesta, Ardila afirma que “En apariencia los homosexuales colombianos son bastante ajustados y llevan vidas armónicas y equilibradas (por lo cual) no es correcto el estereotipo adjudicado a los homosexuales que considera que son depresivos, afeminados, con grandes dificultades interpersonales, (… los sujetos del estudio) eran hombres sanos, que vivían su vida y la dejaban vivir a los demás” (p.208-209).

El artículo en cuestión tiene un valor especial ya que se sustenta en una investigación experimental y busca sin duda mostrar una imagen “positiva” de la homosexualidad masculina en una tradición de negación como la nuestra. Para ello, toma como punto de referencia la sociedad en general: los homosexuales no tienen problemas psicosociales que les impidan “adaptarse” bien a ella. Sara Mejía, 1900. Archivo Melitón R. Tanto Manrique (1982), como Ardila (1985), mantienen en estos textos la lógica “normalidad/anormalidad” y la resuelven inclinándose hacia la primera opción; entre sus argumentos para mostrar lo poco excepcional que es dicha conducta se refieren a la constatación de comportamientos “homosexuales” en otras especies, su larga presencia en la historia y en otras culturas. Sin embargo, la “normalidad” con la que califican es la de la sociedad masculina heterosexual que se expresa a través del discurso de la ciencia “objetiva” capaz de “observar, medir y contar” la conducta sexual: “… la Historia Clínica Sexológica es la única que nos dice objetivamente si el sujeto tiene comportamiento homosexual o no y si se debe hacer tratamiento para modificar la conducta homosexual por la heterosexual” (Manrique, 1982: 51). Si bien dicho investigador (Ibid: 75) enfatiza que sólo se puede cambiar la conducta homosexual cuando causa “angustia y ansiedad” al sujeto, esto lo que hace es reafirmar el argumento que venimos criticando: la homosexualidad “existe” como entidad y como dice la cita, puede reconocerse fuera de lo que el sujeto manifieste, pues son el diagnóstico y el examen expertos los que determinan si se merece el tratamiento.

En 1986 Ardila publica en el país otro artículo en el cual señala algunos aspectos en el aprendizaje de la homosexualidad; propone entender el aprendizaje “… como un cambio relativamente permanente de comportamiento que ocurre como resultado de la práctica que casi siempre es práctica reforzada” (p.46). El autor considera que tanto la heterosexualidad como la homosexualidad son aprendidas y multicausadas y que en esta segunda se aprenden, por lo menos, cuatro cosas: la pertenencia a un grupo minoritario, la pertenencia a la cultura gay, un estilo de vida y ciertos comportamientos específicos.

Los otros autores citados antes (Giraldo, 1971, 1977; Alzate, 1975) también habían afirmado puntos de vista similares con respecto la “condición” homosexual como aprendizaje y condicionamiento; si bien entre ellos existen diferencias en los modos de entender el aprendizaje, dicha afirmación nos muestra una nueva inclinación en el juego de discursos dicotómicos que venimos registrando: “natura” pesa menos que “cultura”, o por lo menos que “contexto reforzante”; lo biológico es el sustento para el aprendizaje de la sexualidad, incluida la homoerótica, que pasa a ser calificada como “conducta”-comportamiento-10.

En 1986 Alvaro Villar Gavíria publica “Freud, la mujer y los ‘homosexuales’”, libro en el cual hace una relectura y confrontación de los postulados de Freud con respecto a las mujeres. Sus observaciones reúnen algunas de las discusiones sobre la condición de la mujer y la sexualidad femenina, incluida la homosexual, que él considera prácticamente ignorada; dicha situación la mira a la luz del psicoanálisis y muestra como éste se ha aliado con la religión y la medicina para la prolongación de la ideología dominante.

Uno de sus aportes está en situar la discusión del tema homosexual en relación con el género: “(…) las nociones de masculinidad y feminidad no son ni universales ni eternas, y (…) se encuentran, por tanto, en estrecha relación con la costumbre y la educación. (…) La ideología dominante en la sociedad hace creer en algún grado, no se sabe cuál, que el homosexualismo en el hombre perturba siempre, o por lo menos altera y dificulta su papel en la procreación. Se presume que en el caso de la mujer no ocurre necesariamente lo mismo.”(p.115).

De cierto modo ninguno de los autores citados hasta el momento había presentado en sus textos la pregunta por el género -tal vez en su momento aún no se hacía-, aunque lógicamente estaban hablando desde él: algunas de sus críticas eran contra el estereotipo que veía a los hombres homosexuales como afeminados, como si dicha condición fuera una tacha, con lo cual seguían el juego a la sociedad machista y no cuestionaban las bases mismas de la discriminación que denunciaban. La lógica sexista está tan impregnada en la construcción del conocimiento que se reproduce en su propia crítica.

Un punto de partida

Volvamos atrás. En junio de 1980 aparece en Medellín un libro de autor colombiano dedicado exclusivamente al tema de la homosexualidad. A mi modo de ver representa un hito en la bibliografía existente pues reúne un volumen importante de la misma, toca los “temas álgidos”, y se refiere de manera directa a la condición de los homosexuales en el país, incluida la lista de nuestros “homosexuales famosos”; además, usa argumentos de disciplinas clínicas y humanísticas como la teología y la filosofía, creando un “ensayo de divulgación científica” interdisciplinario, no médico ni “experto”, y sobre todo autoreferenciado: su propia experiencia la integra con la “ciencia” para hablar de la homosexualidad. El autor, Ebel Botero, había publicado anteriormente artículos sobre el tema en revistas de divulgación sexual y presenta en “Homofilia y homofobia” una mirada positiva de la homo y bisexualidad, mostrando su “realidad” numérica, histórica, social y cultural. Su crítica más fuerte es contra la homofobia pues: “No es la homofilia la que necesita curación sino la homofobia: aquella es amor, sea interpersonal o meramente sensual pero amor, y esta es odio y miedo.”(p.112).

Los temas que le inquietan corresponden a los que ya hemos referido: la búsqueda de argumentos para mostrar la “normalidad” de la homofilia y despatologizarla y lo impuesto de la noción de “naturalidad”; además se pregunta por las causas de la homofobia, las que encuentra en el desprecio por lo femenino; pero agrega un elemento especial que otros autores no habían asumido: la “defensa” de la homosexualidad: “En todo el trabajo me ha animado el deseo de hacer el bien, de pedir justicia, de combatir el error y los prejuicios. No busco destruir sino construir, ayudar al progreso y mejoramiento de la humanidad. Esta tiene que asimilar a los homosexuales finalmente, no seguir ignorándolos.”(p.11).

El considerar el comportamiento sexual como un aprendizaje, le permite al autor argumentar varias cosas: el sujeto no es responsable de él (p.87) y no existe una tendencia innata hacia ninguna de sus expresiones, lo cual se oponía a los postulados de la “naturalidad” de la heterosexualidad esgrimidos por científicos y moralistas; además, dice, es difícil “desaprenderla” o que sea causada por la seducción (p.88). Sin embargo, también se muestra cauto ante dicho argumento y se pregunta “¿por qué ciertas personas aprenden mejor que otras una conducta sexual?, ¿por qué algunos individuos, en igualdad de circunstancias, aprenden determinada conducta y no otra?” (p. 88), para dejar espacio a la posible comprobación de alguna causa biológica de la homosexualidad.

Este libro hace parte del inicio de discursos construidos por las mismas comunidades homosexuales para hablar de su situación y en ello se relaciona con procesos que se venían dando paralelos a través de publicaciones como “Ventana Gay” o “El Otro”, las cuales tuvieron durante los ochenta un carácter político, organizativo y divulgativo importante en algunos sectores de la población homosexual nacional. Los límites espaciales me impiden ampliar este complejo tema.

Contemporáneos: ¿hacia dónde?

El último grupo de textos que quiero reseñar es diferente de los hasta el momento presentados, pues los motivos que he venido reseñando como fundamentales en los discursos -normalidad/anormalidad, natura/cultura, natural/antinatural-, son dejados de lado; más bien los caracteriza una inquietud por estudios de caso, por dar cuenta de algunas formas de vivir la homosexualidad y su relación con el contexto social actual.

El primer conjunto que refiero corresponde a monografías de grado que parten del estudio de comunidades homosexuales y/o de aspectos de éstas, aportando información de primera mano sobre sus formas de ser11. Carlos Alberto Pión presentó en 1991 una investigación sobre una pequeña muestra de homosexuales travestis que habitan una zona de prostitución de Bogotá, en la cual indaga por aspectos de sus vidas; Carlos Iván García elaboró en 1994 una tesis en la cual hace un estudio sociolingüístico de un grupo de jóvenes dedicados a esta actividad en el centro de la ciudad, algunos de ellos homosexuales; en 1995 Alexander Salazar presentó una monografía sociológica sobre los lugares de encuentro para hombres gay en Cali y el tipo de relaciones que allí se generan.12.

El otro grupo de textos que refiero corresponde a investigaciones relacionadas con en el impacto causado por el tema VIH/SIDA en la sociedad en general. El Proyecto Lambda, relacionado con la Liga Colombiana de Lucha contra el Sida, llevó a cabo una encuesta a “hombres que tienen relaciones sexuales con otros hombres” con el fin de determinar actitudes y comportamientos sexuales que puedan incidir en el impacto del SIDA en dicha población y proponer estrategias de acción específicas a ellos. Manuel Velandia13 (1996) publica un texto en el cual presenta los aspectos del proyecto “En la Jugada”, llevado a cabo por la Fundación Apoyémonos para proponer nuevos modos de construcción de identidad y corporeidad en menores dedicados a la prostitución, como una forma de prevenir en ellos la drogadicción y las enfermedades de transmisión sexual. El tercer texto referido corresponde a los desarrollos conceptuales del proyecto de investigación “Razón y Sexualidad” realizado por el grupo de trabajo “Salud y Sexualidad” de la Universidad del Valle y publicados por Elías Sevilla nocimiento desde las disciplinas científicas. El ejercicio investigativo no está separado de las relaciones de poder y hegemonía que viven las sociedades y tanto los objetos de la investigación como los modos de hacerla están relacionados con aquellas; lo que se dice y lo que se deja de decir afecta a los grupos implicados en ello y tiene a veces costos sociales altos15 . La producción de conocimiento especializado para las reivindicaciones políticas y culturales de grupos considerados como “minorías” -la calificación misma tiene ya implicaciones-, ha entrado a cobrar lugar significativo en las discusiones y escenarios académicos y científicos contemporáneos (Fraser, 1995; Plummer, 1992; Williams, 1995 ). Además, las ciencias sociales y humanas se han visto hoy impactadas porque aquellos que siempre fueron los “objetos” de estudio empezaron a hablar de sí mismos sin necesidad de la mediación de especialistas e irrumpieron en la academia en (Ed.)., el cual tuvo como antecedente inmediato una investigación sobre el comportamiento sexual de los colombianos y su relación con el VIH/SIDA. Una de las líneas que toma el proyecto es el estudio del “mercado gay del orgasmo” la cual parte del trabajo ya señalado de Salazar (1995).

Estos textos tratan de iniciar exploraciones empíricas en el campo de la sexualidad, y dentro de ella la homosexualidad, desde miradas diferentes a la sexológica y clínica mostradas antes. Como los anteriores, el tema del género no es abordado de manera directa, excepto en Velandia (1996) quien lo relaciona con la construcción de la identidad. Pareciera que al no existir ya la prioridad de legitimar la “normalidad/ naturalidad” de la homosexualidad, el panorama de las investigaciones se ampliara hacia la relación de ésta con otras áreas de la vida: con el erotismo y el afecto (Salazar, 1995; Sevilla, 1996); con el impacto de las enfermedades de transmisión sexual (Velandia, 1996; LCLS, 1996); o con la marginalización social (Pión, 1991; García, 1994)14.

3. ¿Conocimiento para qué?

Mucho se ha discutido en la actualidad sobre las implicaciones políticas, sociales, culturales e incluso económicas de la producción de conocimiento desde las disciplinas científicas. El ejercicio investigativo no está separado de las relaciones de poder y hegemonía que viven las sociedades y tanto los objetos de la investigación como los modos de hacerla están relacionados con aquellas; lo que se dice y lo que se deja de decir afecta a los grupos implicados en ello y tiene a veces costos sociales altos15. La producción de conocimiento especializado para las reivindicaciones políticas y culturales de grupos considerados como “minorías” -la calificación misma tiene ya implicaciones-, ha entrado a cobrar lugar significativo en las discusiones y escenarios académicos y científicos contemporáneos (Fraser, 1995; Plummer, 1992; Williams, 1995 ).

Además, las ciencias sociales y humanas se han visto hoy impactadas porque aquellos que siempre fueron los “objetos” de estudio empezaron a hablar de sí mismos sin necesidad de la mediación de especialistas e irrumpieron en la academia en aquellas disciplinas de las que fueron actores pasivos. Es así como han surgido campos de trabajo interdisciplinarios motivados por las particularidades de los grupos en cuestión y en estrecha relación con sus necesidades. Junto con los blackstudies y women´s studies aparecen también trabajos sobre la diversidad sexual: gay, lesbian, bisexual,transgender and “queer” studies (Plummer, 1992; Williams, 1995). Para Plummer (1992: 12) los lesbian and gaystudies cumplen una función de “autocomprensión” y son necesarios pues permiten avanzar intelectualmente al crear nuevas áreas de estudio ; organizativamente disminuyen las condiciones de aislamiento y hostilidad que se viven y políticamente demuestran a la academia la existencia de los homosexuales como sujetos sociales. Del mismo modo, se han dado compromisos explícitos e incluso activismos políticos de sectores de la academia simpatizantes y/o parte de los grupos en cuestión, lo cual ha contribuido a afirmar la importancia social de tales áreas de estudio (Williams, 1995).

En este balance no fue posible investigar el impacto de los textos reseñados en su época; sabemos que algunos de ellos buscaban ofrecer una mirada positiva sobre la homosexualidad en un medio discriminador y excluyente como el colombiano. Sin embargo, es posible suponer que su rango de acción fue limitado, entre otras razones porque no se han desarrollado líneas de reflexión que continúen y discutan dichos planteamientos; tampoco existe una “comunidad académica” que trabaje estos temas, como sí sucede con los estudios sobre mujeres o sobre grupos étnicos16. Dicha situación se debe en parte también a que las formas que han tenido las organizaciones homosexuales en Colombia -atomizadas, regionales, de escasa duración- no han consolidado un movimiento social de base que afecte a la academia; los grupos de apoyo en formación ahora en las universidades tienen un papel en la construcción de conocimiento especializado. El texto de Botero (1980) sigue siendo pionero y único.


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Citas

1 Entiendo por “discurso” un conjunto de saberes construidos social e históricamente para dar razón de una situación; los discursos actúan como formas de pensar la “realidad”, de organizarla y darle sentido.

2 No se incluyeron textos de tipo divulgativo o informativo presentes en publicaciones periódicas por ser difícil determinar las metodologías y conceptualizaciones usadas por los autores.

3 De ningún modo pretendo establecer categorizaciones de importancia. Con respecto a la construcción de la identidad de los sujetos el rol de género es parte de otros aspectos como la identidad sexual, la orientación erótica, las condiciones biológicas y su identidad con ellas y la conducta sexual. Velandia (1996) presenta un estudio de caso de cómo se construye la identidad en jóvenes vinculados a la prostitución donde se observan los aspectos señalados.

4 Es por este origen que el término género termina siendo sinónimo de “discursos de/sobre mujeres”; “Se dice ‘perspectiva’ de género cuando se refiere a perspectiva de las mujeres y, por lo general, de un grupo de mujeres determinadas; o a la posición de feministas o a una vertiente dentro del movimiento. En años recientes, en el análisis social y en los ordenamientos burocráticos cotidianos sustituye a la variable sexo.” (Barbieri, 1996: 55).

5 La primera etapa del feminismo se llamó “de la igualdad” pues su prioridad fue que la mujer accediera a los espacios que antes les eran vedados, lo que sin embargo tuvo el costo de asimilar sus reivindicaciones con el mundo del hombre; a esto reaccionaron las “feministas de la diferencia” quienes al contrario, resaltaron la importancia de su particularidad e incluso superioridad con respecto al hombre (Fraser, 1995). Al mismo tiempo los movimientos homosexuales proclamaban su diferencia y creaban una subcultura que les daba nuevos territorios, lenguajes y modos de vivir diferenciados del mundo heterosexual. Pero ninguno de los dos movimientos podía mantenerse al margen del contexto social cada vez más multicultural y sus reivindicaciones se abrieron hacia nuevas expresiones: la diferencia de género se convirtió en las “diferencias entre mujeres” ante la aparición de mujeres negras lesbianas y de mujeres inmigrantes que no se identificaban con otras feministas -por lo general anglosajonas, blancas y heterosexuales-. Del mismo modo los movimientos gay se han abierto hacia tendencias múltiples, desde las más “asimiladas al sistema” monogámico heterosexual blanco de clase media y que buscan los derechos civiles, hasta las Drag Queens, las comunas lesbianas sin presencia de machos y los grupos espirituales.

6 El poder al que me refiero no es una instancia sólida y homogénea de la sociedad como el Poder Soberano de la censura y el No; más bien, es disperso, múltiple y multiforme, inunda el escenario de lo social hasta las instancias más íntimas, va más allá del esquema dominador-dominado e implica complicidades y consentimientos, es útil y también causa sus propias resistencias.

7 La homosexualidad, como la experiencia sexual, es aprendida; existen muchos tipos de homosexualidad; no es patológica; el papel de la relación padre-hijo parece ser muy importante en muchos casos de homosexualidad; el problema de normalidad vs. anormalidad depende de la teoría de personalidad que se maneje (Giraldo, 1977).

8 Esta discusión sobre la importancia de los factores biológicos en la etiología de la homosexualidad ha estado presente a lo largo de las últimas décadas y ha tenido cierto resurgimiento en años recientes, con investigaciones endocrinas y genéticas. Más allá de los desarrollos investigativos referidos, la raíz biológica de la homosexualidad ha sido uno de los argumentos con más celo defendidos por parte de los movimientos gay anglosajones a diferencia de los franceses, los cuales se muestran reservados ante dichas investigaciones, entre otras razones por las implicaciones éticas que suponen (Ver al respecto un artículo publicado en Le Point, 1993).

9 En el primer caso la normalidad sería la “ausencia de síntomas desfavorables”, desde la cual señala Manrique que algunos psiquiatras y psicoanalistas consideran la homosexualidad como enfermedad; como utopía la “normalidad” es un ideal de plenitud; como promedio la “normalidad” sería lo que las mayorías hacen, dicen o piensan, desde lo cual la homosexualidad sería una contradicción a las normas imperantes; como proceso la “normalidad” tendría que ver con el ajuste del individuo al medio y a sí mismo, perspectiva hacia la cual el autor se identifica.

10 Este punto es importante resaltarlo pues contrasta con corrientes gay esencialistas que encuentran en la homosexualidad algo más que un modo de acción, bien sea porque le dan una condición espiritual propia imposible de limitar a un comportamiento (Thompson, 1987) o porque supone modos de ser y no sólo de hacer (“es más que lo que se hace en la cama”, Clarck, 1988).

11 Un antecedente al respecto es la Tesis presentada en 1979 por Sierra y Rueda al Magister en Psicología de la Universidad Santo Tomás y sobre la cual se basa el artículo de Ardila (1985). Este mismo autor realiza en el momento una investigación sobre parejas de hombres homosexuales.

12 En este momento existen algunos trabajos en curso: siguiendo con la etnografía, Betty Sánchez, estudiante de antropología de la Universidad Nacional está realizando su tesis de grado sobre el transformismo y su relación con el ritual y Oscar Bravo, de psicología en la misma universidad, estudia aspectos psicosociales de lesbianas en la ciudad de Santafé de Bogotá.

13 Manuel Velandia tiene una amplia trayectoria en el país en el estudio de la homosexualidad, incluyendo una investigación inédita sobre hombres en prostitución hecha en 1977. Además ha participado en actividades en defensa y divulgación de los derechos de los homosexuales.

14 Existen dos textos más que no quisiera dejar de lado, pero que no puedo ubicar aún en el material que tengo hasta el momento: Pablo Rodríguez publica (1995) un breve caso de lesbianismo durante la época de la Colonia; Lucena (1966) describe un caso de “bardaje” entre un grupo indígena del Tomo, en la entonces comisaría del Vichada, Colombia; hay muy pocas descripciones históricas y etnológicas de la “homosexualidad” en el país.

15 En nuestro caso puede citarse el papel de la antropología colombiana en relación con las reivindicaciones de los grupos étnicos. Mientras se cuenta con un bagaje de conocimientos sobre grupos indígenas, el tema de los grupos negros apenas se empieza a tocar, lo cual en parte afectó la forma como cada uno de ellos accedió a los cambios políticos de la nueva Constitución de Colombia en 1991. Para ampliar este caso de la creación de conocimiento especializado se puede consultar a Arocha, 1996.

16 Lo anterior no quiere decir que no hayan existido en el país discursos en los cuales se expresen “voces” homosexuales; ha sido por el lado de la literatura -textos recientes como Un beso de Dick, de Fernando Molano-, el ensayo “Las dos vidas de Claudio”-, la poesía y en algunos momentos en publicaciones especializadas como las mencionadas, por donde se ha construido, aún de manera tímida, un proceso de autonombramiento.


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