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Carlos Guevara A.*

Una de las características del mito es el reconocimiento de una carencia en el tiempo presente. El mito de Orfeo con su descenso al Hades, puede simbolizar, y de hecho simboliza, la inclinación humana que por el sendero de la iniciación logra el descubrimiento del ser interior, del sí mismo junguiano, en donde reside la verdad de cada hombre. En la literatura universal (antigua y contemporánea) el viaje del protagonista representa ese descenso al Hades por parte de los individuos que, queriendo trascender lo material, se hallan frente a la luz interior que suplirá las carencias de la vida prosaica en la que discurre lo mundano.

1. La búsqueda del sí mismo

A la creación artística, y especialmente a la literaria, le han dedicado desde el sicoanálisis estudios en los que es fácil advertir contradicciones a veces radicales. Para Freud, por ejemplo, lo instintivo personal, la sublimación de un deseo inconsciente son los elementos primordiales en una obra. Para Carl Jung, por el contrario, una gran obra es la expresión más acabada de los arquetipos colectivos y en su proceso de realización el autor es víctima de un embrujo particular, de una posesión superior a sus fuerzas que lo convierte en medium en el que se apoya el sí mismo en conjunción con el yo para remitir un mensaje arquetípico-espiritual a toda la humanidad o a los miembros de una cultura como compensación de una carencia colectiva. Así, quien se compenetra con una gran obra, se sumerge en un mundo mágico-mítico en el que se toca con los misterios de su ser interior y establece puentes de contacto con el espíritu universal.

En Jung, el concepto del sí mismo expresa la totalidad del hombre, la extensibilidad de su conciencia y del inconsciente; representa todo el potencial espiritual del sujeto, toda su conciencialidad. Es el principio y la meta de la “individuación”. En el sí mismo se sintetiza la verdad de lo que el hombre es; en él se ubica el centro absoluto en que el individuo se siente libre, fiel a sí mismo, partícipe y responsable de lo cósmico, de lo trascendental que rebasa el tiempo y el espacio racionalizados de la conciencia y se interna en otro tempus, en otra dimensión regida por categorías distintas a las del pensamiento lógico-racional.

El proceso de individuación expresa en Jung la auténtica realización del sujeto, su plena madurez espiritual, la integración de su sombra y su alma, la desalienación de su yo, el encuentro con su sí mismo y el paradójico alejamiento de lo colectivo, de lo general, para unirse más íntimamente a lo profundo humano de cada criatura, de cada grupo.

Si bien ese proceso de individuación en la búsqueda de la luz es algo permanente, sólo a partir de una crisis particular de la existencia es que el individuo, mediante profundas reflexiones y mediante una repentina comprensión del mundo en el que se mueve y de sus circunstancias, opta por separarse del camino de la colectividad y seguir su propia senda iniciática hacia su interior. Es decir, la individualización corresponde a un viaje solitario por nuestros propios paisajes en los que encontramos fantasmas, monstruos, peligros y precipicios pero también frescos prados, oasis y valles apacibles. Se inicia el viaje hacia el sí mismo cuando el individuo decide, frente a una profunda crisis espiritual que le ilumina y le afecta, dejar de ser “uno de muchos” y realizar las potencias de su críptico y misterioso mundo interior embarcándose en sus bajeles y surcando sus propias aguas.

El viaje se inicia cuando el individuo se reconoce con sus aspectos positivos y negativos, acepta sus responsabilidades y visualiza el sendero ascendente de lo espiritual que se personifica en el arquetipo del anciano sabio investido del carácter sapiencial que le otorga una ética individual por encima de esa “moral social” común que achata a los hombres, les niega su autonomía y los manipula; una ética individual que a pesar de llevar implícito un apartamiento, es solidaria con los demás y contribuye a crear una comunidad universal de hombres libres y elevados, conocedores de sí mismos.

El fin del viaje ocurre cuando el individuo que antes se sentía dividido, inauténtico, oscilante entre pasiones diversas de las ofrecidas por un mundo tentador, se encuentra ahora dueño de una unidad que enriquece su existencia con un inimaginado sentido espiritual que lo torna sereno y totalmente consciente, que lo sumerge en el nirvana integrador y que lo transforma para continuar, a su regreso, una relación llena de comprensión y amor por el mundo pero alejada de lo intrascendente, de lo alienante, de lo que engaña y mancha con halagos a los seres para desviarlos del sendero individual de la luz. En fin, el encuentro del sí mismo no es otra cosa que la plenificación de la conciencia, es decir la “conciencialización” de los materiales del inconsciente y el hallazgo en ellos de respuestas a nuestras limitaciones, de la luz del conocimiento que hace digna la vida del individuo que se sabe poseedor en ese instante de unos valores, de una verdad orientadora, de un sentido claro de la existencia.

2. Lo Órfico como elemento místico

El mito de Orfeo es una de las expresiones simbólicas de esta experiencia de transformación en que se embarcan los hombres en un momento decisivo y trascendental de su existencia individual o colectiva. Orfeo, hijo de Eagro, recibió en revelación una serie de misterios y los difundió a través de la música. Esos misterios correspondían a una especie de religión esotérica que revelaba sus principios y secretos sólo a quienes estaban preparados y dispuestos a seguir el sendero de la luz interior.

Los órficos creían en la inmortalidad del alma y en la transmigración a través de muchos cuerpos para alcanzar la purificación. Por su misma esencialidad, el alma buscaba -según ellos- retornar a su verdadero estado de belleza y perfección perdidos por el contacto con lo mundano. Para los órficos, el hombre es una dualidad en la que se enfrentan fuerzas antagónicas: luz y sombra, bien y mal, bondad e indiferencia, etc. El camino de la luz, el orfismo, propone desatar el alma de las tinieblas titánicas y llevarla a la divinidad dionisíaca para acceder a la individuación, a los valores reales.

Este camino de iniciación esotérica o mística no fue nunca popular en la sociedad griega, sino que permaneció reservado a pequeños grupos alejados de la religión “oficial” de los señores del Olimpo, mundana y escandalosa. Se proponía reformar la vida íntima del hombre mediante su elevación, a través de la música, más allá de la inmediatez; la música como elemento mediático predisponía el alma o la psiquis al arrobamiento, a la exaltación, a la liberación dionisíaca y permitía al individuo una trascendental ruptura con el mundo inmediato, con la naturaleza reducida al mero ejercicio de lo sensorial o de lo material.

Pitágoras fundó en Crotona una confraternidad órfico-religiosa llamada el pitagorismo, el cual sustituyó a Dioniso por las matemáticas que permitían al individuo, según ellos, ordenar su vida interior para ponerla en consonancia con el cosmos. Así, para Pitágoras, la liberación del alma sería consecuencia del trabajo del intelecto que descubre que toda cosa tiene una estructura numérica que la subordina a una medida particular. Los pitagóricos creían que en la juntura entre matemáticas, música y astronomía se iniciaba la senda que podría conducir a la armonía del individuo en toda la plenitud de su esencialidad. Con el estudio y la reflexión sobre dichas disciplinas se alcanzaba una reinterpretación de la realidad, un enfoque armónico y claro sin las manchas que se producen como resultado de los instintos y ambiciones vulgares. Era, en síntesis, el restablecimiento del sentido frente al mundo y frente a sí mismo por parte del hombre como sujeto dueño y poseedor de una conciencia evolucionada.

El viaje de Orfeo al mundo subterráneo, al Hades, en busca de su amada Eurídice simboliza en efecto la decisión humana de adentrarse en el camino de la sabiduría interior, del conocimiento de sí mismo que siglos después fuera base fundamental del pensamiento socrático. El viaje de Orfeo al reino de Hades (o Plutón) y de Proserpina, tiene un simbolismo muy claro fácil de asociar al concepto de la búsqueda del sí mismo de la teoría Junguiana. Veamos:

Eurídice, la amada belleza, simboliza el sentido de la existencia, el principio y el fin de la búsqueda iniciática fuera de la cual la música, que aquí simboliza la vida misma, carecería de sentido, pues habiendo Orfeo jurado en su niñez que dedicaría toda la vida a este arte, las dos categorías se funden entonces no solo en la externalidad de un juramento sino en el simbolismo profundo que las junta como armonía, gracilidad y belleza. Eurídice es, vista desde esta perspectiva, como la esperanza, como el anhelo místico de quien busca su propia perfección; el reencuentro entre el ánimus y el ánima en un himeneo conciliador que alienta al hombre; ella es el complemento que enriquece la vida interior, es la dimensión dulcificadora que aparta de la colectividad amorfa y densa y promueve la transformación; ella es la instancia con la que se completa la conciencialización.

Pero para poder alcanzar y rescatar de la muerte a esa Eurídice, perdida por culpa de una serpiente1 , Orfeo debe hacer todo un camino que lo llevará del mundo de los hombres, en otras palabras del mundo de los no adeptos, a los misterios del reino del conocimiento, de la verdad.

Durante días y noches Orfeo camina por escarpados senderos, por hostiles y oscuros bosques y llega a la entrada de los infiernos.

Observa por última vez el mundo exterior y se adentra en ese descenso guiado solo por la imagen de Eurídice: luz, buen destino. Caronte es el primer obstáculo; un vivo no puede ser transportado por la laguna Estigia al reino de las sombras. La música de Orfeo lo conmueve y conmueve también a Plutón y Proserpina quienes los dejan partir con una mueca cómplice que indica que lo que pertenece al Hades no podrá salir de allí y aunque sea en el último escalón, será de nuevo arrebatado como mensaje al mundo de arriba, al de los hombres no iniciados, de que la sabiduría es un premio al sacrificio, al esfuerzo de quienes se atreven a viajar para encontrarse con ella y no un regalo para quienes están fuertemente apegados al mundo de la superficialidad.

Orfeo, como consecuencia de su viaje, sufre una transformación absoluta en su vida. Se aparta de los hombres, frecuenta los bosques y las montañas solitarias, irradia un aura de infinita tristeza, su canto se hace quedo y melancólico y espera la transmigración para unirse así a su alma gemela y entonar el canto del amor como elemento más fuerte que la muerte.

3. Lo Órfico en la literatura como puerta de otro tiempo.

El fenómeno de lo órfico o del viaje se repite a lo largo de toda la literatura clásica, medieval y moderna. Así, en el canto undécimo de La Odisea, Ulises descendió igualmente al Hades con el único propósito de saber la verdad sobre las circunstancias de su vida en ese viaje penoso y lleno de escollos que lo llevaba a Itaca. Allí, en el hades, habla con Tiresias, símbolo de la sabiduría y del conocimiento, para aprender de su boca la verdad de su destino.

Heracles baja al Hades en tres ocasiones: una de ellas para arrancarle el cancerbero y presentárselo al rey Euristeo, quien aterrado se escondió en un tonel. La segunda para rescatar a la esposa de Admeto, Alcestes, quien había muerto y que fue arrebatada a la muerte y devuelta a su esposo rompiendo así de manera macabra el orden del reino de las sombras como ya antes lo había hecho Esculapio, fulminado por el rayo de Zeus ante las quejas de Plutón por las constantes y numerosas resurrecciones que ejecutaba el médico, hijo de Apolo. El tercer viaje lo hizo Heracles para rescatar a su amigo Teseo y a Piritoo, quienes habían quedado pegados a sus sillas como castigo por querer raptar a Proserpina. No olvidemos que Heracles fue iniciado en los misterios menores de Eleusis antes de descender a la morada de Hades por primera vez y que al parecer le quedó gustando el desafío que le planteaba en cada viaje a lo desconocido. También viajó al Cáucaso a liberar a Prometeo del castigo que, según refiere Esquilo, le había impuesto Zeus por darles a los hombres el don y el dominio del fuego. Prometeo ha sido relacionado con la tendencia humana por escapar al dogma y alcanzar la conciencia plena, la madurez interior, la individuación que hace al hombre autónomo, libre de las ataduras de la ignorancia y el dogmatismo.

La Eneida igualmente es la representación del héroe que escapa al incendio del mundo troyano donde la muchedumbre adolorida se queja de sus limitaciones y miserias. Eneas descendió igualmente al Hades acompañado por la sibila de Cumas, símbolo de su iniciación en los misterios de la sabiduría esotérica, y quedó horrorizado con las escenas que observó, aunque también fue en ese viaje que obtuvo la sabiduría necesaria para salir victorioso de los retos del destino que lo tenía reservado como génesis de la raza que habría de fundar al imperio romano.

Los héroes siempre, en todas las mitologías y en su literatura, constituyeron la unión directa entre el mundo humano y el divino, es decir la expresión del hombre que estando en el mundo no está con él sino que ausculta la existencia humana en lo que tiene de más alto y profundo. Son ellos quizá la simbolización del individuo que protesta contra un destino común, abrumador y que convoca a una manera inusual de pensar y afrontar la vida. Lo órfico representa una reacción contra el sufrimiento impuesto por el destino, mediante un viaje que es la prueba más terrible a la que puede someterse el hombre en el sendero de su transformación. A ese tormento del destino se le designó con la palabra pathos y a la decisión de reaccionar se le denominó ethos, acción de partida, inicio del viaje para alcanzar el mathos, descubrimiento del bien y del mal, determinando así la katharsis, la purificación del espíritu mediante la agón, que es la palabra con que se representa la lucha contra las ataduras del inconsciente, poblado de mostruos y peligros pero donde reside igualmente la sabiduría suprema. En otras palabras, se trata de un círculo que arrancando del hombre llega otra vez a éste, pero a su otro lado, al lado que permanecía a oscuras y que ha sido iluminado por el proceso del viaje que implica purificación a través del sufrimiento. Es como el retorno del ser a su verdadero hogar, limpiado ya de las impurezas de lo mundano.

El fenómeno órfico o del viaje pareciera no respetar diques culturales, como obedeciendo a un elemento arquetípico que cruza los espacios y los tiempos de la historia y que corroboraría las afirmaciones Junguianas en torno a la obra literaria como creación visionaria en la cual el autor extrae los elementos para sus obras de ese transfondo desconocido de la naturaleza humana, de esos nacederos profundos del inconsciente en los que se sintetiza lo colectivo y se comprime el espíritu del creador y éste, inconscientemente, como embargado por una fuerza superior, habla con la voz de multitudes, liga y expresa los sueños de crecimiento espiritual existentes en todos los hombres. Heidegger nos dice al respecto que el creador es un individuo dueño de un poder visionario que lo aparta del interés mundano y lo despoja del “velo de Maya” - como él lo llama- para adentrarlo en la autenticidad de su ser.

Una de las consecuencias del viaje órfico es la transformación total que sufre el héroe luego de su experiencia. Ya nunca más será el mismo que fue antes de su partida. Lo órfico corresponde a un proceso de transformaciones cada vez más sutiles y el retorno al hogar nos descubre a un ser que es el mismo pero a la vez es otro porque ya una luz particularmente intensa irradia su ser; ya ha ocurrido el “milagro” como llama Hegel a la transformación trágica. Lo órfico correspondería, ya en la filosofía platónica, heredera de algunos de sus matices iniciáticos, al individuo que en la alegoría de la caverna, habiendo salido de las sombras de su mundo y visto la luz, regresa a donde sus congéneres con los deslumbrantes conocimientos de un universo que para ellos sigue siendo una ficción o inclusive una agresión.

La transformación aparta al héroe del mundo; su elevación lo ha incapacitado para compartir unos espacios con los demás hombres; ocurre entonces un distanciamiento fraternal que lo torna lejano aunque atento al rumor del mundo. Orfeo, luego de su viaje, fue otro ser: un hombre abatido por las verdades que halló. Ulises salió del Hades sobrecogido de espanto como Eneas. Moisés, en el mito bíblico, irradiaba una intensa luz después del viaje hecho a la montaña para recibir las tablas de manos del propio Dios envuelto en fuego. Cristo descendió a los infiernos para después resucitar y una luz - añade el Testamento- rodeaba su ser. Su actitud era igualmente lejana, casi indiferente a las cosas del mundo. En la Divina Comedia hay otro descenso a los infiernos, condición previa de la iniciación que debe pasar por el tormento, por el pathos, antes de ascender a la gloria simbolizada por Beatriz. Mucho después el Quijote, en la segunda parte, desciende a la cueva de Montesinos y para el lector el personaje sufre desde ahí una transformación decisiva.

Como la obra de arte es, después de todo, una representación simbólica de la cultura, es decir de las vivencias humanas, de las crisis sociales, de los sinsabores de la existencia pero también de los sueños de libertad y bienestar, de las ilusiones y expectativas humanas, el fenómeno órfico, representado en un viaje al infierno o a cualquier otro sitio que implique transformación espiritual, se erige como una constante inconsciente que expresa paradójicamente el anhelo por alcanzar una capacidad de conciencia, una conciencialización de la existencia que es en el fondo lo que hace humano al hombre; es decir que lo que legitima al individuo como diferente a los demás seres de la naturaleza es el desarrollo de la conciencia, de la siquis, en palabras de Freud.

El Hades, el infierno, o como pudiera llamarse el destino final del viaje es, según Mircea Eliade, una puerta, una abertura que permite el paso de un modo de ser a otro, de una situación existencial a otra. Es un tránsito a otro tiempo, al tempus del espíritu, lo que sugiere la idea del pasaje peligroso, de la mutación ontológica que transfigura la existencia del hombre en un movimiento que consiste en el abandono del “nido” es decir de toda situación social para consagrarse únicamente a la marcha hacia la verdad suprema que en las religiones o filosofías más evolucionadas correspondería a lo que alguien llamó el Dios escondido, el Deus absconditus. Para llegar a ser verdadero hombre - apunta Eliade-se debe morir a esta vida natural y renacer a una vida superior que es a la vez mítica, religiosa y cultural. Podríamos afirmar entonces que la condición esencial del verdadero individuo es la de ser un viajero a través de su ser. Vivir es en este sentido viajar; es circular en torno a sí mismo.

Al penetrar por esa abertura que lleva a las profundidades del sí mismo, él entra en su propio templus, que correspondería a su otro espacio; y penetra también a otro tempus, que sería su otro tiempo. Templus y tempus que en términos de Eliade, citando a Herman Usener, serían el espacio y el tiempo cósmicos que no existen sino desde el momento en que empieza a existir la cosa que transcurre con ellos; en otras palabras, entrar al templus es ingresar al tempus propio que transcurre paralelo al tiempo cronológico de un mundo enloquecido que busca transponer el umbral de sí mismo para encontrar respuestas a sus dudas eternas.

Finalmente, podríamos afirmar que las grandes obras de la literatura de todos los tiempos reflejan, sin que haya sido este el propósito consciente de sus autores, un universo mítico-mágico que recupera, desde la ficción, la esencialidad del hombre y sus senderos místicos; y podríamos afirmar también que hacer una buena lectura es crear la posibilidad de encontrarse con las claves de la acción humana en sus ambiciones de elevamiento espiritual a través de los tiempos. Vista así, la literatura deja de ser el simple relato de historias o aventuras a que a veces se le quiere reducir y pasa a ser lo que es: una huella indeleble de la cultura humana.

 

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Citas

 

1 Nótese la relación sobre la serpiente entre el mito bíblico de la pérdida del paraíso y este mito órfico.

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* Profesor de literatura. Actualmente vinculado a la Facultad de Comunicación Social - Periodismo de la Universidad Central.


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