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Los adolescentes y la escuela de final de siglo*

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Los adolescentes y la escuela de final de siglo

Adolescents and the end of the century school

Adolescentes e a escola do final do século

Elsa Castañeda B.**


* En su primera versión el presente artículo fue publicado con el título: Adolescentes de final de siglo: Fragmentación de sensibilidades en: La cultura Fracturada. Ensayos sobre la adolescencia colombiana (1995) Bogotá: Tercer mundo-Fes-Colciencias.

** Coordinadora de proyectos de investigación de la fundación FES. Profesora de la línea de investigación en juventud, identidad y lazos sociales de los jóvenes colombianos del postgrado en Psicología Comunitaria de la Pontificia Universidad Javeriana.


El adolescente, vacilante entre la
infancia y la juventud, queda en suspenso un instante
ante la infinita riqueza del mundo.
El adolescente se asombra de ser».

Octavio Paz

Resumen

En los estertores del milenio los adolescentes colombianos trasegan entre la lenta cultura premoderna de la escuela y la intensa rapidez de la posmodernidad. Este artículo busca descubrir la naturaleza de las nuevas sensibilidades de los adolescentes escolares colombianos, interpretándola desde la experiencia vital de éstos, sin traducir sus ansiedades y sensibilidades juveniles a un capital cultural o ideología de verdad


Los adolescentes son el espejo en el que se mira una sociedad. Espejo en cuanto en ellos se puede ver materializado el proyecto de hombre y sociedad que las generaciones adultas han construido para sí y para las generaciones posteriores.

Esta afirmación toma fuerza en la actualidad, cuando a nivel nacional como internacional se viven cambios radicales que rompen con lo instituido durante siglos. Los metarrelatos de la modernidad hacen crisis y como lo afirma Lipovetsky (1986)»de la obsesión por la producción y la revolución de la edad moderna, estamos asistiendo a una nueva era obsesionada por la información y la expresión» (p.14)

Develar la naturaleza de las nuevas sensibilidades que se están despertando en la sociedad contemporánea y concretamente en los adolescentes colombianos que se encuentran actualmente en la escuela secundaria colombiana es el propósito del presente texto. Para tal efecto, es necesario hacer algunas precisiones:

  1. Muchos de los cambios, aún en curso, considerados por algunos como mutación histórica (Lipovetsky:1986) penetran y hacen mella en todos los segmentos poblacionales, estamentos y grupos sociales a pesar de que son experimentados y asimilados de manera diferente por cada uno de ellos. Dichos cambios han generado una nueva forma de control de los comportamientos sociales e individuales y una multiplicidad de modos y estilos de vida.
  2. La sociedad en general y con más fuerza las nuevas generaciones se ven enfrentadas, -muchas veces sin darse cuenta-, a un estado permanente de construcciónreconstrucción, donde parecería que todo vale.
  3. Más que una época, este período de mutaciones es considerado como una actitud, representada en imágenes, comportamientos y sentimientos que predominan en el alma colectiva llevando a desarrollar una sensibilidad específica que determina formas particulares de concebir y relacionarse con el mundo.
  4. Aunque a lo largo del texto se habla de adolescentes o jóvenes de manera indiscriminada es necesario aclarar que el término adolescencia está más relacionado con las muchachas o muchachos que se encuentran vinculados al mundo escolar cursando el bachillerato y no a los que están en la universidad, en el mundo laboral o desempleados. Pareciera que cuando se desvinculan del colegio, sin importar su edad, su estrato social o sus comportamientos, inmediatamente se convierten en jóvenes (Alzate, 1995).
  5. En Colombia conviven no sólo distintas etnias, culturas y clases sociales sino varios tiempos históricos. Sobre un mismo territorio o separados apenas por unos pocos kilómetros, diferentes épocas entran en conflicto ya sea enfrentándose, ignorándose, tolerándose o simplemente soportándose. Basta con ir de una ciudad a otra o cambiar de barrio dentro de ella para pasar de la modernidad a la premodernidad o para ver cómo cohabitan en un mismo individuo un modo de vida premoderno en un entorno posmoderno.
  6. La complejidad de las mutaciones históricas que se están dando, sumadas a la situación conflictiva, paradójica y violenta de la Colombia actual, exigen abandonar los esquemas convencionales con los que se han venido estudiando los fenómenos sociales y culturales que experimentan los jóvenes, para lograr una aproximación conceptual consecuente con sus características inéditas y con la posibilidad de asombro que pueda desencadenar en la comprensión de dichos fenómenos.

En virtud de las precisiones anteriores se intentará argumentar la naturaleza de las sensibilidades de los adolescentes desde su experiencia vital evitando traducir sus ansiedades y sensibilidades juveniles a nuestro capital cultural o ideología de verdad (Rincón, 1994).

Este abordaje metodológico y conceptual posibilitará ser más libre en la aprehensión de los modos de relación y expresión de los adolescentes, -que durante dos años y medio hicieron parte del Proyecto Atlántida-, en cuanto permite identificar y comprender cuáles son, cómo son y cómo se manifiestan sus sensibilidades individuales y sociales, cuál es su ideal estético y cómo construyen su vida alrededor de él, cuál es la dinámica entre el tipo de símbolos que crean los jóvenes y las representaciones sociales que determinan y hacen que compartan unas sensibilidades específicas, qué tiene que ver la escuela en estos procesos, qué tipo de sensibilidades despierta, educa, o moldea, qué hace o deja de hacer.

Las respuestas a estos interrogantes se darán básicamente desde el planteamiento y documentación de dos puntos: El espíritu de nuestro tiempo y la escuela de nuestro tiempo.

En el primer punto se intentará identificar las transformaciones culturales que viven los adolescentes colombianos. En el segundo punto, se recogerán los conceptos fundamentales argumentados en el aparte anterior, para ponerlos de cara a la escuela con el propósito de comprender los encuentros y desencuentros culturales entre una juventud fragmentada, heterogénea, dispersa como reflejo de una sociedad escindida, de contrastes, de mezclas que transita de manera desigual hacia la inserción en el mundo moderno (Kronfly, 1994), y una escuela que cierra sus ojos ante esta nueva realidad tornándose homogenizante, autoritaria y de alguna manera atrasada en la medida en que sus estructuras fundamentales quedaron ancladas en el pasado, en una sociedad que ya no existe.

El espíritu de nuestro tiempo1

Siendo la adolescencia un período moratorio a la adultez, donde el joven vive la tensión entre ser reconocido como sujeto individual y social aquí y ahora y entre lo que será y representará para la sociedad en el futuro, es lícito pensar que es la población más susceptible de percibir y hacer suyos los cambios que la cultura contemporánea está viviendo.

Así mismo, sería absurdo definir nuestra sociedad como un sistema homogéneo, único y, pensar que la adolescencia es una sola. Bastaría con cambiar de ciudad, de estrato económico, de tipo de colegio o de familia para comprender que cada desplazamiento produce una manera particular de ser adolescente. No obstante, es legítimo hablar de los jóvenes o de los adolescentes de manera genérica puesto que existen algunas sensibilidades que atraviesan a todos los jóvenes colombianos, haciendo la salvedad de que hay tendencias, gamas, intensidades y mezclas que se irán contextualizando a medida que se presenten.

Transposición del orden o substitución de una cosa por la otra.

La revolución en el pensamiento y el arte contemporáneo han llevado no sólo a los científicos y artistas a un estado permanente de incertidumbre, sino también a la sociedad. Cada día se pone en duda o en tela de juicio lo que se sabía del ser humano. En la vida cotidiana la transposición o la substitución de los valores se hace evidente: los adolescentes de las generaciones pasadas tenían como modelo a los adultos, deseaban ser independientes, trabajar, recorrer el mundo, irse de sus casas paternas; ahora, especialmente los de las capas medias y altas que viven en las grandes ciudades, cada vez, con más ahínco, buscan prolongar su adolescencia; pareciera que nadie quiere ser adulto, el culto a la juventud se incrementa día a día. Lo que hacía parte del mundo privado ahora se vuelve público y viceversa. Con la expansión de los medios masivos de comunicación es común observar cómo muchos elementos urbanos de los jóvenes habitan en contextos rurales. De las generaciones contestarias y revolucionarias de los años 60 y 70 pasamos a la generación de la indiferencia. Más que querer proyectarse hacia el futuro, los jóvenes se anclan en el presente. Examinemos por separado cada una de estas situaciones.

• De lo privado a lo público

Ya es un lugar común afirmar que los medios de comunicación y los grupos de pares suplieron el poder socializador que durante años cumplieron de manera prioritaria y casi exclusiva la familia y la escuela. Explicitar el papel que juegan las sensibilidades juveniles en la explicación de dicho fenómeno es nuestro propósito.

«Descubrir el mundo sin los adultos, en el espacio público», es el lema y el deseo de las nuevas generaciones de adolescentes. Los jóvenes cada vez buscan y defienden con más firmeza sus espacios propios. Denominados por ellos espacios de libertad son aquellos lugares donde el adulto no está presente: la calle, los centros comerciales, el patio de recreo, la playa. En las ciudades los espacios preferidos de encuentro con sus pares son los centros comerciales; allí pueden resguardarse de la inseguridad que hay en las calles de la ciudad, hablar tranquilamente con los amigos, actualizarse en la moda, conocer otros adolescentes, relacionarse con jóvenes del sexo contrario y, de pronto levantarse un novio o una novia. El lugar preferido de los escolares adolescentes es el patio de recreo; allí puede hablarse de cualquier cosa, el humor, «la recocha», la conquista, están permitidos siempre y cuando los maestros no estén presentes o se haga a espaldas de ellos. En sitios como San Andrés, Providencia, Cartagena la playa es el lugar predilecto de los jóvenes porque allí se baila, se escucha música, se enamora, se luce la última moda.

Para los adolescentes el otro, el par, el igual, adquiere un gran significado. Hay que hacer las tareas y los trabajos con el otro. Aparecen el amigo o amiga inseparable, el amor de su vida, el otro y el colegio, el otro y el barrio, el otro y la fiesta, el otro y los hermanos, el otro y el profe o adulto chévere. Sin el otro la vida no tiene sentido.

Tema tan privado como lo fue la sexualidad, ahora hace parte de lo público: programas escolares de educación sexual, comerciales de televisión, anuncios publicitarios, libros, revistas, afiches. «… Se ha desacralizado el cuerpo y la publicidad lo ha utilizado como un instrumento de propaganda. (…) Durante todos estos años se han publicado muchos artículos, ensayos y libros sobre sexología y otras cuestiones afines, como la sociología y la política del sexo, todas ellas ajenas al tema de las reflexiones sobre el amor y el erotismo. El gran ausente de la revuelta erótica de este fin de siglo ha sido el amor. (…) Verdadera quiebra que nos ha convertido en inválidos no del cuerpo sino del espíritu». (Paz, 1993:p 152- 159)

Esta situación ha sido percibida con bastante claridad por casi todos los adolescentes colombianos. Los jóvenes no desean que sólo se les siga informando sobre masturbación, uso de anticonceptivos, enfermedades de transmisión sexual, relaciones sexuales, embarazo …; están aburridos que tanto los padres como los maestros siempre les repitan lo mismo, anhelarían más bien saber sobre el amor. Para algunos, el sexo es un tema del que no quieren hablar con los adultos y menos que se les interrogue sobre él, mientras que otros prefieren actuar sin pensar mucho en las consecuencias.

El amor es quizás el tema que sólo se trata con el grupo de pares porque con los padres o los maestros el amor se ha perdido en el discurso del deber ser que mediatiza la comunicación entre adolescentes y adultos, mientras que con los amigos se puede hablar y experimentar el amor así sea a través de la palabra. Temas como el deseo, los celos, la posesión, la necesidad del otro, la atracción, la conquista, las caricias, la excitación, el abandono, lo que se siente o se dejó de sentir, los miedos, las dudas, tienen cabida, sin censura.

De igual manera, para los adolescentes, la televisión sí que sabe del amor. A través de las telenovelas, las películas, los dramatizados y los programas de opinión destinados a los jóvenes, ellos aprenden y viven una manera particular del amor. El melodrama, los amores con final feliz, las relaciones fugaces pero intensas con una gran carga moralista son el plato del día. Los relatos de los jóvenes sobre las formas como perciben y experimentan el amor son muy ilustradores al respecto. El escenario del amor está cargado de polaridades: buenos y malos, acompañado de lágrimas, rompimientos, cartas que nunca llegan a su destinatario, infidelidades de la mejor amiga, traiciones, celos, dolores profundos y felicidad total. El panorama que se muestra es tan doloroso que para un adulto desprevenido causa el efecto contrario: risa acompañada por la expresión «cómo se sufre con el amor». No obstante, para los adolescentes es la manera viva de aprender a amar. En contraste con lo anterior, algunos jóvenes viven el amor romántico. Con muchos detalles: regalos, llamadas telefónicas, guiños, cartas, poemas, muñecos de peluche, credenciales. Para otros el noviazgo y el sexo son dos cosas que no se viven simultáneamente. El noviazgo, como en la tradición, es la antesala del matrimonio y cuando se habla de novia o novio es porque con ella o él hay un futuro hogar. Lo demás es un vacilón. En San Andrés y Providencia el amor es mudo: piel, música y acción lo resumen.

Así como la socialización de los jóvenes y la sexualidad transcurren en el dominio de lo público, algunas expresiones de los adolescentes tradicionalmente privadas hasta para los amigos más cercanos, cambian su naturaleza, se vuelven públicas para su grupo de pares y privadas para maestros y padres. Por ejemplo, los diarios personales. Estos dejaron de ser el libro íntimo que se guardaba bajo llave, donde se escribían los grandes secretos, los amores imposibles, prohibidos, los miedos, las dudas. Ahora son textos no sólo escritos sino gráficos, con mucho colorido, donde además de las confesiones íntimas, se copian las letras de los últimos éxitos musicales, se pega el traje de moda, la foto del cantante o grupo preferido, el chicle que se estaba comiendo cuando el novio le dio el primer beso. Además circula entre el grupo de amigos y ellos pueden escribir allí lo que deseen.

También existen los diarios grupales y los chismógrafos. Son especies de agendas o memorandos, donde un grupo de adolescentes, casi siempre de un mismo salón, registran sus opiniones acerca de algún suceso escolar, personal o en ocasiones de interés nacional. No es extraño ver allí cartas de amor, reclamos, dibujos, confesiones, preguntas que deben ser contestadas por todo el grupo.

Pareciera que con el cambio de naturaleza de los diarios íntimos, las agendas y los memorandos, los adolescentes tienen una gran necesidad no sólo de que sus sentimientos sean compartidos por el grupo sino un inmenso deseo de sentir y expresarse como los otros, colectivamente, como en una especie de comunión de sentimientos.

En resumen, el desplazamiento que ejerce el grupo de pares y los medios masivos de comunicación sobre la hegemonía socializadora de la familia y la escuela, se puede explicar en gran medida cuando se comprende que entre los iguales, se comparten sensibilidades que son ajenas e incomprensibles para el mundo adulto y que para los jóvenes son el centro de su espacio vital. Igualmente, el lenguaje de la imagen generado por la masificación de los medios de comunicación y por algunos desarrollos tecnológicos en el campo de la informática, contribuyen a que la brecha generacional se amplíe y las sensibilidades de adultos y adolescentes entren en franca incomprensión.

De otra parte, así como los adolescentes experimentan la transposición de lo privado a lo público con el consecuente deseo de estar permanentemente con su grupo, con sus amigos, emerge otro fenómeno que a simple vista parecería contradictorio pero que en el fondo no es más que un reflejo de las fracturas, de la diversidad, de las mezclas, propias del espíritu de la época: la individualidad.

Para nadie es ajeno el atractivo tan grande que ejerce sobre los adolescentes ofertas culturales como la radio y la televisión juveniles, los walkman, los video-juegos. Estas actividades tienen en común que no necesitan del otro o de otros para ser oídas, vistas o practicadas. Proporcionan autonomía, dan a los jóvenes la sensación de ser libres y dueños de su tiempo.

La televisión para muchos los chicos y chicas es su amiga inseparable, suministra información, los mantiene actualizados, ayuda a copar el tiempo libre, acompaña la realización de las tareas y evita que se sientan solos. Por su parte, las radios juveniles interactúan con ellos, les hablan en su lenguaje, de manera personalizada, les suministran la música que les gusta y en ocasiones les permiten hacer amigos. Para los adolescentes de provincia, es el medio a través del cual saben qué pasa en las grandes ciudades, cómo viven, qué piensan y qué les gusta a los jóvenes capitalinos. El walkman es el mejor aparato para alejarse del mundo. «Lástima que en el colegio está prohibido durante las clases. Pero en el recreo sí podemos usarlo», afirma un escolar. Los adolescentes están conectados a la radio o la televisión todo el día. Desde que se levantan hasta que se acuestan oyen música, ya no hay sitios, horas y momentos propicios para escucharla, parece como si desearan estar en un estado permanente de euforia, de éxtasis.

Los videojuegos, dependiendo del estrato social, se hacen más individuales. Muchos adolescentes de las clases medias y altas los tienen en sus alcobas o acceden a ellos en las casas de los amigos o en los centros comerciales. Los jóvenes de estrato popular los encuentran por todas partes: cerca del colegio, en la tienda del barrio o en el centro de la ciudad. Los juegos electrónicos son vividos por los jóvenes como excelentes contendores: imponen retos, saben esperar, no regañan, posibilitan que el jugador ponga y supere su propio puntaje, cuando se equivocan o pierden el aparato no hace muchos aspavientos y permite que se pueda volver a empezar sin tener que someterse al ridículo o la sanción pública.

Todo lo que se pueda practicar de manera individual es cada vez más popular entre los jóvenes. Por ejemplo, los bailes en grupo que se hacen especialmente en las fiestas de quince años. Estos liberan a las mujeres de «comer pavo» y a los hombres del temor de sacar a bailar a las chicas, de ser rechazados. Con el «pogo» practicado en los bares «alternativos», ocurre algo similar. También es usual observar en las fiestas de colegio, barrio, minitecas o en los sitios públicos, a los jóvenes bailando solos o entre sus amigas o amigos. Los lugares de rumba «son sitios de puro cuerpo, video y música. Importa más el ritmo y el sonido que el significado.» (Rincón, 1994: p.35)

En conclusión, las nuevas generaciones desde muy temprana edad se están entrenando como sujetos que no necesitan del otro para hacer deportes, bailar o divertirse, están desarrollando una sensibilidad hacia la individualidad, lo cual es bastante paradójico con la necesidad que expresan de estar en grupo.

• De lo rural en lo urbano a lo Urbano en lo rural

El rasgo característico de los adolescentes de las grandes ciudades colombianas, es ser una generación urbana no sólo por nacimiento sino por visión de mundo, estilo de vida y comportamientos sociales e individuales. Los jóvenes de las ciudades intermedias y aún los de los pueblos, sin necesidad de que vivan o conozcan la ciudad, son influenciados por el fenómeno urbano en cuanto a moda, música, lenguaje y videojuegos. Algunos desarrollos tecnológicos como la radio F.M., la televisión por cable o por parabólica, el nintendo, hacen efectiva esta influencia. Los muchachos y muchachas de provincia, al lado de las rancheras, de los vallenatos, de la música de carrilera, de la emisora local, escuchan rock en todas sus versiones. A través de la Banda F.M. sintonizan programas musicales solo para jóvenes. Podría pensarse que algunas de las ofertas culturales destinadas exclusivamente a las adolescentes operan como una gran red de la cual ninguno puede escapar.

La moda se extiende no sólo al vestido, gustos musicales y formas de diversión sino también al comportamiento y a la estética física del colegio. Sin excepción, los estudiantes de las zonas rurales y urbanas, de los colegios públicos, de los privados, de los estratos altos, medios y populares, desean que su colegio sea al estilo de la serie de T.V. Clase de Beverly Hills. Que tenga emisora propia, que sea mixto, que tenga computadores, grupos de rock, equipos deportivos, grandes zonas verdes, cafetería autoservicio, canchas para practicar varios deportes, parqueaderos para los carros, que no haya uniformes, que se permitan los noviazgos, que las materias y los horarios se puedan escoger, que asistan muchachos guapos, churros, buenones, bizcochos, chicas hermosas, rubias, supermegaplay, profesores jóvenes, descomplicados y amigables.

Con relación al vestido y los atuendos hay uniformidad. La diferencia está dada por la marca. La sociedad de consumo se ha encargado de que la moda exista de igual manera para todas las clases sociales, los climas y los presupuestos: los mismos tenis, el mismo blue jean, la misma camiseta, la misma cachucha, la misma minifalda, el mismo vestido, los mismos zapatos, el mismo morral pero a diferente precio. Las marcas y sus imitación pululan por todo el país.

La forma de lucirla también es uniforme. Hay que expresar por expresar, no importa qué, sólo expresar. No hay nada que decir, nada que defender, todo puede lucirse con el mismo esmero. Frente a una cruz esvástica puede estar colgada al cuello la estrella de David, el símbolo de la paz, una medalla de la virgen, el tridente del demonio, la caducea, una pirámide o un cuarzo. La oposición entre el sentido y el sin sentido de los símbolos pierde peso ante la necesidad de estar a la moda para ser alguien. La transgresión no importa, el significado tampoco y el contenido menos. Hay que ser bellos y bellas como los actores, el cantante de rock, la modelo de la revista, no a mi manera sino a la de ellos. La fantasía estética los invade.

En esta época todo es susceptible de ser reciclado: los símbolos, la moda, la música, los amigos. Los adolescentes se visten como se vistieron sus padres cuando tenían la edad de ellos. Con relación a la música escuchan los conjuntos de rock clásico de los años 60 y los de rock duro de los 70’s. Algunos grupos nuevos interpretan y hacen arreglos a las canciones viejas. Esto ocurre no sólo con el rock sino con las baladas, los boleros y la música popular como el vallenato.

Es curioso observar que los adolescentes no reciclan cualquier cosa. Reciclan lo rebelde, lo lúdico, lo estético, lo irreverente de sus padres. Con esto, se empieza a vislumbrar que no es que los adolescentes rechacen del todo el mundo de los adultos. Por el contrario, el hecho de ser una fotocopia de la adolescencia de sus padres en cuanto a moda, indumentaria, y preferencias musicales hace pensar que ellos están estableciendo lazos sociales con el mundo adulto a través de mecanismos indirectos. Que toman prestado para la construcción de su identidad lo que más les gusta y más se parece a las características de su época, suavizando así el conflicto generacional porque los adultos, desde la nostalgia, ven proyectado en sus hijos lo que ellos fueron, dejaron o desearon ser y los adolescentes se sienten diferentes a los adultos actuales.

Con respecto al lenguaje también lo urbano alcanza lo rural. El vocabulario que se usa, los modismos, la entonación, conservando lo local, es igual en la región caribe, en la zona occidental y en Bogotá. Movimientos de la boca con acentuamiento de algunos fonemas, son comunes a todos los adolescentes. Así mismo, la utilización de palabra groseras, soeces y expresiones vulgares, entre el grupo de pares es bastante usual.

La utilización que hacen los adolescentes del lenguaje cumple una doble función. Por una parte, al masificarse entre ellos el uso de las «groserías», de las «vulgaridades », éstas pierden su connotación real, su poder satírico, provocador, su intensidad transgresora, permitiendo que se conviertan en un medio más de comunicación entre pares. Y, por otra parte, el inventarse expresiones y maneras de hablar sólo para jóvenes les posibilita aislarse de los adultos dándole a los adolescentes la sensación de que poseen un mundo propio.

En últimas, la penetración y la masificación entre los adolescentes de la moda, la música, el lenguaje y los juegos electrónicos tanto en los zonas rurales como en las urbanas, nos muestran una cara más de la escisión entre las sensibilidades de los jóvenes y las del mundo adulto, con el consecuente deseo de los adolescentes de ser originales, de querer aislarse de la sociedad, provocando en muchas ocasiones el efecto contrario.

• De la intolerancia a la indiferencia

Con frecuencia cada vez mayor no solo los adolescentes sino la sociedad en general expresan la pérdida de credibilidad en las instituciones familia, trabajo, política, escuela, iglesia, Estado. Muy pocos le apuestan a las utopías colectivas y nadie al rescate de las tradiciones. Más bien, el desencanto, la desesperanza, la abulia, se ponen de cara a los discursos sobre la democracia, la tolerancia, el diálogo, la participación, convirtiéndose en los dispositivos sociales que ayudan a explicar el paso de la intolerancia, de la rebelión de otras épocas, a la indiferencia actual.

Las generaciones anteriores, en contraste con las de ahora, se caracterizaron por un fuerte enfrentamiento, en todos los planos de la vida, las letras, el arte, la política, el pensamiento, la ciencia, con el mundo adulto. El Mayo del 68 francés es un buen ejemplo de la revaloración que hizo la juventud de todo lo establecido y que afectó no sólo a los países desarrollados sino que se extendió al mundo entero generando movimientos singulares, especialmente en América Latina.

En el escenario de la familia se evidencia: por un lado, la indiferencia tanto de los adolescentes hacia sus padres como de estos hacia sus hijos, específicamente en los sectores que tienen más fácil acceso al consumo y al confort. Nadie quiere entrar en conflicto con el otro. Todos quieren sacar el mejor provecho de la situación. La mentira es el mecanismo loable para lograrlo. Por otro, para todos los adolescentes y en especial para los que no ingresan, abandonan o no tienen acceso a la educación secundaria, el dinero se legitima como el don más preciado. Todos los caminos para su consecución son válidos. El enriquecimiento se convierte en signo de progreso individual y social. Dinero igual a éxito, felicidad, belleza, prestigio, sabiduría, dignidad, diversión, amor. Las frases»es mejor ser envidiado que respetado» y»la envidia es mejor despertarla que sentirla» adquieren sentido. Bajo estos imperativos el panorama se ensombrece y lleva a interrogarnos sobre cuáles son las opciones reales de trabajo para los jóvenes que no acceden a la educación formal o para los que aun estando en el colegio necesitan trabajar.

Para los adolescentes que se encuentran fuera del sistema educativo formal, como para los que están en el colegio, con relación al dinero impera «la cultura del atajo » hay que conseguir dinero cueste lo que cueste pero eso sí por el camino más corto. El atajo trazado por los adolescentes de los estratos populares, medios y altos que se encuentran cursando el bachillerato es la mentira, la apariencia de que se está de acuerdo con los padres, con los maestros y, en el mejor de los casos la negociación. Los atajos construidos por los adolescentes no escolarizados se han documentado ampliamente en estudios, crónicas periodísticas, películas, relatos e historias de vida. La cuota de participación de algunos adolescentes en las guerras mágicas, en las milicias populares, en el secuestro, en el sicariato son un aforismo. Con relación a este fenómeno Francisco Cobos (1992) opina:»la apertura de inmensos y ricos mercados para la marihuana y la cocaína en todo el mundo, pero con su centro en los Estados Unidos, generó las empresas de comercio ilícito más productivas y poderosas que el país haya visto jamás, y que pueden competir con las grandes multinacionales. Este negocio de «las Drogas» como se conoce en los medios de comunicación, representa la concretización de las fantasías prevalentes desde siempre en Colombia: el enriquecimiento fabuloso, instantáneo, sin esfuerzo, es decir -mágico- que permite al individuo vencer el temor a ser rechazado por pobre» . Ante esta situación, la familia prefiere no preguntar. Sospechan que algo anda mal, pero por temor o por no perder los beneficios del trabajo de sus hijos guardan silencio. Nuevamente la indiferencia acompañada de la mentira hacen su aparición. Esta vez disfrazada de silencio.

La indiferencia de los adolescentes hacia el tema de lo político también tiene presencia en la actualidad pero desde la ausencia. A pesar de que los jóvenes hicieron posible la convocatoria para la Asamblea Nacional Constituyente de 1991, era extraño ver que tres años después todo se hubiera olvidado, como si el gran movimiento juvenil de la séptima papeleta fuera tan sólo un momento coyuntural para poner en boca de la juventud lo que una pequeña fracción de la sociedad adulta no se atrevía a decir.

Las representaciones sociales que sobre la política y sus protagonistas circulan en el imaginario de los adolescentes, dan cuenta de la indiferencia de los jóvenes, esta vez enmascarada en lo no dicho, en no querer saber y menos involucrarse con la política, en un silencio ineluctable hacia ese tema.

En cuanto a lo religioso, la indiferencia es hacia la religión de sus padres o hacia la manera como ellos la conciben o practican. Por su parte, el resurgimiento de creencias milenarias o la aparición de religiones alternativas son muy atractivas para los adolescentes. La religión es para los jóvenes un asunto de bolsillo, por si acaso: «para que me vaya bien en la previa», «para que no me de susto», «para que mi novio no me deje», «para que mi equipo gane», «para que saque buen puntaje en el Icfes», «para que pase en la universidad», «para que Juanita me diga que sí», «para que me dejen salir con mi novio». En asuntos de creencia todo vale: «colocar en un papel el nombre de los integrantes del equipo contrario y meterlo a la nevera para que mi equipo gane», «colgarse al cuello un cuarzo para la buena suerte y hacer la novena al Divino Niño para que no me maten», es la fe del adolescente sicario.

La multiplicidad de opciones que se les ofrecen a los adolescentes sobre lo religioso, los lleva a una indiferencia por exceso, no por defecto. Por saturación.

Con respecto a la escuela la indiferencia toca fondo. Por todo el país se escucha en eco la voz de los adolescentes cuando afirman que el conocimiento escolar no es útil para su vida presente y futura y que el colegio tiene sentido por los amigos. Por tal motivo muchos de ellos asisten al colegio como telespectadores, como zombis, como masas con ojos (Casallas, 1995). Lo que pase allí en las clases, con los maestros, con la disciplina, con el conocimiento, con las materias, con la ciencia, con el arte, con los manuales de convivencia, con los Proyectos Educativos Institucionales, con la educación para la democracia, la educación sexual o la educación ambiental, no importa. Lo que importa es pasar el año, no dejarse pillar, tener contentos a los padres y maestros y divertirse con los amigos. Si aparece un profesor que los «encarrete», entran en la aventura del conocimiento, se comprometen, son creativos, responsables, trabajan más de la cuenta, superan a su maestro. Desafortunadamente, los profesores que encarretan son muy pocos y en la mayoría de los casos la cultura escolar los absorbe o los excluye. En oposición a la efervescencia hedonista de emociones, sentimientos, sensibilidades y pasiones de los adolescentes, el colegio intenta llevar a sus alumnos a un estado de asepsia afectiva, a una neutralización de sus emociones. Controla el cuerpo, la risa, el humor, las expresiones amorosas. Rechaza lo que no comprende: el amor, la televisión, los computadores, las nuevas ideas de sus alumnos o maestros.

Bajo esta panorámica ¿qué otra opción les deja el colegio a los adolescentes? La desidia, la abulia, el desinterés, el dejar hacer, el dejar pasar: la indiferencia en toda su dimensión.

La veneración de la sociedad en general por el dinero y la poca credibilidad de los adolescentes hacia las instituciones familia, trabajo, política, religión, escuela, se hace manifiesta a través de la indiferencia por silencio, por ausencia, por saturación que expresan los jóvenes; de la mentira, del atajo como mecanismos para establecer vínculos con el mundo adulto y construir lazos sociales que tranquilizan superficialmente tanto a los unos como a los otros facilitando la consecución del tan anhelado don dinero, pero que ponen en tela de juicio los valores éticos de sociedad colombiana.

• Del presente al presente

Los adolescentes de nuestro tiempo se mueven cotidianamente entre un mundo universal que les llega y se acomoda en sus casas a través de la televisión y, un mundo local donde el plato del día son las tradiciones familiares, religiosas, políticas y la consecuente nostalgia de los adultos porque en su juventud ellos sí tenían ideales, utopías y luchaban por ellos. Como lo expresa Fuentes (1993) «… el llamado mundo de la «aldea global». Existe en contradicción con el mundo de la «aldea local ». Pero estas dos aldeas no existen en situación de aislamiento respectivo, sino en proceso de enfrentamiento creciente, no sólo por la contradicción entre una globalización que apunta enérgicamente al futuro y una localización que se aferra violentamente al pasado, sino, sobre todo, por la veloz irrupción, por la vía de la migración, de la aldea local en la aldea global.» (p. 22)

Para la generación anterior de adolescentes y aun para muchos adultos de esta época la contradicción, la irrupción, el enfrentamiento entre la aldea local y la aldea global aplica en toda su extensión. No obstante, en los adolescentes colombianos actuales esta situación adquiere otros dimensiones. Más que un enfrentamiento entre los nuevos valores sociales del futuro y las tradiciones del pasado, nuestros jóvenes se perciben como seres vacíos de tiempo. Porque por una parte, la imagen que tienen del mundo adulto está cada vez más devaluada. La escuela, institución social responsable de transmitir a los niños y adolescentes los saberes científicos, el legado cultural acumulado durante siglos por la humanidad, de impulsarlos a la creación de conocimiento, de formarlos como ciudadanos para una sociedad democrática, de posibilitarles el desarrollo personal, la transformación de su entorno social, no está cumpliendo con su cometido (Parra, 1995). Tan sólo les entrega a los jóvenes escolares retazos de saberes, de historia, de ciencia, de cultura, de valores civiles y éticos. Por tanto, los está privando de apropiarse de su pasado, de su cultura, dejándolos sin referentes sólidos, vaciándolos de memoria. Y, porque por otra, el futuro irrumpe en la vida cotidiana con toda su fuerza. La televisión, invadió en toda Colombia los espacios públicos. En las ciudades más urbanizadas los computadores, las redes de información, en general, los medios electrónicos se popularizan cada vez más. A diario los jóvenes están expuestos al mundo del futuro, a la «red global» como lo afirman unos o bajo «la sombrilla planetaria» como dicen otros. La manida frase «ciudadanos del mundo» que en los 70’s y aún en los 80’s era ridícula hoy empieza a tener sentido.

Sin embargo, surge la gran pregunta ¿Cómo tener un presente vivo, un aquí, un ahora propio, sin una memoria sobre la cual se pueda construir el futuro?

Mientras tanto, con los retazos de conocimientos, de valores, de saberes que les da el mundo adulto, con lo que los adolescentes reciclan del pasado, con la rapidez del mundo moderno y la multiplicidad de opciones para escoger, los chicos y chicas viven su presente. De manera acelerada, fragmentada, sin referentes sólidos donde el pasado y el futuro no encarnan, donde por la novedad se sacrifica el pasado y donde los proyectos de vida, los sueños, hacia el futuro, la construcción de deseos, se desvanecen.

La fuerza del instante, lo desechable, lo provisional son los lemas de los jóvenes de nuestro tiempo. Para ellos toda es, va y se proyecta del presente al presente a pesar de los discursos oficiales: jóvenes en tus manos está el futuro; estudie para ser alguien en el futuro; los adolescentes son el futuro del país, los gobernantes, los adultos del mañana.

El presente es el tiempo vital de los adolescentes. Se estudia para el examen, para pasar el año; se usa determinada ropa para estar a la última moda; se escucha música, se baila, se poguea para estar actualizados; se va a determinados sitios porque lo inauguran hoy, se ven ciertos programas de T.V. o se escuchan ciertas emisoras por modernas, se prefiere en especial un videojuego porque es el último. Para algunos, la amistad se vive de manera fragmentada, los grupos de amigos también son para el momento: unos para rumbiar, otros para estudiar, otros para recochar, otros para enamorar, otros para compartir los secretos, otros para el colegio, otros para el fin de semana, otros para las vacaciones. Cuando el momento pasa el grupo de amigos desaparece y se constituye otro según la necesidad. Por su parte muchos de ellos le buscan sentido a su presente reciclando valores del pasado: virginidad total hasta el matrimonio; fidelidad de pensamiento, palabra y obra hasta la muerte. Acudiendo a filosofías y prácticas orientales: meditar, transmutar, ser vegetariano, naturista, bioenergético o perteneciendo a sectas o religiones alternativas.

Resumiendo, lo que despierta, lo que excita las sensibilidades de los adolescentes, lo que prefieren, lo que les gusta, está en el presente. Un año más un año menos es un mucho tiempo. La eternidad es ahora.

La rapidez y la multiplicidad

Multiplicidad y rapidez, entramado de realidades que viven diariamente los adolescentes y que les posibilitan adaptarse a la fragmentación del mundo moderno, acelerando la velocidad de su presente.

Multiplicidad de interrelaciones con mundos reales y virtuales, con grupos de pares, con amigos, con adultos, con productos, con información, con personas. Multiplicidad, sobre todo en las grandes ciudades, de sitios para rumbiar: bares alternativos, discotecas, tiendas guascas. Multiplicidad de tiempos: el de la escuela, el de los padres, el de los maestros, el de los amigos, el de los medios de comunicación el de la electrónica. Multiplicidad de religiones, de creencias. Multiplicidad de música, grupos, bandas musicales y bailes: rock (clásico, suave, fuerte, duro, alternativo en español), pogo, house, reggae, salsa, merengue, rap, baladas, bolero. Multiplicidad en la moda, en los accesorios. Multiplicidad de canales de televisión de emisoras radiales. Multiplicidad de marcas, de etiquetas, de productos para consumir. Multiplicidad de grupos de pares: para las tareas, para el barrio, para recochar , para ir a fiestas, a paseos, a centros comerciales. Multiplicidad de comportamientos, de estilos de vida, de valores. Sobresaturación de información, de estímulos visuales, auditivos. Multiplicidad Multiplicidad, multiplicidad, multiplicidad. Esto y mucho más ofrece la sociedad actual para todos los gustos, para todos los presupuestos, para todas las regiones, pero en especial para todos los jóvenes.

Ante esta multiplicidad, ¿qué escoger? ¿qué optar? ¿qué elegir? ¿qué hacer para no perderse nada, para relacionarse con todos los grupos, para estar actualizados, a la última moda, para tener todo y enseguida? La rapidez es la opción que les ofrece la sociedad moderna y que han elegido los jóvenes. Rapidez, rapidez, rapidez, en todo. «El amor dura poco por tanto hay que vivirlo a fondo, intensamente»,»Yo no oigo las canciones completas cambio constantemente de emisora para no perderme ninguna canción»’,»Soy dueño de varios bares alternativos y hago de ellos sitios nómadas para que no se desactualicen» , confiesa un joven empresario.»Cuando me he aprendido una canción o un nuevo paso, ya no está de moda»’,»Lo mejor que se han podido inventar es el control remoto porque así puedo ver rápidamente todos los canales, oir todas las emisoras, sin mucho esfuerzo »’. En fin, la rapidez con que se dan los hechos, con que se desactualiza lo nuevo, impide que los jóvenes vivan emociones duraderas.

La multiplicidad y la rapidez se experimentan de manera diferente según el universo social y geográfico de referencia. Los que pueden acceder a la multiplicidad, a la rapidez dada no sólo por lo ya mencionado sino además por la tecnología: cajeros automáticos, dinero plástico, teléfonos celulares, redes de información, entre otras, entran en el mundo de la abundancia, de la turbulencia, del vértigo de la velocidad, deseando cada vez más y más variedad. Los que no pueden, la rapidez se desplaza hacia el enriquecimiento fácil, veloz, para no quedar rezagados.

Ante la multiplicidad de opciones que se le ofrecen al joven, ante la celeridad temporal que produce la rapidez y ante la incontinencia vital de los adolescentes, es urgente preguntarse: ¿cómo sintoniza, qué hace o deja de hacer la escuela, la familia y las demás instituciones responsables de la formación de los adolescentes colombianos para asimilar la fragmentación del mundo moderno y los mecanismos adaptativos: multiplicidad y rapidez, que usan los jóvenes?

La indefinición de las identidades y de los roles sociales

La identidad y los roles sociales, definidos con claridad durante siglos, han entrado en un periodo de franca indefinición. Los límites y los roles entre lo femenino y lo masculino no son claros. Los adolescentes no quieren ser adultos y los padres desean permanecer eternamente jóvenes. En las interacciones afectivas de los adolescentes con su grupo de pares y con sus padres y maestros aparecen nuevas categorías de relaciones y expresiones que dan cuenta de ellas: «amigovios», «amigo con o sin derechos», «amigantes», «vacilones», «todo muy bien pero nada que ver», «mi madre es mi mejor amiga», «antes que padre soy amigo de mis hijos», «mi profesora es como mi madre», «mi colegio es mi segundo hogar».

La diversidad de grupos por las que transitan los jóvenes, la variedad de personajes reales y virtuales que entran en contacto con ellos y la velocidad con que pasan y cambian, hacen que el adolescente tenga una multiplicidad de imágenes para identificarse. Pareciera que el conflicto existencial universal expresado por Shakespeare en la frase: ser o no ser: eh ahí el dilema, en ésta época se transformara en: ser o no ser: ya no es dilema. o como lo expresa Gergen (1992) «la disyuntiva de Hamlet se torna harto simplista, porque lo que está en juego ya no es ser o no ser, sino a cuál de tantos seres se adhiere uno» (p. 112). Igualmente, los adultos de su entorno inmediato, al no lograr constituirse en figuras significativas de identificación, hacen que los jóvenes busquen en los que ellos consideran sus iguales: hermanos, familiares, vecinos, amigos, un poco mayores que ellos, o en actrices, actores, cantantes, profesores, profesoras jóvenes, modelos a igualar. Es como si el vacío de identidad que dejan sus adultos próximos quisieran llenarlo con personajes idealizados que entre más alejados estén y más rápido pasen de moda, mejor. Así pues, la identidad entra en el vértigo de la velocidad convirtiéndose en un asunto efímero, circunstancial, errante, que está de paso y que dependiendo del grupo, del momento, de la situación, cambia, se ajusta o simplemente se inventa una nueva. La disolución de las huellas tradicionales de la identidad, de la mismidad, del yo auténtico, del yo individual, que bloquea el fluir de la vida, deja de ser una teoría especulativa de psiquiatras y psicólogos de avanzada para convertirse en una realidad, dándole paso a la construcción del yo relacional, de la identidad mutable.

En esta misma vía, las narraciones que hacen los adolescentes sobre sus experiencias, sus vivencias, sus opiniones son tan diversas como los grupos o las personas con quienes interactúan. Como en una novela posmoderna, en donde el relato sobre un mismo tema tiene diez comienzos diferentes que se convierten en una totalidad, los jóvenes escolares para cada grupo, para cada persona, dependiendo de lo que representen, usan un texto y un recurso literario diferente para contar la misma historia. Es así como, con los maestros el mejor recurso es la tragedia, con la familia el drama, con el novio o la novia el melodrama, con algunos amigos la comedia, con otros la epopeya o la ciencia ficción y para la calle, para amedrentar o asustar al adulto desprevenido, el suspenso, el terror, la novela negra. Para los padres, para los maestros y aún para algunos adolescentes éstas variaciones alrededor de un mismo tema, son calificadas como farsa, como mentira. Quizás lo sean, pero más importante que eso es ver la gran habilidad, la agudeza intuitiva, la capacidad creativa, la lectura asertiva que hacen de los diferentes grupos, de las distintas personas, que los hace maleables a la heterogeneidad, que les permite desenvolverse en la multiplicidad de mundos que les exige la sociedad moderna. ¿Qué tal, que en vez de juzgar, la sociedad adulta mirara con detenimiento lo positivo que hay allí e intentara sacarle el mejor provecho para el beneficio de todos? Tal vez aquí está la clave para desatar el nudo gordiano que impide la construcción de deseos, de proyectos propios.

En consecuencia, si a las nuevas categorías de relaciones y expresiones se le agregan la mutabilidad, el nomadismo que sufre la identidad de los adolescentes, más la variabilidad, tanto en el contenido como en estilo, de los relatos y las historias que cuentan los jóvenes escolares sobre sus experiencias personales o grupales, se empieza a aclarar que estas nuevas generaciones de adolescentes se comportan como actores sociales, que construyen realidades, mundos con los otros y que buscan a través de su actuación, de sus textos narrativos ser como los otros y no como lo anhelaba la generación de sus padres: ser uno mismo. En palabras de Arent (1993): «Mediante la acción y el discurso los hombres muestran quiénes son, revelan activamente su identidad y hacen su aparición en el mundo humano.» (p.96). De esta manera lo hacen los adolescentes.

La escuela de nuestro tiempo

Si la sociedad se mirara con mayor detenimiento en la realidad, que a manera de espejo, le brindan sus adolescentes, podría ver con transparencia lo que ellos, desde su vivencia cotidiana reflejan: el surgimiento de una realidad social, fragmentada, heterogénea, carente de unidad, con muchos centros posibles que exige una manera inédita de asumir la vida, de estar en el mundo.»La realidad no tiene una base de valores sobre la cual puede apoyarse, ni un sistema de valores que le sirva de acomodo y vivienda: la totalidad ausente es una morada de la cual la vida ha sido expulsada. La realidad que ya no habita en el todo pierde los fines que le daban forma y orden y desborda todos los diques, expandiéndose en una dilatación amorfa, como un gas» (Magris 1993: p.8)

Como se ha expuesto, los adolescentes, a diario, inventan la forma de vivir en este mundo multiforme. Desde su cotidianidad proyectan cómo han asimilado la crisis de la modernidad. Si la función socializadora, los modelos de identidad, no los hallan en las instituciones familia, escuela, Estado y sienten que tampoco emanan de la esencia misma del ser, entonces, acuden a otros medios: a sus pares, al espacio público, a los medios de comunicación, al reciclaje, a la mentira, al atajo, a la rapidez, a la indiferencia, al yo mutable, al presente como único tiempo posible o, se inventan nuevas formas de relación: amores efímeros pero intensos, sincronía de sentimientos con sus iguales, relatos diversos según el grupo o las personas con quienes interactúan. En últimas, para poder sobrevivir, han tenido que fragmentar sus sensibilidades.

Si lo están haciendo bien o mal ¿quiénes somos para juzgarlo?; más bien, sin caer en la trampa del culto a los adolescentes o del horror por la fragmentación, la dispersión, la fugacidad y la volatilidad con que asumen su presente, sería interesante hacer un esfuerzo para comprender la capacidad que tienen de ajustarse a la mutación histórica que sufre la sociedad contemporánea y a la rigidez del mundo adulto para abrirse a nuevas propuestas.

Con relación al papel que juega la escuela respecto al planteamiento anterior, podría decirse que entre ella y los adolescentes ocurre un choque temporal evidenciado fundamentalmente a través de:

En primer lugar, el atraso se ha convertido en el tiempo social de la escuela, en la medida en que mientras la sociedad colombiana ha presentado un proceso dinámico y vertiginoso de modernización particularmente en las grandes ciudades, la escuela se ha quedado rezagada reproduciendo un modelo arcaico expresado en la concepción y práctica del conocimiento escolar y en la organización social de la escuela.

En segundo lugar, como consecuencia de este atraso, la escuela ha perdido la capacidad de transmitir las nociones fundamentales de la socialización: el pasado y el futuro. El pasado porque no ha logrado transmitir de manera viva y eficaz la identidad cultural. El futuro porque no logra que los jóvenes construyan proyectos de vida individuales con sentido social. Así, la escuela se aísla de la historia y del diseño del futuro, quedándose paralizada en un presente inmóvil. Lo antrerior trae como consecuencia la ruptura entre el mundo adulto escolar y el mundo de los adolescentes vinculado cada vez más con la cultura global producida por los avances tecnológicos en los medios masivos de comunicación y en la informática. (Cajiao y col. 1995).

En conclusión, es entonces fácil percibir el abismo que se abre entre la lenta cultura premoderna de la escuela y la intensa rapidez de la posmodernidad que se vive en el universo cultural de los adolescentes.


Bibliografía

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  9. RINCON, Omar.1994. Las sensibilidades juveniles como texto social. En: Revista Signo y Pensamiento. No 25. Universidad Javeriana: Departamento de Comunicación.

Citas

1 Algunos teóricos como Bell, Berman, Baudrillard, Geertz, Gergen, Heller y Fehér, Lipovetsky denominan a éste período de transformaciones que vive la sociedad contemporánea, especialmente en los países desarrollados, como posmodernidad. Para evitar discusiones, que no vienen al caso, sobre la imprecisión del término y su ocurrencia o no en contextos sociales como los nuestros, se ha preferido no utilizarlo. Sin embargo muchas de sus ideas, conceptos y planteamientos básicos inspiraron la escritura del presente ensayo.


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