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El pasado como oficio. Trayectoria intelectual del historiador Jaime Jaramillo Uribe

The past as a trade. Intellectual trajectory of the historian Jaime Jaramillo Uribe

O passado como um comércio. Trajetória intelectual do historiador Jaime Jaramillo Uribe

Bernardo Tovar Zambrano*


* Departamento de Historia. Facultad de Ciencias Humanas Universidad Nacional de Colombia. Jaime Jaramillo Uribe en el estudio. Foto: Carlos Caicedo. Bogotá. 1996


La vida es lo que nos pasa mientras
buscamos hacer otras cosas.


El niño que referia historias

Don Teodoro Jaramillo no tuvo que esperar mucho tiempo para apreciar en su hijo las cualidades que, mediando la incertidumbre entre el destino y el azar, habrían de convertirlo en uno de los más importantes historiadores de Colombia. Muy temprano, pudo percibir en el niño, con expreso deleite y satisfacción, las dos virtudes principales que debe poseer y cultivar quien se dedique al oficio de Clío: la capacidad de raciocinar y el arte de narrar, combinados. La observación del padre acerca del hijo quedó consignada en una carta escrita en Pereira el 25 de mayo de 1926, cuyo destinatario era Eduardo Jaramillo, hermano de don Teodoro. Aquí, el progenitor se refirió, aunque en forma breve, a su prole en conjunto: “Todos ellos son modelo de juicio, de inteligencia y de trabajadores”. Pero, al parecer, era el menor quien atraía la mayor atención del padre; por lo menos a él le dedicó más palabras, las palabras que ponían de manifiesto, sin saberlo, el signo del futuro historiador: “Jaime que es el último es sin duda el más inteligente de todos. Oírlo raciocinar y referir sus historias es para causar admiración a cualquiera”. Bajo su mirada emergía un niño quien, además de la inclinación a contar y comentar, poseía otros dones personales y sociales: “Es un cachifo buen mozo - agregaba-, apenas cuenta nueve años, en la escuela, al decir de sus preceptores, es el mejor estudiante, tiene el don de hacerse querer de todo el mundo por su simpatía y por el buen gusto que experimenta prestando cualquier servicio”1.

Sin embargo, no tuvo la suerte de vivir el tiempo suficiente como para poder, ya no oír, sino leer, las historias escritas por su hijo. Dos años después de aquella carta, le sobrevino la muerte. Tenía 44 años de edad. “De mi padre - expresa Jaime Jaramillo- yo guardo una imagen muy buena. La imagen de un hombre bondadoso, de mala salud, que era cosa muy común en esa época; porque enfermedades que hoy resultan insignificantes y fáciles de curar, eran muy graves en ese tiempo, por ejemplo los paludismos, las amebiasis…”2.

La ascendencia familiar.

Don Teodoro Jaramillo pertenecía al tronco familiar que registraba, por el lado paterno, la figura de un abuelo famoso: Don Lorenzo Jaramillo Londoño. Oriundo de Sonsón, de fuerte personalidad, Don Lorenzo tenía una habilidad especial para los negocios, lo cual le permitió acumular una gran fortuna. Activo comerciante, recorría con sus recuas de mulas el circuito de un mercado amplio en la región antioqueña. Se dice de este patriarca, quien se destacó en el mundo de las finanzas durante los 3 o 4 primeros decenios de la segunda mitad del siglo XIX, que fue una de las personas que financió en parte la colonización antioqueña en los actuales departamentos de Caldas y Quindío. Muchas e importantes haciendas de esta región se abrieron con sus aportes y notables pioneros del Quindío, como los Marulanda, fueron dependientes de él en términos financieros. Estas actividades hicieron que sus oficinas funcionaran como una especie de banco de la época.

Por esas extrañas circunstancias que se dan con alguna frecuencia en las familias, ninguno de los nueve hijos de este abuelo salió con habilidad para los negocios. Negados para la lógica del capital, varios de ellos, en cambio, resultaron poetas y literatos. El historiador Jaramillo recuerda, entre otros, a Merejo Jaramillo, un poeta popular; a Joaquín Emilio Jaramillo, quien escribió algunas novelas y biografías; y a Manuel José, quien colaboró en el Colombiano y fue autor de una novela, La Aduana. En virtud de la fragmentación de la riqueza implicada en las herencias dejadas a los hijos y por los efectos de las guerras civiles, especialmente la de los Mil Días, la gran fortuna de Don Lorenzo se perdió: “Ahí - dice Jaime Jaramillo - terminó la estirpe desde el punto de vista financiero”.

Una de estas herencias importantes quedó en manos de Don José Manuel, el padre de Teodoro Jaramillo. De aquel se decía en los medios familiares que de los hijos de Don Lorenzo era el de menores cualidades para los negocios. Este comentario discurría paralelo a su comportamiento de hombre generoso y caritativo, hasta el extremo de emprender actividades que representaban un peligro para su patrimonio. Así, en el pueblo de Abejorral, los días de mercado, a las 6 de la tarde, se sentaba en su casa a esperar a los campesinos que no habían logrado vender sus productos, con el fin de comprárselos; “les compraba sus existencias, para cualquier cosa”. Con base en transacciones de esta índole, como era de esperarse, don José Manuel se arruinó. Sus hijos, entre ellos Teodoro, tuvieron entonces que abrirse paso a través de oficios muy diversos. Viendo que muy poco tenía para hacer en Abejorral, Don Teodoro se embarcó, con su esposa Genoveva y sus diez hijos, en ese éxodo de antioqueños que hubo todavía para los años veinte del presente siglo, hacia los departamentos de Caldas y Quindío. Después de un peregrinar por varias ciudades (Salamina, Aguadas, Villamaría y otras) se estableció definitivamente en Pereira.

Doña Genoveva madre de Jaime Jaramillo, había nacido en el pueblo antioqueño del Retiro y pertenecía al linaje de los Uribe. Probablemente estaba emparentada con el General Rafael Uribe Uribe, quien provenía de Valparaíso. Ella, en efecto, tenía un culto especial por la memoria de este General: “Nos lo ponía de ejemplo -expresa el profesor Jaramillo- para educar la voluntad y tener disciplina; nos hablaba de cómo él se levantaba a las cinco de la mañana y tenía su vida reglamentada para el estudio y el trabajo. Para ella era una especie de prototipo”. Doña Genoveva fue muy buena esposa y madre; de un acendrado catolicismo, muy piadosa y caritativa; ponía especial rigor en el cumplimiento de algunas costumbres y rutinas elementales, como el orden, la limpieza y la higiene. “De ello heredé - dice Jaramillo - muchas de mis costumbres y de mis hábitos: un cierto orden en las cosas, la limpieza, un sentido estético del vivir y la sensibilidad social”.

La infancia entre el estudio y trabajo

Cuando Teodoro Jaramillo decidió quedarse en Pereira, su hijo menor, Jaime, nacido en Abejorral en 1917, todavía no había cumplido los dos años de edad. En Pereira, el padre se desempeñó como secretario del Juzgado del Circuito de la ciudad. Hombre de costumbres austeras, no tomaba, no fumaba, fue durante toda su vida un funcionario acucioso; poseía un buen conocimiento de las leyes, escribía bien y tenía una bella caligrafía, cosas que buscó inculcarles a sus hijos. Jaime Jaramillo, en efecto, habría de cultivar el gusto por la buena escritura y la inclinación por el conocimiento de los aspectos jurídicos, que lo llevaría incluso a estudiar derecho. Don Teodoro, así mismo, era gran aficionado a la lectura, llevaba siempre periódicos a la casa y estaba pendiente de lo que iba ocurriendo en la ciudad. De los diez hijos traidos al mundo, murieron cuatro; en ese tiempo la mortalidad infantil todavía era muy alta y un niño podía fallecer de una diarrea, de un sarampión, de una viruela, de cualquier enfermedad que hoy es curable en una semana.

El primer centro educativo al cual asistió Jaime Jaramillo era una pequeña escuela privada, perteneciente a una señorita Echeverry quien se dedicaba a enseñar las primeras letras. Cuando aprendió a leer y escribir, contaba con escasos 4 o 5 años. Después ingresó a la Escuela Oficial, donde cursó la primaria. La iniciación del bachillerato estuvo signada por una decisión peculiar: la de convertirse en monaguillo de la Iglesia de Pereira. Este fue su primer trabajo:

“Ese oficio no lo busqué por religiosidad, sino por sentido práctico: me pagaban 2 o 3 pesos al mes […]. Entonces pagué con este oficio mis tres primeros años de colegio. Y después terminó gustándome; el monaguillo tenía su vestido, tenía su roquete ritual, era una especie de curita chiquito y eso no dejaba de gustarle a uno y de estimular un poco la vanidad infantil. Salir por ejemplo a llevar los Santos Oleos, acompañar al sacerdote, tener presencia en las procesiones o en las misas, que debían ser rezadas en latín, estimulaba también esa vanidad infantil. El monaguillo se sentía haciendo un oficio importante”.

El colegio al cual entró a cursar bachillerato era el Instituto Claret de Pereira, establecimiento que pertenecía, precisamente, a los mismos sacerdotes que tenían el control de la parroquia donde Jaramillo era acólito. Alternaba el estudio y los menesteres de monaguillo con el juego del fútbol que mucho le agradaba. Otras diversiones eran los trompos y las canicas, elevar cometas, hacer carritos con las cajas de madera en las que venía el arequipe, salir a pescar en los ríos y quebradas, nadar en el río Otún, tumbar mangos de los árboles que adornaban la plaza o ir a coger frutas silvestres en los alrededores de la ciudad.

La cotidianidad que transcurría entre la casa, el colegio, la parroquia y los juegos fue de pronto interrumpida por un trágico suceso, la muerte de la madre. Las circunstancias entonces cambiaron radicalmente: la familia se dispersó, él quedó prácticamente solo y tuvo que retirarse del colegio para ponerse a trabajar todo el tiempo. Se empleó primero con un médico de Pereira, el Dr. Eduardo Uribe Ruiz, para desempeñar las funciones de una especie de secretario: contestar el teléfono, atender a los pacientes, hervir las jeringas, alistar materiales y otras actividades por el estilo. Esta labor fue importante, entre otros aspectos, porque influyó en la gran admiración hacia la medicina y al profesional médico, al punto de convertirse posteriormente en una de sus alternativas vocacionales. Después trabajó en un almacén de ropa para hombres y mujeres como asistente de ventas. Luego, en un negocio de abarrotes donde se vendía azúcar, cacao, manteca importada, harina de trigo, arroz, maíz y otros productos. Sin embargo, mientras desempeñaba estas labores no dejó de estudiar por sí mismo; jamás el empleo lo apartó de la lectura, que ya era en él un hábito.

Leer y escribir

Si las circunstancias le habían obligado a dejar el colegio, no abandonó ni por instante la idea de terminar el bachillerato. Por eso llegaba al almacén cargado con los textos de historia natural, de física, de matemáticas y otras materias y a la menor oportunidad, cuando no había gente para atender, se dedicaba a leerlos: “me sentaba detrás de unos bultos de harina, sacaba los libros y me ponía a repasar. Eso me permitió, entre otras cosas, habilitar por lo menos un año de bachillerato cuando reanudé mis estudios”.

La lectura fue en Jaime Jaramillo una pasión temprana, adquirida en el seno de una familia donde el acto de leer se había convertido en una forma de ritual colectivo. Varias veces a la semana se reunía el círculo familiar, con algunas personas del vecindario, para escuchar la lectura que la hermana mayor hacía, en sonoro estilo, de ciertos libros famosos: Los Miserables, Los Tres Mosqueteros, Quo Vadis, María, Rosalba y otras novelas. Esta actividad semanal le abrió el universo encantado de los libros: “yo me sentaba por ahí, en un rincón, a oír, y así surgió mi interés por la lectura”. Otras veces se iba a una peluquería donde había una buena cantidad de periódicos y revistas y se sentaba, no a que le cortaran el pelo, sino a gozar con estos materiales. Después, asumió como costumbre frecuentar una de las dos o tres librerías que Pereira tenía por el año de 1930. Una de ellas era la de Miguel Ilián, de apellido libanés, con quien reiteradamente hablaba de libros. Leía en forma un poco dispersa, indiscriminada, siguiendo en cierto sentido los consejos que le daba don Luis Cuartas, el padre de un amigo del colegio. Don Luis, un liberal de viejo cuño, era farmacéutico y tenía una botica, en cuya trastienda, como gran lector, había colocado su apreciable biblioteca. Tenía libros de política, novelas y obras de historia, algunos de los cuales fueron devorados por el adolescente Jaramillo. Este recuerda, de manera especial, una obra que le causó honda impresión, titulada Caudillos Bárbaros, la cual se ocupaba de la biografía del General Mariano Melgarejo, uno de los grandes dictadores de Bolivia en el siglo XIX. Por intermedio de un amigo varios años mayor, Fabio Vásquez Botero, entró en contacto con escritores españoles muy populares entonces, como Julio Camba, Gómez de la Serna y Javier Poncela. Vásquez Botero llegó a ser un escritor bastante aceptable en los niveles provincianos y a realizar una carrera política y cívica de notoria importancia. Entre aquellos que dejaron una huella profunda en su memoria se destacan las novelas Sacha Yegulev, del escritor ruso Leonidas Andreiev, y Los Miserables, de Víctor Hugo, libros que le hicieron derramar no pocas lágrimas.

Novela, poesía, biografía, historia, política, noticias locales, todo interesaba a los deseos de lectura y de conocimiento del inquieto adolescente. Pero no sólo era la lectura. Se sentía impulsado a establecer una relación activa y creadora con los asuntos de la vida y la cultura, lo cual se configuraba y expresaba en el acto de la escritura. “Empecé a escribir pequeñas crónicas y comentarios en un periódico local que se llamaba El Diario; escribía comentarios de cosas, de acontecimientos que pasaban en la ciudad”. Si don Teodoro Jaramillo hubiera leído estos escritos, quizás no se habría sorprendido demasiado de que el niño que refería historias, escribiera ahora crónicas y comentarios.

Esta primera escritura de Jaime Jaramillo estuvo acompañada de algunas vivencias personales en el orden de las cuestiones sociales. En su calidad de empleado de almacén y estimulado por el ejemplo de su hermano Gustavo, entró a formar parte, hacia 1932, de la Federación de Empleados de Pereira. Gustavo Jaramillo era trabajador del Ferrocarril de Caldas y se había destacado como uno de los primeros organizadores y líderes sindicales de la región de Pereira y Manizales. La pertenencia a la Federación incentivó en Jaime su preocupación por la situación social de los empleados y obreros, lo cual, bajo el influjo de “cierto sentimentalismo social”, se manifestó en la publicación de varios artículos. Otra experiencia bastante dramática marcó el encuentro con la lucha sindical y el movimiento social. Mas o menos en 1932, cuando andaba por los 15 años y aún se vestía de pantalón corto y medias americanas, fue a observar una asamblea de escogedoras de café en Pereira. En la reunión pudo ver, con admiración, a un jovencito de 17 o 18 años, de cara rosada y cachucha, que pronunciaba un discurso. Era Gilberto Vieira, quien comenzaba su carrera de dirigente comunista. “En ese momento la policía entró a disolver la asamblea con petardos de gases lacrimógenos y entonces tuve que salir con todo el mundo. Ese es un episodio que tengo claro, fue mi primer contacto con el problema social y el problema sindical”. Un contacto que se conjugaba con sus lecturas sobre la Revolución Rusa y el movimiento socialista, en pleno auge por aquellos años.

Bogotá: un paso a la aventura

En 1936 el joven Jaime Jaramillo tomó una decisión: viajar a la Capital de la República, a buscar destino, a perseguir nuevos horizontes, siempre con la idea de terminar sus estudios de Bachillerato y lograr una realización personal en los ámbitos intelectual y cultural : “Con mis dos o tres vestidos y los zapatos que llevaba puestos, me vine para Bogotá, a aventurarme”. Por trabajo, sin embargo, no debió preocuparse mucho tiempo: pronto se empleó como cajero nocturno en el café Colombia, propiedad de un tío suyo, ubicada en la carrera 7, en los bajos de lo que entonces era El Espectador. Al mismo tiempo, entró a estudiar en la Escuela Normal Central para varones, llamada también “La Normal Chiquita”, en contraste con la Escuela Normal Superior, a la cual ingresaría posteriormente. Se matriculó en el cuarto año de secundaria. Estudiaba de día y por la noche atendía la caja del café. De esa manera pudo concluir el ciclo del bachillerato normalista. De este periodo Jaramillo guarda un especial recuerdo del profesor Alfonso Jaramillo Guzmán, quien con otros compañeros, como Miguel Roberto Téllez, introdujo en Colombia la pedagogía y la psicología de la escuela nueva. Jaramillo Guzmán había sido del círculo de Piaget en Suiza; era un hombre que a pesar de su acendrado catolicismo y conservatismo, tenía un espíritu progresista en muchos aspectos y era un convencido de la nueva pedagogía.

Dadas las normas de la época, no se podía ingresar a la universidad con el título obtenido en las escuelas normales. Para acceder a ella, se debía habilitar en un colegio oficial ciertas asignaturas (física, química, ciencias naturales y otras) que no figuraban en los planes de estudio de las normales. Jaramillo presentó estos exámenes en el colegio Camilo Torres y así obtuvo el grado de bachiller clásico, el cual le permitía pensar en el acceso a la universidad. Empero, no tenía una decisión clara sobre la carrera a seguir. Ante todo, quería estudiar medicina. El derecho era una segunda opción. En tercer lugar, tenía muy presente las palabras del Dr. José Francisco Socarrás, Rector de la Escuela Normal Superior, quien les dictó a los estudiantes de último año de la “Normal chiquita”, unas charlas de orientación vocacional. Entre otras cosas, Socarrás ponderaba la enseñanza e insistía en que era la profesión del porvenir; además, terminó su exposición con una invitación convincente: “váyanse a la Escuela Normal Superior, yo les doy becas”. Recordando aquellas alternativas, Jaramillo comenta: “A mí, que tenía que trabajar para estudiar, me llamó la atención no sólo la exposición que hizo Socarrás sobre la excelencia de la profesión de pedagogía, de la profesión de profesor, sino también la cuestión de la beca. Entonces me fui para la Normal Superior”.

Estudiar para comprender al país

En la Normal se matriculó en la carrera de filología e idiomas, pero al cabo de unos meses se trasladó a la sección de ciencias sociales, por insinuación de Socarrás, quien guardaba un profundo entusiasmo por estas disciplinas. El plan de estudios de la especialización en ciencias sociales tenía una duración de cuatro años y su estructura correspondía a una interesante relación entre historia, geografía, economía, psicología, pedagogía, sociología y antropología. La Normal era, en el contexto nacional, el principal centro educativo en el cual se desplegaba un clima de fecunda renovación intelectual, científica y profesional. A esta institución se habían vinculado notables profesores nacionales y extranjeros. Estos últimos llegaron a Colombia huyendo de las amenazas de la guerra, o desplazados por el triunfo del nazismo en Alemania y del franquismo en España. Entre tales profesores, en el campo de las disciplinas sociales, se contaban los siguientes: Paul Rivet, Pedro Urbano González de la Calle, Francisco Cirre, José de Recasens, Pablo Vila, Mercedes Rodrigo, Luis de Zulueta, José María Ots Capdequí, Fritz Karsen, Rudolf Hommes, Gerhard Massur y Justus Wolfram Schottelius3. De quienes fueron profesores suyos, Jaime Jaramillo recuerda, de modo particular, a los alemanes Gerhard Massur y Rudolf Hommes. Massur, el más brillante de todos, había sido discípulo de Friedrich Meinecke, autor considerado como el más importante de los historiadores alemanes después de Ranke y Burckhardt. Durante su estadía en Colombia, Massur escribió su biografía de Bolívar, que constituye “una de las mejores que se han escrito sobre El Libertador”. El catalán Pablo Vila fue el maestro de la geografía y quien trajo a Colombia la geografía de la escuela francesa moderna de Vidal de la Blache, Demangeon y Jean Bruhnes; su Nueva geografía de Colombia, es obra clásica en nuestro medio. Jaramillo también guarda memoria del profesor español Francisco Cirre, quien enseñaba historia de la Edad Media; de Paul Rivet, quien fundó el Instituto Etnológico Nacional (transformado posteriormente en el Instituo Colombiano de Antropología). Rivet y Schottelius fueron “los promotores y los impulsores de los modernos estudios arqueológicos, etnográficos y etnológicos de Colombia”.

La Escuela Normal era también un escenario para el debate ideológico y político. Diversos acontecimientos mundiales influían en dicho debate: la Revolución Rusa de 1917, la Revolución Mexicana, la Guerra Civil Española, el ascenso del fascismo en Italia y del nazismo en Alemania, los frentes populares antifascistas, el desarrollo de las ideologías de izquierda, al auge del movimiento socialista mundial y, en fin, la propagación del marxismo. Jaramillo tenía una gran admiración por la Revolución Rusa y por la figura de Lenin, el cual era visto como una persona sacra, como un ser mitológico: “no había estudiante con inclinaciones de izquierda, y yo fui uno de ellos, que no tuviera en su cuarto, en el cuarto de su pensión, un retrato de Lenin”. Stalin igualmente tenía un lugar importante en dicha admiración. “No se conocían todavía los resultados que iba a tener la revolución, ni los fenómenos que se presentaron después con el estalinismo”. Por aquellos años (1938-1942) y mediante otras vías, fuera de la enseñanza de la Normal, Jaramillo leyó con avidez algunas obras de Marx: El manifiesto comunista, El 18 Brumario, La ideología alemana, La introducción a la economía política, y El capital, en la traducción de Wenceslao Roces, que empezó a ser publicado en fascículos por una editorial española. Igualmente, las obras de Lenin y Las cuestiones fundamentales del marxismo, de Plejanov. El contacto con el pensamiento marxista, reconoce Jaramillo, tuvo un efecto decisivo en su concepción de la historia y en su formación como historiador. “El marxismo -dice recordando una frase de Wilbrand- es como las duchas del baño, hay que pasar por ellas, pero no hay que quedarse en ellas”.

Otros autores estudiados con entusiasmo por Jaramillo fueron Romain Rolland, Henry Barbusse, Ernest Toller y André Malraux. También, desde luego, escritores de ideologías diferentes como Maurras y Maurice Barrés. Motivado por un curso que dictara en 1943 el sociólogo español José Medina Echavarría, invitado a la Universidad Nacional por Gerardo Molina, estudió la obra de Max Weber, Economía y Sociedad, en el momento en que acaba de salir publicada por el Fondo de Cultura Económica. “De manera que a las ediciones del Fondo y de la Revista de Occidente, debimos nuestro contacto con muchos autores importantes, más que a la promoción de la universidad”. Como siempre ha sido la práctica en Jaime Jaramillo, acompañaba la lectura con la escritura. Escribía comentarios de libros publicados luego en Educación, la revista de la Escuela Normal. Posteriormente, hacia 1945, empezó a divulgar sus primeros ensayos4.

Una orientación decisiva, adquirida en su paso por la universidad, fue la profunda convicción sobre la necesidad de dedicarse a estudiar el país. En el arraigo de esta convicción la prédica de Socarrás había tenido una incidencia notable, además de las inquietudes intelectuales y políticas anteriormente referenciadas. El espíritu que éste le infundió a la Escuela consistía esencialmente “en darle una gran importancia al estudio de los problemas colombianos y de la realidad nacional, en el más amplio sentido”. Esto era muy significativo en un país con una fuerte tradición extrajerizante y un equivocado concepto humanístico de la educación y la cultura. Socarrás tenía una percepción muy clara de los problemas básicos de Colombia e impulsaba su estudio en todos los sectores. Hablaba de la salud, del analfabetismo, de la baja productividad económica, de la pobreza y la inequidad social, etc.. Decía que la historia, la geografía, la antropología y la sociología nacionales estaban por hacerse. “Su interés por los problemas colombianos a mí me impresionó mucho y probablemente fue fundamental en mis decisiones futuras y en las de muchas de las personas que pasamos por la Escuelas Normal Superior”. De igual manera, pudo darse cuenta, también con la insistencia de Socarrás en ello, de la importancia de investigar la historia nacional y, en cierto sentido, de la pobreza de la historiografía colombiana. Percibió que no había estudiosos dedicados en una forma sistemática y profesional a la historia; que era necesario investigar la historia nacional con nuevos métodos y abordar los aspectos desconocidos: los económicos, sociales y culturales; por último, que no existía, prácticamente, la historia colonial, que la Colonia era completamente desconocida. “Ese interés mío por la historia, y esa orientación, fueron las que después se reforzaron con mi viaje a Francia, en 1946”.

De profesor de la Normal Superior a estudiante de La Sorbona.

Jaime Jaramillo obtuvo el grado de Licenciado en Ciencias Sociales y Económicas de la Escuela Normal Superior, en el año de 1941. Inmediatamente fue nombrado profesor de la Escuela: dirigía las prácticas pedagógicas de los estudiantes realizadas en el Instituto Nicolás Esguerra, anexo a la Normal. Al mismo tiempo, recibió la responsabilidad de su primera cátedra, la de enseñar sociología: “creo haber sido la primera persona que enseñó sociología moderna aquí, en la Escuela Normal Superior primero, y luego, en la Universidad Nacional… Lo que se llamaba sociología era una historia de las ideas sociales, pero no se tenía la visión de que la sociología era una disciplina muy precisa, incluso muy técnica”.

En 1946 el gobierno francés ofreció unas becas para estudiar en Francia a varios profesores de la Normal Superior. Fueron beneficiarios de ellas el mismo Dr. Socarrás y los profesores Ernesto Jara Castro, Darío Mazo, Carlos Páez Pérez y Jaime Jaramillo. Cuando partieron los becarios, dejaban un país en el cual el ambiente político nacional se había tornado aún más conflictivo y enrarecido; a la par, arreciaban por parte de la oposición conservadora y de algunos sectores liberales, las críticas a la Escuela Normal, críticas que la consideraban “un foco de subversión política” y que a la postre contribuirían a la supresión de esta Institución.

En París, el joven profesor Jaramillo ingresó como alumno a la Sorbona y a la Escuela de Ciencias Políticas. Socarrás, por su parte, entró a renovar sus estudios de psiquiatría. Francia y en general Europa vivían los efectos de la guerra. “En algunas regiones todavía había humo de las destrucciones y de los bombardeos. La situación de Francia era muy penosa, la de París en particular. No había calefacción, no había alimentos, es decir, la vida era muy difícil; sin embargo, la vida intelectual y artística comenzaba a renacer en una forma muy activa”. Durante su permanencia en la Ciudad-Luz, Jaramillo asistió, entre otros, al curso del profesor Renouvin sobre historia moderna de Francia; al de historia de las ideas políticas, dictado por Alfred Le Roy, curso que le impresionó significativamente; al del joven Charles Morazé, quien comenzaba a destacarse como un importante historiador de la economía. Mención especial se hace de un curso que le dejó una grata huella, desarrollado por Ernest Labrousse, uno de los creadores de la Escuela de los Annales y a quien conoció personalmente. Otros cursos fueron el de Historia de Alemania de Edmund Vermeil; el de Sociología de las Ideas Políticas en Francia, de Albert Baillet; y el de Sociología Alemana Moderna de Georges Gurvitch. Al mismo tiempo, Jaramillo leía otros autores: Henri Pirenne, Marc Bloch, Émile Durkheim, Leopoldo von Wiese y Max Weber. De modo muy singular, le causaron un intenso efecto, para su vocación de historiador, las célebres obras de Pirenne, Historia económica y social de la Edad Media y la Historia de Europa de las invasiones al siglo XVI. “El entusiasmo, podríamos decir, y el goce de la historia me lo transmitió Pirenne”. Los de París fueron entonces años decisivos: “Los cursos y la experiencia que yo tuve en Francia…fueron quizá lo más importante de mi proceso y de las coyunturas de mi carrera”. Como resultado de todo ello vino la elección de un camino: “dedicarme exclusivamente a la historia, hacer un intento de investigación, más o menos original desde el punto de vista metodológico, en el campo de la historia colombiana”.

Regreso al país: un encuentro con la perplejidad.

Lleno de entusiasmo, con muchas ideas y proyectos, retornó Jaime Jaramillo a Colombia, justo, quince días antes del trágico 9 de abril de 1948. El escenario político nacional había cambiado. Desde 1946 se produjo el relevo del partido liberal en el gobierno y una nueva orientación se impuso en la política educativa del país. Teóricamente, Jaramillo y sus compañeros de beca debían reintegrarse a la Escuela Normal. Se presentaron ante el nuevo Rector, el poeta Rafael Maya y éste les respondió que lamentaba mucho, pero en la Escuela no había nada para ellos. “Me hallé en una situación de gran perplejidad, con la ropa en una maleta y sin trabajo”. En tales circunstancias se encontró con Hernando Márquez Arbeláez, un amigo que acaba de ser nombrado Director de una de las pocas instituciones que controlaba el liberalismo: la Superintendencia Nacional de Instituciones Oficiales de Crédito. El amigo le dio empleo como Director de Visitadores. Su trabajo aquí fue una enriquecedora experiencia: le permitió conocer el funcionamiento de los sistemas de crédito y de otros mecanismos de la economía nacional; colaboró en la elaboración de una historia de las empresas creadas por el Instituto de Fomento Industrial; como visitador, pudo también recorrer el país y conocerlo bastante bien.

Por el lapso de un año, entre 1950 y 1951, Jaramillo desempeñó la función de redactor del periódico El Liberal, cuyo director era Hugo Latorre Cabal. Debía escribir cada tarde media página de comentarios sobre los temas más diversos, los cuales se publicaban en una columna intitulada “Hoy”. El diario, circulaba en Bogotá y llevaba la vocería del Dr. Alfonso López Pumarejo quien, con mucha frecuencia, visitaba la casa del periódico, ubicada en la carrera 5 con calle 18. Por ese tiempo Jaramillo realizaba su investigación sobre “El pensamiento colombiano en el siglo XIX”. Un día llegó el Dr. López a su escritorio y le preguntó: “Y usted en que anda?”. “Estoy tratando de hacer una investigación sobre las ideas en Colombia”, le respondió. “Las ideas en Colombia? Pues le va a costar mucho trabajo encontrarlas”, le observó el expresidente. “Si Doctor - comentó Jaramillo- es muy difícil encontrarlas, pero usted sabe que el historiador es algo parecido a la divinidad, hace la creación ex nihilo”.

Mientras tanto, Jaramillo había adelantado sus estudios de derecho en la Universidad Libre, estudios iniciados años atrás en la Universidad Externado de Colombia. La Libre, aunque pobre en su estructura material, contaba con una nómina de destacados profesores que ejercían una brillante docencia. Jaramillo recuerda, por ejemplo, las clases de Derecho Civil de Milciades Cortés, las de Sucesiones de Carrizosa Pardo, las de Derecho Penal de Rafael Escallón, las de Sociología y Derecho del Trabajo de Gerardo Molina, las de Economía de Moisés Prieto y, en fin, las de Derecho Internacional de José Joaquín Caicedo Castilla. En 1951 se graduó de abogado con una tesis sobre la Industria colombiana, para cuya elaboración le fue muy útil la experiencia adquirida en la Superintendencia de Instituciones de Crédito. Inmediatamente intentó ejercer la profesión al lado de su profesor y amigo, Gabriel Escobar Sanín; como dotación para la oficina aportó el escritorio y la máquina de escribir recibidos en pago de las cesantías al liquidarse la empresa del periódico El Liberal. Fue un intento fallido, pues muy pronto, al observar ciertas arterías de la profesión, se desencantó de su ejercicio. Conservó, eso sí, lo que verdaderamente le atraía del derecho: la teoría sobre la organización del Estado, la cual habría de integrar a sus estudios históricos.

Corría el año de 1952 cuando el filósofo Cayetano Betancur, a quien Jaramillo conocía personalmente, fue nombrado Decano de la Facultad de Filosofía de la Universidad Nacional y le ofreció un cargo de profesor. De este modo, se le presentaba, finalmente, la oportunidad de retornar al ejercicio de la docencia, al ambiente de la universidad, al trabajo de profesor que constituía la profesión con la cual se identificaba; al fin al cabo, había estudiado y se había preparado para ser docente e investigador.

En la Universidad Nacional: la renovación historiográfica.

A la Universidad Nacional ingresó como profesor de Historia Universal de la Facultad de Filosofía y Letras, encargado de las asignaturas correspondientes al período moderno y a la Historia de la Pedagogía. Mientras su labor docente discurría sin ningún contratiempo, se presentó una circunstancia que le depararía una nueva experiencia en el viejo continente. Hacia comienzos de 1953 vino a Colombia una comisión de profesores alemanes, entre los cuales se encontraba Adolf Meyer-Abich, profesor de Filosofía de la Ciencia en la Universidad de Hamburgo. En una de las varias conversaciones que Jaramillo mantuvo con el profesor alemán, éste le sugirió la posibilidad de pasar una temporada como profesor visitante en Alemania. A los pocos meses le llegó la invitación y viajó en el mismo año a dicho país.

En la Universidad de Hamburgo le dieron la categoría de profesor extraordinario. Debía dictar la cátedra de Historia Latinoamericana para los estudiantes de español y lenguas románicas. Así mismo, dictaba una conferencia semanal para el público en general. Durante su estadía en esta institución desarrolló, en varias oportunidades, el curso titulado “La sociedad hispanoamericana en la novela”, para el cual utilizó obras como Doña Bárbara, La Vorágine, Los de Abajo, El Gran Señor y Rajadiablos, Don Segundo Sombra y otras. Dos años y medio permaneció en Alemania, tiempo en el que asistió, además, a varios cursos de filosofía y sociología, e igualmente, visitó Italia, Inglaterra y Francia.

A mediados de 1955 regresó a Colombia y se reintegró a la Universidad Nacional, asumiendo las cátedras de Historia Moderna e Historia de Colombia. Fue el momento en que Jaramillo Uribe inició una actividad de notoria repercusión para la historiografía nacional. Con el propósito de otorgarle a la historia un espacio institucional que a su turno le abriera las perspectivas de la profesionalización, empezó las gestiones para la creación del Departamento de Historia, el cual se hizo realidad en 1962. Considerando la importancia de contar con un medio de difusión y de estímulo para las nuevas investigaciones sobre la historia colombiana fundó, en el mismo año, el Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura, cuyo primer número vio la luz en 1963. Antes había dirigido la revista Ideas y Valores, de la Facultad de Filosofía y Letras, dependencia de la cual fue decano entre 1962 y 1964. Un hecho notorio fue la formación de un grupo de estudiantes que se convertiría en el núcleo principal, al cual se unirían historiadores provenientes de otras facultades y universidades, de la tendencia que pasando los años se denominaría “La Nueva Historia de Colombia”5. Hacían parte de este conjunto estudiantes como Germán Colmenares, Jorge Orlando Melo, Margarita González, Jorge Palacios Preciado, Hermes Tovar Pinzón, Gilma Mora de Tovar, Víctor Alvarez, Germán Rubiano Caballero, Marta Fajardo, Carmen Ortega, Angela Mejía e Isabel Sánchez. La formación de dicho grupo se efectuó bajo la orientación y ejemplo de Jaramillo, con la participación de otros profesores, como el español Antonio Antelo, y la presencia de estímulos derivados, entre otros aspectos, del Anuario, del contacto con la nueva historiografía latinoamericana y en algunos casos mundial, del atractivo de las nuevas temáticas de investigación, de las implicaciones ligadas a las nuevas tendencias teóricas y metodológicas, incluso, ideológicas y políticas.

La investigación de la historia colombiana.

Tan pronto se reintegró a la Universidad Nacional, después de su estadía en Alemania, Jaramillo continuó sus investigaciones sobre historia de las ideas en Colombia, que iniciara en 1950. Hacia 1956 terminaba de escribir su más importante libro, El pensamiento colombiano en el siglo XIX, elaborado en función de un proyecto de historia de las ideas para todos los países latinoamericanos y organizado desde México por Leopoldo Zea. El libro, publicado ocho años después6, era el resultado de una investigación de largo aliento, en la cual, por supuesto, se desplegaba la competencia metodológica que Jaramillo había cultivado y el bagaje teórico acumulado en sus abundantes y variadas lecturas. Estas le abrieron el campo de las historia cultural, en particular, el de la historia de las ideas. Aquí, Jaramillo reconoce que la mayor influencia provino de los textos de Ernest Cassirer, tales como La filosofía de la Ilustración, El problema del conocimiento en la filosofía moderna europea, Individuo y cosmos en el Renacimiento, obras que le mostraron la importancia fundamental de este universo. De ese modo, Jaramillo inauguraba el territorio de la historia de las ideas, en el cual nada verdaderamente significativo podía encontrarse, hasta ese momento, en la historiografía colombiana. Se propuso no sólo describir sino analizar la estructura interna de las formas de pensamiento, es decir, de las ideas de mayor significación en Colombia, desde el período de la preindependencia hasta las postrimerías del siglo XIX, buscando establecer, así mismo, su evolución, sus mutuas relaciones y su conexión con las corrientes europeas. Abordando los principales pensadores, seleccionó tres ámbitos de estas ideas: a) Las pertinentes a las distintas y encontradas valoraciones que después de la Independencia surgieron respecto a la tradición y la herencia españolas; b) Las ideas políticas, relativas a la estructura y funciones del Estado y a las relaciones de éste con los individuos y la sociedad; c) Las ideas filosóficas. Quedaron por fuera, como proyectos futuros, aún no realizados, las ideas estéticas, las ideas religiosas y las ideas económicas. Todo esto hacía parte “de un intento de comprensión de la vida espiritual colombiana durante el siglo XIX - tan decisivo para la formación del país-”7. Así como la original y compleja obra de Jaramillo no tenía antecedentes en nuestra historiografía, tampoco ha tenido continuadores. Permanece en un lugar destacado dentro de los pocos libros clásicos de la historiografía colombiana.

En 1962, obedeciendo a una circunstancia un tanto coyuntural, situación no extraña en la actividad intelectual de Jaime Jaramillo, se comprometió a escribir una historia de Pereira, en colaboración con Juan Friede y Luis Duque Gómez. La historia le fue encargada por el Club Rotario, con motivo de la conmemoración del primer centenario de la ciudad. Sólo de cuatro meses dispusieron los autores para elaborar la obra, la cual fue publicada en 19638. En su trabajo, Jaramillo abordó los principales aspectos sociales, económicos y culturales de los cien años de vida de Pereira. Otorgaba de esta manera un reconocimiento a la memoria de un lugar ligado a las experiencias vitales de su niñez y adolescencia.

Después de terminar El Pensamiento colombiano, el interés investigativo de Jaime Jaramillo tomó otros rumbos. Empezó a orientar su estudio hacia la época colonial, particularmente hacia su estructura social. Esto implicaba un conjunto de cambios no sólo temáticos y conceptuales, sino también metodológicos y técnicos, relacionados con la lectura y análisis de las nuevas fuentes documentales. Inició la investigación colonial por el período que consideraba el punto de partida de nuestra historia: el momento del contacto entre España y las culturas indígenas. En función de ese comienzo, estudió paleografía; ella le permitía leer los documentos del siglo XVI. Buscaba así responder a uno de los vacíos que desde su época de estudiante de la Normal veía en la historiografía colombiana y con el postulado, no sobra enfatizarlo, de que la historia se hace con documentos, con la consulta del archivo. El tema específico que llamaba su atención era el problema de la magnitud de la población indígena en el momento de la Conquista y su acentuada disminución posterior, problema cuyo estudio dio origen a un artículo publicado en 19649. Este problema había sido agitado en la historiografía latinoamericana por Angel Rosenblat, cuyo obra10 sirvió de motivación a Jaramillo para la investigación de este y otros temas de la historia colonial.

Como se sabe, el vacío de fuerza de trabajo causado por la catástrofe demográfica de la población indígena pretendió suplirse parcialmente con la introducción masiva de esclavos africanos. La presencia de este contingente de mano de obra generó una nueva realidad social en el orden colonial. A ese fenómeno, Jaramillo le dedicó dos rigurosos estudios, en los cuales examinaba los orígenes de la población negra, los aspectos sociales, económicos y culturales de las relaciones entre amos y esclavos, la crisis de la esclavitud y la controversia sobre la libertad de los esclavos11. Sobre todo con el primero de estos trabajos, dado su novedoso enfoque socio-cultural, el autor daba comienzo a la investigación moderna sobre la esclavitud colonial, constituyéndose, de igual modo, en significativo antecedente de los estudios afrocolombianos.

Dada la concurrencia de razas, uno de los fenómenos sustantivos de la sociedad colonial fue el proceso de mestizaje, intensificado en la segunda mitad del siglo XVIII. En este período, a la sociedad que había llegado a constituirse, dividida y estratificada en castas socio-raciales bien diferenciadas, se oponía el avance del mestizaje que tendía a eliminar precisamente las diferencias socioraciales. Esa dinámica la estudió Jaramillo en uno de sus mejores trabajos, lleno de novedades y sugerencias, como las que hace, por ejemplo, sobre el matrimonio y la familia12. Puede afirmarse que con esta investigación, Jaramillo señaló el comienzo de una nueva historia socio-cultural de la Colonia.

Los cuatro estudios mencionados versaban sobre temas relacionados y correspondían a una unidad de método. Tal coherencia permitió incluirlos en un libro que se publicó en 1969 bajo el título de Ensayos sobre historia social colombiana13. Pese a que Jaramillo ha sido un notable cultor del género ensayo, para este caso, dadas las características metodológicas, la naturaleza de la investigación y la estructura de los textos, no parecía muy apropiado el uso de dicha denominación. No así el libro Entre la historia y la filosofía, publicado en 1968, el cual recoge, en efecto, cinco escritos que pueden verse bajo la imagen del ensayo14. Un texto con propiedades diferentes es el dedicado a la historia de la pedagogía, publicado en 1970. Este libro está conformado por las lecciones de historia de la pedagogía que el autor dictó en la antigua Facultad de Filosofía y Letras, en 1952; organizado con un propósito docente, constituye una muestra del acendrado interés de Jaramillo por la enseñanza, por la pedagogía y su historia, concebida ésta como una de las más importantes formas de la historia de la cultura15.

EL MAESTRO EN LOS ANDES

En 1970, habiéndole llegado el tiempo de jubilación, Jaramillo se retiró de la Universidad nacional. Esto coincidía con el ofrecimiento de la Decanatura de la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de los Andes, la cual ejerció entre los años de 1970 y 1974; en dicho lapso también dirigió la revista Razón y Fábula. En 1975, durante el primer semestre, fue profesor visitante en las Universidades de Oxford y Londres, y en el segundo, en la Universidad de Sevilla. Al año siguiente debió interrumpir su actividad universitaria para asumir la Embajada de Colombia en Alemania. La amistad con el historiador Indalecio Liévano Aguirre, Ministro de Relaciones Exteriores, y con el Presidente López Michelsen, influyó para la aceptación de esta función diplomática, desempeñada durante dos años. En otra oportunidad, Jaramillo dirigió el Centro Latinoamericano del Libro auspiciado por la Unesco en Bogotá.

Desde su vinculación a la Universidad de los Andes, prolongada hasta el presente, además de dictar las cátedras de historia, no ha dejado de investigar y de escribir. En esta fase de su trabajo se ha afirmado, con mayor fuerza, su inclinación por el ensayo. “Después seguí haciendo investigaciones en el campo de la historia de las ideas y en el campo de la historia de la cultura, un poco sin sujeción a un plan, un poco siguiendo las necesidades del momento y los intereses míos, el entusiasmo por algunos temas, lo que le da a mi trabajo un cierto aspecto de dispersión y lo que explica la escogencia del ensayo”. De tal modo, entre 1977 y 1994, han aparecido tres libros que recogen una interesante y sugestiva variedad de escritos en este género: La personalidad histórica de Colombia, el tomo II de los Ensayos de historia social ( muy distinto al tomo I) y De la sociología a la historia16. Se destacan, así mismo, los trabajos realizados para algunas obras colectivas, en los cuales aborda la economía colonial, el proceso histórico de la colonia a mediados del siglo XIX y la educación durante la República Liberal17. Un suceso historiográfico de particular importancia fue la elaboración, bajo la dirección de Jaime Jaramillo, del Manual de Historia de Colombia, publicado entre 1978 y 1980. Se trata de una obra colectiva, en tres volúmenes, que integra una serie de estudios sobre los procesos económicos, sociales, políticos y culturales del país, escritos por autores representativos de las nuevas investigaciones históricas.

A la par con la investigación del pasado colombiano, han discurrido sus reflexiones sobre el oficio del historiador. Este, más que otros estudiosos de las ciencias humanas - piensa Jaramillo - está en la obligación de adquirir una muy amplia formación cultural, sólo así “puede ver muchas cosas en la historia, no los aspectos unilaterales y parciales”. Ninguna de las historias parciales, de las historias-túnel, como las ha llamado el historiador norteamericano J.H. Hexter, puede proporcionar la noción de la integridad de la historia, de la historia total que constituye el ideal de quien se entrega al estudio de esa compleja universalidad que es la vida humana transcurrida en el pasado. Ahora bien, en el ámbito de la formación teórica y metodológica existen múltiples tendencias, tanto en la disciplina histórica como en las ciencias sociales. El historiador debe, con espíritu crítico, conocerlas todas, sin dogmáticamente instalarse en una corriente unilateral. Ante la diversidad de teorías y metodologías lo más indicado para este profesional es asumir la posición de un eclecticismo crítico, puesto que, en cada una de esas teorías y metodologías hay siempre algo de verdad, algo útil y aprovechable para la investigación. El historiador es un artífice que hace su obra con muchos y diversos materiales. Preparado de ese modo, debe reunir los diferentes tipos y variedades de documentos que le sean pertinentes para su investigación. Más allá de la actitud empirista que ve en los documentos solamente la superficie de su literalidad, el estudioso debe leerlos en la búsqueda del sentido profundo, criticarlos, analizarlos e interpretarlos. Dado que el sentido y las relaciones significativas no están explícitas en los documentos, el historiador tiene que construirlos. Por eso se dice que la historia es una construcción; y de la misma manera que una acumulación de ladrillos no es una casa, como lo decía el gran científico francés Poincaré, una acumulación de datos documentales no es una historia. Finalmente, el historiador sabe que “la historia se hace con palabras; en consecuencia, “tiene que disponer de un lenguaje muy rico, de una capacidad de expresión muy amplia, en una palabra, tiene que saber escribir y narrar. Y desde luego, analizar, es decir, tiene que tener una mente crítica y analítica”.

Los anteriores enunciados son apenas una muestra de las concepciones que el maestro ha decantado a lo largo de su fecunda trayectoria intelectual, trayectoria que cuenta en su haber significativas distinciones, entre otras: los Doctorados Honoris Causa en Filosofía otorgados por las Universidades Nacional en 1992 y Andes en 1994; La Cruz de Boyacá concedida por el Gobierno Nacional en 1993; y el Premio Nacional a la Vida y Obra de un Historiador, creado por el Archivo General de la Nación, Colcultura, Fonade y Planeación Nacional, otorgado en 1995.


Citas.

1 Archivo personal de Jaime Jaramillo Uribe.

2 Entrevistas con Jaime Jaramillo Uribe, Santafé de Bogotá, diciembre de 1989 y diciembre de 1995. El presente artículo está elaborado con base, principalmente, en estas entrevistas.

3 Sobre la Escuela Normal Superior véase: José Francisco Socarrás, Facultades de Educación y Escuela Normal Superior. Su historia y aporte científico y humanístico, Tunja, Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, 1987; Juan Manuel Ospina, “La Escuela Normal Superior: círculo que se cierra”, en Boletín Cultural y Bibliográfico, Vol. XXI, núm. 2, Banco de la República, Bogotá, 1984; Martha Cecilia Herrera y Carlos Low, Los intelectuales y el despertar cultural del siglo. El caso de la Escuela Norma Superior: una historia reciente y olvidada, Santafé de Bogotá, Universidad Pedagógica Nacional, 1994.

4 Un listado bastante completo de los escritos de Jaime Jaramillo se encuentra en el “Apéndice B” de su libro De la Sociología a la Historia, Bogotá, Ediciones Uniandes, 1994. Compilación y prólogo de Gonzalo Cataño.

5 Acerca de la Nueva Historia véanse los siguientes trabajos de Bernardo Tovar Zambrano, La Colonia en la Historiografía Colombiana, Bogotá, Ediciones ECOE, 1984, y “La Historiografía Colonial”, en La Historia al Final del Milenio. Ensayos de Historiografía Colombiana y Latinoamérica, Bogotá, Editorial Universidad Nacional, 1994, vol. 1.

6 Jaime Jaramillo Uribe, El pensamiento colombiano en el siglo XIX, Bogotá, Editorial TEMIS, 1964.

7 Ibid. pag. X.

8 Jaime Jaramillo, Luis Duque Gómez y Juan Friede, Historia de Pereira, Bogotá, Librería Voluntad, 1963.

9 Jaime Jaramillo Uribe, “La población indígena de Colombia en el momento de la Conquista y sus posteriores transformaciones”, en Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura (ACHSC), núm. 2, U. Nacional, Bogotá, 1964.

10 . Angel Rosenblat, La Población Indígena y el Mestizaje en América, Buenos Aires, 1954.

11 Jaime Jaramillo Uribe, “Esclavos y señores en la sociedad colombiana del siglo XVIII”, en ACHSC, núm. 1, U. Nal., Bogotá, 1963; “La controversia jurídica y filosófica librada en la Nueva Granada en torno a la liberación de los esclavos”, en ACHSC, núm. 4, U.N., Bogotá 1969.

12 Jaime Jaramillo Uribe, “Mestizaje y diferenciación social en el Nuevo Reino de Granada en la segunda mitad del siglo XVIII”, en ACHSC, núm. 3, U. Nal, Bogotá, 1965.

13 Jaime Jaramillo Uribe, Ensayos sobre historia social colombiana, Bogotá, Universidad Nacional de Colombia, 1969.

14 Jaime Jaramillo Uribe, Entre la historia y la filosofía, Bogotá, Editorial Revista Colombiana, 1968.

15 Jaime Jaramillo Uribe, Historia de la pedagogía como historia de la cultura, Bogotá, U. Nal., 1970.

16 Jaime Jaramillo Uribe, La personalidad histórica de Colombia y otros ensayos, Bogotá, Instituto Colombiano de Cultura, 1977; Ensayos de historia social II. Temas americanos y otros ensayos, Bogotá, 1989; De la sociología a la historia, Bogotá, Ediciones Uniandes, 1994. Compilación y prólogo de Gonzalo Cataño.

17 Jaime Jaramillo Uribe, “Etapas y sentido de la historia de Colombia”, en Mario Arrubla (comp.), Colombia Hoy, Bogotá, Siglo XXI, 1978; “La economía del virreinato: 1740-1810”, en José Antonio Ocampo (Ed.), Historia económica de Colombia, Bogotá, Siglo XXI, 1987; “La educación durante los gobiernos liberales: 1930-1946”, en Nueva Historia de Colombia, Tomo IV, Bogotá, Ed. Planeta, 1989.


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