Spanish English Portuguese

 

  Versión PDF

 

Fabio Zambrano Pantoja*

Este ensayo propone una mirada al problema de las estructuras de poder sobre el espacio que ocupa la actual Colombia. Se parte del modelo de dominación colonial, que se basaba en los núcleos urbanos, y se continúa con las reformas borbónicas, que buscaban introducir cambios demontando los poderes locales. El autor plantea que los cambios en las primacías urbanas dificultaron el aparecimiento de las regiones y la centralización en cabeza de una ciudad, razón por la cual persistió una desagregación de los poderes que fue la base de una descentralización informal.

Las reflexiones que desde la historia se pueden hacer sobre la descentralización, necesariamente pasan por el tema de la conformación de las regiones, de aquellos espacios socialmente construídos que reivindican una identidad propia y un derecho a su manejo con cierto grado de autonomía frente al Estado central. Al respecto, es un lugar común afirmar que Colombia es un país de regiones: imagen que es reproducida en los textos de enseñanza y repetida por los medios de comunicación. Estos hechos comprueban la aceptación general de esta característica como un elemento constitutivo de la nacionalidad colombiana. Esto también implica que Colombia es sinónimo de diversidad, y por lo tanto iniciar el estudio de las regiones remite a investigar la divergencia, el contraste, la ruptura, la frontera, diversidad que no es suprimida por el poder. El Estado y la sociedad dejan subsistir la diversidad. Ni el orden político ni el orden social, ni el orden cultural llegan a imponer una uniformidad que no sea otra cosa que una apariencia.

De otra parte, cada división posee sus propias costumbres, sus fiestas, sus canciones, sus mitos, sus imágenes, que hablan de cosas que no son propiamente las mismas de la región vecina, y que también sirven para forjar su propia identidad, diferenciándose de los demás. Pero, forjar su imagen tiene como contraparte crear contra-imágenes de los vecinos. En el fondo, las relaciones entre las diversas regiones culturales van a ser un juego de imágenes y contra-imágenes que apoyan y acrecientan la diversidad.

Para Braudel1 , las regiones y sus diversidades son hijas directas de la distancia, de la inmensidad que ha preservado todos nuestros particularismos, venidos del fondo de los siglos. Esta diversidad, de larga duración, ha sido una fuerza de la historia. Esto se convierte en causa de otras dinámicas, como es que la inercia de lo múltiple favorece las querellas políticas y sociales. Todas las divisiones físicas, culturales, religiosas, políticas, económicas, sociales, se juntan las unas con las otras y crean la incomprensión, la hostilidad, la suspicacia, la querella, la guerra civil, la guerra de la imágenes regionales. Cada región ha salido de una acumulación de historia prodigiosa, pero esta acumulación se ha hecho en un sentido, no en otro.

Existen varios criterios para definir las regiones de Colombia. El primero es el geográfico. Las regiones geográficas han existido desde antes de la ocupación española, con algunos cambios climáticos. Sin embargo, las regiones como espacios sociales construidos no han existido de una manera simultánea a las regiones geográficas, sino que, por el contrario, aquellas son el resultado de una creatividad espacial específica2 . Esto ha implicado una apropiación del espacio geográfico, un control económico, político y en especial, cultural, por parte de una élite específica, la cual establece unos denominadores comunes entre todos los habitantes de un espacio determinado, pobladores que comparten un imaginario similar que les proporcionan sentimientos de pertenencia a una comunidad imaginada regional3 .

Una definición desde las Ciencias Sociales nos la proporciona Maria Teresa Uribe, quien ve la región como: «realidades históricamente formadas, socialmente construidas, colectivamente vividas por sus pobladores y a veces también pensadas por sus dirigentes, por sus intelectuales que le imprimen un sentido político, una dirección y un horizonte de posibilidad a esa existencia histórica compartida mediante la formulación y puesta en ejecución de proyectos políticos y ético-culturales que terminan definiendo los perfiles de un ethos perfectamente diferenciable»4 .

Además, debemos tener presente que las regiones no son inmutables, sino que están sujetas a profundos procesos de composición y recomposición espaciales, económicos, políticos y especialmente culturales. Esto es el resultado de la progresiva y permanente configuración de la nación, de la integración económica y cultural que se ha producido desde hace dos siglos. A su vez, esto implica que en el interior de las regiones suceda algo similar, en razón de que se trata de espacios heterogéneos. No existen las regiones homogéneas, sino que estas están conformadas por subregiones, donde se reproduce en micro el mosaico que muestra la Nación.

LA CREACION DE UN ESPACIO SOCIAL.

La capacidad de inventar formas originales de organización del espacio no dispone de ninguna autonomía en relación a las condiciones socioeconómicas, siendo ellas su motor puesto que el objeto es crear un cuadro de vida y un espacio de producción. Por ello la creatividad espacial refleja los intereses sociales y sus conflictos. Crear un espacio social es conceder lugares específicos para los diferentes grupos sociales, con fines de residencia, de prestigio y de actividad. Pero esta creatividad espacial, que se inicia como una empresa colectiva, cambió radicalmente con la conquista, cuando una minoría externa a los pobladores originales, introduce otra lógica de creación espacial y la impone. América se inicia como una creación de Europa, que se quiso hacer como un simple prolongamiento, y por ello es que la toponimia recuerda el origen europeo de la organización del espacio. Es España la que crea en América.

Por supuesto que no se trata de una copia directa. En los nuevos territorios el criterio de la extracción de un excedente económico se impone, y por ello el sistema genera una zonificación económica en función de la distancia a los puertos marítimos, procurando que las actividades económicas más intensivas sean las más próximas a la costa. Pero en nuestro caso, la aplicación de este criterio chocó con la existencia de grandes comunidades en los altiplanos del interior, creándose una bipolaridad de Bogotá y Cartagena.

De todas formas, todo el sistema de organización espacial toma sentido con el puerto, salida indispensable, enlace marítimo entre el espacio dominante y el espacio dominado, y el punto de referencia para distinguir el «interior » la provincia, y el «exterior», el extranjero. La lógica de estas localizaciones se reafirma con el establecimiento de las infraestructuras de circulación, creadas a manera de ejes de penetración. Por supuesto que este sistema de ordenamiento del espacio, diseñado durante la conquista y la colonia, ha dejado huellas hasta el presente, de una parte porque una creación espacial deja una infraestructura material pesada que no puede modificarse fácilmente, y porque hay motivos para conservarla, ya que la base económica continúa con la exportación de productos agrícolas y materias primas5 .

En nuestro caso, igual que en el resto de hispanoamérica, España dominó las áreas descubiertas fundando ciudades. Un nuevo núcleo urbano significaba la posesión de tierras y la sujeción de los pueblos que las habitaban. Desde las ciudades se organizaba la explotación de las regiones conquistadas y se administraba las unidades económicas. En el actual territorio de Colombia, los conquistadores fundaron numerosos centros urbanos desde los cuales ejercían su poder, delimitados por un complejo sistema de circunscripciones de lugares, parroquias, villas y ciudades.

Las diversas culturas indígenas, las diferencias de los conquistadores, la diversidad de los microclimas y de los recursos, así como las diferencias en las funciones de los asentamientos (mineros, puertos, administrativos, de frontera, militares) van a producir las primeras diferencias entre las ciudades en el siglo XVI. Comienzan los intercambios según las incipientes especializaciones locales.

Cada ciudad contaba con un espacio sobre el cual ejercía derechos jurisdiccionales. Las élites urbanas controlaban amplios espacios donde habían villas, parroquias y pueblos de indios. Pero hasta entonces, fines del siglo XVII y principios del siguiente, las identidades y los sentimientos de pertenencia estaban limitados a las localidades. Se era de tal ciudad o de tal villa, y las competencias y rivalidades se desarrollaban según estas identidades. Además, el sistema de dominación colonial estaba basado en la desagregación de los poderes, y el poder colonial se reducía a una sumatoria de poderes locales, que tenían como espacio de ejercicio de ese poder el municipio. De allí la fuerza de los Cabildos. La fragmentación interna de las colonias era una de las estrategias de dominación, condición que se ve reflejada en el hecho de que cada ciudad buscaba el contacto directo con España, antes que una integración en el interior de cada colonia. Este estado de cosas predominó hasta mediados del siglo XVIII, cuando se introducen las reformas borbónicas, que buscaban la centralización del poder en cabeza de un Estado moderno. Hasta entonces funcionó una estrategia de descentralización total del poder, no en las regiones, porque éstas aún no existían, sino en las ciudades, escenarios de los poderes locales y de los sentimientos de pertenencias de sus habitantes.

Esto comienza a cambiar desde el siglo XVIII, cuando empiezan a surgir las comarcas o «países» como se les llamaba en la colonia. Estos señalaban un espacio controlado por determinados núcleos urbanos. Esto coincide con el desmoronamiento de las jerarquías formales establecidas a inicios de la conquista. Ciudades mineras como Mariquita, Cáceres, Remedios, Santafe de Antioquia, pierden importancia mientras que varias villas como Mompox, Honda, Socorro Barichara, adquieren importancia y rompen con las estructuras de poder colonial. Esta recomposición de las primacías urbanas va a ser un elemento retardatante en el surgimiento de centros de poder fuertes y estables, y, al contrario de la tendencia general de América Latina, en nuestro caso los centros de poder han presentado un permanente relevo, con la sola excepción de Bogotá.

En este momento, a fines del siglo XVIII, ya empiezan a aparecer con alguna definición los sentimientos de pertenencia. Sobre este tema conviene hacer algunas precisiones. En efecto, al abordar simultáneamente los espacios a los cuales pertenecen los neogranadinos : el hogar, el vireinato, y el Estado español, se puede notar la mayor importancia del territorio y del espacio en el surgimiento del sentimiento de pertenencia. Por supuesto que entre los poderosos -ricos e instruidos, que juegan un rol en la vida política- y los más humildes; entre la colectividad y los individuos; entre la esfera pública y la privada, hay diferencias sustanciales. De uno a otro de estos polos, el sentimiento de pertenencia se expresa de manera diferente; él se agrega desigualmente al hogar, al Estado o a la localidad.

A fines de la Colonia, lo que aparece es el sentimiento de pertenencia primario, que genera el primer espacio, el de la localidad, resultado de las estructuras sociales propias de la sociedad tradicional. Allí, la fuerza generadora se encuentra en el hogar, que es el lugar de nacimiento de sucesivas generaciones familiares, el cementerio donde se visitan los muertos, la casa familiar y la de los vecinos, la plaza del pueblo o de la ciudad donde la comunidad se manifiesta a través de personajes físicos y lugares conocidos. La pertenencia a la comunidad de los próximos se traduce así por trazas escritas u orales (las Memorias, los diarios personales, la correspondencia y los archivos familiares) y ello se refuerza gracias a las instituciones locales (la iglesia, la escuela, el tribunal, y porqué no, los motines y levantamientos pueblerinos) y tiene sus mensajes, como los sermones. Todos estos signos traducen lo que llamaría «la pertenencia primaria» de los neogranadinos, ese lugar primordial que une al individuo al cuerpo social y sin el que no sería más que un hombre «en estado natural»6 . Pero esta pertenencia no trascendía de los límites del municipio. Aquí hay que precisar que, en algunos casos, estos límites incluían los de la provincia, espacio que abarcaba la zona de influencia de un centro urbano poderoso, como era el caso de Cartagena, Santafé de Antioquia, Popayán, Pasto, entre otros, lo cual se debía a la fortaleza de las sociedades encomenderas de esos lugares.

El otro polo de identidad de los individuos, en un horizonte lejano que se escapa a la percepción, se encuentra el Estado, lugar abstracto de pertenencia política de los sujetos y los ciudadanos. A mediados del siglo XVIII, los neogranadinos eran sujetos de un Estado monárquico del que dependían por herencia. Así, se carecía de un estadio intermedio entre la comunidad local y la comunidad imaginada representada en el imperio español, como era la región.

Esto se refleja en la independencia, cuando la «patria boba» muestra el enfrentamiento entre élites urbanas que pugnan por escapar al control de los centros tradicionales de poder. Es la primera gran guerra de conflictos de intereses de poderes locales. Estas pugnas, cuyas diferencias dieron inicio a la llamada «patria boba», no eran sino el reflejo de la fragmentación del poder existente en el interior de las provincias. El 20 de julio la Junta de Santa Fé había propuesto una liga de las veintidos provincias que conformaban el virreynato de la Nueva Granada, en cuyas capitales se estaban formando juntas similares, organizada a la manera centralista. La respuesta de Cartagena, cuyo Cabildo se erigió como el contrapoder del de la capital, se dio en el sentido de aceptar la convocatoria, pero subrayando la soberanía absoluta de las provincias y proponiendo una organización federada, que, en otros términos, manifestaba el interés de los dirigentes cartageneros por marcar sus diferencias con la capital y dominar su zona de influencia caribeña.

Este intento mostró rápidamente sus fracturas, pues las condiciones habían cambiado, en relación a la estructura de poder formal, en cabeza de algunas ciudades, que había introducido la corona española en el siglo XVI. En efecto, en las provincias de la Costa Atlántica el contrabando y la actividad de las grandes haciendas ganaderas habían permitido el surgimiento de diversos grupos con bastante poder, al margen del control de la ciudad de Cartagena. Ciudades como Santa Marta, Mompox, Valledupar y Riohacha, no reconocían su liderazgo en el Caribe. Pero los cartageneros no estaban dispuestos a perder la preeminencia y las ventajas de que gozaban en la Colonia e intentó en varias oportunidades someter a las ciudades deseosas de autonomía, como lo hizo contra Santa Marta, que se declaró realista, lo cual motivó el asalto en agosto de 1813, saqueada por un ejército cartagenero que actuaba como conquistador. Los samarios reconquistaron su ciudad, con la ayuda de los indígenas y declararon su independencia, pero de Cartagena. Esta ciudad no cejó en sus intentos de dominar a los que consideraba rebeldes, y para ello emitió un decreto que ofrecía «al ejército de voluntarios que conquiste a Santa Marta todas las propiedades urbanas, muebles e intereses que se encuentren en aquella plaza».

El enfrentamiento con Mompóx, que existía larvado desde el siglo XVIII, estalló cuando ésta declaró su independencia absoluta del gobierno español en agosto de 1810. El choque se produjo no tanto por la separación de los momposinos de España, sino por sus esfuerzos de constituirse en provincia independiente de Cartagena. Esta decisión manifestaba el deseo de el Cabildo de Mompox, controlado por los comerciantes contrabandistas, quienes eran golpeados permanentemente por las autoridades cartageneras, por sus pretensiones de autonomía política. La ofensiva cartagenera dio origen a lo que el historiador José Manuel Restrepo llamó la primera guerra civil.

Estas luchas por el poder regional y la autonomía local no se limitaban a los centros de comercio de la región costeña. A nivel provincial las disenciones no tardaron en aparecer, dando origen a un juego permanente de composición y recomposición de alianzas y ataques. Así, por ejemplo, la ciudad de Valledupar aprovechó la coyuntura para separarse de la influencia de Santa Marta y constituirse en capital de una parte de esa provincia. Pero estos intentos no resultaron fáciles, ya que diversas poblaciones cercanas a Valledupar manifestaron una fuerte reacción en contra de su rival territorial, y como una estrategia para buscar protección, se declararon realistas. Ante esta situación, el Cabildo de Valledupar buscó el apoyo de Cartagena, en procura de recursos militares para dominar la región, tratando de aprovechar la rivalidad entre ésta y Santa Marta.

Otro caso similar sucede en la localidad de Chiriguaná, provincia de Santa Marta, donde los vecinos de esta villa elaboraron el 14 de septiembre de 1810 un acta, con el propósito de proclamar su independencia de la ciudad que los dominaba, que era la vecina Tamalameque. Este tipo de reacción no fue exclusivo de la costa, y por el contrario, fue la tónica general en todo el virreynato. Esto fue registrado por el historiador José Manuel Restrepo, testigo de los hechos, quien señala:

«La anarquía laceraba las provincias y hacía rápidos progresos. Apenas hubo ciudad ni villa rival de su cabecera, o que tuviese algunas razones para figurar, que no pretendiera hacerse independiente y soberana para constituir la unión federal o para agregarse a otra provincia. La de Tunja fue despedazada por bandos acalorados y de sus poblaciones principales unas querian junta en la capital, otras unirse a Santa Fe; y otras, como Sogamoso, erigirse en provincia. Con la misma pretensión se apartó Mompós de Cartagena y Girón de Pamplona; establecióse en Girón una junta a cuyo frente se puso el respetable eclesiástico, doctor don Eloy Valenzuela, bajo el título modesto de capellán. Ambalema no quiso depender de Mariquita; Nóvita, del Citará, y otros lugares de sus repectivas capitales. Donde quiera que hubo un demagogo o aristócrata ambicioso que deseara figurar, se vieron aparecer juntas independientes y soberanas, aun en ciudades y parroquias miserables, como la de Nare, las que pretendían elevarse al rango de provincias.»7

El conflicto que estaba apareciendo no era otro que la desaparición de la comunidad imaginada que representaba el imperio, y en su reemplazo, a falta de otra idea, se estaban reafirmando con toda su fuerza los sentimientos de pertenencia locales. Los referentes eran los que proporcionaba la parroquia, la villa, la ciudad, y por ello las gentes se organizan políticamente según los límites locales, a la manera de las ciudades estados del Renacimiento. Era el fracaso absoluto de la política centralizadora de los Borbones y el regreso a los poderes locales que habían imperado cuando los Habsburgos. Esto es visto con claridad por uno de los testigos del momento, Frutos Joaquín Gutiérrez, testigo de los hechos, quien anotaba:

«Yo no llamo patria al lugar de mi nacimiento, ni el departamento o provincia a que pertenece. Acaso en este solo punto consiste el estado paralítico en que nos hallamos y del que ya es tiempo de salir, si queremos librarnos de los males terribles que nos amenazan. El hijo de Cartagena, el del Socorro, el de Pamplona, y tal vez el de Popayán, no ha mirado como límites de su patria los del Nuevo Reino de Granada, sino que ha contraído sus miradas a la provincia o acaso al lugar en donde vió la luz... Todos opinan, todos sospechan, todos proyectan, todos temen; cada hombre es un sistema y la división ha penetrado ya hasta en el seno de las familias»8 .

Ante esta situación de conflictos y pugnas regionales, la convocatoria de Santa Fe fue atendida muy parcialmente y, al contrario de los propósitos iniciales, la división entre los diferentes centros de poder se acrecentó con la conformación de las juntas provinciales de gobierno. Por supuesto que, en la misma forma que se presentaban las pugnas entre las provincias y la capital virreynal, los centros alternos de poder provincial también se rebelaron contra sus capitales. Como señalábamos antes, Cartagena disolvió violentamente la junta de Mompox, Pamplona sojuzgó a Girón, Tunja a Sogamoso y Honda a Ambalema.

EL SURGIMIENTO DE LAS REGIONES.

El anterior recuento histórico nos muestra la resolución por la vía de la guerra civil de la pugna política de los poderes locales nuevos contra los tradicionales, o, lo que es lo mismo, las rivalidades de las sociedades de orígen no encomendero, contra las sociedades encomenderas, proceso que, por supuesto, retardó significativamente el aparecimiento de regiones.

Pero este retrazo no sólo se debió a la encarnizada guerra civil de la «patria boba». También jugó un papel fundamental el proceso de composición y recomposición de las primacías urbanas, como ya lo señalamos. Este largo proceso de replanteamiento de las ciudades primadas va a dar como resultado que desde mediados del siglo XIX empiecen a surgir amplios espacios controlados por algunas ciudades, y desde entonces comienzan a surgir sentimientos de identidad y pertenencia que sobrepasaban los límites locales hasta llegar a los niveles regionales. En esto influye fuertemente las economías exportadoras, con la creación de redes económicas y mercados regionales, y los procesos políticos republicanos que se manifiestan a través de la pugna federalismo y centralismo. Este momento, que va de la Constitución de 1853 hasta la de 1886, es el momento más claro de formulación de un proyecto descentralizador reconocido por el Estado.

Todo esto está muy relacionado con los procesos de poblamiento interno que vivía cada espacio geográfico desde mediados del siglo XVIII, que es cuando se produce la gran recuperación demográfica de la Nueva Granada9 . Es entonces cuando se producen amplios procesos de colonización interiores, que van llenando los grandes espacios vacíos que existían al interio de la Nueva Granada, afirmando la territorialidad de los diferentes grupos de poder. Esto genera cambios de pertenencias, pues a medida que se van definiendo nuevos centros de poder, con circuitos económicos más amplios y con economías más estables -industrialización- el lenguaje de identidad se afina y se precisa. Entre las diversas lealtades, una jerarquía se perfila a nivel regional. Va surgiendo la literatura costumbrista que describe las características regionales, que subraya el «amor por el país que le vio nacer», que pone el acento en la importancia del enraizamiento y en el profundo significado de la memoria familiar y comunitaria. Esta memoria singular hace del individuo un eslabón en una cadena ininterrumpida sobre un suelo del cual el autor reivindica la originalidad geográfica. Algo similar sucede con la consolidación de las músicas y bailes regionales, los acentos y modismos en el habla, entre otras particularidades culturales.

Es desde entonces que las pertenencias de los colombianos son múltiples. Entre sus «agregaciones» a la provincia, a la región o a la micro región donde residen, y sus fidelidades -por lo general dudosas- a la lejana metrópoli, ellos hacen una clara diferencia. A pesar de ello, así las obligaciones de fidelidad y obediencia -políticas, económicas, culturales- sean claramente percibidas, las identidades que ellos poseen son vagas o ambiguas. El léxico del siglo XIX colombiano confunden los términos «patria », «nación», «país», «Estado». La laxitud lexicográfica es resultado de la dualidad de pertenencias, el alejamiento de la metrópoli -Bogotá-, la autonomía política y comunitaria.

Al terminar el siglo se producen varios acontecimientos que se constituyen en alertas de desintegración de la nación que recientemente se estaba constituyendo. La guerra de los mil días y la separación de Panamá llevan a iniciar un proceso desde la primera década del XX de afirmación de los aún débiles sentimientos de identidad nacional. A comienzos del siglo XX se funda la Academia de Historia, se realizan las festividades del centenario, eventos que van acompañados del surgimiento de un mercado interno integrador, el cual es reforzado por la construcción de vías de comunicación que permiten la integración física del país. Este intento de centralización desde el Estado se va a dar de manera simultánea al surgimiento de las economías regionales.

Esta identidad nacional se va dando de manera simultánea al afianzamiento de las culturas regionales, una serie de manifestaciones de formas de ser, de pensar, que le dan sentimientos de pertenencia a grupos humanos específicos, y que logran trascender gracias a la difusión que las élites culturales les dan. Es desde este momento -las primeras décadas del presente siglo- que se empiezan a presentar las relaciones entre dos polos de pertenencia. Poco a poco, de una manera gradual lo que se considera en cada localidad como lo «nuestro» político va dejando de ser menos municipal, y se va convirtiendo en algo que da sentido a la región antes que a la Nación. Más lento a evolucionar que el sentimiento de pertenencia primario -lo local-, el sentimiento de pertenencia secundario se transforma también: el se territorializa en un espacio socialmente construído que es la región.

Pero, para que esto suceda se hizo necesario que surgieran metrópolis regionales, que dominaran estos espacios por medio de circuitos económicos, políticos y culturales. Este es el caso de Cali, ciudad que surge como el epicentro de la región Occidental luego de la construcción del canal de Panamá y del ferrocarril del Pacífico, a finales de la segunda década, hechos que permitieron que en Cali se concentrara el valor agregado generado por la economía cafetera de la Cordillera Central. Con la infraestructura de transporte y el entable industrial generado en esta ciudad, se fue generando unos poderes que permitieron que la élite local dominara en este espacio, por encima de los intereses de Pasto. Popayán y de las otras ciudades del Valle del Cauca, que fueron rivales históricas de Cali, y que ahora, con la nueva dinámica económica, quedaron bajo la influencia económica caleña, situación que no es tan evidente en lo cultural.

El caso de Medellín es similar al anterior, aunque más temprano. En fecto, la economía minera favoreció el crecimiento de esta ciudad, situación que le permitió imponerse sobre su rival Rionegro, desde la década setenta del siglo XIX, cuando se inició la construcción del Ferrocarril de Antioquia. Luego, la economía cafetera y la industrialización no hicieron otra cosa que reforzar esta tendencia. Una vez Medellín consolida la capitalidad económica, aprovecha una serie de características culturales que ya se perfilaban en el «país paisa» y que hacían diferentes a los antioqueños en el contexto nacional. Como en niguna otra parte, aquí se creó un pryecto ético y político, conformado por una serie de elementos culturales que se fueron fundiendo en un conjunto de mitos que generan fuertes sentimientos de pertenencia regional. A pesar de que Medellín devoró a su región, las gentes de allá se sienten antioqueños antes que «medellinenses», prueba de la fortaleza de la pertenencia. Esto ha sido de mucha importancia para reclamar una descentralización del Estado y el desmonte del centralismo bogotano, a pesar de que Medellín ejerce un fuerte centralismo en su región.

El caso de la región caribe es un tanto distinta. Su centro económico es Barranquilla, ciudad que surge de los cambios que presenta la economía exportadora a fines del siglo XIX y de la decandecia de las ciudades coloniales caribeñas. Desde comienzos del presente siglo, esta ciudad fue concentrando la dinámica económica de la costa Atlántica, situación que generó un proceso de primacía económica con muy poca correspondencia en lo cultural. Sin embargo, a pesar de la ausencia de unidad en el interior de la región, ya que en ella se pueden encontrar diversas subregiones completamente diferentes entre sí y la región tiende a la desagregación antes que a la integración, sus habitantes esgrimen fuertes sentimientos de pertenencia que son utilizados en sus relaciones con el gobierno central. Los sentimientos de «consteñidad», antes que elementos integradores regionales, forman parte de un discurso exculpatorio de la élite regional para explicar el atraso de la región, además de servir de discurso de dominación.

Las descripciones de estos tres casos apuntan a señalar que la conformación de las regiones pasa primero por la definición de centros de poder con estabilidad económica, y de donde se generan proyectos culturales lo suficientemente fuertes y representativos como para que los habitantes de esos espacios se sientan identificados entre sí y miembros de esa comunidad imaginada. De otra parte, estos procesos no se presentan sino cuando se inicia un amplio proceso de modernización del país, que implica la urbanización de la población, la integración del territorio, el aparecimiento de la prensa regional, y la industrialización de la economía que empieza a producir para un mercado regional cada vez más integrado. Cuando esto sucede es el miomento en que se hace necesario que los habitantes de un espacio determinado piensen igual y acepten los mitos fundadores como lo denominadores comunes, y así estos sean recien inventados, los perciban como eternos. En otros términos, las regiones se conforman cuando surge una nueva red reguladora de poder, que es la cultural, con sus mitos, imágenes, símbolos, que permiten a las sociedades regionales hacer sentir a todos sus miembros iguales, elementos que facilitan la dominación de sus habitantes.

De esta manera podemos concluir señalando que Colombia ha sido una país históricamente descentralizado en muchos aspectos. Comenzando por los sentimientos de pertenencia, la cultura, los mercados, las primacías urbanas, las élites, la política10 , entre otras características, han pasado primero por su conformación regional antes que nacional.

CITAS

1Fernand Braudel. L’identité de la France. París, Arthaud-Flammarion, 1986.

2 El padre de la geografía francesa Vidal de la Blanche tiene razón en decir, pensando en su país: «La historia de un pueblo es inseparable de la región que habita... Es necesario partir de esta idea: una región es un recipiente donde duermen energías, en la cual la naturaleza ha depositado el germen, pero cuyo empleo depende del hombre». Citado po F. Braudel, op. cit.

3 En otros términos, lo que estamos afirmando es que no siempre han existido las identidades regionales, y por lo tanto no siempre los habitantes de un espacio geográfico se han sentido pertenenciendo a la misma «sociedad regional». Esto debido a que en las sociedades tradicionales no existen factores que contribuyan a asegurar la homogeneidad cultural, sino que, al contrario, varios factores ayudan a acentuar la diversidad: la inmovilidad y el aislamiento de grupos rurales fomentan la diversificación de las identidades y de los imaginarios regionales. En contraposición, en las sociedades modernas, la cultura de una persona, su identidad se convierte en uno de sus haberes más preciados.

4 María Teresa Uribe. La territorialidad de los conflictos y de la violencia en Antioquia. Medellín, Gobernación de Antioquia, 1990. Al admitir esta definición, estamos aceptando que la construcción de la región surge entonces en aqullas sociedades donde se inician procesos de modernización, donde sus miembros entran a reverenciar directamente su cultura, la cual es claramente visible y homogénea, opuesta a las sociedades agrarias donde existe una gran diversidad cultural. Al contrario a esta diversidad, en las sociedades industriales se destaca el uso de la cultura como un símbolo de unidad. Es por ello que las identidades regionales florecen primero y con más fuerza en las regiones donde el surgimiento de una cultura local se apuntala con la alfabetización, como es el caso de Santander y Antioquia, donde se iniciaron procesos educativos desde los Estados federales en la segunda mitad del siglo XIX.

5Fabio Zambrano y Olivier Bernard. Ciudad y Territotio. El proceso de Poblamiento en Colombia. Bogotá, Academia de Historia-IFEA, 1993, p. 17.

6Elise Marienstras. Nous Le Peuple. Les Origines du Nationalism Americain. París, Gallimard, 1988, p. 18.

7José Manuel Restrepo, Historia de la Revolución de la República de Colombia. Medellín, Editorial Bedout, 1970, T. III, p. 323.

8Citado por: Henao y Arrubla, Historia de Colombia. Bogotá, Librería Colombiana, 1929, p. 339.

9Ver: Fabio Zambrano y Olivier Bernard, op. cit.

10Cabe señalar que, al contrario del resto de Hispanoamérica, nunca tuvimos caudillos nacionales, aunque sí numerosos caudillos regionales, y los partidos han tendido a ser más sumatorias de poderes regionales antes que instituciones nacionales.

_________________

* Economista y D.E.A en Historia, Profesor del departamento de historia de la Universidad Nacional de Colombia. Investigador del D.I.U.C.


Contáctenos

Instituto de Estudios Sociales Contemporáneos – IESCO

Carrera 15 No. 75-14, pisos 6° y 7°

Bogotá, Colombia

Tels. (+57-1) 3239868 ext. 1613 – 1615

Correos electrónicos: iesco_uc@ucentral.edu.co – nomadas@ucentral.edu.co