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Identidad nacional, identidades culturales y familia. Las familias bogotanas 1880-1930

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Identidad nacional, identidades culturales y familia. Las familias bogotanas 1880-1930

National identity, cultural identities and family. Bogotan families 1880-1930

Identidade nacional, identidades culturais e família. Famílias de Bogotá 1880-1930

Miguel Angel Urrego Ardila*


* Magíster en historia. Investigador Universidad Central. Profesor Universidad Distrital.


Resumen

Se pretende en este texto brindar una visión sintética de los resultados obtenidos en la investigación «Aproximación al proceso de construcción de las identidades culturales en Colombia. Las familias bogotanas 1.880-1.930»1. Inicialmente se señalan los principios teóricos metodológicos que sustentaron la reflexión en torno a la posibilidad de lectura de las identidades culturales a partir del estudio de la configuración de las familias en la ciudad de Bogotá entre 1.880-1.930. Posteriormente, el autor se detiene brevemente en la determinación de los procesos históricos que se abordaron para analizar la relación identidad-familia y, finalmente, presenta los nexos existentes entre familia e identidades culturales a luz de las principales conclusiones de la investigación.


Presupuestos teóricos-metodológicos

La investigación tenía por objeto, en primer lugar, analizar en un período concreto, 1880-1930, y desde un tema específico, las familias bogotanas, el proceso de constitución de la identidad cultural a partir del estudio de la relación de los elementos que en una sociedad tienden a transformarse lentamente (usos del espacio, estructuras del tiempo, religiosidad popular, e imaginario político) y los que en un corto lapso generan rupturas (ascenso de proyectos políticos, transformaciones en el régimen de producción).

En segundo lugar se pretendía estudiar la familia, sus caracteríticas, rituales cotidianos, funciones y transformaciones en el marco general de una ciudad como Bogotá entre 1880 y 1930, en la cual la modernización se gestó a partir del proceso de industrialización y constitución de la burguesía y la clase obrera.

Consideramos la familia una alternativa viable para realizar el estudio del proceso de constitución de las identidades culturales, por cuanto ésta es un lugar privilegiado de formación, construcción y difusión de la producción simbólica de las sociedades, gracias a la cual los hombres y las mujeres de una colectividad no sólo se identifican como miembros de ella sino que pueden vivir en su interior e interpretar, a su manera, el significado del universo simbólico.

Este lugar privilegiado que ocupa la familia se explica por varias razones. En primer lugar, allí encuentra la sociedad el sitio ideal para la transmisión -no mecánica- de principios de convivencia social, de aceptación o reinterpretación de nociones generales sobre la vida, la muerte, el amor, la producción material y la vida espiritual.

En segundo lugar, la familia es considerada socialmente un instrumento de regulación de la vida de las personas que la integran. Existen en su interior jerarquías, funciones y privilegios claramente definidos y reconocidos por todos como «naturales». Es natural, por ejemplo, que el padre sea la cabeza de familia.

En tercer lugar, la familia es una institución que regula la existencia de la sociedad, en la medida en que otorga apellido, transmite y prolonga valores de honor, filiación, etc, y garantiza la transmisión de la propiedad. Las sociedades reconocen, a través del derecho, esta función de la familia y otorgan a quienes aceptan dicha normatividad el carácter de individuos útiles a la sociedad, de buenos ciudadanos.

El análisis que efectuamos de las identidades culturales posee varias particularidades. La primera es que se realiza en torno a un período de transición y en una ciudad en la cual se generan fenómenos de urbanización e industrialización.

Por transición entendemos la confluencia de fuerzas sociales de naturaleza opuesta en los terrenos político, económico, social y cultural; estas fuerzas se articulan en la dinámica de imposición de un proyecto político conservador, del nacimiento de nuevas clases sociales, como la burguesía y la clase obrera, de la inserción en nuevas redes del comercio mundial y del inicio de procesos de industrialización y urbanización de las principales ciudades del país. La transición es fundamental por cuanto evidenció dinámicas de diferente naturaleza en plena desintegración o constitución. Esta tendencia histórica generó hechos como los siguientes: sectores sociales que surgen y/o desaparecen, tensiones sociales entre los individuos y las clases por la acomodación ante las nuevas circunstancias, la alteración de los ritmos cotidianos y el surgimiento de nuevas concepciones sobre el cuerpo, el espacio y el tiempo.

Así por ejemplo, el artesanado se encontró ante una lenta industrialización y urbanización, que implicaron la desaparición de ciertos tipos de oficio y su incorporación a las nacientes actividades industriales, y la necesidad de luchar por el mantenimiento de sus formas de trabajo. La burguesía, por su parte, comenzó a gestarse alterando, con sus requerimientos históricos, las representaciones simbólicas de la sociedad, no sólo sobre los grandes problemas del país, el Estado y la nación, sino sobre las nociones más «cotidianas », tales como lo limpio, lo sucio, la moda, los valores sociales, etc.

En un período de transición hay ritmos distintos entre décadas y sucesos políticos y sociales. Aparentemente, por ejemplo, son más dinámicos los veinte y los treinta que las décadas anteriores y, por ello, los últimos años del siglo pasado y los primeros del presente pueden tener un menor impacto en el crecimiento de la ciudad o en su industrialización.

Por otra parte, estas dinámicas no se manifestaron de una manera homogénea o monolítica sino que se adecuaron a las relaciones de oposición, subordinación y dominación que guardaban con otros fenómenos. De esta manera, la presencia de los capitales norteamericanos, la consolidación de la naciente clase obrera y el proyecto modernizante de la república liberal del presente siglo dieron un mayor énfasis a las tendencias de modernización de la ciudad que contrastaba con algunos lineamientos centrales del proyecto conservador. Esto se expresó en la añoranza de la ciudad colonial y la nostalgia de una Bogotá tranquila, pequeña y familiar que se manifiesta en los escritos de algunos cronistas.

Obviamente, ninguno de estos procesos enunciados -nacimiento de la clase obrera, industrialización y urbanización- se encuentra concluido en el período estudiado, de manera que los fenómenos descritos a lo largo del informe no son exclusivos de este período. Por el contrario, la urbanización, por ejemplo, ha conocido a lo largo del presente siglo décadas de particular auge, como el registrado en los cincuenta o en los setenta, que podrían llevar a considerar que el término «urbanización» es inadecuado para el período estudiado y que sólo es aplicable para décadas más recientes

Asimismo, cada dinámica tiene una cobertura particular. La industrialización, concretamente el trabajo asalariado, no involucró a la mayoría de la población, pues relativamente fueron muy pocos los obreros asalariados. Por el contrario, el transporte masivo de personas o la instalación de servicios públicos, aunque muchos de los bogotanos no tuvieron acceso a ellos, modificaron al conjunto de la población. La ciudad cambió con la presencia del tranvía, ya que para todos los habitantes era posible trasladarse a Chapinero, sin caminar, o llegar fácilmente al centro de la ciudad. Igual efecto causó la instalación del acueducto, puesto que paralelamente se adelantaron campañas masivas de aseo e higiene.

La segunda particularidad del estudio sobre las identidades culturales es que su objeto de trabajo es la ciudad capital. Esta circunstancia requiere una precisión en torno a la manera como se considera la ciudad. Específicamente es necesario señalar si ésta se asume como un objeto de estudio o como un espacio sobre el cual se desarrollan fenómenos. Para la investigación se privilegió la ciudad como un escenario donde los sujetos, clases e individuos, se mueven. Este criterio de trabajo se manifiestó en la segunda parte del informe con la descripción de varios fenómenos específicos: servicios públicos, tendencias de urbanización y otros más, con la intención de que sirvieran como referencias sobre las cuales se generan o se readecúan representaciones simbólicas.

Además de lo expuesto, el informe final tiene otra particularidad: la existencia de tres características especiales: una selección de conceptos centrales que guían el análisis, unas hipótesis básicas y una utilización especial de las fuentes.

A lo largo del informe se trabaja con conceptos tales como identidad cultural, cultura nacional, identidades culturales y cultura bogotana. El manejo de este conjunto de conceptos corresponde a la necesidad de diferenciar la existencia de procesos históricos que poseen dinámicas particulares y que en la mayoría de los casos son mutuamente dependientes.

En la investigación, entendemos por cultura el conjunto de tramas de significación que el hombre mismo teje y, por tanto, el estudio de la cultura es una ciencia interpretativa en busca de significaciones. Existen diferentes niveles de producción simbólica. La formación de las naciones implicó la elaboración de soportes ideales que permitieran el forjamiento de una cierta organicidad; hay, por tanto, una producción institucionalizada de símbolos y de sus interpretaciones cuya función es lograr la existencia de una lectura común. Paralelamente existen otros niveles de la producción simbólica, pues las clases, las minorías étnicas y las regiones generan igualmente sus propias representaciones.

La identidad no sería otra cosa que la posibilidad de efectuar una misma lectura de lo simbólico. Lectura que, debido a la naturaleza abierta de la cultura, es decir, a su constante renovación, está definida por dos extremos que se complementan y se definen: lo permanente y las rupturas parciales. Lo primero significaría la posibilidad de mantener, de generación en generación, estructuras simbólicas básicas para garantizar la continuidad de la comunidad. Lo segundo, implica la permanente readecuación de lo simbólico y la aparición de nuevas posibilidades de interpretación. Por ello es necesario diferenciar los distintos niveles de lo cultural y de su interpretación.

La cultura nacional y la identidad cultural son tomadas como la elaboración ideológica que, desde el proyecto político de la Regeneración, institucionalizan los sectores dominantes blancos del altiplano cundiboyacence, específicamente la élite bogotana, para el resto del país. En dicha elaboración aparecen claramente establecidos los fundamentos de la nacionalidad: hispanismo, cultura cristianizada, un Estado sin presencia nacional, una política maniqueizada y el reconocimiento de una región dominante. Sus manifestaciones más obvias fueron la oficialización del himno nacional, la consagración del país al Sagrado Corazón, la formación del ejército nacional, el establecimiento de una cultura cafetera, la protección de la Iglesia -manifestada en la Constitución de 1886 y el Concordato- y la persecución del disidente político.

Sin embargo, esto no quiere decir que no existan manifestaciones de variadas producciones culturales que elaboran, cotidianamente, clases en constitución y la población de distintas regiones; estas producciones superviven, al margen o con el beneplácito de la cultura nacional oficial. A esta realidad la denominamos identidades culturales - en plural- para destacar, precisamente, la convivencia complementaria y contradictoria de distintas representaciones simbólicas que se desarrollan en el marco de una cultura nacional.

Como el estudio gira alrededor de un espacio geográfico determinado -la ciudad de Bogotá-, hicimos referencia igualmente a una cultura dominante regional: la bogotana; esto con la intención de señalar un fenómeno especial: la existencia de una elaboración cultural regional clasista, claramente definida que establece una relación de dominación en la región y que se hace oficial con la Regeneración; es decir, se institucionaliza en un modelo para el resto de las regiones, se hace, por tanto, cultura oficial dominante, constituyendo así la base de lo que denominamos la cultura nacional.

Esta cultura bogotana se conforma y se recrea por la confluencia de tres fenómenos de distinta naturaleza: Bogotá aparece como el principal centro político, cultural y de servicios (educativo, financiero, etc.) del país; permanecen valores de la cultura tradicional de los blancos de la colonia cuya identidad está ligada al mantenimiento de las tradiciones, la «cultura», el honor y el orden; existen nuevos valores entre los bogotanos blancos aburguesados que asumen los privilegios de las dinámicas señaladas anteriormente. Por ello, la cultura bogotana es tradicional en la medida en que mantiene ciertas diferencias sociales, culturales y políticas imperantes en la colonia; es paternalista, clasista y racista; y es modernizadora, en la medida en que incorpora nuevos elementos del universo de la burguesía dominante en Europa y los Estados Unidos.

Como hipótesis planteamos, en primer lugar, que el período analizado es de transición general de la sociedad. En él, la burguesía comienza a gestarse y a esbozar el conjunto de elaboraciones simbólicas sobre la organización de la sociedad y la familia; estas elaboraciones son propias de su manera de concebir la sociedad y sobre ellas se fundamenta su proyecto político. Este proyecto, que históricamente no ha sido dominante, ni en muchos aspectos está concluido, se expresa, en el terreno de nuestro objeto de estudio, en el modelo de familia bogotana de élite y en los atributos que supuestamente la diferenciaban de las familias de otras regiones y clases: privacidad, elegancia, cultura, buenas maneras, moralidad, etc. El proyecto, además, se configura en una dualidad de mantenimiento de una tradición, gracias a la cual se legitima, y, paralelamente, en la generación de cambios en diferentes instancias de lo institucional, económico y social para adecuarse a las exigencias de los tiempos o la división internacional del trabajo. Lo anterior se puede ilustrar con los intentos de modernización del Estado.

En la segunda hipótesis se considera que el concepto básico para estudiar las identidades culturales durante el período es el de intimidad. Por intimidad se entiende el proceso burgués de encerramiento y diferenciación social de una clase que lentamente se consolida cultural y políticamente.

La tercera hipótesis de trabajo sostiene que en el período considerado se desarrollan moralidades alternativas que constituyen valores y modelos de familia que subvierten y, paradójicamente, acatan ciertas normas de comportamiento impuestas por la Iglesia y los sectores dominantes. Esta ruptura se expresa en conductas sexuales, actitudes ante el matrimonio y, de una manera más general, en una afirmación clasista de lo popular, sin que ello signifique un enfrentamiento agudo entre las clases. Lo que sucede es que la afirmación de lo popular convive, de manera contradictoria, con el acatamiento a las normas e instrumentos de dominación. Se elaboran así complejas pautas de comportamiento antiinstitucionales que no ponen en peligro el stau quo, pero que sí evidencian las diferencias sociales.

Con respecto al análisis de fuentes primarias, existen limitaciones profundas en los trabajos colombianos sobre cierto tipo de archivos y documentos que nos llevan a presentar sólo imágenes generales, es decir, algunos aspectos de dicha documentación -no los de menor importancia- dejando el campo abierto a otras investigaciones o a futuras complementaciones del presente trabajo. Teniendo en cuenta esta circunstancia, nos hemos inclinado a realizar una serie de avances en diferentes frentes documentales, con el objeto de crear un cuadro general de imágenes. Hemos preferido este tipo de aproximación en vez de limitarnos a la información exclusiva de la prensa del período; por ello el trabajo, sobre diferentes archivos no es, de manera alguna, exhaustivo. Este criterio de trabajo obedece a la naturaleza del problema que investigamos - las familias y las identidades culturales- y da la posibilidad de sugerir, para otros proyectos de investigación o futuras etapas del presente, nuevas hipótesis de trabajo. Igualmente, hemos preferido dar mayor énfasis a la cita de los documentos que a la de los textos teóricos.

Presupuestos históricos

En esta parte del artículo trataremos, en primer lugar, la relación existente entre Estado nacional y cultura nacional. En segundo lugar, la función de lo regional en la configuración del Estado nacional y la cultura nacional. Finalmente, los nexos entre identidades culturales y familia

1. Estado nacional y cultura nacional2

Lo característico del período estudiado es el proceso de constitución del Estado nacional. Este proceso conllevó la unificación nacional en los países europeos (Italia, Alemania) y en América Latina la construcción de las repúblicas independientes.

La independencia en América Latina, al igual que la unificación en Europa, no significó, de manera alguna, la consolidación sin traumatismos de la forma republicana; por el contrario, lo que se inauguró fue una época plena de contradicciones políticas, militares, ideológicas y sociales.

La Colombia del siglo XIX vivió esta coyuntura histórica con la confrontación entre los proyectos políticos liberal y conservador en torno al tipo de Estado y nación que debía predominar. Este enfrentamiento se dio en todos los terrenos de la vida nacional, por ello, la constitución de formas específicas de cohesión de la nación y la imposición de una lectura de sus simbologías, fueron un aspectos fundamentales de los proyectos políticos. No es extraño afirmar que los espacios de la vida cotidiana, en últimas de la cultura, estén plenamente politizados.

La identidad nacional -entendida aquí como un «discurso configurado con símbolos, frases, mitos, estereotipos, nociones vagas, imágenes colectivas»3 que le dan rostro a una formación social, y en la cual los hombres y las mujeres se definen y se reconocen como nación- corresponde, entonces, a la imposición del modelo de sociedad que un sector dominante consideró como el más adecuado a sus intereses, y que para el conjunto de la sociedad aparecía como el más «natural»4. Lo que encontramos en Colombia a finales del siglo pasado y las primeras tres décadas del presente siglo es la implementación, en medio de oposiciones y replanteamientos, del proyecto político del partido conservador, lo cual se expresó en la institucionalización de un modelo de nación y de una concepción específica de cultura nacional.

Esta cultura nacional se construyó desde una contradicción básica: la de desarrollarse en una coyuntura mundial de consolidación de la burguesía pero imponiéndose en el interior del país desde una perspectiva retardataria. Teniendo en cuenta este punto de vista analizaremos la cultura nacional durante la Regeneración5.

En la conformación de la identidad nacional se articulan procesos de diferente naturaleza. Entre estos podemos mencionar: un sistema educativo de carácter nacional, una legislación que cobija a todos los ciudadanos del Estado, la definición de una noción de ciudadanía que sustenta el sistema político, la instauración de un proceso de laicización de la sociedad, la institucionalización de mitos fundacionales del Estado nacional ( fiestas patrias, héroes nacionales, etc). Sin embargo, para el período estudiado creemos que los ejes básicos de este proceso son los siguientes:

  1. Hispanización de la Cultura.

  2. A lo largo del siglo XIX los ideólogos del conservatismo plantearon una disputa ideológica contra el sector radical del liberalismo en torno a la interpretación histórica del período colonial, especialmente a la valoración del significado de la herencia hispánica y a la determinación de cuáles elementos se debían mantener en la sociedad. El punto de vista del conservatismo se sintetizó en la exaltación del nexo histórico con España y en el rechazo al sentido histórico de la Revolución Francesa y al modelo afrancesado que el liberalismo venía impulsado para reorganizar la nueva sociedad. Este debate teórico político entre los partidos se explica porque «La Revolución Francesa había pretendido subvertir la frontera entre lo público y lo privado, construir un hombre nuevo, y remodelar lo cotidiano mediante una nueva organización del espacio, el tiempo y la memoria»6.

  3. Cristianización de la Cultura.

  4. Con la cristianización de la cultura se concibió la educación, la ciencia y la sociedad en general como espacios que deberían estar al servicio de la moralización de las conductas públicas y privadas de los hombres y las mujeres. Como es conocido, este criterio no era nuevo para la iglesia católica; lo nuevo era la coyuntura histórica en la cual se afirmaba.

  5. Conformación de un Estado sin Nación.

  6. Los proyectos políticos decimonónicos no coincidieron en el modelo de Estado, en las funciones asignadas a éste, en el tipo de relaciones que debía tener con la Iglesia y, mucho menos, en la realización de lo que se ha dado en llamar la Unidad Nacional.

    La Regeneración, en términos políticos, definió un fuerte protagonismo del ejecutivo y un Estado débil y sin presencia «nacional». La función del Estado se limitaba a un control político de la oposición, la regulación de la economía (finanzas estatales, balanza comercial, etc) y garantizar el predominio de la iglesia católica7.

    A la Iglesia, además de corresponderle una labor fundamental en el control de la población y en la producción de un régimen de verdad, el proyecto de dominación le asignó la función de sustituir al Estado en la labor de «unificación nacional». Esta labor la convirtió en mediadora de las necesidades espirituales y físicas del pueblo y en fuente creadora de sentido. La mediación se dio, especialmente en las regiones de colonización y de fuerte presencia conservadora, al ser el único medio con el cual pudieron contar los sectores pobres y marginales para relacionarse con las altas esferas del Estado a nivel regional o nacional. La creación de sentido (histórico, político, étnico, racial, cultural) se dio en razón de que el cura era quien articulaba el pueblo a los sucesos nacionales y mundiales.

  7. Maniqueización de la Política.

  8. En principio no existía impedimento para tener opiniones políticas alternas al pensamiento conservador; sin embargo a los liberales se les juzgó, inicialmente, no por ser liberales sino por ser anticatólicos, es decir, enemigos del orden social. De lo cual se concluía que no se podía aceptar la existencia de liberales. Por ello, la polaridad expuesta por algunos sacerdotes entre católico o anticatólico, constituye el principio desde el cual se elimina la posibilidad de existencia del disidente político y se crea una práctica política fundamentada en la intolerancia.

    De manera que la presencia de la trilogía burguesa (libertad, igualdad, fraternidad) fue sustituida por la trilogía de caridad, obediencia y moralidad. Para el proyecto de la Regeneración, el clero conformaría un nuevo Estado donde los ciudadanos no requerían del ejercicio de la política ni de la presencia del Estado o sus funcionarios, por cuanto el cura daba razón de su nacimiento, formación, matrimonio, enfermedad y muerte.

    Asimismo, el clero al velar por la moralidad de la ley, juzgar a la autoridades civiles y, finalmente, mediar entre quienes se postulan como candidatos y el pueblo, dejó sin piso «los excesos de las pasiones políticas». Esta concepción se justificó como parte del rechazo a las innumerables guerras civiles desatadas durante todo el siglo por las «pasiones políticas».

En síntesis, podemos afirmar:

  1. La Regeneración se consolidó a través de un sistema político cuya base fue la intolerancia política y una noción de ciudadanía restringida a la figura del católico virtuoso. Ante la rigidez del Estado y la violencia del sistema político, las relaciones entre la sociedad y el Estado son definidas por las dualidades legitimidad/ilegitimidad y dominación/resistencia. Por ello, los «ciudadanos» viven siempre enfrentados al Estado, sus instituciones y a la sociedad en terrenos como la moral, la política o la ideología, ya sea porque son librepensadores, comunistas, protestantes o inmorales. Por su parte, el Estado definió su presencia desde la «legitimidad» de la fuerza. La presencia del Estado es reconocida sólo desde la perspectiva del orden público.
  2. Conviven formas de resistencia con formas de dominación que garantizan, paradójicamente, la estabilidad de la sociedad. Aunque los colombianos se enfrentan al Estado, asumen, contradictoriamente, una fidelidad relativa a fenómenos como el bipartidismo o el respeto a ciertos niveles de lo institucional.
  3. La formación del Estado nacional, concebida en el proyecto conservador para el altiplano cundiboyacense, generó un Estado en el cual no estaba considerada la nación. El Estado nacional fue construido únicamente para los católicos conservadores del interior del país; por fuera de él quedó cualquier clase de minoría política, étnica, social o religiosa.

2. Cultura nacional, región e identidades culturales

Es claro que el sentido de la denominada cultura nacional no es, al igual que el Estado Nacional, un hecho nacional ni una construcción monolítica. Por ello es necesario resaltar las fisuras de la cultura nacional8. Uno de los aspectos que permite considerar precisamente la diversidad y las contradicciones es la relación de los procesos nacionales con las dinámicas regionales. Colombia, al igual que todos los países de América Latina, está conformada por regiones, la mayor parte de las cuales, aún hoy, sobreviven aisladas de las demás, estan al margen de las decisiones políticas y económicas adoptadas en el centro del país, y reclaman una reconfiguración de las unidades político administrativas en busca del rescate de las regiones naturales y con características culturales que las diferencian plenamente de las regiones vecinas y, en algunos casos, las acercan a las zonas de frontera de países amigos.

Por otra parte, en las regiones existen culturas dominantes que se construyen por la relación entre fenómenos específicos locales y que se moldean a partir de la manera como se articulan los procesos históricos globales, las formas concretas que asume la reproducción de la vida material y espiritual de los hombres, la específicidad de los procesos de poblamiento y por las dinámicas locales de las relaciones de poder. De allí que en las regiones se encuentre, además de la «aceptación» de la identidad nacional dominante, formas locales de identidad, las que denominamos aquí, en plural, identidades culturales.

Así pues, en Colombia se presentan dinámicas culturales regionales que en muchos casos, dada la manera como se construyó el Estado y la nación, aparecen al margen de la institucionalización de «una cultura nacional». Situación que se presenta por ser la «cultura nacional» de élite y dominante y por la incorporación despectiva como folclore de las culturas regionales9.

Para nuestro estudio fue indispensable señalar los vínculos entre esas tendencias generales y el proceso regional; es decir, la relación entre Estado nacional y Bogotá. Partimos de la hipótesis según la cual Bogotá se constituye en el paradigma de lo que debería ser la cultura nacional.

Las formas económicas, políticas y culturales que se desarrollan allí, aparecen como modelos dignos de ser asimilados por los demás habitantes del país. La cultura «bogotana» se instituye en la forma predominante y «culta», de la cultura nacional. Sobre esta dinámica entre lo nacional y lo regional Jorge Orlando Melo afirma:

«La Identidad nacional se forma en interrelación con otras formas de identidad, que coexisten con ella: el sujeto se reconoce al mismo tiempo como miembro de una región, de un pueblo, de un grupo «racial», de una clase social, de una profesión. La coexistencia de estas identidades no es, sin embargo, amorfa: algunas dominan en ciertos momentos de la historia o se refuerzan a la luz de determinados proyectos políticos, culturales o históricos»10.

Bogotá no es una simple ciudad. Es la capital de la república, lugar de las principales autoridades políticas, culturales y religiosas, circunstancia que le da un carácter especial a la región que domina, pues ésta abarca otras ciudades más pequeñas.

La ciudad es un polo de desarrollo económico de la nación, sede de las principales industrias y capital del sector financiero. Actividades que le imprimen una dinámica especial, pues para el establecimiento de estas empresas se requiere el empleo de toda la gama de servicios públicos y la capacidad técnica del sector de la construcción, hecho que se manifestó en un rápido proceso de urbanización.

Bogotá es el lugar, al igual que Europa, donde aparentemente se encuentra «la cultura». De esta época es el mito de la Atenas suramericana, razón por la cual es seleccionada por los jóvenes miembros de las oligarquías regionales para adelantar su formación académica.

Finalmente, esta ciudad es el sitio ideal de los jóvenes advenedizos para lograr el ascenso en la carrera política y militar, toda vez que la capital fue el principal escenario de la lucha entre las facciones políticas del siglo pasado11.

Estas características hacen de la ciudad el objetivo de la migración interna que busca mejores condiciones de vida y/o escapar de la miseria y la violencia en el campo. Por lo cual la capital de la república se constituye, a pesar del regionalismo, en el paradigma para la naciente burguesía.

3. Identidades culturales y familia

Las identidades culturales constituyen la forma específica regional en que las clases viven el proceso de construcción de la cultura nacional. Esta especificidad se conforma a partir de las particularidades del poblamiento, las condiciones que rigen la reproducción de la vida material, las formas que gobiernan la vida cotidiana de los hombres y las mujeres, el imaginario y las relaciones de poder a nivel local.

En el período estudiado, el bogotano se representó asimismo por la construcción de un sistema de vida en el cual eran fundamentales la rectitud, las buenas maneras, la moralidad, la ilustración, el dominio del lenguaje, el estar a la moda y la posesión de dinero.

La familia, objeto de control social y sujeto de control12 históricamente surge como garantía de cohesión de la sociedad. A ella se le ha confiado la transmisión de la propiedad a través del cumplimiento de determinadas reglas -la primogenitura en la edad media, por ejemplo, que garantiza la conservación de los apellidos y la supervivencia de la «casa»-; la regulación de la conducta de sus miembros al establecer roles y normas de comportamiento; y la enseñanza de las primeras nociones sobre el mundo social y sobre la corporalidad, allí los hijos aprenden normas sobre el afecto y la sexualidad.

De manera que es al interior de la familia donde inicialmente los hombres y las mujeres construyen las referencias para el desenvolvimiento en la sociedad. El niño aprende allí sus primeras palabras, escucha los primeros sonidos y percibe los primeros colores. El padre o la madre ordena los vestidos, las comidas y el uso del tiempo libre. Como es natural las posibilidades para concebir y asumir la vida cotidiana son bien distintas, pues dependen del lugar que sus miembros ocupen en el aparato productivo, de la presencia o ausencia de las figuras paterna y materna, y de la especificidad de lo local y nacional.

Estas referencias básicas para los hombres y las mujeres fueron posteriormente complementadas y reordenadas por el sistema educativo y el conjunto de experiencias que los hombres y las mujeres pudieron desarrollar por hechos como las amistades, el trabajo y los sucesos de vida (enfermedad, amor y muerte), desde donde se asumen una defensa explícita o un rechazo abierto de su sistema de vida13.

Asimismo la familia se constituye en instrumento de control sobre las conductas públicas y privadas de vecinos y amigos. La familia se encarga de vigilar las actividades de aquellos que pueden alterar su orden interno. Por ello, se diseñan mecanismos para constatar la moralidad de los sirvientes, los profesores, los amigos de los hijos y de aquellos centros de formación de costumbres, tales como la escuela y el teatro.

Finalmente, hay que decir que son las grandes familias las que tradicionalmente ejercen la política, dirigen el Estado, impulsan y monopolizan actividades productivas, administran la cultura estatal, etc.

En esta construcción de cultura e identidad, la familia bogotana desarrolla una forma predominante: la intimidad burguesa, definida como el predominio de la privacidad de la pareja y la familia14. Es la elite bogotana la que más lejos llegará en la adopción de los modelos de vida de la burguesía francesa o americana. Son los bogotanos los que imponen la moda, las prácticas de higiene, los rituales de mesa, una moralidad y los que se «encierran» en sus casas.

La naciente burguesía colombiana establece no sólo una ética productiva sino una formulación de prácticas que tuvieron como efecto la restructuración de las nociones decimonónicas de vivir la corporalidad, el tiempo y los espacios.

Esta tendencia se manifestó, en primer lugar, en los pasos dados para la transformación de la imagen sobre el cuerpo, a través de los discursos clasistas sobre la salud, la higiene, la moda y la sexualidad. Desde finales del siglo comenzaron a difundirse, a través de los periódicos y textos especializados, la incorporación de prácticas de higiene, la noción de aseo personal como parte de un buen estilo de vida y el uso de nuevos productos (tinas, jabones perfumados, etc) que implicaron, igualmente, la circulación de conceptos distintos sobre el cuerpo, sus enfermedades y sus cuidados.

En segundo lugar, en la elaboración y consolidación de concepciones de manejo de los espacios de las casas, la formulación de un discurso sobre la privacidad, la diferenciación de la ciudad por clases sociales, la reestructuración de las funciones de la familia, etc.

El cambio en el espacio se produjo principalmente por la construcción de una arquitectura pública, que por primera vez evidenció el poder del Estado; y la arquitectura privada, que con la construcción de quintas y el traslado de la burguesía y sectores medios a barrios como Chapinero, pudo definir espacialmente las diferencias de clase. Quizás uno de los hechos más significativos en el período estudiado fue la creación de viviendas con nuevos espacios (antejardines, cuartos de piano, comedores para las visitas, etc.), zonas plenamente definidas (cuartos de aseo, cocinas, dormitorios) y empleo de materiales poco usados anteriormente para las fachadas (hierro, vidrio, mármol, etc.).

Finalmente, la industrialización y la urbanización dieron impulso a la transformación de nociones como tiempo y espacio; varió la interiorización de las distancias en la ciudad y los ritmos de vida (usos del tiempo libre, vacaciones).

La industrialización de la ciudad al promover nuevas prácticas productivas, relaciones distintas entre los hombres y usos del tiempo y el espacio generó, por una parte, rupturas en los modelos de vida cotidiana y, por otra, alternativas para la ordenación de la vida pública y privada de los bogotanos. Estas alternativas se expresaron en la formación de un nuevo tipo de familia y concretamente en la asignación de nuevas funciones para sus miembros y en la aparición de nuevos rituales, tales como la organización de la intimidad, prácticas alimenticias, acceso a determinadas modas y clubes e imposición de determinados valores.

El replanteamiento general de la vida cotidiana es posible ya que la industrialización, desarrollada en Bogotá entre 1880 y 1930, permitió cambios en el aspecto físico de la ciudad, la formación de nuevos lugares públicos y la ruptura con los vigentes en la colonia, nuevos patrones de consideración del espacio y el tiempo (arquitectura republicana por ejemplo), la circulación de nuevos saberes y valores (modas, alternativas literarias al costumbrismo), ritmos de vida diferentes etc.

El tiempo de la casi parroquial ciudad decimonónica se quebró con el surgimiento de la fábrica y la urbanización de la ciudad. Surge Chapinero y su tranvía, el ferrocarril que comunica rápidamente las zonas cálidas con el altiplano y una vinculación cada vez mayor de la mujer al trabajo. El efecto inmediato de estos hechos fue el aceleramiento de la vida en la ciudad. Bogotá tiende a percibirse bajo los mismos parámetros de las grandes capitales y no resulta extraño que los cronistas miren con nostalgia a la ciudad apacible y tranquila del siglo pasado, regida únicamente por el ritmo de sus campanas.

Las familias bogotanas 1880-1930

Antes de señalar los vínculos entre identidades culturales y familia creemos necesario destacar algunos aspectos básicos de la constitución de las familias bogotanas en el periódo estudiado.

El matrimonio y la conformación de una familia en la Bogotá del siglo XIX, y comienzos del siglo XX, se efectuaron a partir de la confluencia de los discursos y normatizaciones de la Iglesia y las autoridades civiles, y el conjunto de representaciones que sobre el amor, la sexualidad, la afirmación como clase y las experiencias de vida tenían los bogotanos. Esto quiere decir que tras la manera como la población asumió el establecimiento de la pareja existieron dos realidades distintas y, según las circunstancias sociales e individuales, se acentuaron más la aceptación de la normatización o la constitución de la familia dehecho. Sin embargo, esto no significó que a los hombres y las mujeres se les presentara una disyuntiva, sino dos opciones que frecuentemente se combinaban. Dicho de otra manera, las parejas se conformaban vulnerando o aceptando la normatización establecida por el clero y la sociedad: viviendo en los extremos, al margen de la norma -en concubinato-, o aceptándola, casándose por lo católico ,luego de años de convivencia, y reconociendo a sus hijos.

La eficacia del proyecto regenerador estuvo medida por la capacidad para reorganizar instituciones fundamentales y ponerlas al servicio de las concepciones estratégicas del proyecto político. En el período que estudiamos, la reorganización de la familia significó:

  1. Normatización de la unión. La regulación del matrimonio por parte de la iglesia católica se desarrolló en varios niveles. En primer lugar, se reglamentó -en el concordato y la legislación- que el matrimonio católico tenía todos los privilegios. En segundo lugar, se implementaron medidas contra los hechos que lesionaban la existencia de la familia. Se buscó la marginación de las conductas consideradas inmorales, o anticatólicas, en la conformación de la pareja, a través de medidas contra el concubinato, los hijos ilegítimos, el aborto, etc. Por último, se inició una labor propagandística en torno a las virtudes del matrimonio consagrado por el culto católico.
  2. El control de las pasiones. Todos los excesos debían ser eliminados (chichismo, concubinato, delincuencia, etc.). El matrimonio fue considerado, como ya había sido expresado en otras épocas, como el único lugar donde podía desarrollarse la sexualidad y donde podían evitarse los pecados de incontinencia. Asimismo el matrimonio, por haber sido instituido por Dios, aparece como sacramento15.
  3. La asignación de funciones de vigilancia moral. Los padres serían quienes vigilarían todo espacio de sociabilidad donde la moral estuviese en entredicho o donde los enemigos de la sociedad pudiesen ejercer influjo.
  4. Reglamentación de las funciones e incluso actividades de los miembros de la familia, tal como lo señalamos anteriormente.

En la ley colombiana correspondiente al período investigado, en los estudios de derecho quedó plenamente reglamentada -desde la moral católica-, la legislación relativa al matrimonio y los asuntos propios de la familia.

En efecto, el matrimonio fue definido como una institución de derecho natural, lo cual fue explicado de la manera siguiente:

(…) las instituciones de Derecho Natural son aquellas normas reguladoras del ejercicio de las facultades humanas y del cumplimiento de los deberes, para que sea posible al hombre alcanzar su fin; el conocimiento de esas normas o reglas lo adquiere el hombre por su sola razón; emanan del pensamiento eterno de Dios y son la participación de la Eterna Sabiduría en la criatura racional16.

El establecimiento de la ley desde concepciones morales y la evidente presencia de los criterios de la Iglesia en los temas que venimos comentando quedaron instituidos en el Código Penal. En algunos de sus artículos se protegió, por ejemplo, la supremacía del hombre en todos los asuntos ligados a la vida familiar. Veamos sólo algunos ejemplos. En primer lugar, se reconoció al hombre la inocencia cuando mataba a su mujer, a su hija o a los amantes de éstas cuando eran sorprendidos «yaciendo» o incluso solamente cuando consideraba deshonesto el trato. En segundo lugar, a la mujer se le negó la posibilidad de ejercer cierto tipo de actividades económicas. En tercer lugar, el hombre tenía derecho a controlar cualquier tipo de correspondencia que sostuviera su esposa. El último caso que queremos destacar es el establecimiento de cárcel para aquellos testigos que asistieran a matrimonio sabiendo que algunos de los contrayentes ya estaba casado17.

Para el comentario del matrimonio en Bogotá nos basaremos en las cifras del cuadro 1, que nos presenta los datos de los uniones realizadas en la ciudad entre 1892 y 1950. Se observa que sólo en 1912 los matrimonios se acercaron, en promedio, a los 50 mensuales y que a partir de 1917 la tendencia fue creciendo. En 1925 se superaron las cien uniones y para el final del período los matrimonios fueron alrededor de 500. En 1917 se superó la cifra anual de 1.000 matrimonios en Bogotá, la cual descendió a 842 entre 1919 y 1922 y nuevamente llegó a 1.011 uniones en 1923.

En el período estudiado las tendencias mensuales de celebración de matrimonio sufrieron una importante variación en Bogotá, tanto cuantitativa como cualitativa. Esta variación se produjo por la transformación de la costumbre de los bogotanos de seleccionar algunos meses para unirse sacramentalmente. Para estudiar este comportamiento hemos escogido tres años con el fin de establecer las comparaciones: 1892, 1930 y 1950.

Cuadro No. 1
Matrimonio en Bogotá 1892-1950
Matr. Ene Feb Mar Abr May Jun Jul Ago Sept Oct Nov Dic Total
1892 17 19 11 15 20 21 43 47 80 39 60 7 379
1893 20 44 3 28 43 29 41 34 29 33 90 18 412
1894 18 24 1 63 53 36 47 25 28 28 49 8 380
1895 23 21 48 7 23 17 31 28 31 51 53 6 339
1896 28 42 9 26 38 33 42 53 29 35 64 1 400
1897 20 44 11 9 65 32 26 27 33 1 268
1898 26 47 7 18 35 23 107 33 41 27 64 1 429
1899 18 6 26 23 29 16 31 28 24 17 6 4 228
1900 29 34 32 29 34 35 193
1901 24 50 2 21 97
1902 0
1903 50 59 77 5 191
1904 27 65 5 30 37 41 48 43 53 76 6 431
1905 39 48 49 5 71 36 49 45 38 16 396
1906 25 47 16 36 39 36 39 53 39 61 9 400
1907 26 44 3 29 38 15 37 63 41 53 349
1908 0
1909
1910
1911 11
1912 49 82 17 27 54 47 40 58 75 48 82 3 582
1913 48 54 14 46 58 60 62 58 39 53 101 14 607
1914 14 76 13 40 56 68 62 115 61 53 75 63 696
1915 36 92 13 50 47 46 69 56 112 59 90 11 681
1916 43 69 49 6 92 59 86 108 74 58 123 71 838
1917 51 106 37 44 45 59 84 71 280 211 151 42 1181
1918 64 122 64 90 56 104 69 67 113 143 124 33 1049
1919 63 101 92 68 73 71 72 74 64 65 107 70 920
1920 97 85 63 63 90 99 88 75 68 108 102 41 979
1921 80 83 41 93 54 69 81 67 73 58 89 36 824
1922 78 95 38 52 55 76 96 70 90 82 72 81 885
1923 79 82 54 87 81 69 98 82 87 88 100 104 1011
1924 86 89 97 54 109 89 90 79 101 88 117 56 1055
1925 90 127 50 70 92 78 101 120 78 149 121 90 1166
1926 115 111 83 111 109 91 114 119 112 135 112 92 1304
1927 114 117 96 86 98 109 138 124 134 133 159 158 1466
1928 141 117 78 125 123 143 161 115 143 133 157 191 1627
1929 154 154 68 175 122 140 125 151 148 150 163 113 1663
1930 104 112 128 75 104 107 105 99 103 113 132 74 1256
1931 115 89 74 96 108 88 103 155 89 121 128 121 1287
1932 121 91 75 90 114 196 161 87 125 103 126 130 1419
1933 111 107 96 102 109 76 141 101 116 119 112 192 1382
1934 114 135 128 164 110 167 156 140 148 127 138 189 1716
1935 134 134 148 122 120 167 173 144 127 143 149 214 1775
1936 156 157 132 142 182 133 186 175 123 128 160 198 1872
1937 177 188 142 167 242 148 212 225 182 234 185 259 2361
1938 210 156 206 146 164 171 223 202 198 206 186 302 2370
1939 225 188 195 247 179 175 284 209 184 220 192 61 2359
1940 227 177 190 177 177 286 262 217 196 189 184 300 2582
1941 261 192 269 171 205 230 228 253 189 239 223 301 2761
1942 242 190 287 172 242 209 255 310 257 234 193 339 2930
1943 271 209 258 198 268 262 283 247 237 246 230 474 3183
1944 263 244 260 252 220 223 309 270 271 278 234 531 3355
1945 306 274 265 307 258 319 351 294 283 277 263 569 3766
1946 341 282 368 266 272 390 507 372 334 333 303 571 4339
1947 384 316 364 277 312 374 418 425 309 320 376 708 4583
1948 364 363 333 244 401 366 501 483 357 456 353 718 4939
1949 510 355 469 326 407 373 544 136 376 447 294 778 5015
1950 498 398 496 407 376 463 584 368 443 427 387 1045 5892

Lo primero que llama la atención es que, al comenzar la década de los años noventa, los bogotanos preferían celebrar su matrimonio en los meses de febrero, julio, septiembre y noviembre. Durante el mes de septiembre la cantidad de matrimonios era mayor. El menor número de matrimonios se presentó en los meses de marzo, abril, diciembre y enero. Marzo y diciembre fueron los de menor frecuencia.

Este comportamiento, en líneas generales, se mantiene en las primeras décadas del presente siglo. En 1950, año extremo para establecer la comparación los cambios son profundos. En primer lugar, hay dos meses en los cuales los matrimonios son altos: julio y diciembre. Sin embargo, diciembre duplica la media de matrimonios que se celebran durante el año. En segundo lugar, los meses con menor cifra de matrimonios son mayo, agosto y noviembre. Con relación a los meses bajos de la década de los años noventa, caso anteriormente comentado, se observa que no son ya tan bajos y, por el contrario, que se celebran más matrimonios que en los meses de mayo, agosto y noviembre.

En síntesis, al comenzar la segunda década del presente siglo las tendencias mensuales de matrimonio se hacen mas homogéneas y diciembre aparece como el mes preferido por las parejas para contraer nupcias. Estos hechos son muy claros cuando se comparan las tendencias de los meses de abril, agosto y diciembre para los dos períodos que venimos comentando.

En cuanto a las tendencias de los matrimonios por parroquias podemos señalar lo siguiente. En primer lugar, se debilita la participación de las parroquias más tradicionales en el total de matrimonios en la ciudad, particularmente Belén, Egipto y Las Aguas, debido en parte a la reducción relativa de la población y fundamentalmente al carácter popular de la parroquia, pues, como lo veremos más adelante, estos sectores tienen otros patrones de constitución de la pareja. En efecto, en Belén se celebraron 29 uniones en 1918 y 52 en 1938.

En segundo lugar, el crecimiento de la ciudad implicó la conformación de nuevas parroquias, de las cuales algunas lograron un crecimiento vertiginoso, en especial Chapinero, donde en 1918 se realizaron 50 matrimonios y 207 en 1938. Detrás de estas cifras hay otro hecho significativo: el habitante de este barrio pertenecía a la naciente burguesía o a la pequeña burguesía, muy ligadas al mantenimiento del estatus, donde cumplía un papel fundamental el matrimonio católico. Por ello es muy evidente que el matrimonio y el bautizo fuesen muy importantes, cuantitativamente en esta parroquia.

Para la consideración de la edad de los contrayentes tomaremos como ejemplo las actas matrimoniales de la parroquia del barrio Egipto, que en el año 1893 traen datos sobre edad de los contrayentes.

Cuadro No. 2
Edad de los contrayentes
Parroquia de Egipto, 1893
Años Hombres % Mujeres %
<18 - - 1 2.5
18 3 8.1 4 10.2
19 - - 2 5.1
20 1 2.7 4 10.2
21 1 2.7 2 5.1
22 5 13.5 8 20.1
23 5 13.5 1 2.5
24 5 13.7 3 7.6
25 7 18.9 4 10.2
26 2 5.4 - -
27 1 2.7 - -
28 2 5.4 2 5.2
>30 5 13.5 8 20.4
Total 37 100.0 39 100.0

Como se observa en el cuadro anterior, los hombres tendían a casarse entre los 22 y los 25 años, el 59.4% de los casos registrados. Por otra parte, el 20.4% de las mujeres llegaban al altar hacia los 22 años y el 41% entre los 22 y los 25.

Esta tendencia tiene una particularidad. Una situación es el matrimonio y otra el inicio de la vida de pareja, la sexualidad, los hijos, etc. Es claro que muchas de las parejas de barrios como Egipto vivieron primero juntos y luego se casaron, hecho que constataremos más adelante cuando analicemos el matrimonio en la parroquia de Las Aguas.

Otra característica importante de los contrayentes es que, en un alto porcentaje, eran provenientes de lugares distintos a Bogotá. Por esta razón, las parejas que contraían matrimonio anotaban como lugar de origen los pueblos cercanos a la capital o de otro departamento, en especial Boyacá. Dos fuentes confirman este hecho. La primera, las actas matrimoniales; pues en caso de que uno de los conyuges no fuera originario de la parroquia debía demostrar la soltería mediante una constancia del cura párroco, la cual en muchos casos venía de fuera de la ciudad. La segunda, la consulta de testamentos permite señalar que en una muestra de 432 personas que registraron su última voluntad, el 62% de ellas, 271, no era originario de la ciudad18.

Las actas matrimoniales estaban constituidas por las siguientes partes: nombres de los contrayentes; proclamas, en las cuales se explicaban las razones para solicitar el matrimonio, las cuales en su mayor parte fueron concubinato, rubor de la novia (embarazo), tener todo preparado, viaje urgente, arreglo de vida (cuando existía concubinato o rubor de la novia), no demorar (que seguía generalmente a una primera proclama de rubor, o preparado), oposición paterna y peligro inminente de muerte; y, finalmente, un comentario en que se consignaban explicaciones sobre la condición (económica, moral, penal) de la pareja.

Dos últimos hechos queremos registrar en esta visión general sobre la familia: las prácticas de constitución de pareja en una parroquia popular de la ciudad y la ilegitmidad en Bogotá.

De las 2.278 actas encontradas en la parroquia de Las Aguas se estudiará la primera razón que los contrayentes expusieron al sacerdote al momento de solicitar la celebración del matrimonio. De los argumentos expuestos hemos considerado pertinente analizar sólo los de concubinato, rubor, preparado, viaje urgente y no demorar -1858 casos-, alrededor del 81%. El siguiente cuadro sintetiza la posibilidades de la primera causal:

Cuadro No. 3
Cusa de matrimonio
Parroquia Las Aguas, 1908-1939
  Número %
Rubor 792 42.6
Concubinato 601 32.3
Preparado 262 14.1
Viaje Urgente 135 7.2
No Demorar 68 3.8
Total 1858 100

El concubinato y el rubor de la novia aparecen como las razones más importantes para la celebración del matrimonio católico; entre las dos representan el 75% de las causas para llevar a cabo el rito. Este hecho confirma lo que decíamos anteriormente: la relativa libertad en las relaciones entre hombre y mujer de los sectores populares.

Una primera mirada a la causal «tener todo preparado», nos lleva a considerar que a pesar de la multitud de «conductas contra la moral», existió un número importante de parejas que se casaban porque estaban preparadas; algo más de un 14% según las cifras. Lo anterior, naturalmente, si suponemos lo «mejor», ya que si consideramos que «no demorar», causal que en la mayor parte de los casos seguía a la de «estar preparado» en la proclama, puede ser interpretado como una forma de «evitar comentarios malintencionados» sobre el estado de la novia, tendríamos que los matrimonios consagrados en la parroquia constituían la oficialización de una relación de hecho19.

En conclusión, podemos anotar que durante el período analizado existió una dualidad, social e individual, de las actitudes ante la conformación de la pareja y la celebración del matrimonio. Existió una pareja imaginada por la Iglesia y reglamentada por la ley, en que se fortalecía la estructura patriarcal y la moralidad de las costumbres públicas y privadas de sus integrantes. No obstante, al mismo tiempo los sectores populares, para quienes era normal y no constituía pecado el establecer relaciones prematrimoniales, convivir y tener hijos, vulneraron dicha elaboración institucional.

Una característica especial de la natalidad en Bogotá fue el alto número de ilegítimos, un 51% en promedio mensual para la década de los noventa, lo cual implicó igualmente un alto número de parejas de hecho, el madresolterismo y el concubinato. Esta tendencia sólo se quebró a partir de 1915 cuando los legítimos fueron mayores que los ilegítimos.

Para la década de los ochenta, el número de ilegítimos estaba compuesto, en términos generales, por igual número de hombres que de mujeres. En la última década del siglo pasado, la tendencia fue que la cantidad de mujeres, dentro del total de los ilegítimos, era levemente superior a la de hombres.

Cuadro No. 4
Hijos legítimos e ilegítimos en Bogotá
1891-1899
Año Ilegítimos % Legítimos %
1891 1.232 53.4 1.073 46.6
1892 1.271 52.9 1.131 47.1
1893 1.307 51.9 1.207 48.1
1894 1.500 53.5 1.303 46.5
1895 1.259 51.1 1.201 48.9
1896 1.327 53.4 1.155 46.6
1897 1.391 52.4 1.263 47.6
1898 1.488 53.0 1.316 47.0
1899 1.389 52.2 1.268 47.8

En la muestra de casi 400 testamentos considerados se encontró que 17 de los solteros reconocieron la existencia de hijos. En este grupo se destaca la existencia de 12 mujeres que aceptan tener hijos; la mayoría reconoce la existencia de uno solo, aunque una mujer afirmó que tenía siete hijos. Los ejemplos anteriores corresponden, a nuestro juicio, a mujeres de los sectores medios y altos que legitimaron los resultados de relaciones sexuales antes del matrimonio. La circunstancia de que sean las solteras las que legitimen en los testamentos la concepción de hijos nos lleva a pensar en la existencia de la paternidad irresponsable, pues los datos señalan que los hombres solteros tienden menos a reconocer los hijos ilegítimos.

Comentario final

En el período que estudiamos se produjeron, debido al sentido adoptado por el enfrentamiento entre los partidos políticos, a la presencia de fuerzas sociales de diferente naturaleza, a las tendencias de urbanización e industrialización, y al impacto del proceso mundial de consolidación de la burguesía, dinámicas contradictorias en el proceso de institucionalización de una cultura nacional.

La hegemonía conservadora y el respaldo de la Iglesia a su proyecto político se manifestaron en una institucionalización de una cultura nacional en la cual jugaban un papel fundamental la definición del ciudadano desde criterios morales. Es el católico virtuoso el sujeto de la nueva república en construcción.

No obstante, esta dinámica se enfrentó a fenómenos económicos, políticos y sociales que en algunos casos cuestionaron y en otros acentuaron los ejes de esta noción de cultura nacional. En efecto, la presencia de nuevos sectores sociales, como la naciente clase obrera, ciertos efectos del proceso de urbanización e industrialización y el impacto de la consolidación de la burguesía a nivel mundial llevaron a que algunas nociones sobre el cuerpo, el espacio y el tiempo transformaran la rigidez de ciertas costumbres de los hombres y las mujeres, así, por ejemplo, los vestidos, los cuidados del cuerpo, la moda y algunos hábitos de consumo llevaron a los bogotanos a revisar sus prácticas cotidianas y a cuestionar algunos principios morales que la Iglesia y el conservatismo habían impuesto.

El caso contrario se presentó cuando la naciente burguesía, fundada en una élite blanca, clasista y aristocratizante, defendió algunos principios conservadores sobre el orden social. De esta manera, se formulan reglas sobre la higiene, la educación y las costumbres desde argumentos que acentuaban, aunque por razones distintas, las diferencias sociales, étnicas y morales entre la élite y el pueblo. Es en este contexto donde surgen los discursos sobre el mejoramiento de la raza, la moda y la higiene.

La presencia de las «minorías», étnicas, sociales y políticas, se evidencia en actitudes contradictorias que cuestionan y respaldan el orden social vigente. Por un lado, permanente vulneran las normas sociales al ser concubinos, críticos del sistema político y poco ortodoxos en materia religiosa. Por otro, son católicos, liberales o conservadores, y preocupados por las apariencias sociales.

Lo característico de nuestra identidad, en sentido plural y no institucional, es la diversidad regional, social y étnica, y la constitución de parejas de oposiciones, afirmaciones positivas y negativas.

La colombianidad se constituye en complejo contradictorio que se define desde un conjunto de dualidades, afirmaciones positivas y negativas, las que a su vez están constituidas por variados elementos de dinámicas particulares. La definición, por tanto, se realiza señalando lo institucional, lo antiinstitucional, la afirmación negativa desde las clases dominantes, la afirmación positiva desde las minorías, las dinámicas regionales y su articulación con los procesos regionales y la coyuntura histórica en la cual se efectúa la definición.

Al abordar el proceso de constitución de las identidades culturales en el período estudiado, encontramos que lo fundamental fue la circulación del discurso de legitimación de la burguesía en el marco del dominio conservador y las diversas maneras como los sectores populares resistieron a dicha imposición, como lo venían haciendo a los discursos clericales y conservadores durante el siglo XIX. No pretendemos explicar de nuevo dichas imposiciones y resistencias, sino destacar algunos aspectos que a partir de dicho período y proceso conforman la identidad en singular, es decir la institucionalidad.

  1. Para acentuar las diferencias entre las clases y las etnias, se desarrolló un discurso clasista y racista en la sociedad colombiana. Los bogotanos dominantes, con sus nociones sobre el aseo, la higiene y desde discursos como los de degeneración de la raza, «evidenciaron » cómo el pueblo llano era ignorante, sucio, inmoral y peligroso.

  2. De manera que la afirmación clasista de la burguesía implicó que lo popular asumiera una dualidad. Por un lado, que reconociera la diferencia en términos negativos; con esto se afirmaron negativamente como lo sucio, lo inmoral y lo peligroso. Por ello aceptan, por ejemplo, el predominio político de los sectores ilustrados llegando a institucionalizarse una fidelidad política que va más allá de cualquier principio ideológico y de cualquier límite, en términos de la respuesta de León María Lozano, el famoso Cóndor: «Lo que manden los doctores». Esta dimensión negativa manifiesta la presencia de cierta comodidad con la situación existente: se sabe de la mentira del político pero no se buscan alternativas al monopolio bipartidista. Asimismo, la afirmación negativa implica la aceptación de que el ascenso en la escala social está dado por el rechazo de su origen y la adopción de los nuevos valores como propios; naturalmente desde el olvido del pasado.

    Por otro lado, el reconocimiento de la diferencia se manifiesta en términos positivos de una manera creativa y dinámica. Se originan, con vitalidad, formas de resistencia a todo lo que entrañe institucionalidad: la iglesia, el Estado y las clases dominantes. Se desarrollan prácticas que tienden a quebrar permanentemente dicho dominio. Se vive en concubinato, se es disidente político y se asume plenamente la marginalidad. Del mismo modo, la positividad de la diferencia se recrea interiorizando renovadora y creativamente lo popular, es decir, se siente orgullo por las tradiciones, los símbolos y en general por los modos de vida. Esta positividad lleva, de manera paradójica, a un clasismo excluyente en los sectores populares.

  3. Ninguno de los aspectos mencionados anteriormente se manifiesta puro. La tendencia histórica es que se generan prácticas desde dualidades aparentemente contradictorias. Así, los sectores populares viven en concubinato, pero son fieles creyentes; viven la religiosidad, pero se distancian de la institución; rechazan el Estado, pero aceptan su democracia.

  4. Por otra parte, los sectores burgueses desarrollan un discurso clasista recurriendo a la introducción de saberes modernos, pero se apoyan en el mantenimiento de sus privilegios basados en instituciones decimonónicas y prácticas políticas premodernas, como el caso del gamonalismo.

    Esta dualidad también se manifiesta en la existencia de férreas formas de control social y de discursos y normas que definen comportamientos públicos y privados que conviven con formas de resistencias. En el terreno político, por ejemplo, se concreta una dualidad, utilizando los términos de Pécaut, de orden y de violencia.

  5. A pesar del clasismo de unos y otros, del racismo y de un orden político excluyente, con todas sus contradicciones, este orden social es relativamente funcional por cuanto las contradicciones sociales no han puesto en peligro, hasta el momento, la hegemonía de los sectores dominantes ni su control del Estado. Así, aunque permanentemente y desde diversos lugares e instituciones se viene repitiendo que la sociedad está al borde de la desintegración, esto no ha sido totalmente cierto. Paradójicamente, esta proximidad al caos ha permitido la renovación del sistema político sin generar transformaciones sustanciales del mismo. Ha justificado el orden conservador durante la Regeneración, el acuerdo entre facciones liberales y conservadoras luego de la Guerra de los Mil Días, el Frente Nacional, la guerra sucia, y la actual reforma política.
  6. La familia nuclear fue el fin y el medio con el cual la naciente burguesía produce, institucionaliza y recrea una producción simbólica que se liga al discurso estatal de la identidad nacional y genera el establecimiento de un significado particular de la normatividad (códigos de diverso orden y leyes). Este tipo de familia (sus atributos, sus normas y modelos) apareció como forma paradigmática para el conjunto de la sociedad. Vivir haciendo patria -para la época, cristianamentese liga a las nuevas representaciones sobre el cuerpo, el espacio y la ciudadanía. Los ciudadanos del proyecto político dominante son los burgueses «blancos», «limpios», «cultos», practicantes de las normas de urbanidad, conservadores y, por supuesto, casados.

  7. Para el establecimiento y la institucionalización de estos atributos se elaboran y se ponen en funcionamiento, en colegios y otras instituciones y espacios, manuales de urbanidad, manuales de puericultura, normas de higiene para las escuelas, campañas contra el chichismo, estudios sobre la degeneración de la raza, excomunión de liberales y socialistas, persecución a morales laicas, revistas y columnas en los periódicos para destacar el sistema de vida de los sectores dominantes (sus fiestas, su manera de vestir, comer y morir) y condenar, de modo paternalista y clasista, a los sectores populares por pobres, mestizos, ignorantes, sucios y peligrosos.

  8. Esta noción de familia, y en general de identidad, se institucionalizó con la misma violencia con la que se impuso el proyecto político conservador. A los pobres había que obligarlos a comer, vivir, asearse, cambiar de prácticas políticas y casarse, pues debía evitarse la degeneración de la raza y la disolución moral de la nación. En este país imaginado viven los sectores dominantes, a él acceden los recién llegados y deben someterse todos los nacionales. El discurso institucional excluyente de la identidad nacional, niega la existencia de la posibilidad de constitución plural de la identidad.

  9. Los sectores populares, el denominado pueblo, chusma, etc., aparecen sin representación real en la cultura oficial, puesto que su existencia se manifiesta en formas familiares, sociales y políticas que desbordan los límites impuestos por la normatividad burguesa y conservadora. Los hombres y las mujeres del pueblo viven sin normas que regulen el encuentro entre sexos, sin higiene, alimentándose inadecuadamente, tomando chicha, empleando el lenguaje sin atender a los criterios recomendados, siendo liberales o socialistas, divertiéndose inmoralmente y por ello deben ser excluidos.

  10. Bogotá, por ser capital del país, centro político, religioso, financiero y educativo y por el hecho de legitimarse allí cualquier actividad, política o económica, se instituye, por acción de los sectores dominantes locales, como la ciudad donde se configuran las formas más acabadas de producción simbólica sobre lo nacional, modelos para el resto del país. El bogotano de los sectores dominantes es el ciudadano de la República.
  11. Las familias bogotanas de burgueses y de sectores populares crean una sociedad cuya continuidad se basa, contradictoriamente, en una enorme variedad de conflictos políticos, sociales y culturales, entre clases y etnias, debido a las dinámicas descritas a lo largo del presente texto y por los efectos del lugar ocupado por el país en la acumulación internacional del capital.

Citas

1. Este proyecto hace parte de un programa de investigación sobre las identidades culturales que adelanta el Departamento de Investigaciones de la Universidad Central y contó con la cofinanciación de COLCIENCIAS.

2. En el presente texto diferenciamos cultura nacional e identidad nacional por considerar que son dos lugares del mismo proceso. La cultura nacional es la institucionalización de una lectura simbólica que se elabora con la conformación del Estado Nacional. La identidad es la manifestación de la lectura que efectúan los nacionales.

3. Jorge Orlando Melo. “Etnia, Región y Nación: el fluctuante discurso de la identidad (Notas para un debate)” en V Congreso Nacional de Antropología. Memorias del Simposio Identidad Étnica, Identidad Regional, Identidad Nacional. COLCIENCIAS-FAES. Villa de Leyva. 1989. Pág. 28.

4. Hay unanimidad por parte de los investigadores sobre la identidad y la cultura en considerar al estado y a las élites com configuradoras de la identidad nacional. Véase Jorge Orlando Melo Ibíd. y Jesús Martín-Barbero “Identidad, Comunicación y Modernidad en América Latina” en Ibíd. Pág. 30.

5. Sobre la noción de cultura como ideología y sus diversas implicaciones véase Clifford Geertz. La interpretación de las Culturas. Gedisa editorial. Barcelona. 1990, parte IV. “La ideología como sistema cultural”.

6. Michelle Perrot, Ann Martin-Fugier “Los actores. La familia triunfante” en Philippe Aries y Georges Duby. Historia de la vida privada, la Revolución Francesa y el asentamiento de la sociedad burguesa. Ed. Taurus. Madrid. 1989. Tomo 7. Pág. 99.

7. Habría que considerar en la definición del espacio de lo nacional la dualidad: naturaleza propia del proceso de constitución de los estados nacionales y lo que se proyecta la “cuestión transnacional”. Al respecto veáse Jesús Martín-Barbero Op. Cit.

8. Solamente en este artículo tratamos un aspecto de las fisuras, el problema regional. Un tratamiento más amplio requiere el análisis de contradicciones, oposiciones y sometimientos de clases, étnias y culturas locales. Una de las perspectivas, por ejemplo, para la consideración de estas fisuras puede ser el concepto de “culturas híbridas”. Estrategias para entrar y salir de la modernidad. CNCA - Grijalbo. México. 1990.

9. Sobre la relación entre estado nacional, cultura y región, véase Darío Fajardo “Cultura y Región en la construcción de una nueva sociedad”; Fabio Zambrano “Región, nación e identidad cultural”; Francisco Cifuentes “Introducción al estudio de los procesos culturales regionales”; Orlando Fals Borda “Región y cultura: algunas implicaciones teóricas y políticas” y Hernán Henao “Territorios e instituciones de la cultura en torno a los procesos culturales regionales”. En: Foro Nacional Para Con Por Sobre de Cultura. Imágenes y reflexiones de la cultura en Colombia. Regiones, ciudades y violencia. COLCULTURA. Bogotá, 1991. II Procesos culturales regiuonales.

10. Jorge Orlando Melo. Op. Cit.

11. Sobre la función de las ciudades como centro provincial del poder y terreno de la lucha política ver Marco Palacios “La fragmentación regional de las clases dominantes en Colombia: una perspectiva histórica”. En: Estado y clases sociales. PROCULTURA. Bogotá, 1986. Pág. 93 y ss.

12. Ver Jacques Donzelor. Las policías de las familias. Pretextos. Valencia. 1976.

13. Para Jorge Orlando Melo las unidades formativas de la identidad son las imágenes, los términos y las palabras que recibimos en la infancia, en la escuela, en los periódicos y en todas las formas de comunicación. Op. Cit.

14. El concepto de intimidad como propio de la burguesía véase en Carlos Castilla del Pino (ed). De la intimidad. Ed. Crítica, Barcelona. 1989.

15. Es conocido por todos que el matrimonio solo se elevó a la categoría de sacramento en el Concilio de Trento.

16. Rogelio Vega L., “La legislación del matrimonio en el derecho positivo colombiano”, tesis para el doctorado. Bogotá, casa editorial San Bernardo, 1919, pp. 9 y 10.

17. En el artículo 441 se establecían las penas. Ibíd., p. 228.

18. Una fuente no consultada en el presente proyecto, pero que contribuye a la confirmación del alto número de inmigrantes es el acta de defunción o los informes mensuales de mortalidad en la ciudad aparecidos en el periódico de la municipalidad, Registro Municipal.

19. Como no poseemos argumentos para confirmar o negar, preferimos establecer como hipótesis la existencia de un 14% de matrimonios celebrados por mutuo acuerdo y sin mediar «urgencia» alguna.


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