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La poesía y la magia en el proceso creador de Édgar Negret*

 

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La poesía y la magia en el proceso creador de Édgar Negret

Poetry and magic in the creative process of Édgar Negret

Poesia e magia no processo criativo de Édgar Negret

María Cristina Laverde Toscano**


*Este trabajo se realizó a partir de una entrevista de largas horas con el Maestro Edgar Negret y de una juiciosa revisión bibliográfica sobre la obra del escultor.

**Socióloga, directora del Departamento de Investigaciones de la Universidad Central. Investigadora social, autora de distintas publicaciones sobre temas referidos a la cultura, la ciencia, la mujer y el arte.


Pensar en el arte significa penetrar el mundo inconmensurable de la creación, el universo de sus infinitas posibilidades, los determinantes y las circunstancias que le rodean, con frecuencia invasivamente, sus fundamentos conceptuales y técnicos; el juego mágico de los sueños y de las fantasías; la presencia avasalladora de eso que llamamos realidad … Acercarse a un artista exige un esfuerzo por entender las complejas relaciones que se establecen entre la vida y la obra de quien convierte su ser en un canto a la belleza, a la armonía, al color, en busca de la perfección formal. Aproximarnos al Maestro Negret es irrumpir al espacio alucinante de un creador de volúmenes majestuosos y, además, de un "señalador de caminos" para la escultura latinoamericana entre los grandes de la plástica universal.

Edgar Negret ha logrado desee hace ya varios lustros, ser dueño de un lenguaje propio. Inconfundible. Asume la opción por el aluminio, pintado con sobriedad, en razón de la nobleza del material: tan dócil que permite a sus manos maestras atrapar espacios en formas de exquisita sensualidad; las curvas delicadamente voluptuosas al encuentro de dobleces, de rectas y de planos que convierten sus esculturas en objetos misteriosos, ajenos a lo accesorio, a lo retórico. Son construcciones ligeras y a la vez imponentes en las que la oquedad se empecina en tanto su obra es un trasegar que progresivamente subordina la masa a favor del espacio. Los tornillos y tuercas a la vista son también elementos constitutivos de ese lenguaje. La mirada preciosista podría considerarlos un "barbarismo plástico " a no ser porque estéticamente entran a formar parte de la obra, trascendiendo la condición de artificios para el acople de cada pieza escultórica.

El trabajo de Negret, sin embages, pertenece al ámbito de esa escultura contemporánea que labora el metal ensamblado. No obstante la aspereza del elemento, es manejado por el Maestro con tal sutileza que, como afirma Lynton, convoca "…a la cercana atención que podríamos prestar a un marfil o a una flor". Introduce al espectador, carente de imágenes con las cuales identificar cada escultura, en el terreno de la contemplación; despierta su sentido lúdico; provoca ese vuelo de la imaginación que permite recrear la obra.

Su proceso escultórico es pausado. Sin desmesuras ni sobresaltos. Desconoce lo abrupto y novedoso para permitir el imperio de diversas constantes formales y materiales. Su obra se transforma pero a paso lento, como es el paso de quienes hacen camino.

En este "insigne fabulador del aluminio " convergen una serie de atributos que le han permitido alcanzar la cima. Como lúcidamente lo señala José María Salvador, Edgar Negret posee férrea disciplina y perseverante capacidad de trabajo. Cada día se plantea un problema a resolver. Guiado por su gran claridad conceptual. Es independiente de criterio, sabe lo que quiere y pronto encuentra la respuesta porque a mas de dominar la técnica, su poder de invención morfológica es inagotable. La creación para él transcurre entre el estudio metódico de temas y técnicas y la reflexión inquisitiva en torno a su quehacer cotidiano; acompañado además, de una autocrítica sin concesiones. No existen términos medios en la vida de Edgar Negret; ni aún en lo más nimio: ante el asomo precoz de la calvicie impenitente, su determinación fue rotunda: cortar el cabello al rape. Tal vez por esta razón, en la juventud de sus setenta años, irradia esa experiencia que sólo adquieren los que viven con absoluta intensidad.

La existencia de este gran Maestro payanés se ve signada por la soledad quien con frecuencia se convierte en su mejor compañía: la disfruta, la ama y solazado en ella concibe sus mejores esculturas. En otros momentos, se transforma en dolor lacerante. En profunda sensación de abandono, como cuando el mundo familiar empieza a derrumbarse ante la muerte irremediable de sus padres y hermanos: brizna a brizna el "tibio nido" del hogar se va deshaciendo sumiéndolo en definitiva soledad. Logra sobrevivir en la búsqueda atávica. Quería saber quien era, de dónde venía. Preguntó entonces por los abuelos de sus abuelos hasta trascender a los tatarabuelos de sus tatarabuelos: "… tuve la sensación -afirma el Maestro- de que no estaba solo, de que era corriente de un agua que fluía desde siglos atrás, gota de una savia que se prolongaba y echaba raíces en el pasado …". Así emprende el camino que lo condujo a los ancestros primigenios:

"…La genealogía familiar me permitió llegar más allá del ‘hijo de labradores andaluces’: hija de Huayna Capac, y hermana de Atahualpa; heredera del Sol, del Cóndor y la luna, doña Francisca Coya fue arrancada del Cuzco y traída a Popayán, mezclando así su imperial sangre con la sangre de labradores andaluces de llanas condiciones: nuestra sangre…"

La Sangre mestiza que reverbera en las venas de Edgar Negret y que irrumpe envolvente en las soberbias esculturas de su último período, homenaje a las raíces milenarias palpitantes en la cultura precolombina.

Una infancia para lacreación

¿Qué representa en la vida futura de un niño el ambiente que lo circunda en sus primeros años?. ¿Hasta dónde puede propiciar o no un adulto que viva en armonía con los mandatos de sus ser?. ¿Existen aptitudes innatas que expliquen la diversidad y la riqueza creativa de la especie humana?. ¿ En qué medida los valores culturales privilegiados históricamente -unidos en ocasiones a azarosas urgencias económicas-, impiden la expresión en libertad de tantas vocaciones creadoras? O, ¿hasta dónde someten al individuo a devastadoras luchas para legitimizar su condición de artífices de la belleza o del conocimiento, en detrimento de n placentero y productivo proceso creador?. En la vida y en la obra de este gran Maestro de la plástica contemporánea, invitado de honor de nuestra revista "Nómadas", encontramos diversas respuestas. Adelantándonos, su infancia es testimonio irrefutable de un ambiente resuelto a favor de la creación.

El artista nace con especial sensibilidad pero el entorno en el cual crece en gran medida determina el curso de su proceso creativo: auspiciando la pesquisa de lo desconocido y la búsqueda del esplendor en las formas; o, arrasando fantasías, quimeras, intuiciones, razones e invenciones. Sin equívocos, asumir culturalmente una de estas disyuntivas dará cabida a la existencia de dos tipos de sociedades antagónicas: una, amante de la libertad y de la autonomía; otra, comprometida con la subordinación.

Edgar Negret nace en el Popayán de 1920. Una ciudad señorial dueña de grandes tradiciones: arquitectura colonial con techos de barro enmohecido y bellísimas iglesias a las que la gente acude para expresar su profunda religiosidad; rígido concepto de la familia patriarcal extensa en donde cada miembro cumple estrictamente el rol que sele asigna; estructura política bipartidista en la cual el liderazgo con frecuencia exigía la convergencia del poder y del saber; amor sin reatos por el conocimiento y por el arte en sus diversas expresiones; centros educativos de reconocido prestigio humanístico. De seguro, en aquella época Popayán, cuna, además, de ilustres ciudadanos, no contaba entre sus premuras la preocupación por el desarrollo industrial o el crecimiento económico de la región. La erudición académica otorgaba prestigio y promovía el estatus de sus pobladores. En este ambiente, el hijo que optara por la literatura, por la música, por la pintura, por las ciencias o, también, por la vida religiosa, era motivo de orgullo familiar y social.

El maestro es el menor de diez hijos y llega cuando Alicia, la hermana a quien desplazó, tiene ocho años. Como él lo señala, arriba a la vida siendo tío pues una de sus hermanas mayores esperaba el segundo bebé el 11 de octubre de 1920, fecha de nacimiento de Edgar Negret. Su padre, Rafael Negret Vivas es un militar de carrera, amante de Bolívar, miembro de distintas academias de historia y autor de múltiples estudios. En razón de sus méritos, en 1919 recibe la Cruz de Boyacá, a más de otras distinciones otorgadas por diferentes países. Viajaba frecuentemente y entre los mejores recuerdos de infancia están los regresos de ese padre amoroso: volvía cargado de regalos y, por sobre todo, infinita ternura hacia su "querido cuncho", como usualmente llamaban al menor de los hijos. Con retreta frente a la casa acudía el pueblo a darle la bienvenida y los personajes de la ciudad desfilaban para saludarlo.

Cuando estaba lejos, la correspondencia entre la pareja Negret era frecuente y en cada carta que su madre le enviara, iba un dibujo del "pequeño analfabeta" quien aún no alcanzaba los cinco años. Dibujos en los que le contaba cuanto sucedía a su alrededor. Igualmente, su padre incluía en la respuesta a la esposa una cartica para él; con cariño y humor comentaba sobre los pájaros, las vacas, los paisajes que llenos de colores recibía reiterándole insistentemente: " mi hijo va a ser un gran artista y lo voy a mandar a parís". Estando en Popayán o en las vacaciones de Palacé, la finca de la familia, cada noche les lee historias de viajes, aventuras y personajes. No son las narraciones sobra hadas y príncipes con las que usualmente se arrulla a los niños sino piezas de la literatura universal. Los colma de cariño pero, igualmente, impone con dulzura la disciplina y el orden.

Doña María Dueñas, a juicio del Maestro, es una madre generosa, jovial e infinitamente religiosa,. Jamás se excedía y estrictamente hace cumplir sus mandatos y los señalados por el padre ausente. Junto con los hijos mayores, goza las destrezas manuales del pequeño Edgar y orgullosa las comparte con los amigos y familiares que a diario visitan esa casa de puertas abiertas que era el hogar de los Negret. Al niño le encantaba dibujar. Recuerda que siempre tuvo en sus manos un lápiz y unas tijeras porque cortar papel significaba una de sus mas gratas diversiones. Por eso es el personaje de cada reunión y lo invitan a demostrarlo: "Haz un ángel pero empieza por la nariz" o "..empieza por el ala" o"…empieza por la cabeza". Y lo logra sin ninguna dificultad. Un buen día le vende uno de estos ángeles al tío Marco Tulio y con el peso que le paga, compra sus primeras tijeras. Así, quienes le aman son puntuales de su vocación creadora.

Doña María, a más del inmenso afecto materno y de los ciudadanos que le brindara - con frecuencia delegados a las hijas mayores, quizás por el cansancio de tanta crianza-, influye decisivamente en la vida del futuro Maestro. Cuando Edgar Negret alcanza los siete años, se convierte en su compañero de muchos momentos: van juntos a la iglesia y a las misas. Las procesiones de Semana Santa y el mes de la Virgen, son presagio de lo maravilloso para este pequeño que poco a poco se enamora del misterio que envuelve la ritualidad religiosa. Es un espacio en el que también se refugia para disfrutar la soledad que desde niño le engolosina, muy posiblemente por su condición de "hijo único" en medio de tantos adultos con intereses, diversiones y amigos distantes del mundo infantil. El incienso, las velas, las procesiones de santos en andas, le inducen al éxtasis; los altares de Corpus Cristi y la mágica simetría de floreros rojos, amarillos y blancos, horadados por el lúdico destello de candelabros dorados, lo deslumbran al extremo de colocarlo a la espera de que algo asombroso sucediera. Aún hoy esas imágenes están vivas y en el marco de ellas monta una de sus últimas exposiciones: en esculturas dispuestas a trasluz de sus recuerdos, recoge en ara símbolos mitológicos precolombinos: el maíz, el agua, el sol, la serpiente emplumada…

¡Qué no decir del Angelus que a las doce del medio día y a las 6 de cada tarde entonaba su madre desde el patio de la casa!; era su forma de convocarlos para el rosario en familia. Todos le contestaban desde el lugar donde se encontrarán. Tenía una voz misteriosa, cálida y profunda … Escucharla rezar el rosario y las letanías, igualmente suscitaba en él inmenso regocijo: eran cánticos que se repetían candenciosamente, una y otra vez; reiterados, como las piezas de sus esculturas.

El costado interior de la casa de los Negret cuenta con un gran huerto en el que, silencioso y feliz, el niño pasa la mayor parte del día dando vuelo a su inquieta imaginación. Colmado de plantas, de flores, de pinos, de cafetos y de rincones oscuros que él explora hasta encontrar las paredes en donde dibuja sus fantasías. Inventa extrañas construcciones que lo llevan a permanecer largas horas trepado en los árboles. Esta experiencia le permite descubrir, siendo aún muy niño, que " …todo estaba dentro de mí y lo de afuera, poco me interesaba". La ciudad, por ejemplo, no la conocía y en su primera salida solo, se pierde a dos cuadras de la casa. El territorio ideal de su infancia es el huerto y también la finca familiar, Palacé, donde goza con las mismas aficiones.

El inmenso amor de los suyos, contribuye al aislamiento. Por temor quizás a que aprendiera "lo indebido", no querían enviarlo a una escuela. Entonces, convencen a doña Pepa Mosquera, una querida vecina, para que le dicte clases en su casa, situada a cincuenta metros de la de los Negret. Más adelante, entran otros niños y el lugar se convierte en notable colegio de la ciudad.

Es tanto el amor y tanta la ternura que rodea los primeros años de este creador que, ciertamente, crece en un "tibio nido", ajeno al dolor y al sufrimiento. Así el tema de la muerte les era vedado a los menores: los alejaban de ella y, sin traumatismos, de pronto se encontraban vestidos de riguroso luto para acompañar algún duelo familiar. Según el Maestro, ese colosal afecto de los tiempos infantiles lo dota de profunda seguridad ante el mundo, brindándole una especie de áurea protectora que ha sabido preservarlo ante los avatares de su intenso trasegar por la vida.

La lectura, una gran pasión

En Edgar Negret existe algo de eso que coloquialmente llamamos "vena artística". Un tío, gran arquitecto, construye la Catedral de Popayán. Una tía pinta con cierta Destreza y su hermano Gerardo también lo hace en su primera juventud y, febrilmente, en sus últimos años. Sin embargo, su padre quería que ampliara horizontes para elegir el futuro y por esto insiste en que concluya su bachillerato. Lo cursa en la universidad del Cauca sin que se destacara, precisamente, como el mejor de los estudiantes. En palabras de Daniel Samper, en lo único que podía "soplarle" a sus compañeros era el dibujo, tarea que ocupando un lugar importante en sus apegos, se ve un tanto desplazada por la lectura que se erige como la gran pasión desde su adolescencia.

Los años transcurren en un ambiente de hondura religiosa: la bondad, la verdad y el orden son algunos de los valores privilegiados por la educación familiar. El pecado es desconocido en ese espacio casi angelical de su primera época. Por eso, hacia los quince años quiere ser santo pero San Juan de la Cruz y su poesía lírica empiezan a disuadirlo: la "Sabiduría al Monte Carmelo" le revela que para empezar la ascensión a este Monte se requiere humildad y el sólo pensar que uno es humilde se torna ya en un acto de rebeldía. El joven Negret comprende que en su alma no hay espacio para tanta sumisión. Así se trunca esta beata vocación. No obstante su calidad de provincia, hacia 1935 Popayán es un pequeño emporio cultural. Luz Valencia, hija del Maestro Valencia -con quien Edgar Negret conversa frecuentemente-, es la gran amiga: intercambian libros e inquietudes en largas discusiones. En la misma forma, departe con Reinaldo Muñoz Zambrano, con Aurelio Caicedo Ayerbe y con diversos intelectuales que han transitado por estas tierras. Este clima contribuye a su fervor por la literatura: Shakespeare, Wilde, Proust, Mann, joyce -al amparo de las cavilaciones de Jung-, entre otros, ocupan la mayor parte de sus lecturas. Y el descubrimiento de Rilke resulta para él maravilloso; no sólo por la majestad de su poesía sino por las enseñanzas que, en los cimientos de su vocación y de sus inquietudes artísticas, recibiera de sus "cartas a un joven Poeta ":

"Pregunta usted si sus versos son buenos …Nadie puede aconsejarle ni ayudarle, nadie, nadie. Hay sólo un único medio. Entre en usted. Examine ese fundamento que usted llama escribir; ponga a prueba si extiende sus raíces hasta el lugar más profundo de su corazón; reconozca si se moriría usted si se le privara de escribir. Esto, sobre todo: pregúntese en la hora más silenciosa de su noche: ¿debo escribir? Excave en sí mismo, en busca de una respuesta profunda. Y si esta hubiera de ser de asentimiento, si hubiera usted de enfrentarse a esta grave pregunta con un enérgico y sencillo debo, entonces construya su vida según esa necesidad: su vida, entrando hasta su hora más indiferente y pequeña, debe ser un signo y un testimonio de ese impulso".

Son consideraciones que Edgar Negret lleva a "la hora más silenciosa de su noche" para responder con el testimonio rotundo de su obra y de su vida.

Hacía la ruptura con la academia

Así provisto de juiciosas herramientas conceptuales y estéticas, este joven decide estudiar Bellas artes, ante la mirada comprensiva y complaciente de quienes le circundan. Viaja a Bogotá pero el ambiente lúgubre de la Escuela en esta ciudad lo conduce a Cali donde encuentra enormes ventanales, luz, color, profesores académicos y espléndidos hombres y mujeres que moldeando desnudos empiezan a mostrarle la inagotable belleza corporal humana: la total armonía entre un brazo y cuyo músculo emerge hacia delante como respuesta a otro que se hunde atrás; o, cómo un extremo se encuentra candenciosamente con otro diferente… Cuando logra dibujar una figura humana desnuda, dueña de enormes pies construyendo una profunda perspectiva, entiende que, en ese momento, su territorio es el dibujo: ante el asombro de los maestros, pronto alcanza un excelente dominio de la técnica. Sin embargo, observando los dibujos de esta época, los expertos reconocen que ya este novel artista había descubierto el espacio como elemento más interesante incluso que la forma.

Si bien a la Escuela ingresa como pintor, por reglamento, debe conocer el modelado; al igual, quien optara por la escultura, estaba obligado a aproximarse al dibujo y al color. Edgar Negret afirma que cuando tocó el barro y se enfrentó al volumen, a las formas y a las sombras, supo que su mundo era el mundo de la escultura. Aprende las técnicas y, total avidez, moldea en yeso, une y pega piezas y asiste a cuanto curso programara la facultad en horarios adicionales.

Siendo aún estudiante, en 1940, muere su padre tras penosa enfermedad. Aquí comienza a "deshojarse el nido" y es el primer gran dolor irreparable en la vida de este Maestro. Al poco tiempo, se gradúa con honores pues tres veces sube al podium para recibir las distinciones otorgadas a los mejores alumnos. Regresa a Popayán cuando empieza a dudar de la academia en tanto ya no plantea retos a este joven creador.

Vuelve a la casa materna y la amistad con su madre se estrecha intensa y progresivamente hasta convertirse en su mejor amiga. Acostumbrado a los espacios magníficos de la Escuela de Cali busca un lugar para su taller. Encuentra una pequeña casa de espacios reducidos que lo aprisionan. Entonces , Edgar Simonds, alcalde de la ciudad y entrañable amigo de la familia, lo invita a ocupar el antiguo Convento de San Francisco, deshabitado desde hacía muchos años y depósito de viejos papeles que fueran quemados, ignorando su carácter de archivos de la Colonia. Así, los comedores de los franciscanos de antaño se van convirtiendo en el inmenso y luminoso estudio de Edgar Negret al que en las tardes concurren los amigos para visitarlo.

Allí da rienda suelta a su rebeldía, inicia la ruptura sin contemplaciones con cualquier convencionalismo. Intuitivamente, sin la mediación de discursos o teorías, comienza a ahuecar los objetos; descubre a la línea como forma de expresión que envuelve los espacios conformando ritmos. Inmerso de lleno en el volumen y buscando problematizar su obra, aborda la simplificación. Técnicamente le molesta ese brazo que irrumpe en el espacio sin lograr unirse a la masa central del cuerpo. Y resuelve amputar para enaltecer el torso. Se remonta a la escultura greco-romana que muestra la belleza alcanzada por la unidad de la idea. Se trata de negarle a la obra lo accesorio. Recordaba a Miguel Angel; una verdadera escultura tendría que lanzarse por un rodadero y lo que quedara de ella era lo que debía ser. A su vez, encuentra que al caer la luz se pueden suprimir partes de una pieza. Esa luz daba impresiones de cosas que fue descubriendo por su cuenta. A la manera de Rodin, a quien apenas conocía, busca alterar las superficies para que la luz irrumpa provocando movimiento. Es su lucha por atrapar el resplandor exterior …

En este período temprano de su vida artística, Negret había recorrido ya gran parte de la historia del arte: desde los griegos hasta el renacimiento cuando se halla al ser humano y se le convierte en centro del universo; cuando se disecciona su cuerpo y se observa que posee corazón y que, además, ese cuerpo es infinitamente bello. Transita el camino hasta llegar a Rodin. Pero la genialidad de ese proceso radica en que, confinado en Popayán, el Maestro no conocía esa historia. Sin embargo, en pequeño la repite …

En el arte todo es posible: las enseñanzas de un Maestro

Jorge Oteiza, afamado escultor vasco, junto con un talentoso pintor español, fue contratado por su gobierno para realizar una investigación sobre el arte precolombino, recorriendo el continente desde Argentina hasta México. Estando en Buenos Aires y en razón de la guerra Civil Española, se le suspende el contrato. El pintor decide marchar hacia México en donde a los pocos días muere. Esta tragedia ocasiona una abismal crisis en Oteiza, quien por diversos trabajos realizados, entre otros un busto de Perón, era ya memorable en Buenos aires. Por gestiones de nuestro embajador en ese país, el escultor es contratado como profesor de cerámica para diversos proyectos en Colombia. El y su esposa vasca llegan a nuestro territorio en 1944. Se traslada a Popayán en su afán por conocer la cultura de San Agustín y como Maestro de la Escuela de artes y Oficios.

Un buen día, Edgar Negret, en compañía de una sobrina, caminada por uno de los parques de la ciudad cuando se encuentra con una singular pareja, a todas luces extranjera: élla, de ojos azul intenso y él, pequeño, con su barba larga parecía un ruso; el rostro cetrino denunciaba su reciente enfermedad. Con un dejo de soledad, silenciosos tomaban el sol. En tales circunstancias alguien los presenta iniciándose en ese momento una intensa conversación que aún no concluye.

Negret lo invita a su estudio y con enorme regocijo este hombre que como nadie conoce y siente el arte universal, contempla no sólo el espacio luminoso y amplio sino un conjunto de obras que ocupan distintos rincones del salón. Así, se enfrenta a una enorme efigie para ser cargada en las procesiones de Semana Santa: Una figura que avanza de cabeza, inclinada y gestualmente atrevida; el hombro gira dentro de su gran saya. Negret ama la poesía inconclusa de la que tanto se habla en aquella época y ella se introduce en su obra: corta la cabeza o los brazos o los pies de una escultura aparentemente concluida; de pronto suspende el torso en el aire y éste se torna fascinante, colmado de sugerencias … Oteiza observa también, la cabeza soberbia de Alberto Arboleda, ilustre payanés residente en Europa, y deslumbrado, repite: "¡… Aquí está Rodin… Aquí está Maillol…!". Pero Negret jamás había oído este último nombre. El escultor vasco no comprende cómo logra, recluido en Popayán, aproximarse a los problemas de la simplificación en el arte.

En principio, todos los días visita el estudio y sólo con su hablar irradia sabiduría; luego, en el nacimiento de una profunda amistad, se traslada a este recinto, asumiendo sin pretenciones la condición del maestro que nunca Negret había tenido; también aquel carecía del alumno dialogador. Es el comienzo de una fecunda relación: le muestra las infinitas posibilidades de la creación; le enseña que todo es factible en el arte.

Libros, artículos, revistas especializadas, reproducciones y fotografías, circulan de unas manos a otras, convirtiéndose en el pivote de sus discusiones. Moore, Maillol, Brancusi, Rodin, entre otros, engrandecen su visión del arte. Pero, por encima de todos, Oteiza es el invaluable mentor, el Maestro generoso al cual, en palabras de Negret, empieza hoy a parecerse: en la agresividad escultórica, en el desprecio por lo fácil y por los éxitos inventados.

Esculturas dramáticas que suscitan escándalo

Su obra comienza a transformarse. El hueco, presente desde el punto de vista temático, adquiere una dimensión plástica: a más de aligerar volúmenes, se convierte en maravilloso elemento expresivo. Así, realiza en 1947 el "Job" de ojos-huecos y boca desmesurada que lo transmuta en grito; era el espacio interior del que hablaba Oteiza. Inmerso en la poesía, concibe la "Cabeza de Walt Whitman" a modo de un bloque penetrado, en el estilo de Moore. Igualmente, un "Barba Jacob" como lo llama al viento, desgarrado, dramático. Y "Gabriela Mistral": un pájaro al vuelo, natural, amplia, suave y de ojos inmersos. En 1948, simplificada a lo esencial del tema, elabora "La anunciación": un torso que se abre de piernas ante las palabras del Arcángel: un gesto de entrega como mujer ante el anuncio de su próxima maternidad.

Con algunas de estas obras, viaja a la capital y participa en el salón Nacional de Artistas de 1947. Cuando se montaba la exposición, de una de las cajas que contienen sus esculturas cae accidentalmente, se abre sola y aparece una virgen-maternidad de formas redondeadas y atrapadas con líneas que, desde ese instante, provoca enorme alboroto: jamás la esperaban viniendo del pacato Popayán. Con sus obras, "el escultor de ojos sonadores" -como lo llamara un columnista de El Espectador-, suscita el gran escándalo: la mayoría le ataca, pero, unos cuantos entienden su posición de vanguardia; le ven como profeta de un proceso que se gesta en distintas altitudes del planeta.

Edgar Negret visita la fría y gris Bogotá con alguna periodicidad, permaneciendo a lo sumo durante dos meses. Frecuenta los cafés que por aquel entonces congregan a un grupo de selectos intelectuales y de grandes amigos: Andrés Holguín, Daniel Arango, Germán Pardo García, Gaitán Durán y tantos otros. En las tardes se reunían para conversar y jugar al poker en el que siempre el Maestro termina como perdedor y sólo con los centavos para pagar el tenebroso tranvía que lo regresara en las noches a la casa de su hermana. Ciertamente para Negret, la famosa bohemia bogotana no resulta tan fecunda y elocuente como generalmente se le califica.

En 1948, después de vivir el cruento bogotazo que impide la realización de una exposición en la que participaría con Ramírez Villamizar, regresa a Popayán. Largas horas dedica a conversar con su madre como presintiendo la proximidad del fin: recorren los álbumes familiares tras los recuerdos de la infancia. Indefectiblemente la acompaña en las mañanas a regar el jardín en donde el colorido de las azaleas, los geranios, las rosas y los pensamientos, revela la ternura y los cuidados de doña María. Esta mujer, más que temerla a la muerte, le temía al sufrimiento que podía antecederle. Por eso en cada rezo le pedía a Dios que la llevara de súbito; sin aflicciones ni agonías. Y así fue: sintió un dolor en el pecho y en media hora partió para siempre, dejando al hijo consetido sumido en la más honda soledad. Encadenado a la evidencia rotunda de la fragilidad del "nido" y la congoja ante lo efímero del mayor de sus afectos…

De la selva tropical a la selva de concreto

Frente a la imagen derruida del mundo familiar, Edgar Negret decide el gran desplazamiento de su vida que, contrario a los pronósticos familiares, duraría quince prolíficos años, un largo período habitando en importantes ciudades y recorriendo fervoroso los más diversos rincones del mundo donde el arte tuviera presencia inusitada. Con un mapa en sus manos, se da cuenta que Nueva York está cerca y que ningún artista colombiano se interesa por ese lugar. Todos quieren viajar a parís y lo que había conocido de esta ciudad eran sus profesores que, en verdad, no resultaron ni lo mejor ni lo más interesante.

Un amigo paisa y su señora, antiguos residentes de Nueva York, en sus cartas le insisten sobre las posibilidades que este medio brinda a los jóvenes artistas. Se anima, prepara el equipaje y en enero de 1949 viaja a la gran metrópoli. Obviamente la consternación familiar fue total: no era posible que "el niño" -así lo viera siempre, seguro que por ser el menor se marchara tan lejos y solo, cuando ni siquiera sabía calentar un agua. Gerardo, uno de los hermanos mayores, los tranquiliza: "Edgar no resiste seis meses porque es demasiado mimado. El viaje será de vacaciones".

Tres lustros estuvo fuera pero, en el fondo, el Maestro sabía del retorno. El único lugar donde se quedaría definitivamente era Colombia porque, a pesar de ser, en palabras de Negret, el sitio que menos se interesa por el arte, vivir en su tierra lo llena de libertad: ante nadie debe arrodillarse ni se ve obligado a transformar su obra según apetencias imperiales. Por eso siempre se sentía de paso: conociendo, aprendiendo enriqueciéndose y consolidando su creación que jamás ha caminado sola; lejos de ello, ha crecido íntimamente ligada a cuanto a él le acontece. Los diferentes ambientes que lo han acogido, han permeado su ser y esto se refleja en su trabajo.

Llegar a Nueva York fue como una aparición. Paradógicamente, era una prolongación de lo nuestro: la misma selva pero en cemento armado y dueña de su propio orden; un orden tan obvio que le resulta maravilloso porque la exactitud y la máquina son la constante. Esa máquina vista por Negret como formas, como aparatos en movimiento, como ruedas que se empujan unas a otras al servicio de lo funcional.

Puertas que se abren y se cierran solas sin atropellar al transeúnte. El café o el pastel caliente -que las señoras de su pueblo elaboraban en cuatro horas-, en segundos sasalen de una máquina tras pulsar un botón. Pero su mayor asombro lo provoca el semáforo: absorto se paraba en una esquina a contemplar el tumulto de gente que, tras el cambio de una luz, automáticamente se mueve y luego, ante otra señal, frena como pr encanto para dar paso a la avalancha de automóviles que se desplaza por las vías. Frente a la estupefacción del joven escultor sus amigos sólo atinaban a repetir: "Usted tan elegante, tan sofisticado, parece recién salido del monte …" Se olvidaban que venía de Popayán.

Da con un mundo regido por dioses poderosos; un paisaje guiado por el misterio y la magia. Un orden riguroso que evoca el de una familia orientada por un padre militar y una madre hondamente religiosa. Quizás por esto la lógica que impera en aquella ciudad inicia un acucioso proceso de seducción hacia Edgar Negret quien muy pronto comienza a transformar su obra. La libertad del ambiente igualmente cautiva: la belleza y la espontaneidad de sus gentes; su concepto del cuerpo y de la sexualidad, ejercida al margen de los tabúes y convencionalismos de su terruño.

Los amigos le acompañan, buscándole espacios para su creación. Así llega al Clay Club Sculpture Center, un experimento donde se reunen gran cantidad de artistas que en absoluta autonomía, trabajan sin profesor. Se matricula y, confinado en un rincón, amasando su primitivo yeso, tímidamente observa la pasión de todos por la técnica: fervorosos laboran el metal en directo, provistos de gafas, de chalecos en cuero y complicados aditamentos que convierten el lugar en un espectáculo en el que las chispas y el humo le recuerdan los juegos pirotécnicos de muchas de nuestras celebraciones populares.

Una tarde de primavera, visitando la que entonces se llamara Bucholz Gallery, se encuentra con la más grande experiencia de este período: la obra de Alexander Calder para quien Oteiza lo había preparado en tanto ya comprendía que en el arte todo era posible. Esculturas en hierro colgadas; láminas en llamativos rojos y negros, suspendidas en el aire y con movimiento propio mostrando lujuriosas sus bellísimos atributos. Delirante, Negret regresa a la exposición. En la tercera oportunidad, al abrir las puertas de la galería, el viento penetra y las esculturas empiezan a danzar con infinita sensualidad: "¡Era américa! ¡Era la selva". Y se enfrenta a lo suyo en busca de la lección: la escultura de Calder exhibe sus encantos ante un espectador inmóvil. La de Negret exige ser recorrida: darle la vuelta para observar sus caras… Sumido en la fascinación entiende, sin embargo, que no es lo suyo. Se nutre de Calder pero con la absoluta certeza de seguir una ruta diferente.

A los pocos meses le invitan a exponer la obra; el Maestro se resiste argumentando su "debilidad" en la técnica ante el culto que allí se le rendía. Participa con su "Vaso con una flor" en el que simplifica formas, todavía con elementos que permiten encontrar el tema, característica de su etapa figurativa. Recibe gran crítica y con fotografía de su "Vaso", aparece en un importante periódico neoyorquino que lo saluda como "talento joven y prometedor". En un medio tan competido logra ya aceptación porque, como él lo sabe, en el arte lo bueno tarde o temprano se impone.

Continúa con los mismos temas aún cuando las técnicas preludian sustantivas modificaciones. Empieza a soldar pero sólo utilizando pequeños puntos y no los chorreones que hacían la moda del momento. Lo religioso permanece incólume. Concibe así el "Rostro de Cristo", elaborado en hierro con alambre; es un ramazón pegado a medias y por ello provoca rechazo. Perfecciona conocimientos y destrezas. Experimenta nuevas técnicas y materiales y, evocando nostalgias familiares, realiza "Pájaro en el nido" y "El nido": volúmenes vacíos que aún conservan alusiones figurativas pero que, con paso firme, se encaminan hacia el abstracto.

"Mi hijo va a ser un gran artista y lo voy a mandar a París"

Edgar Negret decide continuar errante y a fines de 1950 viaja a París. Al llegar, la imagen de su padre es recurrente: se cumplían sus predicciones. Se encuentra con Andrés Holguín, su amigo de todo momento. Expresándole el deseo vehemente de conocer a Brancusi. A las nueve de la mañana del día siguiente estaban, junto con otros americanos, en el estudio de quien, después de Rodin, es considerado el ertista más notable de la plástica contemporánea. Un viejo muy viejo, de piel blanca y canoso, les abre la puerta. Como era su costumbre, vestía pijama y un hermoso sombrero. Son su mirada maliciosa, jugaba como un niño travieso: las obras estaban cubiertas con telas; de improviso descubre una de ellas que empieza a girar sobre una base de espejo redondo en la que se aprecia al Recién Nacido, elaborado en bronce, pulido con absoluta maestría. Giraba lentamente y Brancusi observaba las caras atónitas de los visitantes. Recorren el estudio y cada pieza es un milagro. Allí comienza las repeticiones: una misma figura -en yeso, en bronce, en madera-, diferente a las demás no sólo por el material sino por sus dimensiones. Negret retorna a este estudio en distintas oportunidades pues una pareja de artistas amiga, era vecina del gran escultor romano, residente en París desde 1904. En cada visita, encuentra nuevos y valiosos elementos que enriquecen e influyen su proceso creador.

Recorre fogoso las iglesias de la ciudad y con mística participa de cuanto concierto de música sacra se presentara en ellas. De esta manera logra solazar su espíritu. Por las limitaciones de espacio, regresa al barro. El interés por la forma va creciendo y, sin dejar de ser religioso, quiere renunciar al tema. Apela a las figuras que traía de Nueva York, esto es, las mismas que lo acompañan desde Popayán: "La Anunciación", el "Rostro de Cristo" … sin pensar en lo que significaron encuentra el camino en la simetría; en la repetición de dos formas siente lo religioso y reiterándolas inicia su serie de "Simétricos". Entre 1952 y 1953, elabora además "San Sebastián" y "Dirección sur", exhibidas, junto con los simétricos, en una galería especializada en lo más experimental del arte francés. Era el único participante americano. Fue aceptado porque Negret siempre cayó en el centro interesante de cuanto se realizara. Jamás perteneció a guetos y por eso hoy sus grandes amigos son los grandes maestros en los más disímiles lugares de la tierra.

En esta primera etapa de parís, se producen cambios rotundos en su técnica, en sus materiales, en su estilo. Abandona la referencia al objeto y, obsesionado con los simétricos, algo, principia a intranquilizarle: al dar la vuelta a cada un de sus nuevas esculturas, el espectador se encuentra con la misma imagen que había dejado atrás pero pasando por las imágenes laterales diferentes …

Su espíritu pertenece al trópico y le molesta el clima de este país que reduce los días ocultando al sol en noches interminables. Por esto acepta una invitación para trasladarse a Mallorca, isla en donde la luz reina en todo su esplendor.

Al encuentro del color

Tras las huellas de Gaudí, antes de zarpar hacia Mallorca, decide quedarse algunos días en Barcelona. Conoce la Sagrada Familia, catedral inconclusa que por un poco le provoca infarto en tanto cada detalle de su construcción se convierte en símbolo: el proceso de la creación del hombre; las torres y sus remates que giran incesantemente. Una vez más era la repetición: "repeticiones que, como en la religión, conducían al éxtasis".

En Mallorca se ubica en la Plaza de Gomila denominada por los turistas la "Plaza de Gomorra", en uno de cuyos bares escuchó por primera vez el concierto de Aranjuez. Vive cerca al castillo de Belvedere, dueño de una de las colecciones de cristalería etrusca más hermosas del mundo, visitada por el Maestro frecuentemente. La Isla toda le resulta maravillosa: el sol, la mar, las playas -¡tan distintas a las de Buenaventura!-. En el folclor, bellísimas danzas acompañadas de risueñas castañuelas. La mezcla del catalán y otras lenguas anteriores, configuran un idioma extraño. A Mallorca llegan gentes de los más diversos rincones del planeta, ataviadas con trajes y sombreros de colores abigarrados. Viajar en el tranvía se convierte en una fantástica aventura: parejas que en libertad se besan, idiomas distintos, razas diferentes …

Su artesanía es infinitamente rica: cristales azul claro, verde, caramelo, con los que realizan los más disímiles objetos armados en hierro. Son los mismos cristales que usara Gaudí en sus lámparas majestuosas de la única catedral gótica construida en un lugar tropical como el de Mallorca. Son los colores de los barcos del puerto que Negret recorre en sus caminatas diarias: barcos pintados de rojo, de negro y, después, de otros colores primarios aplicados sobre el hierro, adquiriendo cada vez una apariencia diferente en sus formas peculiares que hablan de partidas, de huidas, de grandes desplazamientos. También, son los colores de las láminas de Calder. De esta manera, el Maestro silencioso, va recogiendo elementos del ambiente y de los artistas que coinciden con él. No es el fenómeno de apropiarse de lenguajes ajenos ni de asumir modas. Es el caminar hacia el encuentro con lo suyo.

Reuniendo colores sobre el hierro, en Mallorca empieza a utilizar formalmente el metal. Al amparo de la luz, del sol y de la mar, Negret labora en tubos negros, tímidamente pintados con puntos rojos, azules, blancos o mezclados. Como carece de un estudio adecuado, arma sus figuras en cartón y lleva los bocetos a donde los herreros artesanales quienes los trasladan al hierro. Después, vuelve en repetidas oportunidades buscando quitarles o añadirles esta o aquella parte. Siempre los herreros lo observan con miradas compasivas: piensan que está definitivamente loco.

Entre los más representativos trabajos de este período encontramos “Construcción acústica”, “Arquitectura submarina”, “Señal para un acuario” y “Señal de tráfico” en los que se manifiestan grandes cambios en su proceso: repetición de elementos, de formas, policromías antes inexistentes y las figuras aéreas, un poco al estilo de Calder, con espacios amplios que se asoman para luego esconderse y en cuyas oquedades se palpa el espacio interior, preludio de hallazgos posteriores. Parte de las obras de esta etapa pertenecen a importantes colecciones: en Argentina, en Canadá, en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, en el grupo Rockefeller.

El Maestro considera que en Mallorca se acerca a lenguajes definitivos. No era Calder, aúnque recordaba cosas suyas: Negret, siendo dinámico por excelencia, guarda las distancias exactas y las direcciones de los objetos no pueden cambiar como sucede en la escultura de esa gran artista. No era Gaudi, a pesar de su obsesión por las repeticiones, eco del atavismo religioso… Relacionándose con gente amable y generosa, fueron treinta meses maravillosos en la vida y en la obra de Negret.

El retorno a París, el retorno a los bocetos

Antes de regresar de nuevo a París, decide pasar por Madrid y visitar a su entrañable amigo, Jorge Oteiza, permaneciendo en esta ciudad durante un año. Era un mundo difícil porque todos vivían del recuerdo de la guerra y sus horrores. Con un grupo de allegados al Maestro vasco, trabajan incesantemente y realizan diversas exposiciones. Dentro del mismo espíritu formal de Mallorca elabora distintos yesos abstractos: “Uptown – Downtown. Homenaje a Nueva York” y “Homenaje a Gaudí”, entre otros.

En 1954 llega a París y huyendo de los reducidos espacios citadinos, se translada a Saint Germain –en- Laye, un pequeño pueblo distante media hora de la ciudad. Se ubica en un bello apartamente rodeado de naturaleza pero incapaz de albergar un estudio que le permitiese continuar en las técnicas iniciadas en Mallorca con la ayuda de los artesanos isleños. Por eso vuelve a los bocetos: doblando, pegando y pintando el cartón, ensaya nuevas formas y colores con mayor libertad. Es el germen de las soluciones logradas cuando descubre los recursos técnicos y materiales concluyentes en el idioma escultórico de Edgar Negret.

El hallazgo de su propio lenguaje

Un año transcurría de su segunda etapa en París, cuando, agobiado por la ausencia de un espacio creador, recibe carta de su querida amiga de adolescencia, Josefina Valencia: lo invita a concursar por una beca que la Unesco destinaba cada año a un artista colombiano y que, infortunadamente, siempre se perdía. Podría especializarse en cualquier lugar del mundo. En su búsqueda de las raíces, inconsciente en ese entonces, recuerda los dibujos estupendos que realizan los indios Navajos, habitantes de un desierto gigantesco al Oeste de los Estados Unidos. No lo piensa dos veces. Decide solicitar la beca y así llega otra vez a Nueva York.

Inmediatamente se desplaza hacia la región de los Navajos, encontrando un universo alucinante. Durante muchos meses se dedica al estudio de esta minoría étnica. Conviviendo con ella, comprende que en la cultura religiosa de las comunidades indígenas el arte es el puente con la divinidad. Las pinturas, realizadas con arena, poseen un carácter eminentemente curativo. La enfermedad llega cuando alguien rompe relaciones con los dioses. En tal caso debe buscarse el encuentro y los responsables son los brujos sanadores, los médicos del alma y del cuerpo. Según las características de la enfermedad asiste el brujo especialista en ella y, al pie del enfermo, elaboraba, en absoluta perfección, nueve dibujos durante nueve noches. Cada línea se relaciona estrictamente con los distintos puntos cardinales, resultando figuras de infinita belleza, misteriosas, mágicas: de pronto una flecha o unas manos en vuelo o una flor en hermosos colores, forjados con piedras molidas: azules, grises, rosas … Y van realizando cada dibujo exacto a como siempre lo han hecho para esa enfermedad. Terminada la obra, el brujo toma distancia y el enfermo avanza penetrando la figura, destruyéndola en rotunda simbiosis. Cuando llega al otro extremo, recoge la tierra, la lanza por la ventana y concluye el ritual en el reencuentro con los dioses. Edgar Negret vibra con el arte Navajo porque en sí es religioso; no por los temas sino porque allí está Dios. Después de esta experiencia, entiende el cansancio del arte europeo. Por eso en Nueva York se siente como en su casa.

El retorno a esta ciudad se da en el auge incondicional de la “pintura de acción”; el imperio de esta escuela sólo podría darse en Norteamérica porque aquí se carece de pasado. Edgar Negret llega “contaminado” de Europa y por ello suscita recelo a pesar de trabajar con los colores y contrastes que lo identifican con esa América Latina violenta y caótica. Las galerías sólo quieren exhibir el arte que literalmente chorrea. El se defiende dictando clases y vendiendo algunas de sus obras.

Por aquellos días conoce a Paul Foster, gran dramaturgo norteamericano a quien ayuda a desistir de sus pretensiones bárbaras de dedicarse a la abogacía: su mundo es el mundo de las letras y a él debía entregarse porque, además, lo maneja con maestría. Con Paul, compañero y amigo de todas las horas, consiguen un bello apartamento que congrega al grupo selecto de escritores, pintores y músicos amigos con quienes comparten momentos de inigualable riqueza. Hacia la década del sesenta, esta ciudad es escenario del mejor teatro, de magníficos conciertos y de importantes exposiciones. Son años de infinitos aportes a la inteligencia y al espíritu.

La resistencia hacia quienes desarrollan su obra en una perspectiva distinta del “arte de acción” empieza a romperse porque el papel de la crítica en este país –como en todos, quizás es definitivo. David Herbert, quien durante algunos años vendió obras de Negret, de Ellsworth Kelly, de Louise Nevelson, abre una pequeña galería y los invita a presentar los trabajos que en ese momento realizan. En septiembre de 1956, al comenzar la estación de eventos en esta ciudad, Kanady, uno de los más notables críticos norteamericanos, escribe en un memorable artículo: “Estoy harto de la “pintura de acción”. No resisto más su presencia…” A los poco días el Museo de Arte Moderno de esta metrópoli inaugura una exposición denominada, “Nuevo clasicismo”, en la que Edgar Negret, junto con quienes no trabajaban el arte de moda, son invitados de honor. El gran escritor O´Hara, llama a este grupo los de la “Linea dura”, augurando un momento de inusitada resurrección.

Con Foster intentan adecuar un estudio en el apartamento. Negret quería llevar al metal los bocetos de París y para ello necesita la soldadura. Terminan consultando al Departamento de Incendios de la ciudad: el lugar tendría que forrarse en materiales no inflamables y, además, utilizar cantidad de sofisticados y costosos elementos. Imposible contar con este espacio. Entonces empieza a ensayar el aluminio delgado que corta con gruesas tijeras, enfrentándose al problema técnico de las uniones. Experimentando en el taller que un amigo le prestara, encuentra que el aluminio se funde a muy bajas temperaturas y que al sólo intentar la soldadura se derrite sin contemplaciones. ¿Qué hacer?. Piensa en los remaches con la idea de unir las piezas y hacerlos desaparecer. Así realiza una obra que hoy pertenece a Lenore Tawney, una gran tejedora norteamericana. Pero por más que lima el remache ofensivamente se dejaba ver. Como jamás las cosas a medias pertenecen a la lógica de Edgar Negret, decide dejar tuercas y tornillos a la vista, alejándose, en materiales y técnica, del trabajo que traía de Mallorca. Ahora, corta a mano, dobla y une en forma visible. Asocia su obra al collage en tanto el proceso es tangible, casi un mecano que se arma y se desarma. El tornillo y la tuerca en principio poseen un carácter funcional: unir partes y mantener las formas. Después, se convierten en elemento estético que se repite aquí y allá, en el mismo sitio en cada vuelta; y las tuercas van por un lado y las cabezas por el otro. Se vuelven elemento constitutivo de su lenguaje. Nadie había usado esta técnica pero a Edgar Negret no le importa: la necesidad lo lleva a ella y descubre que es parte de lo suyo. Al poco tiempo distintos e importantes escultores de este país comienzan a utilizarla.

Conoce y admira lo que otros hacen y, una vez más, corrrobora lo propio. Sabe que él camina por otros rumbos: lo religioso le pertenece y simbólicamente lo expresa, sin dejarse influenciar por nadie. Está respondiendo a necesidades trascendentales en su vida y si bien considera el Maestro que la crítica favorable alienta, jamás se ha desgastado buscando “patrocinadores”.

En 1957 y en el umbral del Negret definitivo, realiza la serie, “Aparatos Mágicos”. Aparatos mecánicos elaborados con un sentido misterioso porque en ellos se anida la magia de América Latina. Objetos fascinantes que se mueven con exactitud; es la gran síntesis del aparato sin oficio y del aparato mágico. Son estructuras de metal, recortadas y ensambladas con tuercas y tornillos a la vista, a los que aplica colores planos. Esculturas frontales y fundamentalmente llanas, con ligeros relieves producidos por el doblez de las láminas.

De este período es también “Kachina” y las series “Vigilantes” y “Máscaras” que hablan de un estilo propio y perentorio: en la técnica, en el material y en el proceso. Parte del talento de Edgar Negret radica, sin lugar a equívocos, en “ir escogiendo lo necesario dentro de lo posible del momento”. La travesía de este gran Maestro le permite, también, la convergencia simultánea de la liviandad y la resistencia, condiciones indispensables para sus voluminosas esculturas en “equilibrio inestable”. Es el oráculo ante sus sueños y sus fantasías.

El orden es su respuesta al caos

Quince años habían transcurrido cuando, en el auge de su obra en Nueva York, una mañana recibe la noticia de la enfermedad de Gerardo a quien a más del afecto fraterno, lo une su interés por la pintura. A ella se dedicó compulsivamente en los últimos años abandonando su profesión, sus amigos y, en cierta medida, hasta su familia. El llamado es perentorio: padecía un cáncer terminal y le quedaban pocas horas de vida. Ese mismo día viaja a Colombia y encuentra al hermano debatiéndose en el tortuoso preámbulo del fin. La noche transcurre en un diálogo en el que se agolpan recuerdos, añoranzas e ilusorios proyectos. Gerardo ignora la magnitud de su dolencia agazapada y por eso su expresión de horror es total frente a la llegada inusitada del sacerdote y la extremaunción. Jamás el Maestro olvida su mirada de pánico ante la presencia abrupta de la muerte. Amaba profundamente la existencia y con ahínco se aferraba a ella. A las pocas horas expira, continuando el adiós de los hermanos. En su ausencia habían muerto Ana Luisa y Carlos.

Paradójicamente Negret parte y retorna a su patria, incitado por la ruptura de la unidad familiar. Pero su regreso esta vez es defnitivo. Los primeros años vive en Cali y en este período mueren Efraín y luego, Leonor y Rafael. Decide trasladarse a Bogotá para estar cerca de Alicia, lo único que le queda del “nido”.

Llegar no fue fácil. De una parte, su país es diferente al que había dejado tres lustros atrás. De otra, viene de lugares donde el orden se impone pues hasta la naturaleza es domesticada: parques de césped perfecto, árboles podados cuadrados o redondos, flores alineadas según sus colores… Regresa de espacios donde todo funciona porque también la gente obedece disciplinada. ¡Y se enfrenta a la eclosión de este caos!. Paisajes agrestes, exuberantes, de verdes desbordados. La anarquía de sus gentes, el desorden, la violencia … Un mundo que, no obstante, se le antoja fascinante. Su obra, una vez más, se ve sitiada por inquietantes preguntas. No eran respuestas para el sofisticado orden europeo sino demandas que emergen de la bravura del trópico.

El Maestro se vincula como profesor de la Universidad de los Andes; allí tiene su estudio en el que extasiado cavila sobre tantos interrogantes. Desde las primeras obras de Popayán su preocupación fundamental es el equilibrio, el balance entre la curva y la recta, enseñado por la armonía de la belleza corporal humana. Y de pronto, un día empieza a encurvar la lámina. No es un ejercicio racional, sino la solución espontánea a exigencias contundentes. A pesar de este imperativo, no sabe cómo lograr la curva y ensaya de mil maneras. Un carpintero amigo le cede un espacio en su taller y utilizando formaletas insistentemente golpea el aluminio con funestos resultados. Un viejo trabajador observa sus intentos fallidos y, con la autoridad del que sabe, le dice “así no lo logrará jamás”. Toma dos tubos, los agarra con las prensas, introduce las láminas y las curvas aparecen. ¡El Maestro casi se arrodilla ante semejante milagro!.

Desde ese momento se hincharon las formas de sus esculturas convirtiéndose en defensa ante el surrealismo cotidiano que le circunda. No podía apelar a un orden distinto. Debía recurrir a elementos del caos para enfrentarlo con un “desorden organizado”. Para Negret, así surgen las grandes civilizaciones. Los egipcios, víctimas de devastadores fenómenos naturales, como respuesta, construyen la pirámide: la forma más perfecta elaborada por la humanidad. Esta pirámide que Oteiza, inmerso en Einstein, paraba en la punta: la abría con el propósito de que las ideas crecieran y se lanzarán por el cosmos regresando al punto de partida.

En este período Edgar Negret, a más de reñir con la técnica para incorporar nuevos elementos, se imbuye del paisaje desmesurado y fresco de nuestra enigmática babel colectiva. Quiere para sí un vocabulario más americano, más de su entraña. Se apropia del entorno y su lenguaje adquiere nuevo dinamismo, aproximándose a lo agresivo. La obra se torna compleja: por primera vez, usa la diagonal; las formas adquieren insospechada riqueza y obsesionado por el balance estético busca alejarse de la curva procaz. De suyo son obras demasiado expresivas. Por eso disminuye los colores hasta utilizar sólo uno plano para cada escultura. Imposible pensar ahora en los usados dentro de los Aparatos Mágicos.

Al encurvar la lámina alcanza su madurez estilística en la combinación de curvas y líneas que añaden infinitas posibilidades plásticas a los pliegues y dobleces que traía de Nueva York. Series como “Navegantes”, “Acoplamientos”, “Puentes”, “Escaleras”, “Edificios”, o “Metamorfosis”, son la respuesta de Edgar Negret a lo laberíntico- irracional palpitante en la cultura física y social del trópico: “un lenguaje escultórico pleno de orden lógico, disciplina, rigor, coherencia”.

El Bolívar que lo llevó a los Andes

En 1979 América se prepara para conmemorar el sesquicentenario de la muerte de Bolívar y nuestro Maestro regresa de París donde participaba en la Feria Internacional del Arte Contemporáneo –FIAC-. Allí se había comprometido a realizar exposiciones en once países diferentes. Empieza a prepararse en este empeño cuando el gobierno colombiano de entonces, a través de uno de sus ministros, le propone verbalmente un monumento homenaje al Libertador. Este personaje le es familiar desde la infancia en razón de los intereses intelectuales de su padre. Además, el lugar concebido para el monumento es el gran parque en el que se hallaba la iglesia construída para una de las visitas papales a Colombia. La propuesta resulta sugestiva: el espacio fácilmente propiciaba la creación de un ambiente ceremonial muy ligado a las apetencias religiosas del Maestro. Por estos dos motivos decide clausurar las exposiciones y aceptar la realización del proyecto sin que mediara contrato formal alguno.

Así se inicia el estudio infatigable sobre este paladín de la libertad. Indaga hasta el último vestigio de sus hazañas y se remonta a los Andes para sentir el personaje y comprender la grandeza de su periplo. Estas montañas lo vieron recorrer con sus huestes tantas distancias como pocos hombres lo han hecho en la historia de la humanidad. Concibe una obra monumental transitable de absoluta vigencia en la escultura universal: seis cuerpos de concreto sin revestimiento, de veintiocho metros de altura, con una base de cincuenta por sesenta metros, sobre una plaza de ochenta metros cuadrados. Es un monumento de dimensiones andinas, simbolizando en su lenguaje los seis países bolivarianos por su independencia. Todo se podía recorrer contemplando el paisaje. En los techos redondeados están los seis países unidos conforme al mapa ideal del Libertador. Sobre cada uno y como lección histórica, desfilan las batallas de Carabobo, Pichincha, Boyacá…; además, las rutas y los congresos libertarios. La obra y el mensaje marcharían hermanados. La planta baja albergaría una biblioteca y un museo bolivarianos.

A los siete meses de avanzar el proyecto, con calculistas e ingenieros a bordo, el gobierno y su emisario le comunican al Maestro que un grupo oficial de historiadores está interesado en conocer su propuesta. Muy atildados y circunspectos le visitan en el estudio. A los pocos días, y ante el estupor del escultor, aparecen en los principales periódicos del país diversos artículos intolerantes que atacan el proyecto: argüían que la complejidad de la obra impedía su entendimiento. En el fondo del problema, dos concepciones tradicionales de la historia y del arte eran las protagonistas en la sinuosa argumentación de los opositores. Primero, la posición santanderista debía impedir un homenaje a Bolívar de semejantes dimensiones. Segundo, la postura de quienes sólo conciben la simbología figurativa en desmedro de otras posibilidades creadoras del arte que igual pueden educar y recrear al pueblo.

El gobierno cede a las presiones, se declara en ignominioso silencio y muere un proyecto que extendía los alcances sociales y públicos de la obra de Edgar Negret. Pocos años después, le ofrecen la Cruz de Boyacá. El Maestro la rechaza porque en su casa está la primera otorgada por el país y entregada a su padre en 1919. También, porque es alérgico a las condecoraciones y al boato de estas ceremonias de himnos, de banderas izadas y de asientos enfilados. En Colombia sólo ha aceptado la Orden de San Carlos, recibida junto a Alejandro Obregón en el Museo de Arte Moderno de Bogotá. Gloria Zea los convenció y accedieron para favorecer al Museo.

La búsqueda de las raíces

Desde la muerte de Alicia en 1967, “última sobreviviente de ese lento naufragio familiar" ” al carecer de asidero para combatir la soledad amarga, convierte la búsqueda del pasado en el eventual incentivo de su vida. Se dedica a averiguar los orígenes de la familia porque, como lo señala el Maestro. “trataba de restituir el vínculo con lo mío”. Tras fotografías, cartas, conversaciones diversas y muchos libros, arriba hasta los tatarabuelos de sus tatarabuelos descubriendo sólo sus raíces hispanas, bellamente recogidas por Daniel Samper en la publicación “Uno, dos y tres. Nada que ocultar”.

De otro lado, el interés por las culturas precolombinas ha sido una constante fundamental de su vida. Al llegar a Colombia progresivamente penetra esos mundos no sólo en el estudio riguroso sino conociendo y adquiriendo piezas que le enseñan las contingencias inmensas de estas sociedades. El Museo del Oro, San Agustín y Guatavita son lugares que frecuenta incesantemente porque en ellos siente palpitar los ancestros. Pero fue el proyecto del monumento al Libertador el que lo condujo de lleno a los Andes. Le sucedió lo mismo que a Bingham: en pos de Bolívar descubrió a Machu Picchu. Recorriendo los caminos que desandara el Libertador, Edgar Negret sintió la urgencia de alcanzar esa región imponente y majestuosa del Alto Perú.

En 1980 realiza una exposición en Lima y, una vez inaugurada, marcha hacia el Cuzco para remontarse a Machu Picchu donde se le revela el universo alucinante de una cultura adoradora del Sol. Un pueblo que rinde culto a lo perenne: el sol sale todos los días y a la misma hora. Dejaron atrás la adoración por la Luna cuando entendieron que en su delgadez se esfumaba. Ellos se aferran a lo estable para contrarrestar la muerte. Llegan al cuadrado a partir de la Cruz del Sur y encuentran la diagonal para, más adelante alcanzar el círculo y la cruz escalonada como su gran símbolo ordenador.

Por esto los Incas se convierten en un imperio soberbio que se expande desde Pasto hasta Argentina, inmerso en la vegetación frondosa y rica; en sus mitos y costumbres; en sus magníficas arquitectura e ingeniería; en sus cerámicas, sus textiles de bellísimos colores y tramas, su cestería; sus sistemas agrícolas productivos y fecundos; sus rigurosos sistemas contables; su maravillosa estatuaria. Una cultura a la cual, y continuando las cavilaciones del Maestro, tendremos que retomar como única condición para recuperar la armonía con la naturaleza, con la sociedad, con el cuerpo y con la vida.

En este deambular, Edgar Negret desentierra a la hija de Huayna Capac y hermana de Atahualpa, quien fuera traida a Popayán para convertirse también en tatarabuela de sus tatarabuelos. Infortunadamente, este descubrimiento se dio cuando ya había aparecido el libro sobre sus ancestros.

San Agustín fue igualmente una escuela prodigiosa. Una civilización antigua que evoluciona sin mayores influencias externas y que laboriosamente maneja la piedra. Ellos inventaron el mito del Hombre-jaguar para vencer la muerte. Durante catorce anos consecutivos rechaza la invitación de sus sobrinos para visitar el gran parque. Teme encontrarlo arrasado o sujeto a ridículas decoraciones. No obstante, cuando por fin lo conoce, le conmueve hasta lo más íntimo el ambiente con sus estatuas de figuras violentas, de muelas enormes y de expresiones agresivas…

Después de estas experiencias deslumbrantes, la obra de Negret sufre profunda subversión en sus conceptos estéticos y en sus propuestas plásticas. Se encamina ahora al ámbito de las realidades, los símbolos y los mitos precolombinos.

Como lo indica José María Salvador, destacado conocedor del trabajo del Maestro, en esta etapa de su proceso se pueden identificar cambios fundamentales: progresivo aplanamiento de formas y volúmenes; lenguaje cada vez más autóctono, simple y sosegado; predominio de la coordinación vertical- horizontal y privilegio de la octogonalidad; sensible tendencia a la simetría que le permite atrapar la estética incaica en la que la doble imagen juega papel determinante; carácter gráfico de sus obrarmanifiesto en esculturas estrechas y alargadas; policromía que acepta todos los colores del arco iris, homenaje a la bandera Inca. En los últimos años utiliza hasta pigmentos brillantes ajenos a sus matetradicionales. Es el elemento que le permite captar el fulgor de algunos de los símbolos precolombinos: el sol, la luna, los rayos.

Descubre el morado como prohibido entre los incas; en un color peligroso que sólo puede usar el Inca en su mascapacha, nudo simbólico de poder. Negret también incorpora los violeta con un sentido religioso. En este proceso, el color adquiere otra dimensión que trasciende lo meramente plástico. "Machupicchu", "Tempo Solar", "Anundamiento: Paisaje Agustiano", "Casa de las Serpientes", "Horizonte: Paisaje Agustiniano", "sol", "Titicaca", "Bandera Inca", la serie "Quipus", "Reloj andino", la serie "Tejidos", "Eclipses sobre el Cuzco Nos. 1 y 2: Quinientos Años", son algunas de las obras fundamentales del período.

Esta empatía profunda, este respeto reverencial y esta admiración sin límites por lo precolombino, contribuyeron para que la conmemoración de los quinientos años del encuentro de culturas, afectara enormemente el espíritu de Edgar Negret. Cada día sabía más de cuanto había destruído "los conquistadores" y el resultado final es la majestad aniquilada. No concibe que hayan arrasado culturas maravillosas a cambio de la muerte y la violencia trasladadade Europa. Con su llegada, américa perdió su libertad, su grandeza u su sensualidad…

Elementos de un lenguaje escultórico

Por una razón Negret duda de la pertenencia de su obra al mundo de lo abstracto: el tema. Porque si ser abstracto significa interesarse sólo por lo plástico, entonces no lo es. Los temas han sido prioritarios en su proceso creador desde cuando se descubre religioso, esto es, desde siempre. Lo trascendental es perenne en la obra del Maestro. Con el paso del tiempo esta presencia se transforma y en plegaría penetra el mundo sagrado de lo simbólico precolombino.

En unos momentos, la temática subordina a la forma expresándose en un terreno completamente abstracto. En otros, pasa a un plano secundario u la forma gana como cuando en parís abandona la referencia directa al objeto y encuentra la salvación en la repetición de dos formas iguales. Es esa simetría que en sí misma es religiosa.

Igual podría pensarse de los nombres de esculturas decididamente hablan de ellas. Un hombre que venía acostumbrado a las estrellas, a la luna, al sol, a la naturaleza y de improviso se encuentra con la máquina poderosa y apabullante de Nueva York, crea los aparatos Mágicos. Y cuando vibra al sentir la reciedumbre de las montañas andinas irrumpe victoriosos el "Gran Templo Solar", el "Puente colgante ", las " Terrazas", o el "Cóndor "…

Las piezas que configuran sus obras pueden ser concebidas para cada una en particular pero, igual, algunas logran estar al servicio de otra porque nacen colmadas de posibilidades. Así, encuentra que una de estas partes, años después, se aviva en una nueva escultura.

Y el problema de la unión de las piezas es permanente. Allí aparecen las diferencias y las similitudes. Se permite el contraste. Acude al retal de su taller, toma dos fragmentos, ensaya mil formas en las que de pronto encuentra soluciones inimaginables: el rectángulo que dobla a la diagonal y que si se une con el siguiente, gira. De allí surgen sus escaleras y sus edificios… En la unión emergen las curvas, las líneas que se abrazan estableciendo tensiones en todas sus esculturas. Son encuentros que respetan las distancias y las direcciones, aval de esa tensión armónica con natural a su creación.

El espacio es igualmente un elemento fundamental de su lenguaje. Cuando atraviesa la forma con él, cuando abre huecos en sentido literario, busca acentuar la idea de visión que los abruma. Por eso, la boca inmensa de "job" es grito, es tragedia y, al mismo tiempo, es un espacio estético dominado por formas. Pero el espacio empieza a crecer hasta arrinconar la materia reduciéndola al extremo de la lámina que diferencia y se interpone entre los espacios interior y exterior. Ello propicia la presencia de voluminosas esculturas de apariencia sólida que son, como las huacas quechuas, espacios encerrados… Espacios sagrados. En la maestría de Negret, se tornan, además, en espacios estéticos.

Según el Maestro, Einstein recupera el concepto del espacio incluso para el arte cuando descubre que dentro del átomo está fuente aplastante de energía. Por eso empieza a dudar de los objetos cerrados … El espacio interior así, logran nuevas dimensiones y se vuelve tan importante como la forma. Adquiere dinamismo y vitalidad determinantes en los períodos de gran expresividad en la obra. Hoy, cuando ella tiende a lo ritual, cuando se transforma en oración, este elemento ocupa otros lugares. En absoluto la matemática o la geometría se han encontrado entre los intereses negretianos. Considera que cuando la creación, sea en la ciencia o en la estética , se reduce a una ecuación, allí pierde todo su encanto porque le falta la poesía. La belleza de una obra de arte radica precisamente en el absurdo que quiebra cualquier lógica.

Desde Mallorca, un lugar invadido por la luz, empieza a pensar en el color que tímidamente aplica sobre el hierro, novedoso elemento recién incorporado a su trabajo. Luego, en los “Aparatos Mágicos”, matizando el aluminio, llega a los colores estéticos, plenos y rotundos. Más adelante, ante la fuerza expresiva de las esculturas curvas del primer período bogotano, el color disminuye, si se quiere, se atenúa para impedir el desmadre en la sensualidad de estas nuevas y agresivas creaciones. Después, sumido en el mundo incaico los colores alcanzan la dimensión simbólica buscando interpretar sus mitos, sus creencias, sus costumbres, sus artesanías. Así llega a esa policromía desconocida antes en su obra, atreviéndose incluso al manejo de pigmentos brillantes que le permiten, en lenguaje contemporáneo, recrear sus “Quipus”, sus “Tejidos” o su “Bandera Inca”.

El aluminio es el metal ineludible e irrenunciable adoptado desde fines del cincuenta porque posee las virtudes indispensables a la escultura negretiana: dócil y liviano. Este material hace factible el contacto personal, íntimo y permanente entre el creador y su obra. El hierro, el bronce u otros metales pesados obligan a un escultor a que alguien diferente realice su trabajo a partir de los bocetos. El Maestro está vitalmente presente en todo el proceso porque hasta los “múltiples”, que permiten la llegada de su obra al cálido rincón de los hogares, reclaman su presencia. De otra parte, el aluminio en su liviandad facilita el desplazamiento de sus constructos voluminosos.

Los cambios se dan lentamente. Su proceso le enseña que, según el momento, uno u otro elemento adquiere predominio. Los nexos entre la horizontalidad y la verticalidad, por ejemplo, están sujetos al dinamismo que demanda la obra. Así, en la ocasión justa la diagonal se impone para lograr mayor vitalidad: la angustia del elemento que se lanza incitando al movimiento. O la opción por la octogonalidad de su última etapa que significa hondas transformaciones. Es la búsqueda clara en donde cada paso es seguro y en el instante preciso. Es la aventura de inventar lo nuevo cada día. Son cambios que se producen a mamparo de un Maestro que conoce su creación hasta el último de sus meandros; que ha construido un inconmensurable pasado. Una historia para la posteridad.

El proceso de su creación

Uno de los arcanos maravillosos del trabajo de Edgar Negret es la libertad absoluta en la creación de su obra. La ausencia de compromisos ajenos a la labor insaciable a favor de la grandeza del arte. Está convencido que los éxitos fáciles dañan a la gente, truncan caminos y rompen vocaciones. El éxito, sin pretenderse como meta, sólo debe alcanzarse tras la conquista de la excelencia.

La disciplina es el imperativo de su tarea infatigable, mediada por la reflexión permanente sobre su quehacer. Negret es metódico sin que ello implique una estricta secuencia en sus trabajos. Las cosas que le rodean deben permanecer en el orden que él impone. De repente, mueve un objeto de un lugar a otro y se sorprende de la relación establecida que puede llevar, incluso, a una de sus esculturas. Las cosas, a más de un sentido estético, poseen valor en sí en razón de su historia. Si pierden su significado afectivo, deben ocupar otro espacio en esa estancia construida palmo a palmo por el Maestro. Todo está en su sitio acompañándolo: la familia y los amigos se le revelan en cartas, fotografías, obras y recuerdos. Cada quien ocupa el lugar, en la misma forma en que se anida en su alma.

En el taller experimenta a diario nuevas formas pero considera que aún le faltan quinientos años para descubrir las inmensas posibilidades que le caben al arte. En este creador la razón, la sinrazón, la imaginación y la intuición concurren indistintamente. Intuye situaciones, selecciona piezas, ensaya, juega con ellas porque son su vocabulario. En este juego surge siempre una “frase muda”. Arma, desarma sin importarle para nada el tiempo en tanto su paciencia es inagotable. Sabe que encontrará lo que busca, sin que exista un único camino. Sin prisas. Tres piecesitas bastan para iniciar la hazaña y por las noches se acuesta en la alegría cuando las formas se acercan creando las tensiones que imagina. En ese momento toma distancia y no vuelve a verlas hasta el día siguiente cuando las observa con el espejo que le permite apreciar su funcionamiento al revés. Si no marchan, con calma total vuelve a empezar. Sin dudas, este Maestro es testimonio ineludible de que, como él lo indica, “ser artista es percibir el mundo inconcluso”.

Con frecuencia los estados de angustia o de tristeza aguzan su sensibilidad exacerbando la creatividad. La paz de las noches le resulta especialmente buena consejera y si bien a esas horas ya no trabaja en el estudio para preservar su salud, en la reflexión nocturna halla respuestas a diversos interrogantes. Para Edgar Negret no hay nada más importante que su obra. Paso a paso la familia desapareció y su trabajo permanece indemne. Muchas relaciones afectivas se rompieron provocando intenso dolor y su escultura persevera. Nada de cuanto le ha sucedido desplaza su creación y esto lo ha salvado del naufragio. Nunca sus crisis, que las ha tenido, lo han llevado a abandonar el trabajo. Y ésta es la mayor lección para quienes apenas se inician en el arte: amar el oficio por sobre todas las cosas, interrogándose a la manera de Rilke; y, caminar lentamente convirtiendo a la paciencia en la maestra ejemplar, sin evadir los problemas que el tiempo necesariamente resuelve.

Las exposiciones son una parte importante de su trabajo. No tanto por la posibilidad de mostrar y confrontar su obra que a estas alturas posee identidad y presencia suficientes, sino porque le resulta un deleite el proceso para llegar a ellas: él selecciona las obras y dirige sus montajes, ayudado por los colaboradores y amigos que tanto le conocen, buscando siempre una mirada de unidad: recoge en ellas períodos, momentos, temas, formas… Los mejores escenarios del mundo han acogido sus esculturas. Quiso tener espacios propios para mostrar su creación y luchó hasta lograr un Museo para Popayán y su Galería en Bogotá. Un lugar que decora con muebles para el darle el calor de hogar que no poseen los fríos espacios tradicionales. Muebles dueños de historia: un bellísimo piano, similar a otro que se encuentra en la Casa Museo de Beethoven; algunas de sus figuras precolombinas u otros objetos de inmenso valor afectivo.

Su lugar en el arte colombiano

Mario Rivero considera que Negret, más que un inventor de objetos, es un señalador de caminos para la escultura contemporánea de América Latina. El es de los primeros y de los pocos artistas colombianos que han planteado problemas verdaderamente escultóricos y universales porque, a más de su maestría, su obra autónoma se nutrió de la historia del arte y de quiénes se convirtieron en sus grandes Maestros: Oteiza, Rodin, Maillol, Moore, Gaudí, Brancusi, Calder… La escultura negretiana ha tenido enorme influencia en el arte nacional e internacional. Sus volúmenes, su lenguaje, sus técnicas han contado con innmerables estudiosos y seguidores. Las tuercas y tornillos a la vista que tanta algazara causaron en sus inicios, son incorporados en el idioma de otros importantes creadores. Concurren hasta anécdotas graciosas: en una exposición en Medellín encuentra una escultura parecida a la suya, con elementos que se repetían y pintada de rojo. Un trabajo interesante pero igual a cuanto él hacía. Y dá con la entrevista de un periódico local en la que le preguntan al autor sobre las posibles influencias del Maestro:”no –responde– a mí Negret me parece superficial…”

No obstante alcanzar el lugar que hoy ocupa su obra en el arte nacional, el camino ha sido difícil. Una vez más se cumple aquello de que “nadie es profeta en su tierra”. Edgar Negret tiene más público fuera que dentro del país porque definitivamente la cultura y el arte en Colombia no suscitan interés ni preocupación. Nuestra realidad contrasta con lo que sucede hoy en otros países de América Latina. En Caracas, por ejemplo, desde hace algunos años el arte ha cobrado inusitado interés: esculturas públicas maravillosas que la gente recorre, goza y admira aprendiendo y despertando su sensibilidad. Nuestro país no ha logrado comprender el papel liberador del arte. Su condición no ya de paliativo sino de alternativa ante tantos conflictos cotidianos. La gente en él hallaría disyuntivas en nuevas formas de expresión de sus angustias, sus agresividades, sus alegrías desbordadas.

Los obstáculos para que el gran público pueda acceder al buen arte, en gran parte son responsabilidad de las galerías y de los coleccionistas quienes lo convierten en mercancía. Su interés radica, en consecuencia, en los costos elevados. Negret no quiere que su obra quede en manos de los coleccionistas japoneses que compraron “Los Girasoles” de Van Gogh. Los comerciantes de la plástica cuelgan precios y ello desvirtúa la razón de ser del arte. Al Maestro le interesa es la gente que ama, siente, se cautiva y se recrea con la obra.

Una crítica que impide alcanzar el arte

El papel de la crítica colombiana en el proceso del arte contemporáneo es, con honrosas excepciones, negativo. Incapaz de tomar las distancias que reclamaría el oficio, se ejerce subjetivamente y, en muchos casos, cuando la obra desobedece a las apetencias o intereses del “crítico”, se convierte en demoledora. Con frecuencia desorienta e impide la presencia de espectadores desprevenidos, porque, a la postre, llegan cargados de juicios que no les pertenecen.

Son apreciaciones que imposibilitan aquellos nexos fecundos entre el espectador y la obra. “… Opiniones partidistas, petrificadas y vaciadas de sentido en su endurecimiento contra la vida, o son hábiles juegos de palabras, en que hoy se da una opinión y mañana la opuesta. Las obras de arte son de una infinita soledad, y con nada se pueden alcanzar menos que con la crítica”.

La soledad, su mejor compañía

Una noche, recorriendo alguna de sus exposiciones, alguien mirando al Maestro comentó “Negret está en el salón en la múltiple compañía de sí mismo”. Y así, confiesa el escultor, siempre se ha sentido. La soledad es su mejor compañía porque posee mucho para recordar y más aún para soñar. Tuvo la suerte inmensa de una maravillosa familia y de contar con grandes amigos; entonces, necesita estar solo para sentirlos cerca en el silencio de muchas horas. Precisa de la soledad para volcarse sobre sí mismo hacia el remanso de lo atesorado en el transcurso de su ya larga existencia.

Si Edgar Negret pudiera repetir su vida, nada cambiaría. Incluso, nacería en el país fantástico y sorprendente que menos se interesa por el arte. Repetiría su infancia feliz y dulce, su juventud atiborrada de interrogantes y búsquedas, su madurez plena de certidumbres y satisfacciones. Las situaciones negativas, igual las aceptaría porque cada una ha propiciado lo positivo: fueron peldaños para llegar más lejos y en este avance olvidar lo inexorable.

El más grande amor de su existencia es su trabajo y la mayor realización está en esa obra perdurable, esparcida en los más disímiles rincones del planeta inmortalizando su paso por la historia.

Hoy, Edgar Negret sabe que para el artista no hay medida en el tiempo. Conoce las honduras del “madurar como el árbol, que no apremia a su savia, y se yergue confiado en las tormentas de primavera, sin miedo a que detrás pudiera no venir el verano”. Hoy, cuando su mirada demora rastreando el pasado, comprende como nadie el valor de la paciencia: ese caminar tan suyo, lento y seguro, quedo y sereno … Ese paso que le conduce al lugar que anhelaban sus sueños colmándolo de eternidad …


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