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El giro ambiental de las ciencias sociales*

O giro ambiental das ciências sociais

The environmental turn in social sciences

Sara Victoria Alvarado** y Jaime Pineda Muñoz***

 *Este artículo es el resultado de la investigación “Pensamiento ambiental latinoamericano: la superación de la escisión cultura/naturaleza”, financiada por el Centro de Estudios Avanzados en Niñez y Juventud, y llevada a cabo entre el 2011 y el 2013 bajo la modalidad de beca doctoral.

 ** Psicóloga de la Pontificia Universidad Javeriana; Magíster en Educación y Desarrollo Social, Cinde-Universidad Pedagógica Nacional; Doctora en Educación, Nova University-Cinde; Posdoctora en Ciencias Sociales, Niñez y Juventud, Universidad Católica de Sao Paulo-Colegio de la Frontera de México-Universidad de Manizales-Clacso. Directora del Centro de Estudios Avanzados en Niñez y Juventud Cinde-Universidad de Manizales y de su Doctorado en Ciencias Sociales, Niñez y Juventud, en el marco del cual dirige la línea de investigación en Socialización Política y Construcción de Subjetividades, Manizales (Colombia). E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

 *** Magíster en Filosofía de la Universidad de Caldas; candidato a Doctor en Ciencias Sociales, Niñez y Juventud del Centro de Estudios Avanzados en Niñez y Juventud (Alianza Cinde-Universidad de Manizales). Docente-investigador del Centro de Estudios Avanzados en Niñez y Juventud, y docente ocasional del Departamento de Filosofía de la Universidad de Caldas, Manizales (Colombia). E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

 

Resumen

Se pretenden problematizar aquí las ciencias sociales desde el efecto que la metáfora del sur ha generado en nuestracomprensión de lo social y desde el reconocimiento de las reflexiones que buscan articularse con la condición ambientalde la cultura. En un primer momento se retoma el dibujo América invertida de Joaquín Torres para insistiren el despliegue metafórico del sur, y en una segunda parte se repasa la noción de contrato natural para resignificarlas prácticas discursivas de las ciencias sociales. Se concluye con la urgencia del giro ambiental como un nuevoescenario para este campo de investigación.

Palabras clave: giro ambiental, sur, contrato natural, América invertida.

Resumo

Pretende-se aqui, problematizar as ciências sociais desde o efeito que a metáfora do sul tem gerado em nossa compreensãodo social e desde o reconhecimento das reflexões que buscam articular-se com a condição ambiental dacultura. Em um primeiro momento se retoma o desenho América invertida de Joaquín Torres para insistir no desdobramentometafórico do sul, e em uma segunda parte se repassa a noção de contrato natural para ressignificar aspráticas discursivas das ciências sociais. Conclui-se com a urgência do giro ambiental como um novo cenário paraeste campo de pesquisa.

Palavras-chave: giro ambiental, sul, contrato natural, América invertida.

Abstract

This paper deals with social sciences focusing on the effect the southern metaphor has had in our understandingof social matters and the acknowledgement of a line of thought linked to the environmental condition of culture.Firstly, Joaquin Torres' inverted image of America is taken to emphasize the South’s metaphorical unfolding. Secondly,it proposes to review the natural contract concept to reinterpret the discursive practices in social sciences. Inconclusion, it stands out the need for an environmental change as a new scenario for the field.

Key words: environmental turn, South, natural contract, inverted America.

 

NAVEGANDO HACIA EL SUR

Reconocemos el naufragio epistémico de las ciencias sociales. Las bitácoras que nos permitían comprender lo social ya no hablan de nuestra posición en el cosmos. Las provisiones conceptuales se han agotado, y el anclaje categorial que en otro tiempo había sido suficiente para situarnos en el mundo, ahora parece dejarnos a la deriva. Nos vamos quedando solos con nuestras viejas palabras, y en la inmensidad del océano de realidad que nos rodea, nos sentimos un poco perdidos, un poco náufragos.

Entre nosotros apareció la necesidad de recurrir a otros artificios y encarar nuevos rumbos. Para escuchar el canto de las sirenas que, como canto de la realidad, toca los bordes de nuestros saberes, ya no basta con amarrarnos, a la manera del viejo Ulises, al mástil de la nave. Es necesario buscar otras maneras de comparecer ante la inminente transgresión de las coordenadas de pensamiento que otrora acompañaban al viajero occidental.

Ante la inminencia de esta sensación, decidimos agenciar un desplazamiento metafórico para problematizar el lugar de enunciación de las ciencias sociales, y más que insistir en su apertura, deseamos repasar sus repliegues, las transformaciones agenciadas en sus límites, el enrarecimiento de sus contornos, la extrañeza que procura saberse en un navío que ya no está hecho para continuar por estos mares del sur.

Como si se tratara de La gran ola de Kanagawa, pintada por Katsushika Hokusai a finales del siglo XIX (figura 1), nos vemos amenazados por la turbulencia de las ondas que golpean nuestro navío y ante las cuales sólo nos queda aferrarnos a gastados remos. ¿Podremos sobrevivir a la intensidad de este oleaje? ¿Podremos superar la fuerza de la gran ola que anuncia un naufragio inminente?

La metáfora que le da abrigo a este artículo nace de las inquietudes movilizadas en la investigación: “Pensamiento ambiental latinoamericano: una superación de la escisión cultura/naturaleza”. En el transcurso de esta investigación, arribamos a la pregunta en torno al lugar en el que se congregaban nuestros discursos, las realidades a través de las cuales transitaban o navegaban nuestras palabras, los fondos en los que finalmente se sumergían los nombres que históricamente acordamos para darle un sentido a lo social en tensión con la naturaleza habitada.

La fuerza inusitada de los movimientos indígenas a finales del siglo XX; la expansión de nuevas consignas que ubican en el centro de las luchas el cuidado de la Madre Tierra; el entramado de prácticas discursivas que recuperan los planteamientos de José Carlos Mariátegui frente a la cuestión del indio y que se tejen con las declaraciones de la Continental Abyayalense; así como la reactivación de antiguas voces, acalladas en tiempos de la Conquista y la Colonización, contrastan con la persistencia agónica de los saberes sociales heredados de Occidente que no nos permiten comprender el agitado paisaje de las movilizaciones latinoamericanas.

En este escenario, las ciencias sociales aparecen en una retaguardia inexcusable y parecen abocadas al silencio de lo que acontece a su alrededor. Los saberes disponibles se encuentran como las barcas de la pintura de Hokusai. Ante la agitación de todo cuanto las rodea, sólo conservan la esperanza de sobrevivir al paisaje en el cual navegan. ¿Tienen algo que decir las ciencias sociales ante la inminencia de este hundimiento, ante la inefable condición a la que se ven enfrentadas?

La clave de nuestra inquietud reside en volver a pensar el paisaje en el que están inscritas las ciencias sociales e intentar escapar, por un instante, a la turbulencia de la gran ola para situarnos en un paisaje en el que sea posible reconocer la realidad sin perecer en el intento por comprenderla. Nos obliga la necesidad de asumir que pese a todo, es posible hacerse a la mar, y al navegar, comprender de otro modo el devenir de lo social.

Hemos pensado que a las ciencias sociales les es urgente imaginarse como El seductor de René Magritte (figura 2), es decir, como un barco hecho de agua. En sus configuraciones discursivas, les sería oportuno disolverse en la realidad que nombran, ser afectadas por el lugar en el que se mueven, hacer parte del mismo paisaje, traducirse en el contacto con aquello que les da sentido, rehacer sus bordes, dar lugar a una figura que emerge del inmenso mar, del inmenso océano de lo social. A las ciencias sociales les urge reconstruir su navío, repasando el intenso flujo de las agitaciones del presente, volver al astillero y diseñar una barca que garantice, al estar a bordo, la comprensión situada de las agitadas resistencias que las interpelan.

Pensar un nuevo lugar para las ciencias sociales implica reorientar, reconfigurar y reestructurar las prácticas discursivas en torno a lo social. En los cuadernos de bitácora de los científicos sociales es necesario trazar el Sur como como horizonte de posibilidad.

En 1943, el pintor uruguayo Joaquín Torres García dibujó una nueva versión de América invertida  (figura 3). Su obra consistía en una sencilla inversión del continente americano delineado sobre un fondo blanco. Llamaba la atención la inversión de las coordenadas geográficas: el sur en el lugar del norte. Un efecto al margen de su pretensión artística, insinuaba un profundo cuestionamiento de la situación de América Latina en las geografías del poder. El paisaje metafórico de un continente invertido, reasignaba el lugar y el sentido de los modos de habitar y comprender lo que somos. Ahora se trataba de tener un sur.

Esta obra es una manera de impugnar la representación del lugar que somos a partir de un trazo simple. Cada vez que comparecemos ante su presencia, nos encontramos en el límite del régimen de la mirada. ¿Cómo nos vemos a nosotros mismos? Esta pregunta inquieta la percepción, trastorna la representación, nos invita a ver de otro modo. Empezamos a sentir que vale la pena invertir a América para comprender el horizonte de las transformaciones por venir. Sin embargo, no basta con una transgresión de la mirada, hay que hacer explícito el lugar de esta inversión trazada en la palabra, inscrita en el orden del discurso.

La célebre “Lección 30” del Universalismo constructivo  (1984 [1944]) dota de fuerza la silueta de América Latina en ese fondo blanco. El artista convierte su dibujo en un símbolo temprano de las primeras expresiones estéticas de un conjunto de prácticas políticas que aún no callan, ni se debilitan, y que hoy hacen posible pensar desde otro lugar: “He dicho Escuela del Sur; porque en realidad nuestro norte es el sur. No debe de haber norte para nosotros, sino por oposición a nuestro sur. Por eso ahora ponemos el mapa al revés y entonces ya tenemos la justa idea de nuestra posición” (Torres, 1984 [1944]: 193).

“Nuestro norte es el sur”, una expresión que abriga el paisaje de las movilizaciones contemporáneas, también se recrea como un símbolo y una consigna que han nacido de un dibujo y una lección. En sus resonancias, esta expresión, este símbolo-consigna, ha alimentado (en ocasiones en silencio, en otras como manifiesto), el sentido de una idea que hoy toca a las prácticas del saber y al conjunto de las ciencias sociales florecidas en estas geografías invertidas.

Lo que nació como una apuesta estética a mediados del siglo XX, se transformó en una metáfora que en el presente histórico, ha logrado trazar lugares de arribo, enunciación y reflexión para pensar en un nuevo telón de fondo que guíe nuestras búsquedas teóricas y oriente nuestras movilizaciones políticas.

El sur se convirtió en una impronta de singularidad, y después de cinco décadas, imprimió con su misteriosa fuerza, el afán por encontrar otros criterios de validación y visibilización de los conocimientos históricamente silenciados. El sur arriba a las ciencias sociales como esa metáfora que nos permite pensar una epistemología en resistencia, antiimperial y, sin duda, decolonial:

El Sur es, pues, usado aquí como metáfora del sufrimiento humano sistemáticamente causado por el colonialismo y el capitalismo. Es un Sur que también existe en el Norte global geográfico, el llamado Tercer Mundo interior de los países hegemónicos. A su vez, el Sur global geográfico contiene en sí mismo, no sólo el sufrimiento sistemático causado por el colonialismo y por el capitalismo globales, sino también las prácticas locales de complicidad con aquéllos. Tales prácticas constituyen el Sur imperial. El Sur de la epistemología del Sur es el Sur antiimperial (Santos, 2009: 12).

En el corazón de una plétora de prácticas sociales, saberes decoloniales y acometidas investigativas, palpita esta imagen-palabra que actúa en nuestros discursos, se desplaza nómada en los bordes de nuestras ciencias, desata posiciones, encadena oposiciones. Este sur es una huella indeleble en la formación de la sensibilidad latinoamericana y, sin lugar a dudas, en la construcción de los saberes que proclamamos alternativos al epistemicidio (Santos, 2009) y a la violencia epistémica (Castro-Gómez, 2005).

En la condición del sur, la invención de lo que somos no se agota en la imagen deformada de las estrategias contemporáneas de la colonialidad. Se trata, por el contrario, de una manera de comprender que nuestra imagen, nuestra justa posición, no es un reflejo distorsionado del espejo eurocéntrico (Quijano, 2005).

Tal vez por la fuerza transformadora y liberadora de la metáfora del sur, abordamos la resignificación de las ciencias sociales. El eco de las palabras y el efecto de las obras hacen que Torres García se convierta en una evocación necesaria para aventurarnos hacia aquello que es más que un asunto de método, de logos y de episteme. Lo que aprendimos de la “Lección 30” de la Escuela del Sur no lo hemos olvidado, habla sin rostro, impulsa en el anonimato la gesta de una multitud de obras que hoy nos enseñan otras ciencias sociales posibles.

“Navegando hacia el sur” no es más que la recuperación de una impresión artística diseminada en el presente de las epistemes, inscrita en el giro de las prácticas sociales, hallada sin reserva en la motivación de nuestras investigaciones. En los desafíos del nuevo tiempo y los desembarcos del futuro de la resistencia latinoamericana, urge tener en consideración la profundidad del mapa al revés, pues es allí donde se edifican y se construyen los agenciamientos colectivos que abren nuestras ciencias y las prolongan hacia el sur.

¿Hacia dónde marcha América Latina y el Caribe? ¿Es posible allanar el camino de las ciencias sociales hacia otras formas de comprender lo social y afrontar el interés emancipador que exigen las resistencias del presente? El sur reagrupa la figura del artista, el científico social y el poeta. El efecto de la América invertida  también haría al poeta decir de otro modo lo que somos:

Torres García es una de las medidas más auténticas de la grandeza y la constancia humanas […]. La obra de este gran pintor es una célula viva en medio de tantas cosas muertas, que aplauden los necrófilos, en una pasión de sangre y piedra. Ella inspira confianza en todo un continente, inspira fe en toda una raza y esperanzas en el futuro del hombre. Ante la obra de Torres García yo me siento cambiado en el color más puro, en la forma más sencilla […]. Ella es extraordinaria a fuerza de ser sencilla, de no buscar lo extraordinario sino lo simple, lo esencial, la primera palabra del ojo humano […]. Nos sentimos en medio de un mundo nuevo, de una constelación aparecida de pronto en nuestros cielos para enriquecer las miradas de la tierra (Huidobro, 1944: 15).

En estas palabras se anida el sentimiento lírico de la reinvención de un mundo tantas veces nombrado desde la ficción civilizadora de Occidente. “La primera palabra del ojo humano”, escribe el poeta, es el resultado de la comparecencia ante la asombrosa posibilidad de transformar el lugar asignado por ellos, en el lugar sentido por nosotros. Reinvención agonística del conflicto que nos atraviesa como deseo de alteridad y como vocación de alternativa que se desplaza, poco a poco, de la palabra del poeta a la mirada del científico social.

Como Huidobro, nosotros también nos sentimos cambiados por la imagen-discurso de Joaquín Torres García; sentimos un gesto vivo, un dibujo animado en medio de los saberes cansados, “una célula viva en medio de tantas cosas muertas”. Entonces, el sur de la América invertida  es también una trinchera de ideas, que en palabras de Martí, “valen más que trincheras de piedra” (1995: 43). Las ciencias sociales son trincheras de ideas porque “no hay proa que taje una nube de ideas” (43).

En consecuencia, una manera de aproximarnos a la reconfiguración de las ciencias sociales en América Latina y el Caribe exige reconocer esta nube de ideas que se emplazan y se desplazan por la América invertida. La necesidad de comprender el lugar desde el cual advertimos las aperturas y las transformaciones de nuestros discursos, exige un posicionamiento en el sur, ora como imagen poética que deriva de los lenguajes del arte, ora como palabra metafórica que deviene de las búsquedas epistemológicas, ora como consigna política que alienta las luchas de los movimientos sociales. Desde esta perspectiva, habrá que persistir en la difícil tarea de profundizar el proceso de resignificación de las ciencias sociales sin perder de vista la posibilidad de coligar este proceso con la metaforización del sur, pues éste abriga en su entramado discursivo los sentidos de un continente que no esconde su clamor por darse otro lugar, navegar de otro modo, asumir el histórico desafío de reinvención y de inversión, como si se tratara de una emergencia ineludible, un desafío inaplazable, una consigna irrevocable. ¿Qué significa pensar en las ciencias sociales navegando hacia el sur?

Situados en el sur, aparece en la bitácora de las ciencias sociales, la necesidad de pensar el lugar de esta resignificación, el modo como se desplaza en el presente histórico una doble exhortación: abrir y reestructurar las ciencias sociales (Wallerstein, 2006).

¿Puede afirmarse que las trayectorias de resignificación de las ciencias sociales han respondido a las demandas epistémicas, éticas y políticas inherentes a las profundas transformaciones del presente histórico? ¿Son las formas de resignificación de las ciencias sociales coherentes con las nuevas geografías del sur? ¿Son las estrategias de resignificación maneras de responder al tipo de ciencias sociales que hoy deseamos?

Estas inquietudes pretenden definir una ruta para la conversación, delinear el trazado simple de una acometida que busca no sólo cuestionar si el camino recorrido en la última década reúne los múltiples intereses emancipadores del sur en términos de ciencias sociales, pues también intenta esbozar un camino por recorrer: las ciencias sociales navegando hacia el sur.

Entre una multiplicidad de coordenadas que hemos logrado identificar para llevar a cabo esta deriva de las ciencias sociales, el giro ambiental de nuestra cultura es el que más transformaciones epistémicas y desplazamientos discursivos le está exigiendo a nuestras comprensiones de lo social en el presente histórico. Una disposición epistémica diferente y una práctica discursiva abierta al diálogo de saberes que bajo esta coordenada se han venido posicionando, conducen a las ciencias sociales a desbordar los límites del contrato social y comparecer ante la necesidad de un contrato natural. Navegando hacia el sur no es posible comprender lo social escindido de la naturaleza.

ARRIBANDO AL CONTRATO NATURAL

De la escritura de un marinero que estudió filosofía, brota un pensamiento que naufraga entre quienes sentimos la fuerza del giro ambiental de nuestro tiempo. En el ocaso del siglo de la barbarie, Michel Serres, un joven poeta que había navegado los mares del norte, se adentraba en las profundidades del pensamiento filosófico. Tenía tan sólo veinticinco años cuando compartió las tareas de la vida en altamar con las ideas que narran este mundo en inmanencia. Su escritura estaría condenada a una doble condición: de un lado el marinero que desea tierra firme, y, de otro, el filósofo que anhela hacerse a la mar.

Michel Serres, hombre estremecido por la guerra, abatido y horrorizado por lo que sus ojos percibieron cuando las ciudades de Occidente eran tan sólo las ruinas de la Segunda Guerra Mundial, encontró en el mar un paisaje para sobrevivir a su tiempo. En la vejez comprendió el giro determinante de su vida y lo hizo público en una entrevista que concedió al diario La Nación de Argentina el 2 de marzo del 2005: “Entre el amor por el mar y la reflexión sobre la violencia, la necesidad de hallar respuestas éticas decidió mi destino final”.

Los miedos de un hombre en altamar cedieron ante el horror de un hombre en la trinchera. El desafío poético de un marinero se vio repentinamente interpelado por el desafío ético de un filósofo ante las manifestaciones de la violencia, y a medida que recorrimos su obra, comprendimos la profundidad de un filósofo navegante y la vitalidad de un marinero pensante. A la manera de un antiguo héroe, Michel Serres fue narrando su propia odisea. ¿En qué puerto desembarcaría el marinero? ¿En qué mar naufragaría el pensador? Hubo quien definió su obra como una poética del saber, una intersección entre ciencia y poesía que sólo alcanza quien siente en el misterioso mar, el torrente vital de su pensamiento. Hay quienes hoy sentimos que su obra es también una poética de la tierra que nace en el encuentro entre el cielo y el mar, entre el filósofo que aún se asombra ante la bóveda celeste, y el marinero que siente temor ante la inmensidad azul que, acuosa, conserva el enigma bajo sus pies.

Serres comprendió que para la vida de un marinero, el pacto social, el contrato entre voluntades, depende de la naturaleza. Cualquier ruptura o transgresión de éste condena el navío al naufragio y conduce a sus tripulantes a una muerte inevitable.

Entre la vida ordinaria en tierra y el paraíso o el infierno en el mar existe la diferencia de la posible retirada: a bordo nunca cesa la existencia social y nadie puede retirarse a su tienda privada […]. No existe escapatoria donde retirarse en un barco, donde el colectivo se cierra tras la definición estricta dibujada por las cuerdas de la barandilla: fuera del cordón, el ahogamiento (Serres, 2004: 71-72).

En la figura del navegante, la totalidad de lo social se ve condicionada por el límite infranqueable del mar. Se trata metafóricamente de un contrato social subsumido por un contrato natural, y el único saber que puede garantizar la vida de todos se fusiona con un saber en torno al mar, único paisaje disponible.

Las reflexiones que Serres hiciera de los marineros en alta mar, alentaron el destino metafórico del giro ambiental de nuestra cultura. Sin embargo, otra pregunta se fraguó en su pensamiento y desató la ira de los defensores de la escisión del viajero occidental que ha olvidado la naturaleza que habita: “¿El extraño y tímido resplandor del alba va a herirse con nuestras brutalidades?” (Serres, 2004: 45). Serres se preguntó si las acciones humanas podrían lastimar el crepúsculo matutino.

¿Puede nuestra cultura oscurecer el alba, enturbiar la aurora, opacar la salida del sol? El marinero reconoce que nada sabemos del acontecer humano sin tener en consideración la naturaleza que habitamos. En la línea del horizonte el sol constata la brutalidad de un amanecer después de una noche de guerra. El color rojo del alba, producto de la dispersión de la luz en la atmósfera, parece más bien el reflejo de la sangre derramada que recorre los campos desolados de la barbarie de una época.

¿Cuántas veces saludamos la aurora mientras despedimos con dolor los cadáveres de los muertos en combate? Michel Serres comprendió esta horrible paradoja y nos ofreció una inquietud ineludible: “¿Cómo paisajes divinos, la montaña santa y el mar de la sonrisa innombrable de los dioses, han podido transformarse en campos de aguas residuales o receptáculos abominables de cadáveres?” (2004: 45-46).

El marinero ha desembarcado en tierra firme; el mar queda a sus espaldas, el náufrago ahora vaga por desoladores paisajes que a su paso va dejando la realización histórica de la civilización occidental. En su divagar siente la necesidad de pensar una nueva humanidad, capaz (por el mínimo de condición humana que jamás podrán arrebatarnos) de enfrentarse al movimiento de la infamia que atraviesa este tiempo, y pese al olvido, deja huellas sobre la naturaleza.

Al abrigo de esta consideración, James Hillman describió con extraordinaria lucidez los efectos de la guerra sobre la Tierra. Al evocar un pasaje de la obra de Susan Griffin (1992), Hillman recrea los modos como el acontecer bélico transforma la Tierra: “Susan Griffin se imagina la Tierra como una mujer violada cuyo gran cuerpo telúrico se estira a lo largo de las trincheras, chupando hacia sí la vida de los hombres y los animales que forcejean sobre el lodo en su misión asesina” (Hillman, 2010: 59); es como si en los paisajes de la guerra, la Tierra se transformara en un cuerpo herido extendido en el horizonte. En esta misma construcción metafórica, el trazo pictórico del maestro Alejandro Obregón descubre en Violencia las huellas telúricas del modo de habitar como acto de matar.

Sin embargo, Serres diferencia entre dos tipos de guerras: las subjetivas y las objetivas. A las primeras las sitúa en el clásico enunciado hobbesiano del “todos contra todos” (son las guerras inherentes a las fisuras del contrato social); a las segundas las nombra bajo el sutil deslizamiento semántico del “todos contra todo” (son las guerras que declaramos contra la naturaleza, contra la totalidad del mundo habitado). En el horizonte de un contrato natural, lo que tendría que llegar a su final son las guerras objetivas, las guerras del todos contra todo. En este punto se revela un límite y una reducción de las ciencias sociales, destinadas a pensar lo social escindido de la naturaleza.

El inevitable testimonio de la historia reciente, la conflagración de la comunidad (Nancy, 2001), abre sus posibilidades en el contrato natural planteado por Serres. Pensar la comunidad que somos implica reconocer la Tierra que habitamos; en la comunidad emerge la trama de la vida.

Para Serres, una transformación en la relación con la Tierra y con los otros, potencia el reconocimiento de una nueva era, una nueva humanidad. ¿No es acaso esto a lo que nos enfrentamos desde las ciencias sociales, a este reconocimiento, a esta nueva condición de la comunidad en el contrato natural? Empero, las sospechas de una nueva era emergen en el instante en que se anuncia su posibilidad: ¿podemos reconocer en el ámbito de las ciencias sociales, que en Occidente han participado de esta escisión y son herederas del dualismo hombre/naturaleza, a la Tierra que se nombra en el contrato natural? O, por el contrario, ¿tenemos la necesidad de superar este modo de comprender lo social y arrojarnos a saberes en los cuales la escisión no sea el punto de partida? ¿Es acaso esta difícil situación el llamado que desde el sur anuncia el desembarco en los saberes de Abya-Yala?

Para pensar otra humanidad, es necesario comprender lo social en reconciliación con la naturaleza, en relación con la Tierra, en alteridad con el mundo de la vida. Si esta exhortación resonara en el borde de las ciencias sociales, tendríamos que comparecer ante la nostalgia de Serres cuando, en su ensayo sobre el habitar, asumía el derecho natural de saberse y sentirse parte del lugar que lo había impregnado:

La tierra, bajo mis pies, sube por en medio de mis pantorrillas, por un enraizamiento poderoso, y el agua de mi río hasta el cuello, hundimiento definitivo de mi genoma. ¿Puede alguna vez olvidar uno el ruido sedoso de las formidables crecientes que de repente llenaban todo el lecho mayor, entre las líneas de esas colinas que llevan precisamente nuestros nombres? (2011: 2).

Serres recurre al asombro ante la naturaleza para renombrarla, y desde allí se pregunta si vivimos dentro de los muros de nuestras ciudades o bajo la bóveda de las constelaciones. En 1990, año en que se publica El contrato natural, las preocupaciones ambientales que se discutían en las cumbres internacionales permanecían fieles a las conclusiones y recomendaciones del Informe Brundtland que apareció bajo el título Nuestro futuro común  (Comisión Mundial del Medio Ambiente y del Desarrollo, 1988). La imagen de futuro que se desprende de la consigna de este Informe no puede desconocer la memoria reciente que pone al desnudo la marca que esta humanidad ha impreso sobre la superficie de la Tierra; impronta de conquistadores y dominadores, “el sucio sello de su ocupación y de su apropiación” (Serres, 2004: 60).

¿Podemos persistir en la comprensión de lo social sin tener en cuenta la condición ambiental? En el eco que tuvo el Informe Brundtland en las ciencias sociales, la naturaleza seguiría siendo nombrada como recurso disponible, y en su intersección aparecería el hombre, el medio ambiente y el desarrollo, es decir, una saga de imperativos heredados del pensamiento occidental.

El escenario para llevar a cabo la colonización del mundo de la vida desde saberes sociales escindidos (donde Occidente estaría a la vanguardia), daría forma a otro modo de violencia epistémica: el desprecio del lugar habitado. Una vez definidos los objetivos comunes del Informe Brundtland, las ciencias sociales se afirmarían en el discurso ambiental pero sin la capacidad de agenciar las transformaciones culturales que este giro exigía.

En la última década del siglo XX, las ciencias sociales terminarían por adecuarse a las exigencias, no del giro ambiental, sino del desarrollo sostenible. La escisión cultura/naturaleza permanecería intacta, y el olvido de la naturaleza seguiría siendo la impronta de los saberes occidentales. De nuevo, la sacralización del desarrollo y la profundización de la noción de progreso establecerían una bitácora para las ciencias sociales. En sus bordes se silenciaría la lengua de la Tierra, esa extraña voz que nunca estaría ausente en las civilizaciones del Abya-Yala, en las culturas del estar, que se comprenden en una relación de inmanencia con la naturaleza habitada.

La Tierra habla, pero su lengua no resuena en las apretadas agendas de las cumbres internacionales sobre medio ambiente, ni en la producción discursiva de las ciencias sociales. Cuando la Tierra habla, lo hace en otra clave: “En efecto, la Tierra nos habla en términos de fuerzas, de lazos y de interacciones, y eso es suficiente para hacer un contrato. Así pues, cada uno de los miembros en simbiosis debe al otro, de derecho, la vida, so pena de muerte” (Serres, 2004: 71).

En esta misma perspectiva, José Luis Pardo (1991) se pregunta por la lengua de la Tierra. Para el filósofo español, una lengua se forma por la fuerza del tiempo y por la fuerza de sus tiempos. Sin embargo, Pardo sostiene que esta singularidad en la formación de una lengua, torna intraducible el idioma de la Tierra para una historia que ha tenido otros tiempos y otras fuerzas:

¿No podría ser concebible que, del mismo modo que ha sucedido con la lengua humana histórica, la Tierra misma se hubiese formado un lenguaje, a través de su propia historia, marcada por los acontecimientos y las fuerzas cruciales de sus tiempos que han contribuido a conformar sus reglas geo-dinámicas y geo-mecánicas, una especie de relato-código de las formas de los primeros tiempos y que yace ante nosotros en forma de paisaje? (1991: 33-34).

Las ciencias sociales carecen de paisaje, la naturaleza olvidada parece no tener lugar en la aventura occidental en torno a lo social. El seductor de Magritte que hemos anunciando para las ciencias sociales, se ve suspendido por la escisión originaria de la civilización occidental que ha hecho sobrevivir perspectivas comprensivas y explicativas del acontecer humano, sin tener en consideración los tiempos de la naturaleza en la que estos acontecimientos llegan a ser.

En la constitución de un contrato natural al que Serres asigna “el punto de vista del mundo en su totalidad” (2004: 81-82), es posible considerar el conjunto de lazos y de relaciones que unifica la Tierra y reconcilia al hombre con la naturaleza. En el ámbito de esta reconciliación, la tarea inaplazable de las ciencias sociales es alentar la transgresión de un imaginario que ha escindido el saber en torno a lo social de la naturaleza habitada. Dispuestas tan sólo en el universo del contrato social, las ciencias sociales reproducían de otro modo el castigo mítico de Tántalo: “Convertido en filósofo de la naturaleza y por haber demostrado que el sol ardía, Tántalo fue condenado a ser expuesto bajo su esplendor para padecer hasta la parálisis el efecto de su quemadura” (Serres, 2004: 124).

Para deshacerse de la condena de Tántalo, Michel Serres tomó el rumbo del contrato natural basado en una poética de la Tierra, y en una resignificación del derecho natural. Al igual que Augusto Ángel Maya (2003), el filósofo francés sentía que la crisis ambiental era la expresión de una conflicto civilizatorio que involucraba el tiempo, la memoria y el lenguaje con el que nombrábamos a la Tierra.

En el fondo de esta crisis se alojaba un fatal olvido: el del mundo de las cosas mismas. Era como un marginamiento fenomenológico, pues del mundo de la vida, de la naturaleza en su exuberancia pletórica, nada hablaba a la comprensión de lo social; la experiencia de la reducción hallaba su cima en el pensamiento occidental. “La naturaleza se reduce a la naturaleza humana que se reduce, bien a la historia, bien a la razón. El mundo ha desaparecido. El derecho natural moderno se distingue del clásico por esa anulación. A los hombres suficientes les queda su historia y su razón” (Serres, 2004: 64). Como civilización persistimos en la escena pintada por Goya en Duelo a garrotazos (figura 5).

En el fondo de la crisis no se anida sólo una preocupación por un contrato social que ponga fin a la guerra entre los duelistas de Goya. Para Serres, se trata de poner en evidencia la necesidad de un contrato natural para rehacer el pacto con la naturaleza y reconocer que a medida que avanza el combate entre los duelistas, éstos se van hundiendo poco a poco en las arenas movedizas que han ignorado.

En la actualidad: ¿no estamos olvidando el mundo de las cosas mismas, las arenas movedizas, el agua, el barro, las cañas de la ciénaga? ¿En qué arenas movedizas chapoteamos juntos, adversarios activos y mirones malsanos? ¿Y yo mismo que lo escribo, en la paz solitaria del alba? (Serres, 2004: 10).

La naturaleza irrumpe en la historia. Otrora local, hoy se manifiesta como un asunto global. “La Tierra, en su totalidad está en juego, pero también los hombres, en su conjunto” (Serres, 2004: 14). Esta tesis implica un desafío para las ciencias sociales y al mismo tiempo, para la representación cultural que Occidente tiene de la naturaleza y del hombre. En la práctica discursiva occidental, donde extrañamente se sigue traduciendo la Tierra en términos de recursos disponibles y se sigue reduciendo la naturaleza a mercancía intercambiable, Michel Serres advierte que el planeta se convirtió en el enemigo común de esta sociedad y quizá de sus saberes.

En otro tiempo el campesino y el marinero mantenían viva la memoria de la naturaleza, dependían del clima, de los ciclos de la Tierra, de la comprensión de un tiempo que escapa del dominio de la temporalidad humana. En otro tiempo se comprendía a su manera, aquella bella expresión del joven Marx:

Que el hombre vive de la naturaleza quiere decir que la naturaleza es su cuerpo, con el cual ha de mantenerse en proceso continuo para no morir. Que la vida física y espiritual del hombre está ligada con la naturaleza no tiene otro sentido que el de que la naturaleza está ligada consigo misma, pues el hombre es una parte de la naturaleza (Marx, 1993: 115).

Los hombres vivían inmersos en el tiempo exterior de las intemperies, pero esta nueva humanidad se alza vertiginosa y borra cualquier memoria, invierte la pertenencia a la tierra y gesta la propiedad sobre ésta. Un cambio brusco en nuestra manera de habitar nos arranca de la serenidad del campo y de las aguas, y nos arroja al convulsionado mundo de la ciudad. El olvido empieza su feroz tarea:

Viviendo únicamente en el interior, inmersos exclusivamente en el tiempo que pasa, nuestros contemporáneos, hacinados en las ciudades, no utilizan ni la pala ni el remo, y lo que es peor, nunca los vieron […]. Especies sucias, monos y automovilistas [continúa Serres] abandonan sus basuras, porque no habitan el espacio por el que pasan y, por tanto, no les importa ensuciarlo (Serres, 2004: 53).

En el afán por conquistar la naturaleza, el modelo de las ciencias modernas ha desatado una profunda crisis ambiental desconociendo las interacciones, los entrecruzamientos, las redes que constituyen las tramas de la vida en su conjunto.

La necesidad de cambiar de dirección, reconstruir el sentido del conjunto de las ciencias, abre una nueva dimensión para la comprensión de lo social. La encrucijada histórica que plantea Serres se convierte en un imperativo ético para los saberes que hoy buscan develar el sentido de lo que somos:

Es preciso, pues, cambiar de dirección y abandonar la orientación impuesta por los ideales de la sociedad moderna […] en razón de esas interacciones cruzadas, el dominio sólo dura un plazo corto y se transforma en servidumbre; de igual modo, la propiedad sigue siendo una empresa rápida o acaba en la destrucción […] esta es la encrucijada de la historia: o la muerte o la simbiosis (2004: 62).

¿Qué tipo de ciencias sociales requerimos para enfrentar esta encrucijada de la historia? ¿No es acaso necesario repensar el destino de nuestros discursos, los bordes de nuestros saberes, hasta modificar nuestras maneras de habitar y comprender lo social coligado a la Tierra? ¿Con qué tocan las ciencias sociales en el reencantamiento del mundo (Noguera, 2004) y en la obligación de cambiar de rumbo? ¿No es acaso en los saberes emergentes del sur donde este giro ambiental acontece en la forma de un contrato natural?

El filósofo cede por un momento su palabra al marinero y encuentra en una metáfora la más adecuada descripción del presente:

Por supuesto podemos frenar los procesos ya iniciados, legislar para consumir menos combustibles fósiles, repoblar en masa los bosques devastados. Todas ellas excelentes iniciativas, pero que se reducen, en su conjunto, a la figura del navío que circula a veinticinco nudos hacia un obstáculo rocoso en el que irremediablemente se estrellará y sobre cuya pasarela el oficial de guardia ordena a la máquina reducir un décimo la velocidad sin cambiar el rumbo (Serres, 2004: 56-57).

Es como si el oficial de guardia, en la proa, recibiera instrucciones de la cumbre de Naciones Unidas sobre medio ambiente y desarrollo, los marineros escucharan atentamente y redujeran la velocidad del navío, y todos respiraran aliviados, pues el colapso tomará unos cuantos minutos más en la historia universal.

Reconocer la urgencia del giro ambiental como un nuevo escenario para las ciencias sociales, desemboca en la necesidad de pensar en un contrato natural, en un retorno poético de lo social a la naturaleza:

Añadir al contrato exclusivamente social el establecimiento de un contrato natural de simbiosis y de reciprocidad, en el que nuestra relación con las cosas abandonaría dominio y posesión por la escucha admirativa, la reciprocidad, la contemplación y el respeto, en el que el conocimiento ya no supondría la propiedad, ni la acción el dominio (Serres, 2004: 69, cursivas nuestras).

En esta misma tonalidad, el lugar de las ciencias sociales tendría que desplazarse hacia aquellos saberes en los que esta escucha admirativa ha sido una impronta constitutiva de sus modos de comprender la cultura y la naturaleza. En sus bordes, las ciencias sociales derivarían hacia el encuentro con el sur, esa imagen-palabra en la que se entretejen maneras de habitar, conocer y sentir la naturaleza que somos.

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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