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Ciencias sociales y modernización: tejidos entre el saber, la subjetividad y la política*

Ciências sociais e modernização: tecidos entre o saber, a subjetividade e a política

Social sciences and modernization: knowledge, subjectivity and politics weaves

Carlos Eduardo Valderrama H.** y Vladimir Olaya***

 

* Este artículo es producto del proceso de formulación de un programa de posgrado del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad Central.

** Sociólogo, Magíster en Sociología y Magíster en Sociedad de la Información y el Conocimiento. Director del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad Central, Bogotá (Colombia). E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

*** Licenciado en Lingüística y Literatura, Magíster en Educación y estudiante del Doctorado en Educación de la Universidad Pedagógica Nacional (UPN). Docente del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad Central, Bogotá (Colombia). E-mail: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

Resumen

El artículo aborda la relación entre producción de conocimiento para la modernización del país y producción de sujetospara esa modernización en el siglo XX en Colombia. Para ello, analiza políticas públicas y planes de desarrollodel periodo que va de la República Liberal a la década de los años sesenta, y los vincula con la producción de saberantropológico y sociológico. Se concluye con la apuesta por la reconfiguración de la relación entre teoría, realidady sujeto desde las ciencias sociales.

Palabras clave: ciencias sociales, producción de conocimientos, modernización, subjetividad, siglo XX, Colombia.

Resumo

O artigo aborda a relação entre produção de conhecimento para a modernização do país e produção de sujeitos paraessa modernização no século XX na Colômbia. Para isso, analisa as políticas públicas e os planos de desenvolvimentodo período que vão da República Liberal até a década dos anos sessenta, e os vincula com a produção de saberantropológico e sociológico. Conclui-se com a aposta pela reconfiguração da relação entre teoria, realidade e sujeitodesde as ciências sociais.

Palavras-chave: ciências sociais, produção de conhecimentos, modernização, subjetividade, século XX, Colômbia.

Abstract

The article tackles the relationship between producing knowledge for modernization and producing individuals forsuch a modernization in the 20th century in Colombia. It analyses the public policies and plans of development fromthe period of the República Liberal to the 60s, and relate them to the production of anthropological and sociologicalknowledge. Consequently, a reshaping of the relationship between theory, reality and individuals in social sciencesshould be considered.

Key words: Social sciences, knowledge production, modernization, subjectivity, 20th century, Colombia.

 

Seguramente resulta un lugar común afirmar que el conocimiento es histórico, pero no está por demás señalar que su historicidad no se refiere únicamente a que su producción obedece a los imperativos de una sociedad en espacios y tiempos concretos, a circunstancias situadas de su producción, sino que ésta se define porque su legitimidad y su validación obedecen también a las complejas relaciones de poder dentro del marco de proyectos políticos de más o menos larga duración. En este sentido, la producción de verdad no es, entonces, aséptica, sino que es inherentemente ética y política y, así, epistemología, ética y política se anudan inexorablemente.

Para el caso colombiano, la literatura sobre la institucionalización de las ciencias sociales ha asociado este tipo de producción con el proyecto político de construcción de la modernidad y, por supuesto, con el proceso de modernización de todo el aparato productivo1. Sin embargo, vale la pena abordar algunas otras preguntas que atraviesan el anudamiento mencionado, por lo cual, en este artículo pretendemos aportar a esta comprensión acercándonos a la relación entre la producción de conocimiento para la modernización del país2 y la producción de sujetos para esa modernización.

DE LA REPÚBLICA LIBERA L AL CÓDIGO FUENTE DE LA MODERNIDAD

Según dice la “nueva historia”, al iniciarse la década de los años treinta del siglo pasado, el nuevo gobierno liberal que había seguido a una hegemonía conservadora de más de cuatro décadas, se vio abocado no sólo a conjurar la crisis de la depresión económica de 1929, sino a asumir el costo de unas reformas que por oposición de la Iglesia y sectores retardatarios no se habían llevado a cabo y que ponían como condición de la transformación del país y la superación del atraso económico, el cambio en el sistema educativo (Jaramillo, 1989). Así, con el gobierno del presidente Olaya Herrera y posteriormente con los gobiernos de López Pumarejo y Eduardo Santos, se iniciaron reformas que intentaron incidir en todos los niveles educativos y en varias franjas de la población. Se continuó, entonces, con la reforma del Ministerio de Educación (MEN), se intervino prácticamente la totalidad del sistema educativo a través de la reforma de 1932, se reestructuró la Universidad Nacional, se creó la Escuela Normal Superior, el Instituto de Psicología Experimental (1937), el Servicio Arqueológico Nacional (1931), el Instituto de Altos Estudios (1940), el Instituto Etnológico Nacional (1941) y el Instituto Caro y Cuervo (1942) (Jaramillo, 2014) entre otras acciones que se adelantaron, con mayor o menor fortuna, durante este periodo conocido como la República Liberal.

Esta serie de intervenciones, que se desarrollaron en medio de una fuerte tensión entre los partidos tradicionales, en medio de una crisis económica y en un escenario internacional en el cual las grandes potencias comenzaron a presionar de manera abierta por el establecimiento de políticas de industrialización y modernización de los aparatos productivos, fueron abonando el terreno para que en la década de los años cincuenta se diera el impulso definitivo a la modernización del país y la correspondiente institucionalización de las ciencias sociales.

En efecto, siguiendo a Arturo Escobar (1986), los procesos de desarrollo y modernización propuestos desde los centros hegemónicos para América Latina estaban estrechamente relacionados con los procesos de industrialización dados después de la Segunda Guerra Mundial, con la extensión de una especie de “civilización” industrial que representaba un modo de pensar las construcciones políticas y sociales de los países del Tercer Mundo y con la edificación de espacios para el mercado. A la par, la producción de conocimiento fundamentó todos estos procesos en tanto sus intelectuales consideraron a América Latina

[…] como la materia prima que era necesario conocer y esculpir para que la diosa razón regara el continente con las virtudes del progreso. Se pensaba que estos pueblos y naciones estaban transitando la infancia de la historia y debían llegar […] a la condición de adultos: de su dispersión a la unidad cultural, de su arcaica indolencia al rigor de la modernización, del atraso económico a la conquista del desarrollo (Hopenhayn, 2005: 11).

En este contexto, fue casi natural que llegaran al país una serie de misiones conformadas por diferentes profesionales e intelectuales de múltiples disciplinas con el encargo de diagnosticar una suerte de condiciones y elaborar reformas en pro del desarrollo. Quizás, una de las más nombradas e importantes misiones fue la presidida por Lauchlin Currie y financiada por el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento.

Esta misión no sólo consolidó el diagnóstico general de la situación del país, produjo y sistematizó una significativa cantidad de información y esbozó no pocas políticas públicas, sino que trazó un modelo de conocimiento y un modelo de sujeto. Currie (1951), en su Informe final, planteaba que el aumento de la productividad para conseguir el desarrollo se funda en el conocimiento de una serie de factores, los cuales deben ser posibles de asociar con dimensiones macroeconómicas de alto impacto. En dicha identificación y potenciación de tales elementos se encontraban las bases para el desarrollo productivo. Lo anterior es lo que funda el ejercicio de la planeación: la mirada caprichosa y particular para resolver los problemas es sustituida por una acción de largo plazo, con la cual se pretenden intervenir una serie de factores que generen efectos sobre las poblaciones y las estructuras socioeconómicas en el marco de la perspectiva del desarrollo. Es esta mirada la que dirige el diagnóstico, el análisis y la intervención.

De esta forma, podemos afirmar que la Misión Currie fue importante no sólo por el tipo de reformas que trajo al país, sino por la modalidad de razonamiento de la cual era depositaria y que, dicho sea de paso, se instaló en la nación gracias a que un buen número de intelectuales formados en otras partes del mundo circulaban en las aulas universitarias y no eran ajenos a este tipo de perspectivas analíticas.

En los párrafos que siguen, queremos retomar justamente la idea de planeación como una tecnología del modelo de desarrollo, y mostrar la manera como el conocimiento científico, a la par de su institucionalización, fue fundamentando dicha tecnología.

Frente a la importancia de esta forma de comprender la realidad, y las visiones de sujeto que devienen de ésta, es interesante revisar el modo en que es retomado el denominado Informe Currie para la política pública3. Así, por ejemplo, algunos de los proyectos presidenciales de modernización en la década de los años sesenta, a través de sus planes de desarrollo, empezaban a gestionar fuertes dinámicas de transformación de las estructuras económicas, políticas y sociales del país, desde una comprensión del mundo que se situaba por fuera de las tramas y prácticas intersubjetivas de los individuos e insistía en la relación entre materia prima, capacidades, inversión y productividad, declarada como fundamento único de los diversos sistemas de planeación.

Podemos decir que los planes de desarrollo formulados entre los años sesenta y setenta en Colombia, tenían como pretensión instaurar una serie de programas susceptibles de incorporar indicadores orientados a cumplir metas que identificaban el desarrollo como principal objetivo de acción del Estado y factor de progreso de la sociedad. Así, se inaugura una técnica que deviene del análisis de factores, de las relaciones entre éstos y de la posibilidad de su evaluación para el logro de determinados objetivos. Estamos, entonces, ante una política que suma al ejercicio ideológico rutas de acción desde una tecnología cognitiva, fundada en un saber: el económico.

En este contexto, desde los años cincuenta del siglo pasado se elaboraron una serie de documentos presididos por la lógica de la planeación, los cuales regirían los objetivos a corto, mediano y largo plazo de las políticas públicas. Para ello, fue clave el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento, responsable de orientar los parámetros, pues de su efectiva ejecución dependía el flujo financiero al Estado colombiano. Lo anterior nos pone frente a una relación, que si bien puede ser obvia, es necesario explicitar: proyecto económico- proyecto político-saber científico social. El conocimiento científico, convocado por la institucionalidad del Estado, serviría como eje argumentativo y legitimador de la política pública, al tiempo que posibilitaría el encuentro estrecho entre una realidad y la configuración de un proyecto económico. En otras palabras, el conocimiento de la realidad social pautaría la acción política (legitimándola como la más adecuada) y a su vez orientaría la intervención económica que apalancaría, simultáneamente, el proyecto político.

De acuerdo con lo anterior, para los años cincuenta y sesenta, la configuración de un sistema de planeación, en relación con un tipo de saber, se concretó aún más a través del ejercicio político de los planes de desarrollo, entendidos como una dinámica de racionalización científica que definía las fuentes y los focos de financiación. Así, la política pública se fundaría en miradas retrospectivas, analíticas, basadas en análisis demográficos, censos, etcétera, que permitirían el desarrollo de la política.

Tales articulaciones entre los diversos factores, como método de análisis, tienen como consecuencia la enunciación de juicios valorativos. Aun así, la lógica de análisis de Currie se propone como objetiva:

Es posible tratar el nivel de vida de un país desde puntos de vista diferentes. Uno muy básico, por ejemplo podría concentrarse en factores tales como la raza, la cultura, la historia; podría desarrollarse una teoría para explicar por qué un pueblo que habita tierras accidentas e inhóspitas, puede alcanzar un nivel de vida más alto que otro pueblo que ocupa tierras ricamente dotadas por la naturaleza. A pesar de que un estudio conducido en tal forma sería a la vez básico y fascinante, podría mezclarse con cuestiones de juicio personal y tornarse filosófico o meramente histórico. El método de análisis empleado aquí, será, por el contrario, pragmático. La preocupación se concentra solamente en cuestiones de naturaleza mucho más inmediata y práctica (Currie, 1951: 13).

Del anterior enunciado es posible inferir tres elementos. El acercamiento a las características culturales, raciales e históricas de una comunidad se comprende como construcciones subjetivas y valorativas. En este sentido, se entiende, por un lado, que disciplinas como la filosofía y la historia tienen una fuerte carga valorativa y no darían cuenta de la realidad vivida. Por otro, el conocimiento debería tener como objeto la intervención, en pro del mejoramiento de la situación, lo que se instituye como un deber ser y, por último, el saber debería ser inexorablemente pragmático, esto es, instrumentalizable.

LA PRODUCCIÓN DE SUJETOS

Las dinámicas de modernización se pueden entender como una serie de tecnologías que no sólo se centran en la transformación de los procesos productivos, económicos y políticos, como los contemplados en los planes de desarrollo, sino que se ocupan de la configuración de los sujetos. Con ello afirmamos que los procesos de modernización se entrelazan con la configuración de un sujeto que cambia sus modos de ser y pensar el mundo (Hopenhayn, 1998).

Esta dinámica de trasformación del sujeto y de los modos y estructuras del mundo económico y político se relacionan, como lo plantea Arturo Escobar,

[…] con una idea de desarrollo, que nos ha venido creando, constituyendo a través de diversas tecnologías políticas que incluyen conceptualizaciones, prácticas, políticas, planes y programas [que] nos han producido —al menos parcialmente pero siempre en formas importantes— como individuos, como clases, como hombres y mujeres, como grupos étnicos y, finalmente, como nación (Escobar, 1986: 12).

Zuleta (2011), en un análisis sobre la genealogía de las ciencias sociales en Colombia, y específicamente sobre la producción de conocimiento en torno de la Violencia, afirma que los estudios de los primeros años de la década de los sesenta

postula[n] al “pueblo” como objeto de conocimiento [y] para cambiar gradualmente sus rasgos “tradicionales” por unos “modernos” propone conocerlo primero y después intervenirlo para encauzarlo. Al suponer que el camino hacia el “desarrollo” demanda dotar a la “masa” con herramientas que le faculten en el futuro, adueñarse de su porvenir, le atribuye al objeto cualidades en germen de sujeto (99-100).

De acuerdo con lo anterior, es claro que discursos y análisis como los realizados desde la Misión Currie, además de propender por un tipo de racionalidad económica, constituyen un tipo de sujeto desde sus prácticas productivas. En este sentido, los diagnósticos realizados desde una racionalidad como la desplegada en estudios similares a los de Currie, superponen las dinámicas económicas a los territorios sociogeográficos y a las prácticas productivas de los habitantes de esos territorios, asumiendo entonces al sujeto prioritariamente como un instrumento para el desarrollo del espacio económico.

Esta misma lógica, signada por una visión política, en los términos que hemos planteado, es la que estructura la organización del Informe Currie (1951). Las categorías de análisis preestablecen unos modos de relación entre los sujetos y la producción en tanto determinan como factores que inciden en el nivel de vida aspectos tales como la productividad per cápita, los recursos naturales disponibles, el capital, la mano de obra, la organización, la posición económica internacional, etcétera, estableciendo así una correspondencia entre la posibilidad de ser de los sujetos y la obtención de productos por persona, y las necesidades y los niveles de consumo.

Una mirada trasversal a los diagnósticos de Currie nos presenta, por un lado, un análisis del territorio como fuente de materias primas y de bienes para el consumo, al tiempo que como espacio de actividades productivas. En últimas, ésta, la tierra, es una mercancía poseedora de unos costos de producción y con un precio en el mercado. En este sentido, tal conceptualización se presenta ligada a una postura económica que tiene en su mira el mercado como proyecto, y es esta posición la que posibilita la construcción del dato científico y de la oportunidad de intervención económica y política. Esta perspectiva es la que permite atar la salud y el bienestar de los sujetos con su capacidad productiva, en tanto factor de producción para el desarrollo del país.

Así, la conceptualización, en tanto mirada cognitiva, es la que permite formular un diagnóstico interrelacionado con un proyecto futuro, lo cual no es otra cosa que una apuesta ideológica en tanto plantea una forma de entender y propender por un tipo de ser humano y la configuración de sus relaciones. Desde esta figura, la ciencia social olvida preguntas en torno, por ejemplo, a por qué culturalmente los individuos se ubican en dichos espacios, cuáles son sus relaciones vitales con el territorio, qué les ha permitido configurar el tejido social y cuáles son las relaciones de poder que allí se instauran.

Es claro, entonces, que conocer ese sujeto es una labor de las nacientes ciencias sociales, y que facultar al sujeto del desarrollo, o intervenirlo, es brindarle una educación que no sólo le permita “ser un sujeto alfabetizado”, sino dejar de ser un sujeto “bárbaro”.

En esta misma perspectiva, encontramos análisis como los del sacerdote jesuita José Rafael Arboleda, quien afirmaba en 1959 (citado en Álvarez, 2013), que las ciencias sociales se preparaban para entrar en una nueva era de la cultura occidental a la par de la industrialización de la economía, y que para asumir este reto era necesario formar sociólogos y psicólogos en las universidades para que

[…] atendieran a la población no escolarizada en las regiones en donde estaban creándose las nuevas plantas de producción industrial, de manera que se transformaran las costumbres y las tradiciones culturales ancestrales, so pena de que se atravesaran en el camino del progreso. La nueva mano de obra que se requería en esta nueva era industrial debía estar preparada culturalmente para desempeñarse con eficiencia y productividad (132).

Desde esta lógica cognitiva, las ciencias sociales se convierten en un discurso marcado por la configuración de una racionalidad experimental y por la comprobación de que a partir de su enunciación, no sólo se consolida un tipo de sujeto, sino que se busca configurar un ecosistema significativo en torno a lo que son o deberían ser los sujetos del desarrollo.

Esta lógica de la mirada a los sujetos en sus relaciones con la producción es posible evidenciarla en la construcción de planes de desarrollo y la formulación de políticas públicas. Un ejemplo es el gobierno de Carlos Lleras Restrepo. En su Plan de Desarrollo se evidencia una fuerte incidencia de los estudios sociales en la configuración de su proyecto de modernización, específicamente en el modo en que se comprenden las comunidades indígenas. En el Plan de Desarrollo del presidente liberal, se enuncia cómo el saber con respecto a estas comunidades ha posibilitado la construcción de una serie de políticas públicas:

Los especialistas señalan una población aproximada de 280.000 indígenas, distribuidos en dos grandes grupos: Grupo Andino con 180.000 […]; el Grupo Silvícola y de llanuras compuesto de unas 50 tribus, primitivas y nómadas, habitan la costa, el oriente colombiano, la estepa guajira […].
Las observaciones y los estudios hechos coinciden en señalar los siguientes problemas generales: un nuevo tipo de conquista de la tierra de los indios; segregación social; dependencia económica y control político; tratamiento desigual; mantenimiento de la distancia social y aún la ambigua acción evangelizadora. Todo esto característico del colonialismo regional ya descrito (Lleras Restrepo, s/f, s/p).

Frente a este tipo de diagnóstico de las dinámicas de los grupos indígenas, se planteaban medidas políticas que, para el caso específico de los resguardos, tenían que ver especialmente con la construcción de procesos de formación e integración a la vida moderna. A su vez, se planteaba la necesidad de vincular especialistas para la investigación y orientación de la política, lo que sugería, según el mismo Plan, la necesaria “modificación de los programas de escuela primaria entre los indígenas hacia una educación más funcional y técnica” (Lleras Restrepo, s/f, s/p).

Ahora bien, la configuración de un sujeto para el desarrollo, modelado cognitivamente por las ciencias sociales e incrustado en la planeación, superaba la idea de la formación académica y técnica. Se entendió que el sujeto en tanto factor del desarrollo debería reconfigurar su vida íntima y sus relaciones sociales. La trasformación en los modos del cuidado del cuerpo, la alimentación, su sexualidad, al tiempo que la adopción de construcciones éticas valorativas sobre sí mismo y su entorno eran sustento indispensable para el desarrollo y el progreso.

En este marco, es interesante el Plan General de Desarrollo Económico y Social (1961-1970)4 de Alberto Lleras Camargo (s/f), quien además de realizar una mirada evaluativa a las comunidades a través de la productividad, llama la atención sobre la importancia de una serie de condiciones sociales como elementos estructurantes del modelo de desarrollo:

La acción del Estado debe preocuparse por asegurar un aumento de la productividad del país en términos de inversión, de técnica y de distribución de recursos, pero no puede concentrarse exclusivamente en estos problemas. Para que el desarrollo se estructure sobre bases sólidas y permanentes, es necesario abordar con particular energía el problema social […] (DAPST y CNPEP, s/f: s/p).

Por lo anterior, el mismo Plan propone:

En la preparación de este programa [alimentación] no se ha investigado en detalle la adecuación de la dieta para distintos grupos sociales y económicos. Sobre la base de la información conocida, puede estimarse que las deficiencias más agudas se registran entre los campesinos y los niños en edad escolar. Entre los campesinos, se produce un fenómeno de desnutrición debido al desequilibrio en la alimentación, con bajo contenido de proteínas. Este problema podría vincularse a la falta de conocimientos y a las deficiencias técnicas de los pequeños agricultores para diversificar la producción, pero, por otra parte, hay varios factores limitantes, como la insuficiencia de la tierra. […] El desarrollo agropecuario programado ha de contribuir sin duda a reducir el problema de la alimentación, pero su solución integral depende del progreso en los campos educativo, económico y social (DAPST y CNPEP, s/f: s/p).

Es claro que para producir ese sujeto había que seguir adecuando las instituciones y, obviamente, una de éstas era la escuela. No sólo se siguieron orientaciones internacionales (Plan Atcon), y se crearon establecimientos de formación especializada (técnica) como el Servicio Nacional de Aprendizaje (SENA), los institutos nacionales de educación media (INEM), Acción Cultural Popular (ACPO), los institutos técnicos agrícolas (ITA), etcétera, sino que se trabajó en el modelamiento de las subjetividades para que respondieran a ese proyecto modernizador, desarrollando un determinado tipo de ética: la orientada hacia el trabajo y la productividad.

EL SUJETO PRODUCTOR DE CONOCIMIENTOS

No obstante, como queda claro con lo dicho más arriba, hay que formar, a su vez, otro tipo de sujeto: el productor de conocimiento. Entonces, se complementa la institucionalización de las ciencias sociales con la creación de los programas universitarios. Señala Alejandro Álvarez (2013) en un reciente libro sobre la genealogía de las ciencias sociales en Colombia:

[…] había que enfrentar el nuevo orden mundial constituido en la posguerra y en particular la legitimidad que cada vez más adquiría el comunismo. La estructura agraria fue una de las prioridades, así como la institucionalidad estatal y, en general, la función pública. Para ello se hizo importante la formación de científicos sociales capaces de tener una mirada internacional de los problemas, objetiva, basada en datos que fueran comparables y que ayudaran a la toma de decisiones (131).

Varios son los trabajos5 que han mostrado en extenso el papel de las ciencias sociales, especialmente el de la sociología, la economía y la antropología en el proceso modernizador de los años sesenta y setenta especialmente. La teleología política y económica del desarrollo y el progreso se acompañó de un doble movimiento: la asimilación del paradigma científicotecnológico y la institucionalización de las ciencias sociales. La primera supuso la lucha por el tránsito de la condición precientífica al estado científico: la lucha de la episteme frente a la doxa, la distinción clara y distinta de la verdad frente al error, la asimilación y apropiación de los sistemas teóricos y la adopción del método científico. Todo ello frente a unos saberes y pensamientos sociales que despectivamente fueron nombrados como proto (protoantropológicos, protosociológicos, protocientíficos), así como en contra de los saberes tradicionales no occidentales.

El segundo movimiento implicó la creación de un campo de actuación (en el Estado y con éste) y la formación del sujeto científico (la academia). De esta manera, el desarrollo y el progreso, en tanto objetos, articularon las prácticas y la institucionalización (fundamental e inequívocamente disciplinar) de las ciencias sociales en Colombia, al igual que en el continente. Cuando hablamos de prácticas no sólo nos referimos a los ejercicios profesionales de los científicos sociales, sino, y en especial, para nuestro caso, a las prácticas de producción de conocimiento en las ciencias sociales.

En Colombia, si bien ya se habían venido haciendo esfuerzos de mucho tiempo atrás por, llamémoslo así, “modernizar el pensamiento social”, es hacia finales de la década de los años cincuenta y prácticamente toda la de los sesenta, cuando se institucionalizan las ciencias sociales y se adopta el paradigma científico para el conocimiento de los problemas nacionales, pero también para la adecuación cultural de toda una sociedad al proyecto modernizador de la época.

La ciencia social, en este marco, es un discurso que impone una serie de prácticas, un modo de entenderse el investigador, como una manera de narrar la realidad. Esta lógica es posible evidenciarla en algunos de los postulados planteados en los programas de formación universitaria y profesional del país, que además están ligados con la serie de redes académicas y políticas en las cuales los centros de formación y las nacientes facultades de ciencias sociales estaban inmersas.

Es importante señalar que los profesores de las novísimas facultades de ciencias sociales, que se habían formado en la Escuela Normal Superior (ENS), se encontraron con unas ideas de enseñanza y ciencia muy apegadas al método positivo. La anterior afirmación tiene su sustento en las opiniones que de los procesos de formación tiene Francisco Socarrás —rector de la ENS—, expresadas en una entrevista realizada por Javier Ocampo López:

Debía estar formado —el docente— en los métodos científicos de su área de investigación y, a la vez, en los mejores métodos de enseñanza, los cuales se realizarían por los caminos de los métodos científicos propios para cada una de las ciencias. Si la educación lleva a la formación integral del educando, ella es posible sólo a través de los métodos de investigación que llevan al descubrimiento y a la creación […]. La Escuela Normal Superior consagró una filosofía enraizada en la investigación científica. Un profesor no puede formar nuevas generaciones, si no está investigando en una ciencia determinada; así mismo, no se concibe ninguna especialización sin los institutos de alta investigación científica anexos, entre ellos el Instituto Etnológico Nacional (Ocampo, citado en Jaramillo, 2014: 15).

La enseñanza articulaba, desde la opinión de Socarrás, la investigación científica con los procesos de formación para los futuros docentes. Así, la enseñanza seguía los mismos pasos que el desarrollo de la investigación científica. En este orden de ideas, el trabajo didáctico y la reflexión pedagógica se subsumían a la visión científica de la época. Sumado a ello, se comprendía al docente como un intelectual e investigador que fundaba sus prácticas en su trabajo científico.

De acuerdo con Jaramillo (2014), el ejercicio investigativo y los procesos de formación por los que se guiaba la ENS, se caracterizaban por una inflexible actividad de aprehensión de técnicas de registro, sistematización y análisis, entre otros aspectos, dirigidos a la edificación de una base empírica sobre los fenómenos sociales. Adicionalmente, la institución educativa tenía como propósito la formación de nuevas profesiones en acuerdo con los procesos de modernización, urbanización y conocimiento de los rasgos del territorio y la población.

Esta lógica permaneció y permitió la construcción de una forma de comprender la enseñanza y el aprendizaje en los profesionales de las ciencias sociales. Por lo anterior, queremos detenernos inicialmente en dos disciplinas que incidieron significativamente en este proceso modernizador: la antropología y la sociología. En relación con la primera, sus estudiantes, para la década de los sesenta, recibieron la influencia de diferentes discursos y modos de estudio de las sociedades. En este sentido, Jaramillo indica:

Los estudiantes del Instituto pudieron recibir en su proceso de socialización tanto la influencia de un internacionalmente reconocido “americanista” como Rivet, como también, dentro del proceso de sincretismo activo que caracterizó a la ENS, registraron la impronta pedagógica de Hernández de Alba, quien fue luego director del Instituto del Cauca, donde desarrolló una actividad muy ligada a las reivindicaciones indígenas en esta región (Jaramillo, 2014: 23).

No obstante, la mirada sobre las comunidades indígenas en estos años fue altamente influida sobre todo por Rivet, para quien, desde el Instituto Etnológico Nacional, perteneciente a la ENS, en el que ya se formaban antropólogos, el fin de dicha disciplina etnológica era

Determinar los caracteres físicos y biológicos de las distintas razas o poblaciones, desde su origen más lejano hasta nuestros días, su filiación y migraciones, seguir el desarrollo de las civilizaciones, precisar sus distintas características en el trascurso (Rivet, 1942, citado en Jaramillo, 2014: 23-24).

Esta mirada a las comunidades indígenas, elemento y objeto de estudio de la etnología y la antropología en los años sesenta, aunque fue cuestionada por corrientes de estudio que intentaban adentrarse en la misma vida de las comunidades y que se proponían preguntar por las formas culturales, las prácticas sociales, en razón, en muchos de los casos, de que algunas de estas comunidades estaban desapareciendo, no dejó de estar ligada a las políticas desarrollistas que participaban de la tecnología de la planeación y la ejecución del desarrollo social. De ello es ejemplo el Departamento de Antropología de la Universidad de los Andes, el cual fue creado en el periodo de las políticas desarrollistas tendidas por el Frente Nacional y, aunque en medio de tensiones y discusiones en torno a la tarea social y las formas y objetivos de la investigación antropológica, terminó proponiendo el perfil de los egresados coligado al rol de dirigentes y al establecimiento de una élite técnica y científica, lo que devela una importante articulación entre los proyectos políticos, los procesos de formación y la estructuración de los objetos de saber.

Desde esta perspectiva, comprendemos que los procesos de formación de un sujeto investigador, constructor de conocimiento, se ve tensionada, por un lado, por las maneras en que se constituyen los procesos de inteligibilidad de la disciplina y el campo en el cual está inscrita, en este caso particular por los discursos que circulaban en torno a la forma de comprender las realidades sociales, y por otro, por lo que el campo institucional, los lugares para el desarrollo de la profesión, delimitan como espacio de actuación. Así, podemos decir que si bien se presentaron discusiones alrededor de la manera de abordar las comunidades y los fenómenos sociales en los procesos de formación, la inteligibilidad dada por el registro, por el método, se convertía en el elemento necesario para un proyecto de desarrollo que solicitaba argumentos que dieran legitimidad a la política pública. En acuerdo con ello, en los procesos de formación dados en la época, el investigador se convertía en aquel que conocía los instrumentos para describir y prescribir las formas de incidencia, y menos en un sujeto constructor de compresiones que dieran cuenta del acontecer de las dinámicas complejas y cambiantes de la vida social.

Lo anterior no quiere decir, de ningún modo, que no hubiesen tensiones y resignificaciones, sino que la discursividad construida desde el campo académico y la discursividad política e institucional componían ámbitos de socialización que presionaban las formas de verse y de comprenderse de los sujetos investigadores en el campo de las ciencias sociales.

Los estudios sociológicos tampoco escaparon a la lógica de la modernización. Algunos de los documentos que nos dan muestra de ello se encuentran en las memorias del Primer Congreso de Sociología celebrado en Bogotá, en marzo de 1963. Este Congreso es de vital importancia, en tanto es la muestra de la escuela sociológica que guiaba las directrices del ejercicio profesional, así como su enseñanza. Dicho Congreso no sólo reunía a importantes profesionales del país, sino que era evidencia de los trabajos de la Asociación Colombiana de Sociología, espacio en el cual se reunían intelectuales e instituciones universitarias y estamentales.

Fals Borda, organizador del evento, reconoce, a partir de los trabajos presentados, una línea de estudios sociológicos con un fuerte interés práctico, que tienen como objetivo analizar los problemas que aquejan a la sociedad colombiana y el modo de realizar intervenciones. Es una sociología “que busca el conocimiento científico no sólo por lo que representa en sí mismo, sino por su aplicación efectiva dentro del contexto de la cambiante sociedad que nos ha tocado vivir” (Asociación Colombiana de Sociología, 1963: 12).

La importancia de este Congreso de Sociología radica en que allí se develaba la manera de ver y comprender los problemas y fenómenos sociales del país. Los desarrollos en el campo servían como conciencia nacional, según lo planteado por el ministro de educación de la época, Pedro Gómez Valderrama, en su conferencia inaugural:

Este encuentro nacional de sociólogos tiene para mí un significado de aparición efectiva de la conciencia de la sociedad colombiana. No otra cosa es, desde el punto de vista humano, la sociología. En época de readaptación social, de evolución a grandes saltos que estamos viviendo en toda América, nada se hace tan indispensable como esa indagación permanente, desvelada, cercana sobre el cuerpo vivo de la nacionalidad.
Los temas que cubre esta agenda […] sobre los problemas sociales del país, son signo de la seriedad de nuestros estudios sociales y demuestran la necesidad urgente, que ustedes han comprendido, del estudio metódico del proceso social, de su examen y diagnóstico, del establecimiento de soluciones para sus problemas (Asociación Colombiana de Sociología, 1963: 17).

Esta alusión del ministro de educación tiene una importante connotación, pues funda una relación entre enseñanza, ciencia y consciencia nacional. Tal enunciado nos pone de plano en una suerte de analogía entre ciencia y política, pues se plantea que ésta, la ciencia, es un modo de ver y explicar la realidad desde una construcción teórica que puede dirigir el acontecer de un país. Ahora bien, darle a la ciencia y a sus actores tal encargo, la supedita a generar una discursividad del sí mismo y de su entorno; sin embargo, tal función implica que la ciencia social tenga un peso moral, pues las decisiones en el plano práctico vinculan no sólo un modo de proceder, sino de dictaminar lo justo e injusto, lo que tiene claras consecuencias en los modos de pensar y actuar sobre el contorno social y las interacciones de los individuos.

En este contexto, es muy interesante el trabajo presentado en el Congreso, denominado “La clase social del empresario colombiano”, desarrollado por Aaron Lipman (1963). Dicho trabajo intentaba comprender las condiciones y características de los empresarios bogotanos y analizar los factores que incidieron en el nivel de vida que ostentaban. Es importante resaltar cómo el texto plantea los modos en los cuales se comprende una condición del ser humano ligada a su posibilidad productiva. Esto es, la clase social se supedita a la posibilidad de adquisición de bienes, su propiedad y el nivel de productividad. En este orden de ideas, el empresario es identificado con los más altos niveles de vida, y por ello es objeto de estudio. Esta concepción nos desvela una idea de ciencia ligada a una abstracción económica y política que se convierte luego en un elemento teórico y desde el cual parte el análisis.

Siguiendo con el análisis del trabajo de Lipman, en su estudio señala que aquellos que fueron escogidos y entrevistados se autoidentificaron con un alto nivel de vida, es decir, como empresarios. La autoidentificación buscaba construir un análisis desde la voz de los participantes. No obstante, la metodología del estudio se dirige a observar las características de los individuos en tres dimensiones: trayectorias laborales, niveles educativos e historia familiar. Desde esta lógica, podemos decir que la forma en que se observa la construcción de la realidad está predeterminada por factores que en la mayoría de los casos intentan ver al individuo, su accionar e historia sin que se vincule con estructuras sociales más amplias que puedan desvelar los modos en que se constituye y es posible la emergencia de este tipo de sujeto. Sumado a ello, son estos mismos elementos los que le van a permitir un ejercicio comparativo con sujetos denominados de la misma manera —empresarios—, nacidos en la que sería la nación ejemplo por seguir para la época: Estados Unidos de América.

La lógica de la producción del conocimiento, aunque apunte a las cualidades de los sujetos, se ve limitada a un modelo preestablecido marcado por la política de desarrollo y el tipo de sujeto deseable para dicho proyecto, obviando la comprensión de los fenómenos y dinámicas en sus contextos situados. Este modo de operar nos muestra que la relación (epistemológica) entre discurso científico y realidad, está fundida e inmersa en un campo de sentido político y ético propio de espacios e institucionalidades que propenden por una idea de ser humano y sociedad que para la época tiene que ver con un sujeto para el desarrollo.

En esta lógica, también fueron importantes los trabajos que aludían a los procesos de innovación tecnológica, elemento primordial de las políticas públicas y la puesta en marcha de los procesos de modernización. Allí se hace relevante la perspectiva planteada por el estudio realizado por Eugene Havens (1963), el cual propone analizar las condiciones que posibilitarían la aceptación de la tecnología en el campo de la producción agrícola. Para ello, emprende la tarea de analizar los factores determinantes que facilitarían su aceptación positiva a través de redes causales, en pro, por un lado, de corroborar que el método utilizado en Estados Unidos era propicio para analizar las realidades colombianas, y, por otro, que el cambio en la actitud, en las significaciones, hacia la innovación, era necesario complejizarlo en torno a las múltiples variables, pero que en nuestro contexto dependía de lo que se transmitía en los medios de comunicación frente a las nuevas tecnologías. En este sentido, los análisis realizados planteaban que la investigación debía permitir más que la generación de nuevos métodos analíticos, determinar los programas de acción de las instituciones que tenían bajo su responsabilidad las decisiones sobre diversos temas concernientes al desarrollo cultural y político del país. Lo que, en otras palabras, significaba la construcción de un sujeto investigador que se abstrajese de la realidad y convirtiera la construcción del saber en un ejercicio de adaptación de instrumentos y no de creación de marcos comprensivos.

Pese a las anteriores líneas de investigación, que además incidían en las formas de comprender la enseñanza a los profesionales de la sociología, es posible identificar otras vertientes investigativas que propendían por modos distintos de comprensión de lo social y de los mismos componentes estructurales de la ciencia sociológica, pero es esta misma distancia teórica y metodológica la que las alejaba de las posibilidades de incidir en la política pública, en la construcción de los planes de desarrollo de la época. Estas últimas perspectivas se diferenciaban de las posturas investigativas predominantes, en tanto hacían más énfasis en las interacciones sociales que en el dato estadístico. No obstante, no hay un alejamiento de la positividad o la apuesta por un proyecto político. Quizás, la mayor diferencia se encuentra en la manera en que se confrontaba el discurso teórico y las realidades sociales, pues se asumía que éstas no se podían ajustar a una teoría, sino que, por el contrario, debían desajustarla. Lo anterior tiene como consecuencia la trasformación de la relación entre el sujeto investigador, el discurso y la realidad. Si bien, como lo hemos planteado, la relación entre el discurso científico y la realidad es la que caracteriza la postura epistemológica, y la relación entre el sujeto y el discurso es el espacio en el cual se construye una relación ideológica, al afirmar que las dinámicas de la realidad modifican los modos en que el discurso es comprendido tanto en su metodología de análisis como en los modos en que instaura el ver, estaríamos planteando que para estas vertientes existía una suerte de movilidad epistemológica guiada por una relación de interdependencia entre el dinamismo social y la discursividad configurada para la observación de los fenómenos sociales. Así, el sujeto observador no era inmóvil ni ante el discurso ni ante la realidad, y tampoco se proponía un ideal de sujeto antes del análisis. El ideal, como postura política, se construía en las interacciones sociales y las dinámicas de los fenómenos mismos.

Camilo Torres, en el trabajo presentado en el Primer Congreso de Sociología, nos hace una fuerte advertencia en relación con el análisis de las realidades sociales:

[…] no es posible hacer una sociología colombiana aparte de la sociología universal. Sin embargo, es necesario hacer una sociología colombiana en dos sentidos: 1° Aplicando la teoría y los métodos sociológicos generales a nuestra realidad concreta y específica. Y 2° Contribuyendo a esta teoría y métodos con análisis de las situaciones nuevas que nuestra realidad puede sugerir. Esta sociología colombiana se vería frustrada en su estructuración tanto si faltara la investigación empírica como si se prescindiera de la generalización teórica (Torres, 1963: 97).

En esta alusión de Camilo Torres, hay dos elementos que son importantes resaltar. Primero, que una ciencia social no se aleja de las construcciones teóricas universales, sino que éstas son posibles de pensarse como lugares discutibles, y, segundo, que la ciencia social no se distancia del ejercicio de la generalización; sin embargo, la generalización no tiene un carácter predictivo. Son los modos de ver, en tanto perspectivas, los generalizables, no las condiciones particulares de los fenómenos y circunstancias sociales.

El padre Camilo, en relación con el cambio cultural y la forma en que la violencia afectó a diversas comunidades, identifica una serie de factores, tanto universales como particulares. Esto es, pone en diálogo constructos teóricos que han sido generalizados con las condiciones particulares de los fenómenos. El análisis contiene, entonces, un diálogo entre lo universal y lo particular. Por otro lado, comprende, a la vez, una estructura de análisis de tiempo. Es decir, para su estudio retoma las condiciones de las poblaciones antes de la violencia, los factores que incidieron en ésta y las características de los grupos humanos después del fenómeno. Esta forma de comprender la observación implica una mirada de la dinámica social que no se reviste de una predeterminación de lo que podría suceder, sino una perspectiva que se dirige a los fenómenos sociales en el pasado.

Es interesante ver cómo las reflexiones del sacerdote no enlazan a priori una serie de características de los individuos, y, en cambio, son las interacciones sociales el foco de observación. Así, por ejemplo, la mirada a elementos como la división del trabajo, la especialización y escasez de roles en una comunidad determinada son variables que pese a su relación con lo económico, intentan decir de la interacción de los sujetos. Es esta forma de ver la que al sacerdote le permite decir que la violencia en nuestro país llevó a la trasformación de las comunidades campesinas en sociedades caracterizadas por una cultura rural sin el mundo industrializado (Torres, 1963: 102-103).

Ahora bien, virar la mirada a las interacciones sociales también supone una perspectiva ideológica, si la entendemos, respecto a la cognoscibilidad, como los modos en los cuales se instituyen una serie de interpretaciones de las relaciones sociales. Así, pensar en los sujetos colectivos significa comprender que el individuo se da solamente en sus prácticas sociales, lo que incide en la forma de ver la individualidad y sus procesos de formación.

En definitiva, Camilo Torres plantea que es necesaria una disciplina social que vea el mundo en sus relaciones, en sus dinámicas, lo cual sugiere la apertura de los discursos, que en su momento se vincularon con una serie de proyectos económicos y políticos centrados en la individualidad.

En última instancia, podemos decir, a partir de la evidencia de los tipos de trabajos expuestos en el Congreso de Sociología, entendido éste como un espacio de socialización que interpela tanto a los nuevos sociólogos como las formas de ver y entender la realidad, que la ciencia social estuvo signada por la estructuración de la mirada en relación con la construcción de una idea de sujeto, lo que implicó el enaltecimiento del dato como elemento que delimitaba y constituía la realidad, lo cual hizo que prevaleciera el método y la teoría, antes que una comprensión compleja de los fenómenos sociales. En otras ocasiones, la configuración cognoscitiva de la mirada del cientista social no solicitó ver y comprender la realidad, tan solo la adaptación del método a la realidad estudiada, por una parte, y por otra, la comparación resulta significativa a la hora de la interpretación del mundo, sin que necesariamente se tenga en cuenta la especificad de los fenómenos, y, por último, la construcción teórica es la que permite no sólo la mirada sino la adaptación de la realidad a la necesidad de la idea, esto es, el discurso teórico no sólo instituye el modo de ver sino que constituye la realidad misma y sus posibilidades.

Este campo de sentido prevaleció en la construcción de un sujeto investigador de las ciencias sociales, no sin tensiones con otras posibilidades discursivas y de acercamiento a la comprensión de la realidad, pero si entendemos que los procesos de formación tienen que ver con el campo enunciativo, es decir, con las reglas de juego, con las dinámicas del campo que sirven de vectores que ayudan a estructurar los modos de verse del sujeto, no podemos dejar de advertir la presión del campo gubernamental, su proyecto político y su incidencia tanto en la financiación de programas como en la institución de un campo laboral para los cientistas sociales de la época.

REFLEXIONES FINALES

Las consideraciones expuestas no dejan de cuestionarnos acerca del papel de las ciencias sociales tanto en la construcción de políticas públicas en pro de un proyecto de nación, así como en la forma en la cual una cierta discursividad, anclada en una perspectiva disciplinar, configuró ciertos modos de verdad, de constitución de problemas sociales, de un tipo de sujeto por conocer e intervenir, y sobre los modos en los cuales se forma un sujeto productor de conocimiento.

El breve recorrido que hemos realizado evidencia, al mismo tiempo, el modo en el cual la configuración de un campo de saber como el de las ciencias sociales, hacia la segunda mitad del siglo XX, se puede comprender insertado en lo que Hugo Zemelman (2012) denomina saberes predicativos, entendidos como aquellos que denominan los objetos, los fenómenos, alejándose, en muchas ocasiones, de los espacios, sus condiciones y dinámicas. En este orden de ideas, la forma en la cual se institucionalizaron las ciencias sociales en Colombia, pareciera corresponder más a un código preconstruido, limitado a un campo conceptual, que a la construcción de un modo de establecer el conocimiento en dinámicas situadas, contextualizadas.

Estas lógicas de configuración del conocimiento nos invitan a seguir ahondando en algunas cuestiones que, aunque ya planteadas por algunos trabajos que mencionamos anteriormente, nos parece necesario retomar en aras de avanzar en ciertas comprensiones. La primera de éstas tiene que ver con la configuración ética y política de una ciencia. Dicha relación no se encuentra dada, tan solo, en la configuración de pertenencia de un sujeto investigador a una determinada escuela. La configuración política de la ciencia se encuentra instalada en la lógica del mismo saber. En otras palabras, en la posición en la que es construido el sujeto investigador, su relación con lo teórico y el modo y el lugar donde es dispuesto y concebido el fenómeno social tanto para su lectura y análisis como para su intervención. Desde esta mirada, las relaciones entre sujeto, teoría y “realidad” componen no sólo una perspectiva sino un marco ontológico, es decir, un modo de establecer cierto tipo de relaciones entre los individuos, los objetos y los fenómenos. En consecuencia, comprendemos que no hay una ciencia que se deje de plantear dentro de una configuración política, no habría una ciencia social despolitizada en virtud de sus lógicas y la configuración de sus sentidos.

Este tipo de afirmación conlleva una serie de discusiones en relación, por ejemplo, con las estructuras mismas del saber científico y la realidad, que según algunos estudiosos, permanecen y se develan indelebles independientemente de las circunstancias, presiones y tensiones de una época y un campo determinado (en términos de Bourdieu). Frente a esto, tendríamos que decir que las estructuras, si bien coadyuvan a la configuración de los sujetos, consolidan gramáticas, modos de ver y del verse, que si bien pueden comprenderse como instaladas e inamovibles, se ven afectadas por marcos de sentido, por las dinámicas mismas que éstas favorecen, pues no hay estructura que no esté influida y sea resultado del devenir, del dándose de lo humano, pues éstas, las estructuras, tanto de las disciplinas sociales como de las ciencias positivas son el resultado del abigarrado y complejo espacio circunstancial de las agencias humanas.

Esta alusión proviene de comprender que el mundo, la realidad construida, desde las diversas ciencias, se visibiliza en razón del lenguaje, en un campo semántico. Éste nombra la realidad como resultado de razonamientos, estructuras lógicas y de relaciones dentro de la cultura y los diferentes campos que la componen. El mundo aparece, entonces, desde una cierta enunciación que lo hace visible, esto es, la ciencia es performativa, constituye sentidos y formas de verdad que se han configurado en el establecimiento de una serie de relaciones (no sin tensiones), pero que aluden e interpelan a los sujetos.

Tal situación nos alienta a preguntarnos, por un lado, ¿cómo reconfigurar las líneas discursivas y políticas de las ciencias sociales?, en otras palabas, los modos en los cuales se constituye la relación entre teoría, realidad, sujeto y fenómeno social, y, por otro, cómo pueden las ciencias sociales generar nuevas formas de comprender lo político, la política y los modos de pensar lo social.

Frente a estas preguntas, creemos que son dicientes algunas líneas de pensamiento que han circulado en el ambiente latinoamericano. Una de éstas es representada por los trabajos realizados por Hugo Zemelman, para quien es necesario dirigir los estudios sociales desde una perspectiva histórica, con el objetivo de dar cuenta “de la compleja relación entre el movimiento del sujeto y las formas del discurso”, y, al tiempo, el mismo autor anuncia la necesidad de

[…] avanzar en la dirección de reemplazar la exigencia de verdad por la de colocación ante el momento, como relación de conocimiento que excede los límites de una simple premisa lógico-epistémica, en la medida en que representa la necesidad de horizontes con posibilidad de objetos construibles (Zemelman, 2012: 27).

La colocación ante un evento nos dice de un acto reflexivo que da cuenta de las maneras en las cuales los sujetos y las comunidades conducen sus movimientos y dinámicas. Esto es, comprender las maneras y lógicas que constituyen los individuos en sus prácticas mismas, en la multiplicidad de sus relaciones. Pensar de este modo el contexto histórico significa imbuirse en las tramas de acciones de sentido que dentro de las prácticas mismas se configuran. Es, en otras palabras, seguir las metáforas del movimiento de lo social en sus eufonías y estatismos que explicitan un fluir, el cual coadyuva a la configuración del lugar y de los individuos; ello si concebimos a los sujetos como un producirse. Lo anterior significa trasformar el dato por los vectores; la idea de proyecto por la de trayecto; la mirada por el sentido; lo designado y descrito por la imagen del continuum de los fenómenos sociales en sus tejidos con las estructuras históricas, culturales, sociales y políticas de un momento particular; y, por último, la posibilidad de pensar la teoría como punto de partida transformable, efímero y en diálogo con los acontecimientos del mundo.

En relación con la incidencia de las ciencias sociales en el mundo de lo político y la política pública, creemos que es necesario plantearla desde dos premisas: la primera tiene relación con la exigencia a las ciencias sociales de ser puente para la construcción de reflexividad desde las comunidades y los sujetos. En otras palabras, su saber debe adquirir el tono de detonante del accionar desde los individuos y para éstos en pro de la construcción de proyectos de trasformación. Lo anterior sugiere que éstas dejen de ser un instrumento para la planeación de proyectos, y, en cambio, sus procesos comprensivos se conviertan en el elemento que procure pensar la construcción de la política desde su accionar democrático. Esto es, deben devolverle a los sujetos y las comunidades su accionar e injerencia en el estadio de lo público, pero también deben incidir en la trasformación de las dinámicas y cotidianidades de las comunidades, pues la transformación de los modos de organización de los tejidos sociales supone la intrusión en el mundo de lo político.

La segunda premisa del accionar de las ciencias sociales tiene relación con la ruptura de ecosistemas que han procurado el dato, la instrumentalización, el mercado, la eficacia y la efectividad como parte de los campos de sentido tanto de la política como del mismo saber científico social. Para ello, pensamos que el accionar de las ciencias sociales debe estar instalado en la construcción de campos y espacios sociales que desde la formación procuren la configuración de múltiples lugares de tensión y presión frente a las dinámicas que han construido el neoliberalismo. Se trataría de la edificación de discursividades que impliquen la afectación de los sujetos, en pro de la construcción deliberada de singularidades que retomen el territorio, el espacio y la experiencia como potenciadores de otros sentidos.

NOTAS

1 Véanse los trabajos de Leal y Rey (2000), Restrepo (2002), Archila et ál. (2006), Zuleta (2011), Álvarez (2013), entre otros.

2 De acuerdo con la manera como la historiografía colombiana ha trabajado esta noción, entendemos por modernización los procesos de transformación de las estructuras productivas y prácticas políticas de carácter tradicional y colonial hacia estructuras y prácticas industrializadas y burocráticas de carácter racional, en el entendido de que dichos procesos forman parte de la constitución de un país moderno e inciden en al menos tres ámbitos: político, cultural y económico (Melo, 1991).

3 Véase Restrepo et ál. (1998: 36 y ss.).

4 Fue el primer Plan de Desarrollo colombiano, y a diferencia de los que le siguieron, éste fue diseñado como plan decenal. Fue elaborado al inicio de la década de los sesenta por los recientemente creados Departamento Administrativo de Planeación y Servicios Técnicos y el Consejo Nacional de Política Económica y Planeación. Para efecto de nuestra citación, los denominaremos DAPST y CNPEP, respectivamente.

5 Por ejemplo, Restrepo (2002), Leal y Rey (2000), Zuleta (2011), Álvarez (2013), entre otros.

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